CARTA ENCÍCLICA DIVINO AFFLANTE SPIRITU
DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XII SOBRE LOS ESTUDIOS BÍBLICOS
1. Por inspiración del divino Espíritu escribieron los sagrados escritores aquellos libros que Dios, conforme a su paterna caridad con el género humano, quiso liberalmente dar para enseñar, para convencer, para corregir, para dirigir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena (2Tim 3,16ss). No es, pues, de admirar que la santa Iglesia, tratándose de este tesoro dado del cielo, que ella posee como preciosísima fuente y divina norma de la doctrina sobre la fe y las costumbres, así como lo recibió incontaminado de manos de los apóstoles, así lo haya custodiado con todo esmero, defendido de toda falsa y perversa interpretación y empleado solícitamente en el ministerio de comunicar a las almas la salud sobrenatural, como lo atestiguan a toda luz casi innumerables documentos de todas las edades. Por lo que hace a los tiempos modernos, cuando de un modo especial corrían peligro las divinas Letras en cuanto a su origen y su recta exposición, la Iglesia tomó a su cuenta defenderlas y protegerlas todavía con mayor diligencia y empeño. De ahí que ya el sacrosanto Sínodo Tridentino pronunció con decreto solemne que «deben ser tenidos por sagrados y canónicos los libros enteros con todas sus partes, tal como se han solido leer en la Iglesia católica y se hallan en la antigua edición Vulgata latina»[1]. Y en nuestro tiempo, el concilio Vaticano, a fin de reprobar las falsas doctrinas acerca de la inspiración, declaró que estos mismos libros han de ser tenidos por la Iglesia como sagrados y canónicos, «no ya porque, compuestos con la sola industria humana, hayan sido después aprobados con su autoridad, ni solamente porque contengan la revelación sin error, sino porque, escritos con la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y como tales fueron entregados a la misma Iglesia»[2]. Más adelante, cuando contra esta solemne definición de la doctrina católica, en la que a los libros «enteros, con todas sus partes», se atribuye esta divina autoridad inmune de todo error, algunos escritores católicos osaron limitar la verdad de la Sagrada Escritura tan sólo a las cosas de fe y costumbres, y, en cambio, lo demás que perteneciera al orden físico o histórico reputarlo como «dicho de paso» y en ninguna manera —como ellos pretendían— enlazado con la fe, nuestro antecesor de inmortal memoria León XIII, en su carta encíclica Providentissimus Deus, dada el 18 de noviembre de 1893, reprobó justísimamente aquellos errores y afianzó con preceptos y normas sapientísimas los estudios de los divinos libros.
2. Y toda vez que es conveniente conmemorar el término del año cincuentenario desde que fueron publicadas aquellas letras encíclicas, que se tienen como la ley principal de los estudios bíblicos, Nos, según la solicitud que desde el principio del sumo pontificado manifestamos respecto de las disciplinas sagradas[3], juzgamos que había de ser oportunísimo confirmar e inculcar, por una parte, lo que nuestro antecesor sabiamente estableció y sus sucesores añadieron para afianzar y perfeccionar la obra, y decretar, por otra, lo que al presente parecen exigir las circunstancias, para más y más incitar a todos los hijos de la Iglesia que se dedican a estos estudios a una empresa tan necesaria y tan loable.
I
3. El primero y sumo empeño de León XIII fue exponer la doctrina de la verdad contenida en los sagrados volúmenes y vindicarlos de las impugnaciones. Así fue que con graves palabras declaró que no hay absolutamente ningún error cuando el hagiógrafo, hablando de cosas físicas, «se atuvo (en el lenguaje) a las apariencias de los sentidos», como dice el Angélico[4], expresándose «o en sentido figurado o según la manera de hablar en aquellos tiempos, que aún hoy rige para muchas cosas en la vida cotidiana hasta entre los hombres más cultos». Añadiendo que ellos, «los escritores sagrados, o por mejor decir —son palabras de San Agustín— [5], el Espíritu de Dios, que por ellos hablaba, no quiso enseñar a los hombres esas cosas —a saber, la íntima constitución de las cosas visibles— que de nada servían para su salvación»[6], lo cual «útilmente ha de aplicarse a las disciplinas allegadas, principalmente a la historia», es a saber, refutando «de modo análogo las falacias de los adversarios» y defendiendo «de sus impugnaciones la fidelidad histórica de la Sagrada Escritura»[7]. Y que no se ha de imputar el error al escritor sagrado si «en la transcripción de los códices se les escapó algo menos exacto a los copistas» o si Por último, que no es lícito en modo algun«queda oscilante el sentido genuino de algún pasaje».o, «o restringir la inspiración de la Sagrada Escritura a algunas partes tan sólo, o conceder que erró el mismo sagrado escritor», siendo así que la divina inspiración «por sí misma no sólo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad absoluta con la que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea en modo alguno autor de ningún error. Esta es la antigua y constante fe de la Iglesia»[8]. ,
4. Ahora bien: esta doctrina que con tanta gravedad expuso nuestro predecesor León XIII, también Nos la proponemos con nuestra autoridad y la inculcamos a fin de que todos la retengan religiosamente. Y decretamos que con no menor solicitud se obedezca también el día de hoy a los consejos y estímulos que él sapientísimamente añadió conforme al tiempo. Pues como surgieran nuevas y no leves dificultades y cuestiones, ya por los prejuicios del racionalismo, que por doquiera perniciosamente cundía, ya sobre todo por las excavaciones y descubrimientos de monumentos antiquísimos llevados a cabo por doquiera en las regiones orientales, el mismo predecesor nuestro, impulsado por la solicitud del oficio apostólico, a fin de que esta tan preclara fuente de la revelación católica no sólo estuviera abierta con más seguridad y abundancia para utilidad de la grey del Señor, sino también para no permitir que en manera alguna fuese contaminada, ardientemente deseó «que fuesen cada vez más los que sólidamente tomaran a su cargo y mantuviesen constantemente el patrocinio de las divinas Letras; y que aquellos principalmente a los que la divina gracia llamó al sagrado orden emplearan cada día, como es justísimo, mayor diligencia e industria en leerlas, meditarlas y exponerlas» [9].
5. Por lo cual, el mismo Pontífice, así como ya hacía tiempo había alabado y aprobado la Escuela de Estudios Bíblicos fundada en San Esteban de Jerusalén gracias a la solicitud del maestro general de la sagrada Orden de Predicadores, Escuela de la que, como él mismo dijo, «el conocimiento de la Biblia recibió no leve incremento y los espera mayores»[10], así el último año de su vida añadió todavía una nueva razón para que estos estudios, tan encarecidamente recomendados por las letras encíclicas Providentissimus Deus, cada día se perfeccionasen más y con la mayor seguridad se adelantasen. En efecto, con las letras apostólicas Vigilantiae, dadas el 30 del mes de octubre del año 1902, estableció un Consejo, o como se dice Comisión, de graves varones, «que tuvieran por encomendado a sí el cargo de procurar y lograr, por todos los medios, que los divinos oráculos hallen entre los nuestros en general aquella más exquisita exposición que los tiempos reclaman, y se conserven incólumes no sólo de todo hálito de errores, sino también de toda temeridad de opiniones»[11],el cual Consejo también Nos, siguiendo el ejemplo de nuestros antecesores, lo confirmamos y aumentamos de hecho, valiéndonos, como muchas veces antes, de su ministerio para encaminar los intérpretes de los sagrados libros a aquellas sanas leyes de la exégesis católica que enseñaron los Santos Padres y los doctores de la Iglesia y los mismos Sumos Pontífices[12].
6. Y aquí no parece ajeno al asunto recordar con gratitud las cosas principales y más útiles para el mismo fin que sucesivamente hicieron nuestros antecesores, y que podríamos llamar complemento o fruto de la feliz empresa leoniana. Y en primer lugar, Pío X, queriendo «proporcionar un medio fijo de preparar un buen número de maestros que, recomendables por su gravedad y pureza de doctrina, interpreten en las escuelas católicas los divinos libros...», instituyó «los grados académicos de licenciado y doctor en Sagrada Escritura..., que habrían de ser conferidos por la Comisión Bíblica» [13]; luego dio una ley «sobre la norma de los estudios de Sagrada Escritura que se ha de guardar en los seminarios de clérigos», con el designio de que los alumnos seminaristas «no sólo penetrasen y conociesen la fuerza, modo y doctrina de la Biblia, sino que pudiesen además ejercitarse en el ministerio de la divina palabra con competencia y probidad, y defender... de las impugnaciones los libros escritos bajo la inspiración divina» [14]; finalmente, «para que en la ciudad de Roma se tuviera un centro de estudios más elevados relativos a los sagrados libros que promoviese del modo más eficaz posible la doctrina bíblica y los estudios a ella anejos, según el sentido de la Iglesia católica», fundó el Pontificio Instituto Bíblico, que encomendó a la ínclita Compañía de Jesús, y quiso estuviera «provisto de las más elevadas cátedras y todo recurso de erudición bíblica», y prescribió sus leyes y disciplina, declarando que en este particular «ponía en ejecución el saludable y provechoso propósito» de León XIII [15]
7. Todo esto, finalmente, lo colmó nuestro próximo predecesor de feliz recordación, Pío XI, al decretar, entre otras cosas, que ninguno fuese «profesor de la asignatura de Sagradas Letras en los seminarios sin haber legítimamente obtenido, después de terminado el curso peculiar de la misma disciplina, los grados académicos en la Comisión Bíblica o en el Instituto Bíblico». Y estos grados quiso que tuvieran los mismos efectos que los grados legítimamente otorgados en sagrada teología y en derecho canónico; y asimismo estableció que a nadie se concediese «beneficio en el que canónicamente se incluyera la carga de explicar al pueblo la Sagrada Escritura si, además de otras condiciones, el sujeto no hubiese obtenido o la licencia o el doctorado en Escritura». Y exhortando a la vez juntamente, tanto a los superiores mayores de las Ordenes regulares como a los obispos del orbe católico, a enviar a las aulas del Instituto Bíblico, para obtener allí los grados académicos, a los más aptos de sus alumnos, confirmó tales exhortaciones con su propio ejemplo, señalando de su liberalidad para este mismo fin rentas anuales [16].
8. El mismo Pontífice, después de que con el favor y aprobación de Pío X, de feliz memoria, el año 1907 «se encomendó a los monjes benedictinos el cargo de investigar y preparar los estudios en que haya de basarse la edición de la versión latina de las Escrituras que recibió el nombre de Vulgata»[17], queriendo afianzar con mayor firmeza y seguridad esta misma «trabajosa y ardua empresa», que exige largo tiempo y subidos gastos, cuya grandísima utilidad habían evidenciado los egregios volúmenes ya dados a la pública luz, levantó desde sus cimientos el monasterio urbano de San Jerónimo, que exclusivamente se dedicase a esta obra, y lo enriqueció abundantísimamente con biblioteca y todos los demás recursos de investigación[18].
9. Ni parece que aquí debe pasarse en silencio con cuánto ahínco los mismos predecesores nuestros, en diferentes ocasiones, recomendaron ora el estudio, ora la predicación, ora, en fin, la pía lectura y meditación de las Sagradas Escrituras. Porque Pío X, respecto de la Sociedad de San Jerónimo, que trata de persuadir a los fieles de Cristo la costumbre, en verdad loable, de leer y meditar los santos Evangelios y hacerlo más accesible según sus fuerzas, la aprobó de todo corazón y la exhortó a que animosamente insistiera en su propósito declarando «que esta obra es la más útil» y que contribuye no poco «a extirpar la idea de que la Iglesia se resiste a la lectura de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar o pone para ello impedimento» [19]. Por su parte, Benedicto XV, al cumplirse el ciclo del decimoquinto siglo desde que dejó la vida mortal el Doctor Máximo en exponer las Sagradas Letras, después de haber esmeradísimamente inculcado, ya los preceptos y ejemplos del mismo Doctor, ya los principios y normas dadas por León XIII y por sí mismo, y recomendado otras cosas oportunísimas en estas materias y que nunca se deben olvidar, exhortó «a todos los hijos de la Iglesia, principalmente a los clérigos, a juntar la reverencia de la Sagrada Biblia con la piadosa lectura y asidua meditación de la misma»; y advirtió que «en estas páginas se ha de buscar el alimento con que se sustente, hasta llegar a la perfección, la vida del espíritu» y que «la principal utilidad de la Escritura pertenece al ejercicio santo y fructuoso de la divina palabra»; y él mismo de muevo alabó la obra de la Sociedad llamada del nombre del mismo San Jerónimo, gracias a la cual se divulgan en grandísima extensión los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, «de suerte que ya no haya ninguna familia cristiana que carezca de ellos, y todos se acostumbren a su lectura y meditación cotidiana»[20].
10. Y, a la verdad, es cosa justa y grata confesar que no sólo con esta instituciones, preceptos y estímulos de nuestros antecesores, sino también con las obras y trabajos arrostrados, por todos aquellos que diligentemente los secundaron, ya en estudiar, investigar y escribir; ya en enseñar y predicar, como también en traducir y propagar los sagrados libros, ha adelantado no poco entre los católicos la ciencia y uso de las Sagradas Escrituras. Porque son ya muchísimos los cultivadores de 1a Escritura Santa que salieron y cada día salen de las aulas en las que se enseñan las más elevadas disciplinas en materia teológica y bíblica, y principalmente de nuestro Pontificio Instituto Bíblico, los cuales, animados de ardiente afición a los sagrados volúmenes, imbuyen en este mismo espíritu al clero adolescente y constantemente le comunican la doctrina que ellos bebieron. No pocos de ellos han promovido y promueven todavía con sus escritos los estudios bíblicos, o bien editando los sagrados textos redactados conforme a las normas del arte crítica y explicándolos, ilustrándolos, traduciéndolos para su pía lección y meditación, o bien, por fin, cultivando y adquiriendo las disciplinas profanas útiles para la explanación de la Escritura. Así pues, por estas y otras empresas que cada día se propagan y cobran fuerza, como, por ejemplo, las asociaciones en pro de la Biblia, los congresos, las semanas de asambleas, las bibliotecas, las sociedades para meditar el Evangelio, concebimos la esperanza no dudosa de que en adelante crezcan doquiera más y más, para bien de las almas, la reverencia, el uso y el conocimiento de las Sagradas Letras, con tal que con firmeza, valentía y confianza retengan todos la regla de los estudios bíblicos prescrita por León XIII, explicada por sus sucesores con más claridad y perfección, y por Nos confirmada y fomentada —que es, en realidad, la única segura y confirmada por la experiencia—, sin dejarse arredrar en modo alguno por aquellas dificultades que, como en las cosas humanas suele acontecer, nunca le faltarán tampoco a esta obra preclara.
Continuará...









