DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (4 y última)

 



28. Nadie, con todo eso, se admire de que no se hayan todavía resuelto y vencido todas las dificultades, sino que aún hoy haya graves problemas que preocupan no poco los ánimos de los exegetas católicos. Y en este caso no hay que decaer de ánimo, ni se debe olvidar que en las disciplinas humanas no acontece de otra manera que en la naturaleza, a saber, que los comienzos van creciendo poco a poco y que no pueden recogerse los frutos sino después de muchos trabajos. Así ha sucedido que algunas disputas que en los tiempos anteriores se tenían sin solución y en suspenso, por fin en nuestra edad, con el progreso de los estudios, se han resuelto felizmente. Por lo cual tenemos esperanza de que aun aquellas que ahora parezcan sumamente enmarañadas y arduas lleguen por fin, con el constante esfuerzo, a quedar patentes en plena luz. Y si la deseada solución se retarda por largo tiempo y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode, siendo, como es, justo que también a nosotros nos toque lo que los Padres, y especialmente San Agustín [30], avisaron en su tiempo, a saber: que Dios con todo intento sembró de dificultades los sagrados libros, que El mismo inspiró, para que no sólo nos excitáramos con más intensidad a resolverlos y escudriñarlos, sino también, experimentando saludablemente los límites de nuestro ingenio, nos ejercitáramos en la debida humildad. No es, pues, nada de admirar si de una u otra cuestión no se haya de tener jamás respuesta completamente satisfactoria, siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestro tiempo y de nuestra experiencia, y pudiendo también la exégesis, como las demás disciplinas más graves, tener sus secretos, que, inaccesibles a nuestros entendimientos, no pueden descubrirse con ningún esfuerzo,




29. Con todo, en tal condición de cosas, el intérprete católico, movido por un amor eficaz y esforzado de su ciencia y sinceramente devoto a la santa Madre Iglesia, por nada debe cejar en su empeño de emprender una y otra vez las cuestiones difíciles no desenmarañadas todavía, no solamente para refutar lo que opongan los adversarios, sino para esforzarse en hallar una explicación sólida que, de una parte, concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y expresamente con lo por ella enseñado acerca de la inmunidad de todo error en la Sagrada Escritura, y de otra satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y por lo que hace a los conatos de estos esforzados operarios de la viña del Señor, recuerden todos los demás hijos de la Iglesia que no sólo se han de juzgar con equidad y justicia, sino también con suma caridad; los cuales, a la verdad, deben estar alejados de aquel espíritu poco prudente con el que se juzga que todo lo nuevo, por el solo hecho de serlo, deba ser impugnado o tenerse por sospechoso.





30. Porque tengan, en primer término, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina de fe y costumbres, y que entre las muchas cosas que en los sagrados libros, legales, históricos, sapienciales y proféticos, se proponen, son solamente pocas aquellas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, ni son muchas aquellas sobre las que haya unánime consentimiento de los Padres. Quedan, pues, muchas, y ellas muy graves, en cuyo examen y exposición se puede y debe libremente ejercitar la agudeza y el ingenio de los intérpretes católicos, a fin de que cada uno, conforme a sus fuerzas, contribuya a la utilidad de todos, al adelanto cada día mayor de la doctrina sagrada y a la defensa y honor de la Iglesia. Esta verdadera libertad de los hijos de Dios, que retenga fielmente la doctrina de la Iglesia y, como don de Dios, reciba con gratitud y emplee todo cuanto aportare la ciencia profana, levantada y sustentada, eso sí, por el empeño de todos, es condición y fuente de todo fruto sincero y de todo sólido adelanto en la ciencia católica, como preclaramente lo amonesta nuestro antecesor, de feliz recordación, León XIII cuando dice: «Si no es con la conformidad de los ánimos y establecidos en firme los principios, no será posible esperar, de los esfuerzos aislados de muchos, grandes frutos en esta ciencia»[31].



                       




31. Quien considerare aquellos enormes trabajos que la exégesis católica se ha echado sobre sí por casi dos mil años, para que la palabra de Dios concedida a los hombres por las Sagradas Letras se entienda cada día con más profundidad y perfección y sea más ardientemente amada, fácilmente se persuadirá de que a los fieles de Cristo, y sobre todo a los sacerdotes, incumbe la grave obligación de servirse abundante y santamente de este tesoro, acumulado durante tantos siglos por los más excelsos ingenios. Porque los sagrados libros no se los dio Dios a los hombres para satisfacer su curiosidad o para suministrarles materia de estudio e investigación, sino, como lo advierte el Apóstol, para que estos divinos oráculos nos pudieran instruir para la salud por la fe que es en Cristo Jesús y a fin de que el hombre de Dios fuese perfecto y estuviese apercibido para toda obra buena (cf. 2Tim 3, 15,17). Los sacerdotes, pues, a quienes está encomendado el cuidado de la eterna salvación de los fieles, después de haber indagado ellos con diligente estudio las sagradas páginas y habérselas hecho suyas con la oración y meditación, expongan cuidadosamente estas soberanas riquezas de la divina palabra en sermones, homilías y exhortaciones; confirmen asimismo la doctrina cristiana con sentencias tomadas de los sagrados libros, ilústrenla con preclaros ejemplos de la historia sagrada, y expresamente del Evangelio de Cristo Nuestro Señor, y todo esto evitando con cuidado y diligencia aquellas acomodaciones propias del capricho individual y sacadas de cosas muy ajenas al caso, lo cual no es uso, sino abuso de la divina palabra —expónganlo con tanta elocuencia, con tanta distinción y claridad, que los fieles no sólo se muevan y se inflamen a poner en buen orden su vida, sino que conciban también en sus ánimos suma veneración a la Sagrada Escritura. Por lo demás, esta veneración procúrenla aumentar más y más cada día los sagrados prelados en los fieles encomendados a ellos, dando auge a todas aquellas empresas con las que varones llenos de espíritu apostólico se esfuerzan loablemente en excitar y fomentar entre los católicos el conocimiento y amor de los sagrados libros. Favorezcan, pues, y presten su auxilio a todas aquellas pías asociaciones que tengan por fin editar y difundir, entre los fieles, ejemplares impresos de las Sagradas Escrituras, principalmente de los Evangelios, y procurar con todo empeño que en las familias cristianas se tenga ordenada y santamente cotidiana lectura de ellas: recomienden eficazmente la Sagrada Escritura, traducida en la actualidad a las lenguas vulgares con aprobación de la autoridad de la Iglesia, ya de palabra, ya con el uso práctico, cuando lo permiten las leyes de la liturgia; y o tengan ellos, o procuren que las tengan otros sagrados oradores de gran pericia, disertaciones o lecciones de asuntos bíblicos. Y por lo que atañe a las revistas que periódicamente se editan en varias partes del mundo con tanta loa y tantos frutos de estas investigaciones, o al ministerio sagrado o a la utilidad de los fieles, todos los sagrados ministros préstenles su ayuda, según sus fuerzas, y divúlguenlos oportunamente entre los varios grupos y clases de su grey. Y los mismos sacerdotes en general estén persuadidos de que todas estas cosas, y todas las demás por el estilo que el celo apostólico y el sincero amor de la divina palabra inventare a propósito para este designio, han de serles un eficaz auxiliar en el cuidado de las almas.





32. Pero a nadie se le esconde que todo esto no pueden los sacerdotes llevarlo a cabo debidamente si primero ellos mismos, mientras permanecieron en los seminarios, no bebieron este activo y perenne amor de la Sagrada Escritura. Por lo cual, los sagrados prelados, sobre quienes pesa el paternal cuidado de sus seminarios, vigilen con diligencia para que también en este punto nada se omita que pueda ayudar a la consecución de este fin. Y los maestros de Sagrada Escritura de tal manera lleven a cabo en los seminarios la enseñanza bíblica, que armen a los jóvenes que han de formarse para el sacerdocio y para el ministerio de la divina palabra con aquel conocimiento de las divinas Letras y los imbuyan en aquel amor hacia ellas sin los cuales no se pueden obtener abundantes frutos de apostolado. Por lo cual la exposición exegética atienda principalmente a la parte teológica, evitando las disputas inútiles y omitiendo aquellas cosas que nutren más la curiosidad que la verdadera doctrina y piedad sólida; propongan el sentido llamado literal y, sobre todo, el teológico con tanta solidez, explíquenlo con tal competencia e incúlquenlo con tal ardor, que en cierto modo sus alumnos experimenten lo que los discípulos de Jesucristo que iban a Emaús, los cuales, después de oídas las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No es cierto que nuestro corazón se abrasaba dentro de nosotros mientras nos descubría las Escrituras? (Lc 24, 32). De este modo, las divinas Letras sean para los futuros sacerdotes de la Iglesia, por un lado fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno, y por otro, alimento y fuerza del sagrado cargo de predicar que han de tomar a su cuenta. Y, a la verdad, si esto llegaren a conseguir los profesores de esta gravísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría que han contribuido en sumo grado a la salud de las almas, al adelanto de la causa católica, al honor y gloria de Dios, y que han llevado a término una obra la más íntimamente unida con el ministerio apostólico.



                                           




33. Estas cosas que hemos dicho, venerables hermanos y amados hijos, si bien en todas las épocas son necesarias, urgen, sin duda, mucho más en nuestros luctuosos tiempos, mientras los pueblos y las naciones casi todas se sumergen en un piélago de calamidades, mientras la gigantesca guerra acumula ruinas sobre ruinas y muertes sobre muertes, y mientras, excitados mutuamente los odios acerbísimos de los pueblos, vemos con sumo dolor que en no pocos se extingue no sólo el sentido de la cristiana benignidad y caridad, sino aun el de la misma humanidad. Ahora bien a estas mortíferas heridas de las relaciones humanas, ¿quién otro puede poner remedio sino Aquel a quien el Príncipe de los Apóstoles, lleno de amor y de confianza, invoca con estas frases: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,69). Es, pues, necesario reducir a todos y con todas las fuerzas a este misericordiosísimo Redentor nuestro; porque El es el divino consolador de todos los afligidos; El es quien a todos —sea que presidan con pública autoridad, sea que estén sujetos con el deber de obediencia y sumisión— enseña la probidad digna de este nombre, la justicia integral y la caridad generosa; El es, finalmente, y sólo El, quien puede ser firme fundamento y sostén de la paz y de la tranquilidad. Porque nadie puede poner otro fundamento fuera del puesto, que es Cristo Jesús (1Cor 3,11). Y a este Cristo, autor de la salud, tanto más plenamente le conocerán los hombres, tanto más intensamente le amarán, tanto más fielmente le imitarán cuanto con más afición se sientan movidos al conocimiento y meditación de las Sagradas Letras, especialmente del Nuevo Testamento. Porque, como dijo el Estridonés, «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo»[32], y «si algo hay que en esta vida interese al hombre sabio y le persuada a permanecer con igualdad de ánimo entre los aprietos y torbellinos del mundo, creo que más que nada es la meditación y ciencia de las Escrituras»[33]. Porque de aquí sacarán los que se ven fatigados y oprimidos con adversidades y ruinas verdadero consuelo y divina virtud para padecer, para aguantar; aquí, en los santos Evangelios, se presenta a todo Cristo, sumo y perfecto ejemplar de justicia, caridad y misericordia; y al género humano, desgarrado y trepidante, le están abiertas las fuentes de aquella divina gracia; postergada la cual y dejada a un lado, no podrán los pueblos ni los directores de los pueblos iniciar ni establecer ninguna tranquilidad de situación ni concordia de los ánimos; allí, finalmente. aprenderán todos a Cristo, que es la cabeza de todo principado y potestad (Col 2,10) y que fue hecho para nosotros por Dios sabiduría y justicia y santificación y redención (1Cor 1,30).


                                                                * * *



34. Expuestas, pues, y recomendadas aquellas cosas que tocan a la adaptación de los estudios de las Sagradas Escrituras a las necesidades de hoy, resta ya, venerables hermanos y amados hijos, que a todos y cada uno de aquellos cultivadores de la Biblia que son devotos hijos de la Iglesia y obedecen fielmente a su doctrina y normas, no sólo les felicitemos con ánimo paternal por haber sido elegidos y llamados a cargo tan excelso, sino que también les demos nuevo aliento para que continúen en cumplir con fuerzas cada día renovadas, con todo empeño y con todo cuidado la obra felizmente comenzada. Excelso cargo, decimos. ¿Qué hay, en efecto, más sublime que escudriñar, explicar, proponer a los fieles, defender contra los infieles la misma palabra de Dios, dada a los hombres por inspiración del Espíritu Santo? Se apacienta y nutre con este alimento espiritual el mismo espíritu del intérprete «para recuerdo de la fe, para consuelo de la esperanza, para exhortación de la caridad» [34]. «Vivir entre estas ocupaciones, meditar estas cosas, no conocer, no buscar nada más, ¿no os parece que es un goce anticipado en la tierra del reino celeste?»[35]. Apaciéntense también con este mismo manjar las mentes de los fieles, para sacan de él conocimiento y amor de Dios y el propio aprovechamiento y felicidad de sus almas. Entréguense, pues, de todo corazón a este negocio los expositores de la divina palabra. «Oren para entender»[36], trabajen para penetrar cada día con más profundidad en los secretos de las sagradas páginas; enseñen y prediquen, para abrir también a otros los tesoros de la palabra de Dios. Lo que en los siglos pretéritos llevaron a cabo con gran fruto aquellos preclaros intérpretes de la Sagrada Escritura, emúlenlo también, según sus fuerzas, los intérpretes del día, de tal manera que, como en los pasados tiempos, así también al presente tenga la Iglesia eximios doctores en exponer las divinas Letras; y los fieles de Cristo, gracias al trabajo y esfuerzo de ellos, perciban toda la luz, fuerza persuasiva y alegría de las Sagradas Escrituras. Y en este empleo, arduo en verdad y grave, tengan también ellos por consuelo los santos libros (1 Mac 12,9) y acuérdense de la retribución que les espera: toda vez que aquellos que hubieren sido sabios brillarán como la luz del firmamento, y los que enseñan a muchos la justicia, como estrellas por toda la eternidad (Dan 12,3).



35. Entretanto, mientras a todos los hijos de la Iglesia, y expresamente a los profesores de la ciencia bíblica, al clero joven y a los sagrados oradores ardientemente les deseamos que, meditando continuamente los oráculos de Dios, gusten cuán bueno y suave es el espíritu del Señor (cf. Sab 12,1) a vosotros todos y a cada uno en particular, venerables hermanos y amados hijos, como prenda de los dones celestes y testimonio de nuestra paterna benevolencia, os impartimos de todo corazón en el Señor la bendición apostólica.



Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 del mes de septiembre, en la Festividad de San Jerónimo, Doctor Máximo en exponer las Sagradas Escrituras, el año 1943, quinto de nuestro pontificado.

PÍO PP. XII



                                                  




Notas



[1] Ses.4 decr.l, en Ench. Bibl. n.45.

[2] Ses.3 c.2, en Ench. Bibl. n.62.

[3] Sermo ad alumnos Seminariorum... in Urbe (die 24 iunii 1939): AAS 31 (1939) 245-251.

[4] Cf. q.70 a.l ad 3.

[5] De Gen. ad lilt. 2,9,20: PL 34,270s; CSEL 28 (sect.3 p.2.') p.46.

[6] Leonis XIII Acta XIII p.355 en Ench. Bibl. n.106.

[7]. Cf. Benedictus XV, enc. Spiritus Paraclitus: ASS 12 (1920) 396; Ench. Bibl. n.471.

[8] Leonis XIII Acta XIII p.357s; Ench. Bib1. n.109s.

[9] Cf. Leonis XIII Acta XIII p.328; Ench. Bibi. n.678.

[10] Litt. apost. Hierosolymae in coenobio d. d. 17 sept. 1892; Leonis XIII Acta XII p.239-241 v. p.240.

[11] Cf. Leonis XIII Acta XXII p.232ss; Ench. Bibl. n.130-141; v. n.130-132.

[12] Pontificiae Commissionis de Re biblica Litterae ad Excmos. PP. DD. Archiepiscopos et Episcopos Italiae, d. d. 20 aug. 1941: AAS 33 (1941) 465-472.

[13] Litt. apost. Scripturae Sanctae, d. d. 23 feb.. 1904; Pii X Acta I p 176-179; Ench. Bibl. n. 142-150; v. n.143-144.

[14] Cf. Litt. apost. Quoniam in re biblica, d. cl. 27 mart. 1906; Pii X Acta III p.72.76: Ench. Bibl. n.155-173; v n.155

[15] Litt. apost. Vinea electa, d. d.7 maii 1909: ASS 1 {1909) 147-449; Ench..Bibl. n. 293 306; v. 296 et 294.

[16] Cf. motu proprio Bibliorum scientia, d. d. 27 aprilis 1924: AAS 16 (1924) 180-182; Ench. Bibl. n.518-525.

[17] Epistula ad Revmum. D. Aidanum Gasquet, d. ti. 3 dec. 1907; Pii X Acta IV p.117.119; Ench. Bibl. n.285s.

[18] Const.. apost. Inter praecipuas, d. d.15 iun.1933: AAS 26 (1934) 85-87.

[19] Epist. ad Emum. Card. Cassetta Qui piam, d. d. 21 ian. 1907; Pii X Acta IV p.23-25.

[20] Litt. encicl. Spiritus Paraclitus, d. d. 15 sept. 1920: AAS 12 (1920) 385-422; Ench. Bibl. n.457 495 497 491

[21] Cf. ex. gr. S. Hieron:., Praef. in IV Evang. ad Damasum: PL 29,526-527; S. August., De doctr. christ. II 16: PL 34,42-43.

[22] De doct. christ. II 1: PL 34,36.

[23] Decr. de ediotione et usu Sacrorum Librorum; Conc. Trid. ed. Soc Goerres, t.5 p.91s.

[24] Ib., t. 10 p. 471; cf. t.5 p. 29.59.65; t.10 p.446s.

[25] Leonis XIII Acta XIII p. 345-346: Ench. Bibli. n.94-96

[26] Cf. Benedictus XV, Enc. Spiritus Paraclitus: AAS 12 (1920) 390; Ench. Bibl. n. 461.

[27] Contra Arianos I 54: PG 26,123.

[28] Comment. ad Hebr. c.1 lect.4.

[29] Cf. v. gr. In Gen. 1,4 (PG 53,34,35); In Gen. 2, 21 (PG 53,121); In Gen. 3,8 (PG 53,135); Hom. 15 in Io. ad 1, 18 (PG 56,97s)

[30] Cf. S. August., Epist. 149 ad Paulinum, n. 34 (PL 33,644); De diversis quaestionibus q. 53 n. 2 (PL 33,36); Enarr. in Ps. 146 n. 12 (PL 37, 1907)

[31] Litt. apost. Vigilantiae; Leonis XIII Acta XXII p.237: Ench. Bibl. n.130

[32] S. Hieronymus, In Isaiam, prologus: PL 24,17.

[33] Id. In Ephesios, prol. : PL 26,439.

[34] Cf. S. Aug., Contra Faustum XIII 18: PL 42,294; CSEL XXV p. 400.

[35] S. Hieron., Ep. 53,10: PL 22,549; CSEL LIV p. 643.

[36] S. Aug., De doctr. christ. III 56: PL 34,38.






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EL "PONTIFICADO" SUBVERSIVO DE PABLO 6 (Abbé de Nantes)

 



II. UN “PONTIFICADO” SUBVERSIVO



El 21 de junio de 1963, un humo blanco advirtió de la elección del sucesor de Juan 23, antes de que el cardenal Ottaviani anunciara su nombre al mundo entero: Giovanni Battista, "cardenal" Montini, que tomaría el nombre de “Pablo 6”. La elección del cónclave sorprendió sólo a las pocas personas que conocían la vida privada del elegido; para los católicos comunes, él era quien todos los medios daban como el principal papabile .




En esa fecha, algunos prelados hubieran querido que el nuevo “Pontífice” interrumpiera los trabajos del conciliábulo Vaticano 2, cuya primera sesión había desencadenado una revolución en la Iglesia. La elección del “cardenal” Montini disipó sus sabias esperanzas. Incluso antes del cónclave, el futuro elegido había declarado hábilmente que el Concilio debía continuar. Además, ¿acaso Montini no había convencido a Juan 23 de abandonar el proyecto oficial de celebrar un concilio en una sola sesión –durante la cual a los Padres sólo se les pediría ratificar los textos preparados por la Curia Romana–, en beneficio de un concilio que tendría en cuenta los deseos de los reformadores y que se extendería a lo largo de al menos tres sesiones?




El esfuerzo que el cardenal Montini había puesto para llegar a la más alta cumbre sugería que, convertido en “Papa”, impondría sus convicciones. Como aquél que se había “formado una cierta idea de Francia”, él se había formado “una cierta idea de la Iglesia”; ambos mostrarían una determinación fría y calculadora para imponerlas.




Además, Pablo 6 no podía actuar de otra manera ya que su concepción era ajena a la Tradición y a la Verdad católicas y sólo era compartida por una pequeña minoría del episcopado, como lo había demostrado el curso de la primera sesión del Concilio. Sin embargo, esta minoría se mantuvo activa, porque este estado de ánimo, que ya se llamaba el espíritu del Concilio, estaba vigente desde ese momento, en particular en el seno de la Acción Católica especializada, los partidos democristianos y ciertas escuelas teológicas, en particular la dominica y los jesuitas. Todas estas instituciones y sus dirigentes se habían beneficiado de la influyente protección del obispo Montini, cuando era el principal colaborador de S.S. Pío XII en la Secretaría de Estado.



                                             




Además, el nuevo “Papa” conocía perfectamente a la Curia, especialmente a los prelados que la dirigían, y por tanto a sus potenciales opositores; asimismo, el círculo de teólogos de renombre mundial no tenía secretos para él. Quien dio por primera vez la bendición urbi et orbi el 21 de junio de 1963 fue un hombre formado en el gobierno de la Iglesia.




Toda su habilidad consistió en hacer pasar su descabellada y herética idea de la Iglesia como fruto del Espíritu Santo. Recorramos la historia de esta maniobra maquiavélica, pero sería más exacto decir diabólica. Estamos en las antípodas de la vida de un santo, ya que vamos a presenciar el envenenamiento de la Iglesia, el comienzo de su lenta e irresistible desintegración que la convertirá en una ciudad completamente en ruinas.




La decisión de Pablo 6 de modificar el ceremonial de entronización del Soberano Pontífice era ya todo un símbolo. La ceremonia tuvo lugar por primera vez en la plaza de San Pedro, donde se eliminó el rito de entronización del nuevo “Pontífice” en la silla de San Pedro consagrada bajo la “gloria de Bernini”, en la parte trasera de la basílica. Pablo 6 fue coronado con una tiara todavía, pero rediseñada por él mismo antes del cónclave (¡claramente, pensó en todo!); su forma refinada y poco estética provocó comentarios burlones bajo el manto.





                                     





Su primera habilidad fue no publicar una encíclica inaugural, como era costumbre. Así, la ambigüedad sobre sus intenciones, que había mantenido cuidadosamente en los meses que precedieron a la muerte de Juan 23, no sólo duraría, sino que se amplificaría, desorientando completamente a los conservadores inclinados, por naturaleza y por devoción, a venerar al Sucesor de Pedro y obedecerlo sin la menor sospecha.





EL MÉTODO MONTINI
 
Desde la convocatoria de la segunda sesión, Pablo 6 utilizó lo que llamaremos el “método Montini”.
Para promover una novedad que había alentado, cuando no era directamente obra suya, adoptó, poco antes o después, una posición reaccionaria para desactivar una posible oleada conservadora. Sin embargo, nunca estuvo acompañada de sanciones o disposiciones efectivas para detener el mal; después de haber sido frenada por un momento, podría continuar propagándose con total impunidad. A continuación, se muestran algunos ejemplos.



Pablo 6 modificó el reglamento del conciliábulo el 13 de septiembre de 1963, mientras que la segunda sesión debía abrirse el día 29. Confió la presidencia de los debates a doce cardenales, dos más que en la primera sesión, pero restringió sus poderes, al nombrar cuatro cardenales responsables de dirigir los trabajos del Concilio; eligió a tres liberales y progresistas declarados, y a un cuarto, conservador moderado. Con esta simple y arbitraria modificación del reglamento, Pablo 6 concedió a la minoría progresista el control de un tercio de la presidencia de la asamblea, la mitad de la comisión de coordinación y todos los cardenales moderadores.



Además, dispuso que los comités pudieran escuchar a expertos extranjeros, a petición de tres miembros sin el acuerdo del presidente. Este último también perdió el derecho a nombrar al ponente, elegido ahora por mayoría. Por último, cualquier enmienda propuesta por cinco miembros debía ser examinada por la comisión. Quizás fue pura coincidencia, pero resultó que el grupo de obispos y teólogos progresistas que se habían reunido regularmente desde que se convocó el Concilio tenía al menos cinco miembros en cada comisión. (!)



Con esta regulación a medida, Pablo 6 dio una ventaja considerable a la minoría progresista, quince días antes de la apertura de la sesión.
El método Montini: su discurso de apertura fue, por el contrario, aparentemente conservador e insistente en asegurar falsamente a la Curia su estima y su adhesión.



                          




Un mes después, el 30 de octubre de 1963, los moderadores realizaron cinco votaciones de orientación sobre la colegialidad de los obispos. Todos ellos respaldaron abrumadoramente las orientaciones reformistas propuestas por el “cardenal” Suenens. El abbé de Nantes escribió que este día era “uno de los más oscuros en la historia de la Iglesia para los defensores de la Tradición”.




Estas votaciones fueron sólo a título orientativo, el debate no quedó cerrado. También Pablo 6 hizo algunas declaraciones moderadas, suficientes para dar esperanzas de que intervendría antes de que la novedad, que era un error doctrinal, fuera definitivamente aprobada. Sin embargo, no se culpó a los reformadores y pudieron seguir proponiendo y defendiendo sus enmiendas.




Mismo método respecto a la constitución sobre la liturgia, ambiguo sobre ciertos puntos, pero que incluye intencionadamente pasajes muy bellos: Pablo 6 suspendió su aplicación inmediatamente después de haberla aprobado, con gran descontento de los progresistas. Por motu proprio, creó una comisión para la preparación de los nuevos libros litúrgicos y decretó una vacatio legis hasta su publicación. Se produjo un desorden general: muchos se creían autorizados a innovar desde que se había adquirido el principio de cambio. ¡Tanto es así que, cuando después de cinco años, la reforma fue promulgada definitivamente, parecía reaccionaria y nadie se dio cuenta de que iba mucho más allá del texto adoptado en el Concilio!




Pablo 6, como Juan 23, insistió en ausentarse del aula conciliar para no obstaculizar la libertad de expresión de los obispos. Sin embargo, no dejó de realizar gestos simbólicos, ampliamente publicitados, que reforzaron al reformismo.



                                 




Así, en enero de 1964 emprendió su primer viaje para peregrinar a Tierra Santa. Esto obviamente requirió contacto con las autoridades judías, y también aprovechó la oportunidad para reunirse con el Patriarca cismático de Constantinopla, Atenágoras. De repente, los méritos del ecumenismo y la mejora de las relaciones con el judaísmo ya no podían cuestionarse sin que pareciera que se cuestionaba al propio “Papa”.




Continuará...




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DIVINO AFFLANTE SPIRITU de S.S. PÍO XII (3)

 




20. Es, además, muy justo esperar que también nuestros tiempos puedan contribuir en algo a la interpretación más profunda y exacta de las Sagradas Letras. Puesto que no pocas cosas, sobre todo entre las concernientes a la historia, o apenas o no suficientemente fueron explicadas por los expositores de los pasados siglos, toda vez que les faltaban casi todas las noticias necesarias para ilustrarlas mejor. Cuán difíciles fuesen y casi inaccesibles algunas cuestiones para los mismos Padres, bien se echa de ver, por omitir otras cosas, en aquellos esfuerzos que muchos de ellos repitieron para interpretar los primeros capítulos del Génesis y, asimismo, por los repetidos tanteos de San Jerónimo para traducir los Salmos de tal manera que se descubriese con claridad su sentido literal o expresado en las palabras mismas. Hay, por fin, otros libros o sagradas textos cuyas dificultades ha descubierto precisamente la época moderna desde que por el conocimiento más profundo de la antigüedad han nacido nuevos problemas, que hacen penetrar con más exactitud en el asunto. Van, pues, fuera de la realidad algunos que, no penetrando bien las condiciones de la ciencia bíblica, dicen, sin más, que al exegeta católico de nuestros días no le queda nada que añadir a lo que ya produjo la antigüedad cristiana; cuando, por el contrario, estos nuestros tiempos han planteado tantos problemas, que exigen nueva investigación y nuevo examen y estimulan no poco al estudio activo del intérprete moderno.




21. Porque nuestra edad, así como acumula nuevas cuestiones y nuevas dificultades, así también, por el favor de Dios, suministra nuevos recursos y subsidios de exégesis. Entre éstos parece digno de peculiar mención que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente del Angélico y Común Doctor, han explorado y propuesto la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica mejor y más perfectamente que como solía hacerse en los siglos pretéritos. Porque, partiendo del principio de que el escritor sagrado al componer el libro es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón, rectamente observan que él, bajo el influjo de la divina moción, de tal manera usa de sus facultades y fuerza, que fácilmente puedan todos colegir del libro nacido de su acción «la índole propia de cada uno y, por decirlo así, sus singulares caracteres y trazos»[26].



                                    




22. Así pues, el intérprete con todo esmero, y sin descuidar ninguna luz que hayan aportado las investigaciones modernas, esfuércese por averiguar cuál fue la propia índole y condición de vida del escritor sagrado, en qué edad floreció, qué fuentes utilizó, ya escritas, ya orales, y qué formas de decir empleó. Porque a nadie se oculta que la norma principal de interpretación es aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo que el escritor pretendió decir, como egregiamente lo advierte San Atanasio: «Aquí, como conviene hacerlo en todos los demás pasajes de la divina Escritura, se ha de observar con qué ocasión habló el Apóstol; se ha de atender, con cuidado y fidelidad, cuál es la persona, cuál el asunto que le movió a escribir, no sea que uno, ignorándolo o entendiendo algo ajeno a ello, vaya descarriado del verdadero sentido» [27].




23. Por otra parte, cuál sea el sentido literal, no es muchas veces tan claro en las palabras y escritos de los antiguos orientales como en los escritores de nuestra edad. Porque no es con solas las leyes de la gramática o filología ni con sólo el contexto del discurso con lo que se determina qué es lo que ellos quisieron significar con las palabras; es absolutamente necesario que el intérprete se traslade mentalmente a aquellos remotos siglos del Oriente, para que, ayudado convenientemente con los recursos de la historia, arqueología, etnología y de otras disciplinas, discierna y vea con distinción qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella edad vetusta. Porque los antiguos orientales no empleaban siempre las mismas formas y las mismas maneras de decir que nosotros hoy, sino más bien aquellas que estaban recibidas en el uso corriente de los hombres de sus tiempos y países. Cuáles fueron éstas, no lo puede el exegeta como establecer de antemano, sino con la escrupulosa indagación de la antigua literatura del Oriente.




24. Ahora bien, esta investigación, llevada a cabo en estos últimos decenios con mayor cuidado y diligencia que antes, ha manifestado con más claridad qué formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ora en la descripción poética de las cosas, ora en el establecimiento de las normas y leyes de la vida, ora, por fin, en la narración de los hechos y acontecimientos. Esta misma investigación ha probado ya lúcidamente que el pueblo israelítico se aventajó singularmente entre las demás antiguas naciones orientales en escribir bien la historia, tanto por la antigüedad como por la fiel relación de los hechos; lo cual en verdad se concluye también por el carisma de la divina inspiración y por el peculiar fin de la historia bíblica, que pertenece a la religión. No por eso se debe admirar nadie que tenga recta inteligencia de la inspiración, de que también entre los sagrados escritores, como entre los otros de la antigüedad, se hallen ciertas artes de exponer y narrar, ciertos idiotismos, sobre todo propios de las lenguas semíticas; las que se llaman aproximaciones y ciertos modos de hablar hiperbólicos; más aún, a veces hasta paradojas para imprimir las cosas en la mente con más firmeza. Porque ninguna de aquellas maneras de hablar de que entre los antiguos, particularmente entre los orientales, solía servirse el humano lenguaje para expresar sus ideas, es ajena a los libros sagrados, con esta condición, empero, de que el género de decir empleado en ninguna manera repugne a la santidad y verdad de Dios, según que, conforme a su sagacidad, lo advirtió ya el mismo Doctor Angélico por estas palabras: «En la Escritura, las cosas divinas se nos dan al modo que suelen usar los hombres» [28]. Porque así como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todas las cosas, excepto el pecado (Heb 4,15), así también las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se hicieron semejantes en todo al humano lenguaje, excepto el error; lo cual en verdad lo ensalzó ya con sumas alabanzas San Juan Crisóstomo, como una sincatábasis o «condescendencia» de Dios providente, y afirmó una y varias veces que se halla en los sagrados libros [29].



                                                   




25. Por esta razón, el exegeta católico, a fin de satisfacer a las necesidades actuales de la ciencia bíblica, al exponer la Sagrada Escritura y mostrarla y probarla inmune de todo error, válgase también prudentemente de este medio, indagando qué es lo que la forma de decir o el género literario empleado por el hagiógrafo contribuye para la verdadera y genuina interpretación, y se persuada que esta parte de su oficio no puede descuidarse sin gran detrimento de la exégesis católica. Puesto que no raras veces —para no tocar sino este punto—, cuando algunos, reprochándolo, cacarean que los sagrados autores se descarriaron de la fidelidad histórica o contaron las cosas con menos exactitud, se averigua que no se trata de otra cosa sino de aquellas maneras corrientes y originales de decir y narrar propias de los antiguos, que a cada momento se empleaban mutuamente en el comercio humano, y que en realidad se usaban en virtud de una costumbre lícita y común. Exige, pues, una justa equidad del ánimo que, cuando se encuentran estas cosas en el divino oráculo, el cual, como destinado a hombres, se expresa con palabras humanas, no se les arguya de error, no de otra manera que cuando se emplean en el uso cotidiano de la vida. Así es que, conocidas y exactamente apreciadas las maneras y artes de hablar y escribir en los antiguos, podrán resolverse muchas dificultades que se objetan contra la verdad y fidelidad histórica de las divinas Letras; ni será menos a propósito este estudio para conocer más plenamente y con mayor luz la mente del sagrado autor.





26. Así pues, nuestros cultivadores de estudios bíblicos pongan también su atención en esto con la debida diligencia, y no omitan nada de nuevo que hubieren aportado, sea la arqueología, sea la historia antigua o el conocimiento de las antiguas letras, y cuanto sea apto para mejor conocer la mente de los escritores vetustos y su manera, forma y arte de razonar, narrar y escribir. Y en esta cuestión aun los varones católicos del estado seglar tengan en cuenta que no sólo contribuyen a la utilidad de la doctrina profana, sino que son también beneméritos de la causa cristiana si se entregan, como es razón, con toda constancia y empeño a la exploración e investigación de la antigüedad y ayudan, conforme a sus fuerzas, a resolver las cuestiones de este género hasta ahora menos claras y transparentes. Porque todo conocimiento humano, aun no sagrado, así como tiene su como nativa dignidad y excelencia —por ser una cierta participación finita de la infinita ciencia de Dios—, así recibe una nueva y más alta dignidad y como consagración cuando se emplea para ilustrar con más clara luz las mismas cosas divinas.




27. Por la exploración tan adelantada, arriba referida, de las antigüedades orientales, por la investigación más esmerada del mismo texto primitivo y, asimismo, por el más amplio y diligente conocimiento, ya de las lenguas bíblicas, ya de todas las que pertenecen al Oriente, con el auxilio de Dios, felizmente ha acontecido que no pocas de aquellas cuestiones que en la época de nuestro predecesor León XIII, de inmortal recordación, suscitaron contra la autenticidad, antigüedad, integridad y fidelidad histórica de los libros sagrados los críticos ajenos a la Iglesia o también hostiles a ella, hoy se hayan eliminado y resuelto. Puesto que los exegetas católicos, valiéndose justamente de las mismas armas de ciencia de que nuestros adversarios no raras veces abusaban, han presentado, por una parte, aquellas interpretaciones que están en conformidad con la doctrina católica y la genuina sentencia heredada de nuestros mayores, y por otra parecen haberse al mismo tiempo capacitado para resolver las dificultades que a las nuevas exploraciones y nuevos inventos trajeron o la antigüedad hubiere dejado a nuestra época para su resolución. De aquí ha resultado que la confianza en la autoridad y verdad histórica de la Biblia, debilitada en algunos un tanto por tantas impugnaciones, hoy entre los católicos se haya restituido a su entereza; más aún, no faltan escritores no católicos que, emprendiendo investigaciones con sobriedad y equidad, han llegado al punto de abandonar los prejuicios de los modernos y volver, a lo menos acá y allá, a las sentencias más antiguas. El cual cambio de situación se debe en gran parte a aquel trabajo infatigable con que los expositores católicos de las Sagradas Letras, sin dejarse arredrar en modo alguno por las dificultades y obstáculos de todas clases, con todas sus fuerzas se empeñaron en usar debidamente de los medios que la investigación actual de los eruditos proporcionaba para resolver las nuevas cuestiones, ora en el campo de la arqueología, ora en el de la historia y filología.



Continuará...




                        




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