2. Una segunda dificultad de este problema concierne, no
ya a los dos grupos de hombres: los elegidos y los que no lo
son, sino que concierne a las personas individuales: ¿por
qué Dios ha puesto a tal hombre en el número de los elegidos
y no a tal otro? ¿Por qué ha elegido a Pedro más bien
que a Judas y no inversamente?
Parece injusto distribuir tan desigualmente tales dones
a hombres iguales por naturaleza y por el pecado original. Es
la dificultad formulada por San Pablo (Rom., IX, 14):
Quid ergo dicemus? Numquid iniquitas apud Deum? Absit,
Moysi enim dicit: Miserebor cujus miserear, et misericordiam
prcestabo cujus miserebor. Igitur non est vólentis,
neque currentis, sed miserentis est Dei (1).
San Pablo responde así a la dificultad afirmando el principio
de predilección, o sea la gratuidad de la gracia, que no
nos es debida. Dice más lejos (Rom., XI, 33): O altitudo
divitiarum sapientiae et scientiae Dei: quam incomprehensibilia
sunt judicia ejus, et investigabiles viae ejus! (2).
Es el misterio que expresaba San Agustín, diciendo: Quare
hunc trahat Deus et illum non trahat nolli veile dijudicare,
si non vis errare (In Joannem, tr. XXVI, initio) (3).
Santo Tomás ha notado sumamente bien esas dos grandes
dificultades del misterio de la predestinación, una general
y otra particular (ver Ia q. XXIII, a. 5, ad 3um). Ex ipsa
bonitate divina ratio sumi potest praedestinationis aliquorum
et reprobationis aliorum... Voluit Deus in hominibus
quantum ad aliquos, quos praedestinat, suam representare
bonitatem per modum misericordiae parcendo, et quantum
ad aliquos, quos reprobat, per modum justitiae puniendo ...
Sed quare hos elegit in gloriam et illos reprobavit, non
habet rationem nisi divinam voluntatem... Neque tamen
propter hoc est iniquitas apud Deum si inaequalia non
inaequalibus praeparat. In his enim quae ex gratia dantur,
potest aliquis pro libito suo dare cui vult, plus vel minus,
dummodo nulli subtrahat debitum, absque praejudicio justitiae
(4).
La respuesta de San Pablo, de San Agustín, de Santo
Tomás, aparta la contradicción; pero bajo sus dos aspectos,
este misterio permanece inescrutable, y esto por dos causas:
en razón de su sobrenaturalidad esencial, y en razón de la
intervención de la soberana libertad.
Este misterio es, en efecto, sobrenatural, no solamente por
el modo de su producción como el milagro naturalmente
conocible, sino por su esencia misma; pertenece al orden de
la vida íntima de Dios, como el misterio de la Trinidad, y
excede así las fuerzas naturales de toda inteligencia humana
o angélica, de toda inteligencia creada o creable.
Además, en este misterio interviene el beneplácito
soberanamente libre de Dios, el divinum beneplacitum de que
habla San Pablo. Ahora bien, este beneplácito,
que de ninguna manera es un capricho, porque
está enteramente penetrado de sabiduría y de
santidad, permanece para nosotros, como todo
lo que toca a la soberana libertad,
profundamente misterioso. Por él Dios da
misericordiosamente su gracia a uno
de los dos ladrones crucificados al lado del Salvador, en
tanto que por justicia permite una última resistencia en el
otro y lo deja en su pecado.
Se ve, pues, que intervienen en el misterio la infinita
misericordia, la infinita justicia y la soberana libertad, que
superan absolutamente las fuerzas naturales de toda inteligencia
creada o creable.
Continuará...
(1) ¿Pues qué diremos? ¿Acaso hay en Dios injusticia? Lejos de
ello. En efecto, dice a Moisés: Usaré de misericordia de quien tengo
misericordia y tendré misericordia de quien tendré misericordia.
Así que no es (obra) del que quiere, ni del que corre,
sino de Dios que hace misericordia.
(2) ¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia
de Dios: cuan incomprensibles son sus juicios, e investigables sus
caminos!
(3) No quieras juzgar por qué atraiga Dios a éste y no atraiga
a aquél, si no quieres errar.
(4) De la misma bondad divina puede tomarse la razón de la
predestinación de algunos y la reprobación de otros . . . Quiso Dios
representar su bondad en los hombres por modo de misericordia, perdonando,
en cuanto a los que predestina, y en cuanto a los otros,
a los que reprueba, por modo de justicia, castigando . . . Pero por qué
eligió a éstos para la gloria y a aquéllos reprobó, ello no tiene
razón sino en la divina voluntad... Ni por esto hay iniquidad
en Dios si prepara para los no iguales, cosas desiguales. En aquellas
cosas que son dadas por gracia puede alguien, por su beneplácito, dar a quien
quiera, más o menos, mientras no sustraiga nada de lo debido, sin
perjuicio de la justicia.
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