Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (2 de noviembre)
Santa Francisca Romana, como se narra en su vida, tuvo una célebre visión sobre el Purgatorio. Lo vio dividido en tres partes: La primera es la más lejana del cielo y casi limítrofe con el infierno. En ella están penando atrozmente dos clases de personas: los mundanos que habiendo cometido graves culpas retardan hasta la muerte su conversión completa; y, además, las almas consagradas a Dios, para las cuales aun las culpas más ligeras, las faltas, la vida tibia, las ingratitudes a la gran vocación recibida, constituyen una grave cuenta que pagar ante la justicia divina.
La región intermedia es la más poblada. En ella las penas de sentido son aún indecibles y el deseo ardiente de purificarse y unirse a Dios es tan intenso que hace gemir a aquellas almas angustiadas, las cuales, sin embargo, no sólo están resignadas a sufrir, sino que anhelan aún sufrimientos todavía mayores para poder purificar del todo sus manchas que las tienen separadas de Dios.
La tercera región es la más cercana al Cielo. En ella las almas son más santas y más puras. Las penas de sentido para ellas son más ligeras y apenas existen. Pero la incoercible nostalgia de Dios las hace arder en una llama espiritual y las apremia de tal modo que todo instante de separación les parece una eternidad.
Si yo muriese en este momento, ¿a qué región del Purgatorio iría a parar? No lo sé, pero lo que sí sé con certeza es esto: que debo evitar toda mínima ofensa a Dios; que debo expiar con la oración y la penitencia las culpas pasadas; y que debo ayudar a las almas purgantes, siendo esto una obra de misericordia entre las que más agradan a Dios.
Meditaciones para todos los días del año, por el Cardenal Antonio Bacci, Bilbao 1967, p.671-689.

