DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 por el Abbé Georges de Nantes (parte 4)
Mas prosigamos con el análisis del abbé de Nantes…
¡Atención! He aquí “el primer veneno intelectual introducido en la dogmática conciliar”, advierte el abbé de Nantes:
“Esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, debe ser profundizada y presentada de manera que responda a las exigencias de nuestro tiempo (!)».
Estas palabras anuncian que ahora podremos emanciparnos de viejas fórmulas dogmáticas. En un nuevo giro, "uno ... otro", reside toda la hipocresía y las mentiras de cuatro años de reforma conciliar y cuarenta años (*¡60 años ya!) de desorden posconciliar:
“En efecto, uno es el depósito de la fe misma, es decir, las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina, y otro es la forma en que estas verdades se expresan, conservando, sin embargo, el mismo significado y el mismo alcance…»
REFORMA EN EL EJERCICIO DEL MAGISTERIO
Juan 23 muestra un optimismo preocupante y delirante:
“En la sucesión de los tiempos, vemos que las opiniones inciertas de los hombres se excluyen unas a otras, y muy a menudo los errores apenas nacidos desaparecen como la niebla ante el sol». ¡¿Así de fácil desaparecen los errores?!, ¿¿y todos los errores además?? Y añade: “La Iglesia nunca ha dejado de oponerse a estos errores. Incluso los condenó a menudo y con mucha dureza. Pero hoy [¡cuidado con el cambio radical!], la Esposa de Cristo prefiere recurrir al remedio de la misericordia, antes que blandir las armas de la severidad. Ella cree que, en lugar de condenar, responde mejor a las necesidades de nuestro tiempo resaltando aún más las riquezas de su doctrina».
Los errores "se oponen tan manifiestamente a los principios de la honestidad y dan frutos tan amargos que hoy los hombres parecen empezar a condenarlos por sí mismos...". ¿¡Por eso la Iglesia no tiene ya necesidad de ejercitar el discernimiento, ni de emitir juicio alguno!? ¿No es así, señor Roncalli?
“La Iglesia católica, al blandir a través de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa en medio de esta situación, quiere ser para todos una madre muy amorosa, buena, paciente, llena de bondad y misericordia para con sus hijos separados de Ella». Inclinada sobre ellos, ¿qué ve? Nada más que la utopía de Sangnier y Maritain: “Los hombres están cada vez más convencidos de que la dignidad y la perfección de la persona humana son valores muy importantes que exigen grandes esfuerzos». El papel de la Iglesia consistiría únicamente en hacerles crecer en el sentimiento de esta dignidad, bajo el influjo divino de la Revelación cristiana y de la caridad de sus hijos, tal y como esboza el filántropo “visionario” de Roncalli.
“Ciertamente, la Iglesia no ofrece a los hombres de nuestro tiempo riquezas perecederas, no les promete felicidad en la tierra, pero les comunica los bienes de la gracia que elevan al hombre a la dignidad de hijo de Dios (esto es, de hecho, una afirmación sobrenatural), y, por lo tanto, son de gran ayuda para hacer sus vidas más humanas, al mismo tiempo que son la sólida garantía de tal vida (pero la dialéctica roncalliana-montiniana rápidamente resbala, y lo sobrenatural comienza a rebajarse al nivel de los medios para conseguir la felicidad terrenal, en lugar de seguir siendo su regulador y fin último). Abre las fuentes de su rica doctrina, gracias a la cual los hombres, iluminados por la luz de Cristo (¿convirtiéndose, bautizándose y practicando la vida de los sacramentos católicos?), pueden tomar plena conciencia de lo que son verdaderamente, de su dignidad y del fin que deben perseguir. Y finalmente, a través de sus hijos, extiende por todas partes la inmensidad de la caridad cristiana, que es el mejor y más eficaz medio para eliminar los gérmenes de la discordia, para suscitar la concordia, la paz justa y la unidad fraterna para todos». Nos rebajamos así automáticamente de la fe católica al humanismo masónico, con esta retórica tramposa y falsificada hábilmente por el Anticristo y sus secuaces.
Para lograr la “unidad del género humano”, los cristianos deben primero alcanzar la unidad entre ellos, propuesta por Juan 23 como objetivo principal del "Concilio":
“Desgraciadamente, toda la familia cristiana aún no ha alcanzado plena y completamente esta unidad visible en la verdad. Sin embargo, la Iglesia Católica considera su deber hacer todos los esfuerzos para que se cumpla el gran misterio de esta unidad que Jesucristo, acercándose a su sacrificio, pidió a su Padre en ardiente oración; y siente una dulce paz al saberse unida a estas oraciones de Cristo».
“La Iglesia es una, santa, católica y apostólica”, recuerda el abbé de Nantes. Entonces, orar para que se permanezca en esta unidad y para que todos los hombres de buena voluntad se unan (etimológicamente: entren en este rebaño), esa es una buena oración. Pero orar para que la unidad de la Iglesia con otras llamadas “iglesias” y comunidades, llamadas “cristianas”, pero formalmente heréticas y cismáticas, sea finalmente redescubierta gracias a nuestra oración, es, según la Iglesia de Cristo, una oración detestable con tintes de herejía».
La conclusión de este discurso inicial es espléndida, luminosa, pero el abbé de Nantes desenmascara la naturaleza falaz de esta luz engañosa:
“BAJO EL SOL DE SATANÁS”.
“Aquí estamos reunidos en esta basílica vaticana, fundamental en la historia de la Iglesia, y donde ahora el cielo y la tierra están estrechamente unidos cerca de la tumba de San Pedro y de tantos de Nuestros santos Predecesores, cuyas cenizas, en esta hora solemne, parecen animadas por un misterioso estremecimiento de alegría». ¡Blasfema arrogancia de este desgraciado de Roncalli que se atreve a profanar impíamente el sepulcro del bendito San Pedro y de tantos otros santos Pontífices!
¿El cuerpo de San Pío X, intacto, y las demás reliquias de los santos Papas de todos los tiempos, estremeciéndose de santa alegría ante tales palabras, impregnadas del olor de las herejías que ellos condenaron tantas veces?
“El Concilio que acaba de iniciarse es como una aurora resplandeciente que se eleva sobre la Iglesia, y ya los primeros rayos del sol naciente llenan de dulzura nuestros corazones. Todo aquí respira santidad y trae alegría. Vemos estrellas realzando con su brillo la majestuosidad de este templo, y estas estrellas, como nos da testimonio el apóstol Juan (Apocalipsis 1:20), ¡sois vosotros!»
Sería escandaloso, y hasta ridículo, si no hubiera un burdo barniz bíblico, evangélico, roncalliano, para esta enorme adulación, que la disculpe e incluso comience a darle alguna realidad o verdad en la fe.
Pero a fuerza de sentirnos cómodos con la fe, acabamos cayendo en la mortífera credulidad...
“Con vosotros (¡las estrellas!), vemos resplandecer en torno al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles los áureos candelabros de las Iglesias que os están confiadas [en alusión a los primeros capítulos del Apocalipsis de San Juan]. También vemos a altos dignatarios que vinieron a Roma desde todos los continentes para representar a sus países. Todos están aquí en una actitud de respeto y expectación benévola».
Siguiendo a San Juan en su Apocalipsis, estos jefes de Estado, príncipes y otros dignatarios, preferirían evocar a los demonios y a las bestias feroces que logran ser desatados y soltados por el mundo para hacer la guerra contra el Hijo Varón de la Mujer y toda su descendencia... ¡La poesía halagadora del “buen papa Juan” cae inmediatamente en la tragedia! ¡Sobre todo porque la cola del Dragón, escribe San Juan, “…arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arroja a la tierra” (Ap 12,4)! (…)
La lectura del documento convenció pronto al abbé de Nantes, sacerdote de Villemaur, Pâlis y Planty, de que un nuevo espíritu anticristiano se alzaba en medio de una formidable tormenta sobre la Iglesia.
Dos años más tarde, en la apertura de la tercera sesión del conciliábulo, pudo escribir en su Carta n° 184:
“La roca se desprendió de la montaña. Ahora rueda con un ruido como de trueno. Nadie sabe, en verdad, en qué abismos caerá [...]. La procesión de todos los obispos del mundo fue admirable a la vista el 11 de octubre de 1962 cuando subió a San Pedro. Entró en una batidora terrible. Los dos mil conservadores de buena voluntad que componían esta multitud mitrada, en lugar de ser dirigidos por Juan 23 hacia los doctores de la fe, ¡y los había! iban a ser entregados sin tregua a la predicación y presión del cada vez más arrogante clan progresista».
De hecho, no esperaremos mucho para ver a la mafia atacar la ciudadela...
A continuación...
Las ocho herejías de Juan 23 en el discurso de apertura del conciliábulo Vaticano 2 detectadas por el abbé Georges de Nantes
LA GRAN APOSTASÍA BÍBLICA DEL CONCILIÁBULO VATICANO 2 (1) https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2025/01/la-gran-apostasia-biblica-del.html
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