Mostrando entradas con la etiqueta penitencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta penitencia. Mostrar todas las entradas

SERMÓN PARA EL VIERNES SANTO (Santo Cura de Ars)

 



EL PECADO RENUEVA LA PASIÓN DE JESUCRISTO

Santo Cura de Ars




VIERNES SANTO

Prolapsi sunt: rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.
Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos.

(S. Pablo a los Hebreos, IV, 6.)



¿Podemos concebir un crimen más horrible que el de los judíos al dar muerte al Hijo de Dios, a aquel que estaban esperando desde hacía cuatro mil años, al que había sido la admiración de los profetas, la esperanza de los patriarcas, el consuelo de los justos, la alegría del cielo, el tesoro de la tierra, la felicidad del universo? Pocos días antes le recibieron triunfalmente al entrar en ,Jerusalén, manifestando con ello claramente que le reconocían por el Salvador del mundo. Decidme, ¿es posible que, a pesar de todo esto, quieran darle muerte, después de haberle llenado de toda suerte de ultrajes? ¿Que daño les había causado, pues, este divino Salvador? O mejor, ¿qué bien dejaba de otorgarles, al bajar a librarlos de la tiranía del demonio, a reconciliarlos con su Padre celestial, ya abrirles las puertas del cielo que el pecado de Adán había cerrado? ¡Ay!, ¡de qué no es capaz el hombre cuando se deja cegar por sus pasiones!. Pilato dejó escoger a los judíos entre dar libertad a Jesús o a Barrabás, que era un criminal. Y ellos libertaron al malhechor cargado de crímenes y pidieron la muerte de Jesús, que era la misma inocencia, y más aún, su Redentor! ¡Oh, Dios mío!, ¡qué elección tan indigna! Os admira, y razón tenéis para ello; sin embargo, si me atreviese, os diría que nosotros, siempre que pecamos, hacemos parecida elección. Y para mejor hacéroslo sentir, voy ahora a mostraros cuán grande sea el ultraje que hacemos a Jesucristo al preferir el camino donde nos guían nuestras inclinaciones al camino que conduce a Dios.




Sí, la malicia humana nos ha dado medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, no sólo de una manera tan cruel como los judíos, sino además de una manera sacrílega y horrible. Mientras vivió en este mundo, Jesucristo: no tuvo más que una vida por perder y sólo en un Calvario fue crucificado; pero, desde su muerte, el hombre, con sus pecados, le ha hecho hallar tantas cruces cuantos son los corazones que palpitan sobre la tierra. Para mejor convenceros de ello, mirémoslo más de cerca. ¿Qué observamos en la Pasión de Jesucristo? ¿No es, por ventura, un Dios traicionado, abandonado hasta por sus discípulos; un Dios puesto en parangón con un infame criminal: un Dios expuesto al furor de la soldadesca y tratado como un rey de burlas? No me negaréis que todo esto resultaba en gran manera humillante y cruel en la muerte del Salvador. Sin embargo, no vacilo en afirmaros que lo que sucede todos los días entre los cristianos, es aún más sensible a Jesucristo que cuanto pudieron hacerle sufrir los judíos.




1.° No ignoro que Jesucristo fue traicionado y abandonado por sus apóstoles; tal vez ésta fue la llaga que más sensiblemente hirió su corazón lleno de bondad. Mas os diré también que, por la malicia del hombre y del demonio, esta tan dolorosa llaga es renovada todos los días por un gran número de malos cristianos. Si Jesucristo nos ha dejado en la santa Misa el recuerdo y el mérito de su pasión, ha permitido también que hubiese hombres que, con todo y ser cristianos y por lo tanto discípulos suyas, no vacilasen en traicionarle en cuanto se les ofreciese ocasión. No tienen escrúpulo en renunciar al bautismo y en renegar de su fe; y ello solamente por el temor de ser objeto de burla y menosprecio por parte de algunos libertinos o ignorantes. A esta clase pertenecen las tres cuartas partes de la gente de nuestros días, en extremo temerosas de mostrar sus convicciones cristianas a la faz del mundo. Pues bien, es como si abandonásemos a nuestro Dios, cuantas veces omitimos las oraciones de la mañana o de la noche, siempre que faltamos a la santa Misa... Hemos abandonado también a Dios, desde el momento en que ya no frecuentamos los Sacramentos. ¡Ah! Señor, ¿dónde están los que os permanecen fieles y os siguen hasta el Calvario?... A la hora de su Pasión, preveía ya Jesucristo cuán pocos serían los cristianos que iban a seguirle a todas partes, cuán pocos estarían dispuestos a arrostrar toda suerte de tormentos y la misma muerte antes que mostrasen valor para acompañarle hasta el Calvario. Mientras Jesucristo colmaba de favores a sus discípulos, ellos estaban dispuestos a sufrir. Así obraron San Pedro y Santo Tomás; mas, llegado el momento de la prueba, todos huyeron, todos le abandonaron. Retrato perfecto de muchísimos cristianos que no dejan de formular muy buenos propósitos; mas, a la menor dificultad, abandonan a Dios ; no reconocen su existencia ni su providencia; una pequeña calumnia, la más insignificante injusticia de que sean victimas, una enfermedad demasiado larga, el temor de perder la amistad de cierta persona de la cual han recibido o esperan recibir algún favor, les hace olvidar la religión y sus preceptos; la dejan a un lado y llegan hasta enojarse contra los que la observan fielmente. Todo lo echan a la mala, maldicen a las personas que consideran como causantes del daño que experimentan. ¡Dios mio, cuantos desertores! ¡Cuan raros son los cristianos que, como la Santisima Virgen, esten dispuestos a seguiros hasta el Calvario! ...




Me preguntareis, empero: ¿Cómo llegaremos a conocer si seguimos verdaderamente a Jesucristo? Nada más fácil. Cuando observáis fielmente los mandamientos. Se nos ordena que por la mañana y por la noche nos encomendemos a Dios con gran respeto: pues bien, ¿lo hacéis vosotros, poniéndoos de rodillas, antes de comenzar el trabajo con el deseo de agradar a Dios y salvar vuestra alma ? O, por el contrario, ¿lo practicáis solo por costumbre, por rutina, sin pensar en Dios, sin atender a que estáis en peligro de perderos, y por consiguiente, muy (falta una línea en el original) cerca de vuestra condenación ? Los preceptos de la Ley de Dios os prohíben trabajar en días festivos. Pues bien, mirad si lo habéis observado fielmente, si habéis empleado santamente el día del domingo, dedicándoos a la oración, a confesar vuestros pecados, a fin de evitar que la muerte os sorprenda en un estado que os conduzca al infierno. Examinad la manera como asistís a la Santa Misa, y ved si habéis estado siempre bien penetrados de la grandeza de aquel acto, si habéis considerado que es el mismo Jesucristo, como hombre y como, Dios, quien esta realmente presente en el altar. ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios, y de la consumación de igual sacrificio? ¿Testimoniasteis a Dios el pesar que sentíais por haberle ofendido y le dijisteis que, con el auxilio de su gracia, en lo venidero preferiríais la muerte al pecado? ¿Hicisteis siempre cuanto estaba de vuestra parte para merecer los favores que Dios tuvo a bien concederos? ¿Le habéis pedido la gracia de saberos aprovechar de los sermones que tenéis la suerte de oír, y cuyo objeto no es otro que el de instruiros acerca de vuestros deberes para con Dios y para con el prójimo? Los mandamientos Os prohíben jurar en vano: mirad que palabras salen de vuestra boca, consagrada a Dios por el bautismo; examinad si habéis jurado falsamente por el santo nombre de Dios, si habéis proferido malas palabras, etcétera. Nuestro Señor, en uno de sus preceptos, os ordena amar y reverenciar a los padres, etc., etc. Decís que sois hijos de la Iglesia: ved si cumplís lo que ella os ordena...



                




Si somos fieles a Dios cual la Santísima Virgen, no temeremos al mundo, ni al demonio ; estaremos prestos a sacrificarlo todo, incluso nuestra vida. Aquí vais a ver un ejemplo de ello. La historia nos cuenta que, después de la muerte de San Sixto, todos los bienes de la Iglesia fueron confiados a San Lorenzo. El emperador Valeriano llamó al Santo y le ordenó la entrega de todos aquellos tesoros. San Lorenzo, sin inmutarse, pidió al soberano un plazo de tres días. En aquel lapso, reclutó a cuantos ciegos, cojos y toda clase de pobres y enfermos le fue posible, seres todos llenos de miseria y cubiertos de llagas. Pasados los tres días, San Lorenzo los presentó al emperador diciéndole que allí estaba todo el tesoro de la Iglesia. Valeriano, sorprendido y espantado al hallarse en presencia de aquella turba que parecía reunir en sí todas las miserias de la tierra, se enfureció, y dirigiéndose a sus soldados, les ordenó prendiesen a Lorenzo y le cargasen de hierros y cadenas, reservándose el placer de hacerle morir con muerte lenta y cruel. En efecto, hízole azotar con varas; hízole desgarrar la piel y experimentar toda suerte de tormentos: el Santo se regocijaba con tales torturas; al verlo Valeriano, fuera de sí, hizo preparar una cama de hierro sobre la cual mandó fuese tendido Lorenzo; luego ordenó se encendiese debajo un fuego suave a fin de asarle despacio, para que su muerte fuese más lenta y cruel. Cuando el fuego hubo ya consumido una parte de su cuerpo, San Lorenzo, burlándose siempre de los suplicios, volvióse hacia el emperador, y, con semblante risueño y radiante, le dijo: «¿No ves que mi carne está ya bastante asada de un lado?. Vuélveme, pues, del otro, a fin de que sea igualmente gloriosa en el cielo.» Por orden del tirano, los verdugos volvieron entonces al mártir del otro lado. Pasado algún tiempo, San Lorenzo habló así al emperador: «Mi carne está suficientemente asada, puedes ya comer de ella.» ¿No reconocéis aquí a un cristiano que, imitando a la Virgen Santísima y a Santa Magdalena, sabe seguir a su Dios hasta el Calvario? ¡Ay! ¿Qué será de nosotros, cuando Nuestro Señor nos ponga en parangón con aquellos santos, que prefirieron sufrir toda suerte de tormentos antes que hacer traición a su religión y a su conciencia.




2.° Mas no nos contentamos con abandonar a Jesucristo, como los apóstoles, que, después de haber recibido innumerables favores y cuando el Maestro más necesitado estaba de consuelo, huyeron. ¡Ay!, ¡cuántos son los que osan dar preferencia a Barrabás, es decir, les gusta más seguir al mundo y sus pasiones, que a Jesucristo con la cruz a cuestas! ¡Cuántas veces le hemos recibido en son de triunfo en la sagrada mesa, y poco tiempo después, seducidos por nuestras pasiones, hemos preferido a ese Rey, ora un placer momentáneo, ora un vil interés, tras el cual andamos, a pesar de nuestros remordimientos de conciencia! ¡Cuántas veces, hemos estado vacilando entre la conciencia y las pasiones, y en semejante lucha hemos ahogado la voz de Dios, para no oír más que la de nuestras malas inclinaciones! Si dudáis de ello, escuchadme un momento, y vais a comprenderlo con toda claridad. Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interior mente: «¿ Qué vas a hacer?... He aquí tu placer por un lado y a tu Dios por otra; es imposible agradar a ambos al, mismo tiempo: ¿ por cuál de los dos te vas a declarar?... Renuncia o a tu Dios o a tu placer». ¡Ay!, ¡Cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos : nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestras pasiones ! ¡ Cuántas veces hemos dicho: «¡Quiero mis placeres» ! Nuestra conciencia nos ha advertido: «Mas, ¿qué será de tu Dios ?» - «No me importa lo que va a ser de mi Dios, responden las pasiones; lo que quiero es gozar.» - «No ignoras, nos dice la conciencia, mediante los remordimientos que nos sugiere, que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios.» - «¿Qué me importa, replican las pasiones, que sea crucificado mi Dios, con tal que satisfaga yo mis deseos? - Mas ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, te has arrepentido después, y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!» - Mas la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: «¡Mi placer, he aquí mi razón: Dios es el enemigo de mi placer, sea, pues, crucificado!» - « ¿Preferirás a tu Dios el placer de un instante? » - « Sí, clama la pasión, venga lo que viniere a mi alma y a mi Dios, con tal que pueda yo gozar.»




Y aquí tenéis, lo que hacemos cuantas veces pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que nos es imposible desear y cometer un pecado, sin que perdamos a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma. ¿No es verdad, que, cuantas veces estamos a punto de caer en pecado, oímos una voz interior que nos invita a detenernos, diciéndonos que de lo contrario vamos a perdernos y a dar muerte a nuestro Dios? Podemos afirmar muy bien que la pasión que los judíos hicieron sufrir a Jesucristo era casi nada comparada con la que le hacen soportar los cristianos, con los ultrajes del pecado mortal. Los judíos antes que a Jesús prefirieron un criminal que había cometido muchos asesinatos; y ¿qué hace el cristiano pecador?... Ni tan sólo es un hombre el objeto que pone por encima de su Dios, sino, digámoslo con pena, un miserable pensamiento de orgullo, de odio, de venganza o de impureza; un acto de gula, un vaso de vino, una ganancia miserable que tal vez no llega a dos reales; una mirada deshonesta o alguna acción infame: ¡ved lo que antepone al Dios de toda santidad! Desgraciados, ¿qué hacemos? ¡Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado!.., ¡ Hasta tal punto osamos llevar nuestro furor contra un Dios que tanto nos amó !...




                              




No nos admire que los Santos, que conocían la magnitud del pecado, prefirieran sufrir cuanto pudo inventar el furor de los tiranos, antes que caer en él. Vemos de ello un admirable ejemplo en Santa Margarita. Al ver su padre, sacerdote idólatra de gran reputación, que era cristiana y que no lograba hacerle renunciar a su religión, la maltrató de la manera más indigna y arrojóla después de su casa. No se desanimó por ello Margarita, sino que, a pesar de la nobleza de su origen, resignose a llevar una vida humilde y oscura al lado de su nodriza, la cual, ya desde su infancia, le había inspirado las virtudes cristianas. Cierto prefecto del pretorio llamado Olybrio, prendado de su belleza, mandó que fuese conducida a su presencia, a fin de inducirla a renegar de su fe, para casarse después con ella. A las primeras preguntas del prefecto, le respondió que era cristiana, y que permanecería constantemente esposa de Cristo, Irritado Olybrio por la respuesta de la Santa, mandó, a los verdugos la despojasen de sus vestiduras y la tendiesen sobre el potro de tormento. Puesta allí, la hizo azotar con varas, con tanta crueldad que la sangre manaba de todos sus miembros. Mientras se la atormentaba, la invitaban a sacrificar a los dioses del imperio, representándole cómo su tenacidad le haría peder su hermosura y su vida. Pero, en medio de los tormentos, ella exclamaba: «No, no, jamás por unos bienes perecederos y por unos placeres vergonzosos dejaré a mi Dios. Jesucristo, que es mi esposo, me tiene bajo su cuidado, y no me abandonará». Al ver el juez aquel valor, al que él llamaba terquedad, hízola golpear tan cruelmente que, a pesar de sus bárbaros sentimientos, veíase obligado a apartar la vista del espectáculo. Temiendo que ella no sucumbiese a tales tormentos, ordenó conducirla a la prisión. Allí aparecióse a la joven el demonio en forma de dragón que parecía quererla devorar. La Santa hizo la señal de la cruz, y el dragón reventó a sus pies. Después de aquella terrible lucha vió una cruz brillante como un foco de luz, encima de la cual volaba una paloma de admirable blancura. Con ello sintióse la Santa en gran manera fortalecida. Pasando algún tiempo, viendo aquel juez inicuo que, a pesar de las torturas, de las que los mismos verdugos estaban asustados, nada podía lograr de ella, mandóla degollar.




Pues bien, ¿imitamos a Santa Margarita, cuando anteponemos un vil interés a Jesucristo? ¿Cuándo optamos por quebrantar los preceptos de la ley de Dios o de la Santa Iglesia antes que desagradar al mundo? ¿Cuándo, para complacer a un amigo impío, comemos carne en los días prohibidos? ¿Cuando, para servir a un vecino, no tenemos escrúpulo en trabajar o en prestar nuestros animales de trabajo el santo día del domingo? ¿Cuándo, para no desagradar a algún amigo, empleamos buena parte del día festivo, tal vez las mismas horas de las funciones religiosas, en la taberna o en la casa de juego? ¡Ay!, los cristianos dispuestos a imitar a Santa Margarita, o sea a sacrificarlo todo, sus bienes y su vida, antes que desagradar a Jesucristo, son tan raros como los escogidos, es decir, como los que irán al cielo. ¡Cuánto ha cambiado el mundo, Dios mío!



3.° Os he dicho que Jesucristo fue abandonado a los insultos de la plebe, y tratado como un rey de burlas por una comparsería de falsos adoradores. Mirad a aquel Dios que no pueden contener el cielo y la tierra, y de quien, si fuese su voluntad, bastaría una mirada para aniquilar el mundo: le echan sobre las espaldas un manto de escarlata; ponen en sus manos un cetro de caña y ciñen su cabeza con una corona de espinas; y así es entregado a la cohorte insolente de la soldadesca. ¡Ay!, ¡en qué estado ha venido a parar Aquel a quien los ángeles adoran temblando! Doblan ante Él la rodilla en son de la más sangrienta burla; arrebátanle la caña que tiene en la mano, y golpéanle con ella la cabeza. ¡Oh!, ¡qué espectáculo! ¡Oh!, cuánta impiedad!... Mas es tan grande la caridad de Jesús, que a pesar de tantos ultrajes, sin dejar oír la menor queja, muere voluntariamente para salvarnos a todos. Y no obstante, este espectáculo, que no podemos contemplar sino temblando, se reproduce todos los días por obra de un gran número de malos cristianos.




Consideremos la manera cómo se portan esos infelices durante los divinos oficios; en la presencia de un Dios que se anonadó por nosotros, y que permanece en nuestros altares y tabernáculos para colmarnos de toda suerte de bienes, ¿qué homenaje de adoración le tributan? ¿No es por ventura peor tratado Jesucristo por los cristianos que par los judíos, quienes no tenían, como nosotros, la dicha de conocerle?. Ved aquellas personas comodonas: apenas si doblan una rodilla en el momento más culminante del misterio; mirad las sonrisas, las conversaciones, las miradas a todos los lados del templo, los signos y muecas de aquellos pobres impíos e ignorantes: y esto es sólo lo exterior; si pudiésemos penetrar hasta el fondo dé sus corazones, ¡ay!, ¡cuántos pensamientos de odio, de venganza, de orgullo! ¿Me atreveré a decirlo, que los más abominables pensamientos impuros corrompen quizás todos aquellos corazones? Aquellos infelices cristianos no usan libros ni rosarios durante la santa Misa, y no saben cómo emplear el tiempo que dura su celebración; oidles cómo se quejan y murmuran por retenérseles demasiado tiempo en la santa presencia de Dios. ¡Oh, Señor!, ¡cuántos ultrajes y cuántos insultos se os infieren, en los momentos mismos en que Vos con tanta bondad y amor abría las entrañas de vuestra misericordia¡ ... No me admiro de que los judíos llenasen a Jesucristo de oprobios, después de haberle considerado como un criminal, y creyendo realizar una buena obra; pues «si le hubiesen conocido, nos dice San Pablo nunca habrían dado muerte al Rey de la gloria» (I Cor., II, 8.). Mas los cristianos, que con tanta certeza saben que es el mismo Jesucristo quien está sobre los altares, y conocen cuánto le ofende su falta de respeto y comprenden el desprecio que encierra su impiedad! ... ¡Oh, Dios mío! y, si los cristianos no hubiesen perdido la fe, ¿podrían comparecer en vuestros templos sin temblar y sin llorar amargamente sus pecados? ¡Cuántos os escupen el rostro con el excesivo cuidado de adornar su cabeza; cuántos os coronan de espinas con su orgullo; cuántos os hacen sentir los rudos golpes de la flagelación, con las acciones impuras con que profanan su cuerpo y su alma! ¡Cuántos¡ ¡ay! os dan muerte con sus sacrilegios; cuántos os retienen clavado en la cruz, obstinándose en su pecado! ... ¡Oh, Dios mío!, ¡cuántos judíos volvéis a encontrar entre los cristianos! ...





4.° No podemos considerar sin temblor lo que sucedió al pie de la cruz: aquel era el lugar donde el Padre Eterno esperaba a su Hijo adorable para descargar sobre Él todos los golpes de su justicia. Igualmente, podemos afirmar que es al pie de los altares donde Jesucristo recibe los más crueles ultrajes. ¡Ay!, ¡Cuántos desprecios de su santa presencia! ¡Cuántas confesiones mal hechas! ¡Cuántas misas mal oídas! ¿Cuántas comuniones sacrílegas? ¿No podré deciros yo como San Bernardo: "¿que pensáis de vuestro Dios, cuál es la idea que de Él tenéis»? Desgraciados, si tuvieseis de Él el concepto que debéis, ¿osarías venir a sus pies para insultarle? Es insultar a Jesucristo acudir a nuestras templos, ante nuestros altares, con el espíritu distraído y ocupado en los negocios mundanos; es insultar a la majestad de Dios comparecer en su presencia con menos modestia que en las casas de los grandes de la tierra. Le ultrajan también aquellas señoras y jóvenes mundanas que parecen venir al pie de los altares sólo para ostentar su vanidad, atraer las miradas y arrebatar la gloria y la adoración que sólo a Dios son debidas. Dios lo aguanta con paciencia, mas no por eso dejará de llegar la hora terrible... Dejad que llegue la eternidad...




Si en la antigüedad Dios se quejaba de la infidelidad de su pueblo, porque profanaba su santo Nombre, ¡cuáles serán las quejas que tendrá ahora para echarnos en cara, cuando, no contentos con ultrajar su santo Nombre con blasfemias y juramentos que hacen temblar el infierno, profanamos el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de su Hijo!... Dios mío, ¿a qué os veis reducido?.. En otro tiempo no tuvisteis más que un calvario, pero ahora, ¡tenéis tantos cuantos son los malos cristianos!...




¿Qué sacaremos de todo esto, sino que somos realmente unos insensatos al causar tales sufrimientos a un Salvador que tanto nos amó? No volvamos a dar muerte a Jesucristo con nuestros pecados, dejemos que viva en nosotros, y vivamos también en su gracia. De esta manera nos cabrá la misma suerte que cupo a cuantos procuraron evitar el pecado y obrar el bien guiados solamente por el anhelo de agradarle.



                                    




DOMINGO DE PASIÓN (Meditación de Santo Tomás de Aquino)

 


Quinto Domingo de Cuaresma

LA PASIÓN DE CRISTO


Como Moisés levantó la serpiente en el desierto; así también es necesario que sea levantado el Hijo del hombre; para que todo aquél que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 14-15)



Tres cosas se han de considerar aquí:

1º) La figura de la Pasión: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto. Al decir el pueblo judío: A nuestra alma le da náuseas este manjar de poquísima substancia (Num 21, 5), el Señor envió serpientes para vengarse; después ordenó que se hiciese para remedio una serpiente de bronce, que fue remedio contra las serpientes y figura de la Pasión. Propio de la serpiente es tener veneno, más la serpiente de bronce no tuvo veneno, sino que fue figura de la serpiente venenosa. Así, Cristo no tuvo pecado, que es veneno, sino que tuvo semejanza de pecado, como dice el Apóstol: Enviando Dios a Su Hijo en semejanza de carne de pecado (Rom 8, 3). Por lo tanto, tuvo Cristo el efecto de la serpiente contra el movimiento de las concupiscencias encendidas.



2º) Modo de la Pasión: Así es también necesario que sea levantado el Hijo del hombre, lo cual se entiende de la elevación de la Cruz. Pero quiso morir levantado:

Para purificar las cosas celestiales. Ya había purificado la tierra con la santidad de su vida; restaba purificar las celestiales por la muerte.

Para triunfar de los demonios que en el aire preparan la guerra.

Para atraer a sí mismo nuestros corazones. Si yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo (Jn 12, 32).

Porque fue exaltado en la muerte de Cruz, en cuanto que allí triunfó de los enemigos; de ahí que no se llame muerte sino exaltación. Del torrente beberá en el camino, por lo cual ensalzará la cabeza (Sal 109, 7).

Porque la Cruz fue causa de su exaltación. Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo ensalzó (Filip 2, 8-9).



3º) Fruto de la Pasión: El fruto es la vida eterna. Por eso dice: Para que todo aquél que crea en Él, obrando bien, no perezca, sino que tenga vida eterna. Este fruto corresponde al fruto de la serpiente figurativa. Porque cualesquiera que miraban la serpiente de bronce, eran librados del veneno y sus vidas eran preservadas. Contempla al Hijo del hombre exaltado el que cree en Cristo crucificado, y así es librado del veneno y del pecado, y es reservado para la vida eterna. (In Joan., III)


                                            



DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA (Consideración del R.P. Fr Alonso de Cabrera OP)

 




DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

Ductus est Jesús a spiritu in desertum ut tentaretur a diabolo.
(Mat., 4).




El santo Evangelio contiene aquel famoso desafío y trabada lid que pasó entre el Príncipe de la luz, Cristo nuestro bien, y el Príncipe de las tinieblas, el demonio; y la victoria insigne que el Señor alcanzó de su adversario y nuestro. El campo que Cristo escogió para este encuentro fue el desierto ; el padrino que le lleva es el Espíritu Santo; las armas que trae son oración y ayuno de cuarenta días ; la parte desarmada que descubre al enemigo para que le ose acometer es la hambre después de tan largo ayuno, con que mostró la flaqueza de verdadero hombre. El contrario, dragón artero y con grandes victorias ensoberbecido, trae por armas su astucia, temeridad é importunidad ; la requesta y fin por que combate es averiguar en esta batalla si Cristo es natural Hijo de Dios, para guardarse dél, y si puro hombre, rendirle á su servicio. 




El primer golpe que le tira, como astuto, es decirle que haga con su palabra de las piedras pan, en testimonio que es Hijo de Dios. El segundo, como temerario, fue subirle en el chapitel del templo y decirle que se echase de allí abajo para prueba de lo mismo. El tercero, como importuno, ofrécele la monarquía del mundo, con que postrado le adorase. Todas tres lanzas volaron en piezas sin hacer movimiento en el celestial guerrero, que las rebatió en el escudo de la palabra de Dios, diciendo á la primera: "No con sólo pan vive el hombre, sino con la palabra que sale de la boca de Dios"'. A la segunda: "No tentarás al Señor Dios tuyo". A la tercera: "Huye de aquí, demonio Satanás, que escrito está : al Señor Dios tuyo adorarás y á él sólo servirás". El demonio, corrido y afrentado, dejó el campo, y los ángeles sacaron dél á su Señor victorioso, y le sirvieron de lo que había menester. 



Este desafío venimos hoy á mirar, para que de ello resulte gloria á Dios y á nuestras almas provecho. Pidamos la gracia por intercesión de la Virgen sacratísima. Ave.


                 



En otras partes veo los Evangelistas más puntuosos y delicados en esto del andar ó menearse Cristo; que no dicen llévanle, sino Él se va, y el mismo Señor : ego vado. "Yo voy, y nadie me lleva". Y aquí veo que todos tres coronistas, contando esta tentación, usan de términos que significan no sólo guía, sino fuerza: Expulit; que le aventó el espíritu y arrojó al desierto. La razón es por que esta batalla la ha de acabar como hombre, y quiere enseñar á los que no lo son, que no se vayan ellos á la tentación de su parecer, sino llevados.




Todos tenemos tentaciones, aunque diversas, pero no todos salen con victoria. ¿Qué es la causa? Porque algunos se ponen de su voluntad en la tentación ; no los pone Dios, sino su imprudencia ó temeridad y sus pasiones. Y déstos no se encarga Dios para librarlos, antes merecen que los deje allí cañonear del demonio, que mueran en los cuernos del toro, pues incautamente se pasean por el coso, y vayan de mala landre, pues no huyen los lugares apestados: qui amat periculum in illo peribit. Y si Dios alguna vez librare, sea pura misericordia, no débito de justicia. 




Va Jonás por la mar corriendo la tormenta y no quiere Dios que se aplaque hasta que le echen á fondo, y ayer vimos á los discípulos remando contra el viento y antes de llegar á tanto riesgo los libra; porque á éstos Él los puso en aquella necesidad : coegit discípulos ascendere navin, y así estaba á su cuenta favorecerlos ; mas Jonás, él se embarcó en el navío para huir de Dios, y así no cuida de escaparle, antes fue gran misericordia sacarle después del vientre de la ballena. Ni más ni menos; sabéis vos que pasar por tal calle, entrar en tal casa, hablar con tal persona os es escándalo, y no dejáis de ir y venir como mariposa á la luz de la vela; ¿qué os espantáis que pequéis y que Dios os desampare ? 




Cuando David conoció de sí que la vista de Bersabé le alborotaba, quitárase de mirarla; mas advirtiendo su peligro, se está quedo; ¿qué mucho se desatine y caiga? Por esto no me espanta ver tanta corrupción de deshonestidad en el mundo ; antes sería de espantar lo contrario, supuesto el poco recato que hay. Vosotras, señoras, con vuestras galas y afeites, con vuestras salidas, miradas, señas y melindres, os ponéis en la ocasión, y la dais para que os codicien y se os atrevan. Los mozos livianos con sus puntas y copete, que no les falta ya sino las mudas; con sus paseos y ojos curiosos, deshollinando ventanas, andan á caza de las ocasiones. Encuéntrase la pólvora con el fuego : ¿qué ha de resultar sino crueles llamas de lujuria, en que todos os abraséis como la abominable Sodoma? 






Otros hay que son tentados y salen victoriosos, porque sin culpa suya se ven en la tentación. No se pusieron ellos en el peligro, sino el Espíritu Santo los guió, y como le tienen de su parte por padrino y valedor, y por otra con su sabiduría infinita, que todas las cosas penetra, tiene tanteadas las fuerzas de cada uno, conforme á ellas mide la tentación para que aproveche y no le dañe. Así lo dice San Pablo: Fidellis autem Deus est, qui non patietur vos tentari supra in quod potestis, sed faciet etiam cum tentatione proventum ut possitis sustinere: "Fiel es Dios, buen amigo, que no os dejará en el peligro, si os puso en él, ni permitirá que la tentación exceda las fuerzas de vuestra virtud, ayudada de la suya, para que la podáis llevar y os haga provecho". 




Receta el médico una purga de escamonea ó ruibarbo; claro está que, si sabe lo que hace, ha de pesar la complexión del doliente, la calidad del mal, la cantidad de humor, la virtud que tiene naturaleza, y según esto receptar las dragmas, que no sean más ni menos de lo que conviene. También si en una purga de cañafístola toda aquella masa hecha una pella le diesen al enfermo, no la podría más pasar que si fuese de mezcla, y así es menester repartirla en bocadillos. No de otra suerte, Dios, médico sapientísimo, atento á la complexión y fuerzas del hombre, modera la purga de la tentación, y la reparte de modo que se pueda pasar.




Mittit chrystallum suam sicut buccellas. El cristal, que es nieve antigua y congelada, significa la tentación, que procede de la malicia endurecida del demonio, que tomó asiento en los lados frigidísimos del aquilón, y pretende resfriar nuestros corazones en la caridad. Mas porque el demonio no puede tentar más de lo que Dios le da licencia, y de su tentación se sirve el Señor para ejercitar á sus amigos y probarlos y mejorarlos, llámase suya. Mittit chrystallum suam sicut buccellas: "Envía el cristal suyo como bocadillo". Cuando el Espíritu Santo lleva al hombre á ser tentado del demonio, y ordena esta purga con su saber, dala en bocadillos, limitada; tanta ocasión y no más, tanta tribulación y no más, los trabajos repartidos porque sean llevaderos.




Quiere Dios espeler el humor de la vanagloria que se pudiera criar en el alma de San Pablo con la grandeza de las revelaciones, y recétale una purga de tentación de carne, que á un espíritu tan limpio como el suyo le hace dar gritos y mil arcadas, y hacer ascos. Pero ¿queréis ver que va repartida en bocadillos? Propter quod ter Dominum rogavi ut discederet a me. ¿Por qué rogó aquellas tres veces? Porque entonces le debió de apretar la tentación, de apurarle más. Y como el enfermo quejilloso, en tomando el primer bocadillo se le revuelve el estómago y quiere lanzar cuanto tiene en él, y pide y suplica que le dejen y no atormenten más, y lo mismo dice al segundo y tercer bocado, y á todos, así San Pablo, una vez y otra y otra se queja y pide que cese la tentación; pero responde el médico: Sufficit tibi gratia mea; nam virtus in infirmitate perficitur. Bien puedes pasarla con mi gracia, y digerirla con el calor de la caridad. Repartida va en bocadillos, no de golpe, toda la furia de la tentación ; son píldoras de regimiento que confortan la virtud. Mirad la utilidad que saca Dios de la tentación que él registra.




Más. Al santo mozo José, cuya limpieza y virtud tenía conocida, le da una purga para manifestarle que á otro quitara la vida. Mullier per síngulos dies molesta erat adolescenti. ¡Oh retórica del Espíritu Santo! Si Cicerón quisiera decir esto, gastara un almacén de palabras y no dijera nada : "La mujer cada día era molesta al mancebo". ¡Terrible ocasión! Cada palabra tiene énfasis. La mujer, que debía ser rogada, roto el velo de la vergüenza, ruega, convida. Mujer hermosa, de las puertas á dentro; la señora, á su esclavo; y esto no una vez que la cegó la pasión, sino per singulos dies : todos los días sin faltar ninguno; y no por semejas ni con ruegos tibios y remisos, aunque éstos, por ser continuos, como gotera en un peñasco, pudieran hacer señal, sino importunos. Molesta erat. Instaba con importunaciones, lágrimas, suspiros, hasta serle molesta y pesada, y no le deja á sol ni á sombra. ¿A quién? ¿Era algún viejo gotoso? ¿Alguna estatua de mármol frío? No, sino adolescenti : á un gentil mancebo en la flor de su juventud, cuando la sangre hierve sin fuego y la concupiscencia con más vehemencia. ¿Y no rindió el alma con tal brevaje? No, que le ordenó Dios ; no se puso él en la tentación; vendiéronle sus hermanos y guiólo Dios para su remedio. Missit ante eos virum: in servum: venundatus est Joseph. Varón, hombre de chapa y de hecho. Y no podía dejar la casa, porque era cautivo ; pero huyó del aposento una vez que se vió apremiado, y dejó la capa en las manos de la adúltera, como quien la deja en los cuernos del toro, y así salió vencedor. 




A vos. que sois flaco, no se os ofrecerá esta ocasión, porque sin duda os perdiérades. Al pacientísimo Job sácale Dios á campo contra el demonio, y permite quitarle hacienda, criados, hijos, honra, salud, reputación, y pónele en un muladar leproso, llagado de pies á cabeza, cubierto de gusanos, mal aconsejado de su mujer y vituperado de sus amigos; con todo, puede y sale más aprovechado. A vos, que no tenéis sufrimiento para una pequeña desgracia, no se os dará bebida de tanta angustia. Nadie se queje de que la tentación es grande ni eche la culpa de su caída á las ocasiones, que si él las huye, y no por su voluntad, sino por la de Dios, es puesto en ellas, cierta tiene la victoria, como se parece en Cristo, á quien guió el Espíritu Santo.


R.P. Fray Alonso de Cabrera OP († 1598)




De la verdadera tristeza según Dios y de la falsa tristeza según el mundo (Consideración espiritual del R.P. Fray Alonso de Cabrera OP)

 



DE LA VERDADERA Y FALSA TRISTEZA



Nolite fieri sicut hypocritae tristes. ¿Cómo prohibe aquí el Señor la tristeza á los que ayunan? La Iglesia, su esposa, pone hoy entredicho á todas las alegrías, y no publica otra cosa sino tristeza: enluta los altares, cubre con velo las imágenes, los ornamentos negros, callan los órganos, los cantos tristes, manda llorar á los sacerdotes y á todos nos quiere añublar los corazones. ¿Pues y aquella ceremonia de la ceniza, señal de tristeza ; aquellas temerosas palabras: Memento homo quia cinis es et in cinerem reverteris, á quién no causan melancolía?




Dícenle al rey Ezequías que ha de morir de aquella enfermedad, y vuelta la cabeza á la pared, se hacen sus ojos fuentes de lágrimas. Saúl, valiente guerrero, se desmayó oyendo nombrar la muerte, y cayó en tierra amortecido (I Reg., 26). A Nabal Carmelo se le hiela la sangre y se le murió el corazón en el cuerpo. ¿A quién no turba acordarse que ha de morir? Mirad, no prohíbe aquí el Redemptor generalmente toda tristeza. Hay una tristeza natural que es buena como no exceda los límites de la razón; si estáis enfermo, si os sucede una pérdida y desgracia, no se excusa el pesar; así es cosa natural que la carne macerada, afligida y castigada con el ayuno, ande triste y no traiga el color tan bueno : no se veda eso. Otra tristeza hay voluntariamente tomada por las culpas cometidas, y ésta pide Dios en todo caso al pecador. Sacrificium Deo spiritus contribulatus (Salmo 50) : "El espíritu afligido y atribulado por haber ofendido al Señor, le es agradable sacrificio". A esta tristeza llama San Pablo según Dios: Quae enim secundum Deum tristitia est paenitentiam in salutem stabilem operatur (2 Cor., 7). 




Hay tristeza del mundo por las cosas del mundo, y ésta acaba la vida, y hay tristeza según Dios, á su gusto, por su orden ; tristeza que la aprueba El ; esta es la penitencia y es causa de salud permanecedera, así como es cosa muy aborrecible á Dios pecar y tener alegría, frenesí intolerable que se ría el que está condenado á muerte eterna y tiene por enemigo declarado á Dios. 







Mostróle Dios al profeta Ezequiel unos varones en el templo que tenían vueltas las espaldas al sanctuario y adoraban al sol hacia Oriente, y dícele : "¿Has visto semejantes abominaciones como éstos hacen en mis barbas ? In ostio templi Domini, inter vestibulum et altare (Ezequiel, 8) provocándeme a ira. Et ecce appliean tramum ad nares suas. Y lo peor es, que no lo tienen en nada, que traen ramilletes en las manos para oler". Grande maldad, que en la casa de Dios, en su Iglesia, haya quien vuelva las espaldas á Dios, remate cuentas con Él, y que de sus pecados haga ramillete para oler, que le huelen á rosas y claveles sus abominaciones. Qui laetantur cum malefecerint et exultant in rebus pessimis (Prob., 2): "Que se dan el pláceme cuando han hecho mal y se regocijan en cosas pésimas". ¿Quién son éstos ? Los que adoran el nacimiento del sol, enamorados de la claridad que en sí ven, de linaje, letras, hermosura, riquezas, vueltas las espaldas al Poniente, olvidados del morir, hacen la rueda de su vanidad como pavos, no miran á los pies feos de la mortalidad y así se desvanecen; éstos pecan y están alegres. 













Por el contrario, es cosa muy acepta á Dios la tristeza después del pecado ; y así la Iglesia católica, después destos días en que se deshierran las furias infernales y pasan tantas licencias y solturas, quiere reducir á estos hombres desmemoriados á que miren al Poniente de su vida; quiere enturbiar sus profanas alegrías. Memento homo quia cinis es et in cinerem reverteris. Hácenos en la frente una cruz de ceniza que significa la muerte; es decirnos que para esta cruz, que en aquella hora me lo habéis de pagar. Memento homo; quita el ramillete y pon ceniza; no mires, hombre, al sol, sino á la tierra, que della fuiste formado- y en ella te has de volver; no al nacimiento sino al fin. 




Luego que vió Ezequiel aquellos atrevimientos y desacatos contra la divina Majestad, representóle el Señor el castigo y destrucción que enviaba sobre los delincuentes, y vió unos hombres de armas que venían aparejados para matar, y uno vestido de blanco que traía unas escribanías en la cinta; á éste le dijo el Señor: Signa thau super frontes virorum gementium et dolemtium , super cunctis abominationibus quae faciunt (Ezequiel, 9) : "Ve por esa ciudad y señala el Thau en las frentes de todos los varones que gimen y lloran por las maldades que pasan ; y vosotros ios tras él, y los que estuvieren señalados queden con vida ; todos los demás mueran". El Thau es la última letra del alfabeto hebreo, y significa el fin. Pues, ¿quién son los que se escapan de la ira de Dios? Los que tienen impresa en la frente la memoria del fin, que todo lo de acá se ha de acabar. La ceniza en la frente es el Thau ; pero los que están signados con esta señal han de llorar y gemir por los pecados suyos y ajenos.




No le conviene otro oficio al pecador sino llorar, diciendo aquellas palabras que en persona del pecador dijo el santo Job: Pereat dies in qua natus sum et nox in qua dietum est: conceptus est homo. San Gregorio entiende por el día la delectación del pecado, que ceba el alma y la provoca á pecar; y por la noche el consentimiento de la voluntad con la culpa ; por el cual pierde la gracia y luz del Espíritu Sancto y queda en tinieblas más escuras que las de Egipto. Destos días y noches se componen los años de los males que se han de meditar con amargura de corazón. Recogitabo tibi omnes annos meos in amaritudine animae meae (Isaías, 38). Pues quiere decir: perezca el día en que nací, malhaya la delectación que fué añagaza y causa del pecado: mueran las alegrías que me trajeron las ofensas de Dios; castigúese la malicia de la voluntad, que por tan ligeros motivos cayó en la noche del consentimiento. ¿De qué manera? Dies illa vertatur in tenebras, occupet eum caligo, et involvatur amaritudine (Job, 3) : "Día aciago fué aquel en que nació el hijo de la concupiscencia, día del hombre en que hace su voluntad contra la divina". Diem hominis non desideravi, tu scis (Jerem., 17).






Pues el que le deseó y le procuró y se holgó con él, conviértalo en tinieblas; múdese el placer en pesar, la alegría en tristeza, la risa en llanto ; lastímese el alma con el dolor de la contrición y pague el escote de la delectación de la culpa. Occupet cum caligo. Sobrevenga á aquel día una niebla espesa, una confusión muy grande, una vergüenza muy profunda. Desta vergüenza estaba ocupada la Magdalena cuando no osó parecer delante la presencia de Cristo y se quedó á las espaldas. Con este humilde empacho estaba retirado el publicano, no osando levantar los ojos al cielo. Desta confusión estaban llenos á quien el apóstol decía: Quen fructum habuistis tunc in illis inquibus nunc erubescitis? (Rom., 6). ¡Oh, qué entonces! ¡Oh, qué ahora! Ya se pasaron los días de disolución, ya vuestros pasatiempos, ya los banquetes y juegos: ¿ qué fruto habéis sacado sino dolor y confusión? Et involvatur amaritudine. Revuélvase el vino de aquel placer con hiél y vinagre de amargura, porque si coméis los ajos y cebollas de Egipto, lágrimas han de saltar por los ojos ; dentera os ha de quedar si comistéis los agrazones de la maldad; siempre se sigue al pecado tristeza y remordimiento.




Y si el día, que es principio del pecado, ha de ser tratado con tanto rigor, ¿qué será la noche, que es fin? Si por las alegrías vanas es menester llorar, ¿qué será por los pecados? Noctem illam tenebrarum turbo possideat (Job, 3) : "Posean y aquella noche un tenebroso aguacero y torbellino". Este huracán es un espíritu de temor, una congoja del ánima angustiada por haberse atrevido á la soberana Majestad: es una tempestad y sobrevienta que expele della la serenidad de alegría mundana; es aquel aire vehemente y viento deshecho que hostiga y atormenta las naves de Tharsis; una consideración de la justicia divina, de la grandeza de su rigor, muerte, juicio, infierno. ¡Dios en un palo por destruir el pecado, tantas ofensas repetidas, la infinita bondad despreciada! ¡Oh, qué tormenta pasa por un alma que contempla esto con alguna luz! 




Desta manera se deshacen y aniquilan los días y noches del pecado, porque de los que están así llorados y gemidos dice luego : Non computetur in diebus anni, nec numeretur in mensibus (Job, 3) : "No se pongan en el calendario, ni se cuenten en los meses". Luego quita Dios de su libro estas partidas porque van borradas con lágrimas; que es lo que dijo San Pablo: Si nos metipsos judicaremus, non utique judicaremur (Cor., 31): "Sea el hombre juez y verdugo contra sí; juzgúese en el tribunal de la penitencia, y escapará de la condenación de la divina justicia": esta es la tristeza por la culpa que nos pide Dios y persuade la Iglesia. Otra tristeza hay fingida para engañar á los hombres, y ésta es de hipócritas y la que el Señor aquí reprehende, y por eso dice : Nolite fieri sicut hypocritae tristes. No dice, no estéis tristes, sino no queráis, no afectéis haceros tristes. Sicut hypocritae tristes.

R.P. Fray Alonso de Cabrera OP († 1598)




Todos debemos ayunar pues todos hemos pecado (Consideración espiritual del R.P. Fray Alonso de Cabrera OP)

 



NO HAY EXCUSA PARA NO AYUNAR



Por ayuno se entiende aquí toda obra penal que aflige nuestra carne, cualquier aspereza con que se maceran los penitentes. Así define el ayuno San Agustín: Jejunium magnum et genérale est abstinere ad iniquitatibus et illicitis voluptatibus saeculi... El ayuno que instituyó la Iglesia, que no obliga á los impedidos, es particular de una cosa, que es la comida ; pero hay otro ayuno grande y general, que es abstinencia de todos los vicios y de todos los regalos ilícitos del siglo, y aun de los lícitos, añade San Bernardo (D. Bern., Serm. 38) ; porque en recompensa de abstenernos de las cosas lícitas se nos perdonan las ilícitas que primero cometimos ; este ayuno presupone el Señor que le ha de haber y danos regla cómo sea meritorio.



No se acabó con la ley vieja el ayuno, sino la hipocresía dél ; hoy recibe Cristo en su Iglesia el ayuno y le aprueba y canoniza como buena substancia, y vístelo de las circunstancias evangélicas. El que enseña cómo se ha de regir el caballo, mandar la rienda, arrimar la espuela, arremeter y parar, presupone que habéis de andar á caballo; así, enseñando Cristo el modo de ayunar, deja por averiguado ser necesario el ayuno. Menester es romper la tierra y escardarla para que dé fruto y no lleve malezas. La tierra de nuestra sensualidad después del pecado incurrió aquella maldición: spinas et tribulos germinabit tibi (Génesis, 3). De suyo brota espinas y abrojos de malos deseos y desordenados afectos, y así conviene romperla y escardarla con el ayuno y mortificación de la penitencia, para que dé frutos de vida eterna.



Púsole Dios á Adán, en el estado de la inocencia, precepto de abstinencia, y mientras lo guardó, se conservó en la justicia original, cuyo oficio era rendir el cuerpo al alma, el apetito á la razón y la razón á Dios ; deshecha esta harmonía por la glotonería, al hombre caído se le vuelve á dar el ayuno por ayo y tutor, que mire por él; un sustituto, en cierta manera, de la justicia original que hace aquellos efectos, si no con tanta perfección, pero con más mérito. Qui corporali jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et praemias: "Mediante el ayuno, Señor, reprimís los vicios, refrénanse los insultos de la sensualidad, elévase la mente en Dios ; es causa de las virtudes y razón de los premios".






Es el ayuno, la dieta y buen regimiento, la medicina común de todas las dolencias, píldora de regimiento que preserva de todos los males, un antídoto contra todas las enfermedades, un poderoso mitridático y triaca contra todas las ponzoñas, un medio para conseguir todos los bienes. Ayune el que quisiere alcanzar de Dios favor para guardar su ley, que Moisés ayunando recibió la misma ley. Ayune el que quisiere gozar del coloquio de Dios, como Elias. Ayune, si quiere saber sus secretos y revelaciones, como Daniel. Ayune, si ha de vencer las llamas de la concupiscencia, como los tres niños las del horno de Babilonia. Ayune, si ha de alcanzar perdón de sus pecados, como los ninivitas. Ayune, si ha de cortar la cabeza al príncipe de las tinieblas, como cortó la de Holofernes la valerosa Judith. Ayune, si ha de entrar á hablar en la oración con su Dios, Rey y esposo, como Ester. Ayune, si quiere ser amigo del desposado y conservar la inocencia, como el Baptista. Ayune, si quiere ser encaminado en sus negocios, como los apóstoles ayunaron en todos los de importancia; ora hubiesen de elegir á Mathía, ora hubiesen de enviar á Pablo y Bárnaba á predicar. 



¿Qué dicen á esto los que tantos achaques buscan al ayuno, que apenas se halla quien se conozca por su deudor? Todos se excusan de pagar este tributo; el oficial porque trabaja, el predicador porque predica, el clérigo porque confiesa, el caballero porque importa mucho su salud, la preñada por sus antojos, la parida porque cría, la doncella porque le da vaguido y dolor de estómago, los mozos por falta de edad, los viejos por esforzar la naturaleza, ¿quién ayuna? No niego que algunos tienen excusa bastante para no ayunar ; pero también afirmo que muchos no la tienen ni aun aparente, y que quieren engañarse y engañarnos, fingiendo necesidad y procurando su regalo. No defraudéis el ayuno y acordaos del bocado de Adán. ¡Pues yo, que no me obliga la Iglesia, porque no he cumplido los veintiuno! Oblígaos vuestra necesidad; ¿para pecar sois grande, y para satisfacer alegáis ser menor de edad? Sara, viéndose estéril, dióle por mujer á su marido Abraham su esclava Agar; ésta se hizo preñada y luego tuvo en poco á su señora. Querellóse Sara de Abraham. Inique agis contra me (Génesis, 16) : "Agravio me haces; yo te casé con mi esclava, y porque se ve con hijo ¿has de permitir que me desprecie?" Responde Abraham: Ecce ancilla túa, in manu tua est : utere ea ut libet : "Yo te vuelvo la jurisdicción libre sobre tu esclava y te la pongo en tus manos ; haz de ella lo que quisieres". Affligente igitur eam Sarai, fugam iniit. 



Tiene el espíritu humano dos mujeres: la razón, señora; la sensualidad, esclava. Cuando la razón es estéril y no concibe buenos propósitos ni pare hijos de buenas obras, cásase el espíritu con la sensualidad, y deste ayuntamiento se engendran hijos de concupiscencia que matan al alma; con esto la esclava se ensoberbece, rebélase la carne contra la razón, y sírvese della como de esclava para todos sus devaneos. Mancebo fuerte para el mal, estéril para el bien, amancebado con tu sensualidad, á cuyos apetitos furiosos tratas solamente de complacer, mira que se queja de ti la razón que la injurias, haciéndola servir á su esclava; si tienes buen espíritu, vuélvele su jurisdicción. Ecce ancilla tua, in manu tua est; utere ea ut libet : "Ves ahí tu esclava, en tu mano está ; trátala como te pareciere". Amigo, si la carne roncea y se desmesura, en tu mano la deja la Iglesia: aflígela y oblígala á servir á la razón, que para eso no es menester precepto nuevo ; pues que por ser tan necesario para todos el ayuno, no dice el Señor: ayunad, sino: Cum jejunatis. Suponiendo que se ha de hacer, enséñanos el modo.

R.P. Fray Alonso de Cabrera OP († 1598)




MAÑANA COMIENZA EL AYUNO Y ABSTINENCIA DE LA TÉMPORA DE OTOÑO

 



MAÑANA COMIENZA EL AYUNO Y ABSTINENCIA DE LA TÉMPORA DE OTOÑO.


DÍAS DE AYUNO Y ABSTINENCIA DE CARNE: MIERCOLES 18, VIERNES 20 Y SÁBADO 21 DE SEPTIEMBRE

Témporas de Otoño (o Terceras): Son el miércoles, viernes y sábado siguientes al 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz. Si este día cae en miércoles, entonces las témporas serán el miércoles, viernes y sábado de la semana siguiente.

                                             ***

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE, San Alfonso Mª de Ligorio (11)

 


                                                   CUARTA CONSIDERACIÓN
                                                CERTIDUMBRE DE LA MUERTE


                                                           PUNTO SEGUNDO
                                         A cada paso nos acercamos a la muerte 



Es cierto, pues, que todos estamos condenados a muerte. Todos nacemos, dice San Cipriano, con la cuerda al cuello; y cuantos pasos damos, otro tanto nos acercamos a la muerte... Hermano mío, así como estás inscrito en el libro del bautismo, así algún día te inscribirán en el libro de los difuntos. Así como a veces mencionas a tus antepasados, diciendo: Mi padre, mi hermano, de feliz recuerdo, lo mismo dirán de ti tus descendientes. Tal y como tú has oído muchas veces que las campanas tocaban a muerto por otros, así los demás oirán que tocan por ti.


¿Qué dirías de un condenado a muerte que fuese al patíbulo burlándose, riéndose, mirando a todos lados, pensando en teatros, festines y diversiones? Y tú, ¿no caminas también hacia la muerte? ¿Y en qué piensas? Contempla en aquellas tumbas a tus parientes y amigos, cuya sentencia fue ya ejecutada. ¡Qué terror no siente el reo condenado cuando ve a sus compañeros pendientes del patíbulo y muertos ya! Mira a esos cadáveres; cada uno de ellos dice: Ayer a mí, hoy a ti. Lo mismo repiten todos los días los retratos de los que fueron tus parientes, los libros, las casas, los lechos, los vestidos que has heredado.


¡Qué extremada locura es no pensar en ajustar las cuentas del alma y no disponer los medios necesarios para alcanzar buena muerte, sabiendo que hemos de morir, que después de la muerte nos está reservada una eternidad de gozo o de tormento, y que de ese punto depende el ser para siempre dichosos o infelices! Sentimos compasión por los que mueren de repente sin estar preparados para morir, y, con todo, no tratamos de preparamos, a pesar de que lo mismo puede acaecernos. Tarde o temprano, apercibidos o de improviso, pensemos o no en ello, hemos de morir; y a toda hora y en cada instante nos acercamos a nuestro patíbulo, o sea, a la última enfermedad que nos ha de arrojar fuera de este mundo.


Gentes nuevas pueblan, en cada siglo, casas, plazas y ciudades. Los antecesores están en la tumba. Y así como se acabaron para ellos los días de la vida, así vendrá un tiempo en que ni tú, ni yo, ni persona alguna de los que vivimos ahora viviremos en este mundo. Todos estaremos en la eternidad, que será para nosotros, o perdurable día de gozo, o noche eterna de dolor. No hay término medio. Es cierto y de fe que, al fin, nos ha de tocar uno u otro destino.



AFECTOS Y PETICIONES

¡Oh mi amado Redentor! No me atrevería a presentarme ante Vos si no os viera en la cruz desgarrado, escarnecido y muerto por mí. Grande es mi ingratitud, pero aún es más grande vuestra misericordia. Grandísimos mis pecados, mas todavía son mayores vuestros méritos. En vuestras llagas, en vuestra muerte, pongo mi esperanza. Merecí el infierno apenas hube cometido mi primer pecado. He vuelto luego a ofenderos mil y mil veces. Y Vos, no sólo me habéis conservado la vida, sino que, con suma piedad y amor, me habéis ofrecido el perdón y la paz. ¿Cómo he de temer que me arrojéis de vuestra presencia ahora que os amo y que no deseo sino vuestra gracia? Sí; os amo de todo corazón, ¡oh Señor mío!, y mi único anhelo se cifra en amaros. Os adoro y me pesa de haberos ofendido, no tanto por el infierno que merecí, como por haberos despreciado a Vos, Dios mío, que tanto me amáis.


Abrid, pues, Jesús mío, el tesoro de vuestra bondad, y añadid misericordia a misericordia. Haced que yo no vuelva a ser ingrato, y mudad del todo mi corazón, de suerte que sea enteramente vuestro, e inflamado siempre por las llamas de vuestra caridad, ya que antes menospreció vuestro amor y le trocó por los viles placeres del mundo. Espero alcanzar la gloria, para siempre amaros; y aunque allí no podré estar entre las almas inocentes, me pondré al lado de las que hicieron penitencia, deseando, con todo, amaros más todavía que aquéllas. Para gloria de vuestra misericordia, vea el Cielo cómo arde en vuestro amor un pecador que tanto os ha ofendido. Resuelvo entregarme a Vos de hoy en adelante, y pensar no más que en amaros. Auxiliadme con vuestra luz y gracia para cumplir ese deseo mío, dado también por vuestra misma bondad.


¡Oh María, Madre de perseverancia, alcanzadme que sea fiel a mi promesa!

Continuará...