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NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)

 



NADIE QUIERE ACOMPAÑAR A CRISTO AL CALVARIO PARA MORIR EN LA CRUZ (Viernes de Dolores y Domingo de Ramos)




Hoy celebramos la amarga aunque gloriosa fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María, de la cual muy pocos se acuerdan y que prácticamente nadie conmemora, únicamente los fieles verdaderos elegidos desde toda la eternidad por el Padre Eterno y confirmados por el Espíritu Santo Paráclito, cuyo número es cada vez más pequeño e insignificante a ojos del mundo incrédulo y apóstata en el que nos ha tocado vivir.




Sin embargo, el domingo las calles y plazas de todos los pueblos y ciudades de la vieja Europa y de otras naciones otrora católicas diseminadas por todo el orbe se llenarán de gentes para celebrar el Domingo de Ramos, en el que se celebra la entrada triunfal de N.S.J.C. en Jerusalén. Entonces todos se llenarán la boca diciendo que aman a Jesús y a Su Madre Santísima, pero pocas horas después estos mismos se escandalizarán del Salvador y Redentor del género humano y le abandonarán lastimosamente.




¿A qué se debe semejante cambio de actitud en tan poco tiempo? La respuesta es muy sencilla: al escándalo que supone para el mundo y sus esclavos la Cruz de Cristo. Es que el diablo les ha hecho creer engañados que morir en la Cruz es una humillación intolerable y detestable, de ahí que abandonen tan pronto al Hijo de Dios, señal clara e inequívoca de que su pretendida fe no era tan fuerte como ellos pensaban, puesto que han pasado de la adulación a la traición y la apostasía en apenas unos pocos días.




Esta lamentable situación se repite cada año por estas fechas, pues aquéllos que se jactaban de ser los más devotos siervos del Señor se convertirán en sus más encarnizados perseguidores.




Esto es porque no han entendido el misterio insondable de la Cruz ni que estaba escrito que el Hijo del Hombre debía padecer y morir a manos de los hombres para poder resucitar al tercer día.




Jesús no quiere falsos seguidores que le adoren con los labios pero cuyo corazón está muy lejos de Él, no. Jesús no busca habilidosos aduladores que le ensalcen el Domingo de Ramos pero que huirán de Él el Jueves Santo cuando sea capturado y entregado a los judíos deicidas. Jesús abomina y no reconoce como discípulos suyos a las almas tibias e hipócritas que matan al Espíritu con la letra farisaica.




Es preciso que quienes lean esto comprendan que, para merecer ser resucitado y salvado por el poder de Dios Uno y Trino, antes hay que saber cargar con la propia cruz particular y llevarla hasta la muerte, de modo que muriendo a nuestro orgullo desmedido podamos convertirnos en humildes niños que en todo dependen de sus padres.




Se engañan, pues, todos aquellos infelices que piensan dar gloria a Dios instalados en la mediocridad y la tibieza, porque de tales falsos servidores está lleno el infierno.




O cruz y gloria, o comodidad y condenación. No hay término medio.




MISERERE NOSTRI, DOMINE!




+A.M.D.G.+




Un discípulo amado de N.S.J.C.




                                    




LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA

 



LA CRUZ NOS HACE MORIR A NOSOTROS MISMOS Y AL MUNDO, Y RESUCITAR PARA LA VIDA ETERNA




Jamás alabaremos lo suficiente la santa Cruz de Cristo; jamás podremos comprender el abismo de caridad y sabiduría celestial que se encierra en el madero sagrado. Únicamente la Trinidad Beatísima pudo concebir semejante invención para hacernos morir al mundo, al demonio y a nuestra propia carne, esto es a nuestro ego orgulloso y egoísta.




En efecto, gracias a la cruz los verdaderos discípulos del Señor crucifican y mortifican sus pasiones y apetitos desordenados, singularmente la soberbia, la gula y la lujuria. Al considerar que el Hijo de Dios N.S.J.C. murió por nosotros y eligió llevar su cruz y ser colocado en ella, nosotros no podemos más que imitarle y negarnos a nosotros mismos, tomando nuestra propia cruz particular y siguiéndole hasta el Calvario.




Alguno se preguntará cuál es la cruz que la Divina Providencia le ha preparado desde toda la eternidad para portar pacientemente durante esta fugaz vida terrena, y responderemos que la cruz es todo aquello que le humilla y le mortifica, hasta el punto que uno querría quitársela de encima si pudiera, pero en todo debemos cumplir la Voluntad del Eterno Padre, y sabemos por la Sagrada Escritura que para ser discípulos de Jesucristo es preciso coger la cruz y seguirle hasta el final.




Esa enfermedad dolorosa y paralizante, ese rasgo físico o de la personalidad que nos abaja y nos avergüenza, esa contrariedad casi permanente que debemos soportar en nosotros mismos y que los demás también notan y explotan mediante comentarios hirientes, esa carencia de dones y virtudes naturales y sobrenaturales, ese matrimonio insatisfecho con una mujer o con un hombre que no nos comprende ni quiere compartir nuestra santa fe católica, esos proyectos y aspiraciones personales que jamás serán cumplidos por las propias circunstancias, etc., etc. La cruz es todo eso y mucho más, por lo que sólo podemos humillarnos y aceptarla tal cual Dios nos la envía, si no queremos vernos reprobados en la hora decisiva del Juicio.




El mundo y sus locos amadores se escandalizan de la cruz y quisieran apartarla de sus vidas, pero es en vano porque la cruz les perseguirá hasta el día de la muerte, y si no la aceptan de buen grado, tendrán que arrastrarla cual réprobos incluso en vida. Lo más terrible para ellos será cuando, en el momento fatídico del Juicio, tengan que oír de labios de Cristo Juez la espantosa sentencia de condenación eterna, pues entonces verán que la cruz que Dios les envió en vida no era tan humillante como ellos pensaban, sino que verdaderamente tenía el poder de salvar sus almas si la hubieran acogido con corazón contrito y humillado, pero ya será demasiado tarde para ellos y serán echados fuera del reino celestial, siendo su terrible destino final el lugar de tormentos más horribles jamás concebidos, el infierno.




La Sagrada Escritura nos revela que quienes intenten salvar su vida en este mundo la perderán para la eternidad, mientras que los pocos que la pierdan por dar testimonio de Cristo y la Verdad salvarán sus almas en el más allá. ¿Qué significa pues querer salvar la vida en este mundo? Se trata principalmente de la incredulidad y la indiferencia respecto a Jesucristo y su misión divina, pues son legión los incrédulos y los indiferentes que afirman no conocer a Dios ni querer saber nada de Él. El horror al sufrimiento y la huida de cualquier sacrificio y humillación que implique reconocer los propios errores y pedir perdón a quienes han ofendido es también otro de los rasgos característicos de los hijos de las tinieblas, pues los pobres infelices se avergüenzan de Cristo y de su doctrina al estar dominados por la triple concupiscencia de la carne, los ojos y la soberbia.




Nada hay que cause mayor espanto a los mundanos que la debilidad y la inseguridad, pues todos ellos se imaginan falsamente que mostrar indecisión equivale a ser débil, de ahí que se afanen inútilmente en extinguir en ellos cualquier afecto o inspiración que les haga sentirse menos que los demás, ya que el orgullo que poseen les ciega y les impulsa a despreciar a quienes no son como ellos. Siguen así las envenenadas insinuaciones del príncipe de este mundo, el demonio, quien les dice que no sólo no deben humillarse y mostrar arrepentimiento, sino que además tienen que imponerse por la fuerza los unos a los otros, ya que en el mundo impera la ley de la selva y sólo los fuertes y poderosos son bien considerados por el resto de mortales.




Como se ve claramente, es una inversión absoluta de valores, una tergiversación diabólica del sermón de la montaña, pues allí donde Cristo recomienda la humildad y la mansedumbre, el demonio grita que hay que ser orgulloso y violento. Y así con el resto de las bienaventuranzas.




Todos los males que hay en esta tierra vienen por ignorar las Escrituras y no querer conocer la Palabra de Dios, en la que se encuentra el poder del Altísimo (Mateo 22:29). Si conocieran la divina voluntad expresada claramente en el Evangelio no obrarían del modo en que lo hacen, pero el demonio y las preocupaciones terrenales ahogan cualquier aspiración sagrada y les impiden ponerse a considerar las sentencias de la Santa Biblia, lo cual es muy lamentable y digno de absoluta pena. (Mateo 13:1-50).




La humanidad sin Dios cabalga a paso rápido hacia su triste suerte final, mientras todos ellos se creen falsamente seguros y se imaginan que no hay vida después de la muerte, por lo que hay que aprovechar el momento presente para gozar y adquirir reputación y bienes, ya que una vez muerto no habrá nada más que hacer. Pero semejante concepción pagana de la existencia está destinada al más trágico fracaso cuando aparezcan al fin los Dos Testigos del Apocalipsis enviados por Dios Uno y Trino, pues ellos serán los encargados de leer la sentencia de condenación eterna para las gentes de todos los pueblos y tribus y lenguas y naciones, de ahí que estos súper profetas vayan a ser un auténtico incordio y un reproche continuo para todos ellos. Pero hablaremos más extensamente sobre los Testigos y el mensaje de su predicación en un último ensayo que pronto empezaremos a escribir.




El mundo luchará en vano por librarse de la cruz, pues cuando vuelva el Hijo del Hombre aparecerá su señal en el cielo, y todos los moradores de la tierra se lamentarán amargamente. (Mateo 24:30).




Velemos pues para no ser sorprendidos, y carguemos con nuestra propia cruz mientras nos toque penar por este enorme valle de lágrimas.


+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                   




NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR

 



NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR



Todos hemos recibido al nacer una cruz particular enviada por la Divina Providencia con la cual obrar nuestra salvación con temor y temblor, pero sin embargo no todos aceptan su propia cruz y cargan con ella hasta la muerte, sino que son pocos, muy pocos los que esto comprenden y, negándose a sí mismos, cogen su cruz y siguen a Jesucristo hasta el final. Esto se debe al misterio insondable de la predestinación de los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos en medio de esta generación perversa y adúltera, pues ya nos dice la Sagrada Escritura que muchos son los llamados por la gracia divina, pero pocos los elegidos para heredar el reino de los cielos.




La cruz nos sale al encuentro cada vez que nos aficionamos a las vanidades engañosas de esta pobre vida, pues no hay ningún goce en este mundo que no venga acompañado de alguna pena. Se engañan terriblemente los mundanos entonces cuando buscan huir a toda costa del sufrimiento y la humillación, porque estos les perseguirán hasta el día de su muerte. De ahí que los cristianos no debamos hacer nuestra morada permanente en este valle de lágrimas, sino que simplemente estamos aquí de paso, somos peregrinos solamente, y sabemos que nuestra verdadera patria es el Cielo, en la compañía de los Ángeles y los Santos de Dios.




Gracias a la cruz, los verdaderos seguidores del Cristo aprendemos a desconfiar del mundo y sus ilusiones, viéndolas tal como son, es decir, falsos remedios que jamás pueden satisfacer nuestro interior y que nos dejan con el tremendo remordimiento de la conciencia si tenemos la inmensa desgracia de haber consentido en cualquier tentación y haber pecado contra Dios. Y no sólo eso, sino que el aprecio de la cruz nos hace incluso odiar al mundo y todo cuanto hay en él, pues sabemos que para agradar a Dios hay que elegir entre servirle a Él o ser esclavo de nuestras pasiones desordenadas y del cobarde respeto humano.




Para el cristiano la debilidad y la humillación son gloriosas, porque el mismo Hijo de Dios las ensalzó y padeció hasta la muerte mientras se humillaba y caían sobre Él todos los golpes de la divina justicia por causa de nuestros numerosos pecados y crímenes contra el Cielo. En efecto, debemos gloriarnos en nuestra debilidad, pues cuando somos débiles a ojos del mundo es en realidad cuando somos fuertes para Dios, a ejemplo del Apóstol (2 Corintios 9-10).




Dejemos por tanto que el mundo y sus locos amadores se pierdan en medio de tantos y tan envenenados placeres y privilegios, los cuales jamás pueden satisfacer al corazón humano y conducen irremediablemente hasta la muerte eterna del alma, y nosotros no tengamos ninguna otra preocupación más que la de padecer y ser despreciado por los mundanos al igual que lo fue el Cristo.




Dejemos que los demás ambicionen los primeros puestos en las reuniones humanas, los mejores elogios en cualquier conversación, los bienes y las posesiones más codiciadas, la mayor fuerza física y el más deslumbrante atractivo... dejemos a esos infelices hundirse cada vez más en el fango de las pasiones mundanas, mientras nosotros vamos adquiriendo la verdadera sabiduría espiritual que consiste en negarse a uno mismo y cargar con la humillación particular que el Buen Dios ha tenido a bien mandarnos para poder operar la salvación de nuestras almas.




En vano se afanan los mundanos por alejar de ellos la cruz, ya que ésta les perseguirá hasta el fin del mundo y no podrán deshacerse de ella. El que no quiera cargar con su cruz en vida, deberá llevarla como un condenado hasta la muerte, y lo más triste, ella será la causa de su reprobación final en el Juicio. Porque los pensamientos de Dios no son los nuestros, ni sus caminos son nuestros caminos (Isaías 55, 8-9). De lo cual se deduce que no estamos en esta vida para gozar y amasar bienes materiales y vanagloria, como lamentablemente buscan el 99,9% de los pobres mortales, sino que Dios nos dio el ser para buscarle, conocerle, amarle y servirle, y mediante esto salvar nuestras pobres almas.



+MISERERE NOBIS, DOMINE+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                  





EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL

 



EL ÁRBOL SAGRADO DE LA CRUZ ENGENDRA LA VERDADERA SABIDURÍA ESPIRITUAL




¿Quién ha creído nuestro anuncio,

y a quién ha sido revelado el brazo de Yahvé?

Pues creció delante de Él como un retoño,

cual raíz en tierra árida;

no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas,

ni aspecto para que nos agrade.

Es un (hombre) despreciado, el desecho de los hombres,

varón de dolores y que sabe lo que es padecer;

como alguien de quien uno aparta su rostro,

le deshonramos y le desestimamos.

Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias,

ha cargado con nuestros dolores,

y nosotros le reputamos como castigado,

como herido por Dios y humillado.

Fue traspasado por nuestros pecados,

quebrantado por nuestras culpas;

el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él,

y a través de sus llagas hemos sido curados.

Éramos todos como ovejas errantes,

seguimos cada cual nuestro propio camino;

y Yahvé cargó sobre él

la iniquidad de todos nosotros.

Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra

como cordero que es llevado al matadero;

como oveja que calla ante sus esquiladores,

así él no abre la boca.

Fue arrebatado por un juicio injusto,

sin que nadie pensara en su generación.

Fue cortado de la tierra de los vivientes

y herido por el crimen de mi pueblo.

Se le asignó sepultura entre los impíos,

y en su muerte está con el rico,

aunque no cometió injusticia,

ni hubo engaño en su boca.

Yahvé quiso quebrantarle con sufrimientos;

mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado,

verá descendencia y vivirá largos días,

y la voluntad de Yahvé será cumplida por sus manos.

Verá (el fruto) de los tormentos de su alma,

y quedara satisfecho.

Mi siervo, el Justo, justificará a muchos por su doctrina,

y cargará con las iniquidades de ellos.

Por esto le daré en herencia una gran muchedumbre,

y repartirá los despojos con los fuertes,

por cuanto entregó su vida a la muerte,

y fue contado entre los facinerosos.

Porque tomó sobre sí los pecados de muchos

e intercedió por los transgresores.

(Isaías 53)




Nuestro Señor Jesucristo es el Cordero de Dios que fue llevado al matadero y se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. Él cargó con todas nuestras iniquidades e inmundicias de manera libre y voluntaria, cumpliendo en todo la divina voluntad del Padre eterno, que quiso operar así la salvación del género humano condenado a la muerte eterna tras el pecado original. Nuestro Redentor y Salvador se anonadó y se hizo insignificante como un pobre gusanillo mientras era humillado y escarnecido por nosotros, infames pecadores de todos los siglos.




Como leemos en el capítulo 53 del profeta Isaías, el Cristo adquirió descendencia y heredó una gran muchedumbre de hermanos e hijos adoptivos del Padre celestial mediante sus indecibles tormentos y sufrimientos, es decir, mediante el árbol bendito de la santa Cruz, que es lo que Le hace quedar satisfecho, pues Su sacrificio no ha sido en vano, sino antes bien muy provechoso y necesario, ya que si Nuestro Señor no hubiera entregado Su vida por nosotros, el cielo permanecería cerrado para todos absolutamente y nadie se salvaría. Pero al morir Él y cargar con nuestros pecados y transgresiones, haciéndose merecedor del castigo divino, Él que era la inocencia y la pureza mismas, entonces el Padre eterno quedaba obligado a resucitarle y darle descendencia para toda la eternidad.




Es la Cruz, pues, el instrumento fundamental que nos justifica y nos da la doctrina sagrada, la Palabra de Dios que el mundo no puede conocer ni amar porque no la entiende, sino que la odia. En efecto, la Cruz implica humillación y sacrificio, la negación total de uno mismo, el desprecio absoluto de cuanto somos y el olvido de nuestra insignificante persona, a imitación del Divino Maestro, pues ya nos enseñó Jesús que es muriendo por Él y a causa de Él que vamos a salvar nuestras almas en esta pobre vida, mientras que los que intenten salvaguardar su reputación y sus bienes a ojos del mundo mediante el cobarde respeto humano sin duda perecerán eternamente.




Y es que la doctrina del Cristo es dura, muy dura para los que tienen su corazón apegado a las vanidades de este mundo y ansían la vanagloria que proviene del respeto humano, pues todos ésos han hecho de este lugar de destierro su morada y se sienten cómodos aquí, creyendo engañosamente que el paraíso consiste en estar bien y adquirir poder, influencia y placeres en esta vida fugaz, pero sin embargo ignoran y desprecian la vida sobrenatural del espíritu, llamando locura y necedad a la Cruz y a quienes se afanan por seguir a Jesucristo.




Para todos ellos pesa la terrible sentencia de condenación eterna, pues ya nos advirtió Jesús que esos tales ya habían recibido su recompensa en esta vida, por lo que no pueden esperar nada tras la muerte. Son como el rico necio del Evangelio, cuyas únicas preocupaciones eran las de edificarse unos graneros enormes para guardar su grano y sus amplias posesiones materiales, y banquetear y gozar de los bienes efímeros que había adquirido durante tantos años, ignorando culpablemente que esa misma noche, es decir muy pronto, le iban a reclamar su alma, perdiendo además todo cuanto había almacenado egoístamente para sí mismo.




De lo que se deduce que la inmensa mayoría de almas va por el camino equivocado, transitan por la avenida ancha y despejada que rebosa falsos placeres y alegrías, pero acaban inexorablemente todos ellos en la gehenna, en el lago de azufre y fuego ardiente, el terrible infierno. Lo más grave y triste es que esos necios e insensatos no son pocos, sino muchos, son legiones y legiones de desgraciados que van cayendo uno tras otro en la fosa oscura de la que no saldrán jamás, ¡ay! Y que los pocos que caminan por la senda angosta que conduce a la puerta estrecha de la salvación son verdaderamente pocos, muy pocos, ya que casi nadie quiere humillarse y mortificar su detestable ego y sus pasiones, ni siquiera los pobres materialmente hablando, la mayoría de ellos me refiero, pues quien más quien menos aspiran todos a salvar su vida en este mundo y a evitar el sufrimiento y la contradicción.




Pero a los elegidos de Dios Uno y Trino les ha sido concedido el conocer la Verdad y amarla; a ellos se les ha revelado la verdadera sabiduría celestial que abre las puertas del Cielo y que consiste en amar a Jesucristo y abrazar la propia cruz particular que la Providencia ha tenido a bien fabricarles desde toda la eternidad para que obren su salvación con temor y temblor.




En la vida sobrenatural menos es más, y el que quiera ser mayor deberá hacerse el más pequeño e inútil, pues los últimos serán los primeros en el reino de los cielos, mientras que los que ansíen ser los primeros en todo deberán soportar después el verse humillados y rechazados por el Juez eterno.




De modo que ahí está nuestra única ambición legítima, queridos hermanos y amigos en la Fe, en la santa Cruz del Cristo, en hacernos amigos e imitadores suyos, sin importarnos en absoluto que el mundo nos desprecie y se burle de nosotros, porque no nos entiende ni conoce a Dios.




Seamos pues sufridos y pacientes en las tribulaciones y adversidades, aceptando todo como recibido de parte de Dios, que nos ama y que busca nuestro bien mediante la sana y necesaria humillación de nuestro maldito orgullo, y que nos ha dado a cada uno una bendita cruz para separarnos del mundo y enseñarnos a despreciar las locas vanidades que a tantos infelices pierden.




Esa es la única sabiduría que necesitamos, la sabiduría de la Cruz, el único conocimiento que necesitamos y la única ciencia que debemos aprender, el fracaso de este mundo y su desprecio, y el apego a las virtudes sobrenaturales mediante la lectura y meditación frecuente de la Sagrada Escritura, cultivando la oración realizada con fervor y verdadera contrición, y no por rutina y al modo farisaico.




El que quiera ser discípulo del Cristo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígale.




+A.M.D.G.+


Un discípulo amado de N.S.J.C.








LA CRUZ ES UN ESCÁNDALO Y UNA LOCURA PARA LOS POBRES MUNDANOS

 



LA CRUZ ES UN ESCÁNDALO Y UNA LOCURA PARA LOS POBRES MUNDANOS


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




"La doctrina de la Cruz es, en efecto, locura para los que perecen; pero para nosotros los que somos salvados, es fuerza de Dios". (1 Corintios 1:18).




Entonces, dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere seguirme, renúnciese a sí mismo, y lleve su cruz y siga tras de Mí.

Porque el que quisiere salvar su alma, la perderá; y quien pierda su alma por mi causa, la hallará". (Mateo 16:24-25).




Las citas bíblicas precedentes nos confirman sin lugar a dudas que el misterio de la Cruz es capital para comprender el plan de salvación llevado a cabo por Dios Uno y Trino en las almas. En efecto, pues ya nos advirtió el divino Maestro que aceptar la propia cruz y seguirle es la condición indispensable para ser discípulo suyo. ¿Y qué significa llevar la cruz? Nos lo revela igualmente Jesucristo cuando dice que es preciso renunciarse a uno mismo para seguirle a Él. Renunciarse a sí mismo implica crucificar y mortificar el orgullo propio, nuestra carne con sus apetitos desordenados, nuestra voluntad rebelde que busca siempre la autosatisfacción y el tener razón, etc.




La vida del cristiano es milicia sobre la tierra, es decir, una lucha constante contra el mundo, el demonio y la carne. De los tres enemigos del alma, seguramente el más insidioso es el mundo, pues a la propia carne con sus inclinaciones torcidas se la ve venir de lejos y podemos hacerle frente mediante sanas mortificaciones como el ayuno y la abstinencia; del mismo modo, al demonio se le distingue claramente cuando nos incita a desobedecer o a rebelarnos contra algún dogma o verdad contenida en la Escritura y el Magisterio. Pero el mundo utiliza una estrategia mucho más sibilina y capciosa, de ahí que sea bastante difícil el hacerle frente y vencerlo.




No olvidemos además que fue mediante astutas y falaces insinuaciones de que el mundo debía ser comprendido y amado tal cual era que el pérfido Anticristo Montini-Pablo 666 logró engañar a la totalidad del cuerpo episcopal en el infausto conciliábulo Vaticano 2, que supuso la gran apostasía bíblica profetizada.




Y se comprende por qué triunfó el sagaz hijo de perdición, pues el mundo está compuesto por todos los que habitamos en esta pobre tierra, pecadores todos, malos y buenos, nuestros propios familiares y amigos, por lo que el maldito respeto humano se entromete siempre y paraliza cualquier intento de evangelizar a quienes nos rodean.




¿Y qué valores vemos triunfar en el mundo y entre los mundanos? Se trata de la antítesis de la perfección espiritual, pues el mundo pregona con millones de voces estridentes que uno debe sentirse muy orgulloso de uno mismo y no humillarse jamás, lo cual es considerado como una vergüenza y una humillación suprema por los mundanos.




El afán de riquezas y placeres es esencial para el mundo y sus locos seguidores, que son legión hoy más que nunca. Todos los mundanos buscan asegurarse su porvenir en esta breve vida, pero jamás piensan en la vida eterna. El ansia por las posesiones materiales, la búsqueda alocada de cualquier placer, ya sea lícito o ilícito, el orgullo y la buena fama ante los demás es lo único que mueve a los infelices gentiles de ayer y de hoy. Rara vez piensan en que hay un Dios ante el que todos deberemos comparecer para rendir cuentas de nuestra vida, pues sus pensamientos están engolfados en asuntos temporales únicamente.




La única causa que nos va a servir en la eternidad para salvar nuestras almas será la causa de Jesucristo, la causa de la Cruz y de la verdadera Fe. Todo lo demás está condenado al más espantoso fracaso en el más allá, como nos lo advirtió N.S.J.C. cuando dijo que quien quisiere salvar su alma en esta vida la perdería para la vida eterna, lo cual significa ser reprobado por Dios y ser enviado al terrible infierno. Ahora bien, si preguntamos a cualquier pobre infeliz que transita por nuestras calles cuál es su propósito en la vida, ¿no nos va a responder prácticamente lo mismo que la inmensa mayoría de personas que pueblan el mundo hoy?...




Ciertamente, pues casi todos buscan "salvar la vida" en esta tierra mediante una vida "normal" -horrible palabra-, esto es, adquirir formación, conseguir un trabajo, encontrar una pareja y formar una familia con ella, después vivir una buena vejez y disfrutar de una cómoda pensión de jubilación hasta que les llegue su hora de morir y "descansar", como se imaginan los pobres desgraciados, totalmente ignorantes, incrédulos y sordos ante las graves advertencias que la Iglesia y la Sagrada Escritura han hecho acerca de quienes se acomodan al falso espíritu del mundo y sus valores engañosos.




Y así bajan todos ellos al abismo de fuego eterno, del cual no saldrán jamás. Realmente es muy trágico y triste si se considera seriamente, pero como los mundanos odian la Palabra de Dios y no se la creen, o bien no la odian pero le quitan importancia a los pasajes más graves, lo cual equivale a no creer en ella, pues así es prácticamente imposible que la Fe pueda surgir en ellos y arraigar. De hecho, si preguntamos a cualquier pobre alma que ya esté en el infierno condenada para toda la eternidad, nos dirá que fue por no soportar la escucha o la lectura de la Sagrada Escritura, que le reprendía el mal que hacía y le exhortaba a arrepentirse y obrar rectamente, pero ella no quiso hacerlo y ahora se halla en tan espantoso lugar para siempre. Queda demostrado pues que la aversión y la incredulidad hacia la divina Palabra es uno de los rasgos inconfundibles de los reprobados en el infierno.




Y es que los mundanos prefieren escuchar la seductora voz de Satanás, el príncipe de este mundo, el cual les dice que se esfuercen por destacar por encima de todos y pasar por encima de quien se les oponga, pues ellos deben ser los más fuertes, los más inteligentes -según el mundo, no según Dios-, los más atractivos, los más dominantes, los más populares, etc., etc. En esas bagatelas se pierden muchísimas almas insensatas, sacrificando hasta la salud corporal para conseguir tan irreales y quiméricos objetivos, de modo que cuando se dan cuenta de lo absurdo de tales propósitos, ya es demasiado tarde para ellos, y la muerte les sorprende en tan lastimero estado.




Por tanto, los verdaderos siervos de Dios buscaremos siempre la "locura" y el "escándalo" de la Cruz, pues sabemos que sólo ella lleva a la salvación, como así nos enseñó Cristo Jesús, y dejaremos que los infelices mundanos se ahoguen en un mar de falsos placeres y deleites, los cuales son muy efímeros y terminan con harta frecuencia en el hastío y la conciencia culpable.




Es preferible perder nuestra vida por la sagrada causa del Hijo de Dios Jesucristo que ser arrastrado por la marea arrolladora del mundo y sus esclavos, pues los que hagan lo primero resucitarán para la vida eterna, pero quienes se conformen con el mundo y sus engaños tendrán que oír de labios del supremo Juez la terrible sentencia de condenación.



+A.M.D.G.+




                                                   





LA CRUZ ES PERSONAL E INTRANSFERIBLE

 




LA CRUZ ES PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Por Un discípulo amado de N.S.J.C.


En el Juicio particular veremos claramente cómo los elegidos fueron afligidos y agobiados en vida por sus cruces particulares de una manera más prominente que el resto de almas, pues esto indica que Dios les amó con un amor de predilección y por eso mismo, porque Él les amó de un modo singular y particular, les hizo cargar también con una cruz más notoria y humillante que a los demás, dado que Dios reprende y castiga a los que ama. (Apocalipsis 3:19).



Entonces los predestinados por la Divina Voluntad para ser salvos brillarán como el sol y las estrellas del firmamento, mientras aquellos que los escarnecían y maltrataban quedaran sumidos en la más profunda confusión y desolación al ver a los que habían sido objeto de sus burlas y blanco de sus golpes durante su vida mortal ser merecedores de los elogios del Hijo de Dios N.S.J.C. y lo más importante, recibir la corona de la vida eterna, mientras ellos, sus perseguidores y maltratadores, serán atormentados en el estanque de fuego y azufre durante toda la eternidad. 



Todos los hombres y mujeres han recibido una cruz al nacer con la que obrar su salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12), pero unos la han recibido más pesada y notoria que otros. ¿A qué se debe esto? Simplemente al divino beneplácito, que elige a unos pocos por encima de la inmensa mayoría, pues ya nos advirtió el Salvador que muchos eran los llamados e invitados al banquete celestial, pero pocos los elegidos para sentarse a la mesa con Dios Uno y Trino, la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos. (Mateo 22:14). Entonces, ¿esto quiere decir que Dios es injusto? De ningún modo. Eso jamás. Dios no es injusto sino muy justo, un Dios todopoderoso, infinitamente santo y justo, la fuente viva de la sabiduría, la Caridad y la misericordia. Nunca alabaremos bastante al Eterno. Que Dios elija a unos y deseche a otros forma parte del misterio insondable de la divina predestinación, y no nos compete a nosotros, pobres criaturas pecadoras, averiguar el porqué. Lo que debemos creer es que Él es siempre justo y sabio en sus designios, y da a todos las gracias necesarias para salvarse en el estado en que puso a cada uno, aunque lamentablemente no todos hagan buen uso de esas gracias divinas, y el gran número de almas acaba condenándose, la massa damnata que decía San Agustín.



Además, ¿qué nos da a nosotros si Dios es infinitamente bueno y quiere, en su inmensa bondad y benevolencia, reservar unos sitiales en la Jerusalén celestial para sus elegidos, mientras que al gran número lo destina a la perdición eterna? ¿No puede Él hacer lo que le plazca con sus dones, acaso seremos nosotros envidiosos porque Él es bueno? (Mateo 20:15-16).



Por tanto, mucho cuidado a la hora de juzgar, pues a Dios nadie le juzga, y por Él seremos juzgados todos absolutamente, desde el primer hombre nacido en la tierra hasta el último.



¿Cuál es la función de la cruz personal en el misterioso plan de la salvación eterna? Se trata de una obra verdaderamente prodigiosa y divina, únicamente al alcance para Dios. En efecto, mediante la cruz el Señor va modelando a sus elegidos, purificando sus malas inclinaciones y poniendo freno a la sensualidad viciosa que a todos nos asalta en mayor o menor grado. La cruz nos enseña también la paciencia, la resignación y la conformidad con la Divina Voluntad en medio de los dolores y sufrimientos, a imitación de Cristo Jesús en su Pasión y Muerte. Entonces uno comprende que si sufre mucho, más aún sufrió por él Cristo, y además sin quejarse, sino dando gracias al Padre eterno por haberle destinado para ser crucificado y escarmentado.



La cruz nos humilla, esto es, nos hace humildes, de lo cual todos tenemos tanta necesidad, y hace que tomemos conciencia de lo miserables que seríamos si Dios no nos sostuviera, pues todo el que se humilla voluntariamente hasta el fondo se hace fiel imitador de Cristo y merece por ello ser consolado por las gracias divinas.



Y no menos importante es la tarea que realiza la cruz en todas y cada una de las almas predestinadas, pues la cruz las va separando cada vez más del mundo y su inmundo espíritu, que sabemos es un espíritu de soberbia, concupiscencia y rebeldía, los trazos principales de Satanás el demonio, llamado el príncipe de este mundo por Jesucristo. (Juan 12:31).



Gracias a la cruz, los que fueron, son y serán salvos crucifican su carne y su voluntad, muriendo al mundo, al demonio y a la carne, entrando así en la senda angosta que conduce hasta la puerta estrecha de la salvación.



Gracias a la cruz, se salvan los que se salvan, y también se condenan los réprobos, porque no quisieron aceptar la cruz que la Providencia les envió y renegaron de ella, buscando siempre satisfacer su orgullo y su sensualidad culpables.



Dichosos los que esto entiendan y acepten la cruz particular que el Buen Dios les dio al nacer, pues deberán morir en ella a la vista del mundo incrédulo para resucitar después en la vida eterna.


+A.M.D.G.+





MEDITACIÓN SOBRE EL AYUNO

 



MEDITACIÓN SOBRE EL AYUNO


I. La vida de Santa Eufrasia, llamada también Eufrosina, fue un ayuno perpetuo y riguroso. Jesucristo y todos los santos han ayunado; debes imitarlos en la medida en que tus fuerzas lo permitan, a fin de expiar, mediante esta mortificación, tu sensualidad en el beber y en el comer. ¿Eres más delicado que un niño de siete años? A esta edad, la santa comenzó su penitencia. No son las fuerzas corporales sino la buena voluntad y el valor los que te faltan.




II. Debes ayunar para impedir que la carne se rebele contra el espíritu; la virtud se fortifica a medida que el cuerpo se debilita. Tu mayor enemigo es tu cuerpo; no podrías tratarlo tan duramente como se merece. Si los santos, después de haber castigado sus cuerpos por medio del ayuno, la disciplina y el cilicio, experimentaron sin embargo las rebeliones de la carne, ¿qué será de ti que la tratas con tanta molicie?




III. Si tu salud no te permite ayunar, puedes, por lo menos, mortificar tus ojos y tu lengua; ello contribuirá grandemente a tu santificación, sin dañar en nada tu salud. ¡Cosa extraña! ¡los santos que son inocentes, hacen crueles penitencias, y nosotros que somos pecadores, no queremos hacerlas! Que los enfermos busquen los remedios que emplean los sanos, y que viendo a los santos llorar sobre sus imperfecciones, lloren los pecadores sobre sus crímenes. (San Eusebio).


                     




LA CRUZ DE CRISTO ES EL MAYOR HONOR DE UN CRISTIANO

 



LA CRUZ DE CRISTO ES EL MAYOR HONOR DE UN CRISTIANO


Por Un discípulo amado de N.S.J.C.




Comenzamos las meditaciones cuaresmales de 2026 con el tema principal de nuestra santa Fe Católica, apostólica y romana: la Cruz gloriosa de N.S.J.C.




Todos los Padres de la Iglesia, los Santos Pontífices, los Doctores de la Fe, los mártires, los confesores y las santas vírgenes atestiguan al unísono que el árbol de la Cruz es el más hermoso y frondoso de todos, pues en el Cielo los bienaventurados gozan del grado de gloria que la Divina Providencia tuvo a bien otorgarles gracias a los dolores y sufrimientos que tuvieron que padecer en esta vida mortal por amor a Cristo Ntro. Señor. En este sentido, podemos afirmar sin miedo a errar que el grado de gloria que los predestinados disfrutan en la otra vida corresponde fielmente al valor de las cruces particulares que cada uno de ellos tuvo que soportar pacientemente durante el tiempo de su peregrinación por la tierra.




Por tanto, se engañan aquellos principiantes e incontinentes espirituales que únicamente ansían gozos y consolaciones en esta vida, como si ya hubieran salvado sus pobres almas y no les quedara nada más por sufrir. De semejante falso misticismo debemos pedir al Señor que nos libre, pues los éxtasis y arrobamientos egoístas no casan bien con la senda estrecha que todos los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos deben soportar mientras están en este valle de lágrimas.




Cuando alguien nos venga hablando de una falsa paz interior que aleja cualquier pena y dolor, es un signo más que notorio de que ese tal es un falso profeta, del cual debemos huir a toda prisa, pues la característica principal de los falsos profetas es prometer paz y seguridad a cualquier precio y sin importar su origen.




No, en vez de pedir a Dios placeres y disfrutes, el verdadero discípulo de Cristo se afanará por descubrir cuál sea la cruz personal que el Padre Eterno quiso darle, y una vez la haya encontrado, debe abrazarla y amarla como el Divino Maestro e innumerables Santos hicieron, pues la Cruz es sin duda alguna el pasaporte y la seña de identidad de todos los que ansían imitar a Jesús y seguirle hasta la muerte.




Quien se escandalice de la Cruz de Jesucristo no es digno de Él; del mismo modo, quien proteste y se niegue a cargar con su propia cruz, tampoco heredará la vida eterna. Por eso Cristo nos dijo que son muchos los que transitan por la vía ancha y deslumbrante que conduce irremediablemente al infierno, pero sin embargo tan pocos los que caminan por la senda angosta que lleva a la puerta estrecha de la salvación. Y no debe extrañarnos, pues todo en este mundo conspira contra la Cruz y sus seguidores.




El mundo, el demonio y la carne son los tradicionales enemigos del alma, y nunca han estado tan exaltados y desatados como hoy, cuando la santa Iglesia Católica ha sido vilmente eclipsada por una abominable secta herética y apóstata que ha ocupado todas sus estructuras visibles desde el infausto conciliábulo Vaticano 2, que fue la gran apostasía bíblica.




Dicha secta es la gran Ramera del Apocalipsis, también llamada Babilonia la grande en la Sagrada Escritura, y promete a todos sus miembros, grandes y pequeños, una falsa paz y un falso cielo que no existen, pues ya nos advirtió el divino Redentor que en los últimos tiempos surgirían muchos falsos cristos y falsos profetas que engañarían al gran número de almas con sus fábulas y cuentos de vieja.




La mayor herejía y el más dañino engaño que esa secta infernal difunde en todo el orbe es la salvación universal incondicional para prácticamente todos, sin importar su credo o la ausencia del mismo, y presentando a Dios como a un padre bonachón y tontorrón que no se entera de nada y todo lo pasa por alto, lo cual es una odiosa blasfemia y un insulto a la divina majestad de la Trinidad Beatísima.




Por eso debemos alejarnos de esa infame prostituta y escondernos en los peñascos y desiertos, con lo cual se significa la soledad y la insignificancia del pequeñísimo número de los últimos elegidos por Dios para salvarse.




Bebamos de las fuentes del divino Crucificado, gustemos el amargo sabor del dolor y el desprecio de todos, sepamos aguantar los golpes y maltratos de los mundanos varonilmente, sin blasfemar ni albergar deseos de venganza, antes bien rogando por todos esos pobres desgraciados que nos contrarían, pues en verdad tienen necesidad de que alguien ore por ellos, ya que caminan a paso agigantado hacia el abismo de fuego eterno sin que lleguen siquiera a sospecharlo.




Benditos los que esto comprendan y pongan en práctica, ofreciendo sus dolores, enfermedades, contrariedades, lágrimas y sinsabores al Buen Dios y a María Santísima, para mayor honra y gloria de Dios y por la conversión de los pobres pecadores.




Y seamos agradecidos con Dios Uno y Trino por haberse fijado en nuestra pequeñez y habernos dado una cruz para poder imitar al Hijo de Dios.




+A.M.D.G.+



                                                        



SERMON PARA EL JUEVES SANTO (Presbítero Miguel Sánchez, 1864)

 


SERMÓN PARA EL JUEVES SANTO - El mandato

Presbítero Miguel Sánchez, 1864



Si hoc scitis, beati eritis si faeceritis ea.

Si sabéis estas cosas, seréis bienaventurados si las cumplís.

(San Juan, cap. xiii, v, 17.)




Amados hermanos míos en Jesucristo: Hoy debemos

hablar de la última Cena ó, mejor dicho, del

último testamento que, al prepararse para la muerte,

entregó el Salvador á sus discípulos. Con el fin

de espresar con absoluta exactitud la doctrina de

nuestro Divino Maestro, debemos limitarnos á lo

que dice el Santo Evangelio.




Antes del dia de la fiesta de la Pascua, sabiendo

Jesús que se le acercaba la hora para pasar de

este mundo á su Padre, y habiendo amado á los

suyos, que estaban en el mundo, quiso amarlos hasta

el fin. Hecha la cena, habiendo el diablo tentado á

Judas para que entregase a Jesús, sabiendo el Señor

que todo lo habia puesto el Padre en sus manos;

que había descendido de Dios, y que á Dios volvía,

se levantó de la Cena, se puso sus vestiduras, y 

recibiendo un paño, se ciñó con él. Despues puso agua

en una vacía, y empezó á lavar los pies á sus discípulos

, y limpiarlos con el paño de que estaba ceñido.

Llegó, pues, á Simón Pedro, y este le dijo:—

«Señor, ¿Tú me lavas lós pies?—Y Jesús respondió

:— Lo que yo hago, tú no lo sabes; pero lo sabrás

despues.—Y replicó Pedro: —Jamás me lavarás

los pies.— A esto contestó el Señor: — Si no te

lavo los pies, no tendrás parte en mi reino. — Señor,

añadió entonces Simón Pedro, lávame no solo

los pies, sino también las manos y la cabeza. — A

lo cual añadió el Divinó Maestro : — El que está

limpio, solo necesita lavar sus pies.»




Despues de haber practicado esta humildísima

ceremonia, dijo el Señor á sus discípulos: "¿Sabéis

qué es lo que acabo de hacer? Vosotros me llamais

Maestro y Señor, y hacéis bien, porque lo soy. Si

yo he lavado vuestros pies, siendo vuestro Señor y

vuestro Maestro, vosotros debeis también lavaros

mutuamente los pies. En verdad os digo que no es

el siervo mayor que su Señor, ni el Apóstol es más

digno que el que lo envia.  En verdad os digo que

uno de vosotros me ha de entregar."




Lo que acabamos de oir, todo es del cap. xiii

de San Juan. Para que podamos esplicarlo con claridad

y espíritu de devocion, es necesario implorar

los auxilios de la divina gracia. Pidámosla, pues, al

Señor, haciendo una oracion humilde y fervorosa.

Ave Maria.




Amados hermanos mios en Jesucristo: En las palabras

del Santo Evangelio que acabais de oír, habréis

observado que Nuestro Señor Jesucristo, al

lavar los píes de sus discípulos en la última Cena,

nos enseña á humillarnos con el corazon para adquirir

fortaleza en el espíritu. Jesús veia que estaba

próxima la hora de la persecución, y, como dice San

Juan, quiso darnos ejemplo, para que, como Él

obró, así obremos nosotros en idénticas circunstancias.

Jesús no solo se humilla, sino que quiere que

sus discípulos se humillen dejándose lavar por El.

Por esto reprende á San Pedro cuando movido por

el gran respeto que le tenia, rehusaba el ser lavado

por quien era su Señor y su Dios. Y no solo

enseña Jesús la humildad con su ejemplo, sino que

la inculca ademas con su doctrina. Practica al mismo

tiempo la caridad de una manera admirable. Judas

intenta vender a Jesucristo, Jesús lo sabe, y sin

embargo, lo admite en su apostolado, lo trata como

Apóstol, le lava los pies, y haciéndole participe de

sus divinos Misterios, le dá á comer su propio cuerpo

y á beber su propia sangre. ¡Cuánta humildad en

Nuestro Divino Salvador! ¡Qué santísima doctrina

nos enseña al proclamar y honrar la necesidad de la

humillación! ¡Que caridad tan asombrosa al perdonar

a su enemigo, y al dársenos en cuerpo y alma, tal

cual es en el Santísimo Sacramento! Y es que Jesús

veia muy cerca la persecución, y para que la resistiesen

quería dar fuerzas espirituales á sus discípulos.




Oigamos lo que dice el mismo Evangelio. «Dijo

Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre y

Dios glorificado en él. Hijos mios, muy poco tiempo

me queda de permanecer con vosotros. Me buscareis;

pero no podéis ir á donde yo voy. Os doy un

mandato nuevo: Amaos mútuamente como yo os

he amado á vosotros. Las gentes conocerán que sois

mis discípulos por la caridad mutua con que debeis

amaros unos á otros.» Aquí, hermanos mios, Jesús

anuncia el peligro, que es la persecución, y señala

el medio de obtener la victoria, que es la humildad

con que debemos inclinar nuestro espíritu ante Dios,

y la caridad con que debemos amar á nuestros hermanos.

En la humildad, está la fé. En la caridad, se halla el consuelo y la fortaleza. Por tanto, en las persecuciones con que hoy nos amenaza el mundo; en las asechanzas que a todas horas nos prepara el espíritu; en las terribles tentaciones de la carne; en fin, en todos los peligros para nuestra alma, debemos pedir al Señor humildad para que no se entibie nuestra fé, y ardiente caridad para que socorriéndonos mútuamente, nunca podamos ser vencidos.




Jesús nos dice: «No se turbe vuestro corazon.

Si creeis en Dios, creed en mí. En la casa de mi

Padre, hay muchas mansiones. Yo voy a prepararos

el lugar. Cuando os haya preparado el lugar,

volveré á vosotros, os tomaré, y os llevaré á mi

mismo para que esteis vosotros donde Yo estoy.»

¡Qué palabras tan consoladoras! La persecución se

acerca. El Pastor será herido y se dispersarán las

ovejas; pero el Señor ha subido al cielo para prepararles

morada, y cuando la haya preparado, volverá

a la tierra para llevarnos á Él mismo. El Apóstol

Felipe, al oir esto, dijo: «Señor, muéstranos al Padre,

y esto basta. Y el Señor le contestó:—¿No habéis

podido conocerme en tanto tiempo como he

permanecido á vuestro lado ? Felipe, quien me vé

á Mí, vé á mi Padre. ¿No creeis que mi Padre está

en mí, y que Yo estoy en mi Padre?» ¿Podremos,

hermanos mios, temer las persecuciones de la iniquidad, 

ni los trabajos de la vida, si recordamos

que Jesús es nuestro Padre; que Jesús es Dios, que

desde lo alto del cielo nos está siempre amparando

con su omnipotencia? ¿Podéis dudar de la eficacísima

protección de Jesús? Pues Él mismo nos dice:

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo

haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si me amais, observad mis Mandamientos. Yo rogaré

al Padre, y os dará el Espíritu Santo para que

permanezca eternamente con vosotros. Y será el espíritu

de verdad, á quien el mundo no puede recibir

porque no lo vé ni lo conoce; pero vosotros lo

conoceréis porque permanecerá entre vosotros, y

será entre vosotros."




Y como si aun no fuese bastante todo esto, el

Señor, para infundirnos santa fortaleza en el corazón,

añade: «No os dejaré huérfanos; vendré otra

vez á vosotros.» 

Sí, no os dejaré huérfanos, no os dejaré desamparados, por que, aunque se acerca la persecución, vosotros, al recibir mi fé, me habéis recibido á mi mismo; al conocerme á mí, habéis conocido á mi propio Padre; al dejaros lavaros pies por mi, me habéis probado que poseeis la humildad, fundamento de toda fé, y la fé con la fuerza necesaria para trasladar los montes. No os dejaré huérfanos, sí, por que quien recibe mis mandatos y los observa, ese es quien me ama; y quien me ama, será amado por mi Padre, y conmigo vivirá en la eterna mansión de mi Padre. No os dejaré huérfanos, sí, por que el Espíritu Santo que os enviará el Padre en mi nombre, os enseñará todo lo necesario y os sugerirá todas las cosas que yo os hubiere dicho. No os dejaré huérfanos, sí, por que os he dado mi paz, no como la dá el mundo, con falsas palabras, sino como la dá Dios, con celestial doctrina y hechos de vida eterna. No se turbe, pues, vuestro corazon, ni tembleis ante las persecuciones. En fin, yo no os dejaré huérfanos, por que si voy al Padre como os he dicho, volveré á vosotros, y si me amáis, en el dia de la Resurreccion os inundareis de santa alegría.




Hé aquí lo que significa la humillación de Jesús

al lavar los pies á sus discípulos. No les lava como

quería San Pedro, las manos y la cabeza, por que

todos, ménos uno, estaban limpios; pero les lava los

pies, como para indicarles que la humildad es el

principio de la fé, y que sin la fé es imposible

agradar al Señor. Por esto amenaza á Pedro hasta

con escluirlo del reino de Dios si no se deja lavar los

pies, es decir, si no consiente en humillarse para

que la celestial doctrina de Jesucristo no encuentre

obstáculos en su corazon.




No solo nos dice el Salvador que la fé en su divinidad nos dará virtud y fortaleza, sino que nos asegura que sin esta fé, hija de la humildad, no podemos hacer nada bueno en órden á la vida eterna.


«Yo, dice Jesús, soy la verdadera vid. Permaneced

en mí, y yo permaneceré en vosotros. Como la

rama no puede producir frutos por sí sola si no permanece

unida al árbol, del mismo modo vosotros no

podéis ser justos si no permaneceis en mí. Yo soy la

vid, y vosotros las ramas. Quien permanece en mí

y-yo en él, este es el que practica la virtud, por

que sin mí nada podéis hacer. El que no permanece

en mí será arrojado afuera, y como el sarmiento,

se secará, y lo arrojarán al fuego y se convertirá

en cenizas. Si permaneceis en mí y recordáis

mis palabras, obtendréis todo lo que pidáis á

Dios.» Sí, hermanos mios: en Dios, en Jesús consiste

toda nuestra fortaleza: dejémonos lavar los pies

por Jesús para aprender á lavar los pies á nuestros

hermanos. Al recordar que Jesús se humilló ante

nosotros, no podemos hallar ningún inconveniente

en humillarnos nosotros ante los hombres. Jesús

es el árbol; nosotros somos las ramas, y la humillación

debe ser siempre el lazo de unión entre las

ramas que necesitan la vida y el árbol que se

las dá.




«Como me amó mi Padre, os amo yo á vosotros.

Permaneced en mi amor. Os digo estas cosas para

que mi gozo sea en vosotros y vuestro gozo sea cumplido.

Amaos mútuamente, como yo os he amado.

Vosotros sereis mis amigos si hacéis lo que os mando.

Ya no os llamaré siervos, porque el siervo ignora

lo que hace su Señor. Os llamaré amigos, porque

os he manifestado todo lo que he oido de mi Padre.

No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido

para que vayais y produzcáis fruto, y vuestro

fruto permanezca, para que el Padre os dé todo lo que

le pidáis.» Miradlo bien. Permaneciendo unidos á Jesús, 

Él nos elige, Él nos llama amigos, Él nos revela

todo lo que ha oido de su Padre, Él, en fin,

con tal de que nos humillemos para tener fé, y nos

amemos para practicar la caridad, nos dará su bendición

omnipotente para que nuestro fruto permanezca

y nuestras oraciones sean oidas por Dios. 


Hé aquí otro efecto de la humillación de los Apóstoles.

Consienten en que Jesús les lave los pies; creen que

Dios se puede humillar hasta lavar los pies del hombre;

creen que el Verbo Eterno puede humillarse

hasta tomar carne humana; creen, en fin, que el

Dios omnipotente puede humillarse hasta tomar la

forma de siervo, y sufrir inicuas persecuciones de

los hombres, y porque tienen esta fé, porque cautivan

su entendimiento en obsequio de la fé, el Señor

declara, no solo que están limpios, sino que han

sido purificados; no solo que son justos, sino que

están confirmados en la gracia; no solo que son ramas

de la vid, sino que son ramas fecundísimas,

inseparables de la vid, de Jesucristo, que darán muchos

frutos, y que sus frutos serán permanentes.

Permanentes, porque su fé no se entibiará jamás»

y nunca la confesarán con tanta valentía como en

las gradas del cadalso ó ante el tribunal de los perseguidores.

Permanentes, porque su caridad no se

estinguirá nunca, aunque para practicarla sea necesario

imitar á Jesucristo, dando al mismo Judas,

es decir, á los traidores, los más encarnizados

enemigos, lós más insignes,ejemplos de humildad y

caridad. Permanentes, en fin, porque aunque el

cielo y la tierra se estremezcan, aunque la débil

barquilla parezca próxima á ser sepultada por el

furor de las olas en las entrañas del mar; aunque

vean á Jesús pendiente del árbol Santo y aun

con una pesada losa sobre su sepulcro, jamás dejarán

de esperar en su Resurrección y creer en su

divinidad. «Si el mundo os aborrece, dice el Salvador,

sabed que primero me ha aborrecido á mí.

Si fuéreis del mundo, el mundo amaría lo que era

suyo. Pero como no sois, el mundo os aborrece.

Pero esto os lo harán en mi nombre, porque no conocen

al que me ha enviado.» 



Si, hermanos míos: estas palabras nos mueven á perdonar a nuestros enemigos, como Jesús perdonó al pérfido Judas. No nos aborrecen por ódio á nosotros; nos odian porque aborrecen á Dios. Esto nos obliga á compadecer, antes que á pedir venganza contra nuestros enemigos.

Más aun hace nuestro divino Redentor. Después

de enseñarnos á ser humildes con su ejemplo y sus

palabras; despues de enseñarnos á perdonar á nuestros

enemigos con su doctrina y su conducta, consagra

su propio cuerpo y su propia sangre, y nos

lo dá bajo las especies Sacramentales. ¡Oh Cena admirable!

¡Oh último testamento de Jesús! Jamás,

hermanos mios, caeríamos en la culpa si siempre

lo tuviésemos delante de nuestros ojos. 

Cualquiera que sea la tribulación en que nos encontremos, seamos humildes, y la humillación llenará nuestra alma de consuelo. Si nos encontramos afligidos por la persecución ó la desgracia, invoquemos con humildad la protección del Señor, y el Señor se humillará hasta lavar nuestros pies, es decir, hasta socorrernos en nuestro infortunio. Si nos hallásemos angustiados por la traición, por la calumnia ó la perfidia, imitemos á Jesús, perdonemos y amemos al mismo Judas, y el Señor desarmará á nuestros enemigos y romperá los lazos que se armen debajo de nuestros pies. Por último: si en las borrascas de la vida sentimos debilidad en nuestra alma, recibamos con fé y amor el Pan de los ángeles, el Cuerpo Santísimo de Jesús, y no temeremos á la misma muerte, y nuestra fé será cada dia más viva, núestra caridad se inflamará por instantes, y nuestra esperanza se aumentará hasta llegar á convertirse en la inmensa alegría de los Santos.




Ya, hermanos mios, sabemos cuál es la última

voluntad de Jesús. Solo nos falta practicarla para

adquirir la eterna bienaventuranza.—Amen.