EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL

 



EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL




¿Quién ha creído nuestro anuncio,

y a quién ha sido revelado el brazo de Yahvé?

Pues creció delante de Él como un retoño,

cual raíz en tierra árida;

no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas,

ni aspecto para que nos agrade.

Es un (hombre) despreciado, el desecho de los hombres,

varón de dolores y que sabe lo que es padecer;

como alguien de quien uno aparta su rostro,

le deshonramos y le desestimamos.

Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias,

ha cargado con nuestros dolores,

y nosotros le reputamos como castigado,

como herido por Dios y humillado.

Fue traspasado por nuestros pecados,

quebrantado por nuestras culpas;

el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él,

y a través de sus llagas hemos sido curados.

Éramos todos como ovejas errantes,

seguimos cada cual nuestro propio camino;

y Yahvé cargó sobre él

la iniquidad de todos nosotros.

Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra

como cordero que es llevado al matadero;

como oveja que calla ante sus esquiladores,

así él no abre la boca.

Fue arrebatado por un juicio injusto,

sin que nadie pensara en su generación.

Fue cortado de la tierra de los vivientes

y herido por el crimen de mi pueblo.

Se le asignó sepultura entre los impíos,

y en su muerte está con el rico,

aunque no cometió injusticia,

ni hubo engaño en su boca.

Yahvé quiso quebrantarle con sufrimientos;

mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado,

verá descendencia y vivirá largos días,

y la voluntad de Yahvé será cumplida por sus manos.

Verá (el fruto) de los tormentos de su alma,

y quedara satisfecho.

Mi siervo, el Justo, justificará a muchos por su doctrina,

y cargará con las iniquidades de ellos.

Por esto le daré en herencia una gran muchedumbre,

y repartirá los despojos con los fuertes,

por cuanto entregó su vida a la muerte,

y fue contado entre los facinerosos.

Porque tomó sobre sí los pecados de muchos

e intercedió por los transgresores.

(Isaías 53)




Nuestro Señor Jesucristo es el Cordero de Dios que fue llevado al matadero y se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. Él cargó con todas nuestras iniquidades e inmundicias de manera libre y voluntaria, cumpliendo en todo la divina voluntad del Padre eterno, que quiso operar así la salvación del género humano condenado a la muerte eterna tras el pecado original. Nuestro Redentor y Salvador se anonadó y se hizo insignificante como un pobre gusanillo mientras era humillado y escarnecido por nosotros, infames pecadores de todos los siglos.




Como leemos en el capítulo 53 del profeta Isaías, el Cristo adquirió descendencia y heredó una gran muchedumbre de hermanos e hijos adoptivos del Padre celestial mediante sus indecibles tormentos y sufrimientos, es decir, mediante el árbol bendito de la santa Cruz, que es lo que Le hace quedar satisfecho, pues Su sacrificio no ha sido en vano, sino antes bien muy provechoso y necesario, ya que si Nuestro Señor no hubiera entregado Su vida por nosotros, el cielo permanecería cerrado para todos absolutamente y nadie se salvaría. Pero al morir Él y cargar con nuestros pecados y transgresiones, haciéndose merecedor del castigo divino, Él que era la inocencia y la pureza mismas, entonces el Padre eterno quedaba obligado a resucitarle y darle descendencia para toda la eternidad.




Es la Cruz, pues, el instrumento fundamental que nos justifica y nos da la doctrina sagrada, la Palabra de Dios que el mundo no puede conocer ni amar porque no la entiende, sino que la odia. En efecto, la Cruz implica humillación y sacrificio, la negación total de uno mismo, el desprecio absoluto de cuanto somos y el olvido de nuestra insignificante persona, a imitación del Divino Maestro, pues ya nos enseñó Jesús que es muriendo por Él y a causa de Él que vamos a salvar nuestras almas en esta pobre vida, mientras que los que intenten salvaguardar su reputación y sus bienes a ojos del mundo mediante el cobarde respeto humano sin duda perecerán eternamente.




Y es que la doctrina del Cristo es dura, muy dura para los que tienen su corazón apegado a las vanidades de este mundo y ansían la vanagloria que proviene del respeto humano, pues todos ésos han hecho de este lugar de destierro su morada y se sienten cómodos aquí, creyendo engañosamente que el paraíso consiste en estar bien y adquirir poder, influencia y placeres en esta vida fugaz, pero sin embargo ignoran y desprecian la vida sobrenatural del espíritu, llamando locura y necedad a la Cruz y a quienes se afanan por seguir a Jesucristo.




Para todos ellos pesa la terrible sentencia de condenación eterna, pues ya nos advirtió Jesús que esos tales ya habían recibido su recompensa en esta vida, por lo que no pueden esperar nada tras la muerte. Son como el rico necio del Evangelio, cuyas únicas preocupaciones eran las de edificarse unos graneros enormes para guardar su grano y sus amplias posesiones materiales, y banquetear y gozar de los bienes efímeros que había adquirido durante tantos años, ignorando culpablemente que esa misma noche, es decir muy pronto, le iban a reclamar su alma, perdiendo además todo cuanto había almacenado egoístamente para sí mismo.




De lo que se deduce que la inmensa mayoría de almas va por el camino equivocado, transitan por la avenida ancha y despejada que rebosa falsos placeres y alegrías, pero acaban inexorablemente todos ellos en la gehenna, en el lago de azufre y fuego ardiente, el terrible infierno. Lo más grave y triste es que esos necios e insensatos no son pocos, sino muchos, son legiones y legiones de desgraciados que van cayendo uno tras otro en la fosa oscura de la que no saldrán jamás, ¡ay! Y que los pocos que caminan por la senda angosta que conduce a la puerta estrecha de la salvación son verdaderamente pocos, muy pocos, ya que casi nadie quiere humillarse y mortificar su detestable ego y sus pasiones, ni siquiera los pobres materialmente hablando, la mayoría de ellos me refiero, pues quien más quien menos aspiran todos a salvar su vida en este mundo y a evitar el sufrimiento y la contradicción.




Pero a los elegidos de Dios Uno y Trino les ha sido concedido el conocer la Verdad y amarla; a ellos se les ha revelado la verdadera sabiduría celestial que abre las puertas del Cielo y que consiste en amar a Jesucristo y abrazar la propia cruz particular que la Providencia ha tenido a bien fabricarles desde toda la eternidad para que obren su salvación con temor y temblor.




En la vida sobrenatural menos es más, y el que quiera ser mayor deberá hacerse el más pequeño e inútil, pues los últimos serán los primeros en el reino de los cielos, mientras que los que ansíen ser los primeros en todo deberán soportar después el verse humillados y rechazados por el Juez eterno.




De modo que ahí está nuestra única ambición legítima, queridos hermanos y amigos en la Fe, en la santa Cruz del Cristo, en hacernos amigos e imitadores suyos, sin importarnos en absoluto que el mundo nos desprecie y se burle de nosotros, porque no nos entiende ni conoce a Dios.




Seamos pues sufridos y pacientes en las tribulaciones y adversidades, aceptando todo como recibido de parte de Dios, que nos ama y que busca nuestro bien mediante la sana y necesaria humillación de nuestro maldito orgullo, y que nos ha dado a cada uno una bendita cruz para separarnos del mundo y enseñarnos a despreciar las locas vanidades que a tantos infelices pierden.




Esa es la única sabiduría que necesitamos, la sabiduría de la Cruz, el único conocimiento que necesitamos y la única ciencia que debemos aprender, el fracaso de este mundo y su desprecio, y el apego a las virtudes sobrenaturales mediante la lectura y meditación frecuente de la Sagrada Escritura, cultivando la oración realizada con fervor y verdadera contrición, y no por rutina y al modo farisaico.




El que quiera ser discípulo del Cristo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígale.




+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.








No hay comentarios:

Publicar un comentario