DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. Pío XII

 



CARTA ENCÍCLICA DIVINO AFFLANTE SPIRITU
DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XII SOBRE LOS ESTUDIOS BÍBLICOS



1. Por inspiración del divino Espíritu escribieron los sagrados escritores aquellos libros que Dios, conforme a su paterna caridad con el género humano, quiso liberalmente dar para enseñar, para convencer, para corregir, para dirigir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena (2Tim 3,16ss). No es, pues, de admirar que la santa Iglesia, tratándose de este tesoro dado del cielo, que ella posee como preciosísima fuente y divina norma de la doctrina sobre la fe y las costumbres, así como lo recibió incontaminado de manos de los apóstoles, así lo haya custodiado con todo esmero, defendido de toda falsa y perversa interpretación y empleado solícitamente en el ministerio de comunicar a las almas la salud sobrenatural, como lo atestiguan a toda luz casi innumerables documentos de todas las edades. Por lo que hace a los tiempos modernos, cuando de un modo especial corrían peligro las divinas Letras en cuanto a su origen y su recta exposición, la Iglesia tomó a su cuenta defenderlas y protegerlas todavía con mayor diligencia y empeño. De ahí que ya el sacrosanto Sínodo Tridentino pronunció con decreto solemne que «deben ser tenidos por sagrados y canónicos los libros enteros con todas sus partes, tal como se han solido leer en la Iglesia católica y se hallan en la antigua edición Vulgata latina»[1]. Y en nuestro tiempo, el concilio Vaticano, a fin de reprobar las falsas doctrinas acerca de la inspiración, declaró que estos mismos libros han de ser tenidos por la Iglesia como sagrados y canónicos, «no ya porque, compuestos con la sola industria humana, hayan sido después aprobados con su autoridad, ni solamente porque contengan la revelación sin error, sino porque, escritos con la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y como tales fueron entregados a la misma Iglesia»[2]. Más adelante, cuando contra esta solemne definición de la doctrina católica, en la que a los libros «enteros, con todas sus partes», se atribuye esta divina autoridad inmune de todo error, algunos escritores católicos osaron limitar la verdad de la Sagrada Escritura tan sólo a las cosas de fe y costumbres, y, en cambio, lo demás que perteneciera al orden físico o histórico reputarlo como «dicho de paso» y en ninguna manera —como ellos pretendían— enlazado con la fe, nuestro antecesor de inmortal memoria León XIII, en su carta encíclica Providentissimus Deus, dada el 18 de noviembre de 1893, reprobó justísimamente aquellos errores y afianzó con preceptos y normas sapientísimas los estudios de los divinos libros.




2. Y toda vez que es conveniente conmemorar el término del año cincuentenario desde que fueron publicadas aquellas letras encíclicas, que se tienen como la ley principal de los estudios bíblicos, Nos, según la solicitud que desde el principio del sumo pontificado manifestamos respecto de las disciplinas sagradas[3], juzgamos que había de ser oportunísimo confirmar e inculcar, por una parte, lo que nuestro antecesor sabiamente estableció y sus sucesores añadieron para afianzar y perfeccionar la obra, y decretar, por otra, lo que al presente parecen exigir las circunstancias, para más y más incitar a todos los hijos de la Iglesia que se dedican a estos estudios a una empresa tan necesaria y tan loable.



                                      




                                                                                  I


3. El primero y sumo empeño de León XIII fue exponer la doctrina de la verdad contenida en los sagrados volúmenes y vindicarlos de las impugnaciones. Así fue que con graves palabras declaró que no hay absolutamente ningún error cuando el hagiógrafo, hablando de cosas físicas, «se atuvo (en el lenguaje) a las apariencias de los sentidos», como dice el Angélico[4], expresándose «o en sentido figurado o según la manera de hablar en aquellos tiempos, que aún hoy rige para muchas cosas en la vida cotidiana hasta entre los hombres más cultos». Añadiendo que ellos, «los escritores sagrados, o por mejor decir —son palabras de San Agustín[5], el Espíritu de Dios, que por ellos hablaba, no quiso enseñar a los hombres esas cosas —a saber, la íntima constitución de las cosas visibles— que de nada servían para su salvación»[6], lo cual «útilmente ha de aplicarse a las disciplinas allegadas, principalmente a la historia», es a saber, refutando «de modo análogo las falacias de los adversarios» y defendiendo «de sus impugnaciones la fidelidad histórica de la Sagrada Escritura»[7]. Y que no se ha de imputar el error al escritor sagrado si «en la transcripción de los códices se les escapó algo menos exacto a los copistas» o si  Por último, que no es lícito en modo algun«queda oscilante el sentido genuino de algún pasaje».o, «o restringir la inspiración de la Sagrada Escritura a algunas partes tan sólo, o conceder que erró el mismo sagrado escritor», siendo así que la divina inspiración «por sí misma no sólo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad absoluta con la que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea en modo alguno autor de ningún error. Esta es la antigua y constante fe de la Iglesia»[8]. ,




4. Ahora bien: esta doctrina que con tanta gravedad expuso nuestro predecesor León XIII, también Nos la proponemos con nuestra autoridad y la inculcamos a fin de que todos la retengan religiosamente. Y decretamos que con no menor solicitud se obedezca también el día de hoy a los consejos y estímulos que él sapientísimamente añadió conforme al tiempo. Pues como surgieran nuevas y no leves dificultades y cuestiones, ya por los prejuicios del racionalismo, que por doquiera perniciosamente cundía, ya sobre todo por las excavaciones y descubrimientos de monumentos antiquísimos llevados a cabo por doquiera en las regiones orientales, el mismo predecesor nuestro, impulsado por la solicitud del oficio apostólico, a fin de que esta tan preclara fuente de la revelación católica no sólo estuviera abierta con más seguridad y abundancia para utilidad de la grey del Señor, sino también para no permitir que en manera alguna fuese contaminada, ardientemente deseó «que fuesen cada vez más los que sólidamente tomaran a su cargo y mantuviesen constantemente el patrocinio de las divinas Letras; y que aquellos principalmente a los que la divina gracia llamó al sagrado orden emplearan cada día, como es justísimo, mayor diligencia e industria en leerlas, meditarlas y exponerlas» [9].



                                              





5. Por lo cual, el mismo Pontífice, así como ya hacía tiempo había alabado y aprobado la Escuela de Estudios Bíblicos fundada en San Esteban de Jerusalén gracias a la solicitud del maestro general de la sagrada Orden de Predicadores, Escuela de la que, como él mismo dijo, «el conocimiento de la Biblia recibió no leve incremento y los espera mayores»[10], así el último año de su vida añadió todavía una nueva razón para que estos estudios, tan encarecidamente recomendados por las letras encíclicas Providentissimus Deus, cada día se perfeccionasen más y con la mayor seguridad se adelantasen. En efecto, con las letras apostólicas Vigilantiae, dadas el 30 del mes de octubre del año 1902, estableció un Consejo, o como se dice Comisión, de graves varones, «que tuvieran por encomendado a sí el cargo de procurar y lograr, por todos los medios, que los divinos oráculos hallen entre los nuestros en general aquella más exquisita exposición que los tiempos reclaman, y se conserven incólumes no sólo de todo hálito de errores, sino también de toda temeridad de opiniones»[11],el cual Consejo también Nos, siguiendo el ejemplo de nuestros antecesores, lo confirmamos y aumentamos de hecho, valiéndonos, como muchas veces antes, de su ministerio para encaminar los intérpretes de los sagrados libros a aquellas sanas leyes de la exégesis católica que enseñaron los Santos Padres y los doctores de la Iglesia y los mismos Sumos Pontífices[12].




6. Y aquí no parece ajeno al asunto recordar con gratitud las cosas principales y más útiles para el mismo fin que sucesivamente hicieron nuestros antecesores, y que podríamos llamar complemento o fruto de la feliz empresa leoniana. Y en primer lugar, Pío X, queriendo «proporcionar un medio fijo de preparar un buen número de maestros que, recomendables por su gravedad y pureza de doctrina, interpreten en las escuelas católicas los divinos libros...», instituyó «los grados académicos de licenciado y doctor en Sagrada Escritura..., que habrían de ser conferidos por la Comisión Bíblica» [13]; luego dio una ley «sobre la norma de los estudios de Sagrada Escritura que se ha de guardar en los seminarios de clérigos», con el designio de que los alumnos seminaristas «no sólo penetrasen y conociesen la fuerza, modo y doctrina de la Biblia, sino que pudiesen además ejercitarse en el ministerio de la divina palabra con competencia y probidad, y defender... de las impugnaciones los libros escritos bajo la inspiración divina» [14]; finalmente, «para que en la ciudad de Roma se tuviera un centro de estudios más elevados relativos a los sagrados libros que promoviese del modo más eficaz posible la doctrina bíblica y los estudios a ella anejos, según el sentido de la Iglesia católica», fundó el Pontificio Instituto Bíblico, que encomendó a la ínclita Compañía de Jesús, y quiso estuviera «provisto de las más elevadas cátedras y todo recurso de erudición bíblica», y prescribió sus leyes y disciplina, declarando que en este particular «ponía en ejecución el saludable y provechoso propósito» de León XIII [15]



                              





7. Todo esto, finalmente, lo colmó nuestro próximo predecesor de feliz recordación, Pío XI, al decretar, entre otras cosas, que ninguno fuese «profesor de la asignatura de Sagradas Letras en los seminarios sin haber legítimamente obtenido, después de terminado el curso peculiar de la misma disciplina, los grados académicos en la Comisión Bíblica o en el Instituto Bíblico». Y estos grados quiso que tuvieran los mismos efectos que los grados legítimamente otorgados en sagrada teología y en derecho canónico; y asimismo estableció que a nadie se concediese «beneficio en el que canónicamente se incluyera la carga de explicar al pueblo la Sagrada Escritura si, además de otras condiciones, el sujeto no hubiese obtenido o la licencia o el doctorado en Escritura». Y exhortando a la vez juntamente, tanto a los superiores mayores de las Ordenes regulares como a los obispos del orbe católico, a enviar a las aulas del Instituto Bíblico, para obtener allí los grados académicos, a los más aptos de sus alumnos, confirmó tales exhortaciones con su propio ejemplo, señalando de su liberalidad para este mismo fin rentas anuales [16].




8. El mismo Pontífice, después de que con el favor y aprobación de Pío X, de feliz memoria, el año 1907 «se encomendó a los monjes benedictinos el cargo de investigar y preparar los estudios en que haya de basarse la edición de la versión latina de las Escrituras que recibió el nombre de Vulgata»[17], queriendo afianzar con mayor firmeza y seguridad esta misma «trabajosa y ardua empresa», que exige largo tiempo y subidos gastos, cuya grandísima utilidad habían evidenciado los egregios volúmenes ya dados a la pública luz, levantó desde sus cimientos el monasterio urbano de San Jerónimo, que exclusivamente se dedicase a esta obra, y lo enriqueció abundantísimamente con biblioteca y todos los demás recursos de investigación[18].




9. Ni parece que aquí debe pasarse en silencio con cuánto ahínco los mismos predecesores nuestros, en diferentes ocasiones, recomendaron ora el estudio, ora la predicación, ora, en fin, la pía lectura y meditación de las Sagradas Escrituras. Porque Pío X, respecto de la Sociedad de San Jerónimo, que trata de persuadir a los fieles de Cristo la costumbre, en verdad loable, de leer y meditar los santos Evangelios y hacerlo más accesible según sus fuerzas, la aprobó de todo corazón y la exhortó a que animosamente insistiera en su propósito declarando «que esta obra es la más útil» y que contribuye no poco «a extirpar la idea de que la Iglesia se resiste a la lectura de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar o pone para ello impedimento» [19]. Por su parte, Benedicto XV, al cumplirse el ciclo del decimoquinto siglo desde que dejó la vida mortal el Doctor Máximo en exponer las Sagradas Letras, después de haber esmeradísimamente inculcado, ya los preceptos y ejemplos del mismo Doctor, ya los principios y normas dadas por León XIII y por sí mismo, y recomendado otras cosas oportunísimas en estas materias y que nunca se deben olvidar, exhortó «a todos los hijos de la Iglesia, principalmente a los clérigos, a juntar la reverencia de la Sagrada Biblia con la piadosa lectura y asidua meditación de la misma»; y advirtió que «en estas páginas se ha de buscar el alimento con que se sustente, hasta llegar a la perfección, la vida del espíritu» y que «la principal utilidad de la Escritura pertenece al ejercicio santo y fructuoso de la divina palabra»; y él mismo de muevo alabó la obra de la Sociedad llamada del nombre del mismo San Jerónimo, gracias a la cual se divulgan en grandísima extensión los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, «de suerte que ya no haya ninguna familia cristiana que carezca de ellos, y todos se acostumbren a su lectura y meditación cotidiana»[20].




10. Y, a la verdad, es cosa justa y grata confesar que no sólo con esta instituciones, preceptos y estímulos de nuestros antecesores, sino también con las obras y trabajos arrostrados, por todos aquellos que diligentemente los secundaron, ya en estudiar, investigar y escribir; ya en enseñar y predicar, como también en traducir y propagar los sagrados libros, ha adelantado no poco entre los católicos la ciencia y uso de las Sagradas Escrituras. Porque son ya muchísimos los cultivadores de 1a Escritura Santa que salieron y cada día salen de las aulas en las que se enseñan las más elevadas disciplinas en materia teológica y bíblica, y principalmente de nuestro Pontificio Instituto Bíblico, los cuales, animados de ardiente afición a los sagrados volúmenes, imbuyen en este mismo espíritu al clero adolescente y constantemente le comunican la doctrina que ellos bebieron. No pocos de ellos han promovido y promueven todavía con sus escritos los estudios bíblicos, o bien editando los sagrados textos redactados conforme a las normas del arte crítica y explicándolos, ilustrándolos, traduciéndolos para su pía lección y meditación, o bien, por fin, cultivando y adquiriendo las disciplinas profanas útiles para la explanación de la Escritura. Así pues, por estas y otras empresas que cada día se propagan y cobran fuerza, como, por ejemplo, las asociaciones en pro de la Biblia, los congresos, las semanas de asambleas, las bibliotecas, las sociedades para meditar el Evangelio, concebimos la esperanza no dudosa de que en adelante crezcan doquiera más y más, para bien de las almas, la reverencia, el uso y el conocimiento de las Sagradas Letras, con tal que con firmeza, valentía y confianza retengan todos la regla de los estudios bíblicos prescrita por León XIII, explicada por sus sucesores con más claridad y perfección, y por Nos confirmada y fomentada —que es, en realidad, la única segura y confirmada por la experiencia—, sin dejarse arredrar en modo alguno por aquellas dificultades que, como en las cosas humanas suele acontecer, nunca le faltarán tampoco a esta obra preclara.



Continuará...




                                   






Biografía del Anticristo personal G.B. Montini, alias"Pablo 6 ", el ser más perverso y dañino que jamás ha existido.

 



15. Biografía del Anticristo personal G.B. Montini, alias"Pablo 666", el ser más perverso y dañino que jamás ha existido. Análisis de la incendiaria "encíclica" “Populorum progressio".




Para la elaboración de este capítulo, hemos consultado las utilísimas cartas del abbé Georges de Nantes, quien estudió detenidamente la trayectoria de este supremo maestro del engaño y la ambigüedad que era G.B. Montini, y describió su perversidad con una fidelidad ciertamente asombrosa.





PABLO 6, EL “PAPA” DEL CULTO AL HOMBRE O EL “ESPÍRITU DEL CONCILIO” ENCARNADO



I. LA ASCENSIÓN IRRESISTIBLE

Juan-Bautista Montini nació el 26 de septiembre de 1897, cerca de Brescia, en el norte de Italia. No se sabe mucho sobre su infancia, sobre todo porque no dejó memorias ni diario. Dotado de una gran inteligencia, el joven tenía una salud frágil que muchas veces le impedía ir a la escuela. Por lo tanto, fue en casa donde recibió una brillante educación: lo apodaron “el leñador”.



Su madre era una mujer de carácter, muy piadosa también. Terciaria franciscana, como su marido, leyó con entusiasmo los escritos y biografías de Dom Marmion, santa Teresa de Lisieux y santa Gemma Galgani, aunque aún no hubieran sido canonizados. Todos los domingos por la noche, les enseñaba a sus tres hijos acerca del Evangelio. Con autoridad vigilaba las tareas escolares de su hijo.



             




ESTUDIOS RÁPIDOS Y SOLITARIOS

En 1910 se estableció un monasterio benedictino en Chiari, cerca de la casa Montini; A Jean-Baptiste le gustaba frecuentarlo. Según él, aquí germinó su vocación; Sin embargo, en septiembre de 1916 ingresó en el seminario de Brescia. Su salud no le permitía vivir allí en un internado, ni siquiera asistir a cursos diurnos, el obispo le concedió un régimen especial: estudió en casa, solo, con la ayuda de algunos profesores devotos y entregándose a “lecturas variadas y heterogéneas, vastas y desordenadas”, señala su biógrafo.



Después de tres años de “seminario en casa”, y después de un retiro espiritual que tuvo que interrumpir a causa del calor, Montini fue ordenado sacerdote el 29 de mayo de 1920, a la edad de 22 años. Las imágenes de su ordenación llevan una cita de S.S. Pío X: “Concede, oh Dios mío, que todas las mentes se unan en la Verdad y todos los corazones en la Caridad».



Este joven clérigo, muy retraído, severo, frío, de brillante inteligencia, pero a quien los estudios rápidos y solitarios no proporcionaron una gran formación teológica, no tuvo realmente maestros. Tampoco conoce las amistades sacerdotales forjadas en el seminario. Por tanto, no es propiamente un “hombre de Iglesia”.



Sin embargo, nos sorprende saber que este joven, tan enfermizo que no podía ir al seminario para recibir sus clases, era miembro activo de la asociación Manzoni que reunía a estudiantes católicos. En 1917, incluso fue su presidente y puso en marcha la “biblioteca del soldado” para enviar buenos libros a los soldados en el frente.



A partir de ese momento se interesó mucho por la política, a la sombra de su padre, cuya extraña carrera debemos seguir aquí; es fundamental para comprender mejor la mente de su hijo sacerdote.



                               




SAN PÍO X TRAICIONADO

Georges Montini, doctor en Derecho a los 20 años, gozaba de la estima de todos en Brescia, donde dirigía el periódico católico local. Patriótico y sinceramente católico, sufrió al ver la ciudad en manos de los socialistas. En 1895, encabezó una alianza entre nacionalistas católicos y moderados y logró expulsarlos del ayuntamiento; exactamente como lo hizo el Cardenal Sarto en Venecia, al mismo tiempo.



Muy implicado en cuestiones sociales, fundó el Banco Saint-Paul para prestar sin intereses a los cristianos endeudados con el fin de liberarlos de los usureros judíos. Evidentemente fue un miembro activo de la Obra de los Congresos, tan querida por el cardenal Sarto, fundada en 1875 con el objetivo de unir a los católicos italianos para la defensa de los derechos de la Iglesia y de los intereses sociales y religiosos de la patria.



Lamentablemente, lo que era una verdadera Acción Católica quedó dividida a partir de 1895, cuando una corriente progresista se infiltró detrás de Don Murri, el propagador de la doctrina de Giuseppe Toniolo: la democracia cristiana. Bajo su creciente influencia, el Trabajo de los Congresos dejó de ser unánimemente una lucha “por Dios, por la Patria y por los pobres” y se transformó en una lucha: “Todo por el Pueblo y para el Pueblo”.



En mayo de 1898, tras una manifestación en Milán, duramente reprimida, en la que los católicos sociales marcharon al lado de los socialistas, la obra del Congreso quedó destrozada. S.S. León XIII no tomó partido, pero en Venecia el cardenal Sarto ordenó la alianza de clericales y moderados contra los anticlericales, política que impuso a toda Italia, una vez convertido en Papa.



A través de su encíclica Il fermo proposito, en 1905, San Pío X reorganizó la Acción Católica y fundó la Unión Electoral. En 1910 Don Murri fue excomulgado. Todos se sometieron, al menos aparentemente, excepto un ferviente discípulo de don Murri, don Sturzo, que se retiró de la política para ocuparse únicamente de los sindicatos, pero que, en realidad, estaba esperando su momento.



En todas estas disputas que tuvieron lugar durante la juventud de Jean-Baptiste Montini, su padre se puso resueltamente del lado de S.S. Pío X. Tanto es así que, en 1912, el Papa lo eligió presidente de la Unión Electoral de los Católicos Italianos, partido al que llevó a la victoria en las elecciones de 1913.



“Si se hubiera seguido sabiamente”, escribió el abbé de Nantes, “esta política de Pío X habría sido la salvación de la Italia católica». Sin embargo, fue el cardenal Della Chiesa, de tendencia liberal, quien sucedió a S.S. Pío X en 1914. Unos meses más tarde, dotó a la Acción Católica, hasta entonces bajo la autoridad de los obispos, de una dirección nacional en la que incorporó a los democristianos, empezando por Don Sturzo, ¡nombrado secretario general!



En 1917, este último fue autorizado por el cardenal Gasparri, Secretario de Estado, a fundar un gran partido católico, laico en su programa e independiente de la jerarquía: el Partido Popular Italiano (PPI), fundado en 1919, el día después de la guerra.



El abbé de Nantes explica brillantemente las consecuencias de esta política contradictoria con la de San Pío X: "Ya no es el Partido de Dios, es el partido del pueblo, es democracia, pero, una estafa monstruosa que data de 1919 y que todavía continúa en Italia, democracia cristiana, cristiana porque el Partido Popular pretende conquistar el Poder y conservarlo a través de la Acción Católica, a través de la Iglesia que se ha convertido en una vasta organización electoral al servicio de un Partido que quiere ser aconfesional. (...) Bajo S.S. Benedicto XV comienza una simonía universal y perpetua, donde la Iglesia serviría de caldo de cultivo electoral para un partido cuyo programa abandonaría a Dios, a la Iglesia y al cuidado de los pobres, por la quimera de la democracia universal de la que sería el alma evangélica".



Antonio Gramsci –teórico del Partido Comunista en Italia– creía, en 1922, que la fundación de la democracia cristiana había sido tan importante para su país como lo fue la Reforma Protestante para Alemania. De hecho, firmó la sentencia de muerte del cristianismo en Italia.



Sin embargo, Georges Montini se unió sin dificultad a las nuevas directivas papales, negando así toda su lucha desde 1895. Se convirtió en servidor de Don Sturzo, quien aseguró su elección al Parlamento en 1919, 1922 y 1924, pero aún más, se convirtió en un demócrata convencido.



                                                            




EL HOMBRE DEL DOBLE JUEGO


En cuanto a su hijo Juan-Bautista, parece haber conocido sólo este entusiasmo democrático. Incluso antes de ser sacerdote, estuvo a favor del PPI.


Después de su ordenación en 1920, como su salud no le permitía trabajar en una parroquia, su obispo lo envió a estudiar literatura a Roma.


Poco después recibió la visita del señor Longinotti, diputado democristiano, amigo de su padre, pero también del cardenal Gasparri y del cardenal Ratti, que sucedería a S.S. Benedicto XV al año siguiente.



Tras este misterioso encuentro, Gasparri aceptó admitir al joven Montini en la Academia de los Nobles, la escuela de diplomáticos del Vaticano. El hermano de Jean-Baptiste Montini testificó que Longinotti había dicho entonces al Cardenal Secretario de Estado: “Hoy soy yo quien debe agradecer a Su Eminencia por haber facilitado la entrada de Don Battista en la Academia de Piazza Minerva, pero tal vez algún día, corresponda a Su Eminencia agradecerme haberle dado la oportunidad de hacer tal regalo a la Iglesia».



¿No es esta palabra, que los bien pensantes quieren interpretar como una profecía, más bien el signo de un pacto entre Jean-Baptiste Montini y la Democracia Cristiana? Si se pusiera a su servicio ascendería muy alto.



Sin embargo, por algún milagro, el joven sacerdote encontró la fuerza necesaria para seguir con diligencia los cursos en la Academia de los Nobles, donde se encariñó especialmente con uno de sus maestros, Mons. Pizzardo de la Secretaría de Estado.



El 2 de febrero de 1922, el cardenal Achille Ratti fue elegido Papa y tomó el nombre de S.S. Pío XI. En diciembre, Montini recibió un doctorado en derecho canónico y en mayo de 1923 fue destinado a la nunciatura en Varsovia, donde, lejos de la política italiana, se aburrió. Afortunadamente, su amigo Mons. Pizzardo obtuvo rápidamente su regreso a Roma y, a la espera de una mejoría, su nombramiento como capellán del círculo romano de la FUCI, la organización estudiantil católica.


Su correspondencia de esta época atestigua su oposición radical al acercamiento entre ciertos miembros del PPI y el partido de Mussolini, que había tomado el poder en octubre anterior, después de que Italia se hubiera estancado en luchas partidistas, de las cuales el PPI era en gran parte responsable.



En las elecciones de 1923, Mussolini obtuvo 374 diputados fascistas; los socialistas eran sólo 46 y los democristianos, 39. Entre ellos, George Montini, que siguió siendo un oponente irreconciliable del fascismo hasta su muerte en 1943. Por tanto, el pueblo italiano y el clero reunieron en gran medida una mayoría en el nuevo poder; pero los democristianos seguían considerando a Mussolini como un enemigo irreconciliable, ya que era antidemócrata.



Ahora bien, el Duce, antiguo socialista pero verdadero patriota italiano, deseaba resolver el conflicto que enfrentaba al gobierno de la Italia reunificada y a la Santa Sede, desde el expolio de los Estados Pontificios en 1870. Eran también el deseo y el interés de S.S. Pío XI que intentó conciliar al nuevo régimen, en particular durante un discurso ante estudiantes católicos el 9 de septiembre de 1924, donde condenó la actitud del PPI.



Sin embargo, el Papa siguió siendo un demócrata empedernido y su entendimiento con el Duce sólo pudo durar poco tiempo. Por tanto, lo importante para los democristianos era prepararse para el futuro. Madeleine Juffé, una de las biógrafas de Pablo 6, lo escribe sin rodeos: “Giorgio Montini, al verse atacado por los fascistas, había dejado de publicar su periódico. Dijo: “Debemos prepararnos para ver la luz. No queremos pactos. Necesitamos saber con qué caminaremos. Esperemos hasta que seamos adultos. Asimismo, Jean-Baptiste pensó que era mejor abstenerse, no colaborar, resistir en silencio, prepararse para el momento en que el fascismo ya no existiría».



Fue, pues, un demócrata cristiano “puro y duro” el que, en la persona de Jean-Baptiste Montini, Mons. Pizzardo introdujo en la Secretaría de Estado el 24 de octubre de 1924.



Nueve meses después, S.S. Pío XI lo nombró capellán nacional de la FUCI, cargo que ocupó hasta 1933. Su verdadera misión era “despolitizar” la federación, disociarla del PPI y controlar los movimientos estudiantiles. ¡Nada más contrario a las convicciones de Montini! De hecho, el joven monseñor Montini era el hombre del doble juego de S.S. Pío XI. Aseguraba la obediencia de los estudiantes católicos a la política papal, al tiempo que preparaba el futuro. ¡Destacaba en este papel!



Cuando examinamos sus ocho años de apostolado entre los estudiantes, nos sorprende su autoridad para neutralizar rápidamente a los recalcitrantes. Pero su acción espiritual es banal, más moralizante que espiritual, una serie de exhortaciones a huir y despreciar las diversiones del mundo. Sin embargo, mirando más de cerca, nos sorprende la motivación que intenta inculcar a esta juventud: la de ser verdaderamente hombre, ser libre, digno, alegre, conquistador, entregarse a las tareas nobles. El abbé de Nantes lo resume con una fórmula que Pablo 6 utilizará en Fátima, cuarenta años después: “¡Hombres, sed hombres!", es la quintaesencia de su espiritualidad. »



En 1926, durante una estancia en París, conoció al padre Maurice Zundel cuya espiritualidad concordaba muy bien con su política, ya que exalta la libertad del hombre: ¡Dios es libertad y creó al hombre libre! No le preocupaba que este sacerdote suizo estuviera entonces bajo sanciones de su obispo y acusado de herejía sobre la Eucaristía.



Asimismo, se entusiasmó con Humanismo integral, el libro de Jacques Maritain que acababa de salir de Action Française y que afirmaba haber encontrado el fundamento filosófico de la democracia cristiana. Montini patrocinó la traducción al italiano.



Literario, el capellán nacional de la FUCI estuvo muy atento a las tendencias culturales modernas. Consideraba parte de su apostolado darlos a conocer – ¡y apreciarlos! – a los estudiantes. Tenía la ambición de dar un nuevo impulso a la cultura católica insertándola en la modernidad. Por ello, estaba muy interesado en los experimentos del arte moderno y le encantaba conocer artistas. Todo esto no lo alejó de su principal interés: la lucha contra el fascismo era, por el contrario, un aspecto del mismo.



En 1928, la destrucción ante sus ojos del centro juvenil estudiantil por parte de un grupo de fascistas lo trastornó. Esto reforzó su profunda convicción de que el fascismo era la encarnación del mal y la violencia; por lo tanto, era un deber moral y religioso resistirlo.



También llevó allí a algunos de sus alumnos, especialmente después de la solución de la cuestión romana mediante los Acuerdos de Letrán en 1929, que hicieron que el acuerdo con el Duce fuera menos necesario para la Santa Sede.



Cuando, en 1931, Mussolini prohibió la FUCI tras la multiplicación de los incidentes con jóvenes fascistas, el capellán general reunió a sus alumnos, en secreto, en las catacumbas. ¡Era hora del heroísmo!



Sin embargo, al mismo tiempo tuvo que soportar las críticas de los capellanes de los círculos locales de la FUCI y de los jesuitas de la Gregoriana, que no lo apreciaban y cuestionaban sus directivas. Además, su libro El camino de Cristo apenas obtuvo el nihil obstat.



                              




Continuará...




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