NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR

 



NADIE PUEDE HUIR DE SU PROPIA CRUZ PARTICULAR



Todos hemos recibido al nacer una cruz particular enviada por la Divina Providencia con la cual obrar nuestra salvación con temor y temblor, pero sin embargo no todos aceptan su propia cruz y cargan con ella hasta la muerte, sino que son pocos, muy pocos los que esto comprenden y, negándose a sí mismos, cogen su cruz y siguen a Jesucristo hasta el final. Esto se debe al misterio insondable de la predestinación de los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos en medio de esta generación perversa y adúltera, pues ya nos dice la Sagrada Escritura que muchos son los llamados por la gracia divina, pero pocos los elegidos para heredar el reino de los cielos.




La cruz nos sale al encuentro cada vez que nos aficionamos a las vanidades engañosas de esta pobre vida, pues no hay ningún goce en este mundo que no venga acompañado de alguna pena. Se engañan terriblemente los mundanos entonces cuando buscan huir a toda costa del sufrimiento y la humillación, porque estos les perseguirán hasta el día de su muerte. De ahí que los cristianos no debamos hacer nuestra morada permanente en este valle de lágrimas, sino que simplemente estamos aquí de paso, somos peregrinos solamente, y sabemos que nuestra verdadera patria es el Cielo, en la compañía de los Ángeles y los Santos de Dios.




Gracias a la cruz, los verdaderos seguidores del Cristo aprendemos a desconfiar del mundo y sus ilusiones, viéndolas tal como son, es decir, falsos remedios que jamás pueden satisfacer nuestro interior y que nos dejan con el tremendo remordimiento de la conciencia si tenemos la inmensa desgracia de haber consentido en cualquier tentación y haber pecado contra Dios. Y no sólo eso, sino que el aprecio de la cruz nos hace incluso odiar al mundo y todo cuanto hay en él, pues sabemos que para agradar a Dios hay que elegir entre servirle a Él o ser esclavo de nuestras pasiones desordenadas y del cobarde respeto humano.




Para el cristiano la debilidad y la humillación son gloriosas, porque el mismo Hijo de Dios las ensalzó y padeció hasta la muerte mientras se humillaba y caían sobre Él todos los golpes de la divina justicia por causa de nuestros numerosos pecados y crímenes contra el Cielo. En efecto, debemos gloriarnos en nuestra debilidad, pues cuando somos débiles a ojos del mundo es en realidad cuando somos fuertes para Dios, a ejemplo del Apóstol (2 Corintios 9-10).




Dejemos por tanto que el mundo y sus locos amadores se pierdan en medio de tantos y tan envenenados placeres y privilegios, los cuales jamás pueden satisfacer al corazón humano y conducen irremediablemente hasta la muerte eterna del alma, y nosotros no tengamos ninguna otra preocupación más que la de padecer y ser despreciado por los mundanos al igual que lo fue el Cristo.




Dejemos que los demás ambicionen los primeros puestos en las reuniones humanas, los mejores elogios en cualquier conversación, los bienes y las posesiones más codiciadas, la mayor fuerza física y el más deslumbrante atractivo... dejemos a esos infelices hundirse cada vez más en el fango de las pasiones mundanas, mientras nosotros vamos adquiriendo la verdadera sabiduría espiritual que consiste en negarse a uno mismo y cargar con la humillación particular que el Buen Dios ha tenido a bien mandarnos para poder operar la salvación de nuestras almas.




En vano se afanan los mundanos por alejar de ellos la cruz, ya que ésta les perseguirá hasta el fin del mundo y no podrán deshacerse de ella. El que no quiera cargar con su cruz en vida, deberá llevarla como un condenado hasta la muerte, y lo más triste, ella será la causa de su reprobación final en el Juicio. Porque los pensamientos de Dios no son los nuestros, ni sus caminos son nuestros caminos (Isaías 55, 8-9). De lo cual se deduce que no estamos en esta vida para gozar y amasar bienes materiales y vanagloria, como lamentablemente buscan el 99,9% de los pobres mortales, sino que Dios nos dio el ser para buscarle, conocerle, amarle y servirle, y mediante esto salvar nuestras pobres almas.



+MISERERE NOBIS, DOMINE+


Un discípulo amado de N.S.J.C.



                                  





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