Mostrando entradas con la etiqueta Piedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Piedad. Mostrar todas las entradas

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (11)

 


                                                   CUARTA CONSIDERACIÓN
                                                CERTIDUMBRE DE LA MUERTE


                                                           PUNTO SEGUNDO
                                         A cada paso nos acercamos a la muerte 



Es cierto, pues, que todos estamos condenados a muerte. Todos nacemos, dice San Cipriano, con la cuerda al cuello; y cuantos pasos damos, otro tanto nos acercamos a la muerte... Hermano mío, así como estás inscrito en el libro del bautismo, así algún día te inscribirán en el libro de los difuntos. Así como a veces mencionas a tus antepasados, diciendo: Mi padre, mi hermano, de feliz recuerdo, lo mismo dirán de ti tus descendientes. Tal y como tú has oído muchas veces que las campanas tocaban a muerto por otros, así los demás oirán que tocan por ti.


¿Qué dirías de un condenado a muerte que fuese al patíbulo burlándose, riéndose, mirando a todos lados, pensando en teatros, festines y diversiones? Y tú, ¿no caminas también hacia la muerte? ¿Y en qué piensas? Contempla en aquellas tumbas a tus parientes y amigos, cuya sentencia fue ya ejecutada. ¡Qué terror no siente el reo condenado cuando ve a sus compañeros pendientes del patíbulo y muertos ya! Mira a esos cadáveres; cada uno de ellos dice: Ayer a mí, hoy a ti. Lo mismo repiten todos los días los retratos de los que fueron tus parientes, los libros, las casas, los lechos, los vestidos que has heredado.


¡Qué extremada locura es no pensar en ajustar las cuentas del alma y no disponer los medios necesarios para alcanzar buena muerte, sabiendo que hemos de morir, que después de la muerte nos está reservada una eternidad de gozo o de tormento, y que de ese punto depende el ser para siempre dichosos o infelices! Sentimos compasión por los que mueren de repente sin estar preparados para morir, y, con todo, no tratamos de preparamos, a pesar de que lo mismo puede acaecernos. Tarde o temprano, apercibidos o de improviso, pensemos o no en ello, hemos de morir; y a toda hora y en cada instante nos acercamos a nuestro patíbulo, o sea, a la última enfermedad que nos ha de arrojar fuera de este mundo.


Gentes nuevas pueblan, en cada siglo, casas, plazas y ciudades. Los antecesores están en la tumba. Y así como se acabaron para ellos los días de la vida, así vendrá un tiempo en que ni tú, ni yo, ni persona alguna de los que vivimos ahora viviremos en este mundo. Todos estaremos en la eternidad, que será para nosotros, o perdurable día de gozo, o noche eterna de dolor. No hay término medio. Es cierto y de fe que, al fin, nos ha de tocar uno u otro destino.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Oh mi amado Redentor! No me atrevería a presentarme ante Vos si no os viera en la cruz desgarrado, escarnecido y muerto por mí. Grande es mi ingratitud, pero aún es más grande vuestra misericordia. Grandísimos mis pecados, mas todavía son mayores vuestros méritos. En vuestras llagas, en vuestra muerte, pongo mi esperanza. Merecí el infierno apenas hube cometido mi primer pecado. He vuelto luego a ofenderos mil y mil veces. Y Vos, no sólo me habéis conservado la vida, sino que, con suma piedad y amor, me habéis ofrecido el perdón y la paz. ¿Cómo he de temer que me arrojéis de vuestra presencia ahora que os amo y que no deseo sino vuestra gracia? Sí; os amo de todo corazón, ¡oh Señor mío!, y mi único anhelo se cifra en amaros. Os adoro y me pesa de haberos ofendido, no tanto por el infierno que merecí, como por haberos despreciado a Vos, Dios mío, que tanto me amáis.


Abrid, pues, Jesús mío, el tesoro de vuestra bondad, y añadid misericordia a misericordia. Haced que yo no vuelva a ser ingrato, y mudad del todo mi corazón, de suerte que sea enteramente vuestro, e inflamado siempre por las llamas de vuestra caridad, ya que antes menospreció vuestro amor y le trocó por los viles placeres del mundo. Espero alcanzar la gloria, para siempre amaros; y aunque allí no podré estar entre las almas inocentes, me pondré al lado de las que hicieron penitencia, deseando, con todo, amaros más todavía que aquéllas. Para gloria de vuestra misericordia, vea el Cielo cómo arde en vuestro amor un pecador que tanto os ha ofendido. Resuelvo entregarme a Vos de hoy en adelante, y pensar no más que en amaros. Auxiliadme con vuestra luz y gracia para cumplir ese deseo mío, dado también por vuestra misma bondad.


¡Oh María, Madre de perseverancia, alcanzadme que sea fiel a mi promesa!

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (7)

 



                                                                   CAPÍTULO 7

De la grande paz que Dios nuestro Señor da o los que varonilmente pelean contra este enemigo; y de lo mucho que conviene para vencerlo huir de la familiaridad con las mujeres.



Todas estas escaramuzas se suelen pasar en esta guerra de la castidad, cuando el Señor lo permite para probar sus caballeros, si de verdad le aman a Él y a la castidad por quien pelean. Y después de hallados fieles, envía su omnipotente favor, y manda a nuestro adversario que no nos impida nuestra paz ni nuestra secreta habla con Él. Y goza el hombre entonces de lo trabajado, y sábele bien y esle más meritorio.


Es también menester, y muy mucho, para guarda de la castidad, que se evite la conversación familiar de mujeres con hombres, por buenos o parientes que sean. Porque las feas y no pensadas caídas que en el mundo han acaecido acerca de aquesto, nos deben ser un perpetuo amonestador de nuestra flaqueza, y un escarmiento en ajena cabeza, con el cual nos desengañemos de cualquiera falsa seguridad que nuestra soberbia nos quisiere prometer, diciendo que pasaremos sin herida nosotros flacos, en lo que tan fuertes, tan sabios y, lo que más es, tan grandes santos fueron muy gravemente heridos. ¿Quién se fiará de parentesco, leyendo la torpeza de Amnón con su hermana Thamar (2 Reg., 13, 8); con otras muchas tan feas, y más, que en el mundo han acaecido a personas que las ha cegado esta bestial pasión de la carne? ¿Y quién se fiará de santidad suya o ajena, viendo a David, que fue varón conforme al corazón de Dios, ser tan ciegamente derribado en muchos y feos pecados por sólo mirar a una mujer? (2 Reg., 11, 2). ¿Y quién no temblará de su flaqueza oyendo la santidad y sabiduría del rey Salomón, siendo mozo, y sus feas caídas contra la castidad, que le malearon el corazón a la vejez, hasta poner muchedumbre de ídolos y adorarlos, como lo hacían y querían las mujeres que amaba? (3 Reg., 11, 4). Ninguno en esto se engañe, ni se fíe de castidad pasada o presente, aunque sienta su ánima muy fuerte, y dura contra este vicio como una piedra; porque gran verdad dijo el experimentado Jerónimo, que: «Animas de hierro, la lujuria las doma.» Y San Agustín no quiso morar con su hermana, diciendo: «Las que conversan con mi hermana no son mis hermanas.» Y por este camino de recatamiento han caminado todos los santos, a los cuales debemos seguir si queremos no errar.


Por tanto, doncella de Cristo, no seáis en esto descuidada; mas oíd y cumplid lo que San Bernardo dice: «Que las vírgenes que verdaderamente son vírgenes, en todas las cosas temen, aun en las seguras.» Y las que así no lo hacen, presto se verán tan miserablemente caídas, cuanto primero estaban con falsa seguridad miserablemente engañadas. Y aunque por la penitencia se alcance el perdón del pecado, no se alcanza la corona de la virginidad perdida, y «cosa fea es, dice San Jerónimo, que la doncella que esperaba corona pida perdón de haberla perdido», como lo sería si tuviese el Rey una hija muy amada, y guardada para la casar conforme a su dignidad, y cuando el tiempo de ello viniese, le dijese la hija que le pedía perdón de no estar para casarse, por haber perdido malamente su virginidad. «Los remedios de la penitencia, dice San Jerónimo, remedios de desdichados son», pues que ninguna desdicha o miseria hay mayor que hacer pecado mortal, para cuyo remedio es menester la penitencia. Y por tanto, debéis trabajar con toda vigilancia por ser leal al que os escogió, y guardar lo que prometisteis, porque no probéis por experiencia lo que está escrito (Jerem., 2, 19): Conoce y ve cuan mala y amarga cosa es haber dejado al Señor Dios tuyo, y no haber estado su temor en ti; mas gocéis del fruto y nombre de casta esposa, y de la corona que a tales está aparejada.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (10)

 



                                                    CUARTA CONSIDERACIÓN
                                                CERTIDUMBRE DE LA MUERTE


                                                            PUNTO PRIMERO
                                                     Todos tenemos que morir


Statutum est hominibus semel mori ad módícu parens..
Está decretado que los hombres mueren sólo una vez. Heb. 9, 27.



Escrita está la sentencia de muerte para todo el humano linaje. El hombre ha de morir. Decía San Agustín (In Salm. 12): La muerte sólo es segura; los demás bienes y males nuestros, inciertos son. No se puede saber si aquel niño que acaba de nacer será rico o pobre, si tendrá buena o mala salud, si morirá joven o viejo. Todo ello es incierto, pero es cosa indudable que ha de morir. Magnates y reyes serán también segados por la hoz de la muerte, a cuyo poder no hay fuerza que resista. Posible es resistir al fuego, al agua, al hierro, a la potestad de los príncipes, mas no a la muerte. Refiere Vicente de Beauvais que un rey de Francia, viéndose en el término de su vida, exclamó: Con todo mi poder no puedo conseguir que la muerte me espere una hora más. Cuando ese trance llega, ni por un momento podemos demorarle.


Aunque vivieres, lector mío, cuantos años deseas, ha de llegar un día, y en ese día una hora, que será la última para ti. Tanto para mí, que esto escribo, como para ti, que lo lees, está decretado el día y punto en que ni yo podré escribir ni tú leer más. ¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? (Sal. 88, 49). Dada está la sentencia. No ha habido hombre tan necio que se haya forjado la ilusión de que no ha de morir. Lo que acaeció a tus antepasados te sucederá también a ti. De cuantas personas vivían en tu patria al comenzar el pasado siglo, ni una sola queda con vida. También los príncipes y monarcas dejaron este mundo. No queda más de ellos que el sepulcro de mármol y una inscripción pomposa, que hoy nos sirve de enseñanza, patentizándonos que de los grandes del mundo sólo resta un poco de polvo detrás de aquellas losas... Pregunta San Bernardo: Dime, ¿dónde están los amadores del mundo? Y responde: Nada de ellos queda, sino cenizas y gusanos.


Preciso es, por tanto, que procuremos, no la fortuna perecedera, sino la que no tiene fin, porque inmortales son nuestras almas. ¿De qué os servirá ser felices en la tierra—-aunque no puede haber verdadera felicidad en un alma que vive alejada de Dios—, si después habréis de ser desdichados eternamente?... Ya os habéis preparado morada a vuestro gusto. Pensad que pronto tendréis que dejarla para consumiros en la tumba. Habéis alcanzado tal vez la dignidad que os eleva sobre los demás hombres. Pero llegará la muerte y os igualará con los más viles plebeyos del mundo.




AFECTOS Y PETICIONES

¡Infeliz de mi!, que durante tantos años sólo he pensado en ofenderos, ¡oh Dios de mi alma !... Pasaron ya esos años; tal vez mi muerte está ya cerca, y no hallo en mí más que remordimiento y dolor. ¡Ah Señor, si os hubiese siempre servido !...¡ Cuan loco fui !... En tantos años como he vivido, en vez de granjear méritos para la otra vida, ¡ me he colmado de deudas para con la divina justicia!... Amado Redentor mío, dadme luz y ánimo para ordenar mi conciencia ahora. Quizá no esté la muerte lejos de mí, y quiero prepararme para aquel momento decisivo de mi felicidad o mi desdicha eterna. Gracias mil os doy por haberme esperado hasta ahora. Y ya que me habéis dado tiempo de remediar el mal cometido, heme aquí, Dios mío; decidme lo que deseáis que haga por Vos. ¿Queréis que me duela de las ofensas que os hice?... Me arrepiento de ellas y las detesto con toda el alma... ¿Queréis que me emplee en amaros estos años o días que me resten? Así lo haré, Señor. ¡Oh Dios mío! También más de una vez formé en lo pasado esas mismas resoluciones, y mis promesas se trocaron en otros tantos actos de traición. No, Jesús mío; no quiero ya mostrarme ingrato a tantas gracias como me habéis dado. Si ahora, al menos, no mudo de vida, ¿cómo podré en la muerte esperar perdón y alcanzar la gloria? Resuelvo, pues, firmemente dedicarme de veras a serviros desde ahora. Y Vos, Señor, ayudadme, no me abandonéis. Ya que no me abandonasteis cuando tanto os ofendía, espero con mayor motivo vuestro socorro ahora que me propongo abandonarlo todo para serviros. Permitid que os ame, ¡oh Dios, digno de infinito amor! Admitid al traidor que, arrepentido, se postra a vuestros pies y os pide misericordia.


Os amo, Jesús mío, con todo mi corazón y más que a mi mismo. Vuestro soy; disponed de mí y de todas mis cosas como os plazca. Concededme la perseverancia en obedeceros; concededme vuestro amor, y haced de mí lo que os agrade.


María, Madre, refugio y esperanza mía, a Vos me encomiendo; os entrego mi alma; rogad a Dios por mí.

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (6)

 



                                                                  CAPÍTULO 6

De dos causas de las tentaciones sensuales; y qué medios habemos de usar contra ellas cuando nacen de la impugnación del demonio.


Debemos mucho advertir que el remedio que habemos dicho de afligir la carne suele ser provechoso cuando la tentación nace de la misma carne, como suele acaecer a los mozos y a los que tienen buena salud y regalada su carne; y entonces aprovecha poner el remedio en ella, pues está en ella la raíz de la enfermedad.


Mas otras veces viene esta tentación de parte del demonio; y verse ha ser así, en que más combate con pensamientos y feas imaginaciones del ánima, que con feos sentimientos del cuerpo; o si los hay, no es porque la tentación comience en ellos, mas comenzando por pensamientos, resulta el sentimiento en la carne; la cual algunas veces estando flaquísima y como muerta, están los malos pensamientos vivísimos, como a San Jerónimo acaecía, según él lo cuenta. Y tienen también otra señal, que es venir importunamente y cuando el hombre menos querría, y menos ocasión hay para ello. Y ni acatan reverencia a tiempos de oración, ni de misa, ni lugares sagrados, en los cuales un hombre, por malo que sea, suele tener acatamiento y abstenerse de pensar estas cosas. Y algunas veces son tantos y tales estos pensamientos, que el hombre nunca oyó, ni supo, ni imaginó tales cosas como se le ofrecen. Y en la fuerza con que vienen, y cosas que oye interiormente, siente el hombre que no nacen de él, sino que otro las dice y las hace. Cuando estas y otras señales semejantes hubiere, tened por cierto que es persecución del demonio en la carne, y que no nace de ella, aunque se padece en ella. La cual guerra es más peligrosa que la pasada, por querernos muy mal quien la hace, y por ser enemigo tan infatigable para guerrear, velando y durmiendo, y en todo tiempo y lugar.


Y el remedio de este mal es procurar alguna buena ocupación que ponga en cuidado y trabajo, con el cual pueda olvidar aquellas feas imaginaciones. Y a este intento procuró San Jerónimo, según él mismo lo cuenta, de estudiar la lengua hebrea con mucho trabajo, aunque no sin fruto, y dice: «Haz siempre alguna buena obra porque te halle el demonio bien ocupado.» Y también hablando en este propósito, de cuán provechosa es para esto la vida de los monasterios, le aconseja diciendo: «Y en ella cumplas cada día lo que te fuere encargado, y seas sujeto a quien no querrías, y vayas cansado a la cama, y andando te caigas dormido; y sin haber cumplido con el sueño seas constreñido a te levantar, y digas tu Salmo cuando te viniere, y sirvas a los hermanos, y laves los pies a los huéspedes; y siendo injuriado, calles, y temas, como al señor al abad del monasterio, y le ames como a padre, y creas que todo lo que él te mandare es cosa que te conviene, y no juzgues a tus mayores, pues que tu oficio es obedecer y cumplir lo mandado, según dice Moisés (Deut., 6): Oye, Israel, y calla. Y estando ocupado en tantos negocios, no tendrás lugar para otros pensamientos; y pasando de una obra en otra, aquello solamente tendrás en la memoria, que de presente eres constreñido a hacer.» Esto dice San Jerónimo. Y conforme a esto, se usaba entonces en los monasterios ejercitar a los mozos en buenas ocupaciones, más que en soledad y larga oración, por el peligro que de parte de su carne y pasiones no mortificadas les puede y suele venir.


Aunque esta regla tiene excepciones, por haber en las personas disposiciones diversas y dones particulares de Dios; por lo cual con justa causa puede darse la oración larga al mozo y quitarse al viejo. Y dije que no ocupaban al mozo en larga oración; entiendo de aquella en la cual se gasta casi todo el tiempo, y se tiene como por oficio. Porque no tener algunos ratos de ella sería yerro muy grande, por los bienes que perdería; y porque aun para bien hacer la ocupación es menester ganar espíritu y fuerzas en la oración; que de otra manera suelen los ocupados quejarse y andar desabridos, como carro cargado y no untado con la blandura de la devoción.


Y estén advertidos los principiantes a que el demonio particularmente procura de traerles las tales imaginaciones al tiempo de la oración, por hacer que la dejen y descanse él. Porque aunque el demonio nos fatiga mucho con sus tentaciones, mucho más le fatigamos a él y le queman nuestras devotas oraciones; y por eso procura que no las hagamos, o que las hagamos mal hechas. Mas nosotros debemos, como a porfía, trabajar todo lo que nos fuere posible por no dejar nuestro ejercicio, pues en la persecución que en él tenemos se demuestra bien cuán provechoso nos es. Y si tanto nos acosare la guerra haciendo la oración mentalmente, y sintiéremos mucho peligro por las tales imaginaciones, debemos a más no poder orar vocalmente, y herir nuestros pechos, lastimar nuestra carne, poner los brazos en cruz, alzar las manos y los ojos al Cielo pidiendo socorro a Nuestro Señor; de manera que, en fin, se gaste bien aquel rato que para orar teníamos diputado [dispuesto]; o hacer algo que nos divierta [distraiga], especialmente hablar con alguna buena persona que nos esfuerce; aunque esto ha de ser a más no poder, porque no se vence nuestra flaqueza a querer vencer huyendo, y nos haga nuestro enemigo perder el lugar de nuestra pelea y las fuerzas de pelear; que, en fin, el Señor piadoso y poderoso mandará, cuando nos convenga, que nuestro adversario calle, y no nos impida nuestra secreta y amigable habla que solíamos tener con Él.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (9)

 



                                                  TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                      BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                           PUNTO TERCERO
           La vida es BREVE: luego hay que trabajar para alcanzar la muerte


¡Qué gran locura es, por los breves y míseros deleites de esta cortísima vida, exponerse al peligro de una infeliz muerte y comenzar con ella una desdichada eternidad! ¡Oh, cuánto vale aquel supremo instante, aquel postrer suspiro, aquella última escena! Vale una eternidad de dicha o de tormento. Vale una vida siempre feliz o siempre desgraciada. Consideremos que Jesucristo quiso morir con tanta amargura e ignominia para que tuviéramos muerte venturosa. Con este fin nos dirige tan a menudo sus llamamientos, sus luces, sus reprensiones y amenazas, para que procuremos concluir la hora postrera en gracia y amistad de Dios.


Hasta un gentil, Antístenes, a quien preguntaban cuál era la mayor fortuna de este mundo, respondió que era una buena muerte. ¿Qué dirá, pues, un cristiano á quien la luz de la fe enseña que en aquel trance se emprende uno de los dos caminos, el de un eterno padecer o el de un eterno gozar? Si en una bolsa hubiese dos papeletas, una con el rótulo del infierno, otra con el de la gloria, y tuvieses que sacar por suerte una de ellas para ir sin remedio a donde designase, ¿qué de cuidado no pondrías en acertar a escoger la que te llevase al Cielo? Los infelices que estuvieran condenados a jugarse la vida, ¡cómo temblarían al tirar los dados que fueran a decidir de la vida o la muerte! ¡Con qué espanto te verás próximo a aquel punto solemne en que podrás a ti mismo decirte: «De este instante depende mi vida o muerte perdurables! ¡Ahora se ha de resolver si he de ser siempre bienaventurado o infeliz para siempre!" Refiere San Bernardino de Sena que cierto príncipe, estando a punto de morir, atemorizado, decía: Yo, que tantas tierras y palacios poseo en este mundo, ¡no sé, si en esta noche muero, qué mansión iré a habitar!


Si crees, hermano mío, que has de morir, que hay una eternidad, que una vez sola se muere, y que, engañándote entonces, el yerro es irreparable para siempre y sin esperanza de remedio, ¿cómo no te decides, desde el instante que esto lees, a practicar cuanto puedas para asegurarte buena muerte?... Temblaba un San Andrés Avelino, diciendo: «¿Quién sabe la suerte que me estará reservada en la otra vida, si me salvaré o me condenaré?...» Temblaba un San Luis Beltrán de tal manera, que en muchas noches no lograba conciliar el sueño, abrumado por el pensamiento que le decía: ¿Quién sabe si te condenarás?... ¿Y tú, hermano mío, que de tantos pecados eres culpable, no tienes temor?... Sin tardanza, pon oportuno remedio; forma la resolución de entregarte a Dios completamente, y comienza, siquiera desde ahora, una vida que no te cause aflicción, sino consuelo en la hora de la muerte. Dedícate a la oración; frecuenta los sacramentos; apártate de las ocasiones peligrosas, y aun abandona el mundo, si necesario fuere, para asegurar tu salvación; entendiendo que cuando de esto se trata no hay jamás confianza que baste.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Cuánta gratitud os debo, amado Salvador mío!... ¿Y cómo habéis podido prodigar tantas gracias a un traidor ingrato para con Vos? Me creasteis, y al crearme veíais ya cuántas ofensas os había de hacer. Me redimisteis, muriendo por mí, y ya entonces percibíais toda la ingratitud con que había de colmaros. Luego, en mi vida del mundo, me alejé de Vos, fui como muerto, como animal inmundo, y Vos, con vuestra gracia, me habéis vuelto a la vida. Estaba ciego, y habéis dado luz a mis ojos. Os había perdido, y Vos hicisteis que os volviera a hallar. Era enemigo vuestro, y Vos me habéis dado vuestra amistad... ¡Oh Dios de misericordia!, haced que conozca lo mucho que os debo y que llore las ofensas que os hice. Vengaos de mi dándome dolor profundo de mis pecados; mas no me castiguéis privándome de vuestra gracia y amor... ¡Oh eterno Padre, abomino y detesto sobre todos los males cuantos pecados cometí ! ¡ Tened piedad de mí, por amor de Jesucristo! Mirad a vuestro Hijo muerto en la cruz, y descienda sobre mí su Sangre divina para lavar mi alma. ¡Oh Rey de mi corazón, adveniat regnum tuum! Resuelto estoy a desechar de mí todo afecto que no sea por Vos. Os amo sobre todas las cosas; venid a reinar en mi alma. Haced que os ame como único objeto de mi amor. Deseo complaceros cuanto me fuere posible en el tiempo de vida que me reste. Bendecid, Padre mío, este mi deseo, y otorgadme la gracia de que siempre esté unido a Vos. Os consagro todos mis afectos, y de hoy en adelante quiero ser sólo vuestro, ¡oh tesoro mío, mi paz, mi esperanza, mi amor y mi todo! De Vos lo espero todo por los merecimientos de vuestro Hijo!


Reina Y Madre mía María, mi reina y mi Madre!, ayudadme con vuestra intercesión. Madre de Dios, rogad por mí.

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (5)

 


                                                                   CAPÍTULO 5

De cuánto debemos huir los regalos de la carne; y cómo es peligrosísimo enemigo; y de qué medios nos habemos de aprovechar para vencerlo.


La carne habla regalos y deleites; unas veces claramente, y otras debajo de título de necesidad. Y la guerra de esta enemiga, allende [además] de ser muy enojosa, es más peligrosa, porque combate con deleites, que son armas más fuertes que otras. Lo cual parece en que muchos han sido de los deleites vencidos, que no lo fueron por dineros, ni honras, ni recios tormentos. Y no es maravilla, pues es su guerra tan escondida y tan a traición, que es menester mucho aviso para se guardar de ella. ¿Quién creerá que debajo de blandos deleites viene escondida la muerte, y muerte eterna, siendo la muerte lo más amargo que hay, y los deleites el mismo sabor? Copa de oro y ponzoña de dentro, es el falso deleite, con el cual son embriagados los hombres que no miran sino a la apariencia de fuera. Traición es de Joab que abrazando a Amasás lo mató (2 Reg., 20, 9); y de Judas, que con falsa paz entregó a la muerte a su bendito Maestro (Lc., 22, 47). Y así es, que en bebiendo del deleite del pecado mortal, muere Cristo en el alma; y Él muerto, el ánima muere; porque la vida de ella viene de Él. Y así dice San Pablo (Rom., 8, 13): Si según la carne viviéredes, moriréis. Y en otra parte (1 Tim., 6, 6): La viuda que en deleites está, viviendo está muerta; viva en la vida del cuerpo, y muerta en la del ánima. Y cuanto la carne es a nos más conjunta, tanto más nos conviene temerla; pues el Señor dice (Mt., 10, 36) que los enemigos del hombre son los de su casa; y ésta no sólo es de casa, mas de dos paredes que tiene nuestra casa, ella es la una.


Y por esta y otras causas que hay, dijo San Agustín que «la pelea de la carne es continua, y la victoria dificultosa»; y quien quisiere salir vencedor, de muchas y muy fuertes armas le conviene ir armado. Porque la preciosa joya de la castidad no se da a todos, mas a los que con muchos sudores de importunas oraciones y de santos trabajos la alcanzan de nuestro Señor. El cual quiso ser envuelto en sábana limpia de lienzo, que pasa por muchas asperezas para venir a ser blanco; para dar a entender que el varón que desea alcanzar o conservar el bien de la castidad, y aposentar a Cristo en sí como en otro sepulcro, conviene le con mucha costa y trabajos ganar esta limpieza: la cual es tan rica que, por mucho que cueste, siempre se compra barato.


Y así como se piden otros trabajos más ásperos de penitencia y satisfacción al que mucho ha ofendido a nuestro Señor que a quien menos, así, aunque a todos los que en esta carne viven convenga temerla, y guardarse de ella, y enfrenarla, y regirla con prudente templanza, mas los que particularmente son de ella guerreados, particulares remedios y trabajos han menester. Por tanto, quien esta necesidad sintiere en sí mismo, debe primeramente tratar con aspereza su carne, con apocarle la comida y el sueño, con dureza de cama, y de cilicios, y otros convenientes medios con que la trabaje. Porque, según San Jerónimo dice: «Con el ayuno se sanan las pestilencias de la carne»; y San Hilarión, que decía a su propia carne: «Yo te domaré y haré que no tires coces, sino que, de hambrienta y trabajada, pienses antes en comer que en retozar.» Y San Jerónimo aconseja a Eustoquio [hija de Santa Paula, discípula de S. Jerónimo], virgen, que aunque ha sido criada con delicados manjares, tenga gran cuenta con la abstinencia y trabajos del cuerpo, afirmándole que sin esta medicina no podrá poseer la castidad. Y si de aqueste tratamiento se sigue flaqueza a la carne, o daño a la salud, responde el mismo San Jerónimo en otra parte: «Más vale que duela, el estómago, que no el alma; y mejor es que mandes al cuerpo, que no que le sirvas; y que tiemblen las piernas de flaqueza, que no que vacile la castidad.» Verdad es que en otra parte dice que no sean los ayunos tan excesivos, que debiliten el estómago; y en otra parte reprende a algunos que él conoció haber corrido peligro de perder el juicio por la mucha abstinencia y vigilias.


Para estas cosas no se puede dar una general regla que cuadre a todos; pues unos se hallan bien con unos medios, y otros no; y lo que daña a uno en su salud, a otro no. Y una cosa es ser la guerra tan grande, que pone al hombre a riesgo de perder la castidad, porque entonces a cualquier riesgo conviene poner el cuerpo por quedar con la vida del alma; y otra cosa es pelear con una mediana tentación, de la cual no se teme tanto peligro ni ha menester tanto trabajo para la vencer. Y el tomar en estas cosas el medio que conviene, está a cargo del que fuere guía prudente de la persona tentada; habiendo de parte de entrambos humilde oración al Señor, para que dé en ello su luz. Y pues San Pablo (1 Cor., 9, 27), vaso de elección, no se fía de su carne, mas dice que la castiga y la hace servir, porque predicando él a otros que sean buenos, no sea él hallado malo cayendo en algún pecado, ¿cómo pensaremos nosotros, que seremos castos sin castigar nuestro cuerpo, pues tenemos menos virtud que él, y mayores causas para temer? Muy mal se guarda la humildad entre honras, y templanza entre abundancia, y castidad entre los regalos. Y si sería digno de escarnio quien quisiese apagar el fuego que arde en su casa y él mismo le echase leña muy seca, muy más digno de escarnio, es quien por una parte desea la castidad, y por otra hinche de manjares y de regalo su carne, y se da a la ociosidad; porque estas cosas no sólo no apagan el fuego encendido, mas bastan a encenderlo a quien muy apagado lo tuviere. Y pues el Profeta Ezequiel (16, 49) da testimonio que la causa por que aquella desventurada ciudad de Sodoma llegó a la cumbre de tan abominable pecado, fue la hartura y abundancia de pan y ociosidad que tenía, «quién osará vivir en regalos ni ocio, ni aun verlos de lejos, pues los que fueron bastantes a hacer el mayor mal, con más facilidad harán los menores". Ame, pues, la templanza y mal tratamiento de su carne quien es amador de la castidad; porque si lo uno quiere tener sin lo otro, no saldrá con ello, mas antes se quedará sin entrambas cosas. Que a los que Dios juntó, ni los debe el hombre querer apartar (Mt., 19, 6), ni puede aunque quiera.


Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (6)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


XI. ¿No es justo que San Agustín llame a la envidia un pecado diabólico? peccatum diabolicum, puesto que los envidiosos hacen precisamente lo que el demonio le hizo a nuestro primer padre. Ardía de rabia y de envidia, al ver que Dios había creado al hombre y lo había rodeado de tanta grandeza y de dicha. ¿Qué hizo entonces Satanás? Usó tantos trucos y artificios, que logró hacerlo caer de su glorioso estado. Esto es precisamente lo que hace el envidioso con su prójimo. Si lo ve elevado y feliz, utiliza todos los medios para hacerlo caer. El diablo ama el mal; además, encuentra su tormento en la felicidad del hombre: esto sigue siendo lo que sucede en el corazón de los envidiosos. San Juan Crisóstomo dice algo más fuerte (Hom. 44. ad pop.), y llega incluso a declarar al envidioso peor que el diablo: Invidi daemonibus pares, immo forte pejores. Pero ¿de que manera es peor la malicia de un envidioso que la del diablo? En esto que, responde el Santo, el envidioso descarga su veneno contra los de su naturaleza y especie, cosa que el demonio no hace. El demonio arde de envidia contra los hombres, los odia, los persigue, pero no siente odio contra los otros demonios. En cambio los hombres se envidian unos a otros, se lamentan por el bien de sus semejantes y se regocijan en sus desgracias: Invicem invidentes, invicem provocantes (Gál. 5. 26). Por tanto, oh hombre envidioso, eres más malvado en un sentido que el demonio, y aparte de su obstinación y su impenitencia, eres más demonio que el demonio mismo. ¿Y no te sonrojas de un vicio tan abominable y tan indigno de tu grandeza?


XII. Y sin embargo, ¿quién lo creería? este vicio diabólico es tan contrario a la humanidad, a la sociedad, a la caridad cristiana, tan detestable a los ojos de Dios, tan cruel con el prójimo, es el vicio de una infinidad de personas, un vicio común entre los hombres. No hay enfermedad más mortal que la peste, y sin embargo, no hay ninguna que se propague tan fácilmente y que infecte a más personas. Asimismo, no hay nada más odioso, más indigno que la envidia, y sin embargo no hay nada que se comunique con tanta facilidad. San Agustín nos asegura que hay muy pocos hombres que estén libres de este vicio. Porque, dice, cada hombre se encuentra en uno de estos tres estados, o igual, o superior o inferior. El igual envidia a su igual, porque lo ve caminando al unísono con él, y le gustaría adelantarse a él. El inferior envidia al superior, porque lo ve más alto que él, y que le gustaría igualarlo. El superior envidia al inferior, porque teme que algún día logre ser igual a él. No hay edad, género, estado, condición o lugar donde la envidia no lleve su veneno. Si vais a la corte de los príncipes, a los palacios de los grandes, encontraréis casi tanta gente envidiosa allí como tantos cortesanos y sirvientes hay. Todos quieren ponerse delante; todos buscan aspirar; todos temen que otros reciban favores especiales; todos buscan suplantar o perder a sus rivales. El profeta Daniel nos proporciona una prueba (14, 30). Fue el ministro más fiel de su rey y lleno de piedad para con Dios. Su misma piedad sirvió como un pretexto para que otros cortesanos lo condenaran; y si Dios no lo hubiera preservado, habría llegado a ser presa de leones y víctima inocente del deseo más infernal.

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (8)

 


                                                   TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                      BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                      PUNTO SEGUNDO
               La vida es corta: luego los bienes de este mundo son pura vanidad


Exclamaba el rey Exequias: Mi vida ha sido cortada como por tejedor. Mientras se estaba aún formando, me cortó (Is., 38, 12). ¡Oh, a cuántos que están tramando la tela de su vida, ordenando y persiguiendo previsoramente sus mundanos designios, los sorprende la muerte y lo rompe todo! Al pálido resplandor de la última luz se oscurecen y huyen todas las cosas de la tierra: aplausos, placeres, grandezas y galas... ¡Gran secreto de la muerte! Ella sabe mostrarnos lo que no ven los amantes del mundo. Las más envidiadas fortunas, las mayores dignidades, los magníficos triunfos, pierden todo su esplendor cuando se les contempla desde el lecho de muerte. La idea de cierta falsa felicidad que nos habíamos forjado se trueca entonces en desdén contra nuestra propia locura. La negra sombra de la muerte cubre y oscurece hasta las regias dignidades.



Ahora las pasiones nos presentan los bienes del mundo muy diferentes de lo que son. Mas la muerte los descubre y muestran como son en sí humo, fango, vanidad y miseria. .. ¡Oh Dios! ¿De qué sirven después de la muerte las riquezas, dominios y reinos, cuando no hemos de tener más que un ataúd de madera y una mortaja que apenas baste para cubrir el cuerpo? ¿De qué sirven los honores, si sólo nos darán un fúnebre cortejo o pomposos funerales, que si el alma está perdida, de nada le aprovecharán? ¿De qué sirve la hermosura del cuerpo, si no quedan más que gusanos, podredumbre espantosa y luego un poco de infecto polvo?



Me ha puesto como por refrán del vulgo, y soy delante de ellos un escarmiento (Jb., 17, 6). Muere aquel rico, aquel gobernante, aquel capitán, y se habla de él en dondequiera. Pero si ha vivido mal, vendrá a ser murmurado del pueblo, ejemplo de la vanidad del mundo y de la divina justicia, y escarmiento de muchos. Y en la tumba confundido estará con otros cadáveres de pobres. Grandes y pequeños allí están (J., 3, 18). ¿Para qué le sirvió la gallardía de su cuerpo, si luego no es más que un montón de gusanos? ¿Para qué la autoridad que tuvo, si los restos mortales se pudrirán en el sepulcro, y si el alma está arrojada a las llamas del infierno? ¡Oh, qué desdicha ser para los demás objeto de estas reflexiones, y no haberlas uno hecho en beneficio propio!


Convenzámonos, por tanto, de que para poner remedio a los desórdenes de la conciencia no es tiempo hábil el tiempo de la muerte, sino el de la vida. Apresurémonos, pues, a poner por obra enseguida lo que entonces no podremos hacer. Todo pasa y fenece pronto (1 Co., 7, 29). Procuremos que todo nos sirva para conquistar la vida eterna.



AFECTOS Y PETICIONES

Oh Dios de mi alma, oh bondad infinita! Tened compasión de mí, que tanto os he ofendido. Harto sabía que pecando perdería vuestra gracia, y quise perderla. ¿Me diréis, Señor, lo que debo hacer para recuperarla?... Si queréis que me arrepienta de mis pecados, de ellos me arrepiento de todo corazón, y desearía morir de dolor por haberlos cometido. Si queréis que espere vuestro perdón, lo espero por los merecimientos de vuestra Sangre. Si queréis que os ame sobre todas las cosas, todo lo dejo, renuncio a cuantos placeres o bienes puede darme el mundo, y os amo más que a todo, ¡oh amabilísimo Salvador mío! Si aún queréis que os pida alguna gracia, dos os pediré: que no permitáis os vuelva a ofender; que me concedáis os ame de veras, y luego hacer de mí lo que quisiereis.


¡Oh María, esperanza de mi alma, alcanzadme estas dos gracias. Así lo espero de Vos.

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (4)

 



                                                                    CAPÍTULO 4

En qué grado y por qué fin es lícito desear la humana honra; y del grandísimo peligro que hay en los oficios honrosos y de mando.



Para que mejor entendáis lo que se os ha dicho, habéis de saber que una cosa es amar la honra o estimación humana por sí misma y parando en ella, y esto es malo según se ha dicho, y otra cosa es cuando estas cosas se aman por algún buen fin, y esto no es malo.


Claro es que una persona que tiene mando o estado de aprovechar a otros, puede querer aquella honra y estima para tratar su oficio con mayor provecho de los otros; pues que si tienen en poco al que manda, tendrán en poco su mandamiento, aunque sea bueno.


Y no solamente estas personas, mas generalmente todo cristiano debe cumplir lo que está escrito (Eccli., 41, 15): Ten cuidado de la buena fama. No porque ha de parar en ella, mas porque ha de ser tal un cristiano, que quienquiera que oyere o viere su vida, dé a Dios gloria; como la solemos dar viendo una rosa, o un árbol con fruto y frescura. Esto es lo que manda el santo Evangelio (Mt., 5, 13), que luzca nuestra luz delante de los hombres, de manera que, viendo nuestras buenas obras, den gloria al celestial Padre, del cual procede todo lo bueno.


Y este intento de la honra de Dios y de aprovechar a los prójimos movió a San Pablo (2 Cor., 4) a contar de sí mismo grandes y secretas mercedes que nuestro Señor le había hecho, sin tenerse por quebrantador de la Escritura, que dice (Prov., 27): Alábete la boca ajena, y no la tuya. Porque contaba él estas sus alabanzas tan sin pegársele nada de ellas, como si no las hablara; cumpliendo él mismo lo que había dicho a los de Corinto (1 Cor., 7), que los que tienen mujeres sean como si no las tuviesen, y los que lloran como si no llorasen, con otras cosas semejantes a éstas. En lo cual quiere decir, que aquél provechosamente usa de lo temporal, próspero o adverso, gozoso o triste, que no se le pega el corazón a ello; mas pasa por ello como por cosa vana y que presto se pasa. Y cierto, cuando San Pablo contaba estas cosas de sí, con un corazón las decía, no sólo despreciador de la honra, mas amador del desprecio y deshonra por Jesucristo, cuya cruz él tenía por honra suprema (Gal., 6, 14) Y de estos tales corazones bien se puede fiar que reciban honra, o digan ellos cosas que aprovechen para tenerla; porque nunca harán estas cosas sino cuando fuere muy menester; para algún buen fin.


Más así como es cosa de mucha virtud tener la cosa cómo si no la tuviesen, y no pegarse al corazón la honra que de fuera nos dan, así es cosa dificultosa y que muy pocos la alcanzan. Porque, como San Crisóstomo dice: «Andar entre honras y no pegarse al corazón del honrado, es como andar entre hermosas mujeres sin alguna vez mirarlas con ojos no castos.» Y la experiencia nos ha mostrado que las dignidades y lugares de honra muy pocas veces han hecho de malos buenos, y muy muchas de los buenos malos; Porque para sufrir el peso de la honra y ocasiones que vienen con ella, es menester gran fuerza y virtud. Porque, según San Jerónimo dice: «Los montes más altos con mayores vientos son combatidos.» Y cierto es que se requiere mayor virtud para tener mando que para obedecer. Y no sin causa, y gran causa, nuestro soberano Maestro y Señor, que todo lo sabe, huyó de ser elegido por Rey (Jn., 6). Y pues Él no podía peligrar en estado por alto que fuese, claro está que es doctrina para nuestra flaqueza, que debe ella huir de lo peligroso, pues huyó Él, que estaba seguro.


Y si es atrevimiento muy grande, y contra el ejemplo de Cristo, recibir el estado de honra cuando lo ofrecen, ¿qué será desearlo y qué será procurarlo? Porque para decir cuánto mal es dar dineros por ello, no hay hombre que baste. Cosa es de grandísimo espanto, que pudiendo un hombre andar seguramente por tierra llana, escoja los peligros de andar por la mar; y no con bonanza, sino con tempestades continuas. Porque, según San Gregorio dice: «¿Qué otra cosa es el poderío de la alteza sino tempestad del ánima?» Y tras estos trabajos y peligros que en lugar alto hay, sucede aquélla terrible amenaza dicha por Dios, aunque de pocos oída y sentida, (Sab., 6): Juicio durísimo será hecho en los que tienen mando. ¿Qué será esto, que siendo el juicio ordinario de Dios tal, que los más estirados en la virtud tiemblan y dicen (Sal., 142, 2): No entres en juicio con tu siervo. Señor, hay gente tan atrevida que elija entrar en juicio, no cualquiera, mas estrechísimo y durísimo? Y viendo que un Rey Saúl, a quien fue el reino ofrecido de parte de Dios, sin que por ello él se ensalzase ni hiciese caso de él, y aun se escondió por no recibirlo, y fue hallado porque Dios lo manifestó (1 Reg., 10), con todo esto maltratóle tan mal la alteza de la dignidad con sus ocasiones, que habiendo precedido elegirlo Dios, y huirlo él, sucedió tan mala vida y mal fin, que debe poner temor y escarmiento a los que entran en estados de honra, aun llamados y por buena puerta, y muy mayor a los que no entran por tal.


Y cierto, es cosa de maravillar que haya gente tan tasada [escasa] en el servicio de nuestro Señor, que si les dicen que hagan algo, aunque muy bueno, andan mirando y remirando si es cosa que no les obliga a pecado mortal para no la hacer; porque dicen que son flacos, y no quieren meterse en cosas altas y de perfección, sino andar camino llano, como ellos dicen. Y éstos por una parte tan cobardes en buscar la perfecta virtud para sí mismos, que con la gracia del Señor les fuera fácil de alcanzar, por otra parte son tan atrevidos en meterse en señoríos y mandos y honras, que para usar bien de ellos y sin daño propio, es menester perfecta o aprovechada virtud, que se hacen entender que la tienen, y que darán buena cuenta del lugar alto, sin que peligren sus conciencias en lo que muchos han peligrado. Tanto ciega el deseo de la honra y mandos y de intereses humanos, que a los que no osan acometer lo fácil y seguro, hace acometer lo que está lleno de peligros y dificultad. Y los que no fían de Dios que les ayudará en las buenas obras que tocan a sí mismos, se prometen con grande osadía que los traerá Dios de la mano en lo que toca a regir a los otros, pudiendo Dios responder con mucha justicia, que pues ellos se metieron en aquel peligro, ellos se ayuden a valerse en él. Porque de estos tales dice Dios (Oseas, 8, 4): Ellos reinaron, y no por mi parecer: fueron príncipes, y yo no lo supe. Quiere decir: No lo aprobé, ni me pareció bien. Y quien mirare que desechó Dios de su mano al Rey Saúl, habiéndole el mismo Dios metido en el reino, tendrá mucha razón para desengañarse, pues que no hay quien le asegure de que no sea tan flaco como Saúl, sino la soberbia y gana del mando. Y por muy buena entrada que tenga en él, no será mejor que la de Saúl.


Razón tuvo San Agustín en decir que el lugar alto es necesario para regimiento [gobierno, régimen] del pueblo. Aunque cuando se tiene se administre como conviene, mas cuando no se tiene, no es lícito desearlo. Y él decía de sí mismo, que deseaba y procuraba salvarse en el lugar bajo, por no peligrar en el alto. Especialmente se debe esto hacer cuando el tal lugar tiene regimiento de ánimas; lo cual tiene tanta dificultad para hacerse bien, que se llama «arte de artes». Huir se deben estos peligros en cuánto buenamente fuere posible, imitando el ejemplo ya dicho, que el Señor nos dio, en huir de aceptar el reino, y el que nos han dado muchas personas santas y sabias que los han huido con todo su corazón [San Juan de Ávila rehuyó las mitras de Segovia y Granada]. Y para entrar bien en ellos ha de ser o por revelación del Señor, o por obediencia de quien lo puede mandar, o por consejo de persona que entienda muy bien la obligación del oficio y los peligros de él, y tenga el juicio de Dios delante sus ojos, y muy atrás de ellos todo respeto temporal. Y si estas condiciones no se hallaren, será menester que haya tales conjeturas de que Dios es de ello servido, que sean de tanto peso, que pueda el tal hombre fiarse, de ellas para entrar en tan grave peligro. Y con todo esto aún hay que temer; y conviene velar y suplicar al Señor, que pues guardó la entrada de mal, guarde también la salida, porque no pare en eterna condenación. Porque a muchos de los que han vivido contentos en estos estados, hemos visto morir con deseo de no los haber tenido, y con grandes temores de lo que primero, a su parecer, estaban seguros. Débese mejor parecer la verdad de las cosas temporales, cuanto el hombre más se aleja de ellas, y más se acerca al juicio de Dios, en el cual hay toda verdad.

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (5)

 



Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


IX. Pero lo que hace que la envidia sea más indigna de un cristiano es que destruye esta admirable caridad que debería unir a los hombres, y que Jesucristo trajo a la tierra, para ser el carácter distintivo de sus verdaderos discípulos. ¿Cuál es el oficio de esta santa caridad? Es, dice San Pablo, alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran: Gaudere cum gaudentibus, et flere cum flentibus. ¿Y esto por qué? Y esto, añade el Apóstol, porque todos somos miembros del mismo cuerpo del cual Jesucristo es cabeza, como en el cuerpo humano descubrimos esta unión, esta simpatía entre todos los miembros que lo componen, de modo que si uno de estos miembros sufre, todos los demás participan en su dolor; y si está sano, todos los demás se alegran; de este modo, todo cristiano debe experimentar sentimientos de tristeza y aflicción, cuando a otros les sucede alguna desgracia o algún mal; y debe regocijarse en la felicidad y prosperidad de sus hermanos al igual que se regocija de su propio bien. Éstos son los sentimientos generosos, nobles y dignos de un verdadero cristiano, y que la caridad debe inspirar. Pero la envidia produce efectos totalmente opuestos.


X. La envidia hace que los hombres se regocijen en lo que debería afligirlos y que se entristezcan por lo que debería alegrarlos. Una persona acaba de entrometerse en vuestros ambiciosos proyectos sin pensar, o tal vez lo hizo a propósito y por buenas razones. ¡Oh Dios! Pero quisieras clavarle el hierro en el pecho para vengarte, quisieras reducirla a la miseria extrema; pero la justicia humana te ata las manos. El deseo y la venganza permanece concentrada en tu corazón; ellos lo roen y lo devoran. Pero este otro no os ha desobedecido; ¿os hizo acaso algún daño? No importa: impulsado por la envidia, os afligís por su fortuna y sentís una alegría secreta y maligna por sus desgracias. Pero éste de aquí,¡ es vuestro amigo, ¿no le habéis dado siempre señales externas de estima y bondad? Sigue sin importar; la envidia hace que externamente le deseéis todo tipo de prosperidad, y que cada uno de sus éxitos sea para vos el motivo de una nueva pena. Le demostráis por fuera que simpatizáis con sus desgracias, pero sus desgracias proporcionan a vuestro corazón materia de gran alegría. ¿Cómo podrían los envidiosos llamarse a sí mismos discípulos de Jesucristo, ya que están tan lejos de practicar la caridad, la cual es su carácter distintivo?

Continuará...

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (7)

 


                                                    TERCERA CONSIDERACIÓN 
                                                        BREVEDAD DE LA VIDA


                                                                                                Quae est vita vestra? Vapor est ad módícu parens.
                                                                ¿Qué es vuestra vida? Vapor es que aparece por un poco tiempo. Jac., IV, 15.


                                                             
                                                           PUNTO PRIMERO 
                                                       La muerte viene pronto

¿Qué es nuestra vida?... Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar.


Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita. Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama —le dice— que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es el pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is., 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos. Corre hacia nosotros velocísima la muerte, y nosotros en cada instante hacia ella corremos (Jb., 9, 25). Todo este tiempo en que escribo —dice San Jerónimo— se quita de mi vida. Todos morimos, y nos deslizamos coma sobre la tierra el agua, que no se vuelve atrás (2 Reg., 14, 14). Ved cómo corre a la mar aquel arroyuelo; sus corrientes aguas no retrocederán. Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Placeres, recreos, faustos, elogios, alabanzas, todo va pasando... ¿Y qué nos queda?... Sólo me resta el sepulcro (Jb., 17, 1). Seremos sepultados en la fosa, y allí habremos de estar pudriéndonos, despojados de todo.


En el trance de la muerte, el recuerdo de los deleites que en la vida disfrutamos y de las honras adquiridas sólo servirá para acrecentar nuestra pena y nuestra desconfianza de obtener la eterna salvación... ¡Dentro de poco, dirá entonces el infeliz mundano, mi casa, mis jardines, esos muebles preciosos, esos cuadros, aquellos trajes, no serán ya para mí! Sólo me resta el sepulcro. ¡Ah! ¡Con dolor profundo mira entonces los bienes de la tierra quien los amó apasionadamente! Pero ese dolor no vale más que para aumentar el peligro en que está la salvación. Porque la experiencia nos prueba que tales personas apegadas al mundo no quieren ni aun en el lecho de la muerte que se les hable sino de su enfermedad, de los médicos a que pueden consultar, de los remedios que pudieran aliviarlos. Y apenas se les dice algo de su alma, se entristecen de improviso y ruegan que se les deje descansar, porque les duele la cabeza y no pueden resistir la conversación. Si por acaso quieren contestar, se confunden y no saben qué decir. Y a menudo, si el confesor les da la absolución, no es porque los vea bien dispuestos, sino porque no hay tiempo que perder. Así suelen morir los que poco piensan en la muerte.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Ah Señor mío y Dios de infinita majestad! Me avergüenzo de comparecer ante vuestra presencia. ¡Cuántas veces he injuriado vuestra honra, posponiendo vuestra gracia a un mísero placer, a un ímpetu de rabia, a un poco de barro, a un capricho, a un humo leve!


Adoro y beso vuestras llagas, que con mis pecados he abierto; mas por ellas mismas espero mi perdón y salud. Dadme a conocer, ¡oh Jesús!, la gravedad de la ofensa que os hice, siendo como sois la fuente de todo bien, dejándoos para saciarme de aguas pútridas y envenenadas.


¿Qué me resta de tanta ofensa sino angustia, remordimiento de conciencia y méritos para el infierno? Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo (Lc. 15, 21). No me abandones, Padre mío; verdad es que no merezco la gracia de que me llames tu hijo. Pero has muerto para salvarme... Habéis dicho, Señor: Volveos a Mi y Yo me volveré a vosotros (Zac., 1, 3). Renuncio, pues, a todas las satisfacciones. Dejo cuantos placeres pudiera darme el mundo, y me convierto a Vos. Por la sangre que por mi derramasteis, perdonadme, Señor, que yo me arrepiento de todo corazón de haberos ultrajado. Me arrepiento y os amo más que todas las cosas. Indigno soy de amaros; mas Vos, que merecéis tanto amor, no desdeñéis el de un corazón que antes os desdeñaba. Con el fin de que os amase, no me hicisteis morir cuando yo estaba en pecado.. Deseo, pues, amaros en la vida que me reste, y no amar a nadie más que a Vos. Ayudadme, Dios mío; concededme el don de la perseverancia y vuestro santo amor.


¡Oh María, refugio mío, encomendadme a Jesucristo!

Continuará...

AUDI, FILIA, ET VIDE (Beato Juan de Ávila) (3)

 



                                                                 CAPÍTULO 3 

De qué remedios nos habemos de aprovechar para desapreciar la honra vana del mundo, y de la grande fuerza que Cristo da para la poder vencer.


Mucha ayuda contra este mal nos debía ser, que la misma lumbre natural lo condene; pues nos enseña que el hombre ha de hacer obras dignas de honra, mas no por la honrar merecerla y no preciarla; y que el corazón grande debe despreciar el ser preciado y el ser despreciado; y que ninguna cosa debe tener por grande, sino la virtud.


Mas si con todo esto no tuviere el cristiano corazón para despreciar esta vanidad, alce los ojos a su Señor puesto en cruz, y verle ha tan lleno de deshonras, que si bien se pesaren, pueden competir con la grandeza de los tormentos que recibía. Y no sin causa eligió el Señor muerte con extrema deshonra, sino porque conoció cuan poderoso tirano es el amor de la honra en el corazón de muchos; que no dudan de ponerse a la muerte, y huyen del género de la muerte, si es con deshonra. Y para darnos a entender que no nos ha de espantar lo uno ni lo otro, eligió muerte de cruz, en la cual se juntan graves dolores con excesiva deshonra.


Mirad, pues, si ojos tenéis, a Cristo estimado por el más bajo de los hombres, y aviltado [(de vil), menospreciado, afrentado] con graves deshonras; unas, que la misma muerte de cruz trae consigo, pues era la más infame de todas; y otras con que particularmente ofendieron a nuestro Señor, pues ningún género de gente quedó que no se emplease en le blasfemar, despreciar e injuriar con géneros de deshonras no vistos; y veréis cuan bien cumple lo que predicando había dicho (Jn., 8): Yo no busco mi honra. Haced vos así. Y si paráredes las orejas de vuestra ánima a oír con atención aquel lastimero pregón que contra la misma inocencia se dio, pregonando a Jesucristo nuestro Señor por malhechor por las calles de Jerusalén, os confundiréis vos cuando viéredes que os honran, o cuando deseéis ser honrada; y diréis con gemido entrañable: ¡Oh Señor! ¿Vos pregonado por malo, y yo alabada por buena? ¿Qué cosa de mayor dolor? Y no sólo se os quitará la gana de la honra del mundo, mas tendréis gana de ser despreciada, por ser conforme al Señor, seguir al cual, como dice la Escritura (Ecli., 23, 38), es grande honra. Y entonces diréis con San Pablo (Gal., 6, 14): No plega [agrada] a Dios que yo me honre, sino en la cruz de Jesucristo Nuestro Señor; y desearéis cumplir lo que el mismo Apóstol dice (Hebr., 13, 13): Salgamos, a Cristo fuera de los reales, imitándole en su deshonra.


Y si es poderosa cosa el afecto de la honra vana, muy más poderosa es la medicina del ejemplo y gracia de Cristo, que de tal manera la vencen y desarraigan del corazón, que le hacen sentir que es cosa muy abominable, que viendo un cristiano al Señor de la Majestad bajarse a tales desprecios, se quede el gusano vil hinchado con amor de la honra. Por lo cual el Señor nos convida y esfuerza con su ejemplo, diciendo (Jn., 16, 33): Confiad, que yo vencí al mundo. Como si dijese: Antes que yo acá viniese, cosa recia era tomarse con el mundo engañoso, desechando lo que en él florece, y abrazando lo que él desecha; mas después que contra mí puso todas sus fuerzas, inventando nuevo género de tormentos y deshonras, todo lo cual yo sufrí sin volverles el rostro, ya no solamente pareció flaco, pues encontró con quien pudo más sufrir; mas aún queda vencido para vuestro provecho, pues con mi ejemplo que yo os di, y fortaleza que os gané, lo podréis ligeramente vencer, sobrepujar y hollar.


Mire el cristiano, que pues el mundo despreció al bendito Hijo de Dios, que es eterna Verdad y Bien sumo, no hay por qué nadie en nada le tenga, ni en nada le crea. Antes mirando que fue engañado en no conocer una tan clarísima luz, y en no honrar al que es verdaderísima honra; aquello repruebe el cristiano, que el mundo aprueba; y aquello precie y ame, que el mundo aborrece y desprecia; huyendo con mucho cuidado de ser preciado de aquel que a su Señor despreció; y teniendo por grande señal de ser amado de Cristo, el ser despreciado del mundo, con Él y por Él.


De lo cual resulta, que así como los que son de este mundo no tienen orejas para escuchar la verdad y doctrina de Dios, antes la desprecian, así el que es del bando de Cristo no las ha de tener para escuchar ni creer las mentiras del mundo. Porque ahora halague, ahora persiga, ahora prometa, ahora amenace, ahora espante, o parezca blando, en todo se engaña y quiere engañar, y con tales ojos lo debemos mirar; pues es cierto que en tantas mentiras y falsas promesas le hemos tomado, que las medias [la mitad] que un hombre dijese, en ninguna cosa nos fiaríamos de él, y a duras penas, aunque dijese verdad, le daríamos crédito. No es bien ni mal verdadero lo que el mundo puede hacer, pues no puede dar ni quitar la gracia de Dios. Ni aun en lo que parece que puede, no puede nada, pues que no puede llegar al cabello de nuestra cabeza sin la voluntad del Señor (Lc., 21, 18): y si otra cosa nos quisiere hacer entender, no le creamos. ¿Quién habrá ya que no ose pelear contra un enemigo que no puede nada?

Continuará...

Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA (4)

 


Instrucción religiosa sobre el pecado de la ENVIDIA
(Sacado de Instrucciones morales sobre la Doctrina Cristiana, por Ildefonso de Bressanvido O.F.M., tomo cuarto, Paris, 1853).


VII. Ahora bien, ¡cuán indigno de un cristiano es tal pecado! ¡Cuán ignominioso es para un discípulo de Jesucristo! Este pecado es tan vil, y los caracteres de infamia que lleva consigo son tales, que aquellos mismos que son más culpables, buscan mostrarse inocentes, porque entienden que no pueden tener envidia, sin violar todas las leyes, naturales, divinas y humanas; lo cual es fácil de concebir. Todo cristiano es un hombre dotado de razón; según la ley natural, debe tener sentimientos de humanidad hacia otros hombres. Todo cristiano es miembro de una comunidad ; según las leyes civiles y humanas, debe mantener la unión y no romper los lazos que le unen a la sociedad. Todo cristiano ha llegado a ser miembro de Jesucristo por la gracia del santo bautismo: por lo tanto está obligado, por esta ley de la gracia, a practicar la caridad hacia los demás miembros del mismo cuerpo. Pero ¿qué humanidad, qué espíritu de unión y de caridad encontraremos nosotros en un envidioso? No puede tener ninguna humanidad hacia otros hombres, puesto que la envidia le reduce a la condición de las fieras salvajes, y lo hace aún más cruel, según San Juan Crisóstomo. ¿Lo dudas? dijo el Santo; aquí está la prueba: a veces se lanzan sobre nosotros bestias feroces; pero esto es cuando las hemos provocado, o cuando son empujadas por el hambre. El envidioso, por el contrario, arremete contra su prójimo sin haber sido provocado ni empujado por ninguna necesidad. No perdona ni a sus amigos, ni siquiera a sus benefactores; el envidioso se entrega a todos los transportes de su vil pasión contra quienes envidia. ¿Puede haber algo más ignominioso para el hombre y más indigno de él, que caer así de la cualidad de un ser razonable y descender hasta la condición animalesca?


VIII. ¿Qué unión puede entonces tener un hombre envidioso con los otros miembros de su comunidad, con los habitantes del mismo país, de la misma ciudad? No puede tener ninguna, porque le gustaría estar solo en el mundo y no puede tolerar ningún competidor ni ningún rival. A este comerciante le gustaría estar solo para negociar, para vender y comprar. Este trabajador, este artesano quisiera hacer todo el trabajo del lugar él mismo. ¡Qué indignidad, qué bajeza del alma! El famoso Casiodoro dijo algo que debería hacer sonrojar a cualquier persona envidiosa. En todos los demás lugares, dijo, encuentro unión; la encuentro incluso entre los pájaros, que hacen un pequeño cuerpo de la sociedad con los de su especie, mas no encuentro esta unión entre hombres. El buitre, que se alimenta de cadáveres, no daña a los pájaros pequeños: los defiende aun contra el halcón que los persigue. Pero no ocurre así con la mayoría de los hombres cuando están animados por el espíritu de la envidia. Sólo buscan engañarse unos a otros. A éste gustaría alcanzar este puesto, este trabajo para el que tiene los talentos necesarios, pero el otro le cierra el camino y le priva de toda esperanza. Éste, por su cansancio y por medios justos y lícitos, trabaja para obtener cosas necesarias para mantener a su familia; el otro está estudiando en secreto cómo logrará arruinarlo. En una palabra, en lugar de la buena armonía que debería existir en la sociedad, sólo veo entre los hombres odio, celos, enemistades y divisiones, hasta el punto de que no perdonan ni siquiera a aquellos de su condición, ni a los miembros de su familia. (Lib. de Am. c.6).

Continuará...