LA PREDESTINACIÓN DE LOS SANTOS Y LA GRACIA (extractos) por Garrigou-Lagrange, O.P. (8)

 



2. Una segunda dificultad de este problema concierne, no

ya a los dos grupos de hombres: los elegidos y los que no lo

son, sino que concierne a las personas individuales: ¿por

qué Dios ha puesto a tal hombre en el número de los elegidos

y no a tal otro? ¿Por qué ha elegido a Pedro más bien

que a Judas y no inversamente?



Parece injusto distribuir tan desigualmente tales dones

a hombres iguales por naturaleza y por el pecado original. Es

la dificultad formulada por San Pablo (Rom., IX, 14):

Quid ergo dicemus? Numquid iniquitas apud Deum? Absit,

Moysi enim dicit: Miserebor cujus miserear, et misericordiam

prcestabo cujus miserebor. Igitur non est vólentis,

neque currentis, sed miserentis est Dei (1).



San Pablo responde así a la dificultad afirmando el principio

de predilección, o sea la gratuidad de la gracia, que no

nos es debida. Dice más lejos (Rom., XI, 33): O altitudo

divitiarum sapientiae et scientiae Dei: quam incomprehensibilia

sunt judicia ejus, et investigabiles viae ejus! (2).



Es el misterio que expresaba San Agustín, diciendo: Quare

hunc trahat Deus et illum non trahat nolli veile dijudicare,

si non vis errare (In Joannem, tr. XXVI, initio) (3).



Santo Tomás ha notado sumamente bien esas dos grandes

dificultades del misterio de la predestinación, una general

y otra particular (ver Ia q. XXIII, a. 5, ad 3um). Ex ipsa

bonitate divina ratio sumi potest praedestinationis aliquorum

et reprobationis aliorum... Voluit Deus in hominibus

quantum ad aliquos, quos praedestinat, suam representare

bonitatem per modum misericordiae parcendo, et quantum

ad aliquos, quos reprobat, per modum justitiae puniendo ...

Sed quare hos elegit in gloriam et illos reprobavit, non

habet rationem nisi divinam voluntatem... Neque tamen

propter hoc est iniquitas apud Deum si inaequalia non

inaequalibus praeparat. In his enim quae ex gratia dantur,

potest aliquis pro libito suo dare cui vult, plus vel minus,

dummodo nulli subtrahat debitum, absque praejudicio justitiae

(4).



La respuesta de San Pablo, de San Agustín, de Santo

Tomás, aparta la contradicción; pero bajo sus dos aspectos,

este misterio permanece inescrutable, y esto por dos causas:

en razón de su sobrenaturalidad esencial, y en razón de la

intervención de la soberana libertad.



Este misterio es, en efecto, sobrenatural, no solamente por

el modo de su producción como el milagro naturalmente

conocible, sino por su esencia misma; pertenece al orden de

la vida íntima de Dios, como el misterio de la Trinidad, y

excede así las fuerzas naturales de toda inteligencia humana

o angélica, de toda inteligencia creada o creable.



Además, en este misterio interviene el beneplácito 

soberanamente libre de Dios, el divinum beneplacitum de que 

habla San Pablo. Ahora bien, este beneplácito, 

que de ninguna manera es un capricho, porque 

está enteramente  penetrado de sabiduría y de 

santidad, permanece para nosotros, como todo 

lo que toca a la soberana libertad, 

profundamente misterioso. Por él Dios da 

misericordiosamente su gracia a uno

de los dos ladrones crucificados al lado del Salvador, en

tanto que por justicia permite una última resistencia en el

otro y lo deja en su pecado.



Se ve, pues, que intervienen en el misterio la infinita

misericordia, la infinita justicia y la soberana libertad, que

superan absolutamente las fuerzas naturales de toda inteligencia

creada o creable.



Continuará...



(1) ¿Pues qué diremos? ¿Acaso hay en Dios injusticia? Lejos de

ello. En efecto, dice a Moisés: Usaré de misericordia de quien tengo

misericordia y tendré misericordia de quien tendré misericordia. 

Así que  no es (obra) del que quiere, ni del que corre, 

sino de Dios que hace misericordia.



(2) ¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia

de Dios: cuan incomprensibles son sus juicios, e investigables sus

caminos!



(3) No quieras juzgar por qué atraiga Dios a éste y no atraiga

a aquél, si no quieres errar.



(4) De la misma bondad divina puede tomarse la razón de la

predestinación de algunos y la reprobación de otros . . . Quiso Dios

representar su bondad en los hombres por modo de misericordia, perdonando,

en cuanto a los que predestina, y en cuanto a los otros,

a los que reprueba, por modo de justicia, castigando . . . Pero por qué

eligió a éstos para la gloria y a aquéllos reprobó, ello no tiene 

razón sino en la divina voluntad... Ni por esto hay iniquidad 

en Dios si prepara para los no iguales, cosas desiguales. En aquellas 

cosas que son dadas por gracia puede alguien, por su beneplácito, dar a quien

quiera, más o menos, mientras no sustraiga nada de lo debido, sin

perjuicio de la justicia.








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