ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 25 y final). LA MALA PASTORAL REFERENTE A LA EDUCACIÓN EN LAS ESCUELAS Y EN LOS SEMINARIOS

 



18. LA PUESTA AL DÍA PASTORAL EN PUNTO A EDUCACIÓN


18.0 «Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto partícipes de la dignidad de la persona, tienen derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz» (Gravissimum Educationis § 1).


El ideal educativo que aquí se propone, además de no tener ni un pelo de católico, resulta también utópico y contradictorio al mismo tiempo. En efecto, ¿qué hay que hacer si las síngulas “tradiciones” y “culturas” estimulan a obrar en sentido contrario a “las relaciones fraternas con otros pueblos”?




18.1 A los muchachos (pueri) y a los jóvenes «hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual» (GE § 1).


Sin comentarios. La educación sexual pública, inserta en el sistema escolar, la condenó explícitamente S.S. Pío XI, por inmoral y corruptora, en la encíclica Divini illius Magistri (1929; Denzinger §§ 2214 y 3697), y también S.S. Pío XII en su discurso a los padres de familia el 18 de septiembre de 1951: los Papas exigían que se dejase a la prudente apreciación privada de educadores y progenitores.



                            



18.2 «La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo, y al mismo tiempo ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo» (GE § 3).

La ayuda que la Iglesia ofrece a todos los pueblos no consiste, pues, en hacer que se penetren del “espíritu de Cristo”. (!!??)




18.3 «Además, la Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias» (GE § 7).

¿No es éste un modo elegante de difundir el indiferentismo religioso y moral?



18.4 En las facultades de teología, “promuévase”, entre otras cosas, «el diálogo con los hermanos separados y con los acristianos y respóndase a los problemas suscitados por el progreso de las ciencias» (GE § 11).



18.5 «Hay que procurar con todo empeño que se fomente entre las escuelas católicas una conveniente coordinación y se provea entre éstas y las demás escuelas [no católicas] la colaboración que exige el bien de todo el género humano [siempre en el primer lugar en la mente del concilio]» (GE § 12; v. supra “Errores en el discurso de inauguración”, en la introducción de la presente sinopsis).



                                  




CONCLUSIÓN: RETORNAR A LA DOCTRINA VERDADERA O PERECER


1. Quizás se juzgue temerario el que hayamos acusado a un concilio ecuménico de la Iglesia Católica de tantos y tan graves errores doctrinales. Más aún: acaso parezca que nos hemos mancillado con un pecado grave, puede que hasta acreedor a la nota de herejía. La herejía, empero, según se recordó (supra 2.0), es «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC de 1983, canon 751). Ahora bien, el Vaticano 2 no condenó ningún error, ni definió ninguna “verdad” de fe “divina y católica”, ningún dogma de fe. No quiso hacerlo y se declaró concilio pastoral tan sólo, con lo que degradó su magisterio extraordinario a un magisterio indefinible desde el punto de vista canónico, meramente “auténtico” al fin y a la postre, aunque puede que ni siquiera eso, vistos los errores que enseñó (v. supra, Introducción).



También el magisterio auténtico merece el asentimiento del creyente, mas no al mismo título que los dogmas de fe, cuya negación hasta el fin de la vida entraña la muerte en los propios pecados. Al concilio se le debe, pues, por lo que tiene de “nuevo”, el asentimiento que merece una “pastoral”, el cual se puede denegar legítimamente si la pastoral da la casualidad que no es buena. Se trata, en efecto, de un asenso fundado en las reglas de la prudencia, en la que confluyen el entendimiento sano y el sensus fidei del creyente.



La prudencia, que crece sólo en el entendimiento sano, nos dice que escuchemos la voz del sensus fidei, que nos incita a su vez a rehusar el asentimiento a las resoluciones de un concilio ambiguo e inficionado de errores como el Vaticano 2.



Esta prudencia del creyente deriva de la preocupación constante de no ofender a Dios y salvar el alma, en la cual se refleja el temor de Dios, al paso que constituye uno de los modos en que la gracia obra en nosotros. De ahí que la negación de las doctrinas ambiguas propaladas por el Vaticano 2 sea, no sólo lícita y legítima a tenor de las disposiciones canónicas y de toda la Tradición, sino, además, una exigencia del deber, que pesa sobre cada uno de nosotros, de defender el depósito de la fe según la capacidad de cada cual. Todos somos, en efecto, milites Christi, y hemos de combatir por la fe.



                               



2. En consecuencia, la negación de las enseñanzas espurias del Vaticano 2 no nos pone fuera de la Iglesia: no somos herejes por rechazarlas, ni formales ni materiales, ni tampoco espiritualmente cismáticos, pues no negamos la autoridad; no rehusamos nuestro asentimiento a las órdenes legítimamente impartidas por la autoridad, ni siquiera pretendemos salir de la Iglesia para construir o seguir otra.



En efecto, juzgamos la pastoral del concilio a la luz de la Tradición, o sea, de lo que la Santa Iglesia enseñó siempre durante diecinueve siglos, a partir de Nuestro Señor Jesucristo y de los Apóstoles. Se desprende del cotejo, sin la menor sombra de duda, que la “puesta al día”, querida por Juan 23 e impuesta por el Concilio, introdujo novedades incompatibles con lo que enseñó siempre la Iglesia y, por ende, inconciliables con el depósito de la fe.



Hemos tenido que asistir al múltiple y abigarrado torcimiento de la noción misma de Iglesia Católica, de las de cuerpo místico, santa misa, liturgia, sacerdocio, colegialidad, matrimonio católico, reino de Dios, Tradición, encarnación, redención, anunciación y libertad religiosa, así como del concepto católico del hombre, de la relación correcta entre Iglesia y Estado, de la interpretación exacta de lo que son objetivamente los herejes, los cismáticos y los acristianos.



Hemos tenido que oír, de labios de un Papa, alabanzas al pensamiento moderno, otrora condenado varias veces por sus predecesores: un pensamiento este, el moderno y contemporáneo, intrínsecamente opuesto al pensamiento trascendente y, en particular, al catolicismo, todas cuyas verdades niega, pero al cual se confió la tarea de enunciar la doctrina perenne de la Iglesia porque se quiso someter a ésta a una “reforma continua”, a una adaptación cada vez más marcada a los falsos valores del mundo. El concilio habría debido condenar el pensamiento de marra en aras de la salvación de las almas, mas, por el contrario, se hizo su cómplice. La corrupción de los conceptos verdaderamente católicos, y aun del mero sentido común, ha sido vasta, minuciosa y sistemática. Los textos del Vaticano 2 constituyen un documento impresionante de la decadencia intelectual (y no sólo intelectual) de la jerarquía católica, contra la cual lucharon en vano los Papas hasta S.S. Pío XII, así como la parte sana de la jerarquía durante el concilio. ¿Quién está entonces dentro de la Iglesia: quien acepta las doctrinas falsas del Vaticano 2 y pretende ponerlas por obra, o quien las rechaza abiertamente para seguir siendo fiel a lo que el magisterio enseñó durante diecinueve siglos, asistido por el Espíritu Santo?



Quien acepte de buena fe estas doctrinas falsas sigue estando dentro de la Iglesia, ciertamente, pero vive en ella engañado, constreñido objetivamente a la infidelidad, sin darse cuenta de que se halla casi sin defensa contra el peligro de perder o contaminar su fe. «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida», dijo el Señor resucitado (Apocalipsis 2, 10).



Por eso resulta imposible que acepte el Vaticano 2 quien se dé cuenta de su diabólica entretejedura de contradicciones, ambigüedades y errores, apenas velada por homenajes a la Tradición (homenajes nada más que formales, o carentes en cualquier caso de influencia respecto de las novedades introducidas), supuesto que desee mantenerse fiel a la Iglesia, es decir, puesto caso que quiera seguir militando en la Iglesia Católica, que no es la iglesia concebida por el concilio, la cual, por lo demás, se autodefine como iglesia “de Cristo”, o “ecuménica”, o “conciliar”, reduciendo al mínimo el uso del adjetivo «católica”. Tamaña iglesia se ha superpuesto a la Iglesia verdadera como la cizaña al grano. Nosotros no nos avergonzamos de afirmar la verdad, esto es, que la aceptación del Vaticano 2 nos alejaría de la Tradición y, por ende, de la doctrina recta, con grave peligro para la salvación de nuestra alma, pues, de hecho, sin la doctrina recta es harto difícil observar la moral enseñada por Nuestro Señor y conservar la fe.


                               



3. A los desastres que se han sucedido en la Iglesia y en las naciones católicas tras el Vaticano 2, que se resumen en la locución coordinativa “corrupción de la fe y de las costumbres”, no se les aprehende en su causa y naturaleza efectivas. En caso contrario, no habría exponentes acreditados de la jerarquía que siguieran afirmando que el tratamiento para las degeneraciones del postconcilio se halla en el descubrimiento y la puesta por obra del “verdadero” Vaticano 2. A cuarenta años de su comienzo, ¿andamos aún en busca del “auténtico significado” de aquel Asís? ¿Sigue sin ser comprendido, cuarenta años después?



Este manido estribillo se funda en el prejuicio que considera fue el Vaticano 2 un superconcilio que representó para la Iglesia un nuevo rumbo, del cual es imposible de todo punto apartarse, como si la doctrina anterior a él (la verdadera doctrina católica) no hubiera existido jamás. Se trata del estribillo de quien comulga en realidad con la revolución que se desencadenó en la Iglesia con el concilio, y que se preocupa tan sólo de corregir sus “abusos”, probablemente para adormecer las reacciones.



Lo cierto es que la crisis actual de la Iglesia se enraíza en el concilio, no en las degeneraciones del postconcilio: la presente sinopsis lo demuestra. A la jerarquía actual no le corre otro deber que el de restablecer la auténtica doctrina católica. Para hacerlo deberá invalidar el concilio un día, o bien corregirlo o reinterpretarlo (si fuere posible) a la luz de la Tradición.



No nos toca a nosotros determinar el modo en que el Papa habrá de intervenir respecto del Vaticano 2, ni aún menos proponerle una fecha. Pero nos permitimos recordar a la jerarquía y a sus jefes actuales que, en las visiones comunicadas a los videntes de Fátima, Dios todopoderoso se dignó mostrarnos, en su infinita misericordia, el castigo terrenal que su justicia infligirá un día a toda la Iglesia militante, a todos nosotros, a causa de las graves, horrendas y repetidas ofensas e infidelidades perpetradas, en primer lugar, por aquellos a quienes incumbe la obligación de “conservar la doctrina de la fe”, caso de que aquéllas se prolongaran.



Si nadie tuviere el coraje de cambiar de rumbo finalmente, Dios renovará a la Iglesia con el «testimonio de la sangre» (Heb 12, 4): con la sangre de los mártires y del gran número de los asesinados. Si, en fin, no se tuviese el valor de mudar de rumbo a causa del miedo a priori a la posible reacción violenta del mundo, que cree ya tener bajo sus pies a la Iglesia Católica con todo lo que representa; si no tuviera la valentía de rectificar el rumbo a causa de la convicción de que precisamente el retorno al dogma de la fe desencadenaría la persecución anticipada en la visión de Fátima, pues bien, en ese caso, invóquese la ayuda del Espíritu Santo, nos permitimos sugerir, a fin de que nos dé la fuerza de vencer nuestros miedos humanos en obsequio a la gloria de Dios y la salvación de las almas: «No temáis a los que matan el cuerpo y después de esto no tienen ya más que hacer […] temed al que, después de haber dado la muerte, tiene poder para echar en la gehenna» (Lc 12, 4-5).


Canonicus



                            



A continuación: Análisis exhaustivo del desarrollo diario del conciliábulo Vaticano 2 con sus múltiples errores, ambigüedades y herejías por parte del visionario Abbé Georges de Nantes.




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