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REGINA COELI

 




Regina Coeli


V/. Regina cæli, lætare; alleluia.

R/. Quia quem meruisti portare; alleluia.

V/. Resurrexit sicut dixit; alleluia.

R/. Ora pro nobis Deum; alleluia.

V/. Gaude et lætare, Virgo Maria; alleluia.

R/. Quia surrexit Dominus vere; alleluia.




Oremus:

Deus, qui per resurrectionem Filii tui Domini nostri Iesu Christi mundum lætificare dignatus es, præsta, quæsumus, ut per eius Genetricem Virginem Mariam perpetuæ capiamus gaudia vitæ. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.








La tercera sesión del Vaticano 2, por el abbé de Nantes (parte 1)

 



La tercera sesión del conciliábulo Vaticano 2


EL REFORMISMO AVANZA DESPRECIANDO A LA VERDAD REVELADA E INSULTANDO AL ESPÍRITU SANTO



En septiembre de 1964, tras la apertura de la tercera sesión, el abbé de Nantes usó la siguiente imagen para describir la evolución del Concilio: “La roca se desprendió de la montaña. Ahora está rodando cuesta abajo con un ruido atronador, ¿y vosotros pretendéis detenerla? ¿La habríamos lanzado de esta manera para querer tener la ventaja de pararla ahora? Nadie sabe, en verdad, en qué abismos caerá».



Luego, en su carta del 1 de octubre, explicó por qué el "Concilio" se había convertido en una asamblea democrática en la que los dirigentes progresistas imponían sus puntos de vista:


“Cuando una asamblea establece en principio que se necesita algo nuevo y que sólo se puede encontrar del lado del error; cuando se convence de que basta hablar para disipar los malentendidos, resolver todos los problemas, reconciliar a todos los hombres, y que basta modificar la disciplina según las pasiones humanas para triunfar donde los siglos parecían fracasar; cuando reclama una especie de instinto infalible, sin límite ni regla, que lo libera de todo temor y de todo respeto, ni las protestas de la fe ultrajada, ni las demostraciones de la razón, ni los datos más indudables de la experiencia y de la historia podrán frenar la devastadora avalancha de sus opiniones y decretos. La Asamblea Constituyente de 1789 es un ejemplo y nuestro Concilio otro, no menos convincente. Nos gustaría que el Espíritu Santo inspirara éste. Pero, en primer lugar, habría sido necesario no despreciar al Espíritu Santo, porque es despreciarlo proferir y dejar proclamar, en el aula de San Pedro, errores ya condenados bajo su inspiración o lanzar críticas y acusaciones sacrílegas contra la Santa Iglesia de la que Él es el alma misma». (...)



Resumamos ahora los principales debates de esta tercera sesión.



                                 




LOS FINES ÚLTIMOS DEL HOMBRE, olvidados y despreciados por el concilio


El texto sobre “La Iglesia en el fin de los tiempos” fue discutido por los Padres desde el inicio de los trabajos.


“Este capítulo”, señaló el abbé de Nantes, “preparado por iniciativa personal de Juan 23, muestra la vida eterna como vocación suprema de los cristianos y de todo hombre, fin hacia el que tiende el mundo mismo según la peligrosa interpretación de algunos. Textos de San Pablo. El esquema así desarrollado es ya progresista y temerario por su omisión del infierno, por su negación de la lucha terrena de la Iglesia, fuerza de Dios, contra las fuerzas satánicas. Esta es la vieja teoría de la apocatástasis, la más dañina de las herejías: todo terminará bien para todos, todos irán al Cielo, todos verán a Dios. Lejos de lamentar estas desviaciones, los innovadores quieren que vayamos más allá. (…) Si el Concilio hiciera coincidir nuestro ideal cristiano con “el sentido de la historia, el trabajo de los hombres, la construcción del mundo”, ¡nuestra fe respondería mejor a las preocupaciones de las masas! ¡Y los marxistas ya no podían reprochar a la religión, no sin fundamento, ser el opio del pueblo! (...)



“El Cardenal Ruffini, el Patriarca latino de Jerusalén NN. SS. Gori, el arzobispo ortodoxo Nikodim, Agostino y otros se opusieron a estas confusiones. Recordar el infierno y el purgatorio es un deber del Magisterio, una exigencia del ministerio pastoral. La mención exclusiva del éxito, la omisión deliberada del desorden, de la rebelión contra Dios, y de la condenación eterna que sigue, sería la ruina de la religión y conduciría directamente al naturalismo evolucionista de Teilhard, al materialismo gratificante o al colectivismo marxista. Estos hombres de Dios, fieles a la integridad de su fe, no concretaron así sus críticas, sin duda por caridad hacia sus colegas. Sin embargo, se trata ya de dos doctrinas que se oponen como la peligrosa novedad de la fe.



“El capítulo, apenas modificado, será aprobado. Se mencionará el infierno como de pasada, sin insistir demasiado».



De hecho, el fuego del infierno se menciona en el capítulo 48 de la nauseabunda Lumen Gentium, pero en “términos bíblicos”, y así queda absolutamente velado el carácter trágico de esta gran verdad de la fe católica. (¡!)



                                                  




VIOLADAS LAS PRERROGATIVAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


El 16 de septiembre continuó en el aula el estudio del esquema sobre la Iglesia con la discusión de su capítulo VIII, que trata de la Virgen María. “Es”, indicó el abbé de Nantes, “la reducción al mínimo de un primer proyecto. El ala progresista y subversiva del concilio ha recibido una gran satisfacción, fingiendo hipócritamente amar a la Virgen Santísima a condición de que hablemos de Ella lo menos posible y en los términos más áridos. (…) ¡Hoy, este capítulo VIII recomienda a los predicadores no igualar a María con Jesús y tener cuidado con la idolatría en este ámbito! Esta autocrítica delirante bastará al menos para encandilar los oídos de los protestantes más acérrimos... » (...)



"¡Gracias a Dios!" Varios padres expresaron entonces su indignación. Primero fueron engañados al decirles que había que reducir y amputar este esquema con el pretexto de insertarlo en el esquema sobre la Iglesia; después, todo lo que se dice contra María y su culto es ofensivo para los oídos católicos, injusto para la Iglesia y manifiestamente contrario a la verdad. “El cardenal Ruffini demostró cuán odiosamente restrictivo es este texto. El cardenal Wyszinski y otros padres, en nombre de cientos de obispos, pidieron una solemne consagración de la Iglesia a María e incluso, para responder a la expectativa de Nuestra Señora de Fátima, la consagración del mundo, incluida Rusia, a su Inmaculado Corazón. (…) Defendieron todos los títulos impugnados a María. (…) Muchos demostraron que, lejos de ser un obstáculo para el ecumenismo, los esplendores de María y su culto ayudaron poderosamente. El cardenal Suenens, rompiendo con la solidaridad de los reformistas ante su gran indignación, encontró el esquema demasiado reducido y protestó que el “cristocentrismo” no debería convertirse en “antimariano”. Finalmente, vengando a la Iglesia ultrajada, el padre Fernández, maestro general de los Dominicos, tomó nota de la odiosa recomendación hecha de no exaltar a la Virgen como igual a su Hijo:¿Ha habido alguna vez un verdadero teólogo, un verdadero predicador que hubiera podido enseñar esto? Dejar esta recomendación llevaría a creer que esta desviación realmente existió en la Iglesia Católica y justificaría al protestantismo". ¡Exactamente!



                                          




En este punto hay que mencionar un episodio verdaderamente trágico que nos revela cómo veían Dios y la Santísima Virgen María en la corte celestial estas escandalosas e irreverentes discusiones fratricidas que se estaban celebrando en tan siniestra asamblea. El P. Wiltgen relata, en su diario del Concilio titulado El Rin desemboca en el Tíber, un incidente ciertamente triste que tuvo lugar mientras se estaba discutiendo el culto y la devoción que se le debía dar a Ntra. Santísima Madre. “El arzobispo Jósef Gawlina, director del hospicio polaco de Roma, dijo que la devoción a María no era un obstáculo para el ecumenismo, puesto que Martín Lutero había dicho en 1533, mucho después de su ruptura con Roma, que "nunca se alabará bastante a la criatura María". Y añadió que, en 1521, en su disertación sobre el Magnificat, Lutero había escrito bellos elogios hacia la Virgen.



Cuatro días después, el arzobispo Gawlina murió repentinamente de un ataque al corazón”. (¡!) ¡Más claro imposible! La Santísima Madre de Dios se mostraba enormemente afligida y ofendida por la diabólica confusión y la impiedad herética que se estaba difundiendo arrolladoramente entre tan vasta asamblea de quienes habían jurado defender la Verdad y la Fe con sus propias vidas.



“Por tanto, el capítulo iba a ser desestimado, el trabajo clandestino de los reformistas iba a ser puesto en jaque, pero fue entonces cuando una hábil y malévola maniobra acabaría por salvarlo. Los franceses, monseñor Le Couëdic y monseñor Ancel, así como un obispo mexicano, pretendieron considerar este texto como una fórmula de sabio compromiso, capaz por tanto de lograr la unanimidad. Su Exc. Mons. Ancel, para dejar esto claro, tuvo a bien declarar que ya no creía, ahora que había estudiado más (!?), en el título de María Mediadora. Dado que algunos creen en él, y otros no, ¡votemos entonces por un texto que siga siendo mediocre!



“Como por casualidad, el asunto fue concluido al día siguiente por los cardenales Frings y Alfrink, quienes invitaron a todos a sacrificar sus opiniones por la necesaria... ¡unanimidad! De hecho, llamaban a los que creían en la Santísima Virgen como Mediadora a unirse a sus negaciones a los que no creían, y a sacrificar así a la Virgen María a esta minoría tiránica.» (...)



El abbé de Nantes concluyó: “Si un obstáculo debe interponerse en el camino de la subversión en el Concilio, debe ser el rechazo, por una abrumadora mayoría, de este capítulo indecente. Libres de toda coacción, los Padres seguramente lo rechazarían. Pero el Sistema es demasiado poderoso y se los lleva irresistiblemente. ¡Esperemos un milagro! ¡Es cierto que hay incompatibilidad entre el partido reformista y la Virgen María, Nuestra Señora de Lourdes y Fátima! Depende de todos dilucidar las razones».


Continuará...



                                




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El santo Nombre de María (12 de septiembre)

 


El santo Nombre de María (12 de septiembre)



Unos días después de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, la Iglesia celebra el santo Nombre de María, nombre que le fue dado por sus padres, Ana y Joaquín.


Miriam en hebreo, Mariam en arameo. Se atribuyen muchas etimologías al significado de este nombre: "dueña del mar", "iluminación", "caída" o "estrella del mar".



Un significado probable es "hermosa" que corresponde – ¡y en qué medida! – a la belleza interna y externa de Nuestra Señora. En Lourdes, Santa Bernardette describe a la Inmaculada Madre de Dios, diciendo "que era joven y hermosa, hermosa sobre todo, cual no había visto jamás... Ella es hermosa como, creo, se es hermoso en el cielo". Santa Catalina Labouré la describe de manera semejante: "Era muy hermosa ... Era tan hermosa que me sería imposible expresar su deslumbrante belleza". La liturgia, sirviéndose del Cantar de los Cantares, exclama: Tota pulchra es, o Maria - "Eres toda hermosa, oh María".



Miriam está relacionado con la lengua egipcia - la hermana de Moisés y Aarón, nacida en Egipto, como ellos, se llama María - y significa "amada de Dios". Oh, ¡cuán apropiada es esta etimología para la Virgen María, que es, por excelencia, la Amada del Padre, y de su Hijo, y del Espíritu Santo.



En las lecciones del Breviario Romano, la Iglesia cita no sólo a San Bernardo, que canta las alabanzas de la estrella del mar, sino también a San Pedro Crisólogo, que celebra en María el santo nombre de la "dama", la princesa, la reina. Ella es realmente nuestra Señora.



Roma aprobó, en 1513, la fiesta del santo nombre de María celebrada por una diócesis de España. Pero fue el Beato Papa Inocencio XI quien extendió la fiesta a toda la cristiandad después de la victoria del rey polaco Jan Sobieski sobre los turcos, el 12 de septiembre de 1683, bajo los muros de Viena.



Dedicada al dulce nombre de María, esta victoria no sólo destaca el triunfo de la belleza de la Madre de Dios y la religión sobre la fealdad de la infidelidad y el paganismo, sino también la victoria de los ejércitos cristianos cuando confían en la Reina de los cielos, que preside las batallas de la Iglesia, "fuerte como un ejército armado en la batalla".


Fuente: Dom Gaspar Lefebvre



                                      





Los siete dolores de la Santísima Virgen

 



Es una ley en el cristianismo que, cuando más cerca se encuentra un cristiano de Cristo, más cerca tiene que estar también de la Cruz. Según este principio, María Santísima, aunque completamente inocente, debía gustar las amarguras de la Pasión de su Hijo. Hoy es el día de repetir amorosamente la famosa secuencia: Stabat Mater Dolorosa, compuesta en el siglo XIII por Iacopone da Todi.



Hoy es la fiesta de los Siete Dolores de la Virgen María, cada uno de los cuales es un evento dolorosísimo en la vida de Nuestra Señora:

La profecía de San Simeón: una espada de dolor traspasará tu corazón.

La huida a Egipto.

El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.

El encuentro con Jesús con la cruz la cuestas camino al Calvario.

La crucifixión y agonía de Jesús.

La lanzada y Jesús muerto colocado en sus brazos.

Jesús en el sepulcro.



La devoción a la Virgen Dolorosa arraigó en el pueblo cristiano, sobre todo, a partir del siglo XIII, con la aparición de la Orden de los Servitas, que se consagraron a la meditación de los dolores de María. Así nacieron, desde fines de la Edad Media, las dos fiestas del Viernes de Dolores y del 15 de septiembre. Esta última fue extendida a toda la Iglesia por S.S. el Papa Pío VII en 1817, como acción de gracias por su liberación del cautiverio en que lo había tenido Napoleón.



La fiesta de la semana de Pasión nos recuerda especialmente la participación de la Virgen María en el sacrificio de Cristo; la del 15 de septiembre nos manifiesta la compasión que Nuestra Señora siente por la Iglesia de Cristo, siempre sometida a las pruebas y a las persecuciones.

                                                    


Nuestra Señora de los Siete Dolores

"¡Oh vosotros cuantos por aquí pasáis: Mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con que yo estoy atormentada!" (Lamentaciones 1:12).


Las palabras que el Santo Simeón habló, signo de contradicción, fueron una espada de dolor atravesando tu alma... El primer dolor de tu corazón.


El odio de ese rey engañoso, que quería matar al Niño, hizo que huyeras a Egipto... provocando un segundo dolor en tu alma.


Fuiste a Jerusalén, obedeciendo la ley, en el solemne día de Pascua. El Cordero se queda atrás, para cumplir la voluntad de su Padre... sin embargo, todo esto te causó un enorme pesar.


El Cordero cargado con el madero, el altar de su Cruz, se encuentra contigo en su camino a la muerte, otra espada de dolor... dos corazones traspasados por una Cruz.


El Cordero es alzado en lo alto, reinando desde las alturas... una pena más; el Cordero dice siete palabras; Siete dolores de tu corazón, entre la oscuridad, tan sombría.


El costado del Cordero es traspasado con una lanza, de ese costado emana sangre y agua, sobre su rebaño, tan amado para Él; el Cordero desciende de su trono, patíbulo deshonroso, acariciado por tus brazos amantes, puesto sobre tu regazo, cuna de sabiduría... un sexto dolor, Oh dolorosa Pietà.


El Cordero es envuelto en telas de lino, ungido con perfumes; el fruto de tu vientre Inmaculado, colocado en una tumba de piedra...


Consummatum est, ya todo está terminado, tus dolores están completados...



                                  



LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA y LA PRESENTACIÓN DE N.S.J.C. EN EL TEMPLO (2 de febrero)

 




Esta fiesta se nos presenta como el puente entre el misterio de la Navidad y el de Pascua: la Virgen María tiene todavía al Niño en sus brazos, pero lo lleva al templo para ofrecerlo. La Purificación a la cual se sometió la Santísima Virgen por un acto sublime de humildad, sin estar obligada, pasa en el oficio y en la Misa a segundo plano. Lo que sobre todo celebramos en este día es la Presentación del Niño Jesús en el Templo.


                                            ***

La Fiesta de la Presentación era muy importante para el Padre Olier, fundador del seminario y de la compañía de los sacerdotes de San Sulpicio. A continuación, presentamos una hermosa meditación sobre este misterio tomada de sus obras.



La ofrenda que María había hecho de sí misma a Dios desde el momento de su Inmaculada Concepción fue secreta; pero como la virtud de la religión, además de los deberes interiores y ocultos, incluye los deberes exteriores y públicos, Dios quiso que ella renovara su ofrenda en el templo de Jerusalén, único santuario de toda la religión verdadera que había entonces en el mundo. Así que Él mismo le inspiró el pensamiento de ofrecerse a Él en este lugar santo. Esta niña bendita, santificada en su carne, y plenamente penetrada y llena de la divinidad en su alma, fue dirigida en todo por el Espíritu Santo: no habiendo en ella ninguna admisión a la sabiduría humana, sólo podía actuar según Dios, en Dios, para Dios, y por la misma dirección de Dios.



Tan pronto como Dios la inspiró para separarse de la casa de sus padres, ella dejó este mundo vulgar y corrupto sin mirar atrás. No se detuvo a analizar si, en el servicio de Dios, tendría alguna necesidad; si este gran Dios sería suficiente para ella en todas las cosas o no. No pensó en su casa, en sus padres: se abandonó por completo a Él con una confianza maravillosa, sin pensar en ella, ni en nada de lo que pudiera pasar. Poseída por el Espíritu de Dios, todopoderoso, todo ardiente, todo amor, fue conducida al templo por este Espíritu divino, que la elevó por encima de su edad y de las fuerzas de la naturaleza. Aunque solo tenía tres años, subió sola los escalones del templo; y Dios quiso que ella caminara así, sola, sin apoyarse en su madre, para mostrar que solo el Espíritu divino la guiaba; y también para enseñarnos que, operando en nuestras almas por su poder, Él verdaderamente suple nuestras flaquezas y debilidades. Sin embargo, la acompañaba Santa Ana, su madre, porque, por muy llenos que estemos del Espíritu Santo, debemos vivir siempre bajo la guía externa de aquellos que Él nos ha dado para que ocupen su lugar. Él mismo, bajo el exterior de estas personas, nos asegura su dirección.



Separada así de la casa de sus padres, a tan tierna edad, esta santísima niña se abandonó a Dios, en el olvido del mundo y en la muerte de sí misma, con un fervor y un celo incomprensibles. Renovó sus votos de hostia y sierva, con un amor todavía más grande, más puro, más excelente, más admirable que el que había manifestado en el templo sagrado del vientre de Santa Ana. Este amor, que aumentaba en ella a cada instante, sin interrupción ni descanso, era lo que la hacía tan grande.



Completamente consumida por este amor, no quería tener vida, movimiento, libertad, espíritu, cuerpo, más que en Dios. La ofrenda que hizo de sí misma fue tan viva, tan ardiente y tan apremiante, que su alma tenía una disposición actual y perpetua de entregarse sin cesar a Dios, y ser suya cada vez más, creyendo, por así decirlo, que nunca podría ser suficiente y queriendo pertenecerle todavía más, si le era posible. Finalmente, al ofrecerse como hostia viva, enteramente consagrada a Dios en sí misma y en todo lo que un día sería, renovó la consagración que ya le había hecho de toda la Iglesia, en el momento de su concepción; especialmente de las almas que, siguiendo su ejemplo, se consagrarían a su servicio divino en tantas comunidades santas.



En este día, la ley antigua vio cumplirse una de sus figuras; el templo de Jerusalén presenció el cumplimiento de algo que esperaba: recibió en su recinto uno de los templos de los que era imagen, la Santísima Virgen María, templo vivo de Jesucristo, como Jesucristo debía ser el templo perfecto y verdadero de la Divinidad.


Jean-Jacques Olier, Vie intérieure de la Très Sainte Vierge






La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María (8 de diciembre)

 



La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María


El dogma de la Inmaculada Concepción nos enseña que María, madre de Jesucristo, fue concebida sin pecado original. La bula del 8 de diciembre de 1854, Ineffabilis Deus, de S.S. el Papa Pío IX, enseña de manera infalible lo siguiente:


"Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano."



Oración de S.S. el Papa San Pío X

Oh, Virgen Santísima, que habéis sido agradable al Señor y os convertisteis en su Madre; Virgen Inmaculada en vuestro cuerpo, en vuestra alma, en vuestra fe y en vuestro amor, mirad con ojos benévolos a los infelices que imploran vuestra poderosa protección. La serpiente infernal, contra quien fue lanzada la maldición primera, continúa combatiendo y tentando a los pobres hijos de Eva. Vos, Madre nuestra bendita, nuestra Reina y Abogada, vos que habéis aplastado la cabeza del enemigo desde el primer instante de vuestra concepción; acoged las plegarias que, unidos a vos en un solo corazón, os rogamos presentéis ante el trono de Dios, para que jamás nos dejemos arrastrar a las emboscadas que nos son preparadas, sino que alcancemos el puerto de salvación, y que, en medio de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de la liberación, de la victoria y de la paz.

Amén.


¡OH MARÍA SANTÍSIMA, POR TU INMACULADA CONCEPCIÓN, PURIFICA MI CUERPO Y SANTIFICA MI ALMA!





Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad - 12 de octubre

 


Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad 


Cuenta una antigua y piadosa tradición que, estando el Apóstol Santiago el Mayor en oración a las orillas del río Ebro, se le apareció la Santísima Virgen María, en el año 40, viviendo aún en carne mortal, para consolarlo y esforzarlo a proseguir en España su obra de evangelización, y allí mismo le mandó construir un templo en honor suyo.


Según una venerada tradición, la Santísima Virgen María se manifestó en Zaragoza sobre una columna o pilar, signo visible de su presencia. Esta tradición encontró su expresión cultural en la misa y en el Oficio que, para toda España, decretó S.S. Clemente XII. S.S. Pío VII elevó la categoría litúrgica de la fiesta. Finalmente, S.S. Pío XII otorgó a todas las naciones sudamericanas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España.


La tradición se remonta al año 40, cuando el 2 de enero la Virgen María se apareció a Santiago el Mayor en Caesaraugusta. María llegó a Zaragoza «en carne mortal» —antes de su Asunción— y como testimonio de su visita dejó una columna de jaspe conocida popularmente como «el Pilar». Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe a orillas del Ebro. Este testimonio es recogido por un manuscrito de 1297 de los Moralia, que se custodia en el Archivo del Pilar. La devoción mariana inició en los albores del siglo XIII, cuando comenzaron las primeras peregrinaciones a Santa María la Mayor.


La imagen de la Virgen es una talla en madera dorada; mide treinta y seis centímetros y medio de altura y descansa sobre una columna de jaspe forrada de bronce y plata y cubierto, a su vez, por un manto desde los pies de la imagen de la virgen hasta la base vista de la columna o pilar, a excepción de los días dos, doce y veinte de cada mes en que aparece la columna visible en toda su superficie. En la fachada posterior de la capilla se abre el humilladero, donde los fieles pueden venerar la Santa Columna a través de un óculo abierto.



Simbolismo del pilar

El pilar o columna da la idea de la solidez del edificio-iglesia y la firmeza de la columna-confianza en la protección de la Virgen María.


La columna es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra, "manifestación de la potencia de Dios en el hombre y la potencia del hombre bajo la influencia de Dios". Es soporte de lo sagrado, soporte de la vida cotidiana. Santa María, la puerta del cielo, la escala de Jacob, ha sido la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo se han unido en Jesucristo.


Las columnas garantizan la solidez del edificio, sea arquitectónico o social. Quebrantarlas es amenazar el edificio entero. La columna es la primera piedra del templo, que se desarrolla a su alrededor; es el eje de la construcción que liga entre si los diferentes niveles. La Virgen María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.


La Santa Columna está hecha de jaspe, tiene 1,77 metros de altura, un diámetro de 24 centímetros y un forro de bronce y plata. La tradición pilarista afirma que jamás ha variado su ubicación desde la visita de la Virgen María a Santiago.



Tres rasgos peculiares que caracterizan a la Virgen del Pilar:

1- Se trata de una venida extraordinaria de la Virgen durante su vida mortal. A diferencia de las otras apariciones, la Virgen vino cuando todavía vivía en Palestina.


2- La Columna o Pilar que la misma Señora trajo para que, sobre él se construyera la primera capilla que, de hecho, sería el primer Templo Mariano de toda la Cristiandad.


3- La vinculación de la tradición pilarista con la tradición jacobea (del Santuario de Santiago de Compostela). Por ello, Zaragoza y Compostela, el Pilar y Santiago, han constituido dos ejes fundamentales, en torno a los cuales ha girado durante siglos la espiritualidad de la patria española.


Virgen santa, Madre mía,

luz hermosa, claro día,

que la tierra aragonesa

te dignaste visitar(bis)

Este pueblo que te adora

de tu amor favor implora

y te aclama y te bendice

abrazado a tu Pilar.

Pilar sagrado, faro esplendente,

rico presente de caridad.

Pilar bendito, trono de gloria,

tú a la victoria nos llevarás.

Cantad, cantad

himnos de honor y de alabanza.

Cantad, cantad

a la Virgen del Pilar.




Maternidad de la Santísima Virgen María (11 de octubre)

 



Maternidad de la Santísima Virgen


Oh Dios, que quisiste que, al anuncio del Angel, tu Verbo se encarnase en el seno de la Bienaventurada Virgen María: suplicámoste hagas que, los que creemos que ella es verdadera Madre de Dios, seamos ayudados ante ti por su intercesión. Por el mismo Nuestro Señor Jesucristo.



EL TÍTULO DE MADRE DE DIOS

Entre todos los títulos de alabanza tributados a Nuestra Señora no hay ninguno más glorioso que el de Madre de Dios. Ser Madre de Dios es el porqué de María, el secreto de sus gracias y de sus privilegios.


Para nosotros este título encierra en sustancia todo el misterio de la Encarnación; y no hay otro por el que podamos con más razón felicitarla a ella y regocijarnos nosotros. San Efrén justamente pensaba que, para dar uno prueba cierta de su fe, le bastaba confesar y creer que la Santísima Virgen María es Madre de Dios.


Y por eso la Iglesia no puede celebrar ninguna fiesta de la Virgen María sin alabarla por este augusto privilegio. En su Inmaculada Concepción, en su Natividad, e igualmente en su Asunción, siempre saludamos en ella a la Santa Madre de Dios. Y eso es precisamente lo que hacemos nosotros también al repetir tantas veces a diario el Ave María.



LA HEREJÍA NESTORIANA

“Teotokos, Madre de Dios”: así se la llamó a María en todo tiempo. Hacer la historia del dogma de la maternidad divina sería hacer toda la historia del cristianismo. El nombre Teotokos de tal forma había penetrado en el espíritu y en el corazón de los fieles, que se armó un escándalo enorme el día el que ante Nestorio, obispo de Constantinopla, un sacerdote, portavoz suyo, tuvo la osadía de pretender que María no era Madre más que de un hombre, porque era imposible que un Dios naciese de una mujer.


Pero entonces ocupaba la silla de Alejandría un obispo, San Cirilo, a quien Dios suscitó para defender el honor de la Madre de su Hijo. Al punto hizo pública su extrañeza: “Estoy admirado de que haya hombres que pongan en duda que a la Santísima Virgen se la pueda llamar Madre de Dios. Si Nuestro Señor es Dios, ¿cómo podrá ser que María, que le dio al mundo, no sea Madre de Dios? Esta es la fe que nos transmitieron los discípulos, aunque no se sirviesen de este término; es también la doctrina que nos enseñaron los Santos Padres.”



EL CONCILIO DE EFESO

Nestorio no admitió cambio alguno en sus ideas. El emperador convocó un Concilio, que inauguró sus sesiones en Éfeso el 22 de junio del 431; en él presidió San Cirilo, como legado del Papa Celestino. Se juntaron 200 obispos; proclamaron que “la persona de Cristo es una y divina y que la Santísima Virgen tiene que ser reconocida y venerada por todos como realmente Madre de Dios”. Al saberse esta noticia, los cristianos de Éfeso entonaron cantos de triunfo, iluminaron la ciudad y acompañaron a sus domicilios con antorchas a los obispos “que habían venido, gritaban, a devolvernos la Madre de Dios y a ratificar con su autoridad santa lo que estaba escrito en todos los corazones”.


Y, como ocurre siempre, los esfuerzos del diablo sólo sirvieron para preparar y suscitar un triunfo magnifico a Nuestra Señora; los Padres del Concilio, así cuenta la tradición, para perpetua memoria añadieron al Ave María esta cláusula: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”: oración que desde entonces recitan todos los días millones de almas para reconocer en María la gloria de Madre de Dios que un hereje la quiso arrebatar.



LA FIESTA DEL 11 DE OCTUBRE

El año 1931, al celebrarse el centenario XV del Concilio, pensó S.S. Pío XI que sería “útil y grato a los fieles el meditar y reflexionar sobre un dogma tan importante” como es el de la maternidad divina.


Para que quedase perpetuo testimonio de su piedad a María, escribió la Encíclica Lux Veritatis, restauró la basílica de Santa María la Mayor de Roma y además instituyó una fiesta litúrgica, que “contribuiría al aumento de la devoción hacia la Soberana Madre de Dios entre el clero y los fieles, y presentaría a la Santísima Virgen y a la Sagrada Familia de Nazaret como un modelo para las familias”, para que así se respeten cada vez más la dignidad y la santidad del matrimonio y la educación de la juventud.


En las fiestas del 1º de enero y en las del 25 de marzo tuvimos ocasión de considerar lo que para María lleva consigo su dignidad de Madre de Dios. El tema, por decirlo así, es inagotable: podemos detenernos hoy todavía unos momentos más.



MARÍA EXTERMINADORA DE LAS HEREJÍAS

“Alégrate, oh Virgen María, porque tú sola has destruido en todo el mundo todas las herejías.”

Esta antífona de la Liturgia demuestra claramente que el dogma de la maternidad divina es el sostén y la defensa de todo el cristianismo. Confesar la maternidad divina, vale tanto como confesar, en el Verbo Encarnado, la naturaleza humana y la naturaleza divina, y también la unidad de persona; es afirmar la distinción de personas en Dios y la unidad de su naturaleza; es reconocer todo el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria.



MARÍA ES CON TODA VERDAD MADRE DE DIOS

Ahora bien, es fácil reconocer que María es con toda propiedad Madre de Dios. “Si el Hijo de la Santísima Virgen es Dios, escribía S.S. Pío XI en su Encíclica Lux Veritatis, la que le engendró debe llamarse Madre de Dios; si la persona de Jesucristo es una y divina, no cabe duda ninguna que todos tienen que llamar a María Madre de Dios y no sólo Madre de Cristo-hombre… Del mismo modo que a las demás mujeres se las llama madres, y lo son realmente, porque en su seno formaron nuestra sustancia caduca y no porque creasen el alma humana así alcanzó la Virgen la maternidad divina por el hecho de haber engendrado a la única persona de su Hijo.”



CONSECUENCIAS DE LA MATERNIDAD DIVINA

De aquí se derivan como de una misteriosa y viva fuente la gracia especial de María y su suprema dignidad después de Dios. La Bienaventurada Virgen María tiene una dignidad casi infinita, dice Santo Tomás, y proviene del bien infinito que es Dios. Cornelio a Lapide explica así estas palabras: "es Madre de Dios: sobrepuja, por consiguiente, en excelencia a todos los Ángeles, Querubines y Serafines. Es Madre de Dios: es, por tanto, la más pura y las más santa de todas las criaturas, y, excepción hecha de Dios, no es posible figurarse mayor santidad que la de la Santísima Virgen. Es Madre de Dios: por eso, se la concedió a ella su privilegio antes que a cualquier Santo se concediese cualquier privilegio del orden de la gracia santificante".



DIGNIDAD DE MARÍA

Este privilegio de la divina maternidad relaciona a María con Dios con una relación tan particular y tan íntima, que no hay dignidad creada que pueda compararse con la suya. Esa dignidad la pone en relación inmediata con la unión hipostática y la hace entrar en relaciones íntimas y personales con las tres personas de la Santísima Trinidad.


MARÍA Y JESÚS - La maternidad divina une a María con su Hijo con un lazo mucho más fuerte que el de las demás madres con respecto a sus hijos. Estas no son las únicas que intervienen en la generación, mientras que la Santísima Virgen fue ella sola la que produjo a su Hijo, el Hombre-Dios, de su propia sustancia, Jesús es fruto de su virginidad. Pertenece a su Madre porque ella le concibió y le dio a luz en el tiempo, ella le alimentó con la leche virginal de sus pechos, ella le educó, ella ejerció sobre El su autoridad maternal.


MARÍA Y EL PADRE - La maternidad divina liga a María con el Padre de una manera que no se puede expresar con palabras humanas.

María tiene por Hijo al mismo Hijo de Dios; imita y reproduce en el tiempo la generación misteriosa por la que el Padre engendra a su Hijo en la eternidad. Y de ese modo llega a ser la coasociada del Padre en su Paternidad: “Si el Padre nos ha dado pruebas de un afecto sincero, decía Bossuet, porque nos ha dado a su Hijo por Maestro y Salvador, el amor inefable que siente por ti, oh María, le hizo concebir otros muchos planes en nuestro favor. Dispuso que fuese tan tuyo como de El; y, para formar contigo una sociedad eterna, quiso que fueses la Madre de su único Hijo y ser El el Padre del tuyo”


MARÍA Y EL ESPÍRITU SANTO - La maternidad divina une igualmente a María con el Espíritu Santo, ya que por el Espíritu Santo concibió al Verbo en su seno. S.S. León XIII llama a María: Esposa del Espíritu Santo. Y María es su santuario privilegiado a causa de las maravillas inauditas de la gracia que ese Espíritu divino obró en ella.


“Si Dios está con los Santos, concluye San Bernardo, está con María de un modo particularísimo; porque, entre Dios y ella la conformidad es tan perfecta, que Dios se ha unido no sólo a su voluntad, sino también a su carne, y de su sustancia y de la sustancia de la Virgen, hizo un solo Cristo; Cristo, aunque no procede en lo que es, ni todo completo de Dios ni todo completo de la Virgen, no deja de ser, esto no obstante, todo entero de Dios y todo entero de la Virgen; pues no hay dos hijos, sino uno solo, que lo es de Dios y de la Virgen. Por eso la dice el ángel: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Está contigo no sólo el Señor Hijo, a quien tú revistes de tu carne, sino el Señor Espíritu Santo, de quien tú concibes y el Señor Padre, que ha engendrado al que tú concibes. El Padre está contigo y hace que su Hijo sea tuyo; el Hijo está contigo y, para realizar en ti el admirable misterio, se abre milagrosamente para sí tu seno, pero respetando el sello de tu virginidad; el Espíritu Santo está contigo y juntamente con el Padre y el Hijo, santifica tu seno. Ciertamente, el Señor está contigo”.



ORACIÓN

Santísima Madre de Dios, en vano la herejía ha querido quitaros este glorioso título: postrados a vuestros pies os pedimos nos defendáis de los enemigos de nuestra salvación, para que sean también vanos todos los esfuerzos que hacen para arrancarnos la inocencia del corazón.


Fuente: El Año Litúrgico, Dom Gueranger