Las ocho herejías de Juan 23 en el discurso de apertura del Vaticano 2, por el abbé de Nantes (parte 2)

 



2. El Iluminismo pentecostal


En su homilía del domingo de Pentecostés, 3 de junio de 2001, el sucesor del Anticristo Juan Pablo 2 formuló perfectamente esta segunda herejía, haciéndola suya: “El Espíritu Santo bien puede decir que fue el protagonista del Concilio, en cuanto el Papa lo convocó, declarando que había recibido como proveniente de lo alto una voz interior que había resonado en su mente. Esta ligera brisa se convirtió en un “viento violento” y el acontecimiento conciliar tomó la forma de un renovado Pentecostés. “De hecho, es en la doctrina y en el espíritu de Pentecostés”, afirmó el Papa Juan, “que el gran acontecimiento del Concilio Ecuménico cobra sustancia y vida”.»



Palabras muy imprudentes y sumamente descaradas, que imponen creer en las enseñanzas de este falso concilio “como en un segundo Cenáculo”, “en un Pentecostés renovado”: ​​todos los expertos explotarán este exceso verbal en beneficio de sus invenciones en las distintas comisiones conciliares.



La expresión es inteligente, porque la conjunción “como” significa que es a modo de decir. Resulta extraordinariamente sugerente si consideramos que, desde el Cenáculo, donde el Señor había instituido los sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado antes de sufrir su Pasión, nació la Iglesia el día de Pentecostés del año 30, cuando descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Veinte años después, fue nuevamente en el Cenáculo donde se reunió el primero de todos los concilios, conocido como el Concilio de Jerusalén. La comparación es, por tanto, muy impresionante, muy halagadora, en boca de Juan 23, con respecto a los Padres del Concilio Vaticano 2. ¡Pero ya está bien! La palabra, nunca retractada, es demasiado atractiva, revela demasiado de la paranoia en la que Juan 23 [*y Montini-Pablo 6] envolvió este Concilio: ¡“un segundo Cenáculo”!? que hoy se convierte, en boca de Wojtyla, en “un Pentecostés renovado”!? Esto significa que entre el primero y este “segundo Cenáculo ”, no cuentan los veinte Concilios Ecuménicos y todos los demás, citados con grandes elogios al inicio de este mismo discurso hipócritamente hinchado hasta el paroxismo.



De nuevo el iluminismo, lo que Roncalli y Montini declararon sobre el valor sobrenatural de las oraciones de los herejes y cismáticos: “La Iglesia católica incluso se alegra sinceramente al ver que estas oraciones continúan multiplicando sus frutos abundantes y saludables, incluso entre aquellos que viven fuera de su seno». La misma bazofia que han repetido sus desgraciados sucesores al frente de la monstruosidad parida por ellos en el conciliábulo, de la que surgirán abominables actos de apostasía y communicatio in sacris como el pandemónium de Asís y la demoníaca adoración de la Pachamama en la misma Basílica de San Pedro.



Finalmente y sobre todo, esta visión, ¡desarrollada de antemano! de una unión sensible entre el Cielo y la tierra, en este momento sagrado, esta imagen de un "amanecer resplandeciente que se eleva sobre la Iglesia", ofrecía ya las líneas maestras de la Lumen gentium, falsa luz de un Pentecostés diabólico que evocaba irresistiblemente la misteriosa "luz espléndida" vista en sueños por San Juan Bosco en 1873, iluminando los pasos del Papa cuando salía del Vaticano "en orden de procesión", llevando detrás de él "una multitud de hombres, mujeres, niños, ancianos, monjes, monjas y sacerdotes".



                             



3. La condena autoritaria de los “profetas de calamidades”


“Sucede a menudo”, declara Juan 23, “que en el ejercicio cotidiano de Nuestro ministerio apostólico Nuestros oídos se ofenden al escuchar lo que dicen algunos que, aunque inflamados de celo religioso [concesión obligatoria, por sarcástica que sea], carecen de precisión, juicio y equilibrio en su manera de ver las cosas. En la situación actual de la sociedad, sólo ven ruinas y calamidades; acostumbran a decir que nuestra era ha empeorado profundamente respecto a los siglos pasados; se comportan como si la historia, que es maestra de la vida, no tuviera nada que enseñarles».



Calumnia pura y simple: los profetas de calamidades extraen toda su experiencia y sabiduría de las lecciones del pasado, mientras que los profetas de la felicidad construyen sus utopías, que el pasado no había inventado, en un futuro que disponen para el placer de su locura. Hoy, los profetas de la felicidad de los años sesenta, y fueron muchos, han caído en el olvido. Cuarenta años después [*¡¡60 años ya!! ], hay guerra, hambruna, la “plaga” del sida y las persecuciones contra la Iglesia anunciadas por los “profetas de desgracias y calamidades”.



“Nos parece necesario expresar Nuestro total desacuerdo con estos profetas de desgracias, que siempre anuncian catástrofes, como si el mundo estuviera cerca de su fin». Una multitud de santos canonizados, hacedores de milagros, actuaron de esta manera, imitando a San Pablo, y con este mismo anuncio suscitaron inmensos movimientos de conversión para la salvación de las almas. Su patrón en este oficio fue Nuestro Señor Jesucristo, Él mismo en el linaje de San Juan Bautista, su Precursor, profeta de desgracias... de desgracias, algunas de las cuales ocurrieron dentro del tiempo señalado, mientras que otras aún esperan su momento. Lo que da a todos los profetas de calamidades una oportunidad... hasta el final. [*Nota mía: hasta que hagan su aparición en la escena de este mundo apóstata y neopagano los últimos profetas de desgracias que aún quedan por venir: los Dos Testigos del Apocalipsis, dados directamente por Dios Uno y Trino. Trataremos acerca de este crucial y desconocido asunto en un futuro ensayo.] Entre las maldiciones de Jesucristo, una sola frase basta para excluir a Juan 23 de la cohorte de los bienaventurados:


“¡Ay de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros! Así trataban vuestros padres a los falsos profetas». (Lc 6:26)



De Jeremías a Nuestra Señora de Fátima, las únicas profecías de felicidad que valen son las que anuncian una recompensa después de las santas pruebas (Jr 30-31), una liberación después de un duro exilio (Is 40-55), un torrente de gracias obtenidas por el Inmaculado Corazón de María en favor de un pueblo dócil a sus peticiones.



El desprecio, la ironía, el sarcasmo del texto roncalliano no tienen más que una explicación:


En las apariciones de Fátima, la Santísima Virgen María había pedido que fuera publicado el tercer Secreto de Fátima en 1960 como muy tarde. Pero Juan 23 maniobró odiosamente para eludir su deber, so pretexto de prudencia, según el testimonio de monseñor Loris Capovilla, su antiguo consejero íntimo: “Después de haber hablado con todos [los prelados consultados sobre el tercer Secreto], Juan XXIII me dijo: "escriba". Y escribí bajo su dictado: El Santo Padre recibió este documento de manos de Mons. Philippe. Decidió leerlo el viernes, en presencia de su confesor. Al notar la existencia de expresiones confusas, llamó a Mons. Tavares, quien lo tradujo. Hizo que sus colegas más cercanos lo leyeran. Finalmente decidió cerrar el sobre diciendo: “No estoy juzgando. Silencio ante lo que puede o no ser una manifestación de lo divino».



Y, de hecho, a lo largo de su “pontificado”, Juan 23 nunca hablará públicamente del Secreto. Un comunicado vaticano, del 8 de febrero de 1960, sólo hizo conocer al mundo este juicio: “Aunque la Iglesia reconoce las apariciones de Fátima, no quiere asumir la responsabilidad de garantizar la veracidad de las palabras que dicen los tres pastores que la Virgen María les había dirigido».



La cláusula de cautela que subrayábamos en la nota dictada a Capovilla contrasta sorprendente y explosivamente con el iluminismo carismático demostrado por Juan 23 al abrir el Concilio con "el humilde testimonio de nuestra experiencia personal", dada como una inspiración divina acaecida durante un nuevo Pentecostés, el 25 de enero de 1959, en San Pablo Extramuros, cuando anunció su intención de convocar un Concilio ecuménico:


“Las almas de los presentes [muchos de los cuales no eran católicos, ya que se trataba de una asamblea ecuménica, para el cierre de la “semana de la unidad”] fueron inmediatamente alcanzados como por un relámpago de luz celestial, los ojos y los rostros. de todos [sic!] reflejaban la dulce emoción que sentían». Y, como el día de Pentecostés (Hechos 2, 4), “inmediatamente comenzaron los trabajos en todo el mundo y todos comenzaron a esperar con fervor la celebración del Concilio».


Continuará...



                      



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