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NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)

 



NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)




Hoy celebramos la amarga aunque gloriosa fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María, de la cual muy pocos se acuerdan y que prácticamente nadie conmemora, únicamente los fieles verdaderos elegidos desde toda la eternidad por el Padre Eterno y confirmados por el Espíritu Santo Paráclito, cuyo número es cada vez más pequeño e insignificante a ojos del mundo incrédulo y apóstata en el que nos ha tocado vivir.




Sin embargo, el domingo las calles y plazas de todos los pueblos y ciudades de la vieja Europa y de otras naciones otrora católicas diseminadas por todo el orbe se llenarán de gentes para celebrar el Domingo de Ramos, en el que se celebra la entrada triunfal de N.S.J.C. en Jerusalén. Entonces todos se llenarán la boca diciendo que aman a Jesús y a Su Madre Santísima, pero pocas horas después estos mismos se escandalizarán del Salvador y Redentor del género humano y le abandonarán lastimosamente.




¿A qué se debe semejante cambio de actitud en tan poco tiempo? La respuesta es muy sencilla: al escándalo que supone para el mundo y sus esclavos la Cruz de Cristo. Es que el diablo les ha hecho creer engañados que morir en la Cruz es una humillación intolerable y detestable, de ahí que abandonen tan pronto al Hijo de Dios, señal clara e inequívoca de que su pretendida fe no era tan fuerte como ellos pensaban, puesto que han pasado de la adulación a la traición y la apostasía en apenas unos pocos días.




Esta lamentable situación se repite cada año por estas fechas, pues aquéllos que se jactaban de ser los más devotos siervos del Señor se convertirán en sus más encarnizados perseguidores.




Esto es porque no han entendido el misterio insondable de la Cruz ni que estaba escrito que el Hijo del Hombre debía padecer y morir a manos de los hombres para poder resucitar al tercer día.




Jesús no quiere falsos seguidores que le adoren con los labios pero cuyo corazón está muy lejos de Él, no. Jesús no busca habilidosos aduladores que le ensalcen el Domingo de Ramos pero que huirán de Él el Jueves Santo cuando sea capturado y entregado a los judíos deicidas. Jesús abomina y no reconoce como discípulos suyos a las almas tibias e hipócritas que matan al Espíritu con la letra farisaica.




Es preciso que quienes lean esto comprendan que, para merecer ser resucitado y salvado por el poder de Dios Uno y Trino, antes hay que saber cargar con la propia cruz particular y llevarla hasta la muerte, de modo que muriendo a nuestro orgullo desmedido podamos convertirnos en humildes niños que en todo dependen de sus padres.




Se engañan, pues, todos aquellos infelices que piensan dar gloria a Dios instalados en la mediocridad y la tibieza, porque de tales falsos servidores está lleno el infierno.




O cruz y gloria, o comodidad y condenación. No hay término medio.




MISERERE NOSTRI, DOMINE!




+A.M.D.G.+




Un discípulo amado de N.S.J.C.




                                    




LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA

 



LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA




Jamás alabaremos lo suficiente la santa Cruz de Cristo; jamás podremos comprender el abismo de caridad y sabiduría celestial que se encierra en el madero sagrado. Únicamente la Trinidad Beatísima pudo concebir semejante invención para hacernos morir al mundo, al demonio y a nuestra propia carne, esto es a nuestro ego orgulloso y egoísta.




En efecto, gracias a la cruz los verdaderos discípulos del Señor crucifican y mortifican sus pasiones y apetitos desordenados, singularmente la soberbia, la gula y la lujuria. Al considerar que el Hijo de Dios N.S.J.C. murió por nosotros y eligió llevar su cruz y ser colocado en ella, nosotros no podemos más que imitarle y negarnos a nosotros mismos, tomando nuestra propia cruz particular y siguiéndole hasta el Calvario.




Alguno se preguntará cuál es la cruz que la Divina Providencia le ha preparado desde toda la eternidad para portar pacientemente durante esta fugaz vida terrena, y responderemos que la cruz es todo aquello que le humilla y le mortifica, hasta el punto que uno querría quitársela de encima si pudiera, pero en todo debemos cumplir la Voluntad del Eterno Padre, y sabemos por la Sagrada Escritura que para ser discípulos de Jesucristo es preciso coger la cruz y seguirle hasta el final.




Esa enfermedad dolorosa y paralizante, ese rasgo físico o de la personalidad que nos abaja y nos avergüenza, esa contrariedad casi permanente que debemos soportar en nosotros mismos y que los demás también notan y explotan mediante comentarios hirientes, esa carencia de dones y virtudes naturales y sobrenaturales, ese matrimonio insatisfecho con una mujer o con un hombre que no nos comprende ni quiere compartir nuestra santa fe católica, esos proyectos y aspiraciones personales que jamás serán cumplidos por las propias circunstancias, etc., etc. La cruz es todo eso y mucho más, por lo que sólo podemos humillarnos y aceptarla tal cual Dios nos la envía, si no queremos vernos reprobados en la hora decisiva del Juicio.




El mundo y sus locos amadores se escandalizan de la cruz y quisieran apartarla de sus vidas, pero es en vano porque la cruz les perseguirá hasta el día de la muerte, y si no la aceptan de buen grado, tendrán que arrastrarla cual réprobos incluso en vida. Lo más terrible para ellos será cuando, en el momento fatídico del Juicio, tengan que oír de labios de Cristo Juez la espantosa sentencia de condenación eterna, pues entonces verán que la cruz que Dios les envió en vida no era tan humillante como ellos pensaban, sino que verdaderamente tenía el poder de salvar sus almas si la hubieran acogido con corazón contrito y humillado, pero ya será demasiado tarde para ellos y serán echados fuera del reino celestial, siendo su terrible destino final el lugar de tormentos más horribles jamás concebidos, el infierno.




La Sagrada Escritura nos revela que quienes intenten salvar su vida en este mundo la perderán para la eternidad, mientras que los pocos que la pierdan por dar testimonio de Cristo y la Verdad salvarán sus almas en el más allá. ¿Qué significa pues querer salvar la vida en este mundo? Se trata principalmente de la incredulidad y la indiferencia respecto a Jesucristo y su misión divina, pues son legión los incrédulos y los indiferentes que afirman no conocer a Dios ni querer saber nada de Él. El horror al sufrimiento y la huida de cualquier sacrificio y humillación que implique reconocer los propios errores y pedir perdón a quienes han ofendido es también otro de los rasgos característicos de los hijos de las tinieblas, pues los pobres infelices se avergüenzan de Cristo y de su doctrina al estar dominados por la triple concupiscencia de la carne, los ojos y la soberbia.




Nada hay que cause mayor espanto a los mundanos que la debilidad y la inseguridad, pues todos ellos se imaginan falsamente que mostrar indecisión equivale a ser débil, de ahí que se afanen inútilmente en extinguir en ellos cualquier afecto o inspiración que les haga sentirse menos que los demás, ya que el orgullo que poseen les ciega y les impulsa a despreciar a quienes no son como ellos. Siguen así las envenenadas insinuaciones del príncipe de este mundo, el demonio, quien les dice que no sólo no deben humillarse y mostrar arrepentimiento, sino que además tienen que imponerse por la fuerza los unos a los otros, ya que en el mundo impera la ley de la selva y sólo los fuertes y poderosos son bien considerados por el resto de mortales.




Como se ve claramente, es una inversión absoluta de valores, una tergiversación diabólica del sermón de la montaña, pues allí donde Cristo recomienda la humildad y la mansedumbre, el demonio grita que hay que ser orgulloso y violento. Y así con el resto de las bienaventuranzas.




Todos los males que hay en esta tierra vienen por ignorar las Escrituras y no querer conocer la Palabra de Dios, en la que se encuentra el poder del Altísimo (Mateo 22:29). Si conocieran la divina voluntad expresada claramente en el Evangelio no obrarían del modo en que lo hacen, pero el demonio y las preocupaciones terrenales ahogan cualquier aspiración sagrada y les impiden ponerse a considerar las sentencias de la Santa Biblia, lo cual es muy lamentable y digno de absoluta pena. (Mateo 13:1-50).




La humanidad sin Dios cabalga a paso rápido hacia su triste suerte final, mientras todos ellos se creen falsamente seguros y se imaginan que no hay vida después de la muerte, por lo que hay que aprovechar el momento presente para gozar y adquirir reputación y bienes, ya que una vez muerto no habrá nada más que hacer. Pero semejante concepción pagana de la existencia está destinada al más trágico fracaso cuando aparezcan al fin los Dos Testigos del Apocalipsis enviados por Dios Uno y Trino, pues ellos serán los encargados de leer la sentencia de condenación eterna para las gentes de todos los pueblos y tribus y lenguas y naciones, de ahí que estos súper profetas vayan a ser un auténtico incordio y un reproche continuo para todos ellos. Pero hablaremos más extensamente sobre los Testigos y el mensaje de su predicación en un último ensayo que pronto empezaremos a escribir.




El mundo luchará en vano por librarse de la cruz, pues cuando vuelva el Hijo del Hombre aparecerá su señal en el cielo, y todos los moradores de la tierra se lamentarán amargamente. (Mateo 24:30).




Velemos pues para no ser sorprendidos, y carguemos con nuestra propia cruz mientras nos toque penar por este enorme valle de lágrimas.


+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                   




NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR

 



NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR



Todos hemos recibido al nacer una cruz particular enviada por la Divina Providencia con la cual obrar nuestra salvación con temor y temblor, pero sin embargo no todos aceptan su propia cruz y cargan con ella hasta la muerte, sino que son pocos, muy pocos los que esto comprenden y, negándose a sí mismos, cogen su cruz y siguen a Jesucristo hasta el final. Esto se debe al misterio insondable de la predestinación de los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos en medio de esta generación perversa y adúltera, pues ya nos dice la Sagrada Escritura que muchos son los llamados por la gracia divina, pero pocos los elegidos para heredar el reino de los cielos.




La cruz nos sale al encuentro cada vez que nos aficionamos a las vanidades engañosas de esta pobre vida, pues no hay ningún goce en este mundo que no venga acompañado de alguna pena. Se engañan terriblemente los mundanos entonces cuando buscan huir a toda costa del sufrimiento y la humillación, porque estos les perseguirán hasta el día de su muerte. De ahí que los cristianos no debamos hacer nuestra morada permanente en este valle de lágrimas, sino que simplemente estamos aquí de paso, somos peregrinos solamente, y sabemos que nuestra verdadera patria es el Cielo, en la compañía de los Ángeles y los Santos de Dios.




Gracias a la cruz, los verdaderos seguidores del Cristo aprendemos a desconfiar del mundo y sus ilusiones, viéndolas tal como son, es decir, falsos remedios que jamás pueden satisfacer nuestro interior y que nos dejan con el tremendo remordimiento de la conciencia si tenemos la inmensa desgracia de haber consentido en cualquier tentación y haber pecado contra Dios. Y no sólo eso, sino que el aprecio de la cruz nos hace incluso odiar al mundo y todo cuanto hay en él, pues sabemos que para agradar a Dios hay que elegir entre servirle a Él o ser esclavo de nuestras pasiones desordenadas y del cobarde respeto humano.




Para el cristiano la debilidad y la humillación son gloriosas, porque el mismo Hijo de Dios las ensalzó y padeció hasta la muerte mientras se humillaba y caían sobre Él todos los golpes de la divina justicia por causa de nuestros numerosos pecados y crímenes contra el Cielo. En efecto, debemos gloriarnos en nuestra debilidad, pues cuando somos débiles a ojos del mundo es en realidad cuando somos fuertes para Dios, a ejemplo del Apóstol (2 Corintios 9-10).




Dejemos por tanto que el mundo y sus locos amadores se pierdan en medio de tantos y tan envenenados placeres y privilegios, los cuales jamás pueden satisfacer al corazón humano y conducen irremediablemente hasta la muerte eterna del alma, y nosotros no tengamos ninguna otra preocupación más que la de padecer y ser despreciado por los mundanos al igual que lo fue el Cristo.




Dejemos que los demás ambicionen los primeros puestos en las reuniones humanas, los mejores elogios en cualquier conversación, los bienes y las posesiones más codiciadas, la mayor fuerza física y el más deslumbrante atractivo... dejemos a esos infelices hundirse cada vez más en el fango de las pasiones mundanas, mientras nosotros vamos adquiriendo la verdadera sabiduría espiritual que consiste en negarse a uno mismo y cargar con la humillación particular que el Buen Dios ha tenido a bien mandarnos para poder operar la salvación de nuestras almas.




En vano se afanan los mundanos por alejar de ellos la cruz, ya que ésta les perseguirá hasta el fin del mundo y no podrán deshacerse de ella. El que no quiera cargar con su cruz en vida, deberá llevarla como un condenado hasta la muerte, y lo más triste, ella será la causa de su reprobación final en el Juicio. Porque los pensamientos de Dios no son los nuestros, ni sus caminos son nuestros caminos (Isaías 55, 8-9). De lo cual se deduce que no estamos en esta vida para gozar y amasar bienes materiales y vanagloria, como lamentablemente buscan el 99,9% de los pobres mortales, sino que Dios nos dio el ser para buscarle, conocerle, amarle y servirle, y mediante esto salvar nuestras pobres almas.



+MISERERE NOBIS, DOMINE+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                  





EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL

 



EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL




¿Quién ha creído nuestro anuncio,

y a quién ha sido revelado el brazo de Yahvé?

Pues creció delante de Él como un retoño,

cual raíz en tierra árida;

no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas,

ni aspecto para que nos agrade.

Es un (hombre) despreciado, el desecho de los hombres,

varón de dolores y que sabe lo que es padecer;

como alguien de quien uno aparta su rostro,

le deshonramos y le desestimamos.

Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias,

ha cargado con nuestros dolores,

y nosotros le reputamos como castigado,

como herido por Dios y humillado.

Fue traspasado por nuestros pecados,

quebrantado por nuestras culpas;

el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él,

y a través de sus llagas hemos sido curados.

Éramos todos como ovejas errantes,

seguimos cada cual nuestro propio camino;

y Yahvé cargó sobre él

la iniquidad de todos nosotros.

Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra

como cordero que es llevado al matadero;

como oveja que calla ante sus esquiladores,

así él no abre la boca.

Fue arrebatado por un juicio injusto,

sin que nadie pensara en su generación.

Fue cortado de la tierra de los vivientes

y herido por el crimen de mi pueblo.

Se le asignó sepultura entre los impíos,

y en su muerte está con el rico,

aunque no cometió injusticia,

ni hubo engaño en su boca.

Yahvé quiso quebrantarle con sufrimientos;

mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado,

verá descendencia y vivirá largos días,

y la voluntad de Yahvé será cumplida por sus manos.

Verá (el fruto) de los tormentos de su alma,

y quedara satisfecho.

Mi siervo, el Justo, justificará a muchos por su doctrina,

y cargará con las iniquidades de ellos.

Por esto le daré en herencia una gran muchedumbre,

y repartirá los despojos con los fuertes,

por cuanto entregó su vida a la muerte,

y fue contado entre los facinerosos.

Porque tomó sobre sí los pecados de muchos

e intercedió por los transgresores.

(Isaías 53)




Nuestro Señor Jesucristo es el Cordero de Dios que fue llevado al matadero y se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. Él cargó con todas nuestras iniquidades e inmundicias de manera libre y voluntaria, cumpliendo en todo la divina voluntad del Padre eterno, que quiso operar así la salvación del género humano condenado a la muerte eterna tras el pecado original. Nuestro Redentor y Salvador se anonadó y se hizo insignificante como un pobre gusanillo mientras era humillado y escarnecido por nosotros, infames pecadores de todos los siglos.




Como leemos en el capítulo 53 del profeta Isaías, el Cristo adquirió descendencia y heredó una gran muchedumbre de hermanos e hijos adoptivos del Padre celestial mediante sus indecibles tormentos y sufrimientos, es decir, mediante el árbol bendito de la santa Cruz, que es lo que Le hace quedar satisfecho, pues Su sacrificio no ha sido en vano, sino antes bien muy provechoso y necesario, ya que si Nuestro Señor no hubiera entregado Su vida por nosotros, el cielo permanecería cerrado para todos absolutamente y nadie se salvaría. Pero al morir Él y cargar con nuestros pecados y transgresiones, haciéndose merecedor del castigo divino, Él que era la inocencia y la pureza mismas, entonces el Padre eterno quedaba obligado a resucitarle y darle descendencia para toda la eternidad.




Es la Cruz, pues, el instrumento fundamental que nos justifica y nos da la doctrina sagrada, la Palabra de Dios que el mundo no puede conocer ni amar porque no la entiende, sino que la odia. En efecto, la Cruz implica humillación y sacrificio, la negación total de uno mismo, el desprecio absoluto de cuanto somos y el olvido de nuestra insignificante persona, a imitación del Divino Maestro, pues ya nos enseñó Jesús que es muriendo por Él y a causa de Él que vamos a salvar nuestras almas en esta pobre vida, mientras que los que intenten salvaguardar su reputación y sus bienes a ojos del mundo mediante el cobarde respeto humano sin duda perecerán eternamente.




Y es que la doctrina del Cristo es dura, muy dura para los que tienen su corazón apegado a las vanidades de este mundo y ansían la vanagloria que proviene del respeto humano, pues todos ésos han hecho de este lugar de destierro su morada y se sienten cómodos aquí, creyendo engañosamente que el paraíso consiste en estar bien y adquirir poder, influencia y placeres en esta vida fugaz, pero sin embargo ignoran y desprecian la vida sobrenatural del espíritu, llamando locura y necedad a la Cruz y a quienes se afanan por seguir a Jesucristo.




Para todos ellos pesa la terrible sentencia de condenación eterna, pues ya nos advirtió Jesús que esos tales ya habían recibido su recompensa en esta vida, por lo que no pueden esperar nada tras la muerte. Son como el rico necio del Evangelio, cuyas únicas preocupaciones eran las de edificarse unos graneros enormes para guardar su grano y sus amplias posesiones materiales, y banquetear y gozar de los bienes efímeros que había adquirido durante tantos años, ignorando culpablemente que esa misma noche, es decir muy pronto, le iban a reclamar su alma, perdiendo además todo cuanto había almacenado egoístamente para sí mismo.




De lo que se deduce que la inmensa mayoría de almas va por el camino equivocado, transitan por la avenida ancha y despejada que rebosa falsos placeres y alegrías, pero acaban inexorablemente todos ellos en la gehenna, en el lago de azufre y fuego ardiente, el terrible infierno. Lo más grave y triste es que esos necios e insensatos no son pocos, sino muchos, son legiones y legiones de desgraciados que van cayendo uno tras otro en la fosa oscura de la que no saldrán jamás, ¡ay! Y que los pocos que caminan por la senda angosta que conduce a la puerta estrecha de la salvación son verdaderamente pocos, muy pocos, ya que casi nadie quiere humillarse y mortificar su detestable ego y sus pasiones, ni siquiera los pobres materialmente hablando, la mayoría de ellos me refiero, pues quien más quien menos aspiran todos a salvar su vida en este mundo y a evitar el sufrimiento y la contradicción.




Pero a los elegidos de Dios Uno y Trino les ha sido concedido el conocer la Verdad y amarla; a ellos se les ha revelado la verdadera sabiduría celestial que abre las puertas del Cielo y que consiste en amar a Jesucristo y abrazar la propia cruz particular que la Providencia ha tenido a bien fabricarles desde toda la eternidad para que obren su salvación con temor y temblor.




En la vida sobrenatural menos es más, y el que quiera ser mayor deberá hacerse el más pequeño e inútil, pues los últimos serán los primeros en el reino de los cielos, mientras que los que ansíen ser los primeros en todo deberán soportar después el verse humillados y rechazados por el Juez eterno.




De modo que ahí está nuestra única ambición legítima, queridos hermanos y amigos en la Fe, en la santa Cruz del Cristo, en hacernos amigos e imitadores suyos, sin importarnos en absoluto que el mundo nos desprecie y se burle de nosotros, porque no nos entiende ni conoce a Dios.




Seamos pues sufridos y pacientes en las tribulaciones y adversidades, aceptando todo como recibido de parte de Dios, que nos ama y que busca nuestro bien mediante la sana y necesaria humillación de nuestro maldito orgullo, y que nos ha dado a cada uno una bendita cruz para separarnos del mundo y enseñarnos a despreciar las locas vanidades que a tantos infelices pierden.




Esa es la única sabiduría que necesitamos, la sabiduría de la Cruz, el único conocimiento que necesitamos y la única ciencia que debemos aprender, el fracaso de este mundo y su desprecio, y el apego a las virtudes sobrenaturales mediante la lectura y meditación frecuente de la Sagrada Escritura, cultivando la oración realizada con fervor y verdadera contrición, y no por rutina y al modo farisaico.




El que quiera ser discípulo del Cristo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígale.




+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.








LA CRUZ ES UN ESCÁNDALO Y UNA LOCURA PARA LOS POBRES MUNDANOS

 



LA CRUZ ES UN ESCÁNDALO Y UNA LOCURA PARA LOS POBRES MUNDANOS


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




"La doctrina de la Cruz es, en efecto, locura para los que perecen; pero para nosotros los que somos salvados, es fuerza de Dios". (1 Corintios 1:18).




Entonces, dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere seguirme, renúnciese a sí mismo, y lleve su cruz y siga tras de Mí.

Porque el que quisiere salvar su alma, la perderá; y quien pierda su alma por mi causa, la hallará". (Mateo 16:24-25).




Las citas bíblicas precedentes nos confirman sin lugar a dudas que el misterio de la Cruz es capital para comprender el plan de salvación llevado a cabo por Dios Uno y Trino en las almas. En efecto, pues ya nos advirtió el divino Maestro que aceptar la propia cruz y seguirle es la condición indispensable para ser discípulo suyo. ¿Y qué significa llevar la cruz? Nos lo revela igualmente Jesucristo cuando dice que es preciso renunciarse a uno mismo para seguirle a Él. Renunciarse a sí mismo implica crucificar y mortificar el orgullo propio, nuestra carne con sus apetitos desordenados, nuestra voluntad rebelde que busca siempre la autosatisfacción y el tener razón, etc.




La vida del cristiano es milicia sobre la tierra, es decir, una lucha constante contra el mundo, el demonio y la carne. De los tres enemigos del alma, seguramente el más insidioso es el mundo, pues a la propia carne con sus inclinaciones torcidas se la ve venir de lejos y podemos hacerle frente mediante sanas mortificaciones como el ayuno y la abstinencia; del mismo modo, al demonio se le distingue claramente cuando nos incita a desobedecer o a rebelarnos contra algún dogma o verdad contenida en la Escritura y el Magisterio. Pero el mundo utiliza una estrategia mucho más sibilina y capciosa, de ahí que sea bastante difícil el hacerle frente y vencerlo.




No olvidemos además que fue mediante astutas y falaces insinuaciones de que el mundo debía ser comprendido y amado tal cual era que el pérfido Anticristo Montini-Pablo 666 logró engañar a la totalidad del cuerpo episcopal en el infausto conciliábulo Vaticano 2, que supuso la gran apostasía bíblica profetizada.




Y se comprende por qué triunfó el sagaz hijo de perdición, pues el mundo está compuesto por todos los que habitamos en esta pobre tierra, pecadores todos, malos y buenos, nuestros propios familiares y amigos, por lo que el maldito respeto humano se entromete siempre y paraliza cualquier intento de evangelizar a quienes nos rodean.




¿Y qué valores vemos triunfar en el mundo y entre los mundanos? Se trata de la antítesis de la perfección espiritual, pues el mundo pregona con millones de voces estridentes que uno debe sentirse muy orgulloso de uno mismo y no humillarse jamás, lo cual es considerado como una vergüenza y una humillación suprema por los mundanos.




El afán de riquezas y placeres es esencial para el mundo y sus locos seguidores, que son legión hoy más que nunca. Todos los mundanos buscan asegurarse su porvenir en esta breve vida, pero jamás piensan en la vida eterna. El ansia por las posesiones materiales, la búsqueda alocada de cualquier placer, ya sea lícito o ilícito, el orgullo y la buena fama ante los demás es lo único que mueve a los infelices gentiles de ayer y de hoy. Rara vez piensan en que hay un Dios ante el que todos deberemos comparecer para rendir cuentas de nuestra vida, pues sus pensamientos están engolfados en asuntos temporales únicamente.




La única causa que nos va a servir en la eternidad para salvar nuestras almas será la causa de Jesucristo, la causa de la Cruz y de la verdadera Fe. Todo lo demás está condenado al más espantoso fracaso en el más allá, como nos lo advirtió N.S.J.C. cuando dijo que quien quisiere salvar su alma en esta vida la perdería para la vida eterna, lo cual significa ser reprobado por Dios y ser enviado al terrible infierno. Ahora bien, si preguntamos a cualquier pobre infeliz que transita por nuestras calles cuál es su propósito en la vida, ¿no nos va a responder prácticamente lo mismo que la inmensa mayoría de personas que pueblan el mundo hoy?...




Ciertamente, pues casi todos buscan "salvar la vida" en esta tierra mediante una vida "normal" -horrible palabra-, esto es, adquirir formación, conseguir un trabajo, encontrar una pareja y formar una familia con ella, después vivir una buena vejez y disfrutar de una cómoda pensión de jubilación hasta que les llegue su hora de morir y "descansar", como se imaginan los pobres desgraciados, totalmente ignorantes, incrédulos y sordos ante las graves advertencias que la Iglesia y la Sagrada Escritura han hecho acerca de quienes se acomodan al falso espíritu del mundo y sus valores engañosos.




Y así bajan todos ellos al abismo de fuego eterno, del cual no saldrán jamás. Realmente es muy trágico y triste si se considera seriamente, pero como los mundanos odian la Palabra de Dios y no se la creen, o bien no la odian pero le quitan importancia a los pasajes más graves, lo cual equivale a no creer en ella, pues así es prácticamente imposible que la Fe pueda surgir en ellos y arraigar. De hecho, si preguntamos a cualquier pobre alma que ya esté en el infierno condenada para toda la eternidad, nos dirá que fue por no soportar la escucha o la lectura de la Sagrada Escritura, que le reprendía el mal que hacía y le exhortaba a arrepentirse y obrar rectamente, pero ella no quiso hacerlo y ahora se halla en tan espantoso lugar para siempre. Queda demostrado pues que la aversión y la incredulidad hacia la divina Palabra es uno de los rasgos inconfundibles de los reprobados en el infierno.




Y es que los mundanos prefieren escuchar la seductora voz de Satanás, el príncipe de este mundo, el cual les dice que se esfuercen por destacar por encima de todos y pasar por encima de quien se les oponga, pues ellos deben ser los más fuertes, los más inteligentes -según el mundo, no según Dios-, los más atractivos, los más dominantes, los más populares, etc., etc. En esas bagatelas se pierden muchísimas almas insensatas, sacrificando hasta la salud corporal para conseguir tan irreales y quiméricos objetivos, de modo que cuando se dan cuenta de lo absurdo de tales propósitos, ya es demasiado tarde para ellos, y la muerte les sorprende en tan lastimero estado.




Por tanto, los verdaderos siervos de Dios buscaremos siempre la "locura" y el "escándalo" de la Cruz, pues sabemos que sólo ella lleva a la salvación, como así nos enseñó Cristo Jesús, y dejaremos que los infelices mundanos se ahoguen en un mar de falsos placeres y deleites, los cuales son muy efímeros y terminan con harta frecuencia en el hastío y la conciencia culpable.




Es preferible perder nuestra vida por la sagrada causa del Hijo de Dios Jesucristo que ser arrastrado por la marea arrolladora del mundo y sus esclavos, pues los que hagan lo primero resucitarán para la vida eterna, pero quienes se conformen con el mundo y sus engaños tendrán que oír de labios del supremo Juez la terrible sentencia de condenación.



+A.M.D.G.+




                                                   





LA CRUZ ES PERSONAL E INTRANSFERIBLE

 




LA CRUZ ES PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Por Un discípulo amado de N.S.J.C.


En el Juicio particular veremos claramente cómo los elegidos fueron afligidos y agobiados en vida por sus cruces particulares de una manera más prominente que el resto de almas, pues esto indica que Dios les amó con un amor de predilección y por eso mismo, porque Él les amó de un modo singular y particular, les hizo cargar también con una cruz más notoria y humillante que a los demás, dado que Dios reprende y castiga a los que ama. (Apocalipsis 3:19).



Entonces los predestinados por la Divina Voluntad para ser salvos brillarán como el sol y las estrellas del firmamento, mientras aquellos que los escarnecían y maltrataban quedaran sumidos en la más profunda confusión y desolación al ver a los que habían sido objeto de sus burlas y blanco de sus golpes durante su vida mortal ser merecedores de los elogios del Hijo de Dios N.S.J.C. y lo más importante, recibir la corona de la vida eterna, mientras ellos, sus perseguidores y maltratadores, serán atormentados en el estanque de fuego y azufre durante toda la eternidad. 



Todos los hombres y mujeres han recibido una cruz al nacer con la que obrar su salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12), pero unos la han recibido más pesada y notoria que otros. ¿A qué se debe esto? Simplemente al divino beneplácito, que elige a unos pocos por encima de la inmensa mayoría, pues ya nos advirtió el Salvador que muchos eran los llamados e invitados al banquete celestial, pero pocos los elegidos para sentarse a la mesa con Dios Uno y Trino, la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos. (Mateo 22:14). Entonces, ¿esto quiere decir que Dios es injusto? De ningún modo. Eso jamás. Dios no es injusto sino muy justo, un Dios todopoderoso, infinitamente santo y justo, la fuente viva de la sabiduría, la Caridad y la misericordia. Nunca alabaremos bastante al Eterno. Que Dios elija a unos y deseche a otros forma parte del misterio insondable de la divina predestinación, y no nos compete a nosotros, pobres criaturas pecadoras, averiguar el porqué. Lo que debemos creer es que Él es siempre justo y sabio en sus designios, y da a todos las gracias necesarias para salvarse en el estado en que puso a cada uno, aunque lamentablemente no todos hagan buen uso de esas gracias divinas, y el gran número de almas acaba condenándose, la massa damnata que decía San Agustín.



Además, ¿qué nos da a nosotros si Dios es infinitamente bueno y quiere, en su inmensa bondad y benevolencia, reservar unos sitiales en la Jerusalén celestial para sus elegidos, mientras que al gran número lo destina a la perdición eterna? ¿No puede Él hacer lo que le plazca con sus dones, acaso seremos nosotros envidiosos porque Él es bueno? (Mateo 20:15-16).



Por tanto, mucho cuidado a la hora de juzgar, pues a Dios nadie le juzga, y por Él seremos juzgados todos absolutamente, desde el primer hombre nacido en la tierra hasta el último.



¿Cuál es la función de la cruz personal en el misterioso plan de la salvación eterna? Se trata de una obra verdaderamente prodigiosa y divina, únicamente al alcance para Dios. En efecto, mediante la cruz el Señor va modelando a sus elegidos, purificando sus malas inclinaciones y poniendo freno a la sensualidad viciosa que a todos nos asalta en mayor o menor grado. La cruz nos enseña también la paciencia, la resignación y la conformidad con la Divina Voluntad en medio de los dolores y sufrimientos, a imitación de Cristo Jesús en su Pasión y Muerte. Entonces uno comprende que si sufre mucho, más aún sufrió por él Cristo, y además sin quejarse, sino dando gracias al Padre eterno por haberle destinado para ser crucificado y escarmentado.



La cruz nos humilla, esto es, nos hace humildes, de lo cual todos tenemos tanta necesidad, y hace que tomemos conciencia de lo miserables que seríamos si Dios no nos sostuviera, pues todo el que se humilla voluntariamente hasta el fondo se hace fiel imitador de Cristo y merece por ello ser consolado por las gracias divinas.



Y no menos importante es la tarea que realiza la cruz en todas y cada una de las almas predestinadas, pues la cruz las va separando cada vez más del mundo y su inmundo espíritu, que sabemos es un espíritu de soberbia, concupiscencia y rebeldía, los trazos principales de Satanás el demonio, llamado el príncipe de este mundo por Jesucristo. (Juan 12:31).



Gracias a la cruz, los que fueron, son y serán salvos crucifican su carne y su voluntad, muriendo al mundo, al demonio y a la carne, entrando así en la senda angosta que conduce hasta la puerta estrecha de la salvación.



Gracias a la cruz, se salvan los que se salvan, y también se condenan los réprobos, porque no quisieron aceptar la cruz que la Providencia les envió y renegaron de ella, buscando siempre satisfacer su orgullo y su sensualidad culpables.



Dichosos los que esto entiendan y acepten la cruz particular que el Buen Dios les dio al nacer, pues deberán morir en ella a la vista del mundo incrédulo para resucitar después en la vida eterna.


+A.M.D.G.+





LA CRUZ DE CRISTO ES EL MAYOR HONOR DE UN CRISTIANO

 



LA CRUZ DE CRISTO ES EL MAYOR HONOR DE UN CRISTIANO


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




Comenzamos las meditaciones cuaresmales de 2026 con el tema principal de nuestra santa Fe Católica, apostólica y romana: la Cruz gloriosa de N.S.J.C.




Todos los Padres de la Iglesia, los Santos Pontífices, los Doctores de la Fe, los mártires, los confesores y las santas vírgenes atestiguan al unísono que el árbol de la Cruz es el más hermoso y frondoso de todos, pues en el Cielo los bienaventurados gozan del grado de gloria que la Divina Providencia tuvo a bien otorgarles gracias a los dolores y sufrimientos que tuvieron que padecer en esta vida mortal por amor a Cristo Ntro. Señor. En este sentido, podemos afirmar sin miedo a errar que el grado de gloria que los predestinados disfrutan en la otra vida corresponde fielmente al valor de las cruces particulares que cada uno de ellos tuvo que soportar pacientemente durante el tiempo de su peregrinación por la tierra.




Por tanto, se engañan aquellos principiantes e incontinentes espirituales que únicamente ansían gozos y consolaciones en esta vida, como si ya hubieran salvado sus pobres almas y no les quedara nada más por sufrir. De semejante falso misticismo debemos pedir al Señor que nos libre, pues los éxtasis y arrobamientos egoístas no casan bien con la senda estrecha que todos los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos deben soportar mientras están en este valle de lágrimas.




Cuando alguien nos venga hablando de una falsa paz interior que aleja cualquier pena y dolor, es un signo más que notorio de que ese tal es un falso profeta, del cual debemos huir a toda prisa, pues la característica principal de los falsos profetas es prometer paz y seguridad a cualquier precio y sin importar su origen.




No, en vez de pedir a Dios placeres y disfrutes, el verdadero discípulo de Cristo se afanará por descubrir cuál sea la cruz personal que el Padre Eterno quiso darle, y una vez la haya encontrado, debe abrazarla y amarla como el Divino Maestro e innumerables Santos hicieron, pues la Cruz es sin duda alguna el pasaporte y la seña de identidad de todos los que ansían imitar a Jesús y seguirle hasta la muerte.




Quien se escandalice de la Cruz de Jesucristo no es digno de Él; del mismo modo, quien proteste y se niegue a cargar con su propia cruz, tampoco heredará la vida eterna. Por eso Cristo nos dijo que son muchos los que transitan por la vía ancha y deslumbrante que conduce irremediablemente al infierno, pero sin embargo tan pocos los que caminan por la senda angosta que lleva a la puerta estrecha de la salvación. Y no debe extrañarnos, pues todo en este mundo conspira contra la Cruz y sus seguidores.




El mundo, el demonio y la carne son los tradicionales enemigos del alma, y nunca han estado tan exaltados y desatados como hoy, cuando la santa Iglesia Católica ha sido vilmente eclipsada por una abominable secta herética y apóstata que ha ocupado todas sus estructuras visibles desde el infausto conciliábulo Vaticano 2, que fue la gran apostasía bíblica.




Dicha secta es la gran Ramera del Apocalipsis, también llamada Babilonia la grande en la Sagrada Escritura, y promete a todos sus miembros, grandes y pequeños, una falsa paz y un falso cielo que no existen, pues ya nos advirtió el divino Redentor que en los últimos tiempos surgirían muchos falsos cristos y falsos profetas que engañarían al gran número de almas con sus fábulas y cuentos de vieja.




La mayor herejía y el más dañino engaño que esa secta infernal difunde en todo el orbe es la salvación universal incondicional para prácticamente todos, sin importar su credo o la ausencia del mismo, y presentando a Dios como a un padre bonachón y tontorrón que no se entera de nada y todo lo pasa por alto, lo cual es una odiosa blasfemia y un insulto a la divina majestad de la Trinidad Beatísima.




Por eso debemos alejarnos de esa infame prostituta y escondernos en los peñascos y desiertos, con lo cual se significa la soledad y la insignificancia del pequeñísimo número de los últimos elegidos por Dios para salvarse.




Bebamos de las fuentes del divino Crucificado, gustemos el amargo sabor del dolor y el desprecio de todos, sepamos aguantar los golpes y maltratos de los mundanos varonilmente, sin blasfemar ni albergar deseos de venganza, antes bien rogando por todos esos pobres desgraciados que nos contrarían, pues en verdad tienen necesidad de que alguien ore por ellos, ya que caminan a paso agigantado hacia el abismo de fuego eterno sin que lleguen siquiera a sospecharlo.




Benditos los que esto comprendan y pongan en práctica, ofreciendo sus dolores, enfermedades, contrariedades, lágrimas y sinsabores al Buen Dios y a María Santísima, para mayor honra y gloria de Dios y por la conversión de los pobres pecadores.




Y seamos agradecidos con Dios Uno y Trino por haberse fijado en nuestra pequeñez y habernos dado una cruz para poder imitar al Hijo de Dios.




+A.M.D.G.+



                                                        



SERMÓN PARA EL VIERNES SANTO (Santo Cura de Ars)

 



EL PECADO RENUEVA LA PASIÓN DE JESUCRISTO

Santo Cura de Ars




VIERNES SANTO

Prolapsi sunt: rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.
Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos.

(S. Pablo a los Hebreos, IV, 6.)



¿Podemos concebir un crimen más horrible que el de los judíos al dar muerte al Hijo de Dios, a aquel que estaban esperando desde hacía cuatro mil años, al que había sido la admiración de los profetas, la esperanza de los patriarcas, el consuelo de los justos, la alegría del cielo, el tesoro de la tierra, la felicidad del universo? Pocos días antes le recibieron triunfalmente al entrar en ,Jerusalén, manifestando con ello claramente que le reconocían por el Salvador del mundo. Decidme, ¿es posible que, a pesar de todo esto, quieran darle muerte, después de haberle llenado de toda suerte de ultrajes? ¿Que daño les había causado, pues, este divino Salvador? O mejor, ¿qué bien dejaba de otorgarles, al bajar a librarlos de la tiranía del demonio, a reconciliarlos con su Padre celestial, ya abrirles las puertas del cielo que el pecado de Adán había cerrado? ¡Ay!, ¡de qué no es capaz el hombre cuando se deja cegar por sus pasiones!. Pilato dejó escoger a los judíos entre dar libertad a Jesús o a Barrabás, que era un criminal. Y ellos libertaron al malhechor cargado de crímenes y pidieron la muerte de Jesús, que era la misma inocencia, y más aún, su Redentor! ¡Oh, Dios mío!, ¡qué elección tan indigna! Os admira, y razón tenéis para ello; sin embargo, si me atreviese, os diría que nosotros, siempre que pecamos, hacemos parecida elección. Y para mejor hacéroslo sentir, voy ahora a mostraros cuán grande sea el ultraje que hacemos a Jesucristo al preferir el camino donde nos guían nuestras inclinaciones al camino que conduce a Dios.




Sí, la malicia humana nos ha dado medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, no sólo de una manera tan cruel como los judíos, sino además de una manera sacrílega y horrible. Mientras vivió en este mundo, Jesucristo: no tuvo más que una vida por perder y sólo en un Calvario fue crucificado; pero, desde su muerte, el hombre, con sus pecados, le ha hecho hallar tantas cruces cuantos son los corazones que palpitan sobre la tierra. Para mejor convenceros de ello, mirémoslo más de cerca. ¿Qué observamos en la Pasión de Jesucristo? ¿No es, por ventura, un Dios traicionado, abandonado hasta por sus discípulos; un Dios puesto en parangón con un infame criminal: un Dios expuesto al furor de la soldadesca y tratado como un rey de burlas? No me negaréis que todo esto resultaba en gran manera humillante y cruel en la muerte del Salvador. Sin embargo, no vacilo en afirmaros que lo que sucede todos los días entre los cristianos, es aún más sensible a Jesucristo que cuanto pudieron hacerle sufrir los judíos.




1.° No ignoro que Jesucristo fue traicionado y abandonado por sus apóstoles; tal vez ésta fue la llaga que más sensiblemente hirió su corazón lleno de bondad. Mas os diré también que, por la malicia del hombre y del demonio, esta tan dolorosa llaga es renovada todos los días por un gran número de malos cristianos. Si Jesucristo nos ha dejado en la santa Misa el recuerdo y el mérito de su pasión, ha permitido también que hubiese hombres que, con todo y ser cristianos y por lo tanto discípulos suyas, no vacilasen en traicionarle en cuanto se les ofreciese ocasión. No tienen escrúpulo en renunciar al bautismo y en renegar de su fe; y ello solamente por el temor de ser objeto de burla y menosprecio por parte de algunos libertinos o ignorantes. A esta clase pertenecen las tres cuartas partes de la gente de nuestros días, en extremo temerosas de mostrar sus convicciones cristianas a la faz del mundo. Pues bien, es como si abandonásemos a nuestro Dios, cuantas veces omitimos las oraciones de la mañana o de la noche, siempre que faltamos a la santa Misa... Hemos abandonado también a Dios, desde el momento en que ya no frecuentamos los Sacramentos. ¡Ah! Señor, ¿dónde están los que os permanecen fieles y os siguen hasta el Calvario?... A la hora de su Pasión, preveía ya Jesucristo cuán pocos serían los cristianos que iban a seguirle a todas partes, cuán pocos estarían dispuestos a arrostrar toda suerte de tormentos y la misma muerte antes que mostrasen valor para acompañarle hasta el Calvario. Mientras Jesucristo colmaba de favores a sus discípulos, ellos estaban dispuestos a sufrir. Así obraron San Pedro y Santo Tomás; mas, llegado el momento de la prueba, todos huyeron, todos le abandonaron. Retrato perfecto de muchísimos cristianos que no dejan de formular muy buenos propósitos; mas, a la menor dificultad, abandonan a Dios ; no reconocen su existencia ni su providencia; una pequeña calumnia, la más insignificante injusticia de que sean victimas, una enfermedad demasiado larga, el temor de perder la amistad de cierta persona de la cual han recibido o esperan recibir algún favor, les hace olvidar la religión y sus preceptos; la dejan a un lado y llegan hasta enojarse contra los que la observan fielmente. Todo lo echan a la mala, maldicen a las personas que consideran como causantes del daño que experimentan. ¡Dios mio, cuantos desertores! ¡Cuan raros son los cristianos que, como la Santisima Virgen, esten dispuestos a seguiros hasta el Calvario! ...




Me preguntareis, empero: ¿Cómo llegaremos a conocer si seguimos verdaderamente a Jesucristo? Nada más fácil. Cuando observáis fielmente los mandamientos. Se nos ordena que por la mañana y por la noche nos encomendemos a Dios con gran respeto: pues bien, ¿lo hacéis vosotros, poniéndoos de rodillas, antes de comenzar el trabajo con el deseo de agradar a Dios y salvar vuestra alma ? O, por el contrario, ¿lo practicáis solo por costumbre, por rutina, sin pensar en Dios, sin atender a que estáis en peligro de perderos, y por consiguiente, muy (falta una línea en el original) cerca de vuestra condenación ? Los preceptos de la Ley de Dios os prohíben trabajar en días festivos. Pues bien, mirad si lo habéis observado fielmente, si habéis empleado santamente el día del domingo, dedicándoos a la oración, a confesar vuestros pecados, a fin de evitar que la muerte os sorprenda en un estado que os conduzca al infierno. Examinad la manera como asistís a la Santa Misa, y ved si habéis estado siempre bien penetrados de la grandeza de aquel acto, si habéis considerado que es el mismo Jesucristo, como hombre y como, Dios, quien esta realmente presente en el altar. ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios, y de la consumación de igual sacrificio? ¿Testimoniasteis a Dios el pesar que sentíais por haberle ofendido y le dijisteis que, con el auxilio de su gracia, en lo venidero preferiríais la muerte al pecado? ¿Hicisteis siempre cuanto estaba de vuestra parte para merecer los favores que Dios tuvo a bien concederos? ¿Le habéis pedido la gracia de saberos aprovechar de los sermones que tenéis la suerte de oír, y cuyo objeto no es otro que el de instruiros acerca de vuestros deberes para con Dios y para con el prójimo? Los mandamientos Os prohíben jurar en vano: mirad que palabras salen de vuestra boca, consagrada a Dios por el bautismo; examinad si habéis jurado falsamente por el santo nombre de Dios, si habéis proferido malas palabras, etcétera. Nuestro Señor, en uno de sus preceptos, os ordena amar y reverenciar a los padres, etc., etc. Decís que sois hijos de la Iglesia: ved si cumplís lo que ella os ordena...



                




Si somos fieles a Dios cual la Santísima Virgen, no temeremos al mundo, ni al demonio ; estaremos prestos a sacrificarlo todo, incluso nuestra vida. Aquí vais a ver un ejemplo de ello. La historia nos cuenta que, después de la muerte de San Sixto, todos los bienes de la Iglesia fueron confiados a San Lorenzo. El emperador Valeriano llamó al Santo y le ordenó la entrega de todos aquellos tesoros. San Lorenzo, sin inmutarse, pidió al soberano un plazo de tres días. En aquel lapso, reclutó a cuantos ciegos, cojos y toda clase de pobres y enfermos le fue posible, seres todos llenos de miseria y cubiertos de llagas. Pasados los tres días, San Lorenzo los presentó al emperador diciéndole que allí estaba todo el tesoro de la Iglesia. Valeriano, sorprendido y espantado al hallarse en presencia de aquella turba que parecía reunir en sí todas las miserias de la tierra, se enfureció, y dirigiéndose a sus soldados, les ordenó prendiesen a Lorenzo y le cargasen de hierros y cadenas, reservándose el placer de hacerle morir con muerte lenta y cruel. En efecto, hízole azotar con varas; hízole desgarrar la piel y experimentar toda suerte de tormentos: el Santo se regocijaba con tales torturas; al verlo Valeriano, fuera de sí, hizo preparar una cama de hierro sobre la cual mandó fuese tendido Lorenzo; luego ordenó se encendiese debajo un fuego suave a fin de asarle despacio, para que su muerte fuese más lenta y cruel. Cuando el fuego hubo ya consumido una parte de su cuerpo, San Lorenzo, burlándose siempre de los suplicios, volvióse hacia el emperador, y, con semblante risueño y radiante, le dijo: «¿No ves que mi carne está ya bastante asada de un lado?. Vuélveme, pues, del otro, a fin de que sea igualmente gloriosa en el cielo.» Por orden del tirano, los verdugos volvieron entonces al mártir del otro lado. Pasado algún tiempo, San Lorenzo habló así al emperador: «Mi carne está suficientemente asada, puedes ya comer de ella.» ¿No reconocéis aquí a un cristiano que, imitando a la Virgen Santísima y a Santa Magdalena, sabe seguir a su Dios hasta el Calvario? ¡Ay! ¿Qué será de nosotros, cuando Nuestro Señor nos ponga en parangón con aquellos santos, que prefirieron sufrir toda suerte de tormentos antes que hacer traición a su religión y a su conciencia.




2.° Mas no nos contentamos con abandonar a Jesucristo, como los apóstoles, que, después de haber recibido innumerables favores y cuando el Maestro más necesitado estaba de consuelo, huyeron. ¡Ay!, ¡cuántos son los que osan dar preferencia a Barrabás, es decir, les gusta más seguir al mundo y sus pasiones, que a Jesucristo con la cruz a cuestas! ¡Cuántas veces le hemos recibido en son de triunfo en la sagrada mesa, y poco tiempo después, seducidos por nuestras pasiones, hemos preferido a ese Rey, ora un placer momentáneo, ora un vil interés, tras el cual andamos, a pesar de nuestros remordimientos de conciencia! ¡Cuántas veces, hemos estado vacilando entre la conciencia y las pasiones, y en semejante lucha hemos ahogado la voz de Dios, para no oír más que la de nuestras malas inclinaciones! Si dudáis de ello, escuchadme un momento, y vais a comprenderlo con toda claridad. Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interior mente: «¿ Qué vas a hacer?... He aquí tu placer por un lado y a tu Dios por otra; es imposible agradar a ambos al, mismo tiempo: ¿ por cuál de los dos te vas a declarar?... Renuncia o a tu Dios o a tu placer». ¡Ay!, ¡Cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos : nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestras pasiones ! ¡ Cuántas veces hemos dicho: «¡Quiero mis placeres» ! Nuestra conciencia nos ha advertido: «Mas, ¿qué será de tu Dios ?» - «No me importa lo que va a ser de mi Dios, responden las pasiones; lo que quiero es gozar.» - «No ignoras, nos dice la conciencia, mediante los remordimientos que nos sugiere, que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios.» - «¿Qué me importa, replican las pasiones, que sea crucificado mi Dios, con tal que satisfaga yo mis deseos? - Mas ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, te has arrepentido después, y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!» - Mas la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: «¡Mi placer, he aquí mi razón: Dios es el enemigo de mi placer, sea, pues, crucificado!» - « ¿Preferirás a tu Dios el placer de un instante? » - « Sí, clama la pasión, venga lo que viniere a mi alma y a mi Dios, con tal que pueda yo gozar.»




Y aquí tenéis, lo que hacemos cuantas veces pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que nos es imposible desear y cometer un pecado, sin que perdamos a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma. ¿No es verdad, que, cuantas veces estamos a punto de caer en pecado, oímos una voz interior que nos invita a detenernos, diciéndonos que de lo contrario vamos a perdernos y a dar muerte a nuestro Dios? Podemos afirmar muy bien que la pasión que los judíos hicieron sufrir a Jesucristo era casi nada comparada con la que le hacen soportar los cristianos, con los ultrajes del pecado mortal. Los judíos antes que a Jesús prefirieron un criminal que había cometido muchos asesinatos; y ¿qué hace el cristiano pecador?... Ni tan sólo es un hombre el objeto que pone por encima de su Dios, sino, digámoslo con pena, un miserable pensamiento de orgullo, de odio, de venganza o de impureza; un acto de gula, un vaso de vino, una ganancia miserable que tal vez no llega a dos reales; una mirada deshonesta o alguna acción infame: ¡ved lo que antepone al Dios de toda santidad! Desgraciados, ¿qué hacemos? ¡Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado!.., ¡ Hasta tal punto osamos llevar nuestro furor contra un Dios que tanto nos amó !...




                              




No nos admire que los Santos, que conocían la magnitud del pecado, prefirieran sufrir cuanto pudo inventar el furor de los tiranos, antes que caer en él. Vemos de ello un admirable ejemplo en Santa Margarita. Al ver su padre, sacerdote idólatra de gran reputación, que era cristiana y que no lograba hacerle renunciar a su religión, la maltrató de la manera más indigna y arrojóla después de su casa. No se desanimó por ello Margarita, sino que, a pesar de la nobleza de su origen, resignose a llevar una vida humilde y oscura al lado de su nodriza, la cual, ya desde su infancia, le había inspirado las virtudes cristianas. Cierto prefecto del pretorio llamado Olybrio, prendado de su belleza, mandó que fuese conducida a su presencia, a fin de inducirla a renegar de su fe, para casarse después con ella. A las primeras preguntas del prefecto, le respondió que era cristiana, y que permanecería constantemente esposa de Cristo, Irritado Olybrio por la respuesta de la Santa, mandó, a los verdugos la despojasen de sus vestiduras y la tendiesen sobre el potro de tormento. Puesta allí, la hizo azotar con varas, con tanta crueldad que la sangre manaba de todos sus miembros. Mientras se la atormentaba, la invitaban a sacrificar a los dioses del imperio, representándole cómo su tenacidad le haría peder su hermosura y su vida. Pero, en medio de los tormentos, ella exclamaba: «No, no, jamás por unos bienes perecederos y por unos placeres vergonzosos dejaré a mi Dios. Jesucristo, que es mi esposo, me tiene bajo su cuidado, y no me abandonará». Al ver el juez aquel valor, al que él llamaba terquedad, hízola golpear tan cruelmente que, a pesar de sus bárbaros sentimientos, veíase obligado a apartar la vista del espectáculo. Temiendo que ella no sucumbiese a tales tormentos, ordenó conducirla a la prisión. Allí aparecióse a la joven el demonio en forma de dragón que parecía quererla devorar. La Santa hizo la señal de la cruz, y el dragón reventó a sus pies. Después de aquella terrible lucha vió una cruz brillante como un foco de luz, encima de la cual volaba una paloma de admirable blancura. Con ello sintióse la Santa en gran manera fortalecida. Pasando algún tiempo, viendo aquel juez inicuo que, a pesar de las torturas, de las que los mismos verdugos estaban asustados, nada podía lograr de ella, mandóla degollar.




Pues bien, ¿imitamos a Santa Margarita, cuando anteponemos un vil interés a Jesucristo? ¿Cuándo optamos por quebrantar los preceptos de la ley de Dios o de la Santa Iglesia antes que desagradar al mundo? ¿Cuándo, para complacer a un amigo impío, comemos carne en los días prohibidos? ¿Cuando, para servir a un vecino, no tenemos escrúpulo en trabajar o en prestar nuestros animales de trabajo el santo día del domingo? ¿Cuándo, para no desagradar a algún amigo, empleamos buena parte del día festivo, tal vez las mismas horas de las funciones religiosas, en la taberna o en la casa de juego? ¡Ay!, los cristianos dispuestos a imitar a Santa Margarita, o sea a sacrificarlo todo, sus bienes y su vida, antes que desagradar a Jesucristo, son tan raros como los escogidos, es decir, como los que irán al cielo. ¡Cuánto ha cambiado el mundo, Dios mío!



3.° Os he dicho que Jesucristo fue abandonado a los insultos de la plebe, y tratado como un rey de burlas por una comparsería de falsos adoradores. Mirad a aquel Dios que no pueden contener el cielo y la tierra, y de quien, si fuese su voluntad, bastaría una mirada para aniquilar el mundo: le echan sobre las espaldas un manto de escarlata; ponen en sus manos un cetro de caña y ciñen su cabeza con una corona de espinas; y así es entregado a la cohorte insolente de la soldadesca. ¡Ay!, ¡en qué estado ha venido a parar Aquel a quien los ángeles adoran temblando! Doblan ante Él la rodilla en son de la más sangrienta burla; arrebátanle la caña que tiene en la mano, y golpéanle con ella la cabeza. ¡Oh!, ¡qué espectáculo! ¡Oh!, cuánta impiedad!... Mas es tan grande la caridad de Jesús, que a pesar de tantos ultrajes, sin dejar oír la menor queja, muere voluntariamente para salvarnos a todos. Y no obstante, este espectáculo, que no podemos contemplar sino temblando, se reproduce todos los días por obra de un gran número de malos cristianos.




Consideremos la manera cómo se portan esos infelices durante los divinos oficios; en la presencia de un Dios que se anonadó por nosotros, y que permanece en nuestros altares y tabernáculos para colmarnos de toda suerte de bienes, ¿qué homenaje de adoración le tributan? ¿No es por ventura peor tratado Jesucristo por los cristianos que par los judíos, quienes no tenían, como nosotros, la dicha de conocerle?. Ved aquellas personas comodonas: apenas si doblan una rodilla en el momento más culminante del misterio; mirad las sonrisas, las conversaciones, las miradas a todos los lados del templo, los signos y muecas de aquellos pobres impíos e ignorantes: y esto es sólo lo exterior; si pudiésemos penetrar hasta el fondo dé sus corazones, ¡ay!, ¡cuántos pensamientos de odio, de venganza, de orgullo! ¿Me atreveré a decirlo, que los más abominables pensamientos impuros corrompen quizás todos aquellos corazones? Aquellos infelices cristianos no usan libros ni rosarios durante la santa Misa, y no saben cómo emplear el tiempo que dura su celebración; oidles cómo se quejan y murmuran por retenérseles demasiado tiempo en la santa presencia de Dios. ¡Oh, Señor!, ¡cuántos ultrajes y cuántos insultos se os infieren, en los momentos mismos en que Vos con tanta bondad y amor abría las entrañas de vuestra misericordia¡ ... No me admiro de que los judíos llenasen a Jesucristo de oprobios, después de haberle considerado como un criminal, y creyendo realizar una buena obra; pues «si le hubiesen conocido, nos dice San Pablo nunca habrían dado muerte al Rey de la gloria» (I Cor., II, 8.). Mas los cristianos, que con tanta certeza saben que es el mismo Jesucristo quien está sobre los altares, y conocen cuánto le ofende su falta de respeto y comprenden el desprecio que encierra su impiedad! ... ¡Oh, Dios mío! y, si los cristianos no hubiesen perdido la fe, ¿podrían comparecer en vuestros templos sin temblar y sin llorar amargamente sus pecados? ¡Cuántos os escupen el rostro con el excesivo cuidado de adornar su cabeza; cuántos os coronan de espinas con su orgullo; cuántos os hacen sentir los rudos golpes de la flagelación, con las acciones impuras con que profanan su cuerpo y su alma! ¡Cuántos¡ ¡ay! os dan muerte con sus sacrilegios; cuántos os retienen clavado en la cruz, obstinándose en su pecado! ... ¡Oh, Dios mío!, ¡cuántos judíos volvéis a encontrar entre los cristianos! ...





4.° No podemos considerar sin temblor lo que sucedió al pie de la cruz: aquel era el lugar donde el Padre Eterno esperaba a su Hijo adorable para descargar sobre Él todos los golpes de su justicia. Igualmente, podemos afirmar que es al pie de los altares donde Jesucristo recibe los más crueles ultrajes. ¡Ay!, ¡Cuántos desprecios de su santa presencia! ¡Cuántas confesiones mal hechas! ¡Cuántas misas mal oídas! ¿Cuántas comuniones sacrílegas? ¿No podré deciros yo como San Bernardo: "¿que pensáis de vuestro Dios, cuál es la idea que de Él tenéis»? Desgraciados, si tuvieseis de Él el concepto que debéis, ¿osarías venir a sus pies para insultarle? Es insultar a Jesucristo acudir a nuestras templos, ante nuestros altares, con el espíritu distraído y ocupado en los negocios mundanos; es insultar a la majestad de Dios comparecer en su presencia con menos modestia que en las casas de los grandes de la tierra. Le ultrajan también aquellas señoras y jóvenes mundanas que parecen venir al pie de los altares sólo para ostentar su vanidad, atraer las miradas y arrebatar la gloria y la adoración que sólo a Dios son debidas. Dios lo aguanta con paciencia, mas no por eso dejará de llegar la hora terrible... Dejad que llegue la eternidad...




Si en la antigüedad Dios se quejaba de la infidelidad de su pueblo, porque profanaba su santo Nombre, ¡cuáles serán las quejas que tendrá ahora para echarnos en cara, cuando, no contentos con ultrajar su santo Nombre con blasfemias y juramentos que hacen temblar el infierno, profanamos el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de su Hijo!... Dios mío, ¿a qué os veis reducido?.. En otro tiempo no tuvisteis más que un calvario, pero ahora, ¡tenéis tantos cuantos son los malos cristianos!...




¿Qué sacaremos de todo esto, sino que somos realmente unos insensatos al causar tales sufrimientos a un Salvador que tanto nos amó? No volvamos a dar muerte a Jesucristo con nuestros pecados, dejemos que viva en nosotros, y vivamos también en su gracia. De esta manera nos cabrá la misma suerte que cupo a cuantos procuraron evitar el pecado y obrar el bien guiados solamente por el anhelo de agradarle.