LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA

 



LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA




Jamás alabaremos lo suficiente la santa Cruz de Cristo; jamás podremos comprender el abismo de caridad y sabiduría celestial que se encierra en el madero sagrado. Únicamente la Trinidad Beatísima pudo concebir semejante invención para hacernos morir al mundo, al demonio y a nuestra propia carne, esto es a nuestro ego orgulloso y egoísta.




En efecto, gracias a la cruz los verdaderos discípulos del Señor crucifican y mortifican sus pasiones y apetitos desordenados, singularmente la soberbia, la gula y la lujuria. Al considerar que el Hijo de Dios N.S.J.C. murió por nosotros y eligió llevar su cruz y ser colocado en ella, nosotros no podemos más que imitarle y negarnos a nosotros mismos, tomando nuestra propia cruz particular y siguiéndole hasta el Calvario.




Alguno se preguntará cuál es la cruz que la Divina Providencia le ha preparado desde toda la eternidad para portar pacientemente durante esta fugaz vida terrena, y responderemos que la cruz es todo aquello que le humilla y le mortifica, hasta el punto que uno querría quitársela de encima si pudiera, pero en todo debemos cumplir la Voluntad del Eterno Padre, y sabemos por la Sagrada Escritura que para ser discípulos de Jesucristo es preciso coger la cruz y seguirle hasta el final.




Esa enfermedad dolorosa y paralizante, ese rasgo físico o de la personalidad que nos abaja y nos avergüenza, esa contrariedad casi permanente que debemos soportar en nosotros mismos y que los demás también notan y explotan mediante comentarios hirientes, esa carencia de dones y virtudes naturales y sobrenaturales, ese matrimonio insatisfecho con una mujer o con un hombre que no nos comprende ni quiere compartir nuestra santa fe católica, esos proyectos y aspiraciones personales que jamás serán cumplidos por las propias circunstancias, etc., etc. La cruz es todo eso y mucho más, por lo que sólo podemos humillarnos y aceptarla tal cual Dios nos la envía, si no queremos vernos reprobados en la hora decisiva del Juicio.




El mundo y sus locos amadores se escandalizan de la cruz y quisieran apartarla de sus vidas, pero es en vano porque la cruz les perseguirá hasta el día de la muerte, y si no la aceptan de buen grado, tendrán que arrastrarla cual réprobos incluso en vida. Lo más terrible para ellos será cuando, en el momento fatídico del Juicio, tengan que oír de labios de Cristo Juez la espantosa sentencia de condenación eterna, pues entonces verán que la cruz que Dios les envió en vida no era tan humillante como ellos pensaban, sino que verdaderamente tenía el poder de salvar sus almas si la hubieran acogido con corazón contrito y humillado, pero ya será demasiado tarde para ellos y serán echados fuera del reino celestial, siendo su terrible destino final el lugar de tormentos más horribles jamás concebidos, el infierno.




La Sagrada Escritura nos revela que quienes intenten salvar su vida en este mundo la perderán para la eternidad, mientras que los pocos que la pierdan por dar testimonio de Cristo y la Verdad salvarán sus almas en el más allá. ¿Qué significa pues querer salvar la vida en este mundo? Se trata principalmente de la incredulidad y la indiferencia respecto a Jesucristo y su misión divina, pues son legión los incrédulos y los indiferentes que afirman no conocer a Dios ni querer saber nada de Él. El horror al sufrimiento y la huida de cualquier sacrificio y humillación que implique reconocer los propios errores y pedir perdón a quienes han ofendido es también otro de los rasgos característicos de los hijos de las tinieblas, pues los pobres infelices se avergüenzan de Cristo y de su doctrina al estar dominados por la triple concupiscencia de la carne, los ojos y la soberbia.




Nada hay que cause mayor espanto a los mundanos que la debilidad y la inseguridad, pues todos ellos se imaginan falsamente que mostrar indecisión equivale a ser débil, de ahí que se afanen inútilmente en extinguir en ellos cualquier afecto o inspiración que les haga sentirse menos que los demás, ya que el orgullo que poseen les ciega y les impulsa a despreciar a quienes no son como ellos. Siguen así las envenenadas insinuaciones del príncipe de este mundo, el demonio, quien les dice que no sólo no deben humillarse y mostrar arrepentimiento, sino que además tienen que imponerse por la fuerza los unos a los otros, ya que en el mundo impera la ley de la selva y sólo los fuertes y poderosos son bien considerados por el resto de mortales.




Como se ve claramente, es una inversión absoluta de valores, una tergiversación diabólica del sermón de la montaña, pues allí donde Cristo recomienda la humildad y la mansedumbre, el demonio grita que hay que ser orgulloso y violento. Y así con el resto de las bienaventuranzas.




Todos los males que hay en esta tierra vienen por ignorar las Escrituras y no querer conocer la Palabra de Dios, en la que se encuentra el poder del Altísimo (Mateo 22:29). Si conocieran la divina voluntad expresada claramente en el Evangelio no obrarían del modo en que lo hacen, pero el demonio y las preocupaciones terrenales ahogan cualquier aspiración sagrada y les impiden ponerse a considerar las sentencias de la Santa Biblia, lo cual es muy lamentable y digno de absoluta pena. (Mateo 13:1-50).




La humanidad sin Dios cabalga a paso rápido hacia su triste suerte final, mientras todos ellos se creen falsamente seguros y se imaginan que no hay vida después de la muerte, por lo que hay que aprovechar el momento presente para gozar y adquirir reputación y bienes, ya que una vez muerto no habrá nada más que hacer. Pero semejante concepción pagana de la existencia está destinada al más trágico fracaso cuando aparezcan al fin los Dos Testigos del Apocalipsis enviados por Dios Uno y Trino, pues ellos serán los encargados de leer la sentencia de condenación eterna para las gentes de todos los pueblos y tribus y lenguas y naciones, de ahí que estos súper profetas vayan a ser un auténtico incordio y un reproche continuo para todos ellos. Pero hablaremos más extensamente sobre los Testigos y el mensaje de su predicación en un último ensayo que pronto empezaremos a escribir.




El mundo luchará en vano por librarse de la cruz, pues cuando vuelva el Hijo del Hombre aparecerá su señal en el cielo, y todos los moradores de la tierra se lamentarán amargamente. (Mateo 24:30).




Velemos pues para no ser sorprendidos, y carguemos con nuestra propia cruz mientras nos toque penar por este enorme valle de lágrimas.


+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                   




NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR

 



NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR



Todos hemos recibido al nacer una cruz particular enviada por la Divina Providencia con la cual obrar nuestra salvación con temor y temblor, pero sin embargo no todos aceptan su propia cruz y cargan con ella hasta la muerte, sino que son pocos, muy pocos los que esto comprenden y, negándose a sí mismos, cogen su cruz y siguen a Jesucristo hasta el final. Esto se debe al misterio insondable de la predestinación de los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos en medio de esta generación perversa y adúltera, pues ya nos dice la Sagrada Escritura que muchos son los llamados por la gracia divina, pero pocos los elegidos para heredar el reino de los cielos.




La cruz nos sale al encuentro cada vez que nos aficionamos a las vanidades engañosas de esta pobre vida, pues no hay ningún goce en este mundo que no venga acompañado de alguna pena. Se engañan terriblemente los mundanos entonces cuando buscan huir a toda costa del sufrimiento y la humillación, porque estos les perseguirán hasta el día de su muerte. De ahí que los cristianos no debamos hacer nuestra morada permanente en este valle de lágrimas, sino que simplemente estamos aquí de paso, somos peregrinos solamente, y sabemos que nuestra verdadera patria es el Cielo, en la compañía de los Ángeles y los Santos de Dios.




Gracias a la cruz, los verdaderos seguidores del Cristo aprendemos a desconfiar del mundo y sus ilusiones, viéndolas tal como son, es decir, falsos remedios que jamás pueden satisfacer nuestro interior y que nos dejan con el tremendo remordimiento de la conciencia si tenemos la inmensa desgracia de haber consentido en cualquier tentación y haber pecado contra Dios. Y no sólo eso, sino que el aprecio de la cruz nos hace incluso odiar al mundo y todo cuanto hay en él, pues sabemos que para agradar a Dios hay que elegir entre servirle a Él o ser esclavo de nuestras pasiones desordenadas y del cobarde respeto humano.




Para el cristiano la debilidad y la humillación son gloriosas, porque el mismo Hijo de Dios las ensalzó y padeció hasta la muerte mientras se humillaba y caían sobre Él todos los golpes de la divina justicia por causa de nuestros numerosos pecados y crímenes contra el Cielo. En efecto, debemos gloriarnos en nuestra debilidad, pues cuando somos débiles a ojos del mundo es en realidad cuando somos fuertes para Dios, a ejemplo del Apóstol (2 Corintios 9-10).




Dejemos por tanto que el mundo y sus locos amadores se pierdan en medio de tantos y tan envenenados placeres y privilegios, los cuales jamás pueden satisfacer al corazón humano y conducen irremediablemente hasta la muerte eterna del alma, y nosotros no tengamos ninguna otra preocupación más que la de padecer y ser despreciado por los mundanos al igual que lo fue el Cristo.




Dejemos que los demás ambicionen los primeros puestos en las reuniones humanas, los mejores elogios en cualquier conversación, los bienes y las posesiones más codiciadas, la mayor fuerza física y el más deslumbrante atractivo... dejemos a esos infelices hundirse cada vez más en el fango de las pasiones mundanas, mientras nosotros vamos adquiriendo la verdadera sabiduría espiritual que consiste en negarse a uno mismo y cargar con la humillación particular que el Buen Dios ha tenido a bien mandarnos para poder operar la salvación de nuestras almas.




En vano se afanan los mundanos por alejar de ellos la cruz, ya que ésta les perseguirá hasta el fin del mundo y no podrán deshacerse de ella. El que no quiera cargar con su cruz en vida, deberá llevarla como un condenado hasta la muerte, y lo más triste, ella será la causa de su reprobación final en el Juicio. Porque los pensamientos de Dios no son los nuestros, ni sus caminos son nuestros caminos (Isaías 55, 8-9). De lo cual se deduce que no estamos en esta vida para gozar y amasar bienes materiales y vanagloria, como lamentablemente buscan el 99,9% de los pobres mortales, sino que Dios nos dio el ser para buscarle, conocerle, amarle y servirle, y mediante esto salvar nuestras pobres almas.



+MISERERE NOBIS, DOMINE+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                  





EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL

 



EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL




¿Quién ha creído nuestro anuncio,

y a quién ha sido revelado el brazo de Yahvé?

Pues creció delante de Él como un retoño,

cual raíz en tierra árida;

no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas,

ni aspecto para que nos agrade.

Es un (hombre) despreciado, el desecho de los hombres,

varón de dolores y que sabe lo que es padecer;

como alguien de quien uno aparta su rostro,

le deshonramos y le desestimamos.

Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias,

ha cargado con nuestros dolores,

y nosotros le reputamos como castigado,

como herido por Dios y humillado.

Fue traspasado por nuestros pecados,

quebrantado por nuestras culpas;

el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él,

y a través de sus llagas hemos sido curados.

Éramos todos como ovejas errantes,

seguimos cada cual nuestro propio camino;

y Yahvé cargó sobre él

la iniquidad de todos nosotros.

Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra

como cordero que es llevado al matadero;

como oveja que calla ante sus esquiladores,

así él no abre la boca.

Fue arrebatado por un juicio injusto,

sin que nadie pensara en su generación.

Fue cortado de la tierra de los vivientes

y herido por el crimen de mi pueblo.

Se le asignó sepultura entre los impíos,

y en su muerte está con el rico,

aunque no cometió injusticia,

ni hubo engaño en su boca.

Yahvé quiso quebrantarle con sufrimientos;

mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado,

verá descendencia y vivirá largos días,

y la voluntad de Yahvé será cumplida por sus manos.

Verá (el fruto) de los tormentos de su alma,

y quedara satisfecho.

Mi siervo, el Justo, justificará a muchos por su doctrina,

y cargará con las iniquidades de ellos.

Por esto le daré en herencia una gran muchedumbre,

y repartirá los despojos con los fuertes,

por cuanto entregó su vida a la muerte,

y fue contado entre los facinerosos.

Porque tomó sobre sí los pecados de muchos

e intercedió por los transgresores.

(Isaías 53)




Nuestro Señor Jesucristo es el Cordero de Dios que fue llevado al matadero y se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. Él cargó con todas nuestras iniquidades e inmundicias de manera libre y voluntaria, cumpliendo en todo la divina voluntad del Padre eterno, que quiso operar así la salvación del género humano condenado a la muerte eterna tras el pecado original. Nuestro Redentor y Salvador se anonadó y se hizo insignificante como un pobre gusanillo mientras era humillado y escarnecido por nosotros, infames pecadores de todos los siglos.




Como leemos en el capítulo 53 del profeta Isaías, el Cristo adquirió descendencia y heredó una gran muchedumbre de hermanos e hijos adoptivos del Padre celestial mediante sus indecibles tormentos y sufrimientos, es decir, mediante el árbol bendito de la santa Cruz, que es lo que Le hace quedar satisfecho, pues Su sacrificio no ha sido en vano, sino antes bien muy provechoso y necesario, ya que si Nuestro Señor no hubiera entregado Su vida por nosotros, el cielo permanecería cerrado para todos absolutamente y nadie se salvaría. Pero al morir Él y cargar con nuestros pecados y transgresiones, haciéndose merecedor del castigo divino, Él que era la inocencia y la pureza mismas, entonces el Padre eterno quedaba obligado a resucitarle y darle descendencia para toda la eternidad.




Es la Cruz, pues, el instrumento fundamental que nos justifica y nos da la doctrina sagrada, la Palabra de Dios que el mundo no puede conocer ni amar porque no la entiende, sino que la odia. En efecto, la Cruz implica humillación y sacrificio, la negación total de uno mismo, el desprecio absoluto de cuanto somos y el olvido de nuestra insignificante persona, a imitación del Divino Maestro, pues ya nos enseñó Jesús que es muriendo por Él y a causa de Él que vamos a salvar nuestras almas en esta pobre vida, mientras que los que intenten salvaguardar su reputación y sus bienes a ojos del mundo mediante el cobarde respeto humano sin duda perecerán eternamente.




Y es que la doctrina del Cristo es dura, muy dura para los que tienen su corazón apegado a las vanidades de este mundo y ansían la vanagloria que proviene del respeto humano, pues todos ésos han hecho de este lugar de destierro su morada y se sienten cómodos aquí, creyendo engañosamente que el paraíso consiste en estar bien y adquirir poder, influencia y placeres en esta vida fugaz, pero sin embargo ignoran y desprecian la vida sobrenatural del espíritu, llamando locura y necedad a la Cruz y a quienes se afanan por seguir a Jesucristo.




Para todos ellos pesa la terrible sentencia de condenación eterna, pues ya nos advirtió Jesús que esos tales ya habían recibido su recompensa en esta vida, por lo que no pueden esperar nada tras la muerte. Son como el rico necio del Evangelio, cuyas únicas preocupaciones eran las de edificarse unos graneros enormes para guardar su grano y sus amplias posesiones materiales, y banquetear y gozar de los bienes efímeros que había adquirido durante tantos años, ignorando culpablemente que esa misma noche, es decir muy pronto, le iban a reclamar su alma, perdiendo además todo cuanto había almacenado egoístamente para sí mismo.




De lo que se deduce que la inmensa mayoría de almas va por el camino equivocado, transitan por la avenida ancha y despejada que rebosa falsos placeres y alegrías, pero acaban inexorablemente todos ellos en la gehenna, en el lago de azufre y fuego ardiente, el terrible infierno. Lo más grave y triste es que esos necios e insensatos no son pocos, sino muchos, son legiones y legiones de desgraciados que van cayendo uno tras otro en la fosa oscura de la que no saldrán jamás, ¡ay! Y que los pocos que caminan por la senda angosta que conduce a la puerta estrecha de la salvación son verdaderamente pocos, muy pocos, ya que casi nadie quiere humillarse y mortificar su detestable ego y sus pasiones, ni siquiera los pobres materialmente hablando, la mayoría de ellos me refiero, pues quien más quien menos aspiran todos a salvar su vida en este mundo y a evitar el sufrimiento y la contradicción.




Pero a los elegidos de Dios Uno y Trino les ha sido concedido el conocer la Verdad y amarla; a ellos se les ha revelado la verdadera sabiduría celestial que abre las puertas del Cielo y que consiste en amar a Jesucristo y abrazar la propia cruz particular que la Providencia ha tenido a bien fabricarles desde toda la eternidad para que obren su salvación con temor y temblor.




En la vida sobrenatural menos es más, y el que quiera ser mayor deberá hacerse el más pequeño e inútil, pues los últimos serán los primeros en el reino de los cielos, mientras que los que ansíen ser los primeros en todo deberán soportar después el verse humillados y rechazados por el Juez eterno.




De modo que ahí está nuestra única ambición legítima, queridos hermanos y amigos en la Fe, en la santa Cruz del Cristo, en hacernos amigos e imitadores suyos, sin importarnos en absoluto que el mundo nos desprecie y se burle de nosotros, porque no nos entiende ni conoce a Dios.




Seamos pues sufridos y pacientes en las tribulaciones y adversidades, aceptando todo como recibido de parte de Dios, que nos ama y que busca nuestro bien mediante la sana y necesaria humillación de nuestro maldito orgullo, y que nos ha dado a cada uno una bendita cruz para separarnos del mundo y enseñarnos a despreciar las locas vanidades que a tantos infelices pierden.




Esa es la única sabiduría que necesitamos, la sabiduría de la Cruz, el único conocimiento que necesitamos y la única ciencia que debemos aprender, el fracaso de este mundo y su desprecio, y el apego a las virtudes sobrenaturales mediante la lectura y meditación frecuente de la Sagrada Escritura, cultivando la oración realizada con fervor y verdadera contrición, y no por rutina y al modo farisaico.




El que quiera ser discípulo del Cristo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígale.




+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.








LA ENVIDIA ESPIRITUAL DE LAS ALMAS MEDIOCRES

 



LA ENVIDIA ESPIRITUAL DE LAS ALMAS MEDIOCRES


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




Hoy tenemos que hablar de un fenómeno lamentable y desagradable, pero que no podemos obviar. Nos referimos a la maldita envidia espiritual que mueve a ciertas almas mediocre y que tantos estragos causa entre quienes han sido llamados o elegidos por Dios Uno y Trino.




No es un asunto grato para nadie, pero debemos clamar contra esos espíritus hipócritas que revisten al mal con apariencia de bien para así poder destilar mejor su malicia ante los incautos. Y algunos incluso se camuflan detrás del Magisterio infalible de los Vicarios de Cristo para evitar ser descubiertos y reprendidos, pero nada hay que deba permanecer oculto para quienes han recibido la luz del Espíritu Santo y poseen el raro don del discernimiento de los espíritus.




Las almas mediocres se caracterizan por vivir en un estado permanente de tibieza espiritual, es decir, no son ni calientes ni frías espiritualmente hablando, lo cual es odioso a ojos del Altísimo y merece su reprobación, como leemos claramente en Apocalipsis 3:15-16, donde Jesucristo exige de sus discípulos un compromiso total y rechaza la indiferencia y la doblez tan típica de los escribas y los fariseos que fueron, no lo olvidemos, los que provocaron la crucifixión y muerte del Hijo de Dios.




Son almas acostumbradas al ritualismo y el formulismo vacíos de la verdadera piedad y contrición, pero muy llenos de largas oraciones vocales recitadas de modo casi frenético y automatizado, sin jamás profundizar en el auténtico significado de lo que se está rezando y sin considerar la tremenda santidad y majestad de Aquél a quien se dirigen dichas oraciones.




Nuestro Dios es un Dios de paciencia y compasión hacia sus pobres criaturas humanas, hechas por Él y redimidas por Su divino Hijo al morir en la Cruz por todos nosotros. Es un Dios que, pese a ser espíritu y verdad, posee un corazón amantísimo y tiernísimo, un corazón de carne, y no se complace en la muerte y el sufrimiento de los impíos (Ezequiel 18:23-24), sino que busca siempre el arrepentimiento y la conversión de sus hijos adoptivos mediante las santas inspiraciones que la gracia derrama en nosotros a través del Espíritu Santo Paráclito.




Sin embargo, las almas mediocres se han erigido en una especie de tribunal rabínico y se creen autorizadas para anatematizar y censurar a quienes no comulgan con sus pesadas ruedas de molino. Pero en el fondo son cobardes y tienen miedo, se sienten aterrorizadas de ser descubiertas y denunciadas por su increíble hipocresía.




Y no sólo eso, sino que las almas mediocres suelen pecar de envidia, no de una cualquiera sino de la peor especie, la envidia espiritual. Este insidioso defecto consiste en sentir celos y animosidad hacia otras almas que han sido bendecidas con diversos dones y carismas, los cuales deberían ser puestos al servicio del conjunto del Cuerpo Místico para que todos se enriquecieran y se beneficiaran de los frutos del Espíritu Santo, pero que por culpa de la envidia de los hipócritas y los fariseos de ayer y de hoy casi nunca llegan a ver la luz.




Un ejemplo de la mezquindad de dichas almas fue experimentado por quien escribe esta meditación, cuando el domingo pasado una de esas almas aviesas me escribió en privado para insinuarme de manera muy astuta, pero decididamente con enorme malicia, que sería mejor que yo cesara en publicar mis propias meditaciones espirituales y compartirlas en un blog, pues según esa hipócrita, san Alfonso María de Ligorio, el P. Lapuente, el santo cura de Ars y otros tantos santos y doctores de la Iglesia, nos han dejado unos sermones maravillosos para todos los tiempos litúrgicos. Por tanto, una meditación elaborada por mí no podría dar, según ella, los mismos frutos espirituales en las almas que las que nos han dejado tantos Santos de la Iglesia. Nótese la formidable doblez de esta persona al intentar cubrirse detrás de los Santos y los Doctores de la Iglesia para así poder lanzar sus envenenados dardos contra mí de manera más "legal" y "autorizada".




Pero eso no fue todo, sino que además insistió a continuación en que ella no tenía "muy claro que un seglar sin formación doctrinal acreditada y sin la aprobación de un obispo católico -que hoy no hay- deba mandar a otras personas contenidos espirituales para hacer oración". Con lo cual la malicia farisaica de semejante mujer quedaba expuesta a ojos de todos, pues en el fondo lo que a ella le molestaba es que yo intentara transmitir el fuego sagrado del amor a la Verdad mediante una serie de meditaciones sobre la Cruz de Cristo y la importancia de llevar nuestra propia cruz de manera digna. Eso era en realidad lo que a ella le molestaba, por mucho que intentara ampararse en el testimonio de los Santos e incluso recurrir a la Jerarquía para acallar mi voz.




Sin embargo, sus perversas intenciones fueron frustradas cuando le contesté que yo fui objeto de una providencial revelación privada hace casi 31 años en la que Dios Espíritu Santo me reveló que "caía bajo el influjo de un amor sacrificado y secreto", y también que yo poseía un raro don, el cual se concede "pocas veces en la vida", cual era el de "gozar de profundidad de visión del mundo", ante lo cual el Paráclito me intimaba a "lucirme" para la mayor honra y gloria de Dios, y para el bien de otras almas.




De modo que todo cuanto escribo está justificado y bendecido por el Señor, así que bien harían esos desgraciados hipócritas en callarse y humillarse, o de lo contrario encontrarán siempre mi testimonio que clamará contra ellos de manera atronadora.




+A.M.D.G.+