La Sagrada Escritura en los Seminarios.
No nos extrañe que el Sumo Pontífice toque también el problema del estudio de la Sagrada Escritura en los Seminarios, en los cuales muchas veces la Introducción ocupa muchas más clases que la exégesis y la lectura del sagrado texto. Los sacerdotes no pueden cumplir con el deber de repartir al pueblo cristiano el pan de la Palabra de Dios "si ellos mismos mientras moraron en los Seminarios no se empaparon de activo y perenne amor hacia las Sagradas Escrituras".
"Conviértanse así las Letras divinas para los futuros Sacerdotes de la Iglesia en fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno y en alimento y fortaleza del oficio sagrado de la predicación que van a recibir. Si llegaran a conseguir esto los profesores de esta importantísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría de que han contribuido notablemente a la salvación de las almas, al progreso de la causa católica, al honor y la gloria de Dios y que han llevado a cabo una obra en estrechísima relación con su oficio apostólico".
Gracias a la encíclica que estudiamos se despeja también definitivamente el horizonte en la cuestión de intercalar notas dentro del sagrado texto. Resulta así igualmente confirmada por la Autoridad Eclesiástica la depuración que en nuestra edición de la Sagrada Escritura hemos hecho del texto de Torres Amat, y principalmente la eliminación de los agregados en bastardilla, a los Misales para los fieles y otros libros litúrgicos, dando así ocasión a falsas interpretaciones. El Papa señala con respecto a los Códices la necesidad la necesidad de "restablecer lo más perfectamente que se pueda el texto sagrado... librándolo en lo posible de glosas, lagunas, inversiones de palabras", etc.; regla que sin duda alguna hemos de aplicar también a las ediciones modernas.
No puede ser, pues, sino muy grande nuestra esperanza en los frutos que, por el favor de Dios producirá la grandiosa Encíclica de S.S. Pío XII; esperanza que será compartida, lo sabemos, por cuantos cultivan en el Cuerpo Místico de Cristo esa fraternidad especialmente íntima y espiritual que nace del común amor a la Palabra, según enseña el Salmista cuando invita a reunirse con él a cuantos conocen los testimonios de Dios. (Salmo 118, 79).
A esos amigos de la Sagrada Escritura, especialmente a los sacerdotes, van nuestros votos más fervientes por los frutos del apostolado de la Palabra, siembra común que hacemos a veces sin saberlo ni conocernos siquiera unos a otros, pero cuya fertilidad nos asegura "el Dueño de la mies" cuya gloria buscamos únicamente.
Continuará...

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