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DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA (Consideración del R.P. Fr Alonso de Cabrera OP)

 




DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

Ductus est Jesús a spiritu in desertum ut tentaretur a diabolo.
(Mat., 4).




El santo Evangelio contiene aquel famoso desafío y trabada lid que pasó entre el Príncipe de la luz, Cristo nuestro bien, y el Príncipe de las tinieblas, el demonio; y la victoria insigne que el Señor alcanzó de su adversario y nuestro. El campo que Cristo escogió para este encuentro fue el desierto ; el padrino que le lleva es el Espíritu Santo; las armas que trae son oración y ayuno de cuarenta días ; la parte desarmada que descubre al enemigo para que le ose acometer es la hambre después de tan largo ayuno, con que mostró la flaqueza de verdadero hombre. El contrario, dragón artero y con grandes victorias ensoberbecido, trae por armas su astucia, temeridad é importunidad ; la requesta y fin por que combate es averiguar en esta batalla si Cristo es natural Hijo de Dios, para guardarse dél, y si puro hombre, rendirle á su servicio. 




El primer golpe que le tira, como astuto, es decirle que haga con su palabra de las piedras pan, en testimonio que es Hijo de Dios. El segundo, como temerario, fue subirle en el chapitel del templo y decirle que se echase de allí abajo para prueba de lo mismo. El tercero, como importuno, ofrécele la monarquía del mundo, con que postrado le adorase. Todas tres lanzas volaron en piezas sin hacer movimiento en el celestial guerrero, que las rebatió en el escudo de la palabra de Dios, diciendo á la primera: "No con sólo pan vive el hombre, sino con la palabra que sale de la boca de Dios"'. A la segunda: "No tentarás al Señor Dios tuyo". A la tercera: "Huye de aquí, demonio Satanás, que escrito está : al Señor Dios tuyo adorarás y á él sólo servirás". El demonio, corrido y afrentado, dejó el campo, y los ángeles sacaron dél á su Señor victorioso, y le sirvieron de lo que había menester. 



Este desafío venimos hoy á mirar, para que de ello resulte gloria á Dios y á nuestras almas provecho. Pidamos la gracia por intercesión de la Virgen sacratísima. Ave.


                 



En otras partes veo los Evangelistas más puntuosos y delicados en esto del andar ó menearse Cristo; que no dicen llévanle, sino Él se va, y el mismo Señor : ego vado. "Yo voy, y nadie me lleva". Y aquí veo que todos tres coronistas, contando esta tentación, usan de términos que significan no sólo guía, sino fuerza: Expulit; que le aventó el espíritu y arrojó al desierto. La razón es por que esta batalla la ha de acabar como hombre, y quiere enseñar á los que no lo son, que no se vayan ellos á la tentación de su parecer, sino llevados.




Todos tenemos tentaciones, aunque diversas, pero no todos salen con victoria. ¿Qué es la causa? Porque algunos se ponen de su voluntad en la tentación ; no los pone Dios, sino su imprudencia ó temeridad y sus pasiones. Y déstos no se encarga Dios para librarlos, antes merecen que los deje allí cañonear del demonio, que mueran en los cuernos del toro, pues incautamente se pasean por el coso, y vayan de mala landre, pues no huyen los lugares apestados: qui amat periculum in illo peribit. Y si Dios alguna vez librare, sea pura misericordia, no débito de justicia. 




Va Jonás por la mar corriendo la tormenta y no quiere Dios que se aplaque hasta que le echen á fondo, y ayer vimos á los discípulos remando contra el viento y antes de llegar á tanto riesgo los libra; porque á éstos Él los puso en aquella necesidad : coegit discípulos ascendere navin, y así estaba á su cuenta favorecerlos ; mas Jonás, él se embarcó en el navío para huir de Dios, y así no cuida de escaparle, antes fue gran misericordia sacarle después del vientre de la ballena. Ni más ni menos; sabéis vos que pasar por tal calle, entrar en tal casa, hablar con tal persona os es escándalo, y no dejáis de ir y venir como mariposa á la luz de la vela; ¿qué os espantáis que pequéis y que Dios os desampare ? 




Cuando David conoció de sí que la vista de Bersabé le alborotaba, quitárase de mirarla; mas advirtiendo su peligro, se está quedo; ¿qué mucho se desatine y caiga? Por esto no me espanta ver tanta corrupción de deshonestidad en el mundo ; antes sería de espantar lo contrario, supuesto el poco recato que hay. Vosotras, señoras, con vuestras galas y afeites, con vuestras salidas, miradas, señas y melindres, os ponéis en la ocasión, y la dais para que os codicien y se os atrevan. Los mozos livianos con sus puntas y copete, que no les falta ya sino las mudas; con sus paseos y ojos curiosos, deshollinando ventanas, andan á caza de las ocasiones. Encuéntrase la pólvora con el fuego : ¿qué ha de resultar sino crueles llamas de lujuria, en que todos os abraséis como la abominable Sodoma? 






Otros hay que son tentados y salen victoriosos, porque sin culpa suya se ven en la tentación. No se pusieron ellos en el peligro, sino el Espíritu Santo los guió, y como le tienen de su parte por padrino y valedor, y por otra con su sabiduría infinita, que todas las cosas penetra, tiene tanteadas las fuerzas de cada uno, conforme á ellas mide la tentación para que aproveche y no le dañe. Así lo dice San Pablo: Fidellis autem Deus est, qui non patietur vos tentari supra in quod potestis, sed faciet etiam cum tentatione proventum ut possitis sustinere: "Fiel es Dios, buen amigo, que no os dejará en el peligro, si os puso en él, ni permitirá que la tentación exceda las fuerzas de vuestra virtud, ayudada de la suya, para que la podáis llevar y os haga provecho". 




Receta el médico una purga de escamonea ó ruibarbo; claro está que, si sabe lo que hace, ha de pesar la complexión del doliente, la calidad del mal, la cantidad de humor, la virtud que tiene naturaleza, y según esto receptar las dragmas, que no sean más ni menos de lo que conviene. También si en una purga de cañafístola toda aquella masa hecha una pella le diesen al enfermo, no la podría más pasar que si fuese de mezcla, y así es menester repartirla en bocadillos. No de otra suerte, Dios, médico sapientísimo, atento á la complexión y fuerzas del hombre, modera la purga de la tentación, y la reparte de modo que se pueda pasar.




Mittit chrystallum suam sicut buccellas. El cristal, que es nieve antigua y congelada, significa la tentación, que procede de la malicia endurecida del demonio, que tomó asiento en los lados frigidísimos del aquilón, y pretende resfriar nuestros corazones en la caridad. Mas porque el demonio no puede tentar más de lo que Dios le da licencia, y de su tentación se sirve el Señor para ejercitar á sus amigos y probarlos y mejorarlos, llámase suya. Mittit chrystallum suam sicut buccellas: "Envía el cristal suyo como bocadillo". Cuando el Espíritu Santo lleva al hombre á ser tentado del demonio, y ordena esta purga con su saber, dala en bocadillos, limitada; tanta ocasión y no más, tanta tribulación y no más, los trabajos repartidos porque sean llevaderos.




Quiere Dios espeler el humor de la vanagloria que se pudiera criar en el alma de San Pablo con la grandeza de las revelaciones, y recétale una purga de tentación de carne, que á un espíritu tan limpio como el suyo le hace dar gritos y mil arcadas, y hacer ascos. Pero ¿queréis ver que va repartida en bocadillos? Propter quod ter Dominum rogavi ut discederet a me. ¿Por qué rogó aquellas tres veces? Porque entonces le debió de apretar la tentación, de apurarle más. Y como el enfermo quejilloso, en tomando el primer bocadillo se le revuelve el estómago y quiere lanzar cuanto tiene en él, y pide y suplica que le dejen y no atormenten más, y lo mismo dice al segundo y tercer bocado, y á todos, así San Pablo, una vez y otra y otra se queja y pide que cese la tentación; pero responde el médico: Sufficit tibi gratia mea; nam virtus in infirmitate perficitur. Bien puedes pasarla con mi gracia, y digerirla con el calor de la caridad. Repartida va en bocadillos, no de golpe, toda la furia de la tentación ; son píldoras de regimiento que confortan la virtud. Mirad la utilidad que saca Dios de la tentación que él registra.




Más. Al santo mozo José, cuya limpieza y virtud tenía conocida, le da una purga para manifestarle que á otro quitara la vida. Mullier per síngulos dies molesta erat adolescenti. ¡Oh retórica del Espíritu Santo! Si Cicerón quisiera decir esto, gastara un almacén de palabras y no dijera nada : "La mujer cada día era molesta al mancebo". ¡Terrible ocasión! Cada palabra tiene énfasis. La mujer, que debía ser rogada, roto el velo de la vergüenza, ruega, convida. Mujer hermosa, de las puertas á dentro; la señora, á su esclavo; y esto no una vez que la cegó la pasión, sino per singulos dies : todos los días sin faltar ninguno; y no por semejas ni con ruegos tibios y remisos, aunque éstos, por ser continuos, como gotera en un peñasco, pudieran hacer señal, sino importunos. Molesta erat. Instaba con importunaciones, lágrimas, suspiros, hasta serle molesta y pesada, y no le deja á sol ni á sombra. ¿A quién? ¿Era algún viejo gotoso? ¿Alguna estatua de mármol frío? No, sino adolescenti : á un gentil mancebo en la flor de su juventud, cuando la sangre hierve sin fuego y la concupiscencia con más vehemencia. ¿Y no rindió el alma con tal brevaje? No, que le ordenó Dios ; no se puso él en la tentación; vendiéronle sus hermanos y guiólo Dios para su remedio. Missit ante eos virum: in servum: venundatus est Joseph. Varón, hombre de chapa y de hecho. Y no podía dejar la casa, porque era cautivo ; pero huyó del aposento una vez que se vió apremiado, y dejó la capa en las manos de la adúltera, como quien la deja en los cuernos del toro, y así salió vencedor. 




A vos. que sois flaco, no se os ofrecerá esta ocasión, porque sin duda os perdiérades. Al pacientísimo Job sácale Dios á campo contra el demonio, y permite quitarle hacienda, criados, hijos, honra, salud, reputación, y pónele en un muladar leproso, llagado de pies á cabeza, cubierto de gusanos, mal aconsejado de su mujer y vituperado de sus amigos; con todo, puede y sale más aprovechado. A vos, que no tenéis sufrimiento para una pequeña desgracia, no se os dará bebida de tanta angustia. Nadie se queje de que la tentación es grande ni eche la culpa de su caída á las ocasiones, que si él las huye, y no por su voluntad, sino por la de Dios, es puesto en ellas, cierta tiene la victoria, como se parece en Cristo, á quien guió el Espíritu Santo.


R.P. Fray Alonso de Cabrera OP († 1598)




Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (8)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA

(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XV. Pero, diréis, ¿no hay remedios para este mal que era tan poco conocido para nosotros? Sí, hermanos míos; aplicaos para recordarlos. El primer remedio será el desacato a la propiedad de este mundo. ¿Quieres saber, dice el Papa San Gregorio, de dónde viene que estemos sujetos a la envidia? Es que siendo finitas y limitadas las cosas de este mundo, cuanto más numerosos son los que las poseen, más pequeña es la parte que corresponde a cada uno. Entonces, si queremos estar libres de la envidia, desapeguémonos, dice el Santo, de estos bienes terrenales, aspiremos a los bienes eternos y celestiales, y a la gloria del paraíso. Estos bienes y esta felicidad son de tal naturaleza que cada uno de los Bienaventurados los poseerá íntegramente, sin disminución y sin compartirlos, durante la eternidad. Todos los santos en el cielo abundan de alegría y gozo, y la felicidad de algunos, lejos de restar una parte sólo aumenta la de las demás. ¡Que todos nuestros pensamientos y deseos sean sin cesar dirigidos a esta feliz estancia!


XVI. La segunda forma de resistir a la envidia es animarnos de santa caridad los unos hacia los otros. Somos todos, como habéis oído, miembros de Jesucristo; todos somos sus hermanos, todos somos con Él los herederos del reino celestial: debemos, por tanto, como nos recomienda el Apóstol, alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran. Debemos tener para con el prójimo esta misma caridad, esta misma compasión que los miembros de nuestro cuerpo tienen entre sí unos con otros. Cuando una espina se hunde en el pie, dice San Agustín, inmediatamente el ojo nota el lugar y se lo indica a la mano, que arranca esta espina, detiene la sangre y cura la herida. Actuemos igual con nuestro prójimo. En una palabra, dejemos que reine entre nosotros la caridad más sincera, y desterraremos la envidia de nuestro corazón.


XVII. El tercer y último remedio, que incluye todos los demás, será eliminar por completo las dos fuentes funestas de la envidia, que son la soberbia y el amor propio. Entremos en sentimientos bajos de nosotros mismos, y concibamos la máxima estima por los demás. Regocijémonos en todos los bienes y todas las ventajas que a Dios le plazca conceder a nuestro prójimo. Alegrémonos de sus méritos, de su gloria, de sus virtudes, como de nuestro propio bien. Si de vez en cuando nos asalta la envidia, seamos lo suficientemente generosos para pedir a Dios que se digne colmar a nuestro prójimo. de todo tipo de felicidad y prosperidad, y veremos a este monstruo caer a nuestros pies. Y Vos, Señor, digna ayudarnos con vuestra gracia a destruir en nosotros toda autoestima ; inspíranos esa santa caridad que siempre nos mantenga unidos a nuestros hermanos en esta vida, para que podamos disfruta de vuestra gloria en el cielo para siempre.


                                                                           FIN


                                              ***

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (7)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XIII. La envidia es común entre los comerciantes, quienes ven con mal ojo que otros triunfen en sus empresas y en su comercio. La envidia reina también entre los médicos, abogados y los que integran el colegio de jueces, que no pueden ver sin celos el mérito distinguido de quienes ejercen su profesión. La envidia está presente igualmente entre los campesinos, entre los aldeanos que ven con pesar el campo o las vides de sus vecinos mejor cultivadas y más productivas que los de ellos. Reina también entre las mujeres, que no puede tolerar que otras tengan vestidos más ricos y más elegantes, que tengan más espíritu, que obtengan el primer rango en la sociedad, en los círculos sociales o en el baile. Los hermanos entre sí no están libres de envidia; tenemos pruebas en el inocente Abel que se convirtió en la víctima de la envidia de Caín; en el casto José, víctima de la envidia de sus hermanos; no lo mataron como lo habían planeado inicialmente, pero lo vendieron como un esclavo. La envidia penetró incluso en el mismo colegio de los Apóstoles, ya que se dice que concibieron sentimientos, de indignación contra los dos hermanos Santiago y Juan, que habían pedido a Jesucristo los dos primeros lugares en su reino: Indignati sunt de duobus fratribus. ¿Y no es de temer que este vicio se introduzca incluso en el santuario, y que contagie a quienes profesan la virtud y la santidad?



XIV. Lo que más hay que temer en el pecado de la envidia es que las personas que son más culpables de este pecado no lo reconocen en ellos, no se lo reprochan a sí mismos, y no se acusan; por lo tanto, les resulta imposible corregirlo. Muchos cristianos se culpan a sí mismos por transportes de ira, malas palabras, blasfemias, intemperancia, incontinencia; pero ¿quiénes son los que confiesan de envidia? Las personas que quieren pasar por espirituales y los devotos se acusarán de algunas faltas leves, que ni siquiera son errores, como distracciones involuntarias, tentaciones a las que no dieron su consentimiento; pero ¿vemos a muchas de estas personas examinándose seriamente a sí mismas sobre este pecado de la envidia, y que se acusen de él? Pecado de envidia que tal vez sea su pasión dominante. Se suele poner a prueba la paciencia del confesor, pasando horas enteras exponiéndole escrúpulos, perturbaciones de conciencia, y no sentimos ningún remordimiento ante este vicio, no nos preocupamos por él, no pensamos en arrepentirnos y corregirnos ¿Quiénes son los penitentes que vienen a decir sinceramente al confesor: padre, la envidia es un pecado habitual en mí ; siento disgusto por el bien y la prosperidad de mi prójimo, y un gozo secreto en sus desgracias; consiento en ello, y no me esfuerzo en superar este hábito? Cristianos, tengamos cuidado de no equivocarnos en un punto tan esencial. Pocos están exentos de esta debilidad; pocos se culpan a sí mismos y se corrigen; de ahí sucede que la envidia se convierta en un mal casi incurable.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (6)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XI. ¿No es justo que San Agustín llame a la envidia un pecado diabólico? peccatum diabolicum, puesto que los envidiosos hacen precisamente lo que el demonio le hizo a nuestro primer padre. Ardía de rabia y de envidia, al ver que Dios había creado al hombre y lo había rodeado de tanta grandeza y de dicha. ¿Qué hizo entonces Satanás? Usó tantos trucos y artificios, que logró hacerlo caer de su glorioso estado. Esto es precisamente lo que hace el envidioso con su prójimo. Si lo ve elevado y feliz, utiliza todos los medios para hacerlo caer. El diablo ama el mal; además, encuentra su tormento en la felicidad del hombre: esto sigue siendo lo que sucede en el corazón de los envidiosos. San Juan Crisóstomo dice algo más fuerte (Hom. 44. ad pop.), y llega incluso a declarar al envidioso peor que el diablo: Invidi daemonibus pares, immo forte pejores. Pero ¿de que manera es peor la malicia de un envidioso que la del diablo? En esto que, responde el Santo, el envidioso descarga su veneno contra los de su naturaleza y especie, cosa que el demonio no hace. El demonio arde de envidia contra los hombres, los odia, los persigue, pero no siente odio contra los otros demonios. En cambio los hombres se envidian unos a otros, se lamentan por el bien de sus semejantes y se regocijan en sus desgracias: Invicem invidentes, invicem provocantes (Gál. 5. 26). Por tanto, oh hombre envidioso, eres más malvado en un sentido que el demonio, y aparte de su obstinación y su impenitencia, eres más demonio que el demonio mismo. ¿Y no te sonrojas de un vicio tan abominable y tan indigno de tu grandeza?


XII. Y sin embargo, ¿quién lo creería? este vicio diabólico es tan contrario a la humanidad, a la sociedad, a la caridad cristiana, tan detestable a los ojos de Dios, tan cruel con el prójimo, es el vicio de una infinidad de personas, un vicio común entre los hombres. No hay enfermedad más mortal que la peste, y sin embargo, no hay ninguna que se propague tan fácilmente y que infecte a más personas. Asimismo, no hay nada más odioso, más indigno que la envidia, y sin embargo no hay nada que se comunique con tanta facilidad. San Agustín nos asegura que hay muy pocos hombres que estén libres de este vicio. Porque, dice, cada hombre se encuentra en uno de estos tres estados, o igual, o superior o inferior. El igual envidia a su igual, porque lo ve caminando al unísono con él, y le gustaría adelantarse a él. El inferior envidia al superior, porque lo ve más alto que él, y que le gustaría igualarlo. El superior envidia al inferior, porque teme que algún día logre ser igual a él. No hay edad, género, estado, condición o lugar donde la envidia no lleve su veneno. Si vais a la corte de los príncipes, a los palacios de los grandes, encontraréis casi tanta gente envidiosa allí como tantos cortesanos y sirvientes hay. Todos quieren ponerse delante; todos buscan aspirar; todos temen que otros reciban favores especiales; todos buscan suplantar o perder a sus rivales. El profeta Daniel nos proporciona una prueba (14, 30). Fue el ministro más fiel de su rey y lleno de piedad para con Dios. Su misma piedad sirvió como un pretexto para que otros cortesanos lo condenaran; y si Dios no lo hubiera preservado, habría llegado a ser presa de leones y víctima inocente del deseo más infernal.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (5)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


IX. Pero lo que hace que la envidia sea más indigna de un cristiano es que destruye esta admirable caridad que debería unir a los hombres, y que Jesucristo trajo a la tierra, para ser el carácter distintivo de sus verdaderos discípulos. ¿Cuál es el oficio de esta santa caridad? Es, dice San Pablo, alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran: Gaudere cum gaudentibus, et flere cum flentibus. ¿Y esto por qué? Y esto, añade el Apóstol, porque todos somos miembros del mismo cuerpo del cual Jesucristo es cabeza, como en el cuerpo humano descubrimos esta unión, esta simpatía entre todos los miembros que lo componen, de modo que si uno de estos miembros sufre, todos los demás participan en su dolor; y si está sano, todos los demás se alegran; de este modo, todo cristiano debe experimentar sentimientos de tristeza y aflicción, cuando a otros les sucede alguna desgracia o algún mal; y debe regocijarse en la felicidad y prosperidad de sus hermanos al igual que se regocija de su propio bien. Éstos son los sentimientos generosos, nobles y dignos de un verdadero cristiano, y que la caridad debe inspirar. Pero la envidia produce efectos totalmente opuestos.


X. La envidia hace que los hombres se regocijen en lo que debería afligirlos y que se entristezcan por lo que debería alegrarlos. Una persona acaba de entrometerse en vuestros ambiciosos proyectos sin pensar, o tal vez lo hizo a propósito y por buenas razones. ¡Oh Dios! Pero quisieras clavarle el hierro en el pecho para vengarte, quisieras reducirla a la miseria extrema; pero la justicia humana te ata las manos. El deseo y la venganza permanece concentrada en tu corazón; ellos lo roen y lo devoran. Pero este otro no os ha desobedecido; ¿os hizo acaso algún daño? No importa: impulsado por la envidia, os afligís por su fortuna y sentís una alegría secreta y maligna por sus desgracias. Pero éste de aquí,¡ es vuestro amigo, ¿no le habéis dado siempre señales externas de estima y bondad? Sigue sin importar; la envidia hace que externamente le deseéis todo tipo de prosperidad, y que cada uno de sus éxitos sea para vos el motivo de una nueva pena. Le demostráis por fuera que simpatizáis con sus desgracias, pero sus desgracias proporcionan a vuestro corazón materia de gran alegría. ¿Cómo podrían los envidiosos llamarse a sí mismos discípulos de Jesucristo, ya que están tan lejos de practicar la caridad, la cual es su carácter distintivo?

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (4)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


VII. Ahora bien, ¡cuán indigno de un cristiano es tal pecado! ¡Cuán ignominioso es para un discípulo de Jesucristo! Este pecado es tan vil, y los caracteres de infamia que lleva consigo son tales, que aquellos mismos que son más culpables, buscan mostrarse inocentes, porque entienden que no pueden tener envidia, sin violar todas las leyes, naturales, divinas y humanas; lo cual es fácil de concebir. Todo cristiano es un hombre dotado de razón; según la ley natural, debe tener sentimientos de humanidad hacia otros hombres. Todo cristiano es miembro de una comunidad ; según las leyes civiles y humanas, debe mantener la unión y no romper los lazos que le unen a la sociedad. Todo cristiano ha llegado a ser miembro de Jesucristo por la gracia del santo bautismo: por lo tanto está obligado, por esta ley de la gracia, a practicar la caridad hacia los demás miembros del mismo cuerpo. Pero ¿qué humanidad, qué espíritu de unión y de caridad encontraremos nosotros en un envidioso? No puede tener ninguna humanidad hacia otros hombres, puesto que la envidia le reduce a la condición de las fieras salvajes, y lo hace aún más cruel, según San Juan Crisóstomo. ¿Lo dudas? dijo el Santo; aquí está la prueba: a veces se lanzan sobre nosotros bestias feroces; pero esto es cuando las hemos provocado, o cuando son empujadas por el hambre. El envidioso, por el contrario, arremete contra su prójimo sin haber sido provocado ni empujado por ninguna necesidad. No perdona ni a sus amigos, ni siquiera a sus benefactores; el envidioso se entrega a todos los transportes de su vil pasión contra quienes envidia. ¿Puede haber algo más ignominioso para el hombre y más indigno de él, que caer así de la cualidad de un ser razonable y descender hasta la condición animalesca?


VIII. ¿Qué unión puede entonces tener un hombre envidioso con los otros miembros de su comunidad, con los habitantes del mismo país, de la misma ciudad? No puede tener ninguna, porque le gustaría estar solo en el mundo y no puede tolerar ningún competidor ni ningún rival. A este comerciante le gustaría estar solo para negociar, para vender y comprar. Este trabajador, este artesano quisiera hacer todo el trabajo del lugar él mismo. ¡Qué indignidad, qué bajeza del alma! El famoso Casiodoro dijo algo que debería hacer sonrojar a cualquier persona envidiosa. En todos los demás lugares, dijo, encuentro unión; la encuentro incluso entre los pájaros, que hacen un pequeño cuerpo de la sociedad con los de su especie, mas no encuentro esta unión entre hombres. El buitre, que se alimenta de cadáveres, no daña a los pájaros pequeños: los defiende aun contra el halcón que los persigue. Pero no ocurre así con la mayoría de los hombres cuando están animados por el espíritu de la envidia. Sólo buscan engañarse unos a otros. A éste gustaría alcanzar este puesto, este trabajo para el que tiene los talentos necesarios, pero el otro le cierra el camino y le priva de toda esperanza. Éste, por su cansancio y por medios justos y lícitos, trabaja para obtener cosas necesarias para mantener a su familia; el otro está estudiando en secreto cómo logrará arruinarlo. En una palabra, en lugar de la buena armonía que debería existir en la sociedad, sólo veo entre los hombres odio, celos, enemistades y divisiones, hasta el punto de que no perdonan ni siquiera a aquellos de su condición, ni a los miembros de su familia. (Lib. de Am. c.6).

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (3)

 




Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


V. ¿No es eso lo que realmente sucede? Es suficiente para convencernos con considerar la envidia, con el Papa San Gregorio y Santo Tomás (2. 2. qu. 56. a. 4. ad tertium), en su tres grados, es decir, en su principio, en sus medios y en su final. Tan pronto como una persona envidiosa ve a otra persona adquirir gloria o riquezas, se siente consumida por unos celos secretos y el miedo que tiene de verse superada le preocupa y le atormenta. No se detiene ahí; de la preocupación y la tristeza, pasa a buscar los medios para rebajar a su rival; y, para triunfar, utiliza los medios más viles y vergonzosos. Va más allá, acepta sufrir él mismo, hacer sufrir a los demás, como lo hizo este hombre envidioso, que pidió que le privaran de un ojo, con la condición de que le sacaran ambos a su competidor. (!)


VI. ¡Ah! Es con razón que San Cipriano (Serm. de zelo et livore) menciona la envidia como la fuente de los males, el origen de los asesinatos y de una infinidad de crímenes: Invidia es radix malorum, fons cladium et seminarium delictorum. San Gregorio asegura que la malicia de la envidia es mayor que la de muchos otros vicios. Es verdad, dice (Lib. 5. mor. c. 32), que, por medio de todos los demás vicios, la serpiente infernal esparce su veneno en los corazones de los hombres, pero lo imprime mucho más profundamente por medio de la envidia: In hac tamen nequitiae invidiae tota sua viscera serpens concutit, et imprimendam malitiae pestem vomit. San Buenaventura dice que la envidia despoja al hombre de todas las virtudes. Los demás vicios se oponen a una sola virtud. El orgullo se opone a la humildad, la lujuria a la castidad, la avaricia a la liberalidad, y así todos los demás; pero la envidia se opone a todo, porque viendo las virtudes en su prójimo, éstas son para la persona envidiosa un motivo de dolor y tristeza, como si todas le fuesen contrarias; le gustaría quitárselas a su rival, y cambiarlas en tantos vicios para ensuciar el alma de su prójimo, si fuera capaz de ello: (S. Bonav. en Diet. sol. c. 4). Esa es, vuelve a decir el mismo Santo, la bestia feroz que devoró al casto José, ya que fue la envidia quien aconsejó y ejecutó su ruina: Fera pessima devoravit eum. Invidia devorat hominem, ut in Genesi fera pessima devoravit Joseph.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (2)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).



II. Que si por fin lo bueno que veo en los demás, y que deseo poseer, es un bien espiritual que se relaciona con la gloria de Dios y la salvación del alma, como por ejemplo, veo a esta persona humilde, piadosa, dada a la penitencia, a la mortificación; no lamento que sea virtuosa; lo que me desagrada es que yo estoy lejos de ser tan piadoso, tan humilde, tan paciente, tan mortificado como ella; yo quisiera ser igual, y me siento llevado a serlo por el ejemplo que tengo bajo mis ojos; os digo que este es un santo deseo, una emulación. digna de recompensa, y que el apóstol San Pablo recomienda a todos los cristianos: "Aemulamini charismata meliora, aemulamini spiritualia (l. Cor. 12. 31). Leemos en la vida de San Antonio, que se comportaba así cuando veía a un religioso destacar en alguna virtud, haciendo que inmediatamente trabajara para adquirirla él también. Esto es lo que debe hacer todo cristiano que desee santificarse.


III. Una vez supuesto eso, es fácil saber cuando la tristeza que sentimos por la felicidad de los demás y el placer que sentimos por sus desgracias son un pecado de envidia. Esta tristeza o este placer son criminales cuando un hombre, viendo en su prójimo algún bien espiritual o temporal, y temiendo que ese bien perjudique su propia gloria, se angustia por ello y desea que su prójimo se vea privado de este beneficio. Y si a este prójimo le sucede algún dolor o desgracia, el envidioso triunfa y se alegra. Según la doctrina de los santos Padres y teólogos, la envidia consiste, pues, en entristecerse por la suerte del prójimo y en alegrarse de sus desgracias, en entristecerse por el bien que le sucede y en disfrutar de un placer secreto por el daño que le sobreviene. Hay personas que triunfan maravillosamente en sus empresas, el envidioso lo ven con pesar; si fracasan en sus planes, él se entrega a una alegría maligna; si han adquirido reputación, honor, riquezas, el envidioso es devorado por el dolor; pero si han caído en la desgracia, es para él un tema de complacencia y alegría. Qué raza más perversa es la de los envidiosos, dice San Gregorio de Nisa. Mientras los demás hombres se alegran del bien y se lamentan del mal, el envidioso se entristece al ver la prosperidad de los demás y se alegra de su desgracia.


IV. Pero, ¿se considera siempre la envidia a este respecto un pecado mortal? Sí, ¿puedes dudarlo acaso? Aparte del caso en que no hay plena advertencia y perfecto consentimiento, y el caso en que el mal del que uno se regocija es leve y el bien del que uno se entristece no es considerable, la envidia es siempre en sí misma un pecado mortal. Es pecado mortal porque se opone directamente a la caridad, cuya propiedad es alegrarse del bien y la prosperidad del prójimo, y llorar por sus desgracias e infortunios. Pecado mortal, porque San Pablo declara a los envidiosos dignos de la muerte eterna: Pleni invidia digni sunt morte (Rom. 1,29). Y escribiendo a los Gálatas (5,21), cuenta la envidia entre los pecados más graves que excluyen a las almas del reino celestial, y que, en consecuencia, los condena al infierno. Es más, la envidia nunca va sola: tiene su raza maldita, como otros pecados capitales; estos son los crímenes de los que los envidiosos se vuelve culpable al querer alcanzar la meta que se propone de disminuir la buena reputación del prójimo; sembrando la discordia en secreto para perturbar la paz y romper la amistad que existe entre aquel a quien quiere difamar y aquellos con quienes está unido, o bien desacreditarlo y calumniarlo en público. Y ya sabemos que el Espíritu Santo nos dice en el Eclesiástico que el que siembra la discordia y el desorden es maldito de Dios: Susurro et bilinguis maledictus (28.15). Es odioso a sus ojos, según San Pablo: Susurrones, et detractores, Deo odibiles (Rom. 1, 30). Si el envidioso logra su fin, que es disminuir la reputación de su prójimo, experimenta, como hemos dicho, una alegría maliciosa; si, por el contrario, no consigue con todos sus esfuerzos hacerle perder el honor, siente un disgusto mortal que se transforma en odio y furia; le gustaría quitarle todo a quien considera su enemigo, le gustaría aniquilarlo si fuera capaz de ello.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (1)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


Hoy hablaremos del cuarto de los pecados capitales que es la envidia. Pecado que mira San Juan Crisóstomo como más grave que los demás, en el sentido de que los demás pueden cubrirse con ciertos pretextos, mientras que éste no tiene ninguno. El voluptuoso ofrece como excusa el ardor de la concupiscencia que le lleva al placer; el ladrón, su pobreza; el vengativo, su ira; excusas vanas y frívolas en verdad, pero que sin embargo tienen alguna apariencia de fundamento. Pero tú, envidioso, ¿qué excusa puedes dar que no sea tu extrema malicia? Tu vero, quam dicis causa, rogo? nullam penitus, nisi immensam malitiam (S. Chrys. Hom. 44. ad popul.). Siendo la envidia un pecado tan grave, no puedo prescindir de hacer una instrucción especial sobre este tema. Y para que os sea provechoso a todos, veremos primero qué es la envidia y de cuántos pecados es origen. En segundo lugar, cuán indigno es de un cristiano y, sin embargo, cuán "universal" es. Finalmente, os mostraré los remedios necesarios para protegerse de ello.


I. La envidia, según la definición de los santos padres y teólogos, es una tristeza que siente el hombre por los beneficios de su prójimo, o una alegría maligna que experimenta ante las desgracia de los demás, considerando estas ventajas del prójimo como algo contrario y perjudicial para su propia gloria y para su interés, y las desgracias ajenas como buenas para él mismo. Debe observarse que toda tristeza que uno sienta por los beneficios del prójimo no es pecado de envidia. Veo, por ejemplo, a una persona que es claramente indigna, la veo elevada a este cargo, a este honor, a este puesto de responsabilidad, en detrimento de otras personas mucho más merecedoras que ella; esta elevación me entristece y desagrada; mas esto no es pecado, no es envidia, es amor al orden. Veo que un gran número de pecadores abusan de su salud y de otros bienes que recibieron de Dios para ofenderlo y dañar a otros; siento tristeza, disgusto; incluso desearía que, por el bien de sus almas, quedaran reducidos a una fortuna mediocre; esto no es envidia, sino caridad. He aquí un hombre poderoso que acaba de llegar a esta dignidad; preveo con razón que usará su autoridad para abrumarme o para oprimir a personas inocentes, entonces manifiesto dolor; no es envidia, es solo un temor justo y permitido. Veo que este hombre sobresale en cierta ciencia, en tal arte, en tal profesión, es colmado de elogios y honor; me entristece, no porque lo vea dotado con estas excelentes cualidades o conocimientos, o porque sea honrado, sino porque me he privado a mí mismo de ventajas similares, a causa de mi pereza y despreocupación, esto todavía no es envidia, sino emulación; y si el disgusto que siento por verme privado de este bien me lleva a tomar los medios para adquirirlo, entonces esta emulación es buena y loable.

Continuará...

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