La tercera sesión del Vaticano 2, por el abbé de Nantes (parte 2)

 



LA FUNCIÓN PASTORAL DE LOS OBISPOS


Del debate sobre “la función pastoral de los obispos”, el abbé de Nantes destacó que “la nueva mística de la caridad y del servicio exige no menos, contrariamente a los “privilegios” mantenidos a los sacerdotes por el antiguo legalismo, un poder absoluto. ¡Pobres sacerdotes, objeto de tanta solicitud! Pierden sus últimas garantías contra la arbitrariedad. Mons. Parente, habiendo dicho que era necesario “sustituir la imagen excesivamente legal de la Iglesia por una imagen mística y pastoral”, nos vemos obligados a concluir que el lenguaje místico ayuda maravillosamente a derribar todos los obstáculos que el legalismo había sido capaz de mantener. ¡Y fortalecernos contra la arbitrariedad! Mons. Rupp, sin embargo, advirtió a sus colegas contra esta peligrosa tendencia, habitual en los Concilios, de concederse demasiados privilegios en detrimento de otros hombres, superiores o inferiores».




LA LIBERTAD RELIGIOSA: “UNA NEGACIÓN Y UNA APOSTASÍA”

Las discusiones sobre el esquema acerca de la “libertad religiosa” comenzaron el 23 de septiembre, durante la 86ª congregación general . “Este proyecto”, indicó el abbé de Nantes, “fue elaborado bajo la dirección del maquiavélico "cardenal" Béa, y no bajo la dirección del cardenal Ottaviani, por voluntad personal de Juan 23». Es bueno saber que antes de proponer este documento al Concilio, los reformistas habían descartado otro texto, de espíritu completamente diferente. El esquema preparatorio sobre la Iglesia, emanado de la comisión teológica, contenía un capítulo dedicado a “las relaciones entre la Iglesia y el Estado” y a la “tolerancia religiosa”, del que el cardenal Ottaviani había sido relator ante la comisión preparatoria central del Concilio. Este capítulo (…) definía la doctrina más fiable del Magisterio romano del 11 de octubre de 1962. Sin embargo, fue desechado al final de la primera sesión con todos los demás documentos preparatorios, y sólo entonces la secretaría por la Unidad, del "cardenal" Béa, pudo promover su proyecto sobre la libertad religiosa.



En el otoño del 64, después de haber sido profundamente revisado, se discutió por primera vez en el aula el proyecto del esquema “Sobre la libertad religiosa”.



“A pesar de una oposición muy fuerte contra dicho esquema”, observa el abbé de Nantes, “Pablo 6 no lo descartó. (…) Cien años después del Syllabus de S.S. Pío IX, se nos presenta ahora una concepción de la fe y de la moral completamente diferente a la de los Papas, los Obispos y el pueblo cristiano, enseñada y recibida durante ciento cincuenta años en oposición a los principios revolucionarios".



                           



“El mundo espera que la Iglesia hable en voz alta por la libertad religiosa” y esto es urgente, afirma Mons. de Smedt. Los cardenales americanos Cushing, Meyer, Ritter, el chileno Silva Henríquez, el canadiense Léger, los alemanes y los holandeses, apoyaron firmemente esta tesis. “El hombre nuevo, del que se habló mucho en el Concilio, espera de nosotros un nuevo ministerio pastoral... La Iglesia siempre ha reivindicado la libertad. Otros lo exigen de la misma manera y debemos reconocerlo... La libertad religiosa es sólo un aspecto de la libertad humana”. El cardenal Koenig, obispo de Polonia, yugoslavo, apoyó el proyecto con la esperanza de imponer a los perseguidores ateos el respeto a los principios naturales, un derecho humano, reconocido por todos y, si es necesario, garantizado por las Naciones Unidas...



“La proclamación de esta libertad religiosa debe basarse en el derecho de todo hombre, profundamente acogido por el mundo moderno, a la plena libertad de sus convicciones y de sus acciones, tanto interiores como exteriores, privadas y públicas. Se basa en la autonomía de la persona y responde así al deseo creativo porque, dice el texto, los actos libres del hombre sincero son, por tanto, siempre una respuesta a su vocación divina (!). En consecuencia, la Iglesia condena el proselitismo y no duda en reconocer sus abusos y crímenes centenarios en este ámbito. Denuncia todas las limitaciones o presiones ejercidas sobre los individuos en materia religiosa y, por tanto, rechaza cualquier acción protectora y cualquier ayuda de los Estados: ¡la Iglesia no las necesita, al contrario, son una vergüenza para ella, un compromiso...! El resultado es que la Iglesia, basando su propia libertad en los mismos derechos de cada hombre, sólo exige el derecho común y reduce sus pretensiones al mismo nivel que otras religiones, sectas o incluso –a petición del cardenal Léger– asociaciones ateas.



“La oposición a tal revolución en la Iglesia fue muy firme, muy erudita y, sin embargo, contenida dentro de los límites de concesiones y acuerdos mutuos, más apropiados para una asamblea democrática que para un Concilio donde sólo Dios manda... Los Cardenales Ottaviani, Ruffini, Bueno y Monreal, Roberti, innumerables obispos de todos los países, entre ellos monseñor Marcel Lefebvre, intentaron restablecer un poco de verdad, de orden y de respeto a la doctrina en esta inmensa obra de demolición. De hecho, a través de una evidente desautorización de la doctrina y de la disciplina de la Iglesia que se remonta a dos milenios, se adopta una filosofía moderna que hace del hombre un absoluto de derechos y libertades, sin preocupación por el bien común y en el más violento desprecio por los derechos de Dios y su Verdad. ¡Es absurdo y escalofriante! (...)



“Su Eminencia Garrone, presidente del episcopado francés, tuvo la insolente osadía de subrayar la contradicción del esquema con los documentos del Magisterio desde hace más de un siglo, para resolverla apelando a “la evolución histórica de la Iglesia”» (...)



“De hecho, este dramático debate sólo puede conducir a desastres. Era necesario evitar recordar verdades demasiado austeras si los hombres de la Iglesia eran demasiado cobardes para asumir su peso o proclamarlas con orgullo y paternidad ante el mundo moderno que no las acepta y que a consecuencia de ello muere… ¡Pero jamás discutir acerca de ellas! La Iglesia no puede distanciarse de ellas sin negación y apostasía. Estas verdades, aquí están: no hay libertad excepto la de Dios. La libertad humana perfecta pertenece sólo a Jesucristo y, en el don divino que Él le dio, a la Iglesia Católica. Sólo ella es la verdadera religión y la sociedad perfecta cuyos derechos dominan todos los poderes y todos los individuos creados. Es en virtud de su pertenencia a esta Iglesia divina y verdadera que todos los católicos tienen plena libertad de culto y apostolado en cualquier nación y estado. Es el fundamento de un absoluto y único derecho familiar, social, político e internacional. Otras religiones, al estar desprovistas de toda prueba histórica y de toda marca sobrenatural de verdad, no tienen autoridad propia y quienes las practican, aunque sean sinceros, no tienen ningún derecho especial más que el de la moral natural. Ni la Iglesia ni los Estados deberían reconocer tales religiones, ni concederles el más mínimo poder social, porque el error no establece ningún derecho real. ¡Sólo las exigencias del bien común y de la paz podrán lograr una cierta tolerancia que, por amplia que sea, será sin embargo un recurso provisional, siempre peligroso para la verdadera fe, para el bien sobrenatural de las sociedades y para la salvación de las almas!



“Por tanto, sólo debemos hablar de libertad en relación con las conciencias particulares, que no pueden ser violadas: en ningún caso podemos obligar a nadie a practicar una religión que su conciencia rechaza invenciblemente como mala; pero no se sigue de ello que esta persona pueda actuar exteriormente según su error. Además, la sociedad debe hacer todos sus esfuerzos para devolverla a la verdad y enderezarla según el bien al que Dios la llama». (...)



En aquel momento, el abbé de Nantes todavía pensaba ingenuamente que el proyecto conciliar sería revisado y parcialmente modificado, pero también lamentaba que "la opinión mundial ha escuchado a la Iglesia negar su intransigencia y exaltar la libertad como un derecho humano fundamental". Será difícil volver a la sabiduría».



                                       




“EN LAS TINIEBLAS DEL VIERNES SANTO”.  LA EXALTACIÓN DE LA RELIGIÓN JUDÍA

La declaración sobre los judíos y los no cristianos se discutió en el aula los días 28, 29 y 30 de septiembre. Su ponente, el "cardenal" Béa, afirmó desde el principio: “La opinión pública juzgará al Concilio sobre esta declaración». Se refería explícitamente a las directivas de los “Papas” Juan 23 y Pablo 6. (...)



Comentando este debate, el abbé de Nantes mostró cómo los reformistas negaban la Cruz de Cristo y su Evangelio:


“Se trata de extirpar de una vez por todas el antisemitismo del pueblo cristiano, negando radicalmente que el pueblo judío haya sido culpable de deicidio y lo siga siendo. El "cardenal" Béa expone tres argumentos para ello: el Sanedrín sólo actuó por ignorancia y no sabía que condenaba a muerte al Hijo de Dios; el pueblo judío contemporáneo ha ignorado todo lo relacionado con el asunto; y los judíos modernos realmente no tienen nada que ver con eso. He aquí un capítulo más en el que, hasta ahora, la Iglesia no ha visto con claridad, ha cometido errores monstruosos y debe ser considerada responsable de terribles persecuciones raciales.



“Los cardenales Liénart, Frings, Lercaro, Léger, Cushing, Meyer, Ritter, Koenig, todos favorables al texto propuesto, exoneraron a los judíos y condenaron los crímenes del antisemitismo cristiano. Pero aún más, se esforzaron por marcar la continuidad y la estrecha relación de las religiones judía y cristiana. Sobre todo, debe evitarse en el texto cualquier alusión a la conversión; más bien, invitamos a los judíos a “un mejor conocimiento y una mejor práctica de su religión”. (…)



“Prácticamente no hubo oposición, ¡sin duda porque los defensores de la fe no habían imaginado de antemano lo que los Obispos se atreverían a decir allí! Los orientales, sin embargo, imploraron a los Padres que renunciaran a esta declaración que podía desencadenar la persecución de los musulmanes contra las minorías católicas. Pero fue en vano». (...)



Sin embargo: “El judaísmo talmúdico es esencialmente anticristiano y el antisemitismo es sólo la reacción de este racismo provocador. Que la Iglesia olvide la Cruz de Jesús y se culpe a sí misma no solucionará el problema. Dios espera que estos desdichados finalmente se vuelvan hacia Aquel que traspasaron, con lágrimas de verdadero arrepentimiento...



“A raíz de esta increíble exaltación de la religión judía, muchos Padres pidieron que los musulmanes, los budistas, los hinduistas fueran elevados al mismo nivel, y otros señalaron que la religión animista era para todos ellos preferible, ¡porque llevaba a sus miembros al cristianismo más que las demás religiones! (…)»


Continuará...



                            



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