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SERMÓN PARA EL VIERNES SANTO (Santo Cura de Ars)

 



EL PECADO RENUEVA LA PASIÓN DE JESUCRISTO

Santo Cura de Ars




VIERNES SANTO

Prolapsi sunt: rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.
Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos.

(S. Pablo a los Hebreos, IV, 6.)



¿Podemos concebir un crimen más horrible que el de los judíos al dar muerte al Hijo de Dios, a aquel que estaban esperando desde hacía cuatro mil años, al que había sido la admiración de los profetas, la esperanza de los patriarcas, el consuelo de los justos, la alegría del cielo, el tesoro de la tierra, la felicidad del universo? Pocos días antes le recibieron triunfalmente al entrar en ,Jerusalén, manifestando con ello claramente que le reconocían por el Salvador del mundo. Decidme, ¿es posible que, a pesar de todo esto, quieran darle muerte, después de haberle llenado de toda suerte de ultrajes? ¿Que daño les había causado, pues, este divino Salvador? O mejor, ¿qué bien dejaba de otorgarles, al bajar a librarlos de la tiranía del demonio, a reconciliarlos con su Padre celestial, ya abrirles las puertas del cielo que el pecado de Adán había cerrado? ¡Ay!, ¡de qué no es capaz el hombre cuando se deja cegar por sus pasiones!. Pilato dejó escoger a los judíos entre dar libertad a Jesús o a Barrabás, que era un criminal. Y ellos libertaron al malhechor cargado de crímenes y pidieron la muerte de Jesús, que era la misma inocencia, y más aún, su Redentor! ¡Oh, Dios mío!, ¡qué elección tan indigna! Os admira, y razón tenéis para ello; sin embargo, si me atreviese, os diría que nosotros, siempre que pecamos, hacemos parecida elección. Y para mejor hacéroslo sentir, voy ahora a mostraros cuán grande sea el ultraje que hacemos a Jesucristo al preferir el camino donde nos guían nuestras inclinaciones al camino que conduce a Dios.




Sí, la malicia humana nos ha dado medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, no sólo de una manera tan cruel como los judíos, sino además de una manera sacrílega y horrible. Mientras vivió en este mundo, Jesucristo: no tuvo más que una vida por perder y sólo en un Calvario fue crucificado; pero, desde su muerte, el hombre, con sus pecados, le ha hecho hallar tantas cruces cuantos son los corazones que palpitan sobre la tierra. Para mejor convenceros de ello, mirémoslo más de cerca. ¿Qué observamos en la Pasión de Jesucristo? ¿No es, por ventura, un Dios traicionado, abandonado hasta por sus discípulos; un Dios puesto en parangón con un infame criminal: un Dios expuesto al furor de la soldadesca y tratado como un rey de burlas? No me negaréis que todo esto resultaba en gran manera humillante y cruel en la muerte del Salvador. Sin embargo, no vacilo en afirmaros que lo que sucede todos los días entre los cristianos, es aún más sensible a Jesucristo que cuanto pudieron hacerle sufrir los judíos.




1.° No ignoro que Jesucristo fue traicionado y abandonado por sus apóstoles; tal vez ésta fue la llaga que más sensiblemente hirió su corazón lleno de bondad. Mas os diré también que, por la malicia del hombre y del demonio, esta tan dolorosa llaga es renovada todos los días por un gran número de malos cristianos. Si Jesucristo nos ha dejado en la santa Misa el recuerdo y el mérito de su pasión, ha permitido también que hubiese hombres que, con todo y ser cristianos y por lo tanto discípulos suyas, no vacilasen en traicionarle en cuanto se les ofreciese ocasión. No tienen escrúpulo en renunciar al bautismo y en renegar de su fe; y ello solamente por el temor de ser objeto de burla y menosprecio por parte de algunos libertinos o ignorantes. A esta clase pertenecen las tres cuartas partes de la gente de nuestros días, en extremo temerosas de mostrar sus convicciones cristianas a la faz del mundo. Pues bien, es como si abandonásemos a nuestro Dios, cuantas veces omitimos las oraciones de la mañana o de la noche, siempre que faltamos a la santa Misa... Hemos abandonado también a Dios, desde el momento en que ya no frecuentamos los Sacramentos. ¡Ah! Señor, ¿dónde están los que os permanecen fieles y os siguen hasta el Calvario?... A la hora de su Pasión, preveía ya Jesucristo cuán pocos serían los cristianos que iban a seguirle a todas partes, cuán pocos estarían dispuestos a arrostrar toda suerte de tormentos y la misma muerte antes que mostrasen valor para acompañarle hasta el Calvario. Mientras Jesucristo colmaba de favores a sus discípulos, ellos estaban dispuestos a sufrir. Así obraron San Pedro y Santo Tomás; mas, llegado el momento de la prueba, todos huyeron, todos le abandonaron. Retrato perfecto de muchísimos cristianos que no dejan de formular muy buenos propósitos; mas, a la menor dificultad, abandonan a Dios ; no reconocen su existencia ni su providencia; una pequeña calumnia, la más insignificante injusticia de que sean victimas, una enfermedad demasiado larga, el temor de perder la amistad de cierta persona de la cual han recibido o esperan recibir algún favor, les hace olvidar la religión y sus preceptos; la dejan a un lado y llegan hasta enojarse contra los que la observan fielmente. Todo lo echan a la mala, maldicen a las personas que consideran como causantes del daño que experimentan. ¡Dios mio, cuantos desertores! ¡Cuan raros son los cristianos que, como la Santisima Virgen, esten dispuestos a seguiros hasta el Calvario! ...




Me preguntareis, empero: ¿Cómo llegaremos a conocer si seguimos verdaderamente a Jesucristo? Nada más fácil. Cuando observáis fielmente los mandamientos. Se nos ordena que por la mañana y por la noche nos encomendemos a Dios con gran respeto: pues bien, ¿lo hacéis vosotros, poniéndoos de rodillas, antes de comenzar el trabajo con el deseo de agradar a Dios y salvar vuestra alma ? O, por el contrario, ¿lo practicáis solo por costumbre, por rutina, sin pensar en Dios, sin atender a que estáis en peligro de perderos, y por consiguiente, muy (falta una línea en el original) cerca de vuestra condenación ? Los preceptos de la Ley de Dios os prohíben trabajar en días festivos. Pues bien, mirad si lo habéis observado fielmente, si habéis empleado santamente el día del domingo, dedicándoos a la oración, a confesar vuestros pecados, a fin de evitar que la muerte os sorprenda en un estado que os conduzca al infierno. Examinad la manera como asistís a la Santa Misa, y ved si habéis estado siempre bien penetrados de la grandeza de aquel acto, si habéis considerado que es el mismo Jesucristo, como hombre y como, Dios, quien esta realmente presente en el altar. ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios, y de la consumación de igual sacrificio? ¿Testimoniasteis a Dios el pesar que sentíais por haberle ofendido y le dijisteis que, con el auxilio de su gracia, en lo venidero preferiríais la muerte al pecado? ¿Hicisteis siempre cuanto estaba de vuestra parte para merecer los favores que Dios tuvo a bien concederos? ¿Le habéis pedido la gracia de saberos aprovechar de los sermones que tenéis la suerte de oír, y cuyo objeto no es otro que el de instruiros acerca de vuestros deberes para con Dios y para con el prójimo? Los mandamientos Os prohíben jurar en vano: mirad que palabras salen de vuestra boca, consagrada a Dios por el bautismo; examinad si habéis jurado falsamente por el santo nombre de Dios, si habéis proferido malas palabras, etcétera. Nuestro Señor, en uno de sus preceptos, os ordena amar y reverenciar a los padres, etc., etc. Decís que sois hijos de la Iglesia: ved si cumplís lo que ella os ordena...



                




Si somos fieles a Dios cual la Santísima Virgen, no temeremos al mundo, ni al demonio ; estaremos prestos a sacrificarlo todo, incluso nuestra vida. Aquí vais a ver un ejemplo de ello. La historia nos cuenta que, después de la muerte de San Sixto, todos los bienes de la Iglesia fueron confiados a San Lorenzo. El emperador Valeriano llamó al Santo y le ordenó la entrega de todos aquellos tesoros. San Lorenzo, sin inmutarse, pidió al soberano un plazo de tres días. En aquel lapso, reclutó a cuantos ciegos, cojos y toda clase de pobres y enfermos le fue posible, seres todos llenos de miseria y cubiertos de llagas. Pasados los tres días, San Lorenzo los presentó al emperador diciéndole que allí estaba todo el tesoro de la Iglesia. Valeriano, sorprendido y espantado al hallarse en presencia de aquella turba que parecía reunir en sí todas las miserias de la tierra, se enfureció, y dirigiéndose a sus soldados, les ordenó prendiesen a Lorenzo y le cargasen de hierros y cadenas, reservándose el placer de hacerle morir con muerte lenta y cruel. En efecto, hízole azotar con varas; hízole desgarrar la piel y experimentar toda suerte de tormentos: el Santo se regocijaba con tales torturas; al verlo Valeriano, fuera de sí, hizo preparar una cama de hierro sobre la cual mandó fuese tendido Lorenzo; luego ordenó se encendiese debajo un fuego suave a fin de asarle despacio, para que su muerte fuese más lenta y cruel. Cuando el fuego hubo ya consumido una parte de su cuerpo, San Lorenzo, burlándose siempre de los suplicios, volvióse hacia el emperador, y, con semblante risueño y radiante, le dijo: «¿No ves que mi carne está ya bastante asada de un lado?. Vuélveme, pues, del otro, a fin de que sea igualmente gloriosa en el cielo.» Por orden del tirano, los verdugos volvieron entonces al mártir del otro lado. Pasado algún tiempo, San Lorenzo habló así al emperador: «Mi carne está suficientemente asada, puedes ya comer de ella.» ¿No reconocéis aquí a un cristiano que, imitando a la Virgen Santísima y a Santa Magdalena, sabe seguir a su Dios hasta el Calvario? ¡Ay! ¿Qué será de nosotros, cuando Nuestro Señor nos ponga en parangón con aquellos santos, que prefirieron sufrir toda suerte de tormentos antes que hacer traición a su religión y a su conciencia.




2.° Mas no nos contentamos con abandonar a Jesucristo, como los apóstoles, que, después de haber recibido innumerables favores y cuando el Maestro más necesitado estaba de consuelo, huyeron. ¡Ay!, ¡cuántos son los que osan dar preferencia a Barrabás, es decir, les gusta más seguir al mundo y sus pasiones, que a Jesucristo con la cruz a cuestas! ¡Cuántas veces le hemos recibido en son de triunfo en la sagrada mesa, y poco tiempo después, seducidos por nuestras pasiones, hemos preferido a ese Rey, ora un placer momentáneo, ora un vil interés, tras el cual andamos, a pesar de nuestros remordimientos de conciencia! ¡Cuántas veces, hemos estado vacilando entre la conciencia y las pasiones, y en semejante lucha hemos ahogado la voz de Dios, para no oír más que la de nuestras malas inclinaciones! Si dudáis de ello, escuchadme un momento, y vais a comprenderlo con toda claridad. Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interior mente: «¿ Qué vas a hacer?... He aquí tu placer por un lado y a tu Dios por otra; es imposible agradar a ambos al, mismo tiempo: ¿ por cuál de los dos te vas a declarar?... Renuncia o a tu Dios o a tu placer». ¡Ay!, ¡Cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos : nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestras pasiones ! ¡ Cuántas veces hemos dicho: «¡Quiero mis placeres» ! Nuestra conciencia nos ha advertido: «Mas, ¿qué será de tu Dios ?» - «No me importa lo que va a ser de mi Dios, responden las pasiones; lo que quiero es gozar.» - «No ignoras, nos dice la conciencia, mediante los remordimientos que nos sugiere, que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios.» - «¿Qué me importa, replican las pasiones, que sea crucificado mi Dios, con tal que satisfaga yo mis deseos? - Mas ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, te has arrepentido después, y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!» - Mas la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: «¡Mi placer, he aquí mi razón: Dios es el enemigo de mi placer, sea, pues, crucificado!» - « ¿Preferirás a tu Dios el placer de un instante? » - « Sí, clama la pasión, venga lo que viniere a mi alma y a mi Dios, con tal que pueda yo gozar.»




Y aquí tenéis, lo que hacemos cuantas veces pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que nos es imposible desear y cometer un pecado, sin que perdamos a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma. ¿No es verdad, que, cuantas veces estamos a punto de caer en pecado, oímos una voz interior que nos invita a detenernos, diciéndonos que de lo contrario vamos a perdernos y a dar muerte a nuestro Dios? Podemos afirmar muy bien que la pasión que los judíos hicieron sufrir a Jesucristo era casi nada comparada con la que le hacen soportar los cristianos, con los ultrajes del pecado mortal. Los judíos antes que a Jesús prefirieron un criminal que había cometido muchos asesinatos; y ¿qué hace el cristiano pecador?... Ni tan sólo es un hombre el objeto que pone por encima de su Dios, sino, digámoslo con pena, un miserable pensamiento de orgullo, de odio, de venganza o de impureza; un acto de gula, un vaso de vino, una ganancia miserable que tal vez no llega a dos reales; una mirada deshonesta o alguna acción infame: ¡ved lo que antepone al Dios de toda santidad! Desgraciados, ¿qué hacemos? ¡Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado!.., ¡ Hasta tal punto osamos llevar nuestro furor contra un Dios que tanto nos amó !...




                              




No nos admire que los Santos, que conocían la magnitud del pecado, prefirieran sufrir cuanto pudo inventar el furor de los tiranos, antes que caer en él. Vemos de ello un admirable ejemplo en Santa Margarita. Al ver su padre, sacerdote idólatra de gran reputación, que era cristiana y que no lograba hacerle renunciar a su religión, la maltrató de la manera más indigna y arrojóla después de su casa. No se desanimó por ello Margarita, sino que, a pesar de la nobleza de su origen, resignose a llevar una vida humilde y oscura al lado de su nodriza, la cual, ya desde su infancia, le había inspirado las virtudes cristianas. Cierto prefecto del pretorio llamado Olybrio, prendado de su belleza, mandó que fuese conducida a su presencia, a fin de inducirla a renegar de su fe, para casarse después con ella. A las primeras preguntas del prefecto, le respondió que era cristiana, y que permanecería constantemente esposa de Cristo, Irritado Olybrio por la respuesta de la Santa, mandó, a los verdugos la despojasen de sus vestiduras y la tendiesen sobre el potro de tormento. Puesta allí, la hizo azotar con varas, con tanta crueldad que la sangre manaba de todos sus miembros. Mientras se la atormentaba, la invitaban a sacrificar a los dioses del imperio, representándole cómo su tenacidad le haría peder su hermosura y su vida. Pero, en medio de los tormentos, ella exclamaba: «No, no, jamás por unos bienes perecederos y por unos placeres vergonzosos dejaré a mi Dios. Jesucristo, que es mi esposo, me tiene bajo su cuidado, y no me abandonará». Al ver el juez aquel valor, al que él llamaba terquedad, hízola golpear tan cruelmente que, a pesar de sus bárbaros sentimientos, veíase obligado a apartar la vista del espectáculo. Temiendo que ella no sucumbiese a tales tormentos, ordenó conducirla a la prisión. Allí aparecióse a la joven el demonio en forma de dragón que parecía quererla devorar. La Santa hizo la señal de la cruz, y el dragón reventó a sus pies. Después de aquella terrible lucha vió una cruz brillante como un foco de luz, encima de la cual volaba una paloma de admirable blancura. Con ello sintióse la Santa en gran manera fortalecida. Pasando algún tiempo, viendo aquel juez inicuo que, a pesar de las torturas, de las que los mismos verdugos estaban asustados, nada podía lograr de ella, mandóla degollar.




Pues bien, ¿imitamos a Santa Margarita, cuando anteponemos un vil interés a Jesucristo? ¿Cuándo optamos por quebrantar los preceptos de la ley de Dios o de la Santa Iglesia antes que desagradar al mundo? ¿Cuándo, para complacer a un amigo impío, comemos carne en los días prohibidos? ¿Cuando, para servir a un vecino, no tenemos escrúpulo en trabajar o en prestar nuestros animales de trabajo el santo día del domingo? ¿Cuándo, para no desagradar a algún amigo, empleamos buena parte del día festivo, tal vez las mismas horas de las funciones religiosas, en la taberna o en la casa de juego? ¡Ay!, los cristianos dispuestos a imitar a Santa Margarita, o sea a sacrificarlo todo, sus bienes y su vida, antes que desagradar a Jesucristo, son tan raros como los escogidos, es decir, como los que irán al cielo. ¡Cuánto ha cambiado el mundo, Dios mío!



3.° Os he dicho que Jesucristo fue abandonado a los insultos de la plebe, y tratado como un rey de burlas por una comparsería de falsos adoradores. Mirad a aquel Dios que no pueden contener el cielo y la tierra, y de quien, si fuese su voluntad, bastaría una mirada para aniquilar el mundo: le echan sobre las espaldas un manto de escarlata; ponen en sus manos un cetro de caña y ciñen su cabeza con una corona de espinas; y así es entregado a la cohorte insolente de la soldadesca. ¡Ay!, ¡en qué estado ha venido a parar Aquel a quien los ángeles adoran temblando! Doblan ante Él la rodilla en son de la más sangrienta burla; arrebátanle la caña que tiene en la mano, y golpéanle con ella la cabeza. ¡Oh!, ¡qué espectáculo! ¡Oh!, cuánta impiedad!... Mas es tan grande la caridad de Jesús, que a pesar de tantos ultrajes, sin dejar oír la menor queja, muere voluntariamente para salvarnos a todos. Y no obstante, este espectáculo, que no podemos contemplar sino temblando, se reproduce todos los días por obra de un gran número de malos cristianos.




Consideremos la manera cómo se portan esos infelices durante los divinos oficios; en la presencia de un Dios que se anonadó por nosotros, y que permanece en nuestros altares y tabernáculos para colmarnos de toda suerte de bienes, ¿qué homenaje de adoración le tributan? ¿No es por ventura peor tratado Jesucristo por los cristianos que par los judíos, quienes no tenían, como nosotros, la dicha de conocerle?. Ved aquellas personas comodonas: apenas si doblan una rodilla en el momento más culminante del misterio; mirad las sonrisas, las conversaciones, las miradas a todos los lados del templo, los signos y muecas de aquellos pobres impíos e ignorantes: y esto es sólo lo exterior; si pudiésemos penetrar hasta el fondo dé sus corazones, ¡ay!, ¡cuántos pensamientos de odio, de venganza, de orgullo! ¿Me atreveré a decirlo, que los más abominables pensamientos impuros corrompen quizás todos aquellos corazones? Aquellos infelices cristianos no usan libros ni rosarios durante la santa Misa, y no saben cómo emplear el tiempo que dura su celebración; oidles cómo se quejan y murmuran por retenérseles demasiado tiempo en la santa presencia de Dios. ¡Oh, Señor!, ¡cuántos ultrajes y cuántos insultos se os infieren, en los momentos mismos en que Vos con tanta bondad y amor abría las entrañas de vuestra misericordia¡ ... No me admiro de que los judíos llenasen a Jesucristo de oprobios, después de haberle considerado como un criminal, y creyendo realizar una buena obra; pues «si le hubiesen conocido, nos dice San Pablo nunca habrían dado muerte al Rey de la gloria» (I Cor., II, 8.). Mas los cristianos, que con tanta certeza saben que es el mismo Jesucristo quien está sobre los altares, y conocen cuánto le ofende su falta de respeto y comprenden el desprecio que encierra su impiedad! ... ¡Oh, Dios mío! y, si los cristianos no hubiesen perdido la fe, ¿podrían comparecer en vuestros templos sin temblar y sin llorar amargamente sus pecados? ¡Cuántos os escupen el rostro con el excesivo cuidado de adornar su cabeza; cuántos os coronan de espinas con su orgullo; cuántos os hacen sentir los rudos golpes de la flagelación, con las acciones impuras con que profanan su cuerpo y su alma! ¡Cuántos¡ ¡ay! os dan muerte con sus sacrilegios; cuántos os retienen clavado en la cruz, obstinándose en su pecado! ... ¡Oh, Dios mío!, ¡cuántos judíos volvéis a encontrar entre los cristianos! ...





4.° No podemos considerar sin temblor lo que sucedió al pie de la cruz: aquel era el lugar donde el Padre Eterno esperaba a su Hijo adorable para descargar sobre Él todos los golpes de su justicia. Igualmente, podemos afirmar que es al pie de los altares donde Jesucristo recibe los más crueles ultrajes. ¡Ay!, ¡Cuántos desprecios de su santa presencia! ¡Cuántas confesiones mal hechas! ¡Cuántas misas mal oídas! ¿Cuántas comuniones sacrílegas? ¿No podré deciros yo como San Bernardo: "¿que pensáis de vuestro Dios, cuál es la idea que de Él tenéis»? Desgraciados, si tuvieseis de Él el concepto que debéis, ¿osarías venir a sus pies para insultarle? Es insultar a Jesucristo acudir a nuestras templos, ante nuestros altares, con el espíritu distraído y ocupado en los negocios mundanos; es insultar a la majestad de Dios comparecer en su presencia con menos modestia que en las casas de los grandes de la tierra. Le ultrajan también aquellas señoras y jóvenes mundanas que parecen venir al pie de los altares sólo para ostentar su vanidad, atraer las miradas y arrebatar la gloria y la adoración que sólo a Dios son debidas. Dios lo aguanta con paciencia, mas no por eso dejará de llegar la hora terrible... Dejad que llegue la eternidad...




Si en la antigüedad Dios se quejaba de la infidelidad de su pueblo, porque profanaba su santo Nombre, ¡cuáles serán las quejas que tendrá ahora para echarnos en cara, cuando, no contentos con ultrajar su santo Nombre con blasfemias y juramentos que hacen temblar el infierno, profanamos el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de su Hijo!... Dios mío, ¿a qué os veis reducido?.. En otro tiempo no tuvisteis más que un calvario, pero ahora, ¡tenéis tantos cuantos son los malos cristianos!...




¿Qué sacaremos de todo esto, sino que somos realmente unos insensatos al causar tales sufrimientos a un Salvador que tanto nos amó? No volvamos a dar muerte a Jesucristo con nuestros pecados, dejemos que viva en nosotros, y vivamos también en su gracia. De esta manera nos cabrá la misma suerte que cupo a cuantos procuraron evitar el pecado y obrar el bien guiados solamente por el anhelo de agradarle.



                                    




SERMON PARA EL JUEVES SANTO (Presbítero Miguel Sánchez, 1864)

 


SERMÓN PARA EL JUEVES SANTO - El mandato

Presbítero Miguel Sánchez, 1864



Si hoc scitis, beati eritis si faeceritis ea.

Si sabéis estas cosas, seréis bienaventurados si las cumplís.

(San Juan, cap. xiii, v, 17.)




Amados hermanos míos en Jesucristo: Hoy debemos

hablar de la última Cena ó, mejor dicho, del

último testamento que, al prepararse para la muerte,

entregó el Salvador á sus discípulos. Con el fin

de espresar con absoluta exactitud la doctrina de

nuestro Divino Maestro, debemos limitarnos á lo

que dice el Santo Evangelio.




Antes del dia de la fiesta de la Pascua, sabiendo

Jesús que se le acercaba la hora para pasar de

este mundo á su Padre, y habiendo amado á los

suyos, que estaban en el mundo, quiso amarlos hasta

el fin. Hecha la cena, habiendo el diablo tentado á

Judas para que entregase a Jesús, sabiendo el Señor

que todo lo habia puesto el Padre en sus manos;

que había descendido de Dios, y que á Dios volvía,

se levantó de la Cena, se puso sus vestiduras, y 

recibiendo un paño, se ciñó con él. Despues puso agua

en una vacía, y empezó á lavar los pies á sus discípulos

, y limpiarlos con el paño de que estaba ceñido.

Llegó, pues, á Simón Pedro, y este le dijo:—

«Señor, ¿Tú me lavas lós pies?—Y Jesús respondió

:— Lo que yo hago, tú no lo sabes; pero lo sabrás

despues.—Y replicó Pedro: —Jamás me lavarás

los pies.— A esto contestó el Señor: — Si no te

lavo los pies, no tendrás parte en mi reino. — Señor,

añadió entonces Simón Pedro, lávame no solo

los pies, sino también las manos y la cabeza. — A

lo cual añadió el Divinó Maestro : — El que está

limpio, solo necesita lavar sus pies.»




Despues de haber practicado esta humildísima

ceremonia, dijo el Señor á sus discípulos: "¿Sabéis

qué es lo que acabo de hacer? Vosotros me llamais

Maestro y Señor, y hacéis bien, porque lo soy. Si

yo he lavado vuestros pies, siendo vuestro Señor y

vuestro Maestro, vosotros debeis también lavaros

mutuamente los pies. En verdad os digo que no es

el siervo mayor que su Señor, ni el Apóstol es más

digno que el que lo envia.  En verdad os digo que

uno de vosotros me ha de entregar."




Lo que acabamos de oir, todo es del cap. xiii

de San Juan. Para que podamos esplicarlo con claridad

y espíritu de devocion, es necesario implorar

los auxilios de la divina gracia. Pidámosla, pues, al

Señor, haciendo una oracion humilde y fervorosa.

Ave Maria.




Amados hermanos mios en Jesucristo: En las palabras

del Santo Evangelio que acabais de oír, habréis

observado que Nuestro Señor Jesucristo, al

lavar los píes de sus discípulos en la última Cena,

nos enseña á humillarnos con el corazon para adquirir

fortaleza en el espíritu. Jesús veia que estaba

próxima la hora de la persecución, y, como dice San

Juan, quiso darnos ejemplo, para que, como Él

obró, así obremos nosotros en idénticas circunstancias.

Jesús no solo se humilla, sino que quiere que

sus discípulos se humillen dejándose lavar por El.

Por esto reprende á San Pedro cuando movido por

el gran respeto que le tenia, rehusaba el ser lavado

por quien era su Señor y su Dios. Y no solo

enseña Jesús la humildad con su ejemplo, sino que

la inculca ademas con su doctrina. Practica al mismo

tiempo la caridad de una manera admirable. Judas

intenta vender a Jesucristo, Jesús lo sabe, y sin

embargo, lo admite en su apostolado, lo trata como

Apóstol, le lava los pies, y haciéndole participe de

sus divinos Misterios, le dá á comer su propio cuerpo

y á beber su propia sangre. ¡Cuánta humildad en

Nuestro Divino Salvador! ¡Qué santísima doctrina

nos enseña al proclamar y honrar la necesidad de la

humillación! ¡Que caridad tan asombrosa al perdonar

a su enemigo, y al dársenos en cuerpo y alma, tal

cual es en el Santísimo Sacramento! Y es que Jesús

veia muy cerca la persecución, y para que la resistiesen

quería dar fuerzas espirituales á sus discípulos.




Oigamos lo que dice el mismo Evangelio. «Dijo

Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre y

Dios glorificado en él. Hijos mios, muy poco tiempo

me queda de permanecer con vosotros. Me buscareis;

pero no podéis ir á donde yo voy. Os doy un

mandato nuevo: Amaos mútuamente como yo os

he amado á vosotros. Las gentes conocerán que sois

mis discípulos por la caridad mutua con que debeis

amaros unos á otros.» Aquí, hermanos mios, Jesús

anuncia el peligro, que es la persecución, y señala

el medio de obtener la victoria, que es la humildad

con que debemos inclinar nuestro espíritu ante Dios,

y la caridad con que debemos amar á nuestros hermanos.

En la humildad, está la fé. En la caridad, se halla el consuelo y la fortaleza. Por tanto, en las persecuciones con que hoy nos amenaza el mundo; en las asechanzas que a todas horas nos prepara el espíritu; en las terribles tentaciones de la carne; en fin, en todos los peligros para nuestra alma, debemos pedir al Señor humildad para que no se entibie nuestra fé, y ardiente caridad para que socorriéndonos mútuamente, nunca podamos ser vencidos.




Jesús nos dice: «No se turbe vuestro corazon.

Si creeis en Dios, creed en mí. En la casa de mi

Padre, hay muchas mansiones. Yo voy a prepararos

el lugar. Cuando os haya preparado el lugar,

volveré á vosotros, os tomaré, y os llevaré á mi

mismo para que esteis vosotros donde Yo estoy.»

¡Qué palabras tan consoladoras! La persecución se

acerca. El Pastor será herido y se dispersarán las

ovejas; pero el Señor ha subido al cielo para prepararles

morada, y cuando la haya preparado, volverá

a la tierra para llevarnos á Él mismo. El Apóstol

Felipe, al oir esto, dijo: «Señor, muéstranos al Padre,

y esto basta. Y el Señor le contestó:—¿No habéis

podido conocerme en tanto tiempo como he

permanecido á vuestro lado ? Felipe, quien me vé

á Mí, vé á mi Padre. ¿No creeis que mi Padre está

en mí, y que Yo estoy en mi Padre?» ¿Podremos,

hermanos mios, temer las persecuciones de la iniquidad, 

ni los trabajos de la vida, si recordamos

que Jesús es nuestro Padre; que Jesús es Dios, que

desde lo alto del cielo nos está siempre amparando

con su omnipotencia? ¿Podéis dudar de la eficacísima

protección de Jesús? Pues Él mismo nos dice:

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo

haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si me amais, observad mis Mandamientos. Yo rogaré

al Padre, y os dará el Espíritu Santo para que

permanezca eternamente con vosotros. Y será el espíritu

de verdad, á quien el mundo no puede recibir

porque no lo vé ni lo conoce; pero vosotros lo

conoceréis porque permanecerá entre vosotros, y

será entre vosotros."




Y como si aun no fuese bastante todo esto, el

Señor, para infundirnos santa fortaleza en el corazón,

añade: «No os dejaré huérfanos; vendré otra

vez á vosotros.» 

Sí, no os dejaré huérfanos, no os dejaré desamparados, por que, aunque se acerca la persecución, vosotros, al recibir mi fé, me habéis recibido á mi mismo; al conocerme á mí, habéis conocido á mi propio Padre; al dejaros lavaros pies por mi, me habéis probado que poseeis la humildad, fundamento de toda fé, y la fé con la fuerza necesaria para trasladar los montes. No os dejaré huérfanos, sí, por que quien recibe mis mandatos y los observa, ese es quien me ama; y quien me ama, será amado por mi Padre, y conmigo vivirá en la eterna mansión de mi Padre. No os dejaré huérfanos, sí, por que el Espíritu Santo que os enviará el Padre en mi nombre, os enseñará todo lo necesario y os sugerirá todas las cosas que yo os hubiere dicho. No os dejaré huérfanos, sí, por que os he dado mi paz, no como la dá el mundo, con falsas palabras, sino como la dá Dios, con celestial doctrina y hechos de vida eterna. No se turbe, pues, vuestro corazon, ni tembleis ante las persecuciones. En fin, yo no os dejaré huérfanos, por que si voy al Padre como os he dicho, volveré á vosotros, y si me amáis, en el dia de la Resurreccion os inundareis de santa alegría.




Hé aquí lo que significa la humillación de Jesús

al lavar los pies á sus discípulos. No les lava como

quería San Pedro, las manos y la cabeza, por que

todos, ménos uno, estaban limpios; pero les lava los

pies, como para indicarles que la humildad es el

principio de la fé, y que sin la fé es imposible

agradar al Señor. Por esto amenaza á Pedro hasta

con escluirlo del reino de Dios si no se deja lavar los

pies, es decir, si no consiente en humillarse para

que la celestial doctrina de Jesucristo no encuentre

obstáculos en su corazon.




No solo nos dice el Salvador que la fé en su divinidad nos dará virtud y fortaleza, sino que nos asegura que sin esta fé, hija de la humildad, no podemos hacer nada bueno en órden á la vida eterna.


«Yo, dice Jesús, soy la verdadera vid. Permaneced

en mí, y yo permaneceré en vosotros. Como la

rama no puede producir frutos por sí sola si no permanece

unida al árbol, del mismo modo vosotros no

podéis ser justos si no permaneceis en mí. Yo soy la

vid, y vosotros las ramas. Quien permanece en mí

y-yo en él, este es el que practica la virtud, por

que sin mí nada podéis hacer. El que no permanece

en mí será arrojado afuera, y como el sarmiento,

se secará, y lo arrojarán al fuego y se convertirá

en cenizas. Si permaneceis en mí y recordáis

mis palabras, obtendréis todo lo que pidáis á

Dios.» Sí, hermanos mios: en Dios, en Jesús consiste

toda nuestra fortaleza: dejémonos lavar los pies

por Jesús para aprender á lavar los pies á nuestros

hermanos. Al recordar que Jesús se humilló ante

nosotros, no podemos hallar ningún inconveniente

en humillarnos nosotros ante los hombres. Jesús

es el árbol; nosotros somos las ramas, y la humillación

debe ser siempre el lazo de unión entre las

ramas que necesitan la vida y el árbol que se

las dá.




«Como me amó mi Padre, os amo yo á vosotros.

Permaneced en mi amor. Os digo estas cosas para

que mi gozo sea en vosotros y vuestro gozo sea cumplido.

Amaos mútuamente, como yo os he amado.

Vosotros sereis mis amigos si hacéis lo que os mando.

Ya no os llamaré siervos, porque el siervo ignora

lo que hace su Señor. Os llamaré amigos, porque

os he manifestado todo lo que he oido de mi Padre.

No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido

para que vayais y produzcáis fruto, y vuestro

fruto permanezca, para que el Padre os dé todo lo que

le pidáis.» Miradlo bien. Permaneciendo unidos á Jesús, 

Él nos elige, Él nos llama amigos, Él nos revela

todo lo que ha oido de su Padre, Él, en fin,

con tal de que nos humillemos para tener fé, y nos

amemos para practicar la caridad, nos dará su bendición

omnipotente para que nuestro fruto permanezca

y nuestras oraciones sean oidas por Dios. 


Hé aquí otro efecto de la humillación de los Apóstoles.

Consienten en que Jesús les lave los pies; creen que

Dios se puede humillar hasta lavar los pies del hombre;

creen que el Verbo Eterno puede humillarse

hasta tomar carne humana; creen, en fin, que el

Dios omnipotente puede humillarse hasta tomar la

forma de siervo, y sufrir inicuas persecuciones de

los hombres, y porque tienen esta fé, porque cautivan

su entendimiento en obsequio de la fé, el Señor

declara, no solo que están limpios, sino que han

sido purificados; no solo que son justos, sino que

están confirmados en la gracia; no solo que son ramas

de la vid, sino que son ramas fecundísimas,

inseparables de la vid, de Jesucristo, que darán muchos

frutos, y que sus frutos serán permanentes.

Permanentes, porque su fé no se entibiará jamás»

y nunca la confesarán con tanta valentía como en

las gradas del cadalso ó ante el tribunal de los perseguidores.

Permanentes, porque su caridad no se

estinguirá nunca, aunque para practicarla sea necesario

imitar á Jesucristo, dando al mismo Judas,

es decir, á los traidores, los más encarnizados

enemigos, lós más insignes,ejemplos de humildad y

caridad. Permanentes, en fin, porque aunque el

cielo y la tierra se estremezcan, aunque la débil

barquilla parezca próxima á ser sepultada por el

furor de las olas en las entrañas del mar; aunque

vean á Jesús pendiente del árbol Santo y aun

con una pesada losa sobre su sepulcro, jamás dejarán

de esperar en su Resurrección y creer en su

divinidad. «Si el mundo os aborrece, dice el Salvador,

sabed que primero me ha aborrecido á mí.

Si fuéreis del mundo, el mundo amaría lo que era

suyo. Pero como no sois, el mundo os aborrece.

Pero esto os lo harán en mi nombre, porque no conocen

al que me ha enviado.» 



Si, hermanos míos: estas palabras nos mueven á perdonar a nuestros enemigos, como Jesús perdonó al pérfido Judas. No nos aborrecen por ódio á nosotros; nos odian porque aborrecen á Dios. Esto nos obliga á compadecer, antes que á pedir venganza contra nuestros enemigos.

Más aun hace nuestro divino Redentor. Después

de enseñarnos á ser humildes con su ejemplo y sus

palabras; despues de enseñarnos á perdonar á nuestros

enemigos con su doctrina y su conducta, consagra

su propio cuerpo y su propia sangre, y nos

lo dá bajo las especies Sacramentales. ¡Oh Cena admirable!

¡Oh último testamento de Jesús! Jamás,

hermanos mios, caeríamos en la culpa si siempre

lo tuviésemos delante de nuestros ojos. 

Cualquiera que sea la tribulación en que nos encontremos, seamos humildes, y la humillación llenará nuestra alma de consuelo. Si nos encontramos afligidos por la persecución ó la desgracia, invoquemos con humildad la protección del Señor, y el Señor se humillará hasta lavar nuestros pies, es decir, hasta socorrernos en nuestro infortunio. Si nos hallásemos angustiados por la traición, por la calumnia ó la perfidia, imitemos á Jesús, perdonemos y amemos al mismo Judas, y el Señor desarmará á nuestros enemigos y romperá los lazos que se armen debajo de nuestros pies. Por último: si en las borrascas de la vida sentimos debilidad en nuestra alma, recibamos con fé y amor el Pan de los ángeles, el Cuerpo Santísimo de Jesús, y no temeremos á la misma muerte, y nuestra fé será cada dia más viva, núestra caridad se inflamará por instantes, y nuestra esperanza se aumentará hasta llegar á convertirse en la inmensa alegría de los Santos.




Ya, hermanos mios, sabemos cuál es la última

voluntad de Jesús. Solo nos falta practicarla para

adquirir la eterna bienaventuranza.—Amen.




CRISTO CON SU PASIÓN NOS ABRIÓ LA PUERTA DEL CIELO (Meditación de Santo Tomás de Aquino)

 



Cuarto Domingo de Cuaresma

CRISTO CON SU PASIÓN NOS ABRIÓ LA PUERTA DEL CIELO


Por tanto, hermanos, teniendo confianza de entrar en el Santuario por la sangre de Cristo. (Hebr 10, 19).



La clausura de la puerta es un obstáculo que impide a los hombres la entrada. Pero los hombres son privados de la entrada en el reino celestial por causa del pecado, pues como se dice en Isaías (25, 8): Se llamará camino santo; no pasará por él hombre mancillado. Hay dos clases de pecados que impiden la entrada en el reino celestial. Uno, común a toda la naturaleza humana, que es el pecado del primer padre; y por este pecado se cerraba al hombre la entrada en el reino celestial. Por esto se lee en el Génesis que, después del pecado del primer padre, delante del paraíso puso (Dios) Querubines, y espada que arrojaba llamas, y andaba alrededor para guardar el camino del árbol de la vida.



Otro es el pecado particular de cada persona, que se comete por el acto propio de cada hombre.



Por la Pasión de Cristo fuimos librados no solamente del pecado común a toda la naturaleza humana, en cuanto a la culpa y en cuanto al reato de la pena, pagando Él el precio por nosotros, sino también de los pecados propios de cada uno de los que participan de la Pasión de Cristo por medio de la fe, de la caridad y de los sacramentos de la fe. Y por eso la Pasión de Cristo nos abrió la puerta del reino celestial. Esto es lo que dice el Apóstol a los Hebreos (9, 11): estando Cristo ya presente, Pontífice de los bienes venideros... por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo hallado una redención eterna. Y esto se presentaba figuradamente en los Números, donde se dice que el homicida se estará allí, esto es, en la ciudad en que se había refugiado, hasta que muera el sumo sacerdote; muerto el cual, podrá regresar a su casa (Num 35, 25).



Los santos padres, haciendo obras de justicia, merecieron entrar en el reino celestial por la fe en la Pasión de Cristo, según aquello del Apóstol: Los cuales por fe conquistaron reinos, obraron justicia (Hebr 11, 33); por ella también era purificado del pecado cada uno de ellos, respecto a la purificación de la propia persona. La fe o la justicia de alguno no bastaba, sin embargo, para remover el impedimento que provenía del reato de toda humana criatura. Ese reato fue realmente removido por el precio de la sangre de Cristo. Por eso, antes de la Pasión de Cristo, no podía ninguno entrar en el reino celestial y alcanzar la bienaventuranza eterna, que consiste en el pleno goce de Dios.



Cristo nos mereció con su Pasión la entrada en el reino celestial y removió el obstáculo; pero, por su ascensión, nos introdujo, por decirlo así, en la posesión del reino celestial. Por eso se dice que subirá delante de ellos el que les abrirá el camino (Miq 2, 13).

Santo Tomás de Aquino, 3ª q. XLIX, a, 5.