14. Innumerables irregularidades, injusticias y escándalos en el día a día del conciliábulo, poniendo de manifiesto la intención deshonesta y torcida que tenían quienes convocaron semejante abominación de la desolación en el templo santo. Análisis de las 8 herejías del discurso de apertura del Vaticano 2 pronunciado por el falso profeta Juan 23 y redactado por el Anticristo Montini. El desarrollo del conciliábulo resumido magistralmente por un valiente sacerdote francés que advirtió proféticamente acerca de la hecatombe espiritual que amenazaba con demoler los cimientos de la Iglesia Católica.
Realizaremos ahora un resumen del desarrollo tormentoso y oscuro del funesto conciliábulo Vaticano 2, que servirá para evidenciar las malas artes de las mentes criminales que estaban detrás de este engendro diabólico que acabó con la apostasía masiva del cuerpo episcopal el fatídico día del 8 de diciembre de 1965, tras la firma de los heréticos documentos producidos por el Anticristo Montini, el falso profeta Roncalli y sus compinches alemanes y franceses, principalmente; unos documentos repletos de graves errores y vergonzosas herejías ya condenadas por el Magisterio de los Vicarios de Cristo, así como una mortífera declaración de flagrante apostasía maliciosamente insertada en la pestilente Lumen Gentium nº 16, cuya ratificación mediante la firma de los eternamente desgraciados Obispos que dieron su aprobación a semejante blasfemia satánica supuso su caída fulgurante en la apostasía de la Santa Fe Católica, Apostólica y Romana por la aplicación automática del Canon 188.4 y la Bula Cum ex apostolatus officio, de S.S. Pablo IV, acerca del gravísimo peligro de las autoridades heréticas y la invalidez de todos sus actos.
CANON 188 - “Todos los cargos quedarán vacantes ipso facto por renuncia tácita:
4) Si un clérigo se ha apartado públicamente de la fe católica ".
Comentario del Canon 188.4
La deserción de la fe católica, si es pública, priva a uno de todos los cargos eclesiásticos que pueda tener; no, sin embargo, el simple cisma, si no está relacionado con la herejía.
Lo cual sucedió con el monstruoso acto de apostasía masiva certificada por la firma de todo el cuerpo episcopal que tuvo lugar al final del Vaticano 2, quedando todos los cargos de esos infelices insensatos vacantes ipso facto al haber renunciado tácitamente a la Fe Católica que recibieron en su bautismo, y que la astucia y perversidad del falso profeta Juan 23 y del Anticristo Pablo 6 les robó y arrancó para siempre.
En la elaboración de este capítulo hemos recurrido a Piers Compton, Romano Amerio, Ralph Wiltgen, Giuseppe Alberigo, Randy Engel, Franco Bellegrandi, y también hemos tenido muy en cuenta las valiosas observaciones del abbé Georges de Nantes, testigo fiel de la masacre espiritual que supuso el conciliábulo. Las citas están intercaladas, como es habitual en este extenso dossier.
El 25 de enero de 1959, en San Pablo Extramuros, el antipapa Juan 23, tres meses después de su “elección” (28 de octubre de 1958), anunció ante un consistorio de cardenales su intención de celebrar un concilio ecuménico. "Las almas de los presentes", dijo en su discurso del 11 de octubre de 1962, "fueron inmediatamente impactadas como por un destello de luz celestial, los ojos y los rostros de todos reflejaron la dulce emoción que sentían". Juan 23 hablará entonces de una “idea” que le llega “inesperadamente”, de una “iluminación imprevista”. Sabemos por varios testimonios que no fue así. La idea había ido ganando terreno desde el cónclave.
La verdad es que los Cardenales no se conmovieron. En el pensamiento de Juan 23, no sería un concilio de combate o de oposición al mundo moderno como el de Trento (1545-1563) y el Vaticano I (1869-1870). (…) Juan 23 resolvió iniciar una consulta general con los obispos y los institutos religiosos. Este procedimiento ya marcó una “ruptura” con el seguido por S.S. Pío IX, quien primero había recibido el consejo de cuarenta y tres obispos antes de convocar el Concilio Vaticano I. Como le fueron favorables, hizo que sus servicios prepararan durante cinco años los trabajos del futuro Concilio. Para el Vaticano 2, nada de eso. Todos estaban invitados a dar su opinión... ¿sobre qué tema? Nada preciso, salvo la vaga idea de “aggiornamento”, de “actualización”, cercana a la de “reforma” e incluso de “autocrítica”, no de los hombres de Iglesia, sino de la Iglesia misma...
De hecho, Roncalli no indicó ningún peligro, ninguna crisis importante para la cual el Concilio tendría que proporcionar un remedio extraordinario, a diferencia de todos sus predecesores. Sin embargo, no faltaron motivos de preocupación. (…)
Los obispos y los institutos religiosos consultados respondieron, durante el invierno de 1959 y la primavera de 1960, en un sentido mayoritariamente tradicional. (…) Los países latinos parecen muy reaccionarios. La Universidad de Salamanca, por ejemplo, pide un “nuevo plan de estudios de errores bíblicos, dogmáticos y morales que proliferan”. Seiscientos obispos y superiores generales pidieron un texto especial sobre la Santísima Virgen, y el ochenta por ciento de ellos una definición de su mediación universal de todas las gracias. Los demás países de Europa están más imbuidos de ideas modernas y progresistas, como señala G. Alberigo.
LA IGLESIA DESARMADA
Después del recuento y síntesis de estos “votas”, los trabajos preparatorios del Concilio comenzaron el 14 de noviembre de 1960. Se prolongaron hasta el 23 de junio de 1962. Se encargaron de ello diez comisiones, que corresponden aproximadamente a los dicasterios romanos; la más importante fue la Comisión Teológica, encargada de las cuestiones doctrinales, y encabezada por el cardenal Alfredo Ottaviani. Estas diez comisiones fueron supervisadas por una “Comisión Central” presidida por el “Papa”. Decidió flanquearlo también con tres secretarías, las dos primeras, bastante insignificantes, se encargaban de los medios de comunicación, de las cuestiones económicas y técnicas, pero la tercera era muy popular. Presidido por el jesuita Augustin Bea, creado “cardenal” en enero de 1960, este Secretariado para la unidad de los cristianos desempeñará el papel de contra-Santo Oficio, tanto en la preparación como en la realización misma del Concilio. (¡!)
Si una organización debía asegurar la “continuidad”, era la Comisión Teológica, porque su dominio era el de la fe, cosa inmutable “por la perfección divina”. Para ello redactó una profesión solemne de fe, que los Padres debían recitar al abrir el Concilio. Todos los grandes Concilios de la historia habían procedido de esta manera para afirmar una fe libre de toda herejía y ... para excluir a los herejes o espíritus malignos “tendientes a la herejía”.
La fórmula prevista era vincular al Credo de los Apóstoles la profesión de fe tridentina, el juramento antimodernista, así como las últimas realizaciones del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, criticada por la Comisión Central y por el Secretariado para la Unidad como demasiado “negativa” y “antiecuménica”, esta fórmula será arrojada al cesto de la basura. Primer crimen…
En veinte meses de intenso trabajo, la Comisión Teológica elaboró nada menos que ocho textos: además de esta profesión de fe, siete constituciones, dedicadas a las Fuentes de la Revelación, a la defensa del depósito de la fe, a la Iglesia, a la Santísima Virgen María, al estado de castidad y virginidad, al matrimonio y la familia, a la comunidad de las naciones y al orden social. Pero estos textos correrán la misma suerte que la profesión de fe. (¡!)
La composición de las Comisiones marcaba una cierta “apertura”: así los heterodoxos [*nota: ¡en realidad heréticos!] Padres de Lubac, jesuita, y Congar, dominico, eran consultores de la Comisión Teológica.
Sin embargo, en el seno de la Comisión Central se produjeron enfrentamientos violentos, desconocidos para la opinión pública, que opusieron a Ottaviani, apoyado por su secretario, el jesuita Sébastien Tromp, a los representantes del Secretariado para la Unidad, sobre el tema de la Virgen María, ¡signo eterno de contradicción! pero también sobre los asuntos de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, sobre la relación entre Iglesia y Estado, sobre la tolerancia y la libertad religiosa. Las grandes controversias que estaban por venir ya iban surgiendo. Excediendo sus atribuciones, la Secretaría del Cardenal Bea había preparado textos sobre estos temas candentes que intentó oponer a los de la Comisión Teológica.
El cardenal Ottaviani, así como sus auxiliares Ruffini, Parente y Piolanti, esperaban levantarse contra esta ofensiva aún poco representada, pero que reivindicaba las intenciones de Juan 23 declaradas o secretas, una especie de “baluarte”, según el título de una colección de discursos y sermones de Ottaviani publicados en Roma en 1963, “para la defensa de la Iglesia y de la ciudad”. Los teólogos romanos estaban construyendo un muro... ¡que resultaría ser más bien una línea Maginot! De hecho, pronto verían su defensa eludida por la misma actitud de Juan 23. Para él trabajaron, preparándole material para ejercer su autoridad magisterial, sin haber comprendido aún que Roncalli ya no pretendía condenar el error ni siquiera imponer la verdad de la fe. (¡!)
Continuará...
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