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LA FIDELIDAD A LA GRACIA - Raúl Plus SJ - (2)

 



I. EL PORQUÉ DE LA FIDELIDAD


DIOS, LAS ALMAS Y NUESTRA FIDELIDAD A LA GRACIA


Por los textos citados en la Introducción, habrá sido fácil hacerse

idea de la importancia primordial de la fidelidad a la gracia.

Múltiples razones vienen a fundamentar las palabras de los Maestros

espirituales. Empecemos mirando en primer lugar desde el lado de Dios.

Lo que es, lo que ha hecho por nosotros, cuán pocos, aun entre sus fieles, le aseguran su fidelidad ¿no son ya tres motivos que debieran inclinarnos a un servicio respetuosamente atento, a una abnegación sin lagunas y sin flojedad?


                                            * * *


Ya hemos reflexionado acerca de lo que Dios es. Los hebreos se

hacían tal idea de su grandeza que habían vacilado en darle un nombre.

Dios era el inefable, la grandeza por excelencia, Aquel cuya excelencia

soberana no puede traducirse.




El pueblo cristiano se ha atrevido a nombrar a Dios, pero la Iglesia ha censurado siempre a los que pronunciaban inconsideradamente su nombre. Los santos lo profieren con inmenso respeto.




Cada vez que San Ignacio de Loyola nombra a Dios en los Ejercicios

lo llama «Dios Nuestro Señor», como si lo que más le impresionase en Dios, fuera su infinita Majestad, el derecho que tiene a ser honrado, amado y servido plenamente.




¡Ah! Pero es que siendo el Altísimo todo lo que El es ¿podría probarse nuestra fidelidad en su servicio con una fidelidad medida con cuentagotas, con una fidelidad fastidiosa, o realizada a intervalos, con una fidelidad inferior? El que tiene derecho a todo ¿no recibirá de nosotros más que nada o casi nada? Si hay algo en nosotros que marque para siempre nuestra pequeñez ¿no será precisamente esta ineptitud que poseemos la mayor parte para cuidarnos de la grandeza de Dios? ¿Quién piensa, al orar, en la majestad soberana de Aquel a quien ora? Al ver el descuido en la actitud, la ausencia de recogimiento, la triste rutina, sin esfuerzo para situar a Dios en la verdad de su ser y por tanto del respeto que le corresponde, se observa el enorme olvido de las distancias. Y lo que decimos de nuestra oración, puede decirse igualmente de nuestro modo de servir; tratamos a Dios evidentemente como si fuese un cualquiera y para quien fuera suficiente una fidelidad anémica y sin vigor.




Pero no solamente es Dios todo lo que es. ¿Qué no ha hecho Dios por nosotros? Motivo de inteligencia, sí; pero aún más motivo de reconocimiento.




¿Es nada, para Dios, habernos llamado al ser? Hubiese podido guardarnos indefinidamente en la nada. Habiéndonos dado el ser, nos ha llamado a una vida divina. Habiéndonos creado, nada le obligaba a divinizarnos. Habiéndonos divinizado, ha querido re-divinizarnos ¡cuando habíamos perdido, por la desobediencia original, todos nuestros privilegios sobrenaturales! Habiéndonos otorgado lo sobrenatural la primera vez, hubiese podido, ante nuestra indelicadeza y nuestra poca diligencia, renunciar a sus proyectos de divinización de la humanidad.




¿Es nada, para Dios, cuando la primera divinización no le había costado nada — un soplo de su boca, dixit et facta sunt—, haber querido re-divinizarnos a costa de un último suspiro, de la venida y la muerte del Verbo que se hizo carne y subió a la cruz? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, haber fundado la Iglesia con sus sacramentos, su ley santa, su autoridad preservadora y sus ejemplos santificantes para ayudarnos de todas las maneras a guardar nuestra vida divina, a intensificarla en todo lo posible? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, habernos incorporado a su persona, haber querido que seamos prolongación suya, portio Christi? Y todo eso ¿para que seamos cristianos vulgares, servidores con rebaja?




Todo lo que El es. Todo lo que da. ¿Habrá que añadir: lo poco que recibe?




En efecto, ¿cómo viven la mayor parte de los cristianos? ¿Acaso dan testimonio ante el mundo, por una práctica asidua, de lo que es la religión del Salvador Jesús? Y los que no comparten su creencia, ¿son atraídos al Evangelio, al observar su vida, seducidos por la hermosura conquistadora de su ejemplo?




Evidentemente, existen cristianos modelos. Pero hay que confesar que son muy pocos. No deja de ser verdad lo que dice uno de nuestros contemporáneos: «La mayor objeción al cristianismo son los mismos cristianos. Los cristianos son un escándalo para los hombres que quieren volver a la fe cristiana... En los siglos pasados, se juzgaba ante todo la fe cristiana por su eterna verdad, por su doctrina y sus mandamientos. Pero el hombre y lo humano absorben demasiado a nuestro siglo. Los malos cristianos disfrazan el cristianismo. Sus malas acciones, su deformación de la fe, sus excesos cautivan más que el propio cristianismo, aparecen más que la gran verdad cristiana. Un gran número, en nuestra época, comienzan a juzgar la fe cristiana por sus adeptos, que son con demasiada frecuencia, exteriores y degenerados. El cristianismo es la religión de la libertad, pero se le juzga por las violencias que los cristianos han cometido en la historia. Los cristianos comprometen su fe y son un lazo para los débiles... Por la indignidad de los cristianos, se ha olvidado a Cristo, se ha cesado de verle». Berdiaeff concluye que «deben venir los tiempos en que los cristianos cesen de ser un obstáculo en el camino de salvación» (7).




¡Oh, sí! Que vengan esos tiempos, que se apresuren. Se comprende que los infieles sirvan mal, es su oficio. Pero que los fieles se decidan ¡por fin! a merecer el nombre que llevan. Habría que dudarlo un poco, al menos viendo a algunos que se llaman fieles.




Al principio del cristianismo, no había, salvo excepciones, cristianos dedicados especialmente a la vida religiosa. Evidentemente eran conocidas las palabras de Nuestro Señor al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, etc...», pero se estimaba que las exigencias del bautismo obligaban a cada bautizado a la perfección del Evangelio, según su gracia personal y su estado de vida. Por añadidura, cada fiel estaba expuesto al martirio y quería estar dispuesto, si Dios le pedía el supremo sacrificio; esta situación de alerta le ayudaba singularmente a mantenerse en continua generosidad (8).




Hasta más tarde no se inició la partida al desierto y la vida monástica. Aumentando el número de los discípulos de Cristo y habiendo cesado las persecuciones, se debilitó el tono evangélico del cristianismo en la masa; entonces los fieles animados por el deseo de vivir más íntegramente su fe, abandonaron el mundo.




¿No es triste ver en la actualidad, después de tantos siglos de cristianismo, un número relativamente considerable de fieles que se contentan con una fidelidad irrisoria? Y sin embargo, además de las exigencias del bautismo que siguen siendo las mismas que en los primeros siglos cristianos, la miseria misma de la época en que vivimos reclamaría almas fuertemente sólidas, generosidad sin desfallecimiento, fidelidad de la mejor ley. Nadie ha dicho que se haya cerrado la era de los mártires. Y además, de todos modos, la era de la valentía y de la santidad está siempre en sazón.




¿Cuál es la medida de nuestra fidelidad, de la fidelidad de los que

juzgamos poco fervorosos a nuestros hermanos, de la fidelidad de los

mejores? —pues supongo que no serán cristianos de segunda línea los que

leerán este libro—. ¿No es verdad que el Señor se ha quejado siempre más de la fidelidad demasiado infiel de los que se llaman sus amigos? Los verdugos, los fariseos, el procurador ambicioso... esos no comprenden, no aman, se les perdona. Pero ¿y Judas el apóstol? ¿Y Pedro el apóstol? ¿Y los doce? Y, a lo largo de los siglos, tantos escogidos llamados a la delicadeza del amor, prometidos a la generosidad, colmados de gracias y tan flojos, al menos en algunos momentos, tan insignificantes los que se habían comprometido a ser «insignes».




El cardenal Manning anotaba en su Diario, sin excluir ni aun a los comprometidos en el sacerdocio: «No respondemos más que a una veintena de las gracias que nos llegan por centenares; o bien no contamos más que una veintena y no respondemos más que a una».




Aun cuando uno se haya entregado a Dios, prometiendo tender a la perfección en la vida religiosa ¡cuánta merma a veces!




En un retiro predicado, hace algunos años, a religiosos de su Orden, les decía un piadoso Dominico, que un alma que había alcanzado altísimos estados de unión, había oído a Nuestro Señor quejársele y decirle: «¡Ah! Si de cada cien sacerdotes, uno sólo se diera por completo a Mí; si de cada treinta religiosos uno sólo se diera por completo a mi servicio, ¡cuánto bien haría Yo en el mundo»! (9).




Dejamos a ese predicador la responsabilidad de su afirmación y la

justa apreciación de sus fuentes. Pero si la frase es cierta ¡cómo nos lleva a

la reflexión! ¡De cada treinta, uno, de cada cien, uno! Y parece decir el

Señor que no los consigue.




«Busqué consoladores y no los encontré, o los que encontré me ayudaron tan poco, me desconcertaron tan dolorosamente... ¿Tú, al menos?» (10).




Pues bien, sí ¿yo? ¿Necesitaré otras razones? ¿Cuándo comprenderemos? ¿Cuándo comprenderé que es hora? Demasiado he tardado.


Continuará...


                                            * * *


7 Nicolás BERDIAEFF, De la dignité du Christianisme et de l’indignité des

chrétiens, ed. «Je sers», 1931, págs. 10-11. Véase también, págs. 41-46. Ya se sabe

que el autor es un ruso no católico, sino cismático.

8 Véase FESTUGIE, O. P., «L’enfant d'Agrigente», pág. 134, colec. «Chrètienté», ed.

du Cerf.

9 Vie interieure de Fr. Maríe-Raphaël Meysson, por el P. Pie BERNARD, cap. V. Se

encontrarán ecos de quejas parecidas en el volumen Cum clamore valido, publicado

bajo la dirección de los PP. Lebreton y Monier-Vinard. Se trata de confidencias

hechas por N. S. a una religiosa muy probada y muy fiel en su prueba.

10 El cardenal Suhard, en 1944, bendijo una oración para ofrecerse a N. S. para ser

su consolador o consoladora. ¿Cómo? Problema de fidelidad, de fidelidad por amor.

Véase El alma consoladora del Corazón de Jesús, P. NONELL, S. E. I. R. Barcelona



                                           




LA FIDELIDAD A LA GRACIA - Raúl Plus SJ - (1)

 



LA FIDELIDAD A LA GRACIA

Versión castellana de A.de Miguel Miguel, 1951



A LA VIRGEN FIEL

¡Oh María!

QUE TAN BIEN HABÉIS SERVIDO AL SEÑOR,

Divina Señora

DEL Ecce ancilla Domini,

A VOS A QUIEN LA IGLESIA INVOCA BAJO EL TÍTULO DE

Virgo fidelis,

SE DEDICAN ESTAS PÁGINAS.

¡QUE POR VOS, TODOS LOS «FIELES» QUE LAS LEAN

SE ENTREGUEN EN ADELANTE CON ENTERA FIDELIDAD!


                                            ***


INTRODUCCIÓN


Decía un muchacho que «la santidad consiste en decir siempre sí a Dios». Y, al preguntar a una niña que se acercaba a su Primera Comunión: «¿Qué vas a pedir a Jesús en ese día? —Ser una santa—. ¿Sabes qué es una santa? —Sí; santo es uno que da todo al Señor». Sin saberlo, expresaban estos niños una de las verdades sobre las que más han insistido los Maestros espirituales.


Monseñor Gay, por ejemplo, dice: «La santidad no es más que un sí pleno y perpetuo que la criatura dice a Dios; un sí viviente por el que hace pasar voluntariamente todo su ser; un sí fervoroso, práctico y eficaz». Y en otra parte, resume aún más brevemente: «Tenemos mil deberes y todos se derivan de la obligación de corresponder a la gracia».


Y San Alfonso de Ligorio: «Toda nuestra perfección consiste en el amor a nuestro Dios infinitamente amable. Ahora bien, toda la perfección del amor divino consiste en la unión de nuestra voluntad con la de Dios... Si, pues, deseamos enteramente complacer al Corazón de Dios, procuremos no solamente conformarnos en todo con su santa voluntad, sino uniformarnos a ella, si así puede decirse, de tal manera que de las dos voluntades no hagamos más que una... Los santos no han tenido nunca otro fin que hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección de un alma... Y María ha sido la más perfecta entre todos los santos solamente porque ha estado siempre más perfectamente unida a la voluntad de Dios».


«Tengo que hacer una cantidad de bien —escribe Monseñor d’Hulst—, tengo que dar a Dios una cantidad de amor, tengo que consagrar a los hombres una cantidad de abnegación; tengo que cumplir una cantidad de penitencia por mis pecados; otra —indefinida— por los pecados de los hombres; una cantidad de oraciones que ofrecer al cielo por ellos y por mí; una cantidad de deberes de toda clase que cumplir para con mi Padre Celestial; en fin, tengo que hacer un determinado uso de mi alma y de mi cuerpo, de mis facultades y de mis miembros, de mi tiempo y de mis obras, para gloria de Dios y cumplimiento de sus designios. Este es el plan que El me traza y sobre el cual seré juzgado. Necesito poder decir en mi última hora: Consummatum est. Padre, he terminado la tarea que me habéis confiado... Ya he dicho todo; seré santo».


En su peculiar estilo, decía el Cura de Ars: «Si se preguntase a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Y si se preguntase a los santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo».


De los escritores espirituales de la Compañía de Jesús, extractamos, entre muchos, estos textos capitales: «Lo más alto y más perfecto es la caridad y amor de Dios. Pues lo más alto y más subido y más puro de ese amor de Dios y como la nata de él, es conformarse en todo con la voluntad de Dios... Luego cuanto uno estuviere más conforme y más unido con la voluntad de Dios, tanto será mejor y más perfecto» (1).


En el Retiro espiritual del Beato P. de la Colombière (2), leemos: «La gracia de Dios es una semilla que no conviene sofocar... Es preciso ser fiel a los movimientos que nos llevan a practicar alguna acción virtuosa en ciertas ocasiones, porque esta fidelidad es a veces la clave de nuestra dicha. Una mortificación que Dios nos inspira en ciertas circunstancias, si se escucha su voz, producirá quizás grandes frutos y la santidad en nosotros, mientras que el desprecio que se hiciera de esta pequeña gracia podría tener funestas consecuencias».




El autor de La Doctrina espiritual, el P. Luis Lallemant, se expresa del mismo modo que el P. de la Colombière: «Haber ahogado un movimiento (de naturaleza) es haber ganado más que la posesión de cien mil mundos para la eternidad» (3). Y añade: «Hay pocas almas perfectas porque son pocas las que siguen la guía del Espíritu Santo... La causa de no llegar más que muy tarde o de no llegar nunca a la perfección es porque se sigue casi en todo solamente a la naturaleza y al sentido humano. Y no se guía más que muy poco o nada por el Espíritu Santo» (4).


Y, por fin, Gonnelieu: «La fidelidad a la gracia no es tanto una virtud particular como el espíritu y el alma de todas las virtudes... La fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo y a los movimientos de la gracia es lo que hace a todos los santos» (5).


                                            * * *


Puesto que la fidelidad a la gracia es lo que hace a los santos, es de toda evidencia que debemos adiestrarnos en corresponder plenamente a los deseos del Espíritu Santo sobre nosotros. Se comprende, pues, que no se trata en estas páginas de la fidelidad que podríamos llamar negativa, de la fidelidad esencial, necesaria bajo pena de falta. Se trata de un problema mucho más delicado: el de la fidelidad positiva, se trata de esa prontitud alada, flexible, alegre, en adherirnos lo mejor que podamos a lo que pide en el fondo de nosotros mismos la Voz que se hace oír sin ruido de palabras.


La santidad, un sí perfecto, un sí viviente a todas las voluntades, a todas las inspiraciones divinas. Inclinar a las almas a no negarse jamás a estas dos letras victoriosas, es el objeto de nuestras páginas. No constituyen éstas un tratado completo (6), sino un modesto silabario para aprender a decir sí.


Continuará...


1 P. Alonso Rodríguez, S. I., Ejercicio de Perfección, Parle 1.ª, trat. VIII, cap. I.

2 Cuarta Semana.

3 Tercer Principio, cap. II, art. IV, I.

4 Y añade: ... «Muy pocos se mantienen constantemente en los caminos de Dios. Muchos se separan de ellos sin cesar. El Espíritu Santo los llama con sus inspiraciones, pero como no le son dóciles, llenos de sí mismos, aferrados a sus sentimientos, no se dejan guiar fácilmente... Así no avanzan mucho, y la muerte les sorprende sin haber dado más de veinte pasos cuando hubiesen podido dar diez mil si se hubiesen abandonado a la guía del Señor. Por el contrario, las personas verdaderamente interiores que se guían por la luz del Espíritu de Dios... van a paso de gigante por los caminos de la gracia» (Ed. Pottier, 187-188).

5 De la Présence de Dieu. 1.ª parte, cap. III. al principio.

6 El libro V del volumen Dans le Christ Jésus, págs. 187 a 219. puede ayudar a

precisar la Psicología del Espíritu Santo actuando en el alma y la Psicología del alma obrando

bajo la acción del E. S. Suponemos adquiridos estos elementos básicos