El Pionono de Santa Fe, dulce tradicional granadino en homenaje a S.S. Pío IX

 



Piononos de Santa Fe, el dulce tradicional granadino con más de un siglo de historia que nació como homenaje a S.S. el Papa Pío IX


Santa Fe es una de esas ciudades de las que conocemos la razón, la historia y el año exacto de su nacimiento. Esta localidad, en pleno corazón de la vega de Granada, fue fundada en el año 1491, siendo en sus inicios un campamento militar planeado por los Reyes Católicos para el asalto final a los nazaríes del Reino de Granada.


La historia de esta pequeña ciudad granadina es larga y está repleta de hitos y momentos claves para el devenir de la España que hoy en día conocemos. Pero su rica historia no es lo único que hace especial a Santa Fe. Además, esta ciudad es el lugar de origen de uno de los postres más conocidos y deliciosos del recetario tradicional español: el pionono. Con más de un siglo de historia a sus espaldas, el legado de este postre granadino no solo ha llegado hasta el día de hoy, sino que incluso ha traspasado fronteras y ha llegado a algunos países de Latinoamérica.


El pionono de Santa Fe es un pequeño pastel que tuvo su fecha de nacimiento en los años finales del siglo XIX. Su creación corre a cargo del pastelero Ceferino Isla González, de la clásica confitería santafesina Casa Isla, en la Calle Real de Santa Fe. Ceferino, gran devoto de la Virgen, quería rendir un homenaje al Papa Pío XI, que en 1854 había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Para ello, en el 50 aniversario de su muerte, el confitero creó un postre que no solo llevó el nombre del Papa, -Pio Nono en italiano-, sino que, además, recordaba a su regordeta figura.





Ideó así un postre de aspecto cilíndrico y algo rechoncho, con una base de bizcocho humedecido enrollado sobre sí mismo, revestido, como el propio Papa, con un balandrán blanco, que sería la canastilla de papel en cuyo interior se deposita el bizcocho humedecido. Como toque final, añadió una coronilla de crema azucarada y tostada sobrepuesta al cilindro de bizcocho, que quiere simbolizar el solideo con el que el Papa cubre su coronilla.


De esta forma, en 1897, nace el pionono de Santa Fe, un postre que se elabora principalmente en la histórica confitería de Casa Isla pero que también se ha extendido a otros negocios y pastelerías de la ciudad. Elaborados aún hoy de manera artesanal, la receta de los auténticos piononos no ha cambiado en absoluto en el último siglo. La elaboración consiste en varios pasos precisos que combinan la preparación de la crema pastelera, el almíbar y el bizcocho. Este postre requiere tiempo y mucha atención, para asegurar que cada componente se enfríe adecuadamente antes del ensamblaje final.


El resultado es un delicioso bocado que se elabora con una plancha de bizcocho humedecido en almíbar, relleno de yema pastelera y canela, enrollado sobre sí mismo, y rematado con una corona de yema tostada, un dulce lleno de simbolismo por el que bien merece la pena visitar la histórica ciudad granadina.







EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", EL HIJO DE PERDICIÓN, EL ADVERSARIO (VII)

 


En caso de que los lectores se pregunten qué podría ser esta extraña imagen, deben saber que lo que parece una cabeza alienígena explosionando en la parte inferior se supone que no es otra cosa que el maléfico Anticristo Montini-Pablo 666.  El título de la obra es Papado. Fue terminada en 1971 y presentada a Su Impiedad en el Vaticano al año siguiente. Al verla, el Anticristo habría dicho que la pintura era “un espejo de la situación de la Iglesia actual”, un comentario que la mayoría entiende como un lamento, pero considerando que esa “situación” era de su propia creación, tal vez Montini estaba alardeando del caos universal que estaba creando. El creador de esta basura es un hereje luterano alemán llamado Ernst Günter Hansing (1929-2011), que también retrató a otras celebridades, como Juan Pablo 2, la Madre Teresa, Francois Mitterand y Konrad Adenauer. Craig Heimbichner, que se especializa en la investigación de la masonería y las sociedades secretas, ha identificado en el Papado de Hansing una luna creciente, varios pentagramas, una esfinge, el Ojo de Horus y otros elementos masónicos y ocultistas. 


Sea cual sea el significado de cada uno de los elementos o la intención que se escondía tras ellos, es evidente que, ante todo, el retrato de Hansing es insoportablemente feo. Por eso no es de extrañar que Pablo 6 estuviera muy satisfecho con él, pues si había algo que le gustaba era la fealdad. Hansing presentó su obra terminada Papado al supremo impostor que se hacía pasar por "Papa", junto con otro retrato, el 22 de enero de 1972:


Con motivo de la primera exposición pública de la obra principal, el perverso Montini recomienda al público mundial que no pase por alto esta pintura demasiado rápido, porque solo contemplándola por un tiempo prolongado se puede acceder a toda su profundidad, ya que, según el hombre de pecado, exigía un “acto de reflexión” por parte del espectador. 




El Papado de Hansing es en realidad una pintura muy apropiada: es tan extraña, fea y demoníaca como la propia falsa iglesia del Vaticano 2, la Ramera del apocalipsis, que a su vez es esencialmente la creación del Anticristo Pablo 666, Giovanni Battista Montini. ¡Así que es una combinación perfecta!


¿Y cómo sabemos que el infame Pablo 6 estaba encantado con la obra de Hansing? Porque, tras haberle permitido establecer un estudio en la Ciudad del Vaticano en 1970, al finalizar los retratos “papales” le encargó que diseñara la obra de arte para la capilla de la casa general de las Hermanas Misioneras Palotinas en Roma. Aquí hay unas fotos de dicha capilla que muestran con total detalle el "profundo espíritu místico" (sic) de este artista hereje luterano cuyo siniestro arte fue tan alabado por el hijo de perdición.



Roma, capilla de la casa general de las “Suore Missionarie Pallottine” de Ernst Günter Hansing, terminada en 1974. Vista hacia el sur.




Roma, capilla de la casa de la “Suore Missionarie Pallottine”. La parte sureste del área del "altar" a la luz del sol.




La "cruz" con el "rostro de Cristo" delante del "tabernáculo" iluminado en la pared del "altar"





Las alas abiertas de la puerta de vidrio del "tabernáculo" en la "cruz".





Ernst Günter Hansing: “María Reina de los Apóstoles”, acrílico sobre lino, mural en el lado norte de la Capilla Palotina, frente a la cruz del altar, 1978





Ernst Günter Hansing: Detalle de “María Reina de los Apóstoles”, Capilla Palotina, 1978



Otro punto culminante del "desarrollo" pictórico de Hansing fueron siete variaciones del tema de Cristo impresas en serigrafía en el llamado casete Anno Santo, que el hereje luterano realizó para el Anticristo Pablo 666 con motivo del "Año Santo" 1975. Montini escribió de su puño y letra una "meditación" que se incluyó como facsímil junto a las serigrafías. El supremo adversario recomendaba centrarse no sólo en lo que representaban las aberrantes imágenes, sino en lo que se escondía detrás de estas representaciones blasfemas. Baste con ver la siguiente monstruosidad que Hansing denominó "la cabeza de Cristo", para gozo y regocijo del malicioso Anticristo. Todas estas abominaciones "artísticas" habrían sido quemadas, y quien las creó habría sido excomulgado, en cualquier tiempo pasado glorioso, cuando la Iglesia era visible y había un Papa para dirigir la nave de San Pedro, pero con el Anticristo reinando en Roma, hubo un renacer de la maldad y la fealdad en todos los órdenes que sigue presente hoy en la gran Ramera apóstata con sede en la ciudad eterna.




Ernst Günter Hansing: “Aparición de la cabeza de Cristo”, serigrafía del “Anno Santo Cassette”, 66 x 50 cm, 1975. Encargada por el Anticristo Montini-Pablo 666 para el "año santo" de 1975 y efusivamente elogiada por el inicuo supremo. No comment.


No hay nada más propio de la gran Ramera del Apocalipsis que estas nefandas abominaciones. ¡Y todas ellas, ¡“San” Pablo 666 las hizo posible! Ahora pregúntesen: si un satanista hubiera diseñado estas “obra de arte”, ¿qué habría hecho de manera diferente?




                                                                            ***




Continuamos respondiendo a las absurdas "objeciones" planteadas desde Francia por un terco y cegado individuo. Agradezco enormemente al hermano Interregnum por su excelente trabajo de búsqueda y recopilación de citas autorizadas que desmontan cualquier objeción posible.


OBJECIÓN: MONTINI NO ES EL ANTICRISTO PORQUE EL ANTICRISTO DEBE SER UN REY, UN JE DE ESTADO, UN POLÍTICO O UN ESTADISTA.


RESPUESTA: EL PAPA ES DIOS EN LA TIERRA, LUEGO EL ANTICRISTO SE HARÁ ADORAR COMO DIOS EN LA TIERRA, ESTO ES, COMO "PAPA" A OJOS DEL ORBE ENTERO, PARA PERDER A TODOS LOS INFELICES MORADORES DE LA TIERRA CUYO NOMBRE NO FIGURA EN EL LIBRO DE LA VIDA DEL CORDERO.


El inmundo Anticristo Montini-Pablo 666 recibiendo fraudulentamente las Llaves del bendito San Pedro, que le iban a convertir a ojos de todos, pequeños y grandes, incautos o sagaces, en Dios en la tierra, apropiándose de un estatus prácticamente intocable con el que este miserable impostor hereje y apóstata iba a a destrozar a la Santa Iglesia de Cristo bajo una apariencia engañosa de piedad y devoción. Presten atención a la maligna sonrisa y la  mirada penetrante de tan funesto personaje.


2 Tesalonicenses 2, 3-4:

"Nadie os engañe en manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de perdición; el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse él mismo en el templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios”.









S.S. Pío XII el 24 de junio de 1939:

"EN EL PAPA PRESTÁIS OBEDIENCIA Y REVERENCIA AL MISMO CRISTO; PARA VOSOTROS CRISTO ESTÁ PRESENTE EN ÉL".


S.S. Pío XII, Summi Pontificatus:

"Nos, como representante en la tierra de Aquel que fue llamado por el profeta Príncipe de la Paz."


S.S. Benedicto XV, 23 de Mayo de 1920

"...Declaren guerra al odio y a la enemistad, y la hagan con valor, complaciendo gratísimamente al Corazón amantísimo de Jesús y al que en la tierra, aunque indignamente, hace sus veces."


S.S.Benedicto XV, 30 de julio de 1916:

"Nos, continuadores visibles de la autoridad y de la Persona de Cristo."


S.S. León XIII, Annum Sacrum:

"Nos ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y derramó su sangre por la salvación de todo el género humano."


S.S. Pío IX, Quibus quantisque:

“Llamados sin merecerlo a hacer en la tierra las veces de Aquel que cuando era maldecido no maldecía y cuando se le hacía padecer no amenazaba.”


S.S. Pío VII, Etsi longissimo terrarum:

"Siendo en la tierra representantes de Aquel que es el Dios de la paz."


S.S. Alejandro III, en 1179:

"ALEJANDRO Obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria: Haciendo, aunque sin merecerlo, las veces del Eterno Rey de la Gloria, de aquel Soberano Rey."













EL PODER TEMPORAL DEL PAPA TIENE CARÁCTER ESPIRITUAL Y SAGRADO.

Fray Jerónimo Román y Zamora:
"...porque la tierra es del Señor y lo que en ella hay, y él muda y trueca los reinos e imperios y quiso cuando fue tiempo que su Vicario tuviese el supremo señorío del mundo y aguardó
sazón para ello."


Accipe tiaram tribus coronis ornatam, et scias te esse patrem principum et regum, rectorem orbis in terra vicarium Salvatoris nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in saecula
saeculorum.

"Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres el Padre de los príncipes y de los reyes, el que rige mundo, el Vicario en la tierra de Nuestro Salvador Jesucristo, al cual sean dados honor y gloria por los siglos de los siglos"









S.S. Pío IX
Litt. Apost. Cum catholica, 26 Mart. 1860.

“El principado de la Iglesia romana, aunque temporal por naturaleza, reviste sin embargo un carácter espiritual por razón del sagrado fin a que está destinado y de su estrecha unión con
los más importantes intereses de la Religión cristiana.”



Syllabus de S.S.Pío IX

ERRORES CONDENADOS
sobre el principado civil del Pontífice Romano.

LXXV. Los hijos de la Iglesia cristiana y católica disputan entre sí sobre la incompatibilidad del reinado temporal con el poder espiritual.

(L. A. Ad apostolice, de 22 de agosto de 1851.)


LXXVI. La derogación de la soberanía civil, que la Santa Sede viene poseyendo, serviría mucho á la libertad y á la dicha de la Iglesia.

(Aloc. Quibus quantisque, de 20 de abril de 1849.)


(N.B. Además de esos errores explícitamente señalados, otros muchos errores se hallan implícitamente
condenados por la doctrina que se ha expuesto y sostenido sobre el principado civil, doctrina que todos los católicos deben profesar firmemente. Esta doctrina se halla claramente enseñada en la Alocución Quibus quantisque, de 20 de abril de 1849; en la Alocución Si semper antea, de 20 de mayo de 1850; en las Letras Apostólicas Cum catholica Ecclesia, de 26 de marzo de 1860; en la Alocución Novos, de 28 de setiembre de 1860; en la Alocución Jamdudum, de 18 de marzo de 1861; en la Alocución Maxima quidem, de 9 de junio de 1862).




S.S. Pío IX
En febrero de 1877 a peregrinos franceses de Besazon:

"...En medio de tantas luchas, mi corazón se aflige, no por mí, sino por aquellos que horriblemente blasfeman contra Dios. ¡Y estos pretenden ser los representantes de Italia! No, no es verdad, ELLOS SON LOS REPRESENTANTES DEL INFIERNO. ROMA NO LES PERTENECE, ES DEL PAPA, destinado a ser su Pontífice y su Soberano. Y vayan con cuidado porque la mano de Dios hiere siempre a los blasfemos."




S.S. León XIII
Alloc. consist. 24 Aug. 1884.

“Este poder temporal reviste cierto carácter sagrado de un orden particular, que no es común a ningún Estado, por cuanto constituye para la Sede apostólica una garantía de independencia y estabilidad en el ejercicio de su augusto y supremo ministerio.”




S.S. Benedicto XIV
Breve Ut primun nobis
15 de Febrero de 1744

"Nos, pues, delante del Altísimo, a quien ciertamente hemos de dar razón de todas nuestras obras, testificamos que procuraremos con todas nuestras fuerzas que permanezcan integras e intactas todas las cosas pertenecientes a las iglesias de la Germania o bien sean principados, o derechos, jurisdicciones, honores, bienes que pertenezcan de derecho a los obispados, o abadías, o canonicatos, u otras cualesquiera dignidades eclesiásticas, ni jamás concederemos, ni aprobaremos con nuestro asenso nada de lo que se hiciere o atentare de cualquier modo contra lo que va expresado; estando, como estamos, del todo dispuestos a derramar nuestra sangre antes que sufrir que se violen los derechos y la libertad de la Iglesia, y que se manche nuestra conciencia por semejante consentimiento."



Giotto. Crucifixión de San Pedro (1320 aprox.). El martirio del bendito San Pedro cimentó la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la Esposa casta e inmaculada de Cristo.




Capilla ardiente del malévolo Anticristo Montini-Pablo 666, cuyo repugnante cuerpo empezaba a podrirse visiblemente, desprendiendo un hedor insoportable. Este desgraciado rebelde se fue a la tumba habiendo parido a la miserable Ramera del Apocalipsis, que eclipsó a la Santa Esposa de Cristo, siguiendo así las malignas instrucciones de su oscuro maestro Satanás, el príncipe de este mundo de muerte e incredulidad.




P. Segundo Franco, S.J.
Los enemigos del poder temporal del Papa

“En estos argumentos gravísimos y en estas conclusiones (NO necesita el Papa el dominio temporal) convienen a una voz los protestantes de Alemania y de Inglaterra, los ateos y los incrédulos de toda Europa, los individuos de todas las sociedades secretas, los
revolucionarios de todos los partidos, y, cosa increíble, pero verdadera, hasta un número de católicos y de sacerdotes, ó perversos hasta el punto de hacer causa común con todos los enemigos de Dios y de la Iglesia, ó estólidos (necios, insensatos) hasta el de dejarse sorprender por sus sofismas.”

CONTINUARÁ...



La mayor ofensa y agravio a Dios Uno y Trino, a la Santísima Virgen, al bendito San Pedro y a los santos Apóstoles: el macabro Anticristo Montini-Pablo 666 profanando el sagrado Cenáculo de Jerusalén donde el Espíritu Santo Paráclito Consolador se derramó sobre María Santísima, Pedro y el resto de apóstoles y discípulos del Señor en el santo Día de Pentecostés. Párese mientes en la expresión en la cara y los ojos de Montini, el mal encarnado.



EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (I)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2024/12/el-anticristo-fue-gb-montini-alias.html
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (II)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2024/12/el-anticristo-fue-gb-montini-alias_7.html
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (III)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2024/12/el-anticristo-fue-gb-montini-alias_0201752117.html
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (IV)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2024/12/el-anticristo-fue-gb-montini-alias_12.html
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (V)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2024/12/el-anticristo-fue-gb-montini-alias_13.html
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666", (VI)
EL ANTICRISTO FUE G.B. MONTINI, ALIAS "PABLO 666
(VII)

Il est né le Divin Enfant (chant de Noël populaire catholique, début du XIXème siecle)

 




Il est né le divin enfant est un chant de Noël populaire catholique, français, qui évoque directement la Nativité du Christ.

Le texte apparaît au début du XIXè siècle, dès 1818, et trouve sa place dans plusieurs recueils de cantiques dès la Restauration.

Il s'agit vraisemblablement d'un contrafactum sur un timbre connu, puisque parmi les premières mentions, on trouve l'indication de le chanter sur l'air de Il est né, cet Enfant royal.

La mélodie est notée dès 1819.



Le chant résume l'accomplissement de la prophétie depuis quatre mille ans, annoncée par les prophètes de l'Ancien Testament, envoyés de l'Éternel. Le Christ s'est humilié lui-même et s'est fait chair, né dans une étable ; et des mages d'Orient viennent lui rendre visite.


Refrain :
Il est né le divin enfant
Jouez hautbois, résonnez musettes
Il est né le divin enfant
Chantons tous son avènement

1. Depuis plus de quatre mille ans
Nous le promettaient les prophètes
Depuis plus de quatre mille ans
Nous attendions cet heureux temps

Ref.

2. Ah qu'il est beau, qu'il est charmant
Ah que ces grâces sont parfaites
Ah qu'il est beau, qu'il est charmant
Qu'il est doux ce divin enfant

Ref.

3. Une étable est son logement
Un peu de paille sa couchette
Une étable est son logement
Pour un Dieu quel abaissement

Ref.

4. Le sauveur que le monde attend
Pour tout homme est la vraie lumière
Le sauveur que le monde attend
Est clarté pour tous les vivants

Ref.

(4) Partez, grands rois de l'Orient !
Venez vous unir à nos fêtes
Partez, grands rois de l'Orient !
Venez adorer cet enfant !

Ref.

(4) Il veut nos cœurs, il les attend :
Il est là pour faire leur conquête
Il veut nos cœurs, il les attend :
Donnons-les lui donc promptement !

Ref.

(4) Ô Jésus ! Ô Roi tout-puissant
Tout petit enfant que vous êtes,
Ô Jésus ! Ô Roi tout-puissant,
Régnez sur nous entièrement !

Ref.




El Santo Día de Navidad (Dom Gueranger)


 

EL SANTO DÍA DE NAVIDAD

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


FIN DE LA VIGILIA

El día feliz de la Vigilia de Navidad toca a su fin. La Iglesia ha clausurado ya los Oficios divinos propios del Adviento con la celebración del gran Sacrificio. Con maternal clemencia ha permitido a sus hijos quebrantar desde medio día el ayuno preparativo; los fieles se han sentado a la frugal mesa con una alegría espiritual que los hace sentir de antemano la que invadirá sus corazones en la noche que les va a traer al divino Emmanuel.


Mas, una fiesta tan solemne como la de mañana debe comenzar desde el día anterior, como acostumbra hacerlo la Iglesia en sus festividades. Dentro de unos momentos va a llamar la Iglesia a los cristianos al templo para el Oficio de las Primeras Vísperas, en el que se ofrece a Dios el incienso de la tarde. El esplendor de las ceremonias y la magnificencia de los cantos van a preparar a las almas para las emociones de amor y gratitud que las dispondrán a recibir las gracias en el momento supremo.


En espera de la llamada que nos ha de invitar a la casa de Dios, aprovechemos los instantes que nos quedan para ahondar en el misterio de tan gran día y, en los sentimientos que embargan a la Santa Iglesia en esta fiesta, y en las tradiciones católicas que tanto ayudaron a que la celebraran dignamente nuestros antepasados.


                         


SERMÓN DE SAN GREGORIO NACIANCENO


Primeramente, escuchemos la voz de los santos Padres que resuena con un énfasis y una elocuencia capaces de despertar a toda alma que no esté muerta. He aquí en primer lugar a San Gregorio el Teólogo, Obispo de Nacianzo, en su discurso treinta y ocho dedicado a la Teofanla o Nacimiento del Salvador: ¿quién será capaz de permanecer frío oyendo sus palabras?


"Cristo nace; ensalzadle. Cristo baja del cielo; salidle al encuentro. Cristo está ya en la tierra; oh hombres, elevaos. Cante al Señor toda la tierra y para decirlo todo en una sola palabra: Alégrense los cielos y salte de gozo la tierra por causa de Aquel que es al mismo tiempo del cielo y de la tierra. Cristo se viste con nuestra carne, estremeced de temor y alegría: de temor por razón de vuestros pecados, de alegría por la esperanza. Cristo nace de una Virgen; mujeres, honrad la virginidad para que lleguéis a ser Madres de Cristo.


¿Quién no adorará al que existió eternamente? ¿quién no alabará y ensalzará al que acaba de nacer? He aquí que se deshacen las tinieblas; es creada la luz; Egipto permanece en las sombras, e Israel es alumbrado por la columna luminosa. El pueblo que estaba sentado en las tinieblas de la ignorancia ve el resplandor de una profunda ciencia. Ha terminado lo antiguo; todo es ya nuevo. Le letra huye, triunfa el espíritu; las sombras han pasado; la verdad ha hecho su aparición. La naturaleza ve sus leyes violadas; ha llegado el momento de poblar el mundo celestial: Cristo manda; guardémonos de oponer resistencia.


Aplaudid, naciones todas: porque un Niño nos ha sido dado, un Hijo nos ha nacido. La señal de su principado está sobre sus espaldas: porque la cruz ha de ser el instrumento de su exaltación; su nombre es Ángel del gran consejo, es decir, del consejo paterno.


Ya puede San Juan exclamar: ¡Preparad el camino del Señor! En cuanto a mí, quiero publicar la magnificencia de tan gran día: El incorpóreo se encarna; el Verbo toma carne; el Invisible se deja ver de nuestros ojos, el Impalpable se deja tocar: el que no conoce el tiempo, toma principio en él; el Hijo de Dios se hace hijo del hombre. Jesucristo fué ayer; es hoy, y será siempre. Escandalícese el Judío; mófese el Griego, muévase la lengua del hereje su boca impura. También, ellos creerán por fin en el Hijo de Dios, cuando le vean subir al cielo; y, si aún entonces se niegan hacerlo, creerán cuando baje del cielo para juzgarlos en su tribunal justiciero".





                             



SERMÓN DE SAN BERNARDO


Oigamos ahora, en la Iglesia latina, al piadoso San Bernardo, que, en el Sermón VI de la Vigilia de Navidad derrama una dulce alegría en sus melodiosas palabras.


"Acabamos de oír una noticia llena de gracia y a propósito para ser recibida con transportes de alegría: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea. Mi alma se ha derretido al oír esta frase; mi espíritu se agita dentro de mí, obligándome a comunicaros esta felicidad. Jesús quiere decir Salvador: ¿Hay algo más necesario que un Salvador para los que estaban perdidos, más deseable para los desgraciados, más conveniente para los que carecían de esperanza? ¿Dónde estaba la salvación, dónde ni siquiera la esperanza de salvación por ligera que fuese, bajo esa ley de pecado, en ese cuerpo de muerte, en medio de esa maldad, en esa mansión de llanto, si la salvación no hubiese nacido de repente y contra toda esperanza? ¡Oh hombre, deseas ciertamente la salud; pero conociendo tu debilidad y tu flaqueza, temes la dureza del tratamiento! No temas: Cristo es dulce y suave; inmensa su misericordia; por ser Cristo, ha recibido la unción para derramarla sobre tus heridas. Mas, al decirte que es dulce, no vayas a creer que carece de poder; porque se añade que es Hijo de Dios. Saltemos, pues, de gozo repasando dentro de nosotros mismos y pronunciando esa dulce frase, esa suave palabra: ¡Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea!"



SERMÓN DE SAN EFRÉN

Es, pues, un gran día el del Nacimiento del Salvador: día esperado por el género humano durante miles de años; esperado por la Iglesia en esas cuatro semanas de Adviento, de tan grato recuerdo; esperado por la naturaleza entera, que, a su llegada, vuelve a ver todos los años el triunfo del sol material sobre las tinieblas siempre crecientes. El gran Doctor de la Iglesia Siria, San Efrén, celebra con entusiasmo el encanto y la fecundidad de este misterioso día; tomemos sólo una muestra de esa divina poesía y digamos con él:


"Dignáos, Señor, permitirnos celebrar hoy el día propio de tu natalicio, que la fiesta de hoy nos trae a la memoria. Este día es semejante a Ti; es amigo de los hombres. Vuelve anualmente a través de los siglos; envejece con los viejos y se rejuvenece con el niño que acaba de nacer. Todos los años nos visita y pasa, para volver con nuevos atractivos. Sabe que la naturaleza humana no podría prescindir de él; lo mismo que Tú, trata de ayudar a nuestra raza en peligro. Todo el mundo, Señor, ansia el día de tu nacimiento; este feliz día lleva en sí todos los siglos venideros; es uno y se multiplica. Sea, pues, semejante a Ti también este año, y tráiganos la paz entre el cielo y la tierra. Si todos los días son testigos de tu magnanimidad, ¿cuánto más deberá serlo éste?


Los demás días del año toman de él su belleza. y las fiestas que van a seguir le deben la dignidad y el esplendor con que brillan. El día de tu nacimiento es un tesoro, Señor, un tesoro destinado a pagar la deuda común. Bendito sea el día que nos ha hecho ver el sol a los que andábamos errantes en la noche oscura; que nos ha traído la mies divina con la que nadaremos en la abundancia; que nos ha dado la rama de la viña, abundante en el líquido de salvación que nos comunicará a su debido tiempo. En medio del invierno que priva a los árboles de sus frutos, la viña se ha revestido de una exuberante vegetación; en la estación del hielo, el tallo ha brotado de la raíz de Jesé. En diciembre, en este mes que guarda todavía en sus entrañas la semilla que se le confió, es cuando la espiga de nuestra salvación se yergue del seno de la Virgen, a donde había bajado en los días de la primavera, cuando los corderuelos triscan por las praderas."


No es, pues, de extrañar que este día haya sido privilegiado en la economía del tiempo, y hasta vemos con satisfacción que las mismas naciones paganas presienten en sus calendarios la gloria que le estaba reservada en el curso de los siglos. Hemos visto también que no fueron los Gentiles los únicos en prever misteriosamente las relaciones del divino Sol de justicia con el astro caduco que ilumina y da calor al mundo; los santos Doctores y la Liturgia entera hablan continuamente de esta inefable armonía.




              


BAUTISMO DE CLODOVEO

Con el fin de grabar más hondamente la importancia de tan sagrado día en la memoria de los pueblos cristianos de Europa, pueblos de elección en los designios misericordiosos de Dios, el soberano Señor de los acontecimientos quiso que el reino de los Francos naciera el día de Navidad (496), cuando en el Baptisterio de Reims, en medio de las pompas de esta solemnidad, Clodoveo, el fiero Sicambro, convertido en dulce cordero, fue sumergido por San Remigio en la fuente de salvación, de la que salió para fundar la primera monarquía católica entre las nuevas naciones, ese reino de Francia, el más bello, se ha dicho, después del cielo.



LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA

Un siglo después (597) sucedía algo parecido al pueblo anglosajón. El Apóstol de la isla de los Bretones, el monje San Agustín, después de haber convertido a la religión verdadera al rey Etelredo, seguía conquistando almas. Dirigiéndose hacia York, predicaba la palabra de vida, y un pueblo entero se reunía pidiendo el Bautismo. Fué fijado el día de Navidad para la regeneración de los nuevos discípulos de Cristo; y el río que corre bajo las murallas de la ciudad fué elegido para servir de fuente bautismal a aquel ejército de catecúmenos. Diez mil hombres, sin contar mujeres y niños, bajan a las aguas cuya corriente debe llevarse la impureza de sus almas. La crudeza del tiempo no es capaz de detener a aquellos nuevos pero fervientes discípulos del Niño de Belén, los cuales desconocían hasta su nombre pocos días antes. Un ejército completo de neófitos sale radiante de alegría e inocencia del seno de las olas heladas, y el día de su Nacimiento cuenta Cristo una nación más bajo su imperio.


Mas no bastará esto todavía al Señor, empeñado en la tarea de honrar el día del Nacimiento de su Hijo.



                 


LA CORONACIÓN DE CARLOMAGNO

Otro ilustre nacimiento debía aún embellecer este feliz aniversario. En Roma, en la Basílica de San Pedro, y en la fiesta de Navidad del año 800, nacía el Sacro Imperio Romano, al que estaba reservada la misión de propagar el reino de Cristo en las regiones bárbaras del Norte, y mantener la unidad europea, bajo la dirección del Romano Pontífice. San León III colocaba en este día la corona imperial sobre la cabeza de Carlomagno; y la tierra, admirada, volvía a contemplar a un César, un Augusto, no un César o un Augusto sucesor de los Césares y Augustos de la Roma pagana, sino investido de esos gloriosos títulos por el Vicario de Aquel que en las profecías se llama Rey de reyes y Señor de los señores.



LA GLORIA DEL DÍA DE NAVIDAD

De este modo ha querido Dios hacer brillar a los ojos de los hombres la gloria del real Niño que ha nacido hoy; así ha dispuesto de cuando en cuando, a través de los siglos, esos ilustres aniversarios de la Natividad que da gloria a Dios y paz a los hombres.


Los siglos venideros podrán decir cómo se reserva aún el Altísimo el derecho de glorificar en este día su nombre y el de su Emmanuel.


Entretanto, las naciones de Occidente, conocedoras de la dignidad de esta fiesta y considerándola con razón como el principio universal de todo, en la era de la renovación del mundo, contaron durante mucho tiempo sus años partiendo de Navidad, como se puede apreciar por los antiguos calendarios, por los Martirologios de Usuardo y de Adón y por un gran número de Bulas, de Cartas y Diplomas. En 1313 un concilio de Colonia nos muestra subsistente todavía en esa época esta costumbre. Varios pueblos de la Europa católica, han guardado hasta el día de hoy la costumbre de celebrar el nuevo año en la fiesta de Navidad. Se desea feliz Navidad como entre nosotros el día primero de enero feliz año nuevo. Se cambian cumplidos y regalos; se escribe a los amigos ausentes: ¡restos preciosos de las antiguas costumbres que tenían la fe como fundamento y muralla inexpugnable!


Es tal la alegría que a los ojos de la Santa Iglesia debe llenar a los fieles en la Natividad del Salvador, que, asociándose a ella misericordiosamente, dispensa el día de mañana el precepto de la abstinencia cuando Navidad cae en viernes o sábado. Esta dispensa se remonta al Papa Honorio III, que gobernaba en 1216; pero ya desde el siglo IX San Nicolás I, en su respuesta a consultas de los Búlgaros, había manifestado una condescendencia parecida, con objeto de animar la alegría de los fieles en la celebración no sólo de la fiesta de Navidad, sino también en las de San Esteban, de San Juan Evangelista, de la Epifanía, de la Asunción de Nuestra Señora, de San Juan Bautista y de San Pedro y San Pablo. Pero esta dispensa no fue universal y sólo se ha mantenido para la fiesta de Navidad, contribuyendo así a aumentar la alegría popular. La legislación civil de la Edad Medía, en su deseo de confirmar a su modo la importancia que daba a una fiesta tan querida de toda la cristiandad, concedía a los deudores la facultad de suspender el pago a los acreedores durante toda la semana de Navidad, que por esta razón era apellidada semana de remisión, lo mismo que las de Pascua y Pentecostés.


Pero dejemos un momento estos datos familiares que nos hemos complacido en reunir a propósito de la gloriosa festividad que conmueve tan dulcemente nuestros corazones; es hora de que acudamos a la casa de Dios, a donde nos llama el Oficio solemne de las Primeras Vísperas. Por el camino, vayamos pensando en Belén, a donde han llegado ya José y María. El sol material camina rápidamente al ocaso; y el divino Sol de justicia permanece todavía oculto por algunos momentos bajo la nube, en el seno de la más pura de las vírgenes. Se acerca la noche; José y María recorren las calles de la ciudad de David, buscando un asilo para albergarse. Atención, pues, corazones fieles, ¡uníos a los dos incomparables peregrinos! Ha llegado la hora de que salga de toda lengua humana un canto de gloria y agradecimiento. Para expresarnos, aceptemos con diligencia la voz de la Santa Iglesia, que estará a la altura de tan noble tarea.


            


ANTES DE LOS OFICIOS NOCTURNOS

MAITINES


Deben saber los fieles que, en los primeros siglos de la Iglesia, no se celebraba nunca una fiesta solemne sin hacer su preparación por medio de una Vigilia, en la que el pueblo cristiano, renunciando al sueño, llenaba la Iglesia y seguía fervorosamente la salmodia y las lecturas; este conjunto constituía lo que hoy llamamos Oficio de Maitines. Se dividía la noche en tres partes, conocidas con el nombre de Nocturnos; al apuntar el alba comenzaban otros cánticos más solemnes que formaban el Oficio de, las alabanzas, que de ahí ha quedado con el nombre de Laudes. Este Oficio divino, que ocupaba gran parte de la noche, se celebra aún diariamente aunque a horas menos penosas, en los Capítulos y Monasterios, y es recitado en privado por todos los clérigos obligados al rezo, del que forma la parte más notable. Con la pérdida de las prácticas litúrgicas desapareció también la costumbre de que los fieles tomasen parte en la celebración de los Maitines; y, en la mayoría de las iglesias parroquiales y aun de las catedrales de Francia, se terminó por no cantarlos más que cuatro veces al año: a saber, los tres últimos días de la Semana Santa, siendo todavía hoy anticipados a la tarde anterior, con el nombre de Tinieblas; y finalmente el día de Navidad, que se celebran a la misma hora, poco más o menos que antiguamente.


El Oficio de la noche de Navidad fué siempre objeto de una especial devoción y solemnidad entre todos los del año: primero por razón de ser la hora en que la Santísima Virgen dió a luz al Salvador, y por eso debemos esperarla en oración y ardientes deseos; además, porque esta noche la Iglesia no se contenta con celebrar el Oficio de Maitines de un modo ordinario, sino que, por excepción única y para mejor honrar el divino Nacimiento, añade la ofrenda del santo Sacrificio de la Misa, precisamente a media noche, que es cuando María dió su augusto fruto a la tierra. De ahí que en muchos lugares, sobre todo en las Galias, según testimonio de San Cesáreo de Arlés, los fieles pasaban toda la noche en la Iglesia.


En Roma, durante varios siglos, por lo menos del séptimo al undécimo, se decían dos Maitines en la noche de Navidad. Los primeros se cantaban en la Basílica de Santa María la Mayor; se comenzaban en cuanto se ponía el sol; no se decía Invitatorio en ellos, y a continuación de este primer Oficio nocturno el Papa celebraba a media noche la primera Misa de Navidad. Inmediatamente después, se trasladaba con el pueblo a la Iglesia de Santa Anastasia, donde celebraba la Misa de la Aurora. Luego, la piadosa comitiva se dirigía con el Pontífice, a la Basílica de San Pedro, donde comenzaban inmediatamente los segundos Maitines. Estos tenían su Invitatorio y eran seguidos de Laudes: terminados éstos y los Oficios siguientes a sus horas correspondientes, el Papa celebraba la tercera y última Misa a la hora de Tercia. Amalario y el antiguo liturgista del siglo XII que se ha dado a conocer con el nombre de Alcuino nos han transmitido estos detalles, que están de acuerdo con el texto de los antiguos Antifonarios de la Iglesia Romana publicados por el Beato José María Tomasí y por Gallicioli.


Eran tiempos de fe viva; para ellos las horas pasaban veloces en la casa de Dios, porque la oración servía de poderoso lazo de unión a los pueblos abrevados continuamente en los divinos misterios. Entonces se gustaba la oración de la Iglesia; las ceremonias de la Liturgia, que son su necesario complemento, no eran como hoy un espectáculo mudo, o a lo más impregnado de una vaga poesía; las masas sentían y creían lo mismo que los individuos. ¿Quién nos devolverá esta comprensión de lo sobrenatural, sin la cual tantas personas de hoy día se jactan de ser cristianas y católicas?



LA NOCHE DE NAVIDAD

A pesar de todo, todavía no se ha extinguido gracias a Dios por completo entre nosotros esa fe práctica; esperemos que volverá aún algún día a revivir con su antigua vida. ¡Cuántas veces nos hemos complacido en buscar y observar sus huellas en el seno de esas familias patriarcales, numerosas todavía en nuestras pequeñas ciudades y aldeas! Allí fue donde vimos, y ningún recuerdo de infancia nos es tan grato, a toda una familia, que, después de la frugal colación de la noche, se reunía en torno a un gran hogar, en espera de que sonara la señal para acudir a la Misa de la media noche.


Allí estaban preparados de antemano los platos que habían de ser servidos a la vuelta, apetitosos, sin ser rebuscados y que habían también de contribuir a la alegría de tan santa noche: en medio del hogar ardía un grueso tronco, llamado "leño de Navidad", que calentaba toda la sala. Había de consumirse lentamente durante los Oficios para que a su vuelta encontraran un reconfortante brasero los miembros de los ancianos y de los niños ateridos por el frío.


Allí se hablaba animadamente del misterio de la solemne noche; se compadecía a María y a su dulce Hijo expuesto a los rigores del invierno en un establo abandonado; luego se entonaban algunos de aquellos villancicos que habían servido para entretenerlos durante las largas vigilias del Adviento.


Las voces y los corazones estaban de acuerdo al ejecutar aquellas populares melodías compuestas en días mejores. Aquellos ingenuos cantos referían la visita del Ángel Gabriel a María y el anuncio de la maternidad divina hecho a la digna doncella; la pena de María y de José al recorrer las calles de Belén en busca de un albergue en las posadas de aquella ingrata ciudad; el milagroso alumbramiento de la Reina del cielo; los encantos del Recién Nacido en su humilde cuna; la llegada de los pastores con sus rústicos regalos, su música un tanto ruda y la sencilla fe de sus corazones.


Animábanse pasando de un villancico a otro; olvidaban sus preocupaciones; consolaban sus penas y ensanchábanse el alma; mas de pronto la voz de las campanas, que resonaban en la noche, terminaban con tan ruidosos como amables conciertos. Comenzaban a salir hacia la Iglesia; ¡qué felices entonces los niños a quienes su edad permitía ya asociarse por vez primera a las alegrías inefables de esta solemne noche; tan santas y fuertes impresiones debían quedar grabadas en su alma durante el resto de su vida!


Pero ¿a dónde nos llevan estos encantadores recuerdos? Con objeto de ocupar útilmente los últimos momentos que preceden a la entrada en la Iglesia, quisiéramos sugerir a nuestros lectores algunas consideraciones que les unan al espíritu de la Iglesia, fijando su corazón y su fantasía sobre objetos reales y consagrados por los misterios que se celebran en esta augusta noche.


     



LA GRUTA DE BELÉN

Así pues, en esta hora nuestro pensamiento debiera volar con preferencia hacia tres lugares que existen en el mundo. El primero es Belén, y en Belén, la gruta del Nacimiento quien nos reclama. Acerquémonos con santo respeto y contemplemos el humilde asilo que el Hijo del Eterno bajado del cielo ha escogido para su primera morada. Este establo, cavado en la roca, se halla situado fuera de la ciudad; tiene unos cuarenta pies de largo por doce de ancho. El asno y el buey anunciados por el Profeta están junto a la cueva, testigos mudos del divino misterio que el hombre se ha negado a recibir en su casa.


José y María se encuentran también en el humilde retiro; los rodea el silencio de la noche; mas su corazón se dilata en alabanzas y adoraciones dirigidas al Dios que se digna satisfacer de manera tan perfecta por el orgullo humano. La purísima María prepara los pañales que han de envolver los miembros del celeste Infante, y espera con inefable paciencia el momento en que sus ojos verán por fin el fruto bendito de sus castas entrañas, y podrá cubrirle con sus besos y caricias y amamantarle con su leche virginal.


Mas, antes de salir del seno materno y de hacer su entrada visible en este mundo pecador, el divino Salvador se inclina ante su Padre celestial y, conforme a la revelación del Salmista explicada por el gran Apóstol San Pablo en la Epístola a los Hebreos, dice: ¡Oh Padre mío! ya estás harto de los groseros sacrificios de la Ley; esas vacías ofrendas no han aplacado tu justicia; pero me has dado un cuerpo; héme aquí pronto a sacrificarme; vengo a cumplir tu voluntad." (Herbr., X, 7.)


Todo esto ocurría, a estas horas, en el establo de Belén; los Ángeles del Señor estaban maravillados ante tan gran misericordia de un Dios para con sus rebeldes criaturas, contemplando al mismo tiempo con gran placer el gracioso semblante de la Virgen sin mancha, y esperando el momento en que la Rosa mística iba por fin a abrirse para derramar su divino perfume.


¡Feliz gruta de Belén, testigo de semejantes maravillas ! ¿Quién no dejará allí ahora su corazón? ¿Quién no la preferiría a los más suntuosos palacios de los reyes? Ya, desde los primeros días del cristianismo, la piedad de los fieles la rodeó de la más tierna devoción, hasta que la gran Santa Elena, elegida por Dios para reconocer y honrar en la tierra las huellas del Hombre-Dios, hizo construir en Belén la magnífica Basílica que debía guardar en su recinto el trofeo del amor de Dios hacia su criatura.


Transportémonos con el pensamiento a esta Iglesia que todavía subsiste; contemplemos allí, en medio de infieles y herejes, a los religiosos que sirven aquel santuario, y que se disponen a cantar en nuestra lengua latina los mismos cánticos que bien pronto vamos a oír nosotros. Son hijos de San Francisco, héroes de la pobreza, discípulos del Niño de Belén; precisamente por ser pequeños y débiles son los únicos que hoy día desde hace cinco siglos, sostienen las batallas del Señor en aquellos lugares de la Tierra Santa, que la espada de los Cruzados se cansó de defender. Esta noche oremos en unión con ellos; besemos con ellos la tierra en aquel lugar de la gruta, en que se lee con palabras de oro: Hic DE VIRGINE MARÍA IESUS CHRISTUS NATUS EST.


Pero en vano buscaríamos hoy en Belén la feliz cueva que acogió al divino Infante. Hace ya doce siglos que huyó de aquellas tierras maldecidas por Dios, viniendo a buscar refugio en el centro de la catolicidad en Roma, la Esposa favorecida por el Redentor.


               


LA BASÍLICA DEL PESEBRE

Roma es por tanto, el segundo lugar del mundo que debe visitar nuestro corazón en esta noche afortunada. Pero dentro de la ciudad santa, hay un santuario que en este momento reclama toda nuestra devoción y nuestro amor. Es la Basílica del Pesebre, la magnifica y radiante Iglesia de Santa María la Mayor. Reina de las numerosas Iglesias que la devoción de los romanos dedicó a la Madre de Dios, levanta su magnificencia sobre el Esquilino, resplandeciente de oro y mármol, pero afortunada sobre todo por poseer en su interior, junto con el retrato de la Virgen Madre atribuido a San Lucas, el humilde y glorioso Pesebre que los impenetrables designios del Señor hicieron que saliese de Belén para confiarlo a su guarda. Un pueblo innumerable se agolpa en la Basílica en espera del feliz instante en que el evocador monumento del amor y de las humillaciones de un Dios, aparezca llevado sobre los hombros de los ministros sagrados, como arca de la nueva alianza cuya ansiada visión tranquiliza al pecador y hace palpitar de emoción el corazón del justo. Quiso Dios que Roma, que debía ser la nueva Jerusalén, fuese también la nueva Belén, y que los hijos de su Iglesia hallasen en este centro inconmovible de su fe, el alimento abundante e inagotable de su amor.


NUESTRO CORAZÓN

Visitemos finalmente el tercer santuario donde se va a realizar esta noche el misterio del Nacimiento del Hijo divino de María. Este tercer templo está a nuestro lado; está dentro de nosotros: es nuestro propio corazón. Nuestro corazón es el Belén que Jesús quiere visitar, en el que desea nacer para morar allí y crecer hasta llegar al hombre perfecto, como dice el Apóstol (Ef., IV, 13). Si desciende hasta el establo de la ciudad de David, es sólo para poder llegar con mayor seguridad hasta nuestro corazón, al que amó con amor eterno hasta el extremo de descender del cielo para venir a habitar en él. El seno de María le llevó nueve meses; en nuestro corazón quiere vivir eternamente.


¡Oh corazón del Cristiano, Belén viviente, prepárate y alégrate!; por la confesión de tus pecados, por la contrición de tus faltas, por la penitencia de tus delitos estás ya dispuesto para esa alianza que el Niño Dios desea hacer contigo. Está ahora atento; vendrá en medio de la noche. Hállete preparado como halló el establo, el pesebre y los pañales. Tú no puedes ofrecerle las puras y maternales caricias de María, ni los cariñosos cuidados de José; preséntale las adoraciones y el amor sencillo de los pastores. Como la Belén de los actuales tiempos, tu vives en medio de los Infieles, de los que no conocen el divino misterio del amor; sean tus votos secretos y sinceros como los que esta noche subirán hacia el cielo desde el fondo de la gloriosa y santa gruta que reúne a los fieles en torno a los hijos de San Francisco. En el gozo de esta santa noche sé semejante a la radiante Basílica que guarda en Roma el tesoro del Santo Pesebre y el dulce retrato de la Virgen Madre. Sean tus afectos puros como el blanco mármol de sus columnas; tu caridad resplandeciente como el oro que brilla en sus artesonados; tus obras luminosas como los mil cirios que, en su feliz recinto, iluminan la noche con los esplendores del día. Finalmente, oh soldado de Cristo, piensa que es necesario luchar para merecer acercarse al divino Infante; luchar para conservar dentro de uno mismo su amorosa presencia; luchar para llegar a la feliz consumación que te hará una sola cosa con El, en la eternidad. Conserva, pues, con cariño estas impresiones, que te nutran, consuelen y santifiquen hasta que descienda a ti el Emmanuel. ¡Oh Belén viviente! repite sin cesar esa dulce frase de la Esposa: Ven, Señor Jesús, ven.


                   


MISA DEL GALLO

Es hora ya de ofrecer el gran Sacrificio y de llamar al Emmanuel: sólo El puede pagar dignamente a su Padre la deuda de agradecimiento que el género humano le debe. En el altar, como en el pesebre, intercederá por nosotros; nos acercaremos a él con amor y se nos entregará.


Pero es tal la grandeza del Misterio de este día, que la Iglesia no se limita a ofrecer un solo Sacrificio. La llegada de tan precioso don por tanto tiempo aguardado merece el reconocimiento de homenajes extraordinarios. Dios Padre envía su Hijo a la tierra; es el Espíritu Santo quien obra este prodigio: es muy natural que la tierra dirija a la Trinidad augusta el homenaje de ese Sacrificio(6).


Además, el que nace hoy ¿no se ha manifestado en tres Nacimientos? Nace esta noche de la Virgen bendita; va a nacer, por su gracia, en el corazón de los pastores que son las primicias de toda la cristiandad; y nace eternamente en el seno del Padre, en los esplendores de los Santos: este triple nacimiento debe ser venerado con un triple homenaje.


La primera Misa celebra el Nacimiento según la carne. Los tres Nacimientos son otras tantas efusiones de la luz divina; ahora bien, ha llegado la hora en que el pueblo que caminaba en las tinieblas vió una gran luz y en que amaneció el día sobre los que moraban en la región de las sombras de la muerte. La noche es oscura fuera del santo templo donde nos hallamos: noche material por ausencia del sol; noche espiritual a causa de los pecados de los hombres que duermen en el olvido de Dios o vigilan para el crimen. En Belén, en torno al establo y en la ciudad, hay tinieblas; y los hombres que no han querido hacer sitio al divino Huésped descansan en una grosera paz; por eso no les despertará el concierto de los Ángeles.


Hacia la mitad de la noche la Virgen ha sentido llegar el momento supremo. Su corazón de madre se halla completamente inundado de maravillosas delicias y derretido en un éxtasis de amor. De pronto, saliendo con su omnipotencia del seno materno, como saldrá un día a través de la piedra del sepulcro, aparece el Hijo de Dios e Hijo de María tendido en el suelo, a la vista de su Madre, y dirigiendo sus brazos hacia ella. El rayo del sol no atraviesa con mayor rapidez el límpido cristal incapaz de detenerle. La Virgen Madre adora al Niño divino que la sonríe, y se atreve a estrecharle contra su corazón; le envuelve en los pañales que le ha preparado y le acuesta en el pesebre. El fiel José le adora con ella; los santos Ángeles, cumpliendo la profecía de David, rinden su más profundo homenaje a su Creador en el momento de su entrada en el mundo. Encima del establo está el cielo abierto y suben hacia el Padre de los siglos, los primeros votos del Dios recién-nacido; a los oídos del Dios ofendido comienzan a llegar ya sus primeros gritos y los dulces vagidos que preparan la salvación del mundo.


La belleza del Sacrificio atrae al mismo tiempo hacia el altar las miradas de los fieles. El coro entona el cántico de entrada, el Introito. Es el mismo Dios quien habla; habla a su Hijo al que hoy ha engendrado. En vano las naciones intentarán sacudir su yugo; este niño las sabrá sujetar y reinará sobre ellas, porque es el Hijo de Dios.



INTROITO

El Señor me dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.


El canto del Kyrle eleison precede al Himno Angélico que se deja oír en seguida con estas sublimes palabras: Gloria in excelsis Deo, et in térra pax hominibus bonae voluntatis! Unamos nuestras voces y corazones a este sublime concierto de la milicia celestial. ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! Son nuestros hermanos los Ángeles los que han entonado este cántico; allí junto al altar, como antaño junto al pesebre, están proclamando nuestra dicha. Allí adoran a la divina justicia que dejó sin redentor a sus hermanos caídos, y en cambio nos envía a nosotros a su propio Hijo. Glorifican la amorosa humillación de quien hizo al ángel y al hombre, y que ahora se inclina hacia el más débil. Ellos nos prestan sus celestes voces para dar gracias a quien por medio de un misterio tan dulce y poderoso nos llama a nosotros sus humildes criaturas humanas a llenar un día entre los coros angélicos las sillas que quedaron vacías por la calda de los espíritus rebeldes. ¡Ángeles y hombres, Iglesia del cielo e Iglesia de la tierra!, cantemos la gloria de Dios y la paz dada a los hombres; cuanto más se humilla el Hijo del Eterno para traernos tan grandes bienes, con tanto mayor fervor debemos entonar unánimemente:—Solus sanctus, solus Dominus, solus Altissimus, Iesu Christe! ¡Tú solo Santo, Tú sólo Señor, Tú sólo Altísimo, Jesucristo!


A continuación, la Colecta reúne los votos de los fieles:



OREMOS

¡Oh Dios! que hiciste brillar esta sacratísima noche con el resplandor de la verdadera luz: suplicámoste hagas que disfrutemos en el cielo, de los gozos de esta luz, cuyos misterios hemos conocido en la tierra. Por el que vive y reina contigo...


                  



EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (II, 11-15.)


Carísimo: La gracia de Dios, nuestro Salvador, se ha aparecido a todos los hombres, para enseñarnos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, debemos vivir sobria y justa y piadosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, el cual se dió a sí mismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado y purificar para sí un pueblo grato, seguidor de las buenas obras. Predica y aconseja estas cosas en Nuestro Señor Jesucristo. Por fin ha aparecido, en su gracia y misericordia, ese Dios Salvador que era el único que podía librarnos de las obras de la muerte, devolviéndonos a la vida. En este mismo momento se muestra a todos los hombres en el angosto reducto de un pesebre, envuelto en los pañales de la infancia. Ahí tenéis la dicha de la visita de un Dios a la tierra, visita que tanto anhelábamos; purifiquemos nuestros corazones, hagámonos gratos a sus ojos: pues, aunque sea niño, es también Dios poderoso, como nos acaba de decir el Apóstol, el Señor cuyo nacimiento eterno es anterior al tiempo. Cantemos su gloria con los santos Ángeles y con la Iglesia.



GRADUAL

Contigo está el imperio desde el día de tu poder, entre los esplendores de los Santos; yo te engendré de mi seno antes de la aurora. — . Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.


ALELUYA

Aleluya, aleluya.— f . El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Aleluya.




                 


EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas (II, 1-14.)


En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fué hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y parió a su Hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y había unos pastores en la misma tierra, que guardaban y velaban las vigilias de la noche sobre su ganado. Y he aquí que el Ángel del Señor vino a ellos y la claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Ángel les dijo: No temáis porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo: es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y echado en un pesebre. Y súbitamente apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.


También nosotros, divino Niño, unimos nuestras voces a las de los Ángeles y cantamos: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! El inefable relato de tu nacimiento nos enternece los corazones y hace correr nuestras lágrimas. Te hemos acompañado en tu viaje de Nazaret a Belén, hemos seguido todos los pasos de María y de José a través de su largo camino; hemos velado durante esta santa noche en espera del feliz momento que te mostrará a nuestros ojos. Sé bendito, oh Jesús, por tanta misericordia; sé amado por tanto amor. Imposible apartar nuestras miradas de ese pesebre afortunado, que contiene nuestra salvación. Te reconocemos ahí tal como te han pintado a nuestras esperanzas los santos Profetas cuyos divinos vaticinios nos ha pasado la Iglesia esta noche ante la vista. Eres el Dios Grande, el Rey pacífico, el Esposo celestial de nuestras almas; eres nuestra Paz, nuestro Salvador, nuestro Pan de vida. ¿Qué te podemos ofrecer en este momento, si no es esa "buena voluntad que los Ángeles nos recomiendan? Créala en nosotros; cultívala para que lleguemos a ser hermanos tuyos por la gracia, como lo somos ya por la naturaleza humana. Pero aún haces más en este misterio ¡oh Verbo encarnado! En él nos haces, como dice el Apóstol, partícipes de la divina naturaleza, de esa naturaleza que en tu humillación no has perdido. En el orden de la creación nos colocaste debajo de los Ángeles; en tu encarnación nos has hecho herederos de Dios, y coherederos tuyos. ¡Ojalá nuestros pecados y flaquezas no nos hagan descender de estas alturas a las que hoy nos has elevado!


Después del Evangelio, la Iglesia canta en son de triunfo el Símbolo de la fe, en el que se nos detallan los misterios del Hombre Dios. A las palabras: Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, ET HOMO FACTUS EST, adorad desde lo más profundo de vuestro corazón al Dios grande que ha tomado la forma de su criatura, y devolverle con vuestro humilde acatamiento, la gloria de que se ha despojado por vuestra causa. En las tres Misas de hoy, cuando el coro llega a esas palabras en el canto del Credo, se levanta el sacerdote de su silla y va a postrarse de rodillas al pie del altar. Uníos en ese momento con vuestras adoraciones a las de toda la Iglesia representada por el Sacerdote.


Durante la ofrenda del pan y del vino, la Iglesia celebra el gozo del cielo y de la tierra por la llegada del Señor. Unos momentos más, y en este altar donde todavía no hay más que pan y vino, tendremos el cuerpo y la sangre de nuestro Emmanuel.


           

OFERTORIO

Alégrense los cielos y salte de júbilo la tierra ante la faz del Señor: porque viene.


SECRETA

Suplicámoste, Señor, te sea grata la ofrenda de la fiesta de hoy: para que, con tu gracia, reproduzcamos en nosotros, mediante este santo comercio, la imagen de Aquel que unió contigo nuestra naturaleza. El cual vive y reina contigo.



A continuación el Prefacio reúne las acciones de gracias de todos los fieles, terminando por la aclamación general al Señor tres veces Santo. En el momento de la elevación de los sagrados Misterios, en medio de ese religioso silencio que acoge la venida del Verbo divino al altar, no veáis allí sino el pesebre del Niño que tiende sus brazos hacia su Padre y os ofrece sus caricias; a María que le adora con amor de madre, a José que derrama lágrimas de ternura, y a los santos Ángeles que no aciertan a salir de su asombro. Entregad al recién nacido vuestro corazón para que infunda en él todos estos sentimientos; pedidle que venga a vosotros y dadle un puesto de honor entre todos vuestros afectos.


Después de la Comunión, la Iglesia, que acaba de unirse al Niño Dios en la participación de sus Misterios, canta una vez más la gloria de la generación eterna del Verbo divino, que existe en el seno del Padre antes que toda criatura, y que esta noche se ha revelado al mundo antes de aparecer la estrella de la mañana.


COMUNIÓN

Entre los esplendores de los Santos, te engendré de mi seno antes de la aurora.


Termina la Santa Iglesia las oraciones de este primer sacrificio, pidiendo la gracia de una unión indisoluble con el Salvador que se ha dignado aparecer en este día.



POSCOMUNIÓN

Suplicámoste Señor, Dios nuestro, hagas que, los que nos alegramos de celebrar frecuentemente el misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, merezcamos alcanzar, con actos dignos, la compañía de Aquel que vive y reina contigo.


                 


Ha terminado el gran día y se acerca la noche para descansar con un sueño reparador, de las fatigas pasadas en la vigilia de la gloriosa Natividad. Antes de irnos a acostar, dediquemos un piadoso recuerdo a los santos Mártires de quienes la Santa Iglesia ha hecho memoria en el día de hoy en su Martirologio. Diocleciano y sus colegas en el imperio acababan de publicar el célebre edicto de persecución que declaraba a la Iglesia la guerra más sangrienta que jamás padeció. El edicto, clavado en las plazas de Nicomedia, residencia del Emperador, había sido rasgado por un cristiano, que pagó con un glorioso martirio aquel acto de santa audacia. Dispuestos a la lucha, los fieles se atrevieron a desafiar el poder imperial y continuaron frecuentando su iglesia condenada a ser demolida. Llegó el día de Navidad. En número de varios miles se reunieron en el santo templo para celebrar por última vez el Nacimiento del Redentor. Al saberlo Diocleciano, envió uno de sus oficiales con la orden de cerrar las puertas de la Iglesia y prender fuego por los cuatro costados del edificio. Tomadas estas medidas, por las ventanas de la basílica se dejaron oír sonidos de trompeta, y los fieles escucharon la voz de un pregón que, de parte del Emperador, brindaba la salida a quienes quisieran salvar la vida, con la condición de que ofreciesen incienso a Júpiter en un altar que a este fin se había levantado a la puerta de la iglesia; de lo contrario, serían presa de las llamas. En nombre de la piadosa reunión respondió un cristiano: "Somos todos cristianos; adoramos a Cristo como a Dios único y único Rey; y estamos dispuestos a sacrificarle hoy nuestras vidas." Al oír esta respuesta, los soldados recibieron orden de encender el fuego; en un momento la iglesia se convirtió en una horrible hoguera cuyas llamas subían hacia el cielo, enviando en holocausto al Hijo de Dios, que en este día se dignó dar principio a su existencia humana, la ofrenda generosa de aquellos miles de vidas que daban testimonio de su venida a este mundo. De este modo fué honrado en Nicomedia, en el año 303, el Emmanuel bajado de los cielos para morar entre los hombres. Unamos con la Santa Iglesia el homenaje de nuestros votos al de estos heroicos cristianos cuya memoria se conservará hasta el fin de los siglos, gracias a la santa Liturgia.


Traslademos una vez más nuestro pensamiento y nuestro corazón al feliz establo donde María y José hacen compañía al divino Niño. Volvamos a adorar al recién nacido y pidámosle su bendición. San Buenaventura, en sus Meditaciones sobre la vida de Jesucristo, expresa con una ternura digna de su seráfica alma los sentimientos de que debe estar poseído el cristiano ante la cuna del Niño Jesús: "Tú también, que tanto lo has diferido, dobla la rodilla, adora al Señor tu Dios; venera a su Madre y saluda con reverencia al santo viejo José; luego besa los pies del Niño Jesús, que yace en su cunita, y ruega a Nuestra Señora que te lo entregue y te permita cogerle. Tómale en tus brazos, guárdale y contempla bien su amable rostro; bésale con respeto y deléitate en él con confianza. Puedes hacer todo eso, porque ha venido precisamente para salvar a los pecadores, ha hablado con mansedumbre y por fin se ha dado a ellos en alimento. Por eso en su dulzura se dejará tocar pacientemente cuanto tú quieras, y no lo atribuirá a presunción sino a cariño."


Notas

[1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar
[3] In Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid., I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor "por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino", dice el Ordo. Romanus.
[6] Los sacramentarlos gelasiano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo v, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[7] Fué en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte. A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar el nacimiento espiritual del Salvador en las almas
[8] In Natalem Domini, V, 14.
[9] Ibid., I. 3.
[10] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo XII se eligió a Santa María la Mayor "por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino", dice el Ordo Romanus.