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LA FIDELIDAD A LA GRACIA - Raúl Plus SJ - (2)

 



I. EL PORQUÉ DE LA FIDELIDAD


DIOS, LAS ALMAS Y NUESTRA FIDELIDAD A LA GRACIA


Por los textos citados en la Introducción, habrá sido fácil hacerse

idea de la importancia primordial de la fidelidad a la gracia.

Múltiples razones vienen a fundamentar las palabras de los Maestros

espirituales. Empecemos mirando en primer lugar desde el lado de Dios.

Lo que es, lo que ha hecho por nosotros, cuán pocos, aun entre sus fieles, le aseguran su fidelidad ¿no son ya tres motivos que debieran inclinarnos a un servicio respetuosamente atento, a una abnegación sin lagunas y sin flojedad?


                                            * * *


Ya hemos reflexionado acerca de lo que Dios es. Los hebreos se

hacían tal idea de su grandeza que habían vacilado en darle un nombre.

Dios era el inefable, la grandeza por excelencia, Aquel cuya excelencia

soberana no puede traducirse.




El pueblo cristiano se ha atrevido a nombrar a Dios, pero la Iglesia ha censurado siempre a los que pronunciaban inconsideradamente su nombre. Los santos lo profieren con inmenso respeto.




Cada vez que San Ignacio de Loyola nombra a Dios en los Ejercicios

lo llama «Dios Nuestro Señor», como si lo que más le impresionase en Dios, fuera su infinita Majestad, el derecho que tiene a ser honrado, amado y servido plenamente.




¡Ah! Pero es que siendo el Altísimo todo lo que El es ¿podría probarse nuestra fidelidad en su servicio con una fidelidad medida con cuentagotas, con una fidelidad fastidiosa, o realizada a intervalos, con una fidelidad inferior? El que tiene derecho a todo ¿no recibirá de nosotros más que nada o casi nada? Si hay algo en nosotros que marque para siempre nuestra pequeñez ¿no será precisamente esta ineptitud que poseemos la mayor parte para cuidarnos de la grandeza de Dios? ¿Quién piensa, al orar, en la majestad soberana de Aquel a quien ora? Al ver el descuido en la actitud, la ausencia de recogimiento, la triste rutina, sin esfuerzo para situar a Dios en la verdad de su ser y por tanto del respeto que le corresponde, se observa el enorme olvido de las distancias. Y lo que decimos de nuestra oración, puede decirse igualmente de nuestro modo de servir; tratamos a Dios evidentemente como si fuese un cualquiera y para quien fuera suficiente una fidelidad anémica y sin vigor.




Pero no solamente es Dios todo lo que es. ¿Qué no ha hecho Dios por nosotros? Motivo de inteligencia, sí; pero aún más motivo de reconocimiento.




¿Es nada, para Dios, habernos llamado al ser? Hubiese podido guardarnos indefinidamente en la nada. Habiéndonos dado el ser, nos ha llamado a una vida divina. Habiéndonos creado, nada le obligaba a divinizarnos. Habiéndonos divinizado, ha querido re-divinizarnos ¡cuando habíamos perdido, por la desobediencia original, todos nuestros privilegios sobrenaturales! Habiéndonos otorgado lo sobrenatural la primera vez, hubiese podido, ante nuestra indelicadeza y nuestra poca diligencia, renunciar a sus proyectos de divinización de la humanidad.




¿Es nada, para Dios, cuando la primera divinización no le había costado nada — un soplo de su boca, dixit et facta sunt—, haber querido re-divinizarnos a costa de un último suspiro, de la venida y la muerte del Verbo que se hizo carne y subió a la cruz? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, haber fundado la Iglesia con sus sacramentos, su ley santa, su autoridad preservadora y sus ejemplos santificantes para ayudarnos de todas las maneras a guardar nuestra vida divina, a intensificarla en todo lo posible? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, habernos incorporado a su persona, haber querido que seamos prolongación suya, portio Christi? Y todo eso ¿para que seamos cristianos vulgares, servidores con rebaja?




Todo lo que El es. Todo lo que da. ¿Habrá que añadir: lo poco que recibe?




En efecto, ¿cómo viven la mayor parte de los cristianos? ¿Acaso dan testimonio ante el mundo, por una práctica asidua, de lo que es la religión del Salvador Jesús? Y los que no comparten su creencia, ¿son atraídos al Evangelio, al observar su vida, seducidos por la hermosura conquistadora de su ejemplo?




Evidentemente, existen cristianos modelos. Pero hay que confesar que son muy pocos. No deja de ser verdad lo que dice uno de nuestros contemporáneos: «La mayor objeción al cristianismo son los mismos cristianos. Los cristianos son un escándalo para los hombres que quieren volver a la fe cristiana... En los siglos pasados, se juzgaba ante todo la fe cristiana por su eterna verdad, por su doctrina y sus mandamientos. Pero el hombre y lo humano absorben demasiado a nuestro siglo. Los malos cristianos disfrazan el cristianismo. Sus malas acciones, su deformación de la fe, sus excesos cautivan más que el propio cristianismo, aparecen más que la gran verdad cristiana. Un gran número, en nuestra época, comienzan a juzgar la fe cristiana por sus adeptos, que son con demasiada frecuencia, exteriores y degenerados. El cristianismo es la religión de la libertad, pero se le juzga por las violencias que los cristianos han cometido en la historia. Los cristianos comprometen su fe y son un lazo para los débiles... Por la indignidad de los cristianos, se ha olvidado a Cristo, se ha cesado de verle». Berdiaeff concluye que «deben venir los tiempos en que los cristianos cesen de ser un obstáculo en el camino de salvación» (7).




¡Oh, sí! Que vengan esos tiempos, que se apresuren. Se comprende que los infieles sirvan mal, es su oficio. Pero que los fieles se decidan ¡por fin! a merecer el nombre que llevan. Habría que dudarlo un poco, al menos viendo a algunos que se llaman fieles.




Al principio del cristianismo, no había, salvo excepciones, cristianos dedicados especialmente a la vida religiosa. Evidentemente eran conocidas las palabras de Nuestro Señor al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, etc...», pero se estimaba que las exigencias del bautismo obligaban a cada bautizado a la perfección del Evangelio, según su gracia personal y su estado de vida. Por añadidura, cada fiel estaba expuesto al martirio y quería estar dispuesto, si Dios le pedía el supremo sacrificio; esta situación de alerta le ayudaba singularmente a mantenerse en continua generosidad (8).




Hasta más tarde no se inició la partida al desierto y la vida monástica. Aumentando el número de los discípulos de Cristo y habiendo cesado las persecuciones, se debilitó el tono evangélico del cristianismo en la masa; entonces los fieles animados por el deseo de vivir más íntegramente su fe, abandonaron el mundo.




¿No es triste ver en la actualidad, después de tantos siglos de cristianismo, un número relativamente considerable de fieles que se contentan con una fidelidad irrisoria? Y sin embargo, además de las exigencias del bautismo que siguen siendo las mismas que en los primeros siglos cristianos, la miseria misma de la época en que vivimos reclamaría almas fuertemente sólidas, generosidad sin desfallecimiento, fidelidad de la mejor ley. Nadie ha dicho que se haya cerrado la era de los mártires. Y además, de todos modos, la era de la valentía y de la santidad está siempre en sazón.




¿Cuál es la medida de nuestra fidelidad, de la fidelidad de los que

juzgamos poco fervorosos a nuestros hermanos, de la fidelidad de los

mejores? —pues supongo que no serán cristianos de segunda línea los que

leerán este libro—. ¿No es verdad que el Señor se ha quejado siempre más de la fidelidad demasiado infiel de los que se llaman sus amigos? Los verdugos, los fariseos, el procurador ambicioso... esos no comprenden, no aman, se les perdona. Pero ¿y Judas el apóstol? ¿Y Pedro el apóstol? ¿Y los doce? Y, a lo largo de los siglos, tantos escogidos llamados a la delicadeza del amor, prometidos a la generosidad, colmados de gracias y tan flojos, al menos en algunos momentos, tan insignificantes los que se habían comprometido a ser «insignes».




El cardenal Manning anotaba en su Diario, sin excluir ni aun a los comprometidos en el sacerdocio: «No respondemos más que a una veintena de las gracias que nos llegan por centenares; o bien no contamos más que una veintena y no respondemos más que a una».




Aun cuando uno se haya entregado a Dios, prometiendo tender a la perfección en la vida religiosa ¡cuánta merma a veces!




En un retiro predicado, hace algunos años, a religiosos de su Orden, les decía un piadoso Dominico, que un alma que había alcanzado altísimos estados de unión, había oído a Nuestro Señor quejársele y decirle: «¡Ah! Si de cada cien sacerdotes, uno sólo se diera por completo a Mí; si de cada treinta religiosos uno sólo se diera por completo a mi servicio, ¡cuánto bien haría Yo en el mundo»! (9).




Dejamos a ese predicador la responsabilidad de su afirmación y la

justa apreciación de sus fuentes. Pero si la frase es cierta ¡cómo nos lleva a

la reflexión! ¡De cada treinta, uno, de cada cien, uno! Y parece decir el

Señor que no los consigue.




«Busqué consoladores y no los encontré, o los que encontré me ayudaron tan poco, me desconcertaron tan dolorosamente... ¿Tú, al menos?» (10).




Pues bien, sí ¿yo? ¿Necesitaré otras razones? ¿Cuándo comprenderemos? ¿Cuándo comprenderé que es hora? Demasiado he tardado.


Continuará...


                                            * * *


7 Nicolás BERDIAEFF, De la dignité du Christianisme et de l’indignité des

chrétiens, ed. «Je sers», 1931, págs. 10-11. Véase también, págs. 41-46. Ya se sabe

que el autor es un ruso no católico, sino cismático.

8 Véase FESTUGIE, O. P., «L’enfant d'Agrigente», pág. 134, colec. «Chrètienté», ed.

du Cerf.

9 Vie interieure de Fr. Maríe-Raphaël Meysson, por el P. Pie BERNARD, cap. V. Se

encontrarán ecos de quejas parecidas en el volumen Cum clamore valido, publicado

bajo la dirección de los PP. Lebreton y Monier-Vinard. Se trata de confidencias

hechas por N. S. a una religiosa muy probada y muy fiel en su prueba.

10 El cardenal Suhard, en 1944, bendijo una oración para ofrecerse a N. S. para ser

su consolador o consoladora. ¿Cómo? Problema de fidelidad, de fidelidad por amor.

Véase El alma consoladora del Corazón de Jesús, P. NONELL, S. E. I. R. Barcelona



                                           




LA FIDELIDAD A LA GRACIA - Raúl Plus SJ - (1)

 



LA FIDELIDAD A LA GRACIA

Versión castellana de A.de Miguel Miguel, 1951



A LA VIRGEN FIEL

¡Oh María!

QUE TAN BIEN HABÉIS SERVIDO AL SEÑOR,

Divina Señora

DEL Ecce ancilla Domini,

A VOS A QUIEN LA IGLESIA INVOCA BAJO EL TÍTULO DE

Virgo fidelis,

SE DEDICAN ESTAS PÁGINAS.

¡QUE POR VOS, TODOS LOS «FIELES» QUE LAS LEAN

SE ENTREGUEN EN ADELANTE CON ENTERA FIDELIDAD!


                                            ***


INTRODUCCIÓN


Decía un muchacho que «la santidad consiste en decir siempre sí a Dios». Y, al preguntar a una niña que se acercaba a su Primera Comunión: «¿Qué vas a pedir a Jesús en ese día? —Ser una santa—. ¿Sabes qué es una santa? —Sí; santo es uno que da todo al Señor». Sin saberlo, expresaban estos niños una de las verdades sobre las que más han insistido los Maestros espirituales.


Monseñor Gay, por ejemplo, dice: «La santidad no es más que un sí pleno y perpetuo que la criatura dice a Dios; un sí viviente por el que hace pasar voluntariamente todo su ser; un sí fervoroso, práctico y eficaz». Y en otra parte, resume aún más brevemente: «Tenemos mil deberes y todos se derivan de la obligación de corresponder a la gracia».


Y San Alfonso de Ligorio: «Toda nuestra perfección consiste en el amor a nuestro Dios infinitamente amable. Ahora bien, toda la perfección del amor divino consiste en la unión de nuestra voluntad con la de Dios... Si, pues, deseamos enteramente complacer al Corazón de Dios, procuremos no solamente conformarnos en todo con su santa voluntad, sino uniformarnos a ella, si así puede decirse, de tal manera que de las dos voluntades no hagamos más que una... Los santos no han tenido nunca otro fin que hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección de un alma... Y María ha sido la más perfecta entre todos los santos solamente porque ha estado siempre más perfectamente unida a la voluntad de Dios».


«Tengo que hacer una cantidad de bien —escribe Monseñor d’Hulst—, tengo que dar a Dios una cantidad de amor, tengo que consagrar a los hombres una cantidad de abnegación; tengo que cumplir una cantidad de penitencia por mis pecados; otra —indefinida— por los pecados de los hombres; una cantidad de oraciones que ofrecer al cielo por ellos y por mí; una cantidad de deberes de toda clase que cumplir para con mi Padre Celestial; en fin, tengo que hacer un determinado uso de mi alma y de mi cuerpo, de mis facultades y de mis miembros, de mi tiempo y de mis obras, para gloria de Dios y cumplimiento de sus designios. Este es el plan que El me traza y sobre el cual seré juzgado. Necesito poder decir en mi última hora: Consummatum est. Padre, he terminado la tarea que me habéis confiado... Ya he dicho todo; seré santo».


En su peculiar estilo, decía el Cura de Ars: «Si se preguntase a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Y si se preguntase a los santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo».


De los escritores espirituales de la Compañía de Jesús, extractamos, entre muchos, estos textos capitales: «Lo más alto y más perfecto es la caridad y amor de Dios. Pues lo más alto y más subido y más puro de ese amor de Dios y como la nata de él, es conformarse en todo con la voluntad de Dios... Luego cuanto uno estuviere más conforme y más unido con la voluntad de Dios, tanto será mejor y más perfecto» (1).


En el Retiro espiritual del Beato P. de la Colombière (2), leemos: «La gracia de Dios es una semilla que no conviene sofocar... Es preciso ser fiel a los movimientos que nos llevan a practicar alguna acción virtuosa en ciertas ocasiones, porque esta fidelidad es a veces la clave de nuestra dicha. Una mortificación que Dios nos inspira en ciertas circunstancias, si se escucha su voz, producirá quizás grandes frutos y la santidad en nosotros, mientras que el desprecio que se hiciera de esta pequeña gracia podría tener funestas consecuencias».




El autor de La Doctrina espiritual, el P. Luis Lallemant, se expresa del mismo modo que el P. de la Colombière: «Haber ahogado un movimiento (de naturaleza) es haber ganado más que la posesión de cien mil mundos para la eternidad» (3). Y añade: «Hay pocas almas perfectas porque son pocas las que siguen la guía del Espíritu Santo... La causa de no llegar más que muy tarde o de no llegar nunca a la perfección es porque se sigue casi en todo solamente a la naturaleza y al sentido humano. Y no se guía más que muy poco o nada por el Espíritu Santo» (4).


Y, por fin, Gonnelieu: «La fidelidad a la gracia no es tanto una virtud particular como el espíritu y el alma de todas las virtudes... La fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo y a los movimientos de la gracia es lo que hace a todos los santos» (5).


                                            * * *


Puesto que la fidelidad a la gracia es lo que hace a los santos, es de toda evidencia que debemos adiestrarnos en corresponder plenamente a los deseos del Espíritu Santo sobre nosotros. Se comprende, pues, que no se trata en estas páginas de la fidelidad que podríamos llamar negativa, de la fidelidad esencial, necesaria bajo pena de falta. Se trata de un problema mucho más delicado: el de la fidelidad positiva, se trata de esa prontitud alada, flexible, alegre, en adherirnos lo mejor que podamos a lo que pide en el fondo de nosotros mismos la Voz que se hace oír sin ruido de palabras.


La santidad, un sí perfecto, un sí viviente a todas las voluntades, a todas las inspiraciones divinas. Inclinar a las almas a no negarse jamás a estas dos letras victoriosas, es el objeto de nuestras páginas. No constituyen éstas un tratado completo (6), sino un modesto silabario para aprender a decir sí.


Continuará...


1 P. Alonso Rodríguez, S. I., Ejercicio de Perfección, Parle 1.ª, trat. VIII, cap. I.

2 Cuarta Semana.

3 Tercer Principio, cap. II, art. IV, I.

4 Y añade: ... «Muy pocos se mantienen constantemente en los caminos de Dios. Muchos se separan de ellos sin cesar. El Espíritu Santo los llama con sus inspiraciones, pero como no le son dóciles, llenos de sí mismos, aferrados a sus sentimientos, no se dejan guiar fácilmente... Así no avanzan mucho, y la muerte les sorprende sin haber dado más de veinte pasos cuando hubiesen podido dar diez mil si se hubiesen abandonado a la guía del Señor. Por el contrario, las personas verdaderamente interiores que se guían por la luz del Espíritu de Dios... van a paso de gigante por los caminos de la gracia» (Ed. Pottier, 187-188).

5 De la Présence de Dieu. 1.ª parte, cap. III. al principio.

6 El libro V del volumen Dans le Christ Jésus, págs. 187 a 219. puede ayudar a

precisar la Psicología del Espíritu Santo actuando en el alma y la Psicología del alma obrando

bajo la acción del E. S. Suponemos adquiridos estos elementos básicos




PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (11)

 


                                                   CUARTA CONSIDERACIÓN
                                                CERTIDUMBRE DE LA MUERTE


                                                           PUNTO SEGUNDO
                                         A cada paso nos acercamos a la muerte 



Es cierto, pues, que todos estamos condenados a muerte. Todos nacemos, dice San Cipriano, con la cuerda al cuello; y cuantos pasos damos, otro tanto nos acercamos a la muerte... Hermano mío, así como estás inscrito en el libro del bautismo, así algún día te inscribirán en el libro de los difuntos. Así como a veces mencionas a tus antepasados, diciendo: Mi padre, mi hermano, de feliz recuerdo, lo mismo dirán de ti tus descendientes. Tal y como tú has oído muchas veces que las campanas tocaban a muerto por otros, así los demás oirán que tocan por ti.


¿Qué dirías de un condenado a muerte que fuese al patíbulo burlándose, riéndose, mirando a todos lados, pensando en teatros, festines y diversiones? Y tú, ¿no caminas también hacia la muerte? ¿Y en qué piensas? Contempla en aquellas tumbas a tus parientes y amigos, cuya sentencia fue ya ejecutada. ¡Qué terror no siente el reo condenado cuando ve a sus compañeros pendientes del patíbulo y muertos ya! Mira a esos cadáveres; cada uno de ellos dice: Ayer a mí, hoy a ti. Lo mismo repiten todos los días los retratos de los que fueron tus parientes, los libros, las casas, los lechos, los vestidos que has heredado.


¡Qué extremada locura es no pensar en ajustar las cuentas del alma y no disponer los medios necesarios para alcanzar buena muerte, sabiendo que hemos de morir, que después de la muerte nos está reservada una eternidad de gozo o de tormento, y que de ese punto depende el ser para siempre dichosos o infelices! Sentimos compasión por los que mueren de repente sin estar preparados para morir, y, con todo, no tratamos de preparamos, a pesar de que lo mismo puede acaecernos. Tarde o temprano, apercibidos o de improviso, pensemos o no en ello, hemos de morir; y a toda hora y en cada instante nos acercamos a nuestro patíbulo, o sea, a la última enfermedad que nos ha de arrojar fuera de este mundo.


Gentes nuevas pueblan, en cada siglo, casas, plazas y ciudades. Los antecesores están en la tumba. Y así como se acabaron para ellos los días de la vida, así vendrá un tiempo en que ni tú, ni yo, ni persona alguna de los que vivimos ahora viviremos en este mundo. Todos estaremos en la eternidad, que será para nosotros, o perdurable día de gozo, o noche eterna de dolor. No hay término medio. Es cierto y de fe que, al fin, nos ha de tocar uno u otro destino.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Oh mi amado Redentor! No me atrevería a presentarme ante Vos si no os viera en la cruz desgarrado, escarnecido y muerto por mí. Grande es mi ingratitud, pero aún es más grande vuestra misericordia. Grandísimos mis pecados, mas todavía son mayores vuestros méritos. En vuestras llagas, en vuestra muerte, pongo mi esperanza. Merecí el infierno apenas hube cometido mi primer pecado. He vuelto luego a ofenderos mil y mil veces. Y Vos, no sólo me habéis conservado la vida, sino que, con suma piedad y amor, me habéis ofrecido el perdón y la paz. ¿Cómo he de temer que me arrojéis de vuestra presencia ahora que os amo y que no deseo sino vuestra gracia? Sí; os amo de todo corazón, ¡oh Señor mío!, y mi único anhelo se cifra en amaros. Os adoro y me pesa de haberos ofendido, no tanto por el infierno que merecí, como por haberos despreciado a Vos, Dios mío, que tanto me amáis.


Abrid, pues, Jesús mío, el tesoro de vuestra bondad, y añadid misericordia a misericordia. Haced que yo no vuelva a ser ingrato, y mudad del todo mi corazón, de suerte que sea enteramente vuestro, e inflamado siempre por las llamas de vuestra caridad, ya que antes menospreció vuestro amor y le trocó por los viles placeres del mundo. Espero alcanzar la gloria, para siempre amaros; y aunque allí no podré estar entre las almas inocentes, me pondré al lado de las que hicieron penitencia, deseando, con todo, amaros más todavía que aquéllas. Para gloria de vuestra misericordia, vea el Cielo cómo arde en vuestro amor un pecador que tanto os ha ofendido. Resuelvo entregarme a Vos de hoy en adelante, y pensar no más que en amaros. Auxiliadme con vuestra luz y gracia para cumplir ese deseo mío, dado también por vuestra misma bondad.


¡Oh María, Madre de perseverancia, alcanzadme que sea fiel a mi promesa!

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (7)

 



                                                                   CAPÍTULO 7

De la grande paz que Dios nuestro Señor da o los que varonilmente pelean contra este enemigo; y de lo mucho que conviene para vencerlo huir de la familiaridad con las mujeres.



Todas estas escaramuzas se suelen pasar en esta guerra de la castidad, cuando el Señor lo permite para probar sus caballeros, si de verdad le aman a Él y a la castidad por quien pelean. Y después de hallados fieles, envía su omnipotente favor, y manda a nuestro adversario que no nos impida nuestra paz ni nuestra secreta habla con Él. Y goza el hombre entonces de lo trabajado, y sábele bien y esle más meritorio.


Es también menester, y muy mucho, para guarda de la castidad, que se evite la conversación familiar de mujeres con hombres, por buenos o parientes que sean. Porque las feas y no pensadas caídas que en el mundo han acaecido acerca de aquesto, nos deben ser un perpetuo amonestador de nuestra flaqueza, y un escarmiento en ajena cabeza, con el cual nos desengañemos de cualquiera falsa seguridad que nuestra soberbia nos quisiere prometer, diciendo que pasaremos sin herida nosotros flacos, en lo que tan fuertes, tan sabios y, lo que más es, tan grandes santos fueron muy gravemente heridos. ¿Quién se fiará de parentesco, leyendo la torpeza de Amnón con su hermana Thamar (2 Reg., 13, 8); con otras muchas tan feas, y más, que en el mundo han acaecido a personas que las ha cegado esta bestial pasión de la carne? ¿Y quién se fiará de santidad suya o ajena, viendo a David, que fue varón conforme al corazón de Dios, ser tan ciegamente derribado en muchos y feos pecados por sólo mirar a una mujer? (2 Reg., 11, 2). ¿Y quién no temblará de su flaqueza oyendo la santidad y sabiduría del rey Salomón, siendo mozo, y sus feas caídas contra la castidad, que le malearon el corazón a la vejez, hasta poner muchedumbre de ídolos y adorarlos, como lo hacían y querían las mujeres que amaba? (3 Reg., 11, 4). Ninguno en esto se engañe, ni se fíe de castidad pasada o presente, aunque sienta su ánima muy fuerte, y dura contra este vicio como una piedra; porque gran verdad dijo el experimentado Jerónimo, que: «Animas de hierro, la lujuria las doma.» Y San Agustín no quiso morar con su hermana, diciendo: «Las que conversan con mi hermana no son mis hermanas.» Y por este camino de recatamiento han caminado todos los santos, a los cuales debemos seguir si queremos no errar.


Por tanto, doncella de Cristo, no seáis en esto descuidada; mas oíd y cumplid lo que San Bernardo dice: «Que las vírgenes que verdaderamente son vírgenes, en todas las cosas temen, aun en las seguras.» Y las que así no lo hacen, presto se verán tan miserablemente caídas, cuanto primero estaban con falsa seguridad miserablemente engañadas. Y aunque por la penitencia se alcance el perdón del pecado, no se alcanza la corona de la virginidad perdida, y «cosa fea es, dice San Jerónimo, que la doncella que esperaba corona pida perdón de haberla perdido», como lo sería si tuviese el Rey una hija muy amada, y guardada para la casar conforme a su dignidad, y cuando el tiempo de ello viniese, le dijese la hija que le pedía perdón de no estar para casarse, por haber perdido malamente su virginidad. «Los remedios de la penitencia, dice San Jerónimo, remedios de desdichados son», pues que ninguna desdicha o miseria hay mayor que hacer pecado mortal, para cuyo remedio es menester la penitencia. Y por tanto, debéis trabajar con toda vigilancia por ser leal al que os escogió, y guardar lo que prometisteis, porque no probéis por experiencia lo que está escrito (Jerem., 2, 19): Conoce y ve cuan mala y amarga cosa es haber dejado al Señor Dios tuyo, y no haber estado su temor en ti; mas gocéis del fruto y nombre de casta esposa, y de la corona que a tales está aparejada.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (10)

 



                                                    CUARTA CONSIDERACIÓN
                                                CERTIDUMBRE DE LA MUERTE


                                                            PUNTO PRIMERO
                                                     Todos tenemos que morir


Statutum est hominibus semel mori ad módícu parens..
Está decretado que los hombres mueren sólo una vez. Heb. 9, 27.



Escrita está la sentencia de muerte para todo el humano linaje. El hombre ha de morir. Decía San Agustín (In Salm. 12): La muerte sólo es segura; los demás bienes y males nuestros, inciertos son. No se puede saber si aquel niño que acaba de nacer será rico o pobre, si tendrá buena o mala salud, si morirá joven o viejo. Todo ello es incierto, pero es cosa indudable que ha de morir. Magnates y reyes serán también segados por la hoz de la muerte, a cuyo poder no hay fuerza que resista. Posible es resistir al fuego, al agua, al hierro, a la potestad de los príncipes, mas no a la muerte. Refiere Vicente de Beauvais que un rey de Francia, viéndose en el término de su vida, exclamó: Con todo mi poder no puedo conseguir que la muerte me espere una hora más. Cuando ese trance llega, ni por un momento podemos demorarle.


Aunque vivieres, lector mío, cuantos años deseas, ha de llegar un día, y en ese día una hora, que será la última para ti. Tanto para mí, que esto escribo, como para ti, que lo lees, está decretado el día y punto en que ni yo podré escribir ni tú leer más. ¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? (Sal. 88, 49). Dada está la sentencia. No ha habido hombre tan necio que se haya forjado la ilusión de que no ha de morir. Lo que acaeció a tus antepasados te sucederá también a ti. De cuantas personas vivían en tu patria al comenzar el pasado siglo, ni una sola queda con vida. También los príncipes y monarcas dejaron este mundo. No queda más de ellos que el sepulcro de mármol y una inscripción pomposa, que hoy nos sirve de enseñanza, patentizándonos que de los grandes del mundo sólo resta un poco de polvo detrás de aquellas losas... Pregunta San Bernardo: Dime, ¿dónde están los amadores del mundo? Y responde: Nada de ellos queda, sino cenizas y gusanos.


Preciso es, por tanto, que procuremos, no la fortuna perecedera, sino la que no tiene fin, porque inmortales son nuestras almas. ¿De qué os servirá ser felices en la tierra—-aunque no puede haber verdadera felicidad en un alma que vive alejada de Dios—, si después habréis de ser desdichados eternamente?... Ya os habéis preparado morada a vuestro gusto. Pensad que pronto tendréis que dejarla para consumiros en la tumba. Habéis alcanzado tal vez la dignidad que os eleva sobre los demás hombres. Pero llegará la muerte y os igualará con los más viles plebeyos del mundo.




AFECTOS Y PETICIONES

¡Infeliz de mi!, que durante tantos años sólo he pensado en ofenderos, ¡oh Dios de mi alma !... Pasaron ya esos años; tal vez mi muerte está ya cerca, y no hallo en mí más que remordimiento y dolor. ¡Ah Señor, si os hubiese siempre servido !...¡ Cuan loco fui !... En tantos años como he vivido, en vez de granjear méritos para la otra vida, ¡ me he colmado de deudas para con la divina justicia!... Amado Redentor mío, dadme luz y ánimo para ordenar mi conciencia ahora. Quizá no esté la muerte lejos de mí, y quiero prepararme para aquel momento decisivo de mi felicidad o mi desdicha eterna. Gracias mil os doy por haberme esperado hasta ahora. Y ya que me habéis dado tiempo de remediar el mal cometido, heme aquí, Dios mío; decidme lo que deseáis que haga por Vos. ¿Queréis que me duela de las ofensas que os hice?... Me arrepiento de ellas y las detesto con toda el alma... ¿Queréis que me emplee en amaros estos años o días que me resten? Así lo haré, Señor. ¡Oh Dios mío! También más de una vez formé en lo pasado esas mismas resoluciones, y mis promesas se trocaron en otros tantos actos de traición. No, Jesús mío; no quiero ya mostrarme ingrato a tantas gracias como me habéis dado. Si ahora, al menos, no mudo de vida, ¿cómo podré en la muerte esperar perdón y alcanzar la gloria? Resuelvo, pues, firmemente dedicarme de veras a serviros desde ahora. Y Vos, Señor, ayudadme, no me abandonéis. Ya que no me abandonasteis cuando tanto os ofendía, espero con mayor motivo vuestro socorro ahora que me propongo abandonarlo todo para serviros. Permitid que os ame, ¡oh Dios, digno de infinito amor! Admitid al traidor que, arrepentido, se postra a vuestros pies y os pide misericordia.


Os amo, Jesús mío, con todo mi corazón y más que a mi mismo. Vuestro soy; disponed de mí y de todas mis cosas como os plazca. Concededme la perseverancia en obedeceros; concededme vuestro amor, y haced de mí lo que os agrade.


María, Madre, refugio y esperanza mía, a Vos me encomiendo; os entrego mi alma; rogad a Dios por mí.

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (6)

 



                                                                  CAPÍTULO 6

De dos causas de las tentaciones sensuales; y qué medios habemos de usar contra ellas cuando nacen de la impugnación del demonio.


Debemos mucho advertir que el remedio que habemos dicho de afligir la carne suele ser provechoso cuando la tentación nace de la misma carne, como suele acaecer a los mozos y a los que tienen buena salud y regalada su carne; y entonces aprovecha poner el remedio en ella, pues está en ella la raíz de la enfermedad.


Mas otras veces viene esta tentación de parte del demonio; y verse ha ser así, en que más combate con pensamientos y feas imaginaciones del ánima, que con feos sentimientos del cuerpo; o si los hay, no es porque la tentación comience en ellos, mas comenzando por pensamientos, resulta el sentimiento en la carne; la cual algunas veces estando flaquísima y como muerta, están los malos pensamientos vivísimos, como a San Jerónimo acaecía, según él lo cuenta. Y tienen también otra señal, que es venir importunamente y cuando el hombre menos querría, y menos ocasión hay para ello. Y ni acatan reverencia a tiempos de oración, ni de misa, ni lugares sagrados, en los cuales un hombre, por malo que sea, suele tener acatamiento y abstenerse de pensar estas cosas. Y algunas veces son tantos y tales estos pensamientos, que el hombre nunca oyó, ni supo, ni imaginó tales cosas como se le ofrecen. Y en la fuerza con que vienen, y cosas que oye interiormente, siente el hombre que no nacen de él, sino que otro las dice y las hace. Cuando estas y otras señales semejantes hubiere, tened por cierto que es persecución del demonio en la carne, y que no nace de ella, aunque se padece en ella. La cual guerra es más peligrosa que la pasada, por querernos muy mal quien la hace, y por ser enemigo tan infatigable para guerrear, velando y durmiendo, y en todo tiempo y lugar.


Y el remedio de este mal es procurar alguna buena ocupación que ponga en cuidado y trabajo, con el cual pueda olvidar aquellas feas imaginaciones. Y a este intento procuró San Jerónimo, según él mismo lo cuenta, de estudiar la lengua hebrea con mucho trabajo, aunque no sin fruto, y dice: «Haz siempre alguna buena obra porque te halle el demonio bien ocupado.» Y también hablando en este propósito, de cuán provechosa es para esto la vida de los monasterios, le aconseja diciendo: «Y en ella cumplas cada día lo que te fuere encargado, y seas sujeto a quien no querrías, y vayas cansado a la cama, y andando te caigas dormido; y sin haber cumplido con el sueño seas constreñido a te levantar, y digas tu Salmo cuando te viniere, y sirvas a los hermanos, y laves los pies a los huéspedes; y siendo injuriado, calles, y temas, como al señor al abad del monasterio, y le ames como a padre, y creas que todo lo que él te mandare es cosa que te conviene, y no juzgues a tus mayores, pues que tu oficio es obedecer y cumplir lo mandado, según dice Moisés (Deut., 6): Oye, Israel, y calla. Y estando ocupado en tantos negocios, no tendrás lugar para otros pensamientos; y pasando de una obra en otra, aquello solamente tendrás en la memoria, que de presente eres constreñido a hacer.» Esto dice San Jerónimo. Y conforme a esto, se usaba entonces en los monasterios ejercitar a los mozos en buenas ocupaciones, más que en soledad y larga oración, por el peligro que de parte de su carne y pasiones no mortificadas les puede y suele venir.


Aunque esta regla tiene excepciones, por haber en las personas disposiciones diversas y dones particulares de Dios; por lo cual con justa causa puede darse la oración larga al mozo y quitarse al viejo. Y dije que no ocupaban al mozo en larga oración; entiendo de aquella en la cual se gasta casi todo el tiempo, y se tiene como por oficio. Porque no tener algunos ratos de ella sería yerro muy grande, por los bienes que perdería; y porque aun para bien hacer la ocupación es menester ganar espíritu y fuerzas en la oración; que de otra manera suelen los ocupados quejarse y andar desabridos, como carro cargado y no untado con la blandura de la devoción.


Y estén advertidos los principiantes a que el demonio particularmente procura de traerles las tales imaginaciones al tiempo de la oración, por hacer que la dejen y descanse él. Porque aunque el demonio nos fatiga mucho con sus tentaciones, mucho más le fatigamos a él y le queman nuestras devotas oraciones; y por eso procura que no las hagamos, o que las hagamos mal hechas. Mas nosotros debemos, como a porfía, trabajar todo lo que nos fuere posible por no dejar nuestro ejercicio, pues en la persecución que en él tenemos se demuestra bien cuán provechoso nos es. Y si tanto nos acosare la guerra haciendo la oración mentalmente, y sintiéremos mucho peligro por las tales imaginaciones, debemos a más no poder orar vocalmente, y herir nuestros pechos, lastimar nuestra carne, poner los brazos en cruz, alzar las manos y los ojos al Cielo pidiendo socorro a Nuestro Señor; de manera que, en fin, se gaste bien aquel rato que para orar teníamos diputado [dispuesto]; o hacer algo que nos divierta [distraiga], especialmente hablar con alguna buena persona que nos esfuerce; aunque esto ha de ser a más no poder, porque no se vence nuestra flaqueza a querer vencer huyendo, y nos haga nuestro enemigo perder el lugar de nuestra pelea y las fuerzas de pelear; que, en fin, el Señor piadoso y poderoso mandará, cuando nos convenga, que nuestro adversario calle, y no nos impida nuestra secreta y amigable habla que solíamos tener con Él.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (9)

 



                                                  TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                      BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                           PUNTO TERCERO
           La vida es BREVE: luego hay que trabajar para alcanzar la muerte


¡Qué gran locura es, por los breves y míseros deleites de esta cortísima vida, exponerse al peligro de una infeliz muerte y comenzar con ella una desdichada eternidad! ¡Oh, cuánto vale aquel supremo instante, aquel postrer suspiro, aquella última escena! Vale una eternidad de dicha o de tormento. Vale una vida siempre feliz o siempre desgraciada. Consideremos que Jesucristo quiso morir con tanta amargura e ignominia para que tuviéramos muerte venturosa. Con este fin nos dirige tan a menudo sus llamamientos, sus luces, sus reprensiones y amenazas, para que procuremos concluir la hora postrera en gracia y amistad de Dios.


Hasta un gentil, Antístenes, a quien preguntaban cuál era la mayor fortuna de este mundo, respondió que era una buena muerte. ¿Qué dirá, pues, un cristiano á quien la luz de la fe enseña que en aquel trance se emprende uno de los dos caminos, el de un eterno padecer o el de un eterno gozar? Si en una bolsa hubiese dos papeletas, una con el rótulo del infierno, otra con el de la gloria, y tuvieses que sacar por suerte una de ellas para ir sin remedio a donde designase, ¿qué de cuidado no pondrías en acertar a escoger la que te llevase al Cielo? Los infelices que estuvieran condenados a jugarse la vida, ¡cómo temblarían al tirar los dados que fueran a decidir de la vida o la muerte! ¡Con qué espanto te verás próximo a aquel punto solemne en que podrás a ti mismo decirte: «De este instante depende mi vida o muerte perdurables! ¡Ahora se ha de resolver si he de ser siempre bienaventurado o infeliz para siempre!" Refiere San Bernardino de Sena que cierto príncipe, estando a punto de morir, atemorizado, decía: Yo, que tantas tierras y palacios poseo en este mundo, ¡no sé, si en esta noche muero, qué mansión iré a habitar!


Si crees, hermano mío, que has de morir, que hay una eternidad, que una vez sola se muere, y que, engañándote entonces, el yerro es irreparable para siempre y sin esperanza de remedio, ¿cómo no te decides, desde el instante que esto lees, a practicar cuanto puedas para asegurarte buena muerte?... Temblaba un San Andrés Avelino, diciendo: «¿Quién sabe la suerte que me estará reservada en la otra vida, si me salvaré o me condenaré?...» Temblaba un San Luis Beltrán de tal manera, que en muchas noches no lograba conciliar el sueño, abrumado por el pensamiento que le decía: ¿Quién sabe si te condenarás?... ¿Y tú, hermano mío, que de tantos pecados eres culpable, no tienes temor?... Sin tardanza, pon oportuno remedio; forma la resolución de entregarte a Dios completamente, y comienza, siquiera desde ahora, una vida que no te cause aflicción, sino consuelo en la hora de la muerte. Dedícate a la oración; frecuenta los sacramentos; apártate de las ocasiones peligrosas, y aun abandona el mundo, si necesario fuere, para asegurar tu salvación; entendiendo que cuando de esto se trata no hay jamás confianza que baste.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Cuánta gratitud os debo, amado Salvador mío!... ¿Y cómo habéis podido prodigar tantas gracias a un traidor ingrato para con Vos? Me creasteis, y al crearme veíais ya cuántas ofensas os había de hacer. Me redimisteis, muriendo por mí, y ya entonces percibíais toda la ingratitud con que había de colmaros. Luego, en mi vida del mundo, me alejé de Vos, fui como muerto, como animal inmundo, y Vos, con vuestra gracia, me habéis vuelto a la vida. Estaba ciego, y habéis dado luz a mis ojos. Os había perdido, y Vos hicisteis que os volviera a hallar. Era enemigo vuestro, y Vos me habéis dado vuestra amistad... ¡Oh Dios de misericordia!, haced que conozca lo mucho que os debo y que llore las ofensas que os hice. Vengaos de mi dándome dolor profundo de mis pecados; mas no me castiguéis privándome de vuestra gracia y amor... ¡Oh eterno Padre, abomino y detesto sobre todos los males cuantos pecados cometí ! ¡ Tened piedad de mí, por amor de Jesucristo! Mirad a vuestro Hijo muerto en la cruz, y descienda sobre mí su Sangre divina para lavar mi alma. ¡Oh Rey de mi corazón, adveniat regnum tuum! Resuelto estoy a desechar de mí todo afecto que no sea por Vos. Os amo sobre todas las cosas; venid a reinar en mi alma. Haced que os ame como único objeto de mi amor. Deseo complaceros cuanto me fuere posible en el tiempo de vida que me reste. Bendecid, Padre mío, este mi deseo, y otorgadme la gracia de que siempre esté unido a Vos. Os consagro todos mis afectos, y de hoy en adelante quiero ser sólo vuestro, ¡oh tesoro mío, mi paz, mi esperanza, mi amor y mi todo! De Vos lo espero todo por los merecimientos de vuestro Hijo!


Reina Y Madre mía María, mi reina y mi Madre!, ayudadme con vuestra intercesión. Madre de Dios, rogad por mí.

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (5)

 


                                                                   CAPÍTULO 5

De cuánto debemos huir los regalos de la carne; y cómo es peligrosísimo enemigo; y de qué medios nos habemos de aprovechar para vencerlo.


La carne habla regalos y deleites; unas veces claramente, y otras debajo de título de necesidad. Y la guerra de esta enemiga, allende [además] de ser muy enojosa, es más peligrosa, porque combate con deleites, que son armas más fuertes que otras. Lo cual parece en que muchos han sido de los deleites vencidos, que no lo fueron por dineros, ni honras, ni recios tormentos. Y no es maravilla, pues es su guerra tan escondida y tan a traición, que es menester mucho aviso para se guardar de ella. ¿Quién creerá que debajo de blandos deleites viene escondida la muerte, y muerte eterna, siendo la muerte lo más amargo que hay, y los deleites el mismo sabor? Copa de oro y ponzoña de dentro, es el falso deleite, con el cual son embriagados los hombres que no miran sino a la apariencia de fuera. Traición es de Joab que abrazando a Amasás lo mató (2 Reg., 20, 9); y de Judas, que con falsa paz entregó a la muerte a su bendito Maestro (Lc., 22, 47). Y así es, que en bebiendo del deleite del pecado mortal, muere Cristo en el alma; y Él muerto, el ánima muere; porque la vida de ella viene de Él. Y así dice San Pablo (Rom., 8, 13): Si según la carne viviéredes, moriréis. Y en otra parte (1 Tim., 6, 6): La viuda que en deleites está, viviendo está muerta; viva en la vida del cuerpo, y muerta en la del ánima. Y cuanto la carne es a nos más conjunta, tanto más nos conviene temerla; pues el Señor dice (Mt., 10, 36) que los enemigos del hombre son los de su casa; y ésta no sólo es de casa, mas de dos paredes que tiene nuestra casa, ella es la una.


Y por esta y otras causas que hay, dijo San Agustín que «la pelea de la carne es continua, y la victoria dificultosa»; y quien quisiere salir vencedor, de muchas y muy fuertes armas le conviene ir armado. Porque la preciosa joya de la castidad no se da a todos, mas a los que con muchos sudores de importunas oraciones y de santos trabajos la alcanzan de nuestro Señor. El cual quiso ser envuelto en sábana limpia de lienzo, que pasa por muchas asperezas para venir a ser blanco; para dar a entender que el varón que desea alcanzar o conservar el bien de la castidad, y aposentar a Cristo en sí como en otro sepulcro, conviene le con mucha costa y trabajos ganar esta limpieza: la cual es tan rica que, por mucho que cueste, siempre se compra barato.


Y así como se piden otros trabajos más ásperos de penitencia y satisfacción al que mucho ha ofendido a nuestro Señor que a quien menos, así, aunque a todos los que en esta carne viven convenga temerla, y guardarse de ella, y enfrenarla, y regirla con prudente templanza, mas los que particularmente son de ella guerreados, particulares remedios y trabajos han menester. Por tanto, quien esta necesidad sintiere en sí mismo, debe primeramente tratar con aspereza su carne, con apocarle la comida y el sueño, con dureza de cama, y de cilicios, y otros convenientes medios con que la trabaje. Porque, según San Jerónimo dice: «Con el ayuno se sanan las pestilencias de la carne»; y San Hilarión, que decía a su propia carne: «Yo te domaré y haré que no tires coces, sino que, de hambrienta y trabajada, pienses antes en comer que en retozar.» Y San Jerónimo aconseja a Eustoquio [hija de Santa Paula, discípula de S. Jerónimo], virgen, que aunque ha sido criada con delicados manjares, tenga gran cuenta con la abstinencia y trabajos del cuerpo, afirmándole que sin esta medicina no podrá poseer la castidad. Y si de aqueste tratamiento se sigue flaqueza a la carne, o daño a la salud, responde el mismo San Jerónimo en otra parte: «Más vale que duela, el estómago, que no el alma; y mejor es que mandes al cuerpo, que no que le sirvas; y que tiemblen las piernas de flaqueza, que no que vacile la castidad.» Verdad es que en otra parte dice que no sean los ayunos tan excesivos, que debiliten el estómago; y en otra parte reprende a algunos que él conoció haber corrido peligro de perder el juicio por la mucha abstinencia y vigilias.


Para estas cosas no se puede dar una general regla que cuadre a todos; pues unos se hallan bien con unos medios, y otros no; y lo que daña a uno en su salud, a otro no. Y una cosa es ser la guerra tan grande, que pone al hombre a riesgo de perder la castidad, porque entonces a cualquier riesgo conviene poner el cuerpo por quedar con la vida del alma; y otra cosa es pelear con una mediana tentación, de la cual no se teme tanto peligro ni ha menester tanto trabajo para la vencer. Y el tomar en estas cosas el medio que conviene, está a cargo del que fuere guía prudente de la persona tentada; habiendo de parte de entrambos humilde oración al Señor, para que dé en ello su luz. Y pues San Pablo (1 Cor., 9, 27), vaso de elección, no se fía de su carne, mas dice que la castiga y la hace servir, porque predicando él a otros que sean buenos, no sea él hallado malo cayendo en algún pecado, ¿cómo pensaremos nosotros, que seremos castos sin castigar nuestro cuerpo, pues tenemos menos virtud que él, y mayores causas para temer? Muy mal se guarda la humildad entre honras, y templanza entre abundancia, y castidad entre los regalos. Y si sería digno de escarnio quien quisiese apagar el fuego que arde en su casa y él mismo le echase leña muy seca, muy más digno de escarnio, es quien por una parte desea la castidad, y por otra hinche de manjares y de regalo su carne, y se da a la ociosidad; porque estas cosas no sólo no apagan el fuego encendido, mas bastan a encenderlo a quien muy apagado lo tuviere. Y pues el Profeta Ezequiel (16, 49) da testimonio que la causa por que aquella desventurada ciudad de Sodoma llegó a la cumbre de tan abominable pecado, fue la hartura y abundancia de pan y ociosidad que tenía, «quién osará vivir en regalos ni ocio, ni aun verlos de lejos, pues los que fueron bastantes a hacer el mayor mal, con más facilidad harán los menores". Ame, pues, la templanza y mal tratamiento de su carne quien es amador de la castidad; porque si lo uno quiere tener sin lo otro, no saldrá con ello, mas antes se quedará sin entrambas cosas. Que a los que Dios juntó, ni los debe el hombre querer apartar (Mt., 19, 6), ni puede aunque quiera.


Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (8)

 


                                                   TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                      BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                      PUNTO SEGUNDO
               La vida es corta: luego los bienes de este mundo son pura vanidad


Exclamaba el rey Exequias: Mi vida ha sido cortada como por tejedor. Mientras se estaba aún formando, me cortó (Is., 38, 12). ¡Oh, a cuántos que están tramando la tela de su vida, ordenando y persiguiendo previsoramente sus mundanos designios, los sorprende la muerte y lo rompe todo! Al pálido resplandor de la última luz se oscurecen y huyen todas las cosas de la tierra: aplausos, placeres, grandezas y galas... ¡Gran secreto de la muerte! Ella sabe mostrarnos lo que no ven los amantes del mundo. Las más envidiadas fortunas, las mayores dignidades, los magníficos triunfos, pierden todo su esplendor cuando se les contempla desde el lecho de muerte. La idea de cierta falsa felicidad que nos habíamos forjado se trueca entonces en desdén contra nuestra propia locura. La negra sombra de la muerte cubre y oscurece hasta las regias dignidades.



Ahora las pasiones nos presentan los bienes del mundo muy diferentes de lo que son. Mas la muerte los descubre y muestran como son en sí humo, fango, vanidad y miseria. .. ¡Oh Dios! ¿De qué sirven después de la muerte las riquezas, dominios y reinos, cuando no hemos de tener más que un ataúd de madera y una mortaja que apenas baste para cubrir el cuerpo? ¿De qué sirven los honores, si sólo nos darán un fúnebre cortejo o pomposos funerales, que si el alma está perdida, de nada le aprovecharán? ¿De qué sirve la hermosura del cuerpo, si no quedan más que gusanos, podredumbre espantosa y luego un poco de infecto polvo?



Me ha puesto como por refrán del vulgo, y soy delante de ellos un escarmiento (Jb., 17, 6). Muere aquel rico, aquel gobernante, aquel capitán, y se habla de él en dondequiera. Pero si ha vivido mal, vendrá a ser murmurado del pueblo, ejemplo de la vanidad del mundo y de la divina justicia, y escarmiento de muchos. Y en la tumba confundido estará con otros cadáveres de pobres. Grandes y pequeños allí están (J., 3, 18). ¿Para qué le sirvió la gallardía de su cuerpo, si luego no es más que un montón de gusanos? ¿Para qué la autoridad que tuvo, si los restos mortales se pudrirán en el sepulcro, y si el alma está arrojada a las llamas del infierno? ¡Oh, qué desdicha ser para los demás objeto de estas reflexiones, y no haberlas uno hecho en beneficio propio!


Convenzámonos, por tanto, de que para poner remedio a los desórdenes de la conciencia no es tiempo hábil el tiempo de la muerte, sino el de la vida. Apresurémonos, pues, a poner por obra enseguida lo que entonces no podremos hacer. Todo pasa y fenece pronto (1 Co., 7, 29). Procuremos que todo nos sirva para conquistar la vida eterna.



AFECTOS Y PETICIONES

Oh Dios de mi alma, oh bondad infinita! Tened compasión de mí, que tanto os he ofendido. Harto sabía que pecando perdería vuestra gracia, y quise perderla. ¿Me diréis, Señor, lo que debo hacer para recuperarla?... Si queréis que me arrepienta de mis pecados, de ellos me arrepiento de todo corazón, y desearía morir de dolor por haberlos cometido. Si queréis que espere vuestro perdón, lo espero por los merecimientos de vuestra Sangre. Si queréis que os ame sobre todas las cosas, todo lo dejo, renuncio a cuantos placeres o bienes puede darme el mundo, y os amo más que a todo, ¡oh amabilísimo Salvador mío! Si aún queréis que os pida alguna gracia, dos os pediré: que no permitáis os vuelva a ofender; que me concedáis os ame de veras, y luego hacer de mí lo que quisiereis.


¡Oh María, esperanza de mi alma, alcanzadme estas dos gracias. Así lo espero de Vos.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (7)

 


                                                    TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                        BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                                Quae est vita vestra? Vapor est ad módícu parens.
                                                                ¿Qué es vuestra vida? Vapor es que aparece por un poco tiempo. Jac., IV, 15.


                                                             
                                                           PUNTO PRIMERO 
                                                       La muerte viene pronto

¿Qué es nuestra vida?... Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar.


Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita. Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama —le dice— que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es el pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is., 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos. Corre hacia nosotros velocísima la muerte, y nosotros en cada instante hacia ella corremos (Jb., 9, 25). Todo este tiempo en que escribo —dice San Jerónimo— se quita de mi vida. Todos morimos, y nos deslizamos coma sobre la tierra el agua, que no se vuelve atrás (2 Reg., 14, 14). Ved cómo corre a la mar aquel arroyuelo; sus corrientes aguas no retrocederán. Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Placeres, recreos, faustos, elogios, alabanzas, todo va pasando... ¿Y qué nos queda?... Sólo me resta el sepulcro (Jb., 17, 1). Seremos sepultados en la fosa, y allí habremos de estar pudriéndonos, despojados de todo.


En el trance de la muerte, el recuerdo de los deleites que en la vida disfrutamos y de las honras adquiridas sólo servirá para acrecentar nuestra pena y nuestra desconfianza de obtener la eterna salvación... ¡Dentro de poco, dirá entonces el infeliz mundano, mi casa, mis jardines, esos muebles preciosos, esos cuadros, aquellos trajes, no serán ya para mí! Sólo me resta el sepulcro. ¡Ah! ¡Con dolor profundo mira entonces los bienes de la tierra quien los amó apasionadamente! Pero ese dolor no vale más que para aumentar el peligro en que está la salvación. Porque la experiencia nos prueba que tales personas apegadas al mundo no quieren ni aun en el lecho de la muerte que se les hable sino de su enfermedad, de los médicos a que pueden consultar, de los remedios que pudieran aliviarlos. Y apenas se les dice algo de su alma, se entristecen de improviso y ruegan que se les deje descansar, porque les duele la cabeza y no pueden resistir la conversación. Si por acaso quieren contestar, se confunden y no saben qué decir. Y a menudo, si el confesor les da la absolución, no es porque los vea bien dispuestos, sino porque no hay tiempo que perder. Así suelen morir los que poco piensan en la muerte.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Ah Señor mío y Dios de infinita majestad! Me avergüenzo de comparecer ante vuestra presencia. ¡Cuántas veces he injuriado vuestra honra, posponiendo vuestra gracia a un mísero placer, a un ímpetu de rabia, a un poco de barro, a un capricho, a un humo leve!


Adoro y beso vuestras llagas, que con mis pecados he abierto; mas por ellas mismas espero mi perdón y salud. Dadme a conocer, ¡oh Jesús!, la gravedad de la ofensa que os hice, siendo como sois la fuente de todo bien, dejándoos para saciarme de aguas pútridas y envenenadas.


¿Qué me resta de tanta ofensa sino angustia, remordimiento de conciencia y méritos para el infierno? Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo (Lc. 15, 21). No me abandones, Padre mío; verdad es que no merezco la gracia de que me llames tu hijo. Pero has muerto para salvarme... Habéis dicho, Señor: Volveos a Mi y Yo me volveré a vosotros (Zac., 1, 3). Renuncio, pues, a todas las satisfacciones. Dejo cuantos placeres pudiera darme el mundo, y me convierto a Vos. Por la sangre que por mi derramasteis, perdonadme, Señor, que yo me arrepiento de todo corazón de haberos ultrajado. Me arrepiento y os amo más que todas las cosas. Indigno soy de amaros; mas Vos, que merecéis tanto amor, no desdeñéis el de un corazón que antes os desdeñaba. Con el fin de que os amase, no me hicisteis morir cuando yo estaba en pecado.. Deseo, pues, amaros en la vida que me reste, y no amar a nadie más que a Vos. Ayudadme, Dios mío; concededme el don de la perseverancia y vuestro santo amor.


¡Oh María, refugio mío, encomendadme a Jesucristo!

Continuará...