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LA ENVIDIA ESPIRITUAL DE LAS ALMAS MEDIOCRES

 



LA ENVIDIA ESPIRITUAL DE LAS ALMAS MEDIOCRES


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




Hoy tenemos que hablar de un fenómeno lamentable y desagradable, pero que no podemos obviar. Nos referimos a la maldita envidia espiritual que mueve a ciertas almas mediocre y que tantos estragos causa entre quienes han sido llamados o elegidos por Dios Uno y Trino.




No es un asunto grato para nadie, pero debemos clamar contra esos espíritus hipócritas que revisten al mal con apariencia de bien para así poder destilar mejor su malicia ante los incautos. Y algunos incluso se camuflan detrás del Magisterio infalible de los Vicarios de Cristo para evitar ser descubiertos y reprendidos, pero nada hay que deba permanecer oculto para quienes han recibido la luz del Espíritu Santo y poseen el raro don del discernimiento de los espíritus.




Las almas mediocres se caracterizan por vivir en un estado permanente de tibieza espiritual, es decir, no son ni calientes ni frías espiritualmente hablando, lo cual es odioso a ojos del Altísimo y merece su reprobación, como leemos claramente en Apocalipsis 3:15-16, donde Jesucristo exige de sus discípulos un compromiso total y rechaza la indiferencia y la doblez tan típica de los escribas y los fariseos que fueron, no lo olvidemos, los que provocaron la crucifixión y muerte del Hijo de Dios.




Son almas acostumbradas al ritualismo y el formulismo vacíos de la verdadera piedad y contrición, pero muy llenos de largas oraciones vocales recitadas de modo casi frenético y automatizado, sin jamás profundizar en el auténtico significado de lo que se está rezando y sin considerar la tremenda santidad y majestad de Aquél a quien se dirigen dichas oraciones.




Nuestro Dios es un Dios de paciencia y compasión hacia sus pobres criaturas humanas, hechas por Él y redimidas por Su divino Hijo al morir en la Cruz por todos nosotros. Es un Dios que, pese a ser espíritu y verdad, posee un corazón amantísimo y tiernísimo, un corazón de carne, y no se complace en la muerte y el sufrimiento de los impíos (Ezequiel 18:23-24), sino que busca siempre el arrepentimiento y la conversión de sus hijos adoptivos mediante las santas inspiraciones que la gracia derrama en nosotros a través del Espíritu Santo Paráclito.




Sin embargo, las almas mediocres se han erigido en una especie de tribunal rabínico y se creen autorizadas para anatematizar y censurar a quienes no comulgan con sus pesadas ruedas de molino. Pero en el fondo son cobardes y tienen miedo, se sienten aterrorizadas de ser descubiertas y denunciadas por su increíble hipocresía.




Y no sólo eso, sino que las almas mediocres suelen pecar de envidia, no de una cualquiera sino de la peor especie, la envidia espiritual. Este insidioso defecto consiste en sentir celos y animosidad hacia otras almas que han sido bendecidas con diversos dones y carismas, los cuales deberían ser puestos al servicio del conjunto del Cuerpo Místico para que todos se enriquecieran y se beneficiaran de los frutos del Espíritu Santo, pero que por culpa de la envidia de los hipócritas y los fariseos de ayer y de hoy casi nunca llegan a ver la luz.




Un ejemplo de la mezquindad de dichas almas fue experimentado por quien escribe esta meditación, cuando el domingo pasado una de esas almas aviesas me escribió en privado para insinuarme de manera muy astuta, pero decididamente con enorme malicia, que sería mejor que yo cesara en publicar mis propias meditaciones espirituales y compartirlas en un blog, pues según esa hipócrita, san Alfonso María de Ligorio, el P. Lapuente, el santo cura de Ars y otros tantos santos y doctores de la Iglesia, nos han dejado unos sermones maravillosos para todos los tiempos litúrgicos. Por tanto, una meditación elaborada por mí no podría dar, según ella, los mismos frutos espirituales en las almas que las que nos han dejado tantos Santos de la Iglesia. Nótese la formidable doblez de esta persona al intentar cubrirse detrás de los Santos y los Doctores de la Iglesia para así poder lanzar sus envenenados dardos contra mí de manera más "legal" y "autorizada".




Pero eso no fue todo, sino que además insistió a continuación en que ella no tenía "muy claro que un seglar sin formación doctrinal acreditada y sin la aprobación de un obispo católico -que hoy no hay- deba mandar a otras personas contenidos espirituales para hacer oración". Con lo cual la malicia farisaica de semejante mujer quedaba expuesta a ojos de todos, pues en el fondo lo que a ella le molestaba es que yo intentara transmitir el fuego sagrado del amor a la Verdad mediante una serie de meditaciones sobre la Cruz de Cristo y la importancia de llevar nuestra propia cruz de manera digna. Eso era en realidad lo que a ella le molestaba, por mucho que intentara ampararse en el testimonio de los Santos e incluso recurrir a la Jerarquía para acallar mi voz.




Sin embargo, sus perversas intenciones fueron frustradas cuando le contesté que yo fui objeto de una providencial revelación privada hace casi 31 años en la que Dios Espíritu Santo me reveló que "caía bajo el influjo de un amor sacrificado y secreto", y también que yo poseía un raro don, el cual se concede "pocas veces en la vida", cual era el de "gozar de profundidad de visión del mundo", ante lo cual el Paráclito me intimaba a "lucirme" para la mayor honra y gloria de Dios, y para el bien de otras almas.




De modo que todo cuanto escribo está justificado y bendecido por el Señor, así que bien harían esos desgraciados hipócritas en callarse y humillarse, o de lo contrario encontrarán siempre mi testimonio que clamará contra ellos de manera atronadora.




+A.M.D.G.+



                                





Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (8)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA

(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XV. Pero, diréis, ¿no hay remedios para este mal que era tan poco conocido para nosotros? Sí, hermanos míos; aplicaos para recordarlos. El primer remedio será el desacato a la propiedad de este mundo. ¿Quieres saber, dice el Papa San Gregorio, de dónde viene que estemos sujetos a la envidia? Es que siendo finitas y limitadas las cosas de este mundo, cuanto más numerosos son los que las poseen, más pequeña es la parte que corresponde a cada uno. Entonces, si queremos estar libres de la envidia, desapeguémonos, dice el Santo, de estos bienes terrenales, aspiremos a los bienes eternos y celestiales, y a la gloria del paraíso. Estos bienes y esta felicidad son de tal naturaleza que cada uno de los Bienaventurados los poseerá íntegramente, sin disminución y sin compartirlos, durante la eternidad. Todos los santos en el cielo abundan de alegría y gozo, y la felicidad de algunos, lejos de restar una parte sólo aumenta la de las demás. ¡Que todos nuestros pensamientos y deseos sean sin cesar dirigidos a esta feliz estancia!


XVI. La segunda forma de resistir a la envidia es animarnos de santa caridad los unos hacia los otros. Somos todos, como habéis oído, miembros de Jesucristo; todos somos sus hermanos, todos somos con Él los herederos del reino celestial: debemos, por tanto, como nos recomienda el Apóstol, alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran. Debemos tener para con el prójimo esta misma caridad, esta misma compasión que los miembros de nuestro cuerpo tienen entre sí unos con otros. Cuando una espina se hunde en el pie, dice San Agustín, inmediatamente el ojo nota el lugar y se lo indica a la mano, que arranca esta espina, detiene la sangre y cura la herida. Actuemos igual con nuestro prójimo. En una palabra, dejemos que reine entre nosotros la caridad más sincera, y desterraremos la envidia de nuestro corazón.


XVII. El tercer y último remedio, que incluye todos los demás, será eliminar por completo las dos fuentes funestas de la envidia, que son la soberbia y el amor propio. Entremos en sentimientos bajos de nosotros mismos, y concibamos la máxima estima por los demás. Regocijémonos en todos los bienes y todas las ventajas que a Dios le plazca conceder a nuestro prójimo. Alegrémonos de sus méritos, de su gloria, de sus virtudes, como de nuestro propio bien. Si de vez en cuando nos asalta la envidia, seamos lo suficientemente generosos para pedir a Dios que se digne colmar a nuestro prójimo. de todo tipo de felicidad y prosperidad, y veremos a este monstruo caer a nuestros pies. Y Vos, Señor, digna ayudarnos con vuestra gracia a destruir en nosotros toda autoestima ; inspíranos esa santa caridad que siempre nos mantenga unidos a nuestros hermanos en esta vida, para que podamos disfruta de vuestra gloria en el cielo para siempre.


                                                                           FIN


                                              ***

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (7)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XIII. La envidia es común entre los comerciantes, quienes ven con mal ojo que otros triunfen en sus empresas y en su comercio. La envidia reina también entre los médicos, abogados y los que integran el colegio de jueces, que no pueden ver sin celos el mérito distinguido de quienes ejercen su profesión. La envidia está presente igualmente entre los campesinos, entre los aldeanos que ven con pesar el campo o las vides de sus vecinos mejor cultivadas y más productivas que los de ellos. Reina también entre las mujeres, que no puede tolerar que otras tengan vestidos más ricos y más elegantes, que tengan más espíritu, que obtengan el primer rango en la sociedad, en los círculos sociales o en el baile. Los hermanos entre sí no están libres de envidia; tenemos pruebas en el inocente Abel que se convirtió en la víctima de la envidia de Caín; en el casto José, víctima de la envidia de sus hermanos; no lo mataron como lo habían planeado inicialmente, pero lo vendieron como un esclavo. La envidia penetró incluso en el mismo colegio de los Apóstoles, ya que se dice que concibieron sentimientos, de indignación contra los dos hermanos Santiago y Juan, que habían pedido a Jesucristo los dos primeros lugares en su reino: Indignati sunt de duobus fratribus. ¿Y no es de temer que este vicio se introduzca incluso en el santuario, y que contagie a quienes profesan la virtud y la santidad?



XIV. Lo que más hay que temer en el pecado de la envidia es que las personas que son más culpables de este pecado no lo reconocen en ellos, no se lo reprochan a sí mismos, y no se acusan; por lo tanto, les resulta imposible corregirlo. Muchos cristianos se culpan a sí mismos por transportes de ira, malas palabras, blasfemias, intemperancia, incontinencia; pero ¿quiénes son los que confiesan de envidia? Las personas que quieren pasar por espirituales y los devotos se acusarán de algunas faltas leves, que ni siquiera son errores, como distracciones involuntarias, tentaciones a las que no dieron su consentimiento; pero ¿vemos a muchas de estas personas examinándose seriamente a sí mismas sobre este pecado de la envidia, y que se acusen de él? Pecado de envidia que tal vez sea su pasión dominante. Se suele poner a prueba la paciencia del confesor, pasando horas enteras exponiéndole escrúpulos, perturbaciones de conciencia, y no sentimos ningún remordimiento ante este vicio, no nos preocupamos por él, no pensamos en arrepentirnos y corregirnos ¿Quiénes son los penitentes que vienen a decir sinceramente al confesor: padre, la envidia es un pecado habitual en mí ; siento disgusto por el bien y la prosperidad de mi prójimo, y un gozo secreto en sus desgracias; consiento en ello, y no me esfuerzo en superar este hábito? Cristianos, tengamos cuidado de no equivocarnos en un punto tan esencial. Pocos están exentos de esta debilidad; pocos se culpan a sí mismos y se corrigen; de ahí sucede que la envidia se convierta en un mal casi incurable.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (6)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XI. ¿No es justo que San Agustín llame a la envidia un pecado diabólico? peccatum diabolicum, puesto que los envidiosos hacen precisamente lo que el demonio le hizo a nuestro primer padre. Ardía de rabia y de envidia, al ver que Dios había creado al hombre y lo había rodeado de tanta grandeza y de dicha. ¿Qué hizo entonces Satanás? Usó tantos trucos y artificios, que logró hacerlo caer de su glorioso estado. Esto es precisamente lo que hace el envidioso con su prójimo. Si lo ve elevado y feliz, utiliza todos los medios para hacerlo caer. El diablo ama el mal; además, encuentra su tormento en la felicidad del hombre: esto sigue siendo lo que sucede en el corazón de los envidiosos. San Juan Crisóstomo dice algo más fuerte (Hom. 44. ad pop.), y llega incluso a declarar al envidioso peor que el diablo: Invidi daemonibus pares, immo forte pejores. Pero ¿de que manera es peor la malicia de un envidioso que la del diablo? En esto que, responde el Santo, el envidioso descarga su veneno contra los de su naturaleza y especie, cosa que el demonio no hace. El demonio arde de envidia contra los hombres, los odia, los persigue, pero no siente odio contra los otros demonios. En cambio los hombres se envidian unos a otros, se lamentan por el bien de sus semejantes y se regocijan en sus desgracias: Invicem invidentes, invicem provocantes (Gál. 5. 26). Por tanto, oh hombre envidioso, eres más malvado en un sentido que el demonio, y aparte de su obstinación y su impenitencia, eres más demonio que el demonio mismo. ¿Y no te sonrojas de un vicio tan abominable y tan indigno de tu grandeza?


XII. Y sin embargo, ¿quién lo creería? este vicio diabólico es tan contrario a la humanidad, a la sociedad, a la caridad cristiana, tan detestable a los ojos de Dios, tan cruel con el prójimo, es el vicio de una infinidad de personas, un vicio común entre los hombres. No hay enfermedad más mortal que la peste, y sin embargo, no hay ninguna que se propague tan fácilmente y que infecte a más personas. Asimismo, no hay nada más odioso, más indigno que la envidia, y sin embargo no hay nada que se comunique con tanta facilidad. San Agustín nos asegura que hay muy pocos hombres que estén libres de este vicio. Porque, dice, cada hombre se encuentra en uno de estos tres estados, o igual, o superior o inferior. El igual envidia a su igual, porque lo ve caminando al unísono con él, y le gustaría adelantarse a él. El inferior envidia al superior, porque lo ve más alto que él, y que le gustaría igualarlo. El superior envidia al inferior, porque teme que algún día logre ser igual a él. No hay edad, género, estado, condición o lugar donde la envidia no lleve su veneno. Si vais a la corte de los príncipes, a los palacios de los grandes, encontraréis casi tanta gente envidiosa allí como tantos cortesanos y sirvientes hay. Todos quieren ponerse delante; todos buscan aspirar; todos temen que otros reciban favores especiales; todos buscan suplantar o perder a sus rivales. El profeta Daniel nos proporciona una prueba (14, 30). Fue el ministro más fiel de su rey y lleno de piedad para con Dios. Su misma piedad sirvió como un pretexto para que otros cortesanos lo condenaran; y si Dios no lo hubiera preservado, habría llegado a ser presa de leones y víctima inocente del deseo más infernal.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (5)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


IX. Pero lo que hace que la envidia sea más indigna de un cristiano es que destruye esta admirable caridad que debería unir a los hombres, y que Jesucristo trajo a la tierra, para ser el carácter distintivo de sus verdaderos discípulos. ¿Cuál es el oficio de esta santa caridad? Es, dice San Pablo, alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran: Gaudere cum gaudentibus, et flere cum flentibus. ¿Y esto por qué? Y esto, añade el Apóstol, porque todos somos miembros del mismo cuerpo del cual Jesucristo es cabeza, como en el cuerpo humano descubrimos esta unión, esta simpatía entre todos los miembros que lo componen, de modo que si uno de estos miembros sufre, todos los demás participan en su dolor; y si está sano, todos los demás se alegran; de este modo, todo cristiano debe experimentar sentimientos de tristeza y aflicción, cuando a otros les sucede alguna desgracia o algún mal; y debe regocijarse en la felicidad y prosperidad de sus hermanos al igual que se regocija de su propio bien. Éstos son los sentimientos generosos, nobles y dignos de un verdadero cristiano, y que la caridad debe inspirar. Pero la envidia produce efectos totalmente opuestos.


X. La envidia hace que los hombres se regocijen en lo que debería afligirlos y que se entristezcan por lo que debería alegrarlos. Una persona acaba de entrometerse en vuestros ambiciosos proyectos sin pensar, o tal vez lo hizo a propósito y por buenas razones. ¡Oh Dios! Pero quisieras clavarle el hierro en el pecho para vengarte, quisieras reducirla a la miseria extrema; pero la justicia humana te ata las manos. El deseo y la venganza permanece concentrada en tu corazón; ellos lo roen y lo devoran. Pero este otro no os ha desobedecido; ¿os hizo acaso algún daño? No importa: impulsado por la envidia, os afligís por su fortuna y sentís una alegría secreta y maligna por sus desgracias. Pero éste de aquí,¡ es vuestro amigo, ¿no le habéis dado siempre señales externas de estima y bondad? Sigue sin importar; la envidia hace que externamente le deseéis todo tipo de prosperidad, y que cada uno de sus éxitos sea para vos el motivo de una nueva pena. Le demostráis por fuera que simpatizáis con sus desgracias, pero sus desgracias proporcionan a vuestro corazón materia de gran alegría. ¿Cómo podrían los envidiosos llamarse a sí mismos discípulos de Jesucristo, ya que están tan lejos de practicar la caridad, la cual es su carácter distintivo?

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (4)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


VII. Ahora bien, ¡cuán indigno de un cristiano es tal pecado! ¡Cuán ignominioso es para un discípulo de Jesucristo! Este pecado es tan vil, y los caracteres de infamia que lleva consigo son tales, que aquellos mismos que son más culpables, buscan mostrarse inocentes, porque entienden que no pueden tener envidia, sin violar todas las leyes, naturales, divinas y humanas; lo cual es fácil de concebir. Todo cristiano es un hombre dotado de razón; según la ley natural, debe tener sentimientos de humanidad hacia otros hombres. Todo cristiano es miembro de una comunidad ; según las leyes civiles y humanas, debe mantener la unión y no romper los lazos que le unen a la sociedad. Todo cristiano ha llegado a ser miembro de Jesucristo por la gracia del santo bautismo: por lo tanto está obligado, por esta ley de la gracia, a practicar la caridad hacia los demás miembros del mismo cuerpo. Pero ¿qué humanidad, qué espíritu de unión y de caridad encontraremos nosotros en un envidioso? No puede tener ninguna humanidad hacia otros hombres, puesto que la envidia le reduce a la condición de las fieras salvajes, y lo hace aún más cruel, según San Juan Crisóstomo. ¿Lo dudas? dijo el Santo; aquí está la prueba: a veces se lanzan sobre nosotros bestias feroces; pero esto es cuando las hemos provocado, o cuando son empujadas por el hambre. El envidioso, por el contrario, arremete contra su prójimo sin haber sido provocado ni empujado por ninguna necesidad. No perdona ni a sus amigos, ni siquiera a sus benefactores; el envidioso se entrega a todos los transportes de su vil pasión contra quienes envidia. ¿Puede haber algo más ignominioso para el hombre y más indigno de él, que caer así de la cualidad de un ser razonable y descender hasta la condición animalesca?


VIII. ¿Qué unión puede entonces tener un hombre envidioso con los otros miembros de su comunidad, con los habitantes del mismo país, de la misma ciudad? No puede tener ninguna, porque le gustaría estar solo en el mundo y no puede tolerar ningún competidor ni ningún rival. A este comerciante le gustaría estar solo para negociar, para vender y comprar. Este trabajador, este artesano quisiera hacer todo el trabajo del lugar él mismo. ¡Qué indignidad, qué bajeza del alma! El famoso Casiodoro dijo algo que debería hacer sonrojar a cualquier persona envidiosa. En todos los demás lugares, dijo, encuentro unión; la encuentro incluso entre los pájaros, que hacen un pequeño cuerpo de la sociedad con los de su especie, mas no encuentro esta unión entre hombres. El buitre, que se alimenta de cadáveres, no daña a los pájaros pequeños: los defiende aun contra el halcón que los persigue. Pero no ocurre así con la mayoría de los hombres cuando están animados por el espíritu de la envidia. Sólo buscan engañarse unos a otros. A éste gustaría alcanzar este puesto, este trabajo para el que tiene los talentos necesarios, pero el otro le cierra el camino y le priva de toda esperanza. Éste, por su cansancio y por medios justos y lícitos, trabaja para obtener cosas necesarias para mantener a su familia; el otro está estudiando en secreto cómo logrará arruinarlo. En una palabra, en lugar de la buena armonía que debería existir en la sociedad, sólo veo entre los hombres odio, celos, enemistades y divisiones, hasta el punto de que no perdonan ni siquiera a aquellos de su condición, ni a los miembros de su familia. (Lib. de Am. c.6).

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (3)

 




Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


V. ¿No es eso lo que realmente sucede? Es suficiente para convencernos con considerar la envidia, con el Papa San Gregorio y Santo Tomás (2. 2. qu. 56. a. 4. ad tertium), en su tres grados, es decir, en su principio, en sus medios y en su final. Tan pronto como una persona envidiosa ve a otra persona adquirir gloria o riquezas, se siente consumida por unos celos secretos y el miedo que tiene de verse superada le preocupa y le atormenta. No se detiene ahí; de la preocupación y la tristeza, pasa a buscar los medios para rebajar a su rival; y, para triunfar, utiliza los medios más viles y vergonzosos. Va más allá, acepta sufrir él mismo, hacer sufrir a los demás, como lo hizo este hombre envidioso, que pidió que le privaran de un ojo, con la condición de que le sacaran ambos a su competidor. (!)


VI. ¡Ah! Es con razón que San Cipriano (Serm. de zelo et livore) menciona la envidia como la fuente de los males, el origen de los asesinatos y de una infinidad de crímenes: Invidia es radix malorum, fons cladium et seminarium delictorum. San Gregorio asegura que la malicia de la envidia es mayor que la de muchos otros vicios. Es verdad, dice (Lib. 5. mor. c. 32), que, por medio de todos los demás vicios, la serpiente infernal esparce su veneno en los corazones de los hombres, pero lo imprime mucho más profundamente por medio de la envidia: In hac tamen nequitiae invidiae tota sua viscera serpens concutit, et imprimendam malitiae pestem vomit. San Buenaventura dice que la envidia despoja al hombre de todas las virtudes. Los demás vicios se oponen a una sola virtud. El orgullo se opone a la humildad, la lujuria a la castidad, la avaricia a la liberalidad, y así todos los demás; pero la envidia se opone a todo, porque viendo las virtudes en su prójimo, éstas son para la persona envidiosa un motivo de dolor y tristeza, como si todas le fuesen contrarias; le gustaría quitárselas a su rival, y cambiarlas en tantos vicios para ensuciar el alma de su prójimo, si fuera capaz de ello: (S. Bonav. en Diet. sol. c. 4). Esa es, vuelve a decir el mismo Santo, la bestia feroz que devoró al casto José, ya que fue la envidia quien aconsejó y ejecutó su ruina: Fera pessima devoravit eum. Invidia devorat hominem, ut in Genesi fera pessima devoravit Joseph.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (2)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).



II. Que si por fin lo bueno que veo en los demás, y que deseo poseer, es un bien espiritual que se relaciona con la gloria de Dios y la salvación del alma, como por ejemplo, veo a esta persona humilde, piadosa, dada a la penitencia, a la mortificación; no lamento que sea virtuosa; lo que me desagrada es que yo estoy lejos de ser tan piadoso, tan humilde, tan paciente, tan mortificado como ella; yo quisiera ser igual, y me siento llevado a serlo por el ejemplo que tengo bajo mis ojos; os digo que este es un santo deseo, una emulación. digna de recompensa, y que el apóstol San Pablo recomienda a todos los cristianos: "Aemulamini charismata meliora, aemulamini spiritualia (l. Cor. 12. 31). Leemos en la vida de San Antonio, que se comportaba así cuando veía a un religioso destacar en alguna virtud, haciendo que inmediatamente trabajara para adquirirla él también. Esto es lo que debe hacer todo cristiano que desee santificarse.


III. Una vez supuesto eso, es fácil saber cuando la tristeza que sentimos por la felicidad de los demás y el placer que sentimos por sus desgracias son un pecado de envidia. Esta tristeza o este placer son criminales cuando un hombre, viendo en su prójimo algún bien espiritual o temporal, y temiendo que ese bien perjudique su propia gloria, se angustia por ello y desea que su prójimo se vea privado de este beneficio. Y si a este prójimo le sucede algún dolor o desgracia, el envidioso triunfa y se alegra. Según la doctrina de los santos Padres y teólogos, la envidia consiste, pues, en entristecerse por la suerte del prójimo y en alegrarse de sus desgracias, en entristecerse por el bien que le sucede y en disfrutar de un placer secreto por el daño que le sobreviene. Hay personas que triunfan maravillosamente en sus empresas, el envidioso lo ven con pesar; si fracasan en sus planes, él se entrega a una alegría maligna; si han adquirido reputación, honor, riquezas, el envidioso es devorado por el dolor; pero si han caído en la desgracia, es para él un tema de complacencia y alegría. Qué raza más perversa es la de los envidiosos, dice San Gregorio de Nisa. Mientras los demás hombres se alegran del bien y se lamentan del mal, el envidioso se entristece al ver la prosperidad de los demás y se alegra de su desgracia.


IV. Pero, ¿se considera siempre la envidia a este respecto un pecado mortal? Sí, ¿puedes dudarlo acaso? Aparte del caso en que no hay plena advertencia y perfecto consentimiento, y el caso en que el mal del que uno se regocija es leve y el bien del que uno se entristece no es considerable, la envidia es siempre en sí misma un pecado mortal. Es pecado mortal porque se opone directamente a la caridad, cuya propiedad es alegrarse del bien y la prosperidad del prójimo, y llorar por sus desgracias e infortunios. Pecado mortal, porque San Pablo declara a los envidiosos dignos de la muerte eterna: Pleni invidia digni sunt morte (Rom. 1,29). Y escribiendo a los Gálatas (5,21), cuenta la envidia entre los pecados más graves que excluyen a las almas del reino celestial, y que, en consecuencia, los condena al infierno. Es más, la envidia nunca va sola: tiene su raza maldita, como otros pecados capitales; estos son los crímenes de los que los envidiosos se vuelve culpable al querer alcanzar la meta que se propone de disminuir la buena reputación del prójimo; sembrando la discordia en secreto para perturbar la paz y romper la amistad que existe entre aquel a quien quiere difamar y aquellos con quienes está unido, o bien desacreditarlo y calumniarlo en público. Y ya sabemos que el Espíritu Santo nos dice en el Eclesiástico que el que siembra la discordia y el desorden es maldito de Dios: Susurro et bilinguis maledictus (28.15). Es odioso a sus ojos, según San Pablo: Susurrones, et detractores, Deo odibiles (Rom. 1, 30). Si el envidioso logra su fin, que es disminuir la reputación de su prójimo, experimenta, como hemos dicho, una alegría maliciosa; si, por el contrario, no consigue con todos sus esfuerzos hacerle perder el honor, siente un disgusto mortal que se transforma en odio y furia; le gustaría quitarle todo a quien considera su enemigo, le gustaría aniquilarlo si fuera capaz de ello.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (1)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


Hoy hablaremos del cuarto de los pecados capitales que es la envidia. Pecado que mira San Juan Crisóstomo como más grave que los demás, en el sentido de que los demás pueden cubrirse con ciertos pretextos, mientras que éste no tiene ninguno. El voluptuoso ofrece como excusa el ardor de la concupiscencia que le lleva al placer; el ladrón, su pobreza; el vengativo, su ira; excusas vanas y frívolas en verdad, pero que sin embargo tienen alguna apariencia de fundamento. Pero tú, envidioso, ¿qué excusa puedes dar que no sea tu extrema malicia? Tu vero, quam dicis causa, rogo? nullam penitus, nisi immensam malitiam (S. Chrys. Hom. 44. ad popul.). Siendo la envidia un pecado tan grave, no puedo prescindir de hacer una instrucción especial sobre este tema. Y para que os sea provechoso a todos, veremos primero qué es la envidia y de cuántos pecados es origen. En segundo lugar, cuán indigno es de un cristiano y, sin embargo, cuán "universal" es. Finalmente, os mostraré los remedios necesarios para protegerse de ello.


I. La envidia, según la definición de los santos padres y teólogos, es una tristeza que siente el hombre por los beneficios de su prójimo, o una alegría maligna que experimenta ante las desgracia de los demás, considerando estas ventajas del prójimo como algo contrario y perjudicial para su propia gloria y para su interés, y las desgracias ajenas como buenas para él mismo. Debe observarse que toda tristeza que uno sienta por los beneficios del prójimo no es pecado de envidia. Veo, por ejemplo, a una persona que es claramente indigna, la veo elevada a este cargo, a este honor, a este puesto de responsabilidad, en detrimento de otras personas mucho más merecedoras que ella; esta elevación me entristece y desagrada; mas esto no es pecado, no es envidia, es amor al orden. Veo que un gran número de pecadores abusan de su salud y de otros bienes que recibieron de Dios para ofenderlo y dañar a otros; siento tristeza, disgusto; incluso desearía que, por el bien de sus almas, quedaran reducidos a una fortuna mediocre; esto no es envidia, sino caridad. He aquí un hombre poderoso que acaba de llegar a esta dignidad; preveo con razón que usará su autoridad para abrumarme o para oprimir a personas inocentes, entonces manifiesto dolor; no es envidia, es solo un temor justo y permitido. Veo que este hombre sobresale en cierta ciencia, en tal arte, en tal profesión, es colmado de elogios y honor; me entristece, no porque lo vea dotado con estas excelentes cualidades o conocimientos, o porque sea honrado, sino porque me he privado a mí mismo de ventajas similares, a causa de mi pereza y despreocupación, esto todavía no es envidia, sino emulación; y si el disgusto que siento por verme privado de este bien me lleva a tomar los medios para adquirirlo, entonces esta emulación es buena y loable.

Continuará...

                                        ***