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SERMÓN PARA EL VIERNES SANTO (Santo Cura de Ars)

 



EL PECADO RENUEVA LA PASIÓN DE JESUCRISTO

Santo Cura de Ars




VIERNES SANTO

Prolapsi sunt: rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.
Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos.

(S. Pablo a los Hebreos, IV, 6.)



¿Podemos concebir un crimen más horrible que el de los judíos al dar muerte al Hijo de Dios, a aquel que estaban esperando desde hacía cuatro mil años, al que había sido la admiración de los profetas, la esperanza de los patriarcas, el consuelo de los justos, la alegría del cielo, el tesoro de la tierra, la felicidad del universo? Pocos días antes le recibieron triunfalmente al entrar en ,Jerusalén, manifestando con ello claramente que le reconocían por el Salvador del mundo. Decidme, ¿es posible que, a pesar de todo esto, quieran darle muerte, después de haberle llenado de toda suerte de ultrajes? ¿Que daño les había causado, pues, este divino Salvador? O mejor, ¿qué bien dejaba de otorgarles, al bajar a librarlos de la tiranía del demonio, a reconciliarlos con su Padre celestial, ya abrirles las puertas del cielo que el pecado de Adán había cerrado? ¡Ay!, ¡de qué no es capaz el hombre cuando se deja cegar por sus pasiones!. Pilato dejó escoger a los judíos entre dar libertad a Jesús o a Barrabás, que era un criminal. Y ellos libertaron al malhechor cargado de crímenes y pidieron la muerte de Jesús, que era la misma inocencia, y más aún, su Redentor! ¡Oh, Dios mío!, ¡qué elección tan indigna! Os admira, y razón tenéis para ello; sin embargo, si me atreviese, os diría que nosotros, siempre que pecamos, hacemos parecida elección. Y para mejor hacéroslo sentir, voy ahora a mostraros cuán grande sea el ultraje que hacemos a Jesucristo al preferir el camino donde nos guían nuestras inclinaciones al camino que conduce a Dios.




Sí, la malicia humana nos ha dado medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, no sólo de una manera tan cruel como los judíos, sino además de una manera sacrílega y horrible. Mientras vivió en este mundo, Jesucristo: no tuvo más que una vida por perder y sólo en un Calvario fue crucificado; pero, desde su muerte, el hombre, con sus pecados, le ha hecho hallar tantas cruces cuantos son los corazones que palpitan sobre la tierra. Para mejor convenceros de ello, mirémoslo más de cerca. ¿Qué observamos en la Pasión de Jesucristo? ¿No es, por ventura, un Dios traicionado, abandonado hasta por sus discípulos; un Dios puesto en parangón con un infame criminal: un Dios expuesto al furor de la soldadesca y tratado como un rey de burlas? No me negaréis que todo esto resultaba en gran manera humillante y cruel en la muerte del Salvador. Sin embargo, no vacilo en afirmaros que lo que sucede todos los días entre los cristianos, es aún más sensible a Jesucristo que cuanto pudieron hacerle sufrir los judíos.




1.° No ignoro que Jesucristo fue traicionado y abandonado por sus apóstoles; tal vez ésta fue la llaga que más sensiblemente hirió su corazón lleno de bondad. Mas os diré también que, por la malicia del hombre y del demonio, esta tan dolorosa llaga es renovada todos los días por un gran número de malos cristianos. Si Jesucristo nos ha dejado en la santa Misa el recuerdo y el mérito de su pasión, ha permitido también que hubiese hombres que, con todo y ser cristianos y por lo tanto discípulos suyas, no vacilasen en traicionarle en cuanto se les ofreciese ocasión. No tienen escrúpulo en renunciar al bautismo y en renegar de su fe; y ello solamente por el temor de ser objeto de burla y menosprecio por parte de algunos libertinos o ignorantes. A esta clase pertenecen las tres cuartas partes de la gente de nuestros días, en extremo temerosas de mostrar sus convicciones cristianas a la faz del mundo. Pues bien, es como si abandonásemos a nuestro Dios, cuantas veces omitimos las oraciones de la mañana o de la noche, siempre que faltamos a la santa Misa... Hemos abandonado también a Dios, desde el momento en que ya no frecuentamos los Sacramentos. ¡Ah! Señor, ¿dónde están los que os permanecen fieles y os siguen hasta el Calvario?... A la hora de su Pasión, preveía ya Jesucristo cuán pocos serían los cristianos que iban a seguirle a todas partes, cuán pocos estarían dispuestos a arrostrar toda suerte de tormentos y la misma muerte antes que mostrasen valor para acompañarle hasta el Calvario. Mientras Jesucristo colmaba de favores a sus discípulos, ellos estaban dispuestos a sufrir. Así obraron San Pedro y Santo Tomás; mas, llegado el momento de la prueba, todos huyeron, todos le abandonaron. Retrato perfecto de muchísimos cristianos que no dejan de formular muy buenos propósitos; mas, a la menor dificultad, abandonan a Dios ; no reconocen su existencia ni su providencia; una pequeña calumnia, la más insignificante injusticia de que sean victimas, una enfermedad demasiado larga, el temor de perder la amistad de cierta persona de la cual han recibido o esperan recibir algún favor, les hace olvidar la religión y sus preceptos; la dejan a un lado y llegan hasta enojarse contra los que la observan fielmente. Todo lo echan a la mala, maldicen a las personas que consideran como causantes del daño que experimentan. ¡Dios mio, cuantos desertores! ¡Cuan raros son los cristianos que, como la Santisima Virgen, esten dispuestos a seguiros hasta el Calvario! ...




Me preguntareis, empero: ¿Cómo llegaremos a conocer si seguimos verdaderamente a Jesucristo? Nada más fácil. Cuando observáis fielmente los mandamientos. Se nos ordena que por la mañana y por la noche nos encomendemos a Dios con gran respeto: pues bien, ¿lo hacéis vosotros, poniéndoos de rodillas, antes de comenzar el trabajo con el deseo de agradar a Dios y salvar vuestra alma ? O, por el contrario, ¿lo practicáis solo por costumbre, por rutina, sin pensar en Dios, sin atender a que estáis en peligro de perderos, y por consiguiente, muy (falta una línea en el original) cerca de vuestra condenación ? Los preceptos de la Ley de Dios os prohíben trabajar en días festivos. Pues bien, mirad si lo habéis observado fielmente, si habéis empleado santamente el día del domingo, dedicándoos a la oración, a confesar vuestros pecados, a fin de evitar que la muerte os sorprenda en un estado que os conduzca al infierno. Examinad la manera como asistís a la Santa Misa, y ved si habéis estado siempre bien penetrados de la grandeza de aquel acto, si habéis considerado que es el mismo Jesucristo, como hombre y como, Dios, quien esta realmente presente en el altar. ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios, y de la consumación de igual sacrificio? ¿Testimoniasteis a Dios el pesar que sentíais por haberle ofendido y le dijisteis que, con el auxilio de su gracia, en lo venidero preferiríais la muerte al pecado? ¿Hicisteis siempre cuanto estaba de vuestra parte para merecer los favores que Dios tuvo a bien concederos? ¿Le habéis pedido la gracia de saberos aprovechar de los sermones que tenéis la suerte de oír, y cuyo objeto no es otro que el de instruiros acerca de vuestros deberes para con Dios y para con el prójimo? Los mandamientos Os prohíben jurar en vano: mirad que palabras salen de vuestra boca, consagrada a Dios por el bautismo; examinad si habéis jurado falsamente por el santo nombre de Dios, si habéis proferido malas palabras, etcétera. Nuestro Señor, en uno de sus preceptos, os ordena amar y reverenciar a los padres, etc., etc. Decís que sois hijos de la Iglesia: ved si cumplís lo que ella os ordena...



                




Si somos fieles a Dios cual la Santísima Virgen, no temeremos al mundo, ni al demonio ; estaremos prestos a sacrificarlo todo, incluso nuestra vida. Aquí vais a ver un ejemplo de ello. La historia nos cuenta que, después de la muerte de San Sixto, todos los bienes de la Iglesia fueron confiados a San Lorenzo. El emperador Valeriano llamó al Santo y le ordenó la entrega de todos aquellos tesoros. San Lorenzo, sin inmutarse, pidió al soberano un plazo de tres días. En aquel lapso, reclutó a cuantos ciegos, cojos y toda clase de pobres y enfermos le fue posible, seres todos llenos de miseria y cubiertos de llagas. Pasados los tres días, San Lorenzo los presentó al emperador diciéndole que allí estaba todo el tesoro de la Iglesia. Valeriano, sorprendido y espantado al hallarse en presencia de aquella turba que parecía reunir en sí todas las miserias de la tierra, se enfureció, y dirigiéndose a sus soldados, les ordenó prendiesen a Lorenzo y le cargasen de hierros y cadenas, reservándose el placer de hacerle morir con muerte lenta y cruel. En efecto, hízole azotar con varas; hízole desgarrar la piel y experimentar toda suerte de tormentos: el Santo se regocijaba con tales torturas; al verlo Valeriano, fuera de sí, hizo preparar una cama de hierro sobre la cual mandó fuese tendido Lorenzo; luego ordenó se encendiese debajo un fuego suave a fin de asarle despacio, para que su muerte fuese más lenta y cruel. Cuando el fuego hubo ya consumido una parte de su cuerpo, San Lorenzo, burlándose siempre de los suplicios, volvióse hacia el emperador, y, con semblante risueño y radiante, le dijo: «¿No ves que mi carne está ya bastante asada de un lado?. Vuélveme, pues, del otro, a fin de que sea igualmente gloriosa en el cielo.» Por orden del tirano, los verdugos volvieron entonces al mártir del otro lado. Pasado algún tiempo, San Lorenzo habló así al emperador: «Mi carne está suficientemente asada, puedes ya comer de ella.» ¿No reconocéis aquí a un cristiano que, imitando a la Virgen Santísima y a Santa Magdalena, sabe seguir a su Dios hasta el Calvario? ¡Ay! ¿Qué será de nosotros, cuando Nuestro Señor nos ponga en parangón con aquellos santos, que prefirieron sufrir toda suerte de tormentos antes que hacer traición a su religión y a su conciencia.




2.° Mas no nos contentamos con abandonar a Jesucristo, como los apóstoles, que, después de haber recibido innumerables favores y cuando el Maestro más necesitado estaba de consuelo, huyeron. ¡Ay!, ¡cuántos son los que osan dar preferencia a Barrabás, es decir, les gusta más seguir al mundo y sus pasiones, que a Jesucristo con la cruz a cuestas! ¡Cuántas veces le hemos recibido en son de triunfo en la sagrada mesa, y poco tiempo después, seducidos por nuestras pasiones, hemos preferido a ese Rey, ora un placer momentáneo, ora un vil interés, tras el cual andamos, a pesar de nuestros remordimientos de conciencia! ¡Cuántas veces, hemos estado vacilando entre la conciencia y las pasiones, y en semejante lucha hemos ahogado la voz de Dios, para no oír más que la de nuestras malas inclinaciones! Si dudáis de ello, escuchadme un momento, y vais a comprenderlo con toda claridad. Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interior mente: «¿ Qué vas a hacer?... He aquí tu placer por un lado y a tu Dios por otra; es imposible agradar a ambos al, mismo tiempo: ¿ por cuál de los dos te vas a declarar?... Renuncia o a tu Dios o a tu placer». ¡Ay!, ¡Cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos : nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestras pasiones ! ¡ Cuántas veces hemos dicho: «¡Quiero mis placeres» ! Nuestra conciencia nos ha advertido: «Mas, ¿qué será de tu Dios ?» - «No me importa lo que va a ser de mi Dios, responden las pasiones; lo que quiero es gozar.» - «No ignoras, nos dice la conciencia, mediante los remordimientos que nos sugiere, que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios.» - «¿Qué me importa, replican las pasiones, que sea crucificado mi Dios, con tal que satisfaga yo mis deseos? - Mas ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, te has arrepentido después, y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!» - Mas la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: «¡Mi placer, he aquí mi razón: Dios es el enemigo de mi placer, sea, pues, crucificado!» - « ¿Preferirás a tu Dios el placer de un instante? » - « Sí, clama la pasión, venga lo que viniere a mi alma y a mi Dios, con tal que pueda yo gozar.»




Y aquí tenéis, lo que hacemos cuantas veces pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que nos es imposible desear y cometer un pecado, sin que perdamos a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma. ¿No es verdad, que, cuantas veces estamos a punto de caer en pecado, oímos una voz interior que nos invita a detenernos, diciéndonos que de lo contrario vamos a perdernos y a dar muerte a nuestro Dios? Podemos afirmar muy bien que la pasión que los judíos hicieron sufrir a Jesucristo era casi nada comparada con la que le hacen soportar los cristianos, con los ultrajes del pecado mortal. Los judíos antes que a Jesús prefirieron un criminal que había cometido muchos asesinatos; y ¿qué hace el cristiano pecador?... Ni tan sólo es un hombre el objeto que pone por encima de su Dios, sino, digámoslo con pena, un miserable pensamiento de orgullo, de odio, de venganza o de impureza; un acto de gula, un vaso de vino, una ganancia miserable que tal vez no llega a dos reales; una mirada deshonesta o alguna acción infame: ¡ved lo que antepone al Dios de toda santidad! Desgraciados, ¿qué hacemos? ¡Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado!.., ¡ Hasta tal punto osamos llevar nuestro furor contra un Dios que tanto nos amó !...




                              




No nos admire que los Santos, que conocían la magnitud del pecado, prefirieran sufrir cuanto pudo inventar el furor de los tiranos, antes que caer en él. Vemos de ello un admirable ejemplo en Santa Margarita. Al ver su padre, sacerdote idólatra de gran reputación, que era cristiana y que no lograba hacerle renunciar a su religión, la maltrató de la manera más indigna y arrojóla después de su casa. No se desanimó por ello Margarita, sino que, a pesar de la nobleza de su origen, resignose a llevar una vida humilde y oscura al lado de su nodriza, la cual, ya desde su infancia, le había inspirado las virtudes cristianas. Cierto prefecto del pretorio llamado Olybrio, prendado de su belleza, mandó que fuese conducida a su presencia, a fin de inducirla a renegar de su fe, para casarse después con ella. A las primeras preguntas del prefecto, le respondió que era cristiana, y que permanecería constantemente esposa de Cristo, Irritado Olybrio por la respuesta de la Santa, mandó, a los verdugos la despojasen de sus vestiduras y la tendiesen sobre el potro de tormento. Puesta allí, la hizo azotar con varas, con tanta crueldad que la sangre manaba de todos sus miembros. Mientras se la atormentaba, la invitaban a sacrificar a los dioses del imperio, representándole cómo su tenacidad le haría peder su hermosura y su vida. Pero, en medio de los tormentos, ella exclamaba: «No, no, jamás por unos bienes perecederos y por unos placeres vergonzosos dejaré a mi Dios. Jesucristo, que es mi esposo, me tiene bajo su cuidado, y no me abandonará». Al ver el juez aquel valor, al que él llamaba terquedad, hízola golpear tan cruelmente que, a pesar de sus bárbaros sentimientos, veíase obligado a apartar la vista del espectáculo. Temiendo que ella no sucumbiese a tales tormentos, ordenó conducirla a la prisión. Allí aparecióse a la joven el demonio en forma de dragón que parecía quererla devorar. La Santa hizo la señal de la cruz, y el dragón reventó a sus pies. Después de aquella terrible lucha vió una cruz brillante como un foco de luz, encima de la cual volaba una paloma de admirable blancura. Con ello sintióse la Santa en gran manera fortalecida. Pasando algún tiempo, viendo aquel juez inicuo que, a pesar de las torturas, de las que los mismos verdugos estaban asustados, nada podía lograr de ella, mandóla degollar.




Pues bien, ¿imitamos a Santa Margarita, cuando anteponemos un vil interés a Jesucristo? ¿Cuándo optamos por quebrantar los preceptos de la ley de Dios o de la Santa Iglesia antes que desagradar al mundo? ¿Cuándo, para complacer a un amigo impío, comemos carne en los días prohibidos? ¿Cuando, para servir a un vecino, no tenemos escrúpulo en trabajar o en prestar nuestros animales de trabajo el santo día del domingo? ¿Cuándo, para no desagradar a algún amigo, empleamos buena parte del día festivo, tal vez las mismas horas de las funciones religiosas, en la taberna o en la casa de juego? ¡Ay!, los cristianos dispuestos a imitar a Santa Margarita, o sea a sacrificarlo todo, sus bienes y su vida, antes que desagradar a Jesucristo, son tan raros como los escogidos, es decir, como los que irán al cielo. ¡Cuánto ha cambiado el mundo, Dios mío!



3.° Os he dicho que Jesucristo fue abandonado a los insultos de la plebe, y tratado como un rey de burlas por una comparsería de falsos adoradores. Mirad a aquel Dios que no pueden contener el cielo y la tierra, y de quien, si fuese su voluntad, bastaría una mirada para aniquilar el mundo: le echan sobre las espaldas un manto de escarlata; ponen en sus manos un cetro de caña y ciñen su cabeza con una corona de espinas; y así es entregado a la cohorte insolente de la soldadesca. ¡Ay!, ¡en qué estado ha venido a parar Aquel a quien los ángeles adoran temblando! Doblan ante Él la rodilla en son de la más sangrienta burla; arrebátanle la caña que tiene en la mano, y golpéanle con ella la cabeza. ¡Oh!, ¡qué espectáculo! ¡Oh!, cuánta impiedad!... Mas es tan grande la caridad de Jesús, que a pesar de tantos ultrajes, sin dejar oír la menor queja, muere voluntariamente para salvarnos a todos. Y no obstante, este espectáculo, que no podemos contemplar sino temblando, se reproduce todos los días por obra de un gran número de malos cristianos.




Consideremos la manera cómo se portan esos infelices durante los divinos oficios; en la presencia de un Dios que se anonadó por nosotros, y que permanece en nuestros altares y tabernáculos para colmarnos de toda suerte de bienes, ¿qué homenaje de adoración le tributan? ¿No es por ventura peor tratado Jesucristo por los cristianos que par los judíos, quienes no tenían, como nosotros, la dicha de conocerle?. Ved aquellas personas comodonas: apenas si doblan una rodilla en el momento más culminante del misterio; mirad las sonrisas, las conversaciones, las miradas a todos los lados del templo, los signos y muecas de aquellos pobres impíos e ignorantes: y esto es sólo lo exterior; si pudiésemos penetrar hasta el fondo dé sus corazones, ¡ay!, ¡cuántos pensamientos de odio, de venganza, de orgullo! ¿Me atreveré a decirlo, que los más abominables pensamientos impuros corrompen quizás todos aquellos corazones? Aquellos infelices cristianos no usan libros ni rosarios durante la santa Misa, y no saben cómo emplear el tiempo que dura su celebración; oidles cómo se quejan y murmuran por retenérseles demasiado tiempo en la santa presencia de Dios. ¡Oh, Señor!, ¡cuántos ultrajes y cuántos insultos se os infieren, en los momentos mismos en que Vos con tanta bondad y amor abría las entrañas de vuestra misericordia¡ ... No me admiro de que los judíos llenasen a Jesucristo de oprobios, después de haberle considerado como un criminal, y creyendo realizar una buena obra; pues «si le hubiesen conocido, nos dice San Pablo nunca habrían dado muerte al Rey de la gloria» (I Cor., II, 8.). Mas los cristianos, que con tanta certeza saben que es el mismo Jesucristo quien está sobre los altares, y conocen cuánto le ofende su falta de respeto y comprenden el desprecio que encierra su impiedad! ... ¡Oh, Dios mío! y, si los cristianos no hubiesen perdido la fe, ¿podrían comparecer en vuestros templos sin temblar y sin llorar amargamente sus pecados? ¡Cuántos os escupen el rostro con el excesivo cuidado de adornar su cabeza; cuántos os coronan de espinas con su orgullo; cuántos os hacen sentir los rudos golpes de la flagelación, con las acciones impuras con que profanan su cuerpo y su alma! ¡Cuántos¡ ¡ay! os dan muerte con sus sacrilegios; cuántos os retienen clavado en la cruz, obstinándose en su pecado! ... ¡Oh, Dios mío!, ¡cuántos judíos volvéis a encontrar entre los cristianos! ...





4.° No podemos considerar sin temblor lo que sucedió al pie de la cruz: aquel era el lugar donde el Padre Eterno esperaba a su Hijo adorable para descargar sobre Él todos los golpes de su justicia. Igualmente, podemos afirmar que es al pie de los altares donde Jesucristo recibe los más crueles ultrajes. ¡Ay!, ¡Cuántos desprecios de su santa presencia! ¡Cuántas confesiones mal hechas! ¡Cuántas misas mal oídas! ¿Cuántas comuniones sacrílegas? ¿No podré deciros yo como San Bernardo: "¿que pensáis de vuestro Dios, cuál es la idea que de Él tenéis»? Desgraciados, si tuvieseis de Él el concepto que debéis, ¿osarías venir a sus pies para insultarle? Es insultar a Jesucristo acudir a nuestras templos, ante nuestros altares, con el espíritu distraído y ocupado en los negocios mundanos; es insultar a la majestad de Dios comparecer en su presencia con menos modestia que en las casas de los grandes de la tierra. Le ultrajan también aquellas señoras y jóvenes mundanas que parecen venir al pie de los altares sólo para ostentar su vanidad, atraer las miradas y arrebatar la gloria y la adoración que sólo a Dios son debidas. Dios lo aguanta con paciencia, mas no por eso dejará de llegar la hora terrible... Dejad que llegue la eternidad...




Si en la antigüedad Dios se quejaba de la infidelidad de su pueblo, porque profanaba su santo Nombre, ¡cuáles serán las quejas que tendrá ahora para echarnos en cara, cuando, no contentos con ultrajar su santo Nombre con blasfemias y juramentos que hacen temblar el infierno, profanamos el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de su Hijo!... Dios mío, ¿a qué os veis reducido?.. En otro tiempo no tuvisteis más que un calvario, pero ahora, ¡tenéis tantos cuantos son los malos cristianos!...




¿Qué sacaremos de todo esto, sino que somos realmente unos insensatos al causar tales sufrimientos a un Salvador que tanto nos amó? No volvamos a dar muerte a Jesucristo con nuestros pecados, dejemos que viva en nosotros, y vivamos también en su gracia. De esta manera nos cabrá la misma suerte que cupo a cuantos procuraron evitar el pecado y obrar el bien guiados solamente por el anhelo de agradarle.



                                    




Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (8)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA

(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XV. Pero, diréis, ¿no hay remedios para este mal que era tan poco conocido para nosotros? Sí, hermanos míos; aplicaos para recordarlos. El primer remedio será el desacato a la propiedad de este mundo. ¿Quieres saber, dice el Papa San Gregorio, de dónde viene que estemos sujetos a la envidia? Es que siendo finitas y limitadas las cosas de este mundo, cuanto más numerosos son los que las poseen, más pequeña es la parte que corresponde a cada uno. Entonces, si queremos estar libres de la envidia, desapeguémonos, dice el Santo, de estos bienes terrenales, aspiremos a los bienes eternos y celestiales, y a la gloria del paraíso. Estos bienes y esta felicidad son de tal naturaleza que cada uno de los Bienaventurados los poseerá íntegramente, sin disminución y sin compartirlos, durante la eternidad. Todos los santos en el cielo abundan de alegría y gozo, y la felicidad de algunos, lejos de restar una parte sólo aumenta la de las demás. ¡Que todos nuestros pensamientos y deseos sean sin cesar dirigidos a esta feliz estancia!


XVI. La segunda forma de resistir a la envidia es animarnos de santa caridad los unos hacia los otros. Somos todos, como habéis oído, miembros de Jesucristo; todos somos sus hermanos, todos somos con Él los herederos del reino celestial: debemos, por tanto, como nos recomienda el Apóstol, alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran. Debemos tener para con el prójimo esta misma caridad, esta misma compasión que los miembros de nuestro cuerpo tienen entre sí unos con otros. Cuando una espina se hunde en el pie, dice San Agustín, inmediatamente el ojo nota el lugar y se lo indica a la mano, que arranca esta espina, detiene la sangre y cura la herida. Actuemos igual con nuestro prójimo. En una palabra, dejemos que reine entre nosotros la caridad más sincera, y desterraremos la envidia de nuestro corazón.


XVII. El tercer y último remedio, que incluye todos los demás, será eliminar por completo las dos fuentes funestas de la envidia, que son la soberbia y el amor propio. Entremos en sentimientos bajos de nosotros mismos, y concibamos la máxima estima por los demás. Regocijémonos en todos los bienes y todas las ventajas que a Dios le plazca conceder a nuestro prójimo. Alegrémonos de sus méritos, de su gloria, de sus virtudes, como de nuestro propio bien. Si de vez en cuando nos asalta la envidia, seamos lo suficientemente generosos para pedir a Dios que se digne colmar a nuestro prójimo. de todo tipo de felicidad y prosperidad, y veremos a este monstruo caer a nuestros pies. Y Vos, Señor, digna ayudarnos con vuestra gracia a destruir en nosotros toda autoestima ; inspíranos esa santa caridad que siempre nos mantenga unidos a nuestros hermanos en esta vida, para que podamos disfruta de vuestra gloria en el cielo para siempre.


                                                                           FIN


                                              ***

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (7)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XIII. La envidia es común entre los comerciantes, quienes ven con mal ojo que otros triunfen en sus empresas y en su comercio. La envidia reina también entre los médicos, abogados y los que integran el colegio de jueces, que no pueden ver sin celos el mérito distinguido de quienes ejercen su profesión. La envidia está presente igualmente entre los campesinos, entre los aldeanos que ven con pesar el campo o las vides de sus vecinos mejor cultivadas y más productivas que los de ellos. Reina también entre las mujeres, que no puede tolerar que otras tengan vestidos más ricos y más elegantes, que tengan más espíritu, que obtengan el primer rango en la sociedad, en los círculos sociales o en el baile. Los hermanos entre sí no están libres de envidia; tenemos pruebas en el inocente Abel que se convirtió en la víctima de la envidia de Caín; en el casto José, víctima de la envidia de sus hermanos; no lo mataron como lo habían planeado inicialmente, pero lo vendieron como un esclavo. La envidia penetró incluso en el mismo colegio de los Apóstoles, ya que se dice que concibieron sentimientos, de indignación contra los dos hermanos Santiago y Juan, que habían pedido a Jesucristo los dos primeros lugares en su reino: Indignati sunt de duobus fratribus. ¿Y no es de temer que este vicio se introduzca incluso en el santuario, y que contagie a quienes profesan la virtud y la santidad?



XIV. Lo que más hay que temer en el pecado de la envidia es que las personas que son más culpables de este pecado no lo reconocen en ellos, no se lo reprochan a sí mismos, y no se acusan; por lo tanto, les resulta imposible corregirlo. Muchos cristianos se culpan a sí mismos por transportes de ira, malas palabras, blasfemias, intemperancia, incontinencia; pero ¿quiénes son los que confiesan de envidia? Las personas que quieren pasar por espirituales y los devotos se acusarán de algunas faltas leves, que ni siquiera son errores, como distracciones involuntarias, tentaciones a las que no dieron su consentimiento; pero ¿vemos a muchas de estas personas examinándose seriamente a sí mismas sobre este pecado de la envidia, y que se acusen de él? Pecado de envidia que tal vez sea su pasión dominante. Se suele poner a prueba la paciencia del confesor, pasando horas enteras exponiéndole escrúpulos, perturbaciones de conciencia, y no sentimos ningún remordimiento ante este vicio, no nos preocupamos por él, no pensamos en arrepentirnos y corregirnos ¿Quiénes son los penitentes que vienen a decir sinceramente al confesor: padre, la envidia es un pecado habitual en mí ; siento disgusto por el bien y la prosperidad de mi prójimo, y un gozo secreto en sus desgracias; consiento en ello, y no me esfuerzo en superar este hábito? Cristianos, tengamos cuidado de no equivocarnos en un punto tan esencial. Pocos están exentos de esta debilidad; pocos se culpan a sí mismos y se corrigen; de ahí sucede que la envidia se convierta en un mal casi incurable.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (6)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XI. ¿No es justo que San Agustín llame a la envidia un pecado diabólico? peccatum diabolicum, puesto que los envidiosos hacen precisamente lo que el demonio le hizo a nuestro primer padre. Ardía de rabia y de envidia, al ver que Dios había creado al hombre y lo había rodeado de tanta grandeza y de dicha. ¿Qué hizo entonces Satanás? Usó tantos trucos y artificios, que logró hacerlo caer de su glorioso estado. Esto es precisamente lo que hace el envidioso con su prójimo. Si lo ve elevado y feliz, utiliza todos los medios para hacerlo caer. El diablo ama el mal; además, encuentra su tormento en la felicidad del hombre: esto sigue siendo lo que sucede en el corazón de los envidiosos. San Juan Crisóstomo dice algo más fuerte (Hom. 44. ad pop.), y llega incluso a declarar al envidioso peor que el diablo: Invidi daemonibus pares, immo forte pejores. Pero ¿de que manera es peor la malicia de un envidioso que la del diablo? En esto que, responde el Santo, el envidioso descarga su veneno contra los de su naturaleza y especie, cosa que el demonio no hace. El demonio arde de envidia contra los hombres, los odia, los persigue, pero no siente odio contra los otros demonios. En cambio los hombres se envidian unos a otros, se lamentan por el bien de sus semejantes y se regocijan en sus desgracias: Invicem invidentes, invicem provocantes (Gál. 5. 26). Por tanto, oh hombre envidioso, eres más malvado en un sentido que el demonio, y aparte de su obstinación y su impenitencia, eres más demonio que el demonio mismo. ¿Y no te sonrojas de un vicio tan abominable y tan indigno de tu grandeza?


XII. Y sin embargo, ¿quién lo creería? este vicio diabólico es tan contrario a la humanidad, a la sociedad, a la caridad cristiana, tan detestable a los ojos de Dios, tan cruel con el prójimo, es el vicio de una infinidad de personas, un vicio común entre los hombres. No hay enfermedad más mortal que la peste, y sin embargo, no hay ninguna que se propague tan fácilmente y que infecte a más personas. Asimismo, no hay nada más odioso, más indigno que la envidia, y sin embargo no hay nada que se comunique con tanta facilidad. San Agustín nos asegura que hay muy pocos hombres que estén libres de este vicio. Porque, dice, cada hombre se encuentra en uno de estos tres estados, o igual, o superior o inferior. El igual envidia a su igual, porque lo ve caminando al unísono con él, y le gustaría adelantarse a él. El inferior envidia al superior, porque lo ve más alto que él, y que le gustaría igualarlo. El superior envidia al inferior, porque teme que algún día logre ser igual a él. No hay edad, género, estado, condición o lugar donde la envidia no lleve su veneno. Si vais a la corte de los príncipes, a los palacios de los grandes, encontraréis casi tanta gente envidiosa allí como tantos cortesanos y sirvientes hay. Todos quieren ponerse delante; todos buscan aspirar; todos temen que otros reciban favores especiales; todos buscan suplantar o perder a sus rivales. El profeta Daniel nos proporciona una prueba (14, 30). Fue el ministro más fiel de su rey y lleno de piedad para con Dios. Su misma piedad sirvió como un pretexto para que otros cortesanos lo condenaran; y si Dios no lo hubiera preservado, habría llegado a ser presa de leones y víctima inocente del deseo más infernal.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (5)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


IX. Pero lo que hace que la envidia sea más indigna de un cristiano es que destruye esta admirable caridad que debería unir a los hombres, y que Jesucristo trajo a la tierra, para ser el carácter distintivo de sus verdaderos discípulos. ¿Cuál es el oficio de esta santa caridad? Es, dice San Pablo, alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran: Gaudere cum gaudentibus, et flere cum flentibus. ¿Y esto por qué? Y esto, añade el Apóstol, porque todos somos miembros del mismo cuerpo del cual Jesucristo es cabeza, como en el cuerpo humano descubrimos esta unión, esta simpatía entre todos los miembros que lo componen, de modo que si uno de estos miembros sufre, todos los demás participan en su dolor; y si está sano, todos los demás se alegran; de este modo, todo cristiano debe experimentar sentimientos de tristeza y aflicción, cuando a otros les sucede alguna desgracia o algún mal; y debe regocijarse en la felicidad y prosperidad de sus hermanos al igual que se regocija de su propio bien. Éstos son los sentimientos generosos, nobles y dignos de un verdadero cristiano, y que la caridad debe inspirar. Pero la envidia produce efectos totalmente opuestos.


X. La envidia hace que los hombres se regocijen en lo que debería afligirlos y que se entristezcan por lo que debería alegrarlos. Una persona acaba de entrometerse en vuestros ambiciosos proyectos sin pensar, o tal vez lo hizo a propósito y por buenas razones. ¡Oh Dios! Pero quisieras clavarle el hierro en el pecho para vengarte, quisieras reducirla a la miseria extrema; pero la justicia humana te ata las manos. El deseo y la venganza permanece concentrada en tu corazón; ellos lo roen y lo devoran. Pero este otro no os ha desobedecido; ¿os hizo acaso algún daño? No importa: impulsado por la envidia, os afligís por su fortuna y sentís una alegría secreta y maligna por sus desgracias. Pero éste de aquí,¡ es vuestro amigo, ¿no le habéis dado siempre señales externas de estima y bondad? Sigue sin importar; la envidia hace que externamente le deseéis todo tipo de prosperidad, y que cada uno de sus éxitos sea para vos el motivo de una nueva pena. Le demostráis por fuera que simpatizáis con sus desgracias, pero sus desgracias proporcionan a vuestro corazón materia de gran alegría. ¿Cómo podrían los envidiosos llamarse a sí mismos discípulos de Jesucristo, ya que están tan lejos de practicar la caridad, la cual es su carácter distintivo?

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (4)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


VII. Ahora bien, ¡cuán indigno de un cristiano es tal pecado! ¡Cuán ignominioso es para un discípulo de Jesucristo! Este pecado es tan vil, y los caracteres de infamia que lleva consigo son tales, que aquellos mismos que son más culpables, buscan mostrarse inocentes, porque entienden que no pueden tener envidia, sin violar todas las leyes, naturales, divinas y humanas; lo cual es fácil de concebir. Todo cristiano es un hombre dotado de razón; según la ley natural, debe tener sentimientos de humanidad hacia otros hombres. Todo cristiano es miembro de una comunidad ; según las leyes civiles y humanas, debe mantener la unión y no romper los lazos que le unen a la sociedad. Todo cristiano ha llegado a ser miembro de Jesucristo por la gracia del santo bautismo: por lo tanto está obligado, por esta ley de la gracia, a practicar la caridad hacia los demás miembros del mismo cuerpo. Pero ¿qué humanidad, qué espíritu de unión y de caridad encontraremos nosotros en un envidioso? No puede tener ninguna humanidad hacia otros hombres, puesto que la envidia le reduce a la condición de las fieras salvajes, y lo hace aún más cruel, según San Juan Crisóstomo. ¿Lo dudas? dijo el Santo; aquí está la prueba: a veces se lanzan sobre nosotros bestias feroces; pero esto es cuando las hemos provocado, o cuando son empujadas por el hambre. El envidioso, por el contrario, arremete contra su prójimo sin haber sido provocado ni empujado por ninguna necesidad. No perdona ni a sus amigos, ni siquiera a sus benefactores; el envidioso se entrega a todos los transportes de su vil pasión contra quienes envidia. ¿Puede haber algo más ignominioso para el hombre y más indigno de él, que caer así de la cualidad de un ser razonable y descender hasta la condición animalesca?


VIII. ¿Qué unión puede entonces tener un hombre envidioso con los otros miembros de su comunidad, con los habitantes del mismo país, de la misma ciudad? No puede tener ninguna, porque le gustaría estar solo en el mundo y no puede tolerar ningún competidor ni ningún rival. A este comerciante le gustaría estar solo para negociar, para vender y comprar. Este trabajador, este artesano quisiera hacer todo el trabajo del lugar él mismo. ¡Qué indignidad, qué bajeza del alma! El famoso Casiodoro dijo algo que debería hacer sonrojar a cualquier persona envidiosa. En todos los demás lugares, dijo, encuentro unión; la encuentro incluso entre los pájaros, que hacen un pequeño cuerpo de la sociedad con los de su especie, mas no encuentro esta unión entre hombres. El buitre, que se alimenta de cadáveres, no daña a los pájaros pequeños: los defiende aun contra el halcón que los persigue. Pero no ocurre así con la mayoría de los hombres cuando están animados por el espíritu de la envidia. Sólo buscan engañarse unos a otros. A éste gustaría alcanzar este puesto, este trabajo para el que tiene los talentos necesarios, pero el otro le cierra el camino y le priva de toda esperanza. Éste, por su cansancio y por medios justos y lícitos, trabaja para obtener cosas necesarias para mantener a su familia; el otro está estudiando en secreto cómo logrará arruinarlo. En una palabra, en lugar de la buena armonía que debería existir en la sociedad, sólo veo entre los hombres odio, celos, enemistades y divisiones, hasta el punto de que no perdonan ni siquiera a aquellos de su condición, ni a los miembros de su familia. (Lib. de Am. c.6).

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (3)

 




Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


V. ¿No es eso lo que realmente sucede? Es suficiente para convencernos con considerar la envidia, con el Papa San Gregorio y Santo Tomás (2. 2. qu. 56. a. 4. ad tertium), en su tres grados, es decir, en su principio, en sus medios y en su final. Tan pronto como una persona envidiosa ve a otra persona adquirir gloria o riquezas, se siente consumida por unos celos secretos y el miedo que tiene de verse superada le preocupa y le atormenta. No se detiene ahí; de la preocupación y la tristeza, pasa a buscar los medios para rebajar a su rival; y, para triunfar, utiliza los medios más viles y vergonzosos. Va más allá, acepta sufrir él mismo, hacer sufrir a los demás, como lo hizo este hombre envidioso, que pidió que le privaran de un ojo, con la condición de que le sacaran ambos a su competidor. (!)


VI. ¡Ah! Es con razón que San Cipriano (Serm. de zelo et livore) menciona la envidia como la fuente de los males, el origen de los asesinatos y de una infinidad de crímenes: Invidia es radix malorum, fons cladium et seminarium delictorum. San Gregorio asegura que la malicia de la envidia es mayor que la de muchos otros vicios. Es verdad, dice (Lib. 5. mor. c. 32), que, por medio de todos los demás vicios, la serpiente infernal esparce su veneno en los corazones de los hombres, pero lo imprime mucho más profundamente por medio de la envidia: In hac tamen nequitiae invidiae tota sua viscera serpens concutit, et imprimendam malitiae pestem vomit. San Buenaventura dice que la envidia despoja al hombre de todas las virtudes. Los demás vicios se oponen a una sola virtud. El orgullo se opone a la humildad, la lujuria a la castidad, la avaricia a la liberalidad, y así todos los demás; pero la envidia se opone a todo, porque viendo las virtudes en su prójimo, éstas son para la persona envidiosa un motivo de dolor y tristeza, como si todas le fuesen contrarias; le gustaría quitárselas a su rival, y cambiarlas en tantos vicios para ensuciar el alma de su prójimo, si fuera capaz de ello: (S. Bonav. en Diet. sol. c. 4). Esa es, vuelve a decir el mismo Santo, la bestia feroz que devoró al casto José, ya que fue la envidia quien aconsejó y ejecutó su ruina: Fera pessima devoravit eum. Invidia devorat hominem, ut in Genesi fera pessima devoravit Joseph.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (2)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).



II. Que si por fin lo bueno que veo en los demás, y que deseo poseer, es un bien espiritual que se relaciona con la gloria de Dios y la salvación del alma, como por ejemplo, veo a esta persona humilde, piadosa, dada a la penitencia, a la mortificación; no lamento que sea virtuosa; lo que me desagrada es que yo estoy lejos de ser tan piadoso, tan humilde, tan paciente, tan mortificado como ella; yo quisiera ser igual, y me siento llevado a serlo por el ejemplo que tengo bajo mis ojos; os digo que este es un santo deseo, una emulación. digna de recompensa, y que el apóstol San Pablo recomienda a todos los cristianos: "Aemulamini charismata meliora, aemulamini spiritualia (l. Cor. 12. 31). Leemos en la vida de San Antonio, que se comportaba así cuando veía a un religioso destacar en alguna virtud, haciendo que inmediatamente trabajara para adquirirla él también. Esto es lo que debe hacer todo cristiano que desee santificarse.


III. Una vez supuesto eso, es fácil saber cuando la tristeza que sentimos por la felicidad de los demás y el placer que sentimos por sus desgracias son un pecado de envidia. Esta tristeza o este placer son criminales cuando un hombre, viendo en su prójimo algún bien espiritual o temporal, y temiendo que ese bien perjudique su propia gloria, se angustia por ello y desea que su prójimo se vea privado de este beneficio. Y si a este prójimo le sucede algún dolor o desgracia, el envidioso triunfa y se alegra. Según la doctrina de los santos Padres y teólogos, la envidia consiste, pues, en entristecerse por la suerte del prójimo y en alegrarse de sus desgracias, en entristecerse por el bien que le sucede y en disfrutar de un placer secreto por el daño que le sobreviene. Hay personas que triunfan maravillosamente en sus empresas, el envidioso lo ven con pesar; si fracasan en sus planes, él se entrega a una alegría maligna; si han adquirido reputación, honor, riquezas, el envidioso es devorado por el dolor; pero si han caído en la desgracia, es para él un tema de complacencia y alegría. Qué raza más perversa es la de los envidiosos, dice San Gregorio de Nisa. Mientras los demás hombres se alegran del bien y se lamentan del mal, el envidioso se entristece al ver la prosperidad de los demás y se alegra de su desgracia.


IV. Pero, ¿se considera siempre la envidia a este respecto un pecado mortal? Sí, ¿puedes dudarlo acaso? Aparte del caso en que no hay plena advertencia y perfecto consentimiento, y el caso en que el mal del que uno se regocija es leve y el bien del que uno se entristece no es considerable, la envidia es siempre en sí misma un pecado mortal. Es pecado mortal porque se opone directamente a la caridad, cuya propiedad es alegrarse del bien y la prosperidad del prójimo, y llorar por sus desgracias e infortunios. Pecado mortal, porque San Pablo declara a los envidiosos dignos de la muerte eterna: Pleni invidia digni sunt morte (Rom. 1,29). Y escribiendo a los Gálatas (5,21), cuenta la envidia entre los pecados más graves que excluyen a las almas del reino celestial, y que, en consecuencia, los condena al infierno. Es más, la envidia nunca va sola: tiene su raza maldita, como otros pecados capitales; estos son los crímenes de los que los envidiosos se vuelve culpable al querer alcanzar la meta que se propone de disminuir la buena reputación del prójimo; sembrando la discordia en secreto para perturbar la paz y romper la amistad que existe entre aquel a quien quiere difamar y aquellos con quienes está unido, o bien desacreditarlo y calumniarlo en público. Y ya sabemos que el Espíritu Santo nos dice en el Eclesiástico que el que siembra la discordia y el desorden es maldito de Dios: Susurro et bilinguis maledictus (28.15). Es odioso a sus ojos, según San Pablo: Susurrones, et detractores, Deo odibiles (Rom. 1, 30). Si el envidioso logra su fin, que es disminuir la reputación de su prójimo, experimenta, como hemos dicho, una alegría maliciosa; si, por el contrario, no consigue con todos sus esfuerzos hacerle perder el honor, siente un disgusto mortal que se transforma en odio y furia; le gustaría quitarle todo a quien considera su enemigo, le gustaría aniquilarlo si fuera capaz de ello.

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Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (1)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


Hoy hablaremos del cuarto de los pecados capitales que es la envidia. Pecado que mira San Juan Crisóstomo como más grave que los demás, en el sentido de que los demás pueden cubrirse con ciertos pretextos, mientras que éste no tiene ninguno. El voluptuoso ofrece como excusa el ardor de la concupiscencia que le lleva al placer; el ladrón, su pobreza; el vengativo, su ira; excusas vanas y frívolas en verdad, pero que sin embargo tienen alguna apariencia de fundamento. Pero tú, envidioso, ¿qué excusa puedes dar que no sea tu extrema malicia? Tu vero, quam dicis causa, rogo? nullam penitus, nisi immensam malitiam (S. Chrys. Hom. 44. ad popul.). Siendo la envidia un pecado tan grave, no puedo prescindir de hacer una instrucción especial sobre este tema. Y para que os sea provechoso a todos, veremos primero qué es la envidia y de cuántos pecados es origen. En segundo lugar, cuán indigno es de un cristiano y, sin embargo, cuán "universal" es. Finalmente, os mostraré los remedios necesarios para protegerse de ello.


I. La envidia, según la definición de los santos padres y teólogos, es una tristeza que siente el hombre por los beneficios de su prójimo, o una alegría maligna que experimenta ante las desgracia de los demás, considerando estas ventajas del prójimo como algo contrario y perjudicial para su propia gloria y para su interés, y las desgracias ajenas como buenas para él mismo. Debe observarse que toda tristeza que uno sienta por los beneficios del prójimo no es pecado de envidia. Veo, por ejemplo, a una persona que es claramente indigna, la veo elevada a este cargo, a este honor, a este puesto de responsabilidad, en detrimento de otras personas mucho más merecedoras que ella; esta elevación me entristece y desagrada; mas esto no es pecado, no es envidia, es amor al orden. Veo que un gran número de pecadores abusan de su salud y de otros bienes que recibieron de Dios para ofenderlo y dañar a otros; siento tristeza, disgusto; incluso desearía que, por el bien de sus almas, quedaran reducidos a una fortuna mediocre; esto no es envidia, sino caridad. He aquí un hombre poderoso que acaba de llegar a esta dignidad; preveo con razón que usará su autoridad para abrumarme o para oprimir a personas inocentes, entonces manifiesto dolor; no es envidia, es solo un temor justo y permitido. Veo que este hombre sobresale en cierta ciencia, en tal arte, en tal profesión, es colmado de elogios y honor; me entristece, no porque lo vea dotado con estas excelentes cualidades o conocimientos, o porque sea honrado, sino porque me he privado a mí mismo de ventajas similares, a causa de mi pereza y despreocupación, esto todavía no es envidia, sino emulación; y si el disgusto que siento por verme privado de este bien me lleva a tomar los medios para adquirirlo, entonces esta emulación es buena y loable.

Continuará...

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