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LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (8)

 



Renovación espiritual.



Concluimos con una consideración fundamental y muy olvidada que nos plantea el Apóstol de los gentiles: "Renovaos en el espíritu de vuestra mente" (Ef. 4,23); y en otra parte: "Vestíos del hombre nuevo, de aquel que se renueva por el conocimiento según la imagen del que lo creó" (Col 3,10).




Renovémonos sí, por el conocimiento, meditando y estudiando apasionadamente el tesoro "todo deseable" que descubrimos, y eso es lo que la Sagrada Escritura nos da; es la sabiduría -saber y sabor a un tiempo- que en ella se prodiga gratis, y con la cual nos vienen todos los bienes, según ella misma promete (Sab. 7,11).




He aquí el camino, la "técnica" espiritual que nos brinda Dios y su Iglesia para iluminarnos y fortalecernos en la dolorosa y continua lucha con el pecado, y elevarnos a la unión de amistad con Él, al escuchar la miel de su Palabra y descubrir en ella la suavidad, los atractivos, las excelencias de Aquél que nos amó primero (I Juan 4,10); que nos mira con ojos de misericordia como un padre mira a sus hijos (Salm. 102,13), y cuyo amor llegó a la prueba suprema de darnos su Hijo único (Juan 3,16), en el cual tiene puestas todas sus complacencias (Mat. 17,5).



                                     




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LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (7)

 



División de este libro



Esta obra que hoy presentamos a los amantes de la Sagrada Escritura abarca en su primera parte el texto íntegro de la nueva Encíclica "Divino Afflante Spiritu". A ésta se agregan otras normas pontificias acerca de la Biblia, aunque no todas (para ello remitimos al lector al "Enchiridion Biblicum"), sino solo aquéllas que se refieren al "Apostolado bíblico", es decir, las normas que tratan principalmente de la lectura, meditación y estudio práctico de la Sagrada Escritura, sin pretender tampoco agotar con ello el tema, de suyo inagotable.




Una cosa nueva será para muchos, la nómina de "Cien Testigos" que van en el Apéndice y que muestran cómo, además de las autoridades eclesiásticas, los Padres y Doctores de la Iglesia, los Santos, los maestros de la vida espiritual, y los más destacados escritores católicos de nuestros días han recomendado el aprovechamiento de la Escritura como pan espiritual.




Por razones de brevedad hemos escogido solamente cierto número de esas innumerables joyas. En realidad podríamos llenar todo un volumen para evidenciar la continua preocupación de la Iglesia por cumplir los anhelos y la enseñanza del Apóstol de los gentiles: "la Palabra de Cristo en toda su abundancia tenga su morada entre vosotros" (Col. 3,16).




Los testimonios alegados bastarían para probar la verdad de las palabras de J. Hogan citadas por el Cardenal Gomá: "Los primeros cristianos no tenían otro libro que la Biblia; ella les bastaba para inspirarles y guiarles; desde entonces, nada ha perdido de su autoridad ni de su fuerza para iluminar la inteligencia y determinar la voluntad. Habrá otras fuentes de doctrina espiritual que podrán, en un momento, solicitarnos con mayor atractivo; pero las aguas son siempre más frescas en su manantial, y los más grandes y más sabios vuelven siempre a beber de ellas, repitiendo la frase de San Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna" (Juan 6,68).



Continuará...



                       





Continuará...







LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (6)

 



La Sagrada Escritura en los Seminarios.



No nos extrañe que el Sumo Pontífice toque también el problema del estudio de la Sagrada Escritura en los Seminarios, en los cuales muchas veces la Introducción ocupa muchas más clases que la exégesis y la lectura del sagrado texto. Los sacerdotes no pueden cumplir con el deber de repartir al pueblo cristiano el pan de la Palabra de Dios "si ellos mismos mientras moraron en los Seminarios no se empaparon de activo y perenne amor hacia las Sagradas Escrituras".




"Conviértanse así las Letras divinas para los futuros Sacerdotes de la Iglesia en fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno y en alimento y fortaleza del oficio sagrado de la predicación que van a recibir. Si llegaran a conseguir esto los profesores de esta importantísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría de que han contribuido notablemente a la salvación de las almas, al progreso de la causa católica, al honor y la gloria de Dios y que han llevado a cabo una obra en estrechísima relación con su oficio apostólico".




Gracias a la encíclica que estudiamos se despeja también definitivamente el horizonte en la cuestión de intercalar notas dentro del sagrado texto. Resulta así igualmente confirmada por la Autoridad Eclesiástica la depuración que en nuestra edición de la Sagrada Escritura hemos hecho del texto de Torres Amat, y principalmente la eliminación de los agregados en bastardilla, a los Misales para los fieles y otros libros litúrgicos, dando así ocasión a falsas interpretaciones. El Papa señala con respecto a los Códices la necesidad la necesidad de "restablecer lo más perfectamente que se pueda el texto sagrado... librándolo en lo posible de glosas, lagunas, inversiones de palabras", etc.; regla que sin duda alguna hemos de aplicar también a las ediciones modernas.




No puede ser, pues, sino muy grande nuestra esperanza en los frutos que, por el favor de Dios producirá la grandiosa Encíclica de S.S. Pío XII; esperanza que será compartida, lo sabemos, por cuantos cultivan en el Cuerpo Místico de Cristo esa fraternidad especialmente íntima y espiritual que nace del común amor a la Palabra, según enseña el Salmista cuando invita a reunirse con él a cuantos conocen los testimonios de Dios. (Salmo 118, 79).




A esos amigos de la Sagrada Escritura, especialmente a los sacerdotes, van nuestros votos más fervientes por los frutos del apostolado de la Palabra, siembra común que hacemos a veces sin saberlo ni conocernos siquiera unos a otros, pero cuya fertilidad nos asegura "el Dueño de la mies" cuya gloria buscamos únicamente.




Continuará...



                                              




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LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (5)

 



Directivas para los exégetas.


Aquellos que llevan el grave cargo de intérpretes y profesores de la Sagrada Escritura, agradecerán asimismo las directivas que el Papa establece para la investigación del sentido literal, el primero de todos, y con el cual, según Santo Tomás, únicamente se puede argumentar: "Omnes sensus (Scripturae) fundantur super unum, scilicet litteralem, ex quo solo potest trahi argumentum". La Pontificia Comisión Bíblica en una carta fechada el 30 de agosto 1941 y dirigida a todos los Obispos de Italia, recalca ese mismo principio contra un autor anónimo que intentaba desacreditarlo. (Véase Rev. Bíbl. Nº 20, p. 293-296).



Claro está que no se prohíbe investigar, como alimento de la piedad, otros sentidos que pueda tener la Palabra de Dios, pero siempre y ante todo hay que averiguar cuál fue el sentido que quiso expresar el autor sagrado. La nueva Encíclica dice al respecto: "Así pues, deduzcan los exégetas con toda diligencia la significación literal de las palabras con su conocimiento de las lenguas, acudiendo al contexto y comparando con otros pasajes semejantes: subsidios todos de que suele echarse también mano en la interpretación de los escritores profanos, con el fin de que se aclare hasta la evidencia el pensamiento del autor. Pero los exégetas de las Letras Sagradas, recordando que en este caso se trata de la palabra inspirada por Dios, cuya custodia e interpretación fue encomendada por ese mismo Dios a la Iglesia, han de tener en cuenta con no menor diligencia las explicaciones y declaraciones del Magisterio de la Iglesia e igualmente las explicaciones dadas por los Santos Padres y también la "analogía de la fe", como advirtió sabiamente S.S. León XIII en la Encíclica Providentissimus Deus".



Del inmenso trabajo que aguarda a los expositores católicos, nos da una idea el mismo Papa hablando de lo que queda por hacer y añadiendo que puede "tener la exégesis, como los tienen otras disciplinas, sus secretos propios insuperables para nuestras mentes e imposibles de descubrir por esfuerzo alguno".



¡Y con qué cariño tan paternal anima el Papa a los exégetas, "estos valientes obreros en la Viña del Señor", a que continúen su difícil tarea, porque "sólo muy pocas cosas hay cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la sentencia de los Santos Padres. Quedan, pues, muchas otras y gravísimas, en cuya discusión y explicación se puede y debe ejercer libremente la agudeza y el ingenio de los intérpretes católicos". ¡Y cómo los defiende y pide para ellos no solamente "imparcialidad y justicia", sino también "suma caridad" de parte de quienes creen que todo lo que es nuevo es por ello mismo sospechoso!



Continuará...




                                    










LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (4)

 




Aclaraciones sobre cuestiones discutidas


Además de estas preciosas normas prácticas, la nueva Encíclica brinda al mundo católico aclaraciones sobre importantes temas discutidos en el ambiente exegético. Así p. ej. nos estimula de un modo singular a emprender nuevas traducciones según los originales hebreo y griego respectivamente.



Este ideal, ya expresado por el Concilio Tridentino, y dejado a salvo por él, al elegir la Vulgata para el uso ordinario de la Iglesia, lo acentúa ahora el Pontífice con palabras y conceptos extraordinariamente expresivos, diciendo que los Padres de aquel Concilio "rogaron expresamente al Sumo Pontífice que en beneficio de las ovejas de Cristo confiadas a su beatitud, procurase que, además de la edición Vulgata latina, la Iglesia Santa de Dios tenga, por obra suya, un códice griego y uno hebreo, a ser posible corregido; y si entonces, por las dificultades de los tiempos y otros obstáculos, no se pudo responder plenamente a este deseo, al presente, como confiamos, sí que se podrá satisfacer con más amplitud y perfección, aunadas las fuerzas de todos los doctores católicos".



Señala también el Papa cómo los teólogos escolásticos no poseyeron suficiente conocimiento del griego ni del hebreo para aprovechar el texto original, y afirma que éste tiene sin embargo "mayor autoridad y peso que cualquier traducción antigua o moderna por buena que sea", por lo cual merece llamarse "ligero y descuidado" el que hoy se cierra el acceso a los textos originales. Confirma el Papa que la declaración de la Vulgata como "auténtica" en modo alguno disminuye la autoridad y fuerza de los originales; pues esa elección de la Vulgata fue hecha "entre las versiones latinas que en aquella época circulaban", no con respecto a los originales. Aclara, en fin, que esa autenticidad de la Vulgata "más bien merece el nombre de jurídica que el de crítica". (1)



"Por eso -así dice la Encíclica- esta autoridad de la Vulgata en cosas de doctrina no impide -más aún, casi exige en el día de hoy- que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los mismos textos originales y que se invoque continuamente el auxilio de los mismo textos, con los cuales se aclare y patentice cada día más la recta significación de las Sagradas Letras".



Concluye el Sumo Pontífice este capítulo de la Encíclica expresando el anhelo de que se realicen, al alcance de todos, "versiones a las lenguas vivas" y "directamente de los textos originales, como sabemos que se han hecho ya laudablemente en muchas regiones, con la aprobación de la autoridad eclesiástica".



A la luz de estas lecciones de la Suma Autoridad de la Iglesia, vemos cuánto valor cobran esas versiones, como por ejemplo la excelente Biblia francesa de Crampon, no poco difundida ya entre nuestros estudiosos. Así quiera Dios se pueda ofrecer una, en tiempo no remoto, al público de habla española, que no la ha tenido nunca, pues solo existe como tal la edición no católica llamada Versión Moderna, carente de los Libros Deuterocanónicos; y aun en ella hemos encontrado muchas cosas en que no sigue a los originales sino a la Vulgata.



Aspiramos a que en esa futura edición las notas no solamente señalen, como suele hacer Crampon, las diferencias con la Vulgata, añadiendo algunas explicaciones de exégesis más bien científica, sino que principalmente, como quiere el Papa, expongan "doctrina que sirva para aumento de la fe, y base de predicación", o en otros términos, que sean ellas mismas predicación y elogio de las cosas reveladas. También a este respecto, la nueva Encíclica ha confirmado muy señaladamente, en su orientación y carácter, las notas de nuestra edición castellana de la Vulgata en curso de publicación, cuyo cuarto y último volumen (3º del Ant. Test.) esperamos ofrecer en breve con el favor de Dios.


(1) Esta clara afirmación, que hasta hoy habría parecido arriesgada en quien no fuese el Sumo Pontífice, confirmado lo expresado por el Dr. Steinmüller en su nueva y excelente obra "Companion to the Scriptures", en la cual relata expresamente cómo fue desestimada por los Padres del Concilio la proposición del Cardenal Pacheco que pretendía que la versión Vulgata fuese adoptada con exclusión de todo otro texto.



Continuará...



                                         









LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (3)

 




LA OBRA DE LOS SUMOS PONTÍFICES



Y después de alabar, trabajar. Continuar la obra del renacimiento bíblico que los Sumos Pontífices han iniciado en sus Encíclicas "Providentissimus Deus", "Spiritus Paraclitus" y "Divino Afflante Spiritu", ensanchando progresivamente los horizontes hasta romper de una manera categórica con la reserva otrora impuesta por motivos circunstanciales y extraordinarios a raíz de la reforma protestante, pero hoy día suspendida por la Suma Autoridad Eclesiástica. Tan grande fue en aquellos tormentosos tiempos el abuso de la Palabra de Dios, que S.S. el Papa Pío IV se vio obligado a prohibir en el Índice (regla III y IV) la indiscreta lección de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, disponiendo que se pidiese licencia al Ordinario o al Inquisidor.




En compensación, diríamos, y para que no se descuide "aquel tesoro celestial de los libros sagrados", ordena el mismo Concilio de Trento (Ses. V del 17 de Jun. de 1546, cap. I de ref.) la institución de cátedras de Sagrada Escritura en las Iglesias catedrales, conventos, colegios y la creación de nuevas prebendas para ello en otras iglesias (Cf. Enchiridion Bibl. 50-57) y ordena que en las misas solemnes o en la celebración del culto divino de los días festivos y de las solemnidades se expongan las Divinas Letras (sacra eloquia) o las saludables enseñanzas.



                                             




En el año 1757 S.S. Benedicto XIV saca definitivamente del Índice las traducciones de la Biblia en lengua vulgar -la lectura de los textos originales y de la Vulgata latina nunca estuvo prohibida- y en adelante los Sumos Pontífices no se cansan de fomentar de todas las maneras el estudio de la Palabra de Dios, erigiendo un Instituto Bíblico en las dos capitales de la Cristiandad: Roma y Jerusalén; instituyendo la Pontifica Comisión Bíblica compuesta de los mejores escrituristas del orbe católico; inculcando sin cesar al clero el grave deber de predicar todos los domingos el Evangelio; aprobando asociaciones católicas para la difusión del Evangelio y de la Biblia en general; concediendo indulgencias a los que lean el Evangelio, insistiendo en su lección diaria en los hogares cristianos; promoviendo congresos del Evangelio y semanas bíblicas; alentando la publicación de revistas bíblicas, etc., etc. Y después de todo esto, ¿puede haber todavía católicos que crean que la Biblia es un libro protestante que no le es permitido leer a un hijo de la Iglesia Católica? ¡Qué daño tan inmenso para la espiritualidad resultó de este infundado temor!




Gracias a las incesantes insistencias de los últimos Papas, la situación ha mejorado notablemente. Vemos brotar en todos los países católicos una nueva primavera bíblica, íntimamente unida al movimiento litúrgico y a la profundización del dogma central del Cuerpo místico: ¡Cristo en todos y todo en Cristo! Él, por la Eucaristía y por su Palabra, vivificando a la Iglesia como la cabeza al cuerpo, como la vid a los sarmientos!



Continuará...


LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (2)

 



LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (2)


Este concepto tan sobrenatural y divino de la Sagrada Escritura trasciende de la nueva y admirable Encíclica "Divino Afflante Spiritu", que acaba de brindarnos el Sumo Pontífice Pío XII. La Biblia, dice allí el Papa, no fue dada por Dios como objeto de curiosidad o de estudios, sino para que estas divinas palabras nos pudieran "instruir para la salvación mediante la fe que cree en Jesucristo" y "para que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena" (II Tim. 3, 15 y 17).




Esta Encíclica bíblica que, más que las anteriores, hará época en los anales escriturísticos de la Cristiandad, nos llena de singular gozo y nos ha estimulado a preparar y editar la presente colección de normas pontificias referentes a la lectura y el estudio de la Sagrada Escritura, ya que vemos en tan magnífico documento la aprobación más competente de las actividades en el campo de la exégesis, en la edición de los Libros sagrados y en el apostolado de los órganos periodísticos, como nuestra "Revista Bíblica"; publicaciones que el Papa recomienda de un modo especial.



                                                      




La Biblia es el libro de espiritualidad por excelencia.


La reciente Encíclica destaca decisivo y transcendental el valor de la Sagrada Escritura como libro de espiritualidad por excelencia; medida cuyo mérito hemos de apreciar más que nadie los que, teniendo el privilegio de haber sido llamados al estudio y enseñanza del divino Libro, podemos descubrir y admirar cada día nuevos tesoros de su sabiduría, insondable como un mar sin orillas (Eccli. 24, 35-39).




Lo que desea el Vicario de Jesucristo es que "la Palabra de Dios, dirigida a los hombres por medio de las Sagradas Escrituras, sea cada día más total y perfectamente conocida y con más vehemencia amada"; y, refiriéndose a los trabajos de los exégetas, no vacila en afirmar "que los fieles y especialmente los sacerdotes, tienen la grave obligación de usar copiosa y santamente de ese tesoro reunido a lo largo de tantos siglos por los más altos ingenios".




Más aún, Pío XII exhorta con todo ardor apostólico, como ya sus predecesores Pío X y Benedicto XV, a la lección diaria de la Sagrada Escritura en las familias cristianas: "Favorezcan, pues", dice el Papa a los Obispos, "y presten ayuda a aquellas piadosas asociaciones que se proponen difundir entre los fieles las ediciones de la Biblia y en especial de los Evangelios y procurar con todo empeño que su lectura diaria se haga en las familias recta y santamente"; lo que sin duda, y cien veces más, ha de servir de directiva a las familias de religiosos y religiosas, a los conventos, colegios y seminarios, todos los cuales, sin excepción alguna, harán de la Escritura su lectura diaria.




Ante tal alentadora voz del Vicario de Jesucristo, los amantes de la Sagrada Escritura se sentirán movidos a ofrecer un fervoroso "sacrificio de alabanza", como tantas veces lo tributó David viéndose oído en sus oraciones y súplicas, al Padre de las luces, de quien procede todo el bien que recibimos (Sant. 1, 17).




Continuará...



                                   











LA IGLESIA Y LA BIBLIA - Monseñor Straubinger (citas y extractos)

 



LA IGLESIA Y LA BIBLIA (Monseñor Straubinger) 



Citas y extractos




Después de la divina Eucaristía, o mejor, junto con ella, nada puede ofrecerse a las almas tan precioso como la Palabra de Dios -el Verbo- explicada en forma que haga de la Escritura revelada el libro de la vida espiritual por excelencia. Porque, según la clásica expresión de San Agustín, "Verus Christus et in verbo et in carne", Jesús vive entre nosotros no sólo en la Eucaristía sino también en su santa Palabra, el Evangelio. Lo mismo supone el Kempis cuando dice: "Sin estas dos cosas (Eucaristía y Sagrada Escritura) ya no podría yo vivir rectamente, porque la palabra de tu boca luz es del alma, y tu sacramento es pan de vida" (Imit. de Cristo IV, 11).



Continuará...




                           


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DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (4 y última)

 



28. Nadie, con todo eso, se admire de que no se hayan todavía resuelto y vencido todas las dificultades, sino que aún hoy haya graves problemas que preocupan no poco los ánimos de los exegetas católicos. Y en este caso no hay que decaer de ánimo, ni se debe olvidar que en las disciplinas humanas no acontece de otra manera que en la naturaleza, a saber, que los comienzos van creciendo poco a poco y que no pueden recogerse los frutos sino después de muchos trabajos. Así ha sucedido que algunas disputas que en los tiempos anteriores se tenían sin solución y en suspenso, por fin en nuestra edad, con el progreso de los estudios, se han resuelto felizmente. Por lo cual tenemos esperanza de que aun aquellas que ahora parezcan sumamente enmarañadas y arduas lleguen por fin, con el constante esfuerzo, a quedar patentes en plena luz. Y si la deseada solución se retarda por largo tiempo y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode, siendo, como es, justo que también a nosotros nos toque lo que los Padres, y especialmente San Agustín [30], avisaron en su tiempo, a saber: que Dios con todo intento sembró de dificultades los sagrados libros, que El mismo inspiró, para que no sólo nos excitáramos con más intensidad a resolverlos y escudriñarlos, sino también, experimentando saludablemente los límites de nuestro ingenio, nos ejercitáramos en la debida humildad. No es, pues, nada de admirar si de una u otra cuestión no se haya de tener jamás respuesta completamente satisfactoria, siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestro tiempo y de nuestra experiencia, y pudiendo también la exégesis, como las demás disciplinas más graves, tener sus secretos, que, inaccesibles a nuestros entendimientos, no pueden descubrirse con ningún esfuerzo,




29. Con todo, en tal condición de cosas, el intérprete católico, movido por un amor eficaz y esforzado de su ciencia y sinceramente devoto a la santa Madre Iglesia, por nada debe cejar en su empeño de emprender una y otra vez las cuestiones difíciles no desenmarañadas todavía, no solamente para refutar lo que opongan los adversarios, sino para esforzarse en hallar una explicación sólida que, de una parte, concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y expresamente con lo por ella enseñado acerca de la inmunidad de todo error en la Sagrada Escritura, y de otra satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y por lo que hace a los conatos de estos esforzados operarios de la viña del Señor, recuerden todos los demás hijos de la Iglesia que no sólo se han de juzgar con equidad y justicia, sino también con suma caridad; los cuales, a la verdad, deben estar alejados de aquel espíritu poco prudente con el que se juzga que todo lo nuevo, por el solo hecho de serlo, deba ser impugnado o tenerse por sospechoso.





30. Porque tengan, en primer término, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina de fe y costumbres, y que entre las muchas cosas que en los sagrados libros, legales, históricos, sapienciales y proféticos, se proponen, son solamente pocas aquellas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, ni son muchas aquellas sobre las que haya unánime consentimiento de los Padres. Quedan, pues, muchas, y ellas muy graves, en cuyo examen y exposición se puede y debe libremente ejercitar la agudeza y el ingenio de los intérpretes católicos, a fin de que cada uno, conforme a sus fuerzas, contribuya a la utilidad de todos, al adelanto cada día mayor de la doctrina sagrada y a la defensa y honor de la Iglesia. Esta verdadera libertad de los hijos de Dios, que retenga fielmente la doctrina de la Iglesia y, como don de Dios, reciba con gratitud y emplee todo cuanto aportare la ciencia profana, levantada y sustentada, eso sí, por el empeño de todos, es condición y fuente de todo fruto sincero y de todo sólido adelanto en la ciencia católica, como preclaramente lo amonesta nuestro antecesor, de feliz recordación, León XIII cuando dice: «Si no es con la conformidad de los ánimos y establecidos en firme los principios, no será posible esperar, de los esfuerzos aislados de muchos, grandes frutos en esta ciencia»[31].



                       




31. Quien considerare aquellos enormes trabajos que la exégesis católica se ha echado sobre sí por casi dos mil años, para que la palabra de Dios concedida a los hombres por las Sagradas Letras se entienda cada día con más profundidad y perfección y sea más ardientemente amada, fácilmente se persuadirá de que a los fieles de Cristo, y sobre todo a los sacerdotes, incumbe la grave obligación de servirse abundante y santamente de este tesoro, acumulado durante tantos siglos por los más excelsos ingenios. Porque los sagrados libros no se los dio Dios a los hombres para satisfacer su curiosidad o para suministrarles materia de estudio e investigación, sino, como lo advierte el Apóstol, para que estos divinos oráculos nos pudieran instruir para la salud por la fe que es en Cristo Jesús y a fin de que el hombre de Dios fuese perfecto y estuviese apercibido para toda obra buena (cf. 2Tim 3, 15,17). Los sacerdotes, pues, a quienes está encomendado el cuidado de la eterna salvación de los fieles, después de haber indagado ellos con diligente estudio las sagradas páginas y habérselas hecho suyas con la oración y meditación, expongan cuidadosamente estas soberanas riquezas de la divina palabra en sermones, homilías y exhortaciones; confirmen asimismo la doctrina cristiana con sentencias tomadas de los sagrados libros, ilústrenla con preclaros ejemplos de la historia sagrada, y expresamente del Evangelio de Cristo Nuestro Señor, y todo esto evitando con cuidado y diligencia aquellas acomodaciones propias del capricho individual y sacadas de cosas muy ajenas al caso, lo cual no es uso, sino abuso de la divina palabra —expónganlo con tanta elocuencia, con tanta distinción y claridad, que los fieles no sólo se muevan y se inflamen a poner en buen orden su vida, sino que conciban también en sus ánimos suma veneración a la Sagrada Escritura. Por lo demás, esta veneración procúrenla aumentar más y más cada día los sagrados prelados en los fieles encomendados a ellos, dando auge a todas aquellas empresas con las que varones llenos de espíritu apostólico se esfuerzan loablemente en excitar y fomentar entre los católicos el conocimiento y amor de los sagrados libros. Favorezcan, pues, y presten su auxilio a todas aquellas pías asociaciones que tengan por fin editar y difundir, entre los fieles, ejemplares impresos de las Sagradas Escrituras, principalmente de los Evangelios, y procurar con todo empeño que en las familias cristianas se tenga ordenada y santamente cotidiana lectura de ellas: recomienden eficazmente la Sagrada Escritura, traducida en la actualidad a las lenguas vulgares con aprobación de la autoridad de la Iglesia, ya de palabra, ya con el uso práctico, cuando lo permiten las leyes de la liturgia; y o tengan ellos, o procuren que las tengan otros sagrados oradores de gran pericia, disertaciones o lecciones de asuntos bíblicos. Y por lo que atañe a las revistas que periódicamente se editan en varias partes del mundo con tanta loa y tantos frutos de estas investigaciones, o al ministerio sagrado o a la utilidad de los fieles, todos los sagrados ministros préstenles su ayuda, según sus fuerzas, y divúlguenlos oportunamente entre los varios grupos y clases de su grey. Y los mismos sacerdotes en general estén persuadidos de que todas estas cosas, y todas las demás por el estilo que el celo apostólico y el sincero amor de la divina palabra inventare a propósito para este designio, han de serles un eficaz auxiliar en el cuidado de las almas.





32. Pero a nadie se le esconde que todo esto no pueden los sacerdotes llevarlo a cabo debidamente si primero ellos mismos, mientras permanecieron en los seminarios, no bebieron este activo y perenne amor de la Sagrada Escritura. Por lo cual, los sagrados prelados, sobre quienes pesa el paternal cuidado de sus seminarios, vigilen con diligencia para que también en este punto nada se omita que pueda ayudar a la consecución de este fin. Y los maestros de Sagrada Escritura de tal manera lleven a cabo en los seminarios la enseñanza bíblica, que armen a los jóvenes que han de formarse para el sacerdocio y para el ministerio de la divina palabra con aquel conocimiento de las divinas Letras y los imbuyan en aquel amor hacia ellas sin los cuales no se pueden obtener abundantes frutos de apostolado. Por lo cual la exposición exegética atienda principalmente a la parte teológica, evitando las disputas inútiles y omitiendo aquellas cosas que nutren más la curiosidad que la verdadera doctrina y piedad sólida; propongan el sentido llamado literal y, sobre todo, el teológico con tanta solidez, explíquenlo con tal competencia e incúlquenlo con tal ardor, que en cierto modo sus alumnos experimenten lo que los discípulos de Jesucristo que iban a Emaús, los cuales, después de oídas las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No es cierto que nuestro corazón se abrasaba dentro de nosotros mientras nos descubría las Escrituras? (Lc 24, 32). De este modo, las divinas Letras sean para los futuros sacerdotes de la Iglesia, por un lado fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno, y por otro, alimento y fuerza del sagrado cargo de predicar que han de tomar a su cuenta. Y, a la verdad, si esto llegaren a conseguir los profesores de esta gravísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría que han contribuido en sumo grado a la salud de las almas, al adelanto de la causa católica, al honor y gloria de Dios, y que han llevado a término una obra la más íntimamente unida con el ministerio apostólico.



                                           




33. Estas cosas que hemos dicho, venerables hermanos y amados hijos, si bien en todas las épocas son necesarias, urgen, sin duda, mucho más en nuestros luctuosos tiempos, mientras los pueblos y las naciones casi todas se sumergen en un piélago de calamidades, mientras la gigantesca guerra acumula ruinas sobre ruinas y muertes sobre muertes, y mientras, excitados mutuamente los odios acerbísimos de los pueblos, vemos con sumo dolor que en no pocos se extingue no sólo el sentido de la cristiana benignidad y caridad, sino aun el de la misma humanidad. Ahora bien a estas mortíferas heridas de las relaciones humanas, ¿quién otro puede poner remedio sino Aquel a quien el Príncipe de los Apóstoles, lleno de amor y de confianza, invoca con estas frases: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,69). Es, pues, necesario reducir a todos y con todas las fuerzas a este misericordiosísimo Redentor nuestro; porque El es el divino consolador de todos los afligidos; El es quien a todos —sea que presidan con pública autoridad, sea que estén sujetos con el deber de obediencia y sumisión— enseña la probidad digna de este nombre, la justicia integral y la caridad generosa; El es, finalmente, y sólo El, quien puede ser firme fundamento y sostén de la paz y de la tranquilidad. Porque nadie puede poner otro fundamento fuera del puesto, que es Cristo Jesús (1Cor 3,11). Y a este Cristo, autor de la salud, tanto más plenamente le conocerán los hombres, tanto más intensamente le amarán, tanto más fielmente le imitarán cuanto con más afición se sientan movidos al conocimiento y meditación de las Sagradas Letras, especialmente del Nuevo Testamento. Porque, como dijo el Estridonés, «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo»[32], y «si algo hay que en esta vida interese al hombre sabio y le persuada a permanecer con igualdad de ánimo entre los aprietos y torbellinos del mundo, creo que más que nada es la meditación y ciencia de las Escrituras»[33]. Porque de aquí sacarán los que se ven fatigados y oprimidos con adversidades y ruinas verdadero consuelo y divina virtud para padecer, para aguantar; aquí, en los santos Evangelios, se presenta a todo Cristo, sumo y perfecto ejemplar de justicia, caridad y misericordia; y al género humano, desgarrado y trepidante, le están abiertas las fuentes de aquella divina gracia; postergada la cual y dejada a un lado, no podrán los pueblos ni los directores de los pueblos iniciar ni establecer ninguna tranquilidad de situación ni concordia de los ánimos; allí, finalmente. aprenderán todos a Cristo, que es la cabeza de todo principado y potestad (Col 2,10) y que fue hecho para nosotros por Dios sabiduría y justicia y santificación y redención (1Cor 1,30).


                                                                * * *



34. Expuestas, pues, y recomendadas aquellas cosas que tocan a la adaptación de los estudios de las Sagradas Escrituras a las necesidades de hoy, resta ya, venerables hermanos y amados hijos, que a todos y cada uno de aquellos cultivadores de la Biblia que son devotos hijos de la Iglesia y obedecen fielmente a su doctrina y normas, no sólo les felicitemos con ánimo paternal por haber sido elegidos y llamados a cargo tan excelso, sino que también les demos nuevo aliento para que continúen en cumplir con fuerzas cada día renovadas, con todo empeño y con todo cuidado la obra felizmente comenzada. Excelso cargo, decimos. ¿Qué hay, en efecto, más sublime que escudriñar, explicar, proponer a los fieles, defender contra los infieles la misma palabra de Dios, dada a los hombres por inspiración del Espíritu Santo? Se apacienta y nutre con este alimento espiritual el mismo espíritu del intérprete «para recuerdo de la fe, para consuelo de la esperanza, para exhortación de la caridad» [34]. «Vivir entre estas ocupaciones, meditar estas cosas, no conocer, no buscar nada más, ¿no os parece que es un goce anticipado en la tierra del reino celeste?»[35]. Apaciéntense también con este mismo manjar las mentes de los fieles, para sacan de él conocimiento y amor de Dios y el propio aprovechamiento y felicidad de sus almas. Entréguense, pues, de todo corazón a este negocio los expositores de la divina palabra. «Oren para entender»[36], trabajen para penetrar cada día con más profundidad en los secretos de las sagradas páginas; enseñen y prediquen, para abrir también a otros los tesoros de la palabra de Dios. Lo que en los siglos pretéritos llevaron a cabo con gran fruto aquellos preclaros intérpretes de la Sagrada Escritura, emúlenlo también, según sus fuerzas, los intérpretes del día, de tal manera que, como en los pasados tiempos, así también al presente tenga la Iglesia eximios doctores en exponer las divinas Letras; y los fieles de Cristo, gracias al trabajo y esfuerzo de ellos, perciban toda la luz, fuerza persuasiva y alegría de las Sagradas Escrituras. Y en este empleo, arduo en verdad y grave, tengan también ellos por consuelo los santos libros (1 Mac 12,9) y acuérdense de la retribución que les espera: toda vez que aquellos que hubieren sido sabios brillarán como la luz del firmamento, y los que enseñan a muchos la justicia, como estrellas por toda la eternidad (Dan 12,3).



35. Entretanto, mientras a todos los hijos de la Iglesia, y expresamente a los profesores de la ciencia bíblica, al clero joven y a los sagrados oradores ardientemente les deseamos que, meditando continuamente los oráculos de Dios, gusten cuán bueno y suave es el espíritu del Señor (cf. Sab 12,1) a vosotros todos y a cada uno en particular, venerables hermanos y amados hijos, como prenda de los dones celestes y testimonio de nuestra paterna benevolencia, os impartimos de todo corazón en el Señor la bendición apostólica.



Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 del mes de septiembre, en la Festividad de San Jerónimo, Doctor Máximo en exponer las Sagradas Escrituras, el año 1943, quinto de nuestro pontificado.

PÍO PP. XII



                                                  




Notas



[1] Ses.4 decr.l, en Ench. Bibl. n.45.

[2] Ses.3 c.2, en Ench. Bibl. n.62.

[3] Sermo ad alumnos Seminariorum... in Urbe (die 24 iunii 1939): AAS 31 (1939) 245-251.

[4] Cf. q.70 a.l ad 3.

[5] De Gen. ad lilt. 2,9,20: PL 34,270s; CSEL 28 (sect.3 p.2.') p.46.

[6] Leonis XIII Acta XIII p.355 en Ench. Bibl. n.106.

[7]. Cf. Benedictus XV, enc. Spiritus Paraclitus: ASS 12 (1920) 396; Ench. Bibl. n.471.

[8] Leonis XIII Acta XIII p.357s; Ench. Bib1. n.109s.

[9] Cf. Leonis XIII Acta XIII p.328; Ench. Bibi. n.678.

[10] Litt. apost. Hierosolymae in coenobio d. d. 17 sept. 1892; Leonis XIII Acta XII p.239-241 v. p.240.

[11] Cf. Leonis XIII Acta XXII p.232ss; Ench. Bibl. n.130-141; v. n.130-132.

[12] Pontificiae Commissionis de Re biblica Litterae ad Excmos. PP. DD. Archiepiscopos et Episcopos Italiae, d. d. 20 aug. 1941: AAS 33 (1941) 465-472.

[13] Litt. apost. Scripturae Sanctae, d. d. 23 feb.. 1904; Pii X Acta I p 176-179; Ench. Bibl. n. 142-150; v. n.143-144.

[14] Cf. Litt. apost. Quoniam in re biblica, d. cl. 27 mart. 1906; Pii X Acta III p.72.76: Ench. Bibl. n.155-173; v n.155

[15] Litt. apost. Vinea electa, d. d.7 maii 1909: ASS 1 {1909) 147-449; Ench..Bibl. n. 293 306; v. 296 et 294.

[16] Cf. motu proprio Bibliorum scientia, d. d. 27 aprilis 1924: AAS 16 (1924) 180-182; Ench. Bibl. n.518-525.

[17] Epistula ad Revmum. D. Aidanum Gasquet, d. ti. 3 dec. 1907; Pii X Acta IV p.117.119; Ench. Bibl. n.285s.

[18] Const.. apost. Inter praecipuas, d. d.15 iun.1933: AAS 26 (1934) 85-87.

[19] Epist. ad Emum. Card. Cassetta Qui piam, d. d. 21 ian. 1907; Pii X Acta IV p.23-25.

[20] Litt. encicl. Spiritus Paraclitus, d. d. 15 sept. 1920: AAS 12 (1920) 385-422; Ench. Bibl. n.457 495 497 491

[21] Cf. ex. gr. S. Hieron:., Praef. in IV Evang. ad Damasum: PL 29,526-527; S. August., De doctr. christ. II 16: PL 34,42-43.

[22] De doct. christ. II 1: PL 34,36.

[23] Decr. de ediotione et usu Sacrorum Librorum; Conc. Trid. ed. Soc Goerres, t.5 p.91s.

[24] Ib., t. 10 p. 471; cf. t.5 p. 29.59.65; t.10 p.446s.

[25] Leonis XIII Acta XIII p. 345-346: Ench. Bibli. n.94-96

[26] Cf. Benedictus XV, Enc. Spiritus Paraclitus: AAS 12 (1920) 390; Ench. Bibl. n. 461.

[27] Contra Arianos I 54: PG 26,123.

[28] Comment. ad Hebr. c.1 lect.4.

[29] Cf. v. gr. In Gen. 1,4 (PG 53,34,35); In Gen. 2, 21 (PG 53,121); In Gen. 3,8 (PG 53,135); Hom. 15 in Io. ad 1, 18 (PG 56,97s)

[30] Cf. S. August., Epist. 149 ad Paulinum, n. 34 (PL 33,644); De diversis quaestionibus q. 53 n. 2 (PL 33,36); Enarr. in Ps. 146 n. 12 (PL 37, 1907)

[31] Litt. apost. Vigilantiae; Leonis XIII Acta XXII p.237: Ench. Bibl. n.130

[32] S. Hieronymus, In Isaiam, prologus: PL 24,17.

[33] Id. In Ephesios, prol. : PL 26,439.

[34] Cf. S. Aug., Contra Faustum XIII 18: PL 42,294; CSEL XXV p. 400.

[35] S. Hieron., Ep. 53,10: PL 22,549; CSEL LIV p. 643.

[36] S. Aug., De doctr. christ. III 56: PL 34,38.






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