VIERNES SANTO

 




Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
Quia per sanctam crucem tuam redimisti mundum.

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NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)

 



NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)




Hoy celebramos la amarga aunque gloriosa fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María, de la cual muy pocos se acuerdan y que prácticamente nadie conmemora, únicamente los fieles verdaderos elegidos desde toda la eternidad por el Padre Eterno y confirmados por el Espíritu Santo Paráclito, cuyo número es cada vez más pequeño e insignificante a ojos del mundo incrédulo y apóstata en el que nos ha tocado vivir.




Sin embargo, el domingo las calles y plazas de todos los pueblos y ciudades de la vieja Europa y de otras naciones otrora católicas diseminadas por todo el orbe se llenarán de gentes para celebrar el Domingo de Ramos, en el que se celebra la entrada triunfal de N.S.J.C. en Jerusalén. Entonces todos se llenarán la boca diciendo que aman a Jesús y a Su Madre Santísima, pero pocas horas después estos mismos se escandalizarán del Salvador y Redentor del género humano y le abandonarán lastimosamente.




¿A qué se debe semejante cambio de actitud en tan poco tiempo? La respuesta es muy sencilla: al escándalo que supone para el mundo y sus esclavos la Cruz de Cristo. Es que el diablo les ha hecho creer engañados que morir en la Cruz es una humillación intolerable y detestable, de ahí que abandonen tan pronto al Hijo de Dios, señal clara e inequívoca de que su pretendida fe no era tan fuerte como ellos pensaban, puesto que han pasado de la adulación a la traición y la apostasía en apenas unos pocos días.




Esta lamentable situación se repite cada año por estas fechas, pues aquéllos que se jactaban de ser los más devotos siervos del Señor se convertirán en sus más encarnizados perseguidores.




Esto es porque no han entendido el misterio insondable de la Cruz ni que estaba escrito que el Hijo del Hombre debía padecer y morir a manos de los hombres para poder resucitar al tercer día.




Jesús no quiere falsos seguidores que le adoren con los labios pero cuyo corazón está muy lejos de Él, no. Jesús no busca habilidosos aduladores que le ensalcen el Domingo de Ramos pero que huirán de Él el Jueves Santo cuando sea capturado y entregado a los judíos deicidas. Jesús abomina y no reconoce como discípulos suyos a las almas tibias e hipócritas que matan al Espíritu con la letra farisaica.




Es preciso que quienes lean esto comprendan que, para merecer ser resucitado y salvado por el poder de Dios Uno y Trino, antes hay que saber cargar con la propia cruz particular y llevarla hasta la muerte, de modo que muriendo a nuestro orgullo desmedido podamos convertirnos en humildes niños que en todo dependen de sus padres.




Se engañan, pues, todos aquellos infelices que piensan dar gloria a Dios instalados en la mediocridad y la tibieza, porque de tales falsos servidores está lleno el infierno.




O cruz y gloria, o comodidad y condenación. No hay término medio.




MISERERE NOSTRI, DOMINE!




+A.M.D.G.+




Un discípulo amado de N.S.J.C.




                                    




LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA (25 de marzo)

 



Ángelus Dómini nuntiávit Maríae.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave María.



Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave María.



Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave María.


Ora pro nobis, sancta Dei Génitrix.
Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.



Orémus:

Grátiam tuam, quaésumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognóvimus, per Passiónem ejus et Crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.

Amen.



LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA

 



LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA




Jamás alabaremos lo suficiente la santa Cruz de Cristo; jamás podremos comprender el abismo de caridad y sabiduría celestial que se encierra en el madero sagrado. Únicamente la Trinidad Beatísima pudo concebir semejante invención para hacernos morir al mundo, al demonio y a nuestra propia carne, esto es a nuestro ego orgulloso y egoísta.




En efecto, gracias a la cruz los verdaderos discípulos del Señor crucifican y mortifican sus pasiones y apetitos desordenados, singularmente la soberbia, la gula y la lujuria. Al considerar que el Hijo de Dios N.S.J.C. murió por nosotros y eligió llevar su cruz y ser colocado en ella, nosotros no podemos más que imitarle y negarnos a nosotros mismos, tomando nuestra propia cruz particular y siguiéndole hasta el Calvario.




Alguno se preguntará cuál es la cruz que la Divina Providencia le ha preparado desde toda la eternidad para portar pacientemente durante esta fugaz vida terrena, y responderemos que la cruz es todo aquello que le humilla y le mortifica, hasta el punto que uno querría quitársela de encima si pudiera, pero en todo debemos cumplir la Voluntad del Eterno Padre, y sabemos por la Sagrada Escritura que para ser discípulos de Jesucristo es preciso coger la cruz y seguirle hasta el final.




Esa enfermedad dolorosa y paralizante, ese rasgo físico o de la personalidad que nos abaja y nos avergüenza, esa contrariedad casi permanente que debemos soportar en nosotros mismos y que los demás también notan y explotan mediante comentarios hirientes, esa carencia de dones y virtudes naturales y sobrenaturales, ese matrimonio insatisfecho con una mujer o con un hombre que no nos comprende ni quiere compartir nuestra santa fe católica, esos proyectos y aspiraciones personales que jamás serán cumplidos por las propias circunstancias, etc., etc. La cruz es todo eso y mucho más, por lo que sólo podemos humillarnos y aceptarla tal cual Dios nos la envía, si no queremos vernos reprobados en la hora decisiva del Juicio.




El mundo y sus locos amadores se escandalizan de la cruz y quisieran apartarla de sus vidas, pero es en vano porque la cruz les perseguirá hasta el día de la muerte, y si no la aceptan de buen grado, tendrán que arrastrarla cual réprobos incluso en vida. Lo más terrible para ellos será cuando, en el momento fatídico del Juicio, tengan que oír de labios de Cristo Juez la espantosa sentencia de condenación eterna, pues entonces verán que la cruz que Dios les envió en vida no era tan humillante como ellos pensaban, sino que verdaderamente tenía el poder de salvar sus almas si la hubieran acogido con corazón contrito y humillado, pero ya será demasiado tarde para ellos y serán echados fuera del reino celestial, siendo su terrible destino final el lugar de tormentos más horribles jamás concebidos, el infierno.




La Sagrada Escritura nos revela que quienes intenten salvar su vida en este mundo la perderán para la eternidad, mientras que los pocos que la pierdan por dar testimonio de Cristo y la Verdad salvarán sus almas en el más allá. ¿Qué significa pues querer salvar la vida en este mundo? Se trata principalmente de la incredulidad y la indiferencia respecto a Jesucristo y su misión divina, pues son legión los incrédulos y los indiferentes que afirman no conocer a Dios ni querer saber nada de Él. El horror al sufrimiento y la huida de cualquier sacrificio y humillación que implique reconocer los propios errores y pedir perdón a quienes han ofendido es también otro de los rasgos característicos de los hijos de las tinieblas, pues los pobres infelices se avergüenzan de Cristo y de su doctrina al estar dominados por la triple concupiscencia de la carne, los ojos y la soberbia.




Nada hay que cause mayor espanto a los mundanos que la debilidad y la inseguridad, pues todos ellos se imaginan falsamente que mostrar indecisión equivale a ser débil, de ahí que se afanen inútilmente en extinguir en ellos cualquier afecto o inspiración que les haga sentirse menos que los demás, ya que el orgullo que poseen les ciega y les impulsa a despreciar a quienes no son como ellos. Siguen así las envenenadas insinuaciones del príncipe de este mundo, el demonio, quien les dice que no sólo no deben humillarse y mostrar arrepentimiento, sino que además tienen que imponerse por la fuerza los unos a los otros, ya que en el mundo impera la ley de la selva y sólo los fuertes y poderosos son bien considerados por el resto de mortales.




Como se ve claramente, es una inversión absoluta de valores, una tergiversación diabólica del sermón de la montaña, pues allí donde Cristo recomienda la humildad y la mansedumbre, el demonio grita que hay que ser orgulloso y violento. Y así con el resto de las bienaventuranzas.




Todos los males que hay en esta tierra vienen por ignorar las Escrituras y no querer conocer la Palabra de Dios, en la que se encuentra el poder del Altísimo (Mateo 22:29). Si conocieran la divina voluntad expresada claramente en el Evangelio no obrarían del modo en que lo hacen, pero el demonio y las preocupaciones terrenales ahogan cualquier aspiración sagrada y les impiden ponerse a considerar las sentencias de la Santa Biblia, lo cual es muy lamentable y digno de absoluta pena. (Mateo 13:1-50).




La humanidad sin Dios cabalga a paso rápido hacia su triste suerte final, mientras todos ellos se creen falsamente seguros y se imaginan que no hay vida después de la muerte, por lo que hay que aprovechar el momento presente para gozar y adquirir reputación y bienes, ya que una vez muerto no habrá nada más que hacer. Pero semejante concepción pagana de la existencia está destinada al más trágico fracaso cuando aparezcan al fin los Dos Testigos del Apocalipsis enviados por Dios Uno y Trino, pues ellos serán los encargados de leer la sentencia de condenación eterna para las gentes de todos los pueblos y tribus y lenguas y naciones, de ahí que estos súper profetas vayan a ser un auténtico incordio y un reproche continuo para todos ellos. Pero hablaremos más extensamente sobre los Testigos y el mensaje de su predicación en un último ensayo que pronto empezaremos a escribir.




El mundo luchará en vano por librarse de la cruz, pues cuando vuelva el Hijo del Hombre aparecerá su señal en el cielo, y todos los moradores de la tierra se lamentarán amargamente. (Mateo 24:30).




Velemos pues para no ser sorprendidos, y carguemos con nuestra propia cruz mientras nos toque penar por este enorme valle de lágrimas.


+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.