DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (2)

 



DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (2)



                                                                                II


11. No hay quien no pueda fácilmente echar de ver que las condiciones de los estudios bíblicos y de los que para los mismos son útiles han cambiado mucho en estos cincuenta años. Porque, pasando por alto otras cosas, cuando nuestro predecesor publicó su encíclica Providentissimus Deus, apenas se había comenzado a explorar en Palestina uno u otro lugar de excavaciones relacionadas con estos asuntos. Ahora, en cambio, las investigaciones de este género no sólo se han aumentado muchísimo en cuanto al número sino que, además, cultivadas con más severo método y arte por el mismo ejercicio, nos enseñan muchas más cosas y con más certeza. Y, en efecto cuánta luz brote de estas investigaciones para entender mejor y con más plenitud los sagrados libros, lo saben todos los peritos, lo saben cuantos se consagran a estos estudios. Crece todavía la importancia de estas exploraciones por los documentos escritos hallados de vez en cuando, que contribuyen mucho al conocimiento de las lenguas letras, sucesos, costumbres y cultos más antiguos. Ni es de menor interés el hallazgo y la búsqueda, tan frecuente en esta edad nuestra, de papiros, que ha tenido tanto valor para el conocimiento de las letras e instituciones públicas y privadas, principalmente del tiempo de Nuestro Salvador. Se han hallado además y editado con sagacidad vetustos códices de los sagrados libros; se ha investigado con más extensión y plenitud la exégesis de los Padres de la Iglesia; finalmente, se ilustra con innumerables ejemplos el modo de hablar, narrar y escribir de los antiguos. Todo esto que, no sin especial consejo de la providencia de Dios, ha conseguido esta nuestra época, invita en cierta manera y amonesta a los intérpretes de las Sagradas Letras a aprovecharse con denuedo de tanta abundancia de luz para examinar con más profundidad los divinos oráculos, ilustrarlos con más claridad y proponerlos con mayor lucidez. Y si con sumo consuelo en el alma vemos que los mismos intérpretes esforzadamente han obedecido ya y siguen obedeciendo a esta invitación, ciertamente no es éste el último ni el menor fruto de las letras encíclicas Providentissimus Deus, con las que nuestro predecesor León XIII, como presagiando en su ánimo esta nueva floración de los estudios bíblicos, por una parte invita al trabajo a los exegetas católicos, y por otra les señaló sabiamente cuál era el modo y método de trabajar. Pero también Nos con estas letras encíclicas queremos conseguir que esta labor no solamente persevere con constancia, sino que cada día se perfeccione y resulte más fecunda, puesta sobre todo nuestra mira en mostrar a todos lo que resta por hacer y con qué espíritu debe hoy el exegeta católico emprender tan grande y excelso cargo, y en dar nuevo acicate y nuevo ánimo a los operarios que trabajan constantemente en la viña del Señor.




12. Ya los Padres de la Iglesia, y en primer término San Agustín, al intérprete católico que emprendiese la tarea de entender y exponer las Sagradas Escrituras, le recomendaban encarecidamente el estudio de las lenguas antiguas y el volver a los textos primitivos [21]. Con todo, llevaba consigo la condición de aquellos tiempos que conocieran pocos la lengua hebrea, y éstos imperfectamente. Por otra parte, en la Edad Media, cuando la teología escolástica florecía más que nunca, aun el conocimiento de la lengua griega desde mucho tiempo antes se había disminuido de tal manera entre los occidentales, que hasta los mismos supremos doctores de aquellos tiempos, al explicar los divinos libros, solamente se apoyaban en la versión latina llamada Vulgata. Por el contrario, en estos nuestros tiempos no solamente la lengua griega, que desde el Renacimiento literario en cierto sentido ha sido resucitada a su nueva vida, es ya familiar a casi todos los cultivadores de la antigüedad, sino que aun el conocimiento de la lengua hebrea y de otras lenguas orientales se ha prolongado grandemente entre los hombres doctos Es tanta, además, ahora la abundancia de medios para aprender estas lenguas, que el intérprete de la Biblia que, descuidándolas, se cierre la puerta para los textos originales, no puede en modo alguno evitar la nota de ligereza y desidia. Porque al exegeta pertenece andar como a caza, con sumo cuidado y veneración, aun de las cosas mínimas que, bajo la inspiración del divino Espíritu, brotaron de la pluma del hagiógrafo, a fin de penetrar su mente con más profundidad y plenitud. Procure, por lo tanto, con diligencia adquirir cada día mayor pericia en las lenguas bíblicas y aun en las demás orientales, y corrobore su interpretación con todos aquellos recursos que provienen de toda clase de filología. Lo cual, en verdad, lo procuró seguir solícitamente San Jerónimo, según los conocimientos de su época; y asimismo no pocos de los grandes intérpretes de los siglos XVI y XVII, aunque entonces el conocimiento de las lenguas fuese mucho menor que el de hoy, lo intentaron con infatigable esfuerzo y no mediocre fruto. De la misma manera conviene que se explique aquel mismo texto original que, escrito por el sagrado autor, tiene mayor autoridad y mayor peso que cualquiera versión, por buena que sea, ya antigua, ya moderna; lo cual puede, sin duda, hacerse con mayor facilidad y provecho si, respecto del mismo texto, se junta al mismo tiempo con el conocimiento de las lenguas una sólida pericia en el manejo de la crítica.




                       




13. Cuánta importancia se haya de atribuir a esta crítica, atinadamente lo advirtió San Agustín cuando, entre los preceptos que deben inculcarse al que estudia los sagrados libros, puso por primero de todos el cuidado de poseer un texto exacto. «En enmendar los códices —así dice el clarísimo Doctor de la Iglesia— debe ante todo estar alerta la vigilancia de aquellos que desean conocer las Escrituras divinas, para que los no enmendados cedan su puesto a los enmendados» [22]. Ahora bien, hoy este arte, que lleva el nombre de crítica textual y que se emplea con gran loa y fruto en la edición de los escritos profanos, con justísimo derecho se ejercita también, por la reverencia debida a la divina palabra, en los libros sagrados. Porque por su mismo fin logra que se restituya a su ser el sagrado texto lo más perfectamente posible, se purifique de las depravaciones introducidas en él por la deficiencia de los amanuenses y se libre, cuanto se pueda, de las inversiones de palabras, repeticiones y otras faltas de la misma especie que suelen furtivamente introducirse en los libros transmitidos de uno en otro por muchos siglos. Y apenas es necesario advertir que esta crítica, que desde hace algunos decenios unos pocos han empleado absolutamente a su capricho, y no pocas veces de tal manera que pudiera decirse haberla los mismos usado para introducir en el sagrada texto sus opiniones prejuzgadas, hoy ha llegado a adquirir tal estabilidad y seguridad de leyes, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar con más pureza y esmero la divina palabra, y fácilmente puede descubrirse cualquier abuso. Ni es preciso recordar aquí —ya que es cosa notoria y clara a todos los cultivadores de la Sagrada Escritura— en cuánta estima ha tenido la Iglesia ya desde los primeros siglos hasta nuestros días estos estudios del arte crítica. Así es que hoy, después que la disciplina de este arte ha llegado a tanta perfección, es un oficio honrado, aunque no siempre fácil, procurar por todos los medios que cuanto antes, por parte de los católicos, se preparen oportunamente ediciones, tanto de los sagrados libros como de las versiones antiguas, hechas conforme a estas normas, que junten, con una reverencia suma del sagrado texto, la escrupulosa observancia de todas las leyes críticas. Y ténganlo todos por bien sabido que este largo trabajo no solamente es necesario para penetrar bien los escritos dados por divina inspiración, sino que, además, es reclamado por la misma piedad, por la que debemos estar sumamente agradecidos a aquel Dios providentísimo, que desde el trono de su majestad nos envió estos libros a manera de cartas paternales como a propios hijos.





14. Ni piense nadie qua este uso de los textos primitivos, conforme a la razón de la crítica, sea en modo alguno contrario a aquellas prescripciones que sabiamente estableció el concilio Tridentino acerca de la Vulgata latina [23]. Documentalmente consta qua a los presidentes del concilio se dio el encargo de rogar al Sumo Pontífice, en nombre del mismo santo sínodo —como, en efecto, lo hicieron—, mandase corregir primero la edición latina, y luego, en cuanto se pudiese, la griega y la hebrea [24], con el designio de divulgarla, al fin, para utilidad de la santa Iglesia de Dios. Y si bien, a la verdad, a este deseo no pudo entonces, por las dificultades de los tiempos y otros impedimentos, responderse plenamente, confiamos que al presente, aunadas las fuerzas de los doctores católicos, se pueda satisfacer con más perfección y amplitud. Mas por lo que hace a la voluntad del sínodo Tridentino de que la Vulgata fuese la versión latina «que todos usasen como auténtica», esto en verdad, como todos lo saben, solamente se refiere a la Iglesia latina y al uso público de la misma Escritura, y no disminuye, sin género de duda, en modo alguno, la autoridad y valor de los textos originales. Porque no se trataba de los textos originales en aquella ocasión, sino de las versiones latinas que en aquella época corrían de una parte a otra, entre las cuales el mismo concilio, con justo motivo, decretó que debía ser preferida la que «había sido aprobada en la misma Iglesia con el largo uso de tantos siglos». Así pues, esta privilegiada autoridad o, como dicen, autenticidad de la Vulgata no fue establecida por el concilio principalmente por razones criticas, sino más bien por su legítimo uso en las iglesias durante el decurso de tantos siglos; con el cual uso ciertamente se demuestra que la misma está en absoluto inmune de todo error en materia de fe y costumbres; de modo que, conforme al testimonio y confirmación de la misma Iglesia, se puede presentar con seguridad y sin peligro de errar en las disputas, lecciones y predicaciones; y, por tanto, este género de autenticidad no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica. Por lo cual, esta autoridad de la Vulgata en cosas doctrinales de ninguna manera prohíbe —antes por el contrario, hoy más bien exige— que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los textos primitivos y que también sean a cada momento, invocados como auxiliares estos mismos textos, por los cuales dondequiera  cada día más se patentice y exponga el recto sentido de las Sagradas Letras. Y ni aun siquiera prohíbe el decreto del concilio Tridentino que, para uso y provecho de los fieles de Cristo y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales, como ya en muchas regiones vemos que loablemente se ha hecho, aprobándolo la autoridad de la Iglesia.



                                                     




15. Armado egregiamente con el conocimiento de las lenguas antiguas y con los recursos del arte crítica, emprenda el exegeta católico aquel oficio que es el supremo entre todos los que se le imponen, a saber, el hallar y exponer el sentido genuino de los sagrados libros. Para el desempeño de esta obra tengan ante los ojos los intérpretes que, como la cosa principal de todas, han de procurar distinguir bien y determinar cuál es el sentido de las palabras bíblicas llamado literal. Sea este sentido literal de las palabras el que ellos averigüen con toda diligencia por medio del conocimiento de las lenguas, valiéndose del contexto y de la comparación con pasajes paralelos; a todo lo cual suele también apelarse en favor de la interpretación de los escritos profanos, para que aparezca en toda su luz la mente del autor.



16. Sólo que los exegetas de las Sagradas Letras, acordándose de que aquí se trata de la palabra divinamente inspirada, cuya custodia e interpretación fue por el mismo Dios encomendada a la Iglesia, no menos diligentemente tengan cuenta de las exposiciones y declaraciones del Magisterio de la Iglesia y asimismo de la explicación dada por los Santos Padres, como también de la «analogía de la fe», según sabiamente advirtió León XIII en las letras encíclicas Providentissimus Deus [25]. Traten también con singular empeño de no exponer únicamente —cosa que con dolor vemos se hace en algunos comentarios— las cosas que atañen a la historia, arqueología, filología y otras disciplinas por el estilo, sino que, sin dejar de aportar oportunamente aquéllas en cuanto puedan contribuir a la exégesis, muestren principalmente cuál es la doctrina teológica de cada uno de los libros o textos respecto de la fe y costumbres, de suerte que esta exposición de los mismos no solamente ayude a los doctores teólogos para proponer y confirmar los dogmas de la fe, sino que sea también útil a los sacerdotes para explicar ante el pueblo la doctrina cristiana y, finalmente, sirva a todos los fieles para llevar una vida santa y digna de un hombre cristiano.



17. Una vez que hubieren dado tal interpretación, teológica ante todo, como hemos dicho, eficazmente obligarán a callar a los que, afirmando que en los comentarios bíblicos apenas hallan nada que eleve la mente a Dios, nutra el alma, promueva la vida interior, repiten que es preciso acudir a cierta interpretación espiritual, que ellos llaman mística. Cuán poco acertado sea este su modo de ver, lo enseña la misma experiencia de muchos, que, considerando y meditando una y otra vez la palabra de Dios, perfeccionaron sus almas y se sintieron movidos de vehemente amor a Dios; como también lo muestran a las claras la perpetua enseñanza de la Iglesia y las amonestaciones de los mayores doctores. Y no es que se excluya de la Sagrada Escritura todo sentido espiritual. Porque las cosas dichas o hechas en el Viejo Testamento de tal manera fueron sapientísimamente ordenadas y dispuestas por Dios, que las pasadas significaran anticipadamente las que en el nuevo pacto de gracia habían de verificarse. Por lo cual, el intérprete, así como debe hallar y exponer el sentido literal de las palabras que el hagiógrafo pretendiera y expresara, así también el espiritual, mientras conste legítimamente que fue dado por Dios. Ya que solamente Dios pudo conocer y revelarnos este sentido espiritual. Ahora bien, este sentido en los santos Evangelios nos lo indica y enseña el mismo divino Salvador; lo profesan también los apóstoles, de palabra y por escrito, imitando el ejemplo del Maestro; lo declara, por último, el uso antiquísimo de la liturgia, dondequiera que pueda rectamente aplicarse aquel conocido adagio: «La ley de orar es la ley de creer».


                             




18. Así pues, este sentido espiritual, intentado y ordenado por el mismo Dios, descúbranlo y propónganlo los exegetas católicos con aquella diligencia que la dignidad de la palabra divina reclama; mas tengan sumo cuidado en no proponer como sentido genuino de la Sagrada Escritura otros sentidos traslaticios. Porque aun cuando, principalmente en el desempeño del oficio de predicador, puede ser útil para ilustrar y recomendar las cosas de la fe cierto uso más amplio del sagrado texto según la significación traslaticia de las palabras, siempre que se haga con moderación y sobriedad, nunca, sin embargo, debe olvidarse que este uso de las palabras de la Sagrada Escritura le es como externo y añadido, y que, sobre todo hoy, no carece de peligro cuando los fieles, aquellos especialmente que están instruidos en los conocimientos tanto sagrados como profanos, buscan preferentemente lo que Dios en las Sagradas Letras nos da a entender, y no lo que el facundo orador o escritor expone empleando con cierta destreza las palabras de la Biblia. Ni tampoco aquella palabra de Dios viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos, y que llega hasta la división del alma y del espíritu y de las coyunturas y médulas, discernidora de los pensamientos y conceptos del corazón (Heb 4,12), necesita de afeites o de acomodación humana para mover y sacudir los ánimos; porque las mismas sagradas páginas, redactadas bajo la inspiración divina, tienen por sí mismas abundante sentido genuino; enriquecidas por divina virtud, tienen fuerza propia; adornadas con soberana hermosura, brillan por sí mismas y resplandecen, con tal que sean por el intérprete tan íntegra y cuidadosamente explicadas, que se saquen a luz todos los tesoros de sabiduría y prudencia en ellas ocultos.



19. En este desempeño podrá el exegeta católico egregiamente ayudarse del industrioso estudio de aquellas obras con las que los Santos Padres, los doctores de la Iglesia e ilustres intérpretes de los pasados tiempos, expusieron las Sagradas Letras. Porque ellos, aun cuando a veces estaban menos pertrechados de erudición profana y conocimiento de lenguas que los intérpretes de nuestra edad, sin embargo, en conformidad con el oficio que Dios les dio en la Iglesia, sobresalen por cierta suave perspicacia de las cosas celestes y admirable agudeza de entendimiento, con las que íntimamente penetran las profundidades de la divina palabra y ponen en evidencia todo cuanto puede conducir a la ilustración de la doctrina de Cristo y santidad de vida. Es ciertamente lamentable que tan preciosos tesoros de la antigüedad cristiana sean demasiado poco conocidos a muchos escritores de nuestros tiempos, y que tampoco los cultivadores de la historia de la exégesis hayan todavía llevado a término todo aquello que, para investigar con perfección y estimar en su punto cosa de tanta importancia, parece necesario. ¡Ojalá surjan muchos que, examinando con diligencia los autores y obras de la interpretación católica de las Escrituras y agotando, por decirlo así, las casi inmensas riquezas que aquéllos acumularon, contribuyan eficazmente a que, por un lado, aparezca más claro cada día cuán hondamente penetraron ellos e ilustraron la divina doctrina de los sagrados libros, y por otro, también los intérpretes actuales tomen ejemplo de ello y saquen oportunos argumentos! Pues así, por fin, se llegará a lograr la feliz y fecunda unión de la doctrina y espiritual suavidad de los antiguos en el decir con la mayor erudición y arte de los modernos, para producir, sin duda, nuevas frutos en el campo de las divinas Letras, nunca suficientemente cultivado, nunca exhausto.



Continuará...



                                                    



DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (1)
DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (2)





S.S. PÍO XII TRAICIONADO POR MONTINI (Abbé de Nantes)

 



S.S. Pío XII traicionado


Según Falconi, otro de sus biógrafos, fue en 1950, durante el Año Santo, que Montini dejó de ser el servidor obediente de S.S. el Papa Pío XII y empezó a pensar en el futuro de la Iglesia que él pretendía guiar.



Así es como, en la política italiana, apoyó a Mario Rossi, ex miembro de la Acción Católica, pero criptocomunista, contra Luigi Gedda, a quien S.S. Pío XII había confiado una misión completamente opuesta: luchar contra el comunismo.





El abbé de Nantes tuvo un testimonio directo de ello: en octubre de 1950 escuchó al filósofo Jean Guitton informar sobre su visita al Sustituto en la Secretaría de Estado, el 8 de septiembre anterior, es decir, dos meses después de la publicación de la encíclica Humani Generis, que renovó la condena del modernismo. La conclusión de esta reunión fue que los modernistas franceses podían continuar su trabajo sin miedo: tenían en Roma, en el séquito del Papa, un amigo de alto rango en la persona de Montini. Fue él quien protegió a Congar y a De Lubac, mitigando las sanciones que les afectaban. También estuvo en contacto con los fundadores de Taizé, a quienes disuadió de convertirse al catolicismo para poder posteriormente tender un puente entre la Reforma y la Iglesia, y ayudar a la unidad. (!)




Entre 1950 y 1954, a través de sus funciones, tuvo la oportunidad de encontrarse con numerosos prelados extranjeros y de viajar, especialmente a los Estados Unidos, donde se hizo cercano al influyente cardenal Spellman de Nueva York.




En 1953, para sorpresa de todos, S.S. Pío XII anunció que Mons. Montini y Mons. Tardini habían renunciado a la consagración episcopal y, por tanto, al cardenalato. En realidad, este raro exceso de humildad ocultaba mal la oposición entre los dos Sustitutos: ¡Monseñor Tardini había preferido rechazar este ascenso para impedir que su ambicioso colega lo aceptara!




                           




El 28 de agosto de 1954, S.S. Pío XII sufrió un ataque cardiovascular. Luego asistió, impotente, a las maniobras de Montini con vistas a la sucesión. Cuando se recuperó casi milagrosamente, los días de Montini en el poder estaban contados. O, más exactamente, deberían haber estado contados.



Sobre todo porque, en octubre del mismo año, un informe del arzobispo de Riga informó al Papa que una autoridad de la Secretaría de Estado se había puesto en contacto con las autoridades soviéticas en su nombre, pero sin su conocimiento.
Además, todos los sacerdotes enviados clandestinamente a Rusia habían sido arrestados y asesinados, después de que un miembro del séquito de Montini, el jesuita Tondi, comunicara sus nombres. [Expulsado de Roma y de la Compañía de Jesús, Tondi pudo casarse religiosamente en 1965 con una comunista, con el permiso de Pablo 6. Juan Pablo 2 lo reintegró al sacerdocio en 1981.]



Finalmente, poco tiempo después, S.S. Pío XII descubrió que su Sustituto le había ocultado todos los despachos que le informaban del cisma de los obispos chinos que se habían unido a la Iglesia patriótica.





             




Continuará...



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Montini, el hombre del M.A.S.D.U. (Abbé de Nantes)

 



MONTINI, EL HOMBRE DEL MASDU


Como su oposición al régimen era cada vez menos discreta, tuvo que elegir entre el heroísmo de las catacumbas y la seguridad de la Secretaría de Estado. Se decidió por la carrera. Por lo tanto, en 1933 renunció a la capellanía general de estudiantes, alegando una mayor carga de trabajo, y se le asignó alojamiento en el Vaticano, un privilegio poco común, para evitar cualquier problema con el Estado italiano.




En los meses y años siguientes todavía encontró tiempo para impartir un curso sobre historia de la diplomacia papal y un curso de introducción al dogma católico en la Universidad de Letrán. Ascendió varios niveles en la jerarquía de la Secretaría de Estado hasta el cargo de primer minutante, a pesar de numerosas ausencias. De hecho, permaneció a menudo en Brescia y realizó varios viajes a Francia, Gran Bretaña e Irlanda en compañía del sobrino del cardenal Rampolla.




En 1937, su protector, Mons. Pizzardo, mano derecha del cardenal secretario de Estado Pacelli, fue nombrado cardenal y abandonó el cargo. Su protegido fue entonces ascendido al cargo de Sustituto para Asuntos Ordinarios, número tres de la jerarquía.




Ahora estaba en el corazón del poder de la Iglesia. Allí siguió siendo el interlocutor de sus antiguos alumnos de la FUCI, en particular de todos aquellos que querían resistir al fascismo. El período post-Mussolini se preparó en su despacho y en su apartamento. Ciertamente actuó en nombre de S.S. Pío XI, pero aprovechó la oportunidad para construir sus propias redes abriendo ampliamente sus puertas a todos los opositores al régimen, incluso socialistas y comunistas, sin olvidar a los representantes de los movimientos de lucha anticolonialistas. Pronto todos los adversarios del fascismo, pero también de los gobiernos de derecha, del orden tradicional, supieron que tenían en la curia a un hombre comprometido con sus ideas: monseñor Juan Bautista Montini.




Paradójicamente, observó el abbé de Nantes, este sacerdote que no soportaba la violencia de los jóvenes fascistas que rompían los muebles de una clínica o hacían beber a su padre un vaso de aceite de ricino, permanecerá toda su vida insensible al sufrimiento causado por las revoluciones y los campos de concentración comunista. ¿Cómo podemos explicar esta inconsistencia, sino por su culto al Hombre?




Discípulo de Zundel y Maritain, Montini estaba en realidad enamorado de un misticismo de liberación. Sin embargo, el fascismo, las dictaduras de derecha, al igual que los estados abiertamente católicos, someten a los hombres al bien común de su patria. ¡En el cristianismo no se hablaba de derechos humanos! Mientras que las revoluciones de izquierda exaltan al hombre y se llevan a cabo en nombre de la Libertad. Su violencia es un exceso desafortunado, su totalitarismo un paso necesario para poner fin a la contrarrevolución.




En el espíritu del Sustituto, insensible al orden cristiano, pero febril de libertad y de exaltación de la humanidad en progreso, la caída de Mussolini iba a abrir nuevos tiempos de reconciliación universal a través de la democracia, y era imperativo que la Iglesia se pusiera al servicio de esta liberación del hombre. Su mente ya había concebido el MASDU, es decir, la transformación de la Iglesia, arca de salvación para la humanidad pecadora, en un Movimiento de Animación Espiritual de la Democracia Universal. (!)



                        




En 1944, tras la muerte del cardenal secretario de Estado Maglione, a quien S.S. Pío XII no reemplazó, Montini se convirtió en su más cercano colaborador junto con el obispo Tardini, el sustituto para los asuntos extraordinarios.



Al final de la guerra, el PPI resucitó como Partido Demócrata Cristiano Italiano (DCI). Obviamente reunió a veteranos del PPI, miembros de Acción Católica y antiguos alumnos de la FUCI. Estos fueron la columna vertebral. Mons. Montini era su alma, como lo había sido durante los años de clandestinidad. De Gasperi, a quien había contratado durante la guerra como bibliotecario en el Vaticano para protegerlo de la policía, gobernó Italia como jefe de la DCI hasta julio de 1953.




El abbé de Nantes resumió perfectamente “el problema de la democracia cristiana italiana”:

“Ella comparte el poder legislativo con los socialistas y comunistas, pero gobierna ostensiblemente contra estos aliados comprometidos, para obtener votos católicos y dinero estadounidense del Plan Marshall. Es toda la política de Gasperi, un gran estadista, la que garantiza la recuperación y la prosperidad de Italia, el “milagro italiano”, pero a costa de una mentira constante y universal, halagando a la izquierda y a la derecha para engañar mejor a ambas. El DCI no renuncia a la quimera de una democracia avanzada, pero retrasa su realización para preservar, con ideas socialistas, el beneficio material y la tranquilidad espiritual del orden establecido.



“Sin embargo, el Partido pronto se verá dividido y se le pedirá que vaya más allá, que se extienda hacia la izquierda y que lleve a cabo las principales reformas revolucionarias que figuran en su programa. Destaca allí un equipo de “demócratas místicos”, el de Dossetti, La Pira, Fanfani. Desde su despacho en la Secretaría de Estado, antesala obligada de la del Papa, monseñor Montini apoya con discreción a esta izquierda contra el gobierno de De Gasperi y... ¡contra la moderación y el anticomunismo fundamental de S.S. Pío XII! Es otra “resistencia” que comienza para él, en la propia Iglesia».



                                           




Continuará...



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