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FIESTA DE CRISTO REY (último domingo de octubre)

 



Fiesta de Cristo Rey


"Que todos los reyes lo adoren y todas las naciones lo sirvan. Su poder es eterno y no le será arrebatado: y su reino es un reino que no se deshará".



Cristo es Rey por el doble título de Creador y Redentor de todos los hombres, por lo cual le deben entera sumisión no solamente los individuos, sino igualmente las familias, sociedades y naciones. Instituida en 1925 por S.S. Pío XI, esta fiesta inflama el corazón de los fieles contra los errores opuestos a los derechos divinos de Nuestro Señor Jesucristo, tan conculcados ya en aquel momento.



En su encíclica del 11 de diciembre de 1925, S.S. el Papa Pío XI denunció la gran herejía moderna del secularismo, el cual se niega a reconocer los derechos de Dios y su Cristo sobre las personas y sobre la sociedad misma, como si Dios no existiera.



                              



El Santo Padre instituyó la fiesta de Cristo Rey para que fuera una declaración pública, social y oficial de los derechos reales de Jesús, como Dios el Creador, como el Verbo Encarnado y como Redentor. Esta fiesta da a conocer y reconoce estos derechos de la manera más adecuada para el hombre y la sociedad mediante el acto de religión más sublime, la Santa Misa. De hecho, el fin del Santo Sacrificio es el reconocimiento del completo dominio de Dios sobre nosotros, y nuestra total y completa dependencia de Él.



El Santo Padre manifestó su deseo de que esta fiesta se celebrara hacia finales del año litúrgico, en el último domingo de octubre, como la consumación de todos los misterios mediante los cuales Jesús ha establecido sus poderes reales, y casi en la víspera de la fiesta de Todos los Santos, donde Él es “la corona de todos los santos”; "hasta que sea la corona de todos a los que en la tierra salva por la aplicación de los méritos de su Pasión en la Misa" (Secreta).



Dice el Catecismo del Concilio de Trento que “el fin de la Eucaristía es formar un solo cuerpo místico con todos los fieles,” y así, atraerlos a la adoración que Cristo, rey-adorador, como sacerdote y víctima, ejecutó de forma cruenta en la cruz y sigue haciéndolo, de forma incruenta, en el ara del altar de nuestras iglesias y en el altar dorado en el cielo, a Cristo, rey-adorado, como el Hijo de Dios, y a su Padre a quien ofrece estas almas.


Fuente: Dom Gaspar Lefebvre, OSB





LA FIESTA DE CRISTO REY, DESPRECIADA POR LA GRAN RAMERA SURGIDA TRAS EL CONCILIÁBULO VATICANO 2

 


LA FIESTA DE CRISTO REY, DESPRECIADA POR LA GRAN RAMERA SURGIDA TRAS EL CONCILIÁBULO VATICANO 2


El culto a Cristo Rey ya se menoscababa tras el Vaticano 2 incluso en homilías e instrucciones pastorales: aquí se denuncia una de ella.


Revista ¿QUÉ PASA? núm 150, 11-Dic-1966

A PROPÓSITO DE CRISTO REY

Nos chocó muchísimo que el día de Cristo Rey (1966), en la salutación antes de la Misa, se nos pusiera en guardia por los monitores contra el peligro que corremos cuando, «queriendo volver a tiempos pasados, pretendemos un reinado de Cristo totalmente externo, que domine a todos los hombres, que todas las instituciones humanas estén sometidas a la Iglesia».

(Hemos verificado que todo esto está tomado de «Laus», del que ya se ha dicho por voz autorizada que no está en buenas manos.)


¡Por amor de Dios!, ¿cómo se permiten tales desvaríos? ¿Cuándo se ha pretendido que el de Cristo fuera un reinado totalmente externo? ¿Y no queremos también hoy que domine a todos los hombres? ¿Y cómo se concretará ese reino y se logrará ese dominio, sin que todas las instituciones humanas estén de algún modo sometidas a la influencia de la Iglesia? Si la Iglesia es la prolongación de Jesucristo, más aún, su Cuerpo Místico, ¿cómo puede reinar Cristo en el mundo, si este mundo no reconoce, no se somete al magisterio y dirección de la Iglesia?

Sería difícil dar una orientación más desorientadora sobre el espíritu de la festividad.


Claro está que cuando se empieza con la preocupación de advertirnos que «fácilmente se puede prestar la fiesta de hoy para una exaltación triunfalista del reino de Cristo», ya se explica todo.


Y se explica, en primer lugar, que para que tengamos una idea clara, se nos den dos párrafos de la Constitución conciliar sobre la Iglesia, que no tenían por qué tratar expresamente del asunto, y se soslaye la encíclica «Quas primas», que lo trata de propósito y con toda amplitud —para no hablar de la liturgia del día—.


Mas, en fin, como aun a estos que se dicen liturgistas, algo se les pega del espíritu de la liturgia, hasta de la más constantiniana y triunfalista, incomprensiblemente, contradictoriamente, nos hacen pedir después: que todos los hombres entren a formar parte del reino de Cristo; que, a través de los miembros de su Iglesia, ilumine más y más con su luz toda la sociedad humana; que los laicos hagan presente a la Iglesia en todos los ambientes; que los gobernantes den sentido cristiano a la construcción de la ciudad terrena y, sobre todo, «por la Iglesia santa, para que sea el verdadero Reino de Dios prometido».


¡Loado sea Dios!... Que estos nuevos liturgistas y pastoralistas todavía hablan y escriben en católico —al fin tienen una primera formación cristiana y española—, cuando no dejan congelarse sus espíritus con el helado viento laicista de Centro Europa, ni envolverse sus mentes en las oscuras nieblas, hiperbóreas...


Pero es harto lamentable que, de entrada, así se confunda a la litúrgica asamblea; se predique, no la palabra de Cristo, sino la de sus enemigos y desertores; se insinúe un vil ataque a la iglesia de «tiempos pasados», lo cual ya es de rúbrica en los progresistas y se pretenda trazar un auténtico anti-programa cristiano.


¿Que no? Lean ustedes los textos del Misal y del Breviario, especialmente el himno bellísimo de Vísperas; repasen, no ya la «Quas Primas», de S.S. Pío XI, sino la «Ubi arcano», del mismo Pontífice, o la «Annum sacrum», de S.S. León XIII, y la «Summi Pontificatus», de S.S. Pío XII.., y verán que en nada exageramos.


Es bien sabido que en la mente de S.S. Pío XI y S.S. Pío XII la festividad de Cristo Rey se establece, sobre todo, como «remedio eficacísimo a la peste que infesta a la humana sociedad..., el llamado laicismo, con sus errores y sus impíos incentivos»; como «advertencia para las naciones, de que el deber de venerar públicamente a Cristo y de prestarle obediencia se refiere no sólo a los particulares, sino también a todos los magistrados y a los gobernantes» (Quas primas).


Pero hay un pasaje de S.S. Pío XII que resume muy bien todo esto, y contesta con diecinueve años de antelación a estos predicadores laicistas. El Pastor Angélico, que ya en la consagración de doce Obispos misioneros (1939) llamó «una y mil veces dichosas a las naciones donde las leyes se dan inspiradas en el Evangelio y en las que se reconoce públicamente la majestad de Cristo Rey», les dice “A los grupos italianos del Renacimiento Cristiano”, el 22 de enero de 1947:


«Cuanto más las potencias tenebrosas hacen sentir su presión, cuanto más se esfuerzan por desterrar a la Iglesia y a la religión del mundo y de la vida, tanto es más necesaria por parte de la Iglesia y a la religión del mundo y de la vida, tanto es más necesaria por parte de la Iglesia misma una acción tenaz y perseverante para reconquistar y someter todos los campos de la vida humana al suavísimo imperio de Jesucristo, a fin de que su espíritu aliente allí más ampliamente, su ley reine con más soberanía y su amor triunfe más victoriosamente. He aquí lo que se ha de entender por Reino de Cristo. Este oficio de la Iglesia es en verdad arduo. Pero son desertores inconscientes o engañados los que, siguiendo un supernaturalismo mal entendido, quisieran reducir a la Iglesia al campo puramente religioso, como ellos dicen, mientras que así no hacen más que hacer el juego a sus enemigos».


Mas..., ¿cómo se compagina todo eso con lo que nos dicen los nuevos "doctores", esos que sólo (y solos) se mueven en la “línea conciliar”? De ningún modo.


Más aún, ¿cómo se concilia con algunas frases de la Declaración sobre la libertad religiosa? De ningún modo..., si no tenemos en cuenta la seria admonición del mismo documento, a cuya luz éste se debe interpretar: «El santo Concilio deja integra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo». (*) (…)

S. I. C.


(*) Famoso párrafo “engañabobos” del cap I de la Dignitatis Humanae, sistemáticamente (e inútilmente) voceada por los valedores de las virtudes del Vaticano II, a sabiendas de que tal alegación no servía para nada.





FIESTA DE CRISTO REY

 



                              Fiesta de Cristo Rey


Reflexión espiritual sobre los textos litúrgicos de la fiesta de Cristo Rey. Que todos los reyes lo adoren y todas las naciones lo sirvan. Su poder es eterno y no le será arrebatado: y su reino es un reino que no se deshará.


DOS FIESTAS DEL REINADO DE CRISTO

Al principio del Año litúrgico encontramos ya una fiesta del reinado de Cristo: la Epifanía. Jesús acababa de nacer y se manifestaba a los reyes de Oriente y al pueblo de Israel como "el Señor que tiene en su mano el reino, el poder y el imperio"[1]. Acogimos a este "Salvador, que venía a reinar sobre nosotros"[2], y con los Magos le ofrecimos nuestros presentes, nuestra fe y nuestro amor.


Y ¿por qué quiere la Iglesia que, al fin del año, celebremos una nueva fiesta del reinado de Cristo, de su reinado social y universal?


No padecimos engaño en tiempo de la Epifanía sobre la naturaleza de este reinado, como tampoco lo padecimos sobre la dignidad de Dios que poseía el Niño recién nacido. Pero tal vez nos dejamos fascinar por aquella estrella que, al brillar en el cielo de Belén, nos alumbraba con la luz de la fe y nos hacía esperar mayores claridades para la eternidad. Entonces cantamos el acercamiento de la gentilidad a la fe en la persona de los Magos que vinieron allá del Oriente a adorar al Rey de los Judíos



EL LAICISMO

La Iglesia quiere que pensemos hoy en las consecuencias de este llamamiento Universal a la fe de Cristo. Las naciones, en conjunto, se han convertido al Señor, que las trajo, con los acontecimientos sobrenaturales, los beneficios de una civilización completamente desconocida del mundo antiguo. Pero, desgraciadamente, hace ya dos siglos que un error sumamente pernicioso destroza a todas las naciones, a Francia particularmente: el laicismo. Consiste éste en la negación de los derechos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo sobre toda la sociedad humana, tanto en la vida privada y familiar, como en la vida social y política. Los propagadores de esta herejía han repetido el grito de los Judíos deicidas: No queremos que reine sobre nosotros. Y con toda la habilidad, tenacidad y audacia de los hijos de las tinieblas, se han esforzado por echar a Cristo de todas partes. Han declarado inmoral a la vida religiosa y expulsado a los religiosos; han intentado imponer a la Iglesia, aunque inútilmente, una constitución cismática; han decretado la separación de la Iglesia y del Estado y han negado a la sociedad civil la obligación de ayudar a los hombres a conquistar los bienes eternos; han introducido el desorden en la familia con la ley del divorcio, han suprimido los crucifijos en los tribunales, hospitales y escuelas. Y, finalmente, han declarado intangibles sus leyes y han hecho del Estado un Dios.



RAZÓN DE ESTA FIESTA

Frente "a esta peste de nuestros días" los Papas no han cesado de levantar su voz. Pero, como la plaga iba en aumento, S.S. Pío XI quiso aprovechar el año jubilar para recordar solemnemente al mundo por la Encíclica Quas primas del 11 de diciembre de 1925, el completo y absoluto poder de Cristo, Hijo de Dios", Rey inmortal de los siglos, sobre todos los hombres y sobre todos los pueblos de todos los tiempos. Además, para que esta doctrina tan necesaria no se olvidase demasiado pronto, instituyó en honor de su reinado universal una fiesta litúrgica que fuese a la vez memorial solemne y reparación de esa apostasía de las naciones y de los individuos, que se afanan por manifestarse en la doctrina y en los hechos en nombre del laicismo contemporáneo. Finalmente, el Sumo Pontífice prescribió para esta misma solemnidad la renovación de la consagración del género humano al Sagrado Corazón.


Los fieles encontrarán en el Breviario o simplemente en el Misal, la doctrina de la Iglesia sobre el reinado social de Cristo y fórmulas incomparables de oraciones de alabanza, de reparación y de petición que pueden dirigirle en esta fiesta. Pero esta enseñanza en toda su amplitud se halla expuesta en la Encíclica del Papa. Nos contentaremos con dar un resumen, invitando a los lectores que acudan al texto original para que, reconociendo los derechos del Señor, arrojen el veneno del laicismo y se lleguen con confianza al Corazón de Jesús, cuyo reinado es de amor y de misericordia.



TRIPLE REINADO

En la Encíclica verán en qué sentido Cristo es Rey de las inteligencias, de los corazones y de las voluntades; quiénes son los súbditos de este Rey, el triple poder incluido en su dignidad regia y la naturaleza espiritual de su reinado.

"Ya está en uso desde hace mucho tiempo el atribuir a Cristo en un sentido metafórico el título de Rey, por razón de la excelencia y eminencia singulares de sus perfecciones, por las cuales sobrepuja a toda criatura. Y nos expresamos de ese modo para afirmar que es el Rey de las inteligencias humanas, no tanto por la penetración de su inteligencia humana y la extensión de su ciencia, cuanto porque es la misma Verdad y los mortales necesitan buscar en Él la verdad y aceptarla con obediencia. Se le llama Rey de las voluntades, no sólo porque a la santidad absoluta de su voluntad divina corresponden la integridad y la sumisión perfecta de su voluntad humana, sino también porque, mediante el impulso y la inspiración de su gracia, somete a Sí nuestra libre voluntad, con lo que viene nuestro ardor a inflamarse para acciones nobilísimas. A Cristo se le reconoce finalmente como Rey de los corazones, a causa de su caridad, que excede a todo conocimiento y de su mansedumbre y bondad, que atraen a las almas; y en efecto, no ha habido hombre alguno hasta hoy que haya sido amado como Jesucristo por todo el género humano, ni tampoco se verá en lo porvenir.



LA DIGNIDAD REGIA, UNA CONSECUENCIA DE LA UNIÓN HIPOSTÁTICA

"Pero, avanzando un poco más en nuestro tema, cada cual puede echar de ver que el nombre y poder de Rey convienen a Cristo en el sentido propio de la palabra; se dice de Cristo que recibió de su Padre el poder, el honor y la dignidad regia en cuanto hombre, pues el Verbo de Dios, que con el Padre posee una misma sustancia, no puede menos de poseer todo en común con su Padre y, por consiguiente, el imperio supremo y absoluto sobre todo lo creado. La dignidad regia de Cristo se funda en la unión admirable que llamamos unión hipostática. Por consiguiente: los ángeles y los hombres tienen que adorar a Cristo en cuanto es Dios, pero tienen que obedecer y exteriorizar su sumisión también a sus mandatos en cuanto hombre, es decir que, por el solo título de la unión hipostática, a Jesucristo se le dio poder sobre todas las criaturas...



LA TRIPLE POTESTAD

"La dignidad regia de Cristo lleva consigo un triple poder: legislativo, judicial y ejecutivo y sin él no se puede concebir aquélla. Los Evangelios no se contentan con afirmarnos que Cristo ratificó algunas leyes, nos le presentan también dictando otras nuevas... Jesús declara además que el Padre le otorgó el poder judicial... Este poder judicial implica el derecho de decretar para los hombres, penas y recompensas, aun en esta vida. Y, por fin, también tenemos que atribuir a Cristo el poder ejecutivo, dado que es de necesidad para todos la obligación de obedecer a sus órdenes, y que ha establecido algunas penas de las que no se librará ningún culpable.



CARÁCTER DEL REINADO DE CRISTO

"Que el reinado de Cristo ha de ser en cierto sentido principalmente espiritual y referirse a las cosas espirituales... Nuestro Señor Jesucristo lo confirmó con su modo de obrar... Ante Pilatos declara que su reino no es de este mundo. En el Evangelio se nos muestra su reino como reino en el que nos preparamos a entrar por la fe y el bautismo... El Salvador no opone su reino más que al reino de Satanás y al poder de las tinieblas. Exige a sus discípulos desasirse de las riquezas y de todos los bienes terrenos, practicar la mansedumbre, tener hambre y sed de la justicia, pero también renunciarse y llevar cada cual su cruz. Como Jesucristo en cuanto Redentor compró a la Iglesia con el precio de su sangre y, en cuanto Sacerdote, se ofrece a sí mismo perpetuamente en sacrificio por los pecados del mundo, ¿quién no echará de ver que su dignidad regia tiene que participar del carácter espiritual de estas dos funciones de Sacerdote y de Redentor?

"Con todo, no se podría negar, sin cometer un grave error, que el reinado de Cristo-Hombre se extiende también a las cosas civiles, puesto que recibió de su Padre un dominio absoluto, de tal modo que abarca todas las cosas creadas y todas están sometidas a su imperio..."



MISA

Mientras en el cielo adoran al Cordero inmolado los Ángeles y los Santos proclamándole Rey, nos reunimos nosotros en la casa de Dios para renovar el misterio de la inmolación de este Cordero y proclamar también nosotros su reinado universal, en la vida individual y familiar, en la vida social y política, aquí y en la eternidad.


INTROITO

Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la divinidad, la, sabiduría, la fortaleza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. —Salmo: Oh Dios, da tu juicio al Rey: y tu justicia al Hijo del Rey. V. Gloria al Padre.


La Colecta pide para la gran familia humana dividida por el pecado, la restauración de la unidad. El único medio de conseguirla, es acatar el reinado de Cristo.

COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que quisiste restaurarlo todo en tu amado Hijo, Rey de todos: haz propicio que todas las familias de las gentes, disgregadas por la herida del pecado, se sometan a su suavísimo imperio. El cual vive y reina contigo.


CRISTO

La Epístola es un verdadero cántico en el que el apóstol San Pablo proclama arrobado lo que es Cristo para Dios, para la creación, para la Iglesia. El Padre es invisible, habita en una luz, en una región inaccesible, pero he aquí que el que es imagen suya, nacido de Él, Dios como Él, se deja ver entre nosotros, se hace hombre como nosotros, y derrama su sangre por nosotros.

Dios: obra suya es la creación; por Él subsiste todo; en Él tenemos la vida, el movimiento y el ser y todo lo que existe para Él es.

Cabeza de la creación, lo es también de la Iglesia que es su cuerpo, su Esposa. Hay entre ambos unidad de vida. Esta vida la posee Él en su plenitud y esta plenitud se comunica sin padecer mengua jamás; toda belleza, toda santidad proviene de Él como de su fuente. Así lo quiso el Padre con el propósito de reducir todas las cosas a la unidad primitiva y de pacificar en la sangre de su Hijo todo lo que hay en el cielo y en la tierra.



EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Colosenses (Col., I, 12-20).

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos hizo dignos de participar de la suerte de los Santos en la luz, que nos arrancó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en el cual tenemos la redención por su sangre, el perdón de los pecados. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura: porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, sean los Tronos, sean las Dominaciones, sean los Principados, sean las Potestades: todo fue creado por Él y en Él, y Él es antes que todo, y todo existe en Él. Y Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia, el principio, el primogénito de los muertos, para que sea quien tenga el principado en todo: porque plúgole al Padre hacer que habitara en Él toda la plenitud, y conciliario todo en Él, pacificando por la sangre de su cruz tanto lo que hay en la tierra como lo que hay en el cielo, en Jesucristo, nuestro Señor.


El Gradual y el Aleluya cantan la universalidad y la eternidad del reino de Cristo.

GRADUAL

Dominará de un mar a otro mar, y desde el río hasta los confines del orbe de las tierras. V. Y le adorarán todos los reyes de la tierra: todas las gentes le servirán.

Aleluya, aleluya. V. Su poder es un poder eterno, que no será quitado: y su reino, un reino que no será destruido. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan (Jn„ VIII, 33-37).

En aquel tiempo dijo Pilatos a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices esto por ti mismo, o te lo dijeron de mí otros? Respondió Pilatos: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, lucharían ciertamente mis ministros, para que no fuera entregado a los judíos: pero ahora mi reino no es de aquí. Dijóle entonces Pilatos: ¿Luego tú eres Rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo: Para dar testimonio de la verdad: todo el que es de la verdad oye mi voz.


Este diálogo entre Jesús y Pilatos nos hace conocer el carácter espiritual y universal de la dignidad regia del Mesías, su origen divino y su fin: "Nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad: todo el que es de la verdad, oye mi voz."

San Agustín, comentando este texto, nos habla también del desprendimiento y de la bondad de nuestro Rey: "¿De qué le servía al Señor ser rey de Israel? ¿Era por ventura algo grande para el Rey de los siglos, ser rey de los hombres? Cristo no es rey de Israel para exigir tributos, armar de la espada a los batallones y dominar visiblemente a sus enemigos, sino que es rey de Israel para gobernar las almas, velar por ellas para la eternidad y llevar al reino de los cielos a los que creen, esperan y aman." Probemos, pues, que somos súbditos suyos de verdad tributándole el homenaje de nuestra fe, de nuestra confianza y de nuestro amor. El Ofertorio recuerda la promesa, que el Padre hizo al mismo Cristo, de darle como herencia las naciones.



OFERTORIO

Pídemelo y te daré las gentes por herencia tuya, y por posesión tuya hasta los confines de la tierra.



En la Secreta consideramos el reino del Señor en cuanto trae a nuestras almas el don divino de la unidad y de la paz.

SECRETA

Ofrecémoste, Señor, esta hostia de la reconciliación humana: haz, te suplicamos, que Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, a quien inmolamos en el presente sacrificio, conceda Él mismo a todas las gentes los dones de la unidad y de la paz. El cual vive y reina contigo.



En el Prefacio, más aún que en las otras oraciones del Santo Sacrificio, se propone explícitamente a la fe y a la piedad de los creyentes la exacta noción teológica del reinado universal de Cristo. Como Hijo único del Padre, con quien es coeterno y consustancial, el Verbo encarnado comunica a su santa Humanidad, en virtud de la unión hipostática, la doble unción divina del sacerdocio y de la majestad real. En virtud de su Sacrificio Redentor sobre el altar de la cruz, como también por su nacimiento eterno, somete a su imperio indestructible a todas las criaturas, en un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Que ungiste con óleo de alegría a tu unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote eterno y Rey universal: para que, ofreciéndose a sí mismo, en el ara de la cruz, como hostia inmaculada y pacífica, obrase el misterio de la redención humana: y, sometiendo a su imperio todas las criaturas, entregase a tu inmensa Majestad un reino eterno y universal: un reino de verdad y de vida; un reino de santidad y de gracia; un reino de justicia, de amor y de paz. Y, por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo, etc.



El Señor concede la paz a los que le reciben:

COMUNIÓN

Se sentará el Señor Rey para siempre: el Señor bendecirá a su pueblo con la paz.

El fruto de la Comunión consistirá en preparar nuestras almas para entrar en el reino celestial.



POSCOMUNIÓN

Habiendo conseguido el alimento de la inmortalidad, suplicámoste, Señor, hagas que, los que nos gloriamos de militar bajo las banderas de Cristo Rey, podamos reinar eternamente con El en el trono celestial. El cual vive y reina contigo.







    CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

No debemos terminar el día sin hacer nuestra la fórmula de Consagración que compuso S.S. León XIII, cuya recitación pública está prescrita por S.S. Pío XI para todos los años en esta fiesta.

"Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón. Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han deshechado. ¡Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo! ¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado, haced que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de hambre y de miseria. Sed Rey de aquellos que por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo de un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen aún envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerles a todos a la luz de vuestro reino. Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron. Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: "Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Así sea."

Fuente: GUERANGER, Dom Prospero. El Año Litúrgico. Burgos, España. (1954) Editorial Aldecoa.