Y después de alabar, trabajar. Continuar la obra del renacimiento bíblico que los Sumos Pontífices han iniciado en sus Encíclicas "Providentissimus Deus", "Spiritus Paraclitus" y "Divino Afflante Spiritu", ensanchando progresivamente los horizontes hasta romper de una manera categórica con la reserva otrora impuesta por motivos circunstanciales y extraordinarios a raíz de la reforma protestante, pero hoy día suspendida por la Suma Autoridad Eclesiástica. Tan grande fue en aquellos tormentosos tiempos el abuso de la Palabra de Dios, que S.S. el Papa Pío IV se vio obligado a prohibir en el Índice (regla III y IV) la indiscreta lección de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, disponiendo que se pidiese licencia al Ordinario o al Inquisidor.
En compensación, diríamos, y para que no se descuide "aquel tesoro celestial de los libros sagrados", ordena el mismo Concilio de Trento (Ses. V del 17 de Jun. de 1546, cap. I de ref.) la institución de cátedras de Sagrada Escritura en las Iglesias catedrales, conventos, colegios y la creación de nuevas prebendas para ello en otras iglesias (Cf. Enchiridion Bibl. 50-57) y ordena que en las misas solemnes o en la celebración del culto divino de los días festivos y de las solemnidades se expongan las Divinas Letras (sacra eloquia) o las saludables enseñanzas.

En el año 1757 S.S. Benedicto XIV saca definitivamente del Índice las traducciones de la Biblia en lengua vulgar -la lectura de los textos originales y de la Vulgata latina nunca estuvo prohibida- y en adelante los Sumos Pontífices no se cansan de fomentar de todas las maneras el estudio de la Palabra de Dios, erigiendo un Instituto Bíblico en las dos capitales de la Cristiandad: Roma y Jerusalén; instituyendo la Pontifica Comisión Bíblica compuesta de los mejores escrituristas del orbe católico; inculcando sin cesar al clero el grave deber de predicar todos los domingos el Evangelio; aprobando asociaciones católicas para la difusión del Evangelio y de la Biblia en general; concediendo indulgencias a los que lean el Evangelio, insistiendo en su lección diaria en los hogares cristianos; promoviendo congresos del Evangelio y semanas bíblicas; alentando la publicación de revistas bíblicas, etc., etc. Y después de todo esto, ¿puede haber todavía católicos que crean que la Biblia es un libro protestante que no le es permitido leer a un hijo de la Iglesia Católica? ¡Qué daño tan inmenso para la espiritualidad resultó de este infundado temor!
Gracias a las incesantes insistencias de los últimos Papas, la situación ha mejorado notablemente. Vemos brotar en todos los países católicos una nueva primavera bíblica, íntimamente unida al movimiento litúrgico y a la profundización del dogma central del Cuerpo místico: ¡Cristo en todos y todo en Cristo! Él, por la Eucaristía y por su Palabra, vivificando a la Iglesia como la cabeza al cuerpo, como la vid a los sarmientos!
Continuará...

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