Análisis crítico del discurso de apertura de la 2º sesión del conciliábulo Vaticano 2 realizado por el Anticristo Pablo 666. (Parte 2ª y final)

 



La publicación de la "encíclica" Ecclesiam suam el 6 de agosto de 1964 dominó todos los demás acontecimientos que precedieron a la reunión de la tercera sesión del Conciliábulo Vaticano 2 prevista para septiembre. Este impío documento resonó en todo el mundo como el estrépito de los címbalos y fue como una especie de discurso de apertura del “pontificado” del Anticristo. Pablo 6, en efecto, aunque había usurpado la silla de Pedro en junio de 1963, todavía no había dado a conocer sus verdaderas intenciones, que preocupaban a muchos, tras el tumultuoso desarrollo de la segunda sesión.




En el prólogo de Ecclesiam suam, Pablo 6 indicaba que su encíclica era una “simple conversación epistolar que no quiere revestir un carácter solemne y propiamente doctrinal, ni proponer enseñanzas específicas de orden moral o social; simplemente quiere ser un mensaje fraterno y familiar”. Sin embargo, como ya sabemos que el astuto Montini siempre escondía peligrosas desviaciones y envenenados errores en sus escritos, lo vamos a comprobar inmediatamente gracias al titánico esfuerzo efectuado por el abad Georges de Nantes, quien se esforzó primero en captar todos los matices del texto y luego publicó una crítica teológica del mismo en sus Cartas a mis amigos 180 y 181, respectivamente los días 20 y 28 de agosto de 1964.




Primera observación: Pablo 6 se revela enteramente en esta encíclica y pretende mostrar que no niega nada de sus convicciones pasadas y que permanece fiel a la tradición de los Montini. Quiere ser y se declara heredero de un modo de hacer, de una orientación pastoral inaugurada por S.S. León XIII y continuada por todos sus predecesores, desde S.S. Pío XI hasta Juan 23. Es, pues, muy destacable, muy significativo, que Pablo 6 no haya querido hacer mención de S.S. Pío IX, de gran memoria, y que haya omitido intencionadamente a S.S. San Pío X, el único que fue colocado en los altares, porque sin duda pertenecen a otra tendencia más majestuosa e intransigente con el error, a otra tradición, también legítima, pero que la “encíclica” montiniana dejará en la sombra, como si hubiera caído en desuso.




Podemos resumir perfectamente la intención de la “encíclica” con una sola proposición: “El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna». ¡Pero es una cita de la última proposición... condenada por S.S. Pío IX en el Syllabus (Propos. 80)!




“Ahora, anunció Pablo 6, ya no se trata de extirpar de la Iglesia tal o cual herejía específica o ciertos desórdenes generalizados. Gracias a Dios no los hay dentro de la Iglesia”. (!?)



Este juicio eufórico e irreal prolonga pues la visión optimista de Juan 23, como si todo el universo ya estuviera en orden y santificado, de modo que la Iglesia debería asimilarse al mundo, con el evidente riesgo de acomodarse a la concepción profana de la vida que acaba siempre por ahogar la buena semilla de la Fe.




                                  




Como observa perspicazmente el abbé de Nantes, Pablo 6, si bien no las impone, al menos elige para sí y para su “pontificado”, e incluso nos propone, con dignidad pero con fuerza, las orientaciones que, de Montalembert a Sangnier y de Jacques Maritain al padre Congar, definen un cierto “nuevo” espíritu cristiano. ¿Cuáles? Las de un avance constante hacia el mundo moderno, enfoque, sin embargo, que se pretende y se declara absolutamente fiel a todas las exigencias de la Iglesia de Cristo. (…) Pablo 6 forma parte de esta corriente, de este torrente, aparentemente mayoritario en el Concilio y el más dinámico hoy. Por lo tanto, adopta a su vez todo un vocabulario, hasta ahora bastante preocupante y prohibido en el lenguaje oficial de la Iglesia: conciencia y recursos, renovación y reforma, convivencia y apertura, diálogo finalmente, son las nociones clave de la encíclica. Pablo 6 está personalmente comprometido con el principio mismo del reformismo congariano. Es una fecha en la historia de la Iglesia. (…)



Pero si Pablo 6 quiso que la Iglesia adoptara un nuevo sistema de convivencia con el mundo, fue mediante la expresión de reservas, es decir, con numerosos "sí, pero” hábilmente equilibrados.

 

Montini pretende situar su pontificado en la corriente moderna de tradición liberal y reformista, pero porque garantiza su profundo acuerdo con la integridad de la fe y pretende mantenerla firmemente regulada, según las más exigentes exigencias morales y de disciplina eclesiástica. Toda la dificultad de la encíclica y toda la fortuna de su próxima aplicación residen en la demostración y el valor de este acuerdo peligroso y de este equilibrio inestable. Hacer un panorama resumido nos permitirá establecer los puntos de convergencia y oposición del reformismo moderado de Pablo 6, con el progresismo por un lado, y con el “fundamentalismo” Católico por el otro. Aquí tenéis este triple programa:



Conciencia pero fe.

Pablo 6 adopta (…) la conciencia y, colectivamente, la revisión de la vida de la que procede toda reforma de uno mismo, de los demás y de la Iglesia. Montini conoce los graves peligros del subjetivismo; sin embargo, lo considera muy apreciable en sí mismo y prácticamente difundido hoy, como expresión refinada de la cultura moderna. (!?) Sin embargo, está demostrado que los errores del progresismo más contrarios a la fe y a la simple razón, las invenciones más destructivas se basaron inevitablemente en los caprichos instintivos de una conciencia llamada cristiana, tan infalible como despreocupada de toda norma. (…) Exalta, por tanto, la conciencia individual y sus iluminaciones proféticas, al tiempo que pretende contener sus experiencias íntimas dentro de los límites de la fe dogmática. Es muy lícito hacerse la pregunta siguiente:



Pero ¿las conciencias permitirán así que Pablo 6 esclarezca sus caminos secretos y sus experiencias subjetivas? Me temo que más bien aprovecharán la libertad y el tipo de infalibilidad que les reconocemos –bajo el nombre de conciencia eclesial– para sustituir una vez más al Magisterio y emanciparse del imperio de la fe. ¿Quién podrá discernir la conciencia verdadera de la falsa? Por tanto, la ambigüedad y la oposición persisten. El progresismo perturbará aún más nuestro Credo en nombre de la conciencia cristiana; pero el “fundamentalismo” rechazará tales oráculos porque son contrarios al dogma y la moral de la Iglesia. Ambos lo harán al amparo de la encíclica. (…)



                     

El valeroso Abbé de Nantes con sus seguidores en la Roma herética y apóstata post conciliábulo Vaticano 2




Renovación, pero perfección espiritual.

Después Montini aborda la cuestión de las reformas que se deben emprender y las medidas que se deben tomar para purificar y rejuvenecer el rostro de la Iglesia, insinuando así sibilinamente que tal vez la Esposa de Cristo no era todavía lo suficientemente “pura” y “joven”, lo cual es blasfemo y perverso. El Anticristo adopta el problema de Congar buscando definir y discernir de antemano qué puede ser renovación saludable y qué es sólo revolución. Rechazando el inmovilismo total o la hostilidad por principio a cualquier acercamiento a la manera de pensar y de hacer vigentes en nuestro tiempo –¿y a quién se le ocurre eso? – Pablo 6, a su vez, distingue entre la idea que se tiene de la esencia de la Iglesia católica y de sus estructuras fundamentales, por un lado, cosas de las que sería abusivo hablar de reforma, y ​​lo que, en la Iglesia tal como es hoy ha llegado a desvirtuar el diseño primitivo y alterar más o menos, debido a la debilidad humana, la pureza de sus rasgos y la belleza de su acción.



Aquí estamos en pleno territorio de la retórica montiniana, un lenguaje hipócrita, tramposo y retorcido, manifiestamente ruin, que afea a la Santa Madre Iglesia y se avergüenza de la obra de santificación que la Esposa de Cristo ha ejercido sobre el mundo durante 20 siglos gracias al Espíritu Santo derramado sobre todo el Cuerpo Místico.




Pero devolver a la Iglesia a su forma perfecta es una fórmula demasiado peligrosa para que Pablo 6 no la haya acompañado inmediatamente con una luminosa y vehemente advertencia contra el error revolucionario. Por tanto, Montini abogó por la reforma de la Iglesia, ¡pero respetando la tradición! ¿Será esto comprendido, oído y seguido? (…)



En última instancia, ¿no sería más sencillo y seguro decir que la Iglesia no necesita reformas y que en estos tiempos de agitación y locura universal sólo llama a sus hijos a una mayor perfección espiritual mediante la oración y la penitencia? (…)





Diálogo, pero sin renunciar a la predicación de la verdad.

Pablo 6 optó por realizar el apostolado centenario de la Iglesia en forma de diálogo con el mundo, de conversación, ¡lo cual es un evidente suicidio espiritual! No se trata de la simple adopción de un eslogan, sino de la expresión de una elección deliberada: “en este momento de la historia del mundo, esta nueva forma de contacto de la Iglesia con toda la humanidad” es la mejor. Y es sin detenerse en ellas para elogiarlas o lamentarlas que Montini pasa revista rápidamente a otras formas, legítimas sin duda, pero según él ya obsoletas (!?), en definitiva, todo el aparato de la autoridad divina y de las instituciones sociales que, para responder a la salvación de las almas, la Iglesia que nos precedió [la verdadera Iglesia, la Esposa] había cumplido con un sentido admirable su misión divina.



Una vez más, ¡qué premio otorgado al progresismo! la sustitución del diálogo por cualquier otro método apostólico es, de hecho, una de sus principales exigencias. ¿Comparte Pablo 6 sus puntos de vista? En parte. La encíclica marca la culminación de un movimiento liberal y personalista para el cual, ante todo, se debe respetar la libertad humana. (…) La ventaja esencial que Montini encuentra en el diálogo es que deja a los hombres “libres para responderle o rechazarlo. Esta forma de relación... si no tiene como objetivo obtener inmediatamente la conversión del interlocutor porque respeta su dignidad y su libertad, sin embargo tiene como objetivo procurar su ventaja...” (!?)



El Anticristo claramente siente que en nuestro tiempo no hay necesidad de desafiar el turbio orgullo del hombre. (…) En tales condiciones, de estima forzada, de simpatía, el cristiano, la Iglesia, ¿no será tentada y, por la fuerza de las cosas, llevada a reducir la oposición de doctrinas, a compartir el error y la verdad en dosis aproximadamente iguales, y pasar de convertir a los hombres a Cristo, a convertirse Ella misma al mundo profano?... El hipócrita Montini reaccionó fuertemente contra esta posibilidad, que sin embargo consideraba evitable.



Pero no hay que ser un Doctor en Teología para comprender que, en ese aproximamiento en igualdad de condiciones al mundo, rápidamente prevalecería la novedad subversiva, que acabaría por arruinar la misma esencia de la Iglesia.




El diálogo, que se ha convertido hoy en regla suprema y único método de apostolado progresista empleado por la nueva iglesia montiniana en todo el orbe, ha revelado su impotencia para convertir a nadie y éste es su vicio esencial. Reducido al diálogo, en completa igualdad y libertad, de un hombre con otro, este extraño apostolado ya no tiene nada objetivamente divino. Es su visión subjetiva la que un cristiano ofrece a otro, cuya visión subjetiva es a priori del mismo valor. Es más, la cortesía exige que el cristiano evite a su interlocutor críticas demasiado fáciles o reprimendas demasiado severas. Sería una usurpación de su libertad inmiscuirse en su vida con toda la autoridad, el poder apremiante, la propuesta soberana de salvación de nuestro Dios que es su Dios, de nuestra fe que debe ser su fe como condición absoluta de la salvación, ¡bajo pena de condenación! Por tanto, es justo que el diálogo humano siempre nos haya parecido teóricamente, como siempre lo ha realizado prácticamente el progresismo, como excluyente del apostolado propiamente dicho. No apunta a la necesaria conversión (…). Como vemos, ¡el hombre efectivamente queda libre! Pero ¿qué pasa con la autoridad soberana de la Palabra de Dios?



Sigamos admirando la profundidad de visión del abbé de Nantes:

Por el contrario, en la predicación, como en el apostolado que la extiende a cada alma, no son dos hombres o dos sociedades humanas las que se encuentran con simpatía, es, a través del ministerio de la Iglesia y de sus representantes, Dios mismo quien viene a convocar al hombre rebelde y pecador a convertirse para ser salvo. Es un duelo, de amor sin duda, pero no de igualdad, no de libertad, que sólo puede terminar con el arrepentimiento y la conversión del infiel, o con el martirio del Enviado celestial... ¡Es así que la Verdad de Dios no sufre acomodaciones ni retrasos! Agreguemos, porque es una observación, que las antiguas formas de apostolado exigían dedicación, abnegación, heroísmo, pero convertían a las personas y llevaban el Evangelio a todos los rincones, regándolas con sangre de Mártires. “La Iglesia en conversación”*, en diálogo, no corre el riesgo de atraernos persecución o molestias, pero tampoco traerá devoción y conversiones a la Iglesia. [*la Ramera montiniana]



                                 



LA IGLESIA AL SERVICIO DE UN MUNDO PROFANO


La “encíclica” Ecclesiam suam , cuya intención se centra enteramente en el nuevo sistema de convivencia y de diálogo con el mundo, testimonia que la mentalidad “católica” ha evolucionado más, en este capítulo, en veinte años, que en dos milenios. Hasta entonces (…) la Iglesia trabajó en la ampliación de su dominio, “reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia y de paz”. Sin complejos. La influencia del Mundo Infernal tuvo que retroceder, todos los poderes temporales tuvieron que reconocer la realeza de Cristo o desaparecer. Sin embargo, el trabajo constantemente realizado se vio constantemente amenazado y desafiado. La Iglesia tenía en sus márgenes excomulgados, apóstatas, cismáticos y herejes. Más lejos quedaba la masa compacta e impenetrable de infieles, dominada por la preocupante proliferación de potencias y religiones enemigas. Sin embargo, la fe en la única Iglesia de Cristo, arca de salvación para las naciones, no flaqueó. Al contrario, al apostolado misionero se unió la sed de martirio y el cristianismo se expandió indefinidamente.




Todo ha cambiado. La “encíclica” evoca ahora, como dos realidades distintas, la Iglesia y la sociedad humana. De la pluma del maestro supremo de la ambigüedad surge ahora una "nueva" geografía religiosa: “la Iglesia está rodeada por una parte del mundo que ha sido profundamente influida por el cristianismo y lo ha asimilado profundamente, hasta el punto de que a menudo no se da cuenta de que le debe lo mejor; pero, posteriormente, se ha distinguido y desprendido durante estos últimos siglos del núcleo cristiano de su civilización; otra parte, que es la más considerable de este mundo, se extiende hasta los horizontes más lejanos de los pueblos que llamamos nuevos; pero el conjunto forma un mundo... el mundo moderno”.




Hoy los pobres engañados por la secta montiniana que siguen pensando ingenuamente que la Ramera es la Esposa reconocen una civilización mundial, emancipada, autónoma y, sin embargo, viable, con la que la “Iglesia” debe entablar relaciones, no de interioridad o dominación, sino de exterioridad y servicio. Observemos que no se trata, en esta evolución reconocida, de una desclericalización de la sociedad cristiana donde los poderes políticos han pasado de los clérigos a los laicos, sino de la profanación de una sociedad universal que pretende definirse, vivir y prosperar según valores puramente humanos, independiente de la autoridad y principios de la Iglesia de Cristo. Es este mundo moderno reclamado y definido por Jacques Maritain como un humanismo integral que se presenta en esta “encíclica” como una realidad de hoy, como un hecho histórico innegable que se impone a nuestra fe.




¿Este mundo pretende prescindir de Dios, de Cristo Salvador, de la Iglesia católica, de hecho lo hace y, según admitimos nosotros mismos, puede prescindir de Él? Se construye, se desarrolla, sin estar a favor ni en contra, o es accidental a su ser, a su propio orden, a su armonía profunda. Se compone de muchas razas y también de muchas religiones diversas e ideologías en competencia. No elige, sino que las hace convivir en su singular progreso. Y, según el “iluminado” Pablo 6, “la Iglesia desea que entre él y ella haya encuentro, conocimiento y amor recíproco”. Se trata de una auténtica revolución de la fe tradicional: ¡ya no es el mundo de Satanás, ni mucho menos! Es simplemente la “vida profana”. (…)




Las relaciones de la Iglesia [*la Ramera] con un mundo así definido ya no tendrán nada de la antigua soberanía o apostolado, y nos sorprende que el “Papa” [*el Anticristo Pablo 6 y sus sucesores hasta el infame Bergoglio, alias “Francisco”] se encuentre todavía en el centro geográfico de tal conjunto humano, que rechaza o ignora su autoridad divina. La “Iglesia Católica” [*en realidad la Ramera], por el contrario, parece aceptar ser considerada como una potencia espiritual de segunda categoría, compartiendo con otros la responsabilidad de fortalecer las energías de los hombres para la construcción y mejoramiento de la Ciudad terrena, compitiendo todos pacíficamente en este servicio social y reservando su diálogo al dominio de la pura y gratuita especulación religiosa.



Notemos la impresionante lucidez y perspicacia del abbé de Nantes: El peligro es que al negarse a condenar la apostasía moderna, como ruinosa y digna de castigo, la Iglesia quede vacía de toda su sustancia al ser absorbida por las estructuras seculares de la Ciudad terrenal. La Acción Católica trabaja demasiado en este tema: estar presentes en la llamada a construir un mundo. Al no condenar al Leviatán moderno, la Iglesia corre el riesgo de ser abandonada por sus propios hijos, ebrios de ambiciones humanas. (…)




ENTRAR EN DIÁLOGO CON VARIAS CREENCIAS E INCREDULIDADES

Queriendo entablar un diálogo con diversas creencias e increencias, incluido el marxismo (¡!), el “ingenuo” Pablo 6 las imagina como una serie de círculos en torno a sí mismo tomados como centro y formula varias propuestas de conversación. (…)



Primero los Adoradores del Dios verdadero, hijos dignos de nuestro afectuoso respeto, del pueblo hebreo, fieles a la religión que llamamos del Antiguo Testamento. (!?) Luego, los adoradores de Dios según la concepción de la religión monoteísta - musulmana en particular - que merecen admiración por lo que hay de verdadero y bueno en su culto a Dios (!?); y luego otra vez... los fieles de las grandes religiones afroasiáticas.(!?) Respecto a estos pueblos, el Anticristo adopta principios de conducta muy claros, pero igualmente nuevos. Reconoce con respeto lo que hay de verdadero y de bueno en ellas (!?), se compromete a entrar en una especie de acuerdo con estas multitudes para promover y defender los ideales que podemos tener en común, en el campo de la libertad religiosa, la fraternidad humana, la cultura sana, la beneficencia social y el orden civil. ... Así que aquí está la oferta de una cooperación positiva con objetivos humanitarios y la de un diálogo más distante sobre la verdad religiosa... ¡Esto es una espantosa APOSTASÍA DE LA FE CATÓLICA!




Con una increíble precisión y visión profética, el abbé de Nantes previó las consecuencias catastróficas de tales ofertas de diálogo y cooperación. Anunció que nuestra debilidad sólo podía endurecer a los judíos en su certeza de ser el pueblo elegido por Dios llamado a vengarse y esclavizar a todos los demás pueblos infieles. En cuanto a los musulmanes, lo interpretarían como un nuevo signo de cobardía de los “nazarenos”. ¡Y qué ilusiones hay respecto al budismo y al hinduismo!




Los cismáticos Ortodoxos y los herejes protestantes forman el círculo del mundo más cercano a nosotros... En este ámbito, el diálogo, que ha tomado el nombre de ecuménico, ya está abierto, y Montini adopta de buen grado el principio: pongamos de relieve ante todo lo que tenemos en común, antes de señalar lo que nos divide. Generosamente ofrece más: En muchos puntos que nos diferencian, en términos de tradición, espiritualidad, leyes canónicas, culto, estamos dispuestos a estudiar cómo responder a los deseos legítimos de nuestros hermanos cristianos, aún separados de nosotros. ¡Ay! (…) subrayar que insistiremos en los puntos comunes, anunciar concesiones de detalle, sujetas a su "legitimidad", es ya comprometer el diálogo por la admisión tácita de lo principal, lo que nos divide irremediablemente. Entonces, si este es el caso de los “cristianos que tienen tanto en común con nosotros”, ¿cómo será el de otros, que son completamente ajenos a nuestra fe?



Pablo 6 considera que es la Iglesia católica la que ha tomado la iniciativa de recomponer el único redil de Cristo y, muy firmemente, pero también astutamente, enseña que esta reconciliación sólo puede realizarse en el pleno reconocimiento de la primacía del Papa, en torno a su autoridad soberana, el eje central de la Santa Iglesia. Si se tiene cuidado de observar que las advertencias y restricciones, que a lo largo de la “encíclica” apuntan a proteger a los católicos contra las desviaciones y errores modernos, son todas tesis estrictamente opuestas al protestantismo, se comprenderá la consternación de los ecumenistas. (…) Él cree, quiere creer, sin embargo, en el diálogo entre los bautizados...



El precio de esta esperanza benevolente no es menos alto, una vez más. Las conversaciones amables sólo pueden durar a costa de silencios graves: siguiendo la perversa lógica montiniana, la Iglesia deberá silenciar la ilegitimidad fundamental, históricamente demostrada, tanto de la Reforma Protestante como del Cisma de Oriente; para reconocerlos como interlocutores válidos, debe abstenerse de dar a conocer la extrema pobreza de doctrina, de vida sacramental, de valor moral y místico que caracteriza a las comunidades heréticas y cismáticas constituidas por rebeldes sobre fundamentos distintos de Cristo; se abstendrá, por tanto, de presionar a las almas inocentes y de imponerles el deber de liberarse de su esclavitud para entrar en la única arca de salvación, la Iglesia, única esposa de Cristo y madre incomparable. (...)



                                       



LOS HIJOS DE LA CASA ENTREGADOS AL ARBITRIO

“Y finalmente nuestro diálogo se ofrece a los hijos de la Casa de Dios”. Pablo 6 será muy breve sobre este diálogo, que parece preocupado por subordinarlo y limitarlo enteramente a la obediencia. Mucho me temo que este severo llamado a la disciplina más ciega y completa, siga siendo un argumento contra sólo los católicos que van contra la corriente. No hay diálogo para ellos, en la “Iglesia” actual; esto sigue siendo privilegio exclusivo de los progresistas con una conciencia ilustrada. (...)




NEUTRALISMO POLÍTICO

¿Y el comunismo? ¿Y la subversión global? El Anticristo Montini, abriendo una era de diálogo con todos los hombres, distinguidos según sus grupos religiosos, se obliga a creer que anteponen sus convicciones religiosas o metafísicas a sus intereses y a sus pasiones raciales o sociales. Se declara ajeno a cualquier interés temporal y a las formas estrictamente políticas. Pablo 6 se niega a tomar partido entre el Occidente cristiano que está en retirada, la Revolución Comunista que lo asedia por todos lados y desde dentro de sí mismo, el Tercer Mundo dispar e inconsecuente, que escapa a la dominación de uno para correr tras la esclavitud del otro. (…) Montini, confirmando el neutralismo político de Roncalli, no quiere comprometer su poder en la defensa de Occidente. La denuncia, como crimen y como ruina, de la guerra de agresión, de conquista o de dominación, por parte del líder espiritual más escuchado de Occidente, su silencio sobre la guerra de liberación nacional, el instrumento más eficaz de subversión comunista, su recomendación de soluciones negociadas, finalmente su teoría de la paz a toda costa sólo puede debilitar el potencial defensivo de Occidente en la guerra fría de la diplomacia y tal vez mañana, ¡ay! sin que lo hayamos querido ni siquiera preparado, en la guerra atroz que los países comunistas habrán premeditado, preparado y desatado a su antojo, al amparo del neutralismo occidental. ¡Predicar demasiado la paz en un país asediado es conducir a la guerra y al aplastamiento de naciones pacíficas mal defendidas!



Esta actitud atemporal, y deliberadamente alejada de toda política, se encuentra en la condena del comunismo. Lo que uno diga, es limitado y muy atenuado en comparación con sus predecesores. Es el ateísmo persecutorio el que se condena a sí mismo. Entre otros regímenes económicos, sociales y políticos con los que a menudo se identifican sistemas de ateísmo condenados, se menciona especialmente el comunismo. Así, la principal exigencia del progresismo político es finalmente reconocida y aceptada en un documento pontificio: ni los sistemas económicos ni los regímenes políticos, ni siquiera los comunistas, están sujetos a condena, sino el ateísmo persecutorio que actualmente los acompaña. Que se rindan y se reanudará el diálogo con ellos. Que ellos también... dejen los cuchillos en el vestuario, y estaremos encantados de discutir la existencia de Dios en confianza. Pablo 6 formula como esperanza utópica este deseo de reanudar el diálogo, citando muy explícitamente el muy controvertido pasaje de Pacem in terris, que, sin embargo, nos dijeron que en ningún caso podía referirse a regímenes y partidos comunistas.



Esta “encíclica” demuestra, pues, la firme voluntad de Montini de conducir a la Iglesia por los caminos arriesgados del iluminismo, del reformismo y de un ecumenismo ultracristiano bajo el signo engañoso del diálogo con prácticamente todo el mundo.




Con semejante programa de clara inspiración diabólica, el Anticristo sentaba las bases del posterior devenir del conciliábulo y condenaba a muerte a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, entregándola desarmada a los poderes tenebrosos de este mundo y al desorden y el caos permanente engendrados por la tolerancia culpable del error y la herejía.




En el capítulo siguiente, analizaremos todas las aberraciones y desviaciones heréticas contenidas en la abominable “constitución” conciliar Lumen Gentium.


Continuará...



                      



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LA GRAN APOSTASÍA BÍBLICA DEL CONCILIÁBULO VATICANO 2 (34)
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LA GRAN APOSTASÍA BÍBLICA DEL CONCILIÁBULO VATICANO 2 (35)
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LA FIDELIDAD A LA GRACIA - Raúl Plus SJ - (2)

 



I. EL PORQUÉ DE LA FIDELIDAD


DIOS, LAS ALMAS Y NUESTRA FIDELIDAD A LA GRACIA


Por los textos citados en la Introducción, habrá sido fácil hacerse

idea de la importancia primordial de la fidelidad a la gracia.

Múltiples razones vienen a fundamentar las palabras de los Maestros

espirituales. Empecemos mirando en primer lugar desde el lado de Dios.

Lo que es, lo que ha hecho por nosotros, cuán pocos, aun entre sus fieles, le aseguran su fidelidad ¿no son ya tres motivos que debieran inclinarnos a un servicio respetuosamente atento, a una abnegación sin lagunas y sin flojedad?


                                            * * *


Ya hemos reflexionado acerca de lo que Dios es. Los hebreos se

hacían tal idea de su grandeza que habían vacilado en darle un nombre.

Dios era el inefable, la grandeza por excelencia, Aquel cuya excelencia

soberana no puede traducirse.




El pueblo cristiano se ha atrevido a nombrar a Dios, pero la Iglesia ha censurado siempre a los que pronunciaban inconsideradamente su nombre. Los santos lo profieren con inmenso respeto.




Cada vez que San Ignacio de Loyola nombra a Dios en los Ejercicios

lo llama «Dios Nuestro Señor», como si lo que más le impresionase en Dios, fuera su infinita Majestad, el derecho que tiene a ser honrado, amado y servido plenamente.




¡Ah! Pero es que siendo el Altísimo todo lo que El es ¿podría probarse nuestra fidelidad en su servicio con una fidelidad medida con cuentagotas, con una fidelidad fastidiosa, o realizada a intervalos, con una fidelidad inferior? El que tiene derecho a todo ¿no recibirá de nosotros más que nada o casi nada? Si hay algo en nosotros que marque para siempre nuestra pequeñez ¿no será precisamente esta ineptitud que poseemos la mayor parte para cuidarnos de la grandeza de Dios? ¿Quién piensa, al orar, en la majestad soberana de Aquel a quien ora? Al ver el descuido en la actitud, la ausencia de recogimiento, la triste rutina, sin esfuerzo para situar a Dios en la verdad de su ser y por tanto del respeto que le corresponde, se observa el enorme olvido de las distancias. Y lo que decimos de nuestra oración, puede decirse igualmente de nuestro modo de servir; tratamos a Dios evidentemente como si fuese un cualquiera y para quien fuera suficiente una fidelidad anémica y sin vigor.




Pero no solamente es Dios todo lo que es. ¿Qué no ha hecho Dios por nosotros? Motivo de inteligencia, sí; pero aún más motivo de reconocimiento.




¿Es nada, para Dios, habernos llamado al ser? Hubiese podido guardarnos indefinidamente en la nada. Habiéndonos dado el ser, nos ha llamado a una vida divina. Habiéndonos creado, nada le obligaba a divinizarnos. Habiéndonos divinizado, ha querido re-divinizarnos ¡cuando habíamos perdido, por la desobediencia original, todos nuestros privilegios sobrenaturales! Habiéndonos otorgado lo sobrenatural la primera vez, hubiese podido, ante nuestra indelicadeza y nuestra poca diligencia, renunciar a sus proyectos de divinización de la humanidad.




¿Es nada, para Dios, cuando la primera divinización no le había costado nada — un soplo de su boca, dixit et facta sunt—, haber querido re-divinizarnos a costa de un último suspiro, de la venida y la muerte del Verbo que se hizo carne y subió a la cruz? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, haber fundado la Iglesia con sus sacramentos, su ley santa, su autoridad preservadora y sus ejemplos santificantes para ayudarnos de todas las maneras a guardar nuestra vida divina, a intensificarla en todo lo posible? ¿Es nada, de parte de Nuestro Señor, habernos incorporado a su persona, haber querido que seamos prolongación suya, portio Christi? Y todo eso ¿para que seamos cristianos vulgares, servidores con rebaja?




Todo lo que El es. Todo lo que da. ¿Habrá que añadir: lo poco que recibe?




En efecto, ¿cómo viven la mayor parte de los cristianos? ¿Acaso dan testimonio ante el mundo, por una práctica asidua, de lo que es la religión del Salvador Jesús? Y los que no comparten su creencia, ¿son atraídos al Evangelio, al observar su vida, seducidos por la hermosura conquistadora de su ejemplo?




Evidentemente, existen cristianos modelos. Pero hay que confesar que son muy pocos. No deja de ser verdad lo que dice uno de nuestros contemporáneos: «La mayor objeción al cristianismo son los mismos cristianos. Los cristianos son un escándalo para los hombres que quieren volver a la fe cristiana... En los siglos pasados, se juzgaba ante todo la fe cristiana por su eterna verdad, por su doctrina y sus mandamientos. Pero el hombre y lo humano absorben demasiado a nuestro siglo. Los malos cristianos disfrazan el cristianismo. Sus malas acciones, su deformación de la fe, sus excesos cautivan más que el propio cristianismo, aparecen más que la gran verdad cristiana. Un gran número, en nuestra época, comienzan a juzgar la fe cristiana por sus adeptos, que son con demasiada frecuencia, exteriores y degenerados. El cristianismo es la religión de la libertad, pero se le juzga por las violencias que los cristianos han cometido en la historia. Los cristianos comprometen su fe y son un lazo para los débiles... Por la indignidad de los cristianos, se ha olvidado a Cristo, se ha cesado de verle». Berdiaeff concluye que «deben venir los tiempos en que los cristianos cesen de ser un obstáculo en el camino de salvación» (7).




¡Oh, sí! Que vengan esos tiempos, que se apresuren. Se comprende que los infieles sirvan mal, es su oficio. Pero que los fieles se decidan ¡por fin! a merecer el nombre que llevan. Habría que dudarlo un poco, al menos viendo a algunos que se llaman fieles.




Al principio del cristianismo, no había, salvo excepciones, cristianos dedicados especialmente a la vida religiosa. Evidentemente eran conocidas las palabras de Nuestro Señor al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, etc...», pero se estimaba que las exigencias del bautismo obligaban a cada bautizado a la perfección del Evangelio, según su gracia personal y su estado de vida. Por añadidura, cada fiel estaba expuesto al martirio y quería estar dispuesto, si Dios le pedía el supremo sacrificio; esta situación de alerta le ayudaba singularmente a mantenerse en continua generosidad (8).




Hasta más tarde no se inició la partida al desierto y la vida monástica. Aumentando el número de los discípulos de Cristo y habiendo cesado las persecuciones, se debilitó el tono evangélico del cristianismo en la masa; entonces los fieles animados por el deseo de vivir más íntegramente su fe, abandonaron el mundo.




¿No es triste ver en la actualidad, después de tantos siglos de cristianismo, un número relativamente considerable de fieles que se contentan con una fidelidad irrisoria? Y sin embargo, además de las exigencias del bautismo que siguen siendo las mismas que en los primeros siglos cristianos, la miseria misma de la época en que vivimos reclamaría almas fuertemente sólidas, generosidad sin desfallecimiento, fidelidad de la mejor ley. Nadie ha dicho que se haya cerrado la era de los mártires. Y además, de todos modos, la era de la valentía y de la santidad está siempre en sazón.




¿Cuál es la medida de nuestra fidelidad, de la fidelidad de los que

juzgamos poco fervorosos a nuestros hermanos, de la fidelidad de los

mejores? —pues supongo que no serán cristianos de segunda línea los que

leerán este libro—. ¿No es verdad que el Señor se ha quejado siempre más de la fidelidad demasiado infiel de los que se llaman sus amigos? Los verdugos, los fariseos, el procurador ambicioso... esos no comprenden, no aman, se les perdona. Pero ¿y Judas el apóstol? ¿Y Pedro el apóstol? ¿Y los doce? Y, a lo largo de los siglos, tantos escogidos llamados a la delicadeza del amor, prometidos a la generosidad, colmados de gracias y tan flojos, al menos en algunos momentos, tan insignificantes los que se habían comprometido a ser «insignes».




El cardenal Manning anotaba en su Diario, sin excluir ni aun a los comprometidos en el sacerdocio: «No respondemos más que a una veintena de las gracias que nos llegan por centenares; o bien no contamos más que una veintena y no respondemos más que a una».




Aun cuando uno se haya entregado a Dios, prometiendo tender a la perfección en la vida religiosa ¡cuánta merma a veces!




En un retiro predicado, hace algunos años, a religiosos de su Orden, les decía un piadoso Dominico, que un alma que había alcanzado altísimos estados de unión, había oído a Nuestro Señor quejársele y decirle: «¡Ah! Si de cada cien sacerdotes, uno sólo se diera por completo a Mí; si de cada treinta religiosos uno sólo se diera por completo a mi servicio, ¡cuánto bien haría Yo en el mundo»! (9).




Dejamos a ese predicador la responsabilidad de su afirmación y la

justa apreciación de sus fuentes. Pero si la frase es cierta ¡cómo nos lleva a

la reflexión! ¡De cada treinta, uno, de cada cien, uno! Y parece decir el

Señor que no los consigue.




«Busqué consoladores y no los encontré, o los que encontré me ayudaron tan poco, me desconcertaron tan dolorosamente... ¿Tú, al menos?» (10).




Pues bien, sí ¿yo? ¿Necesitaré otras razones? ¿Cuándo comprenderemos? ¿Cuándo comprenderé que es hora? Demasiado he tardado.


Continuará...


                                            * * *


7 Nicolás BERDIAEFF, De la dignité du Christianisme et de l’indignité des

chrétiens, ed. «Je sers», 1931, págs. 10-11. Véase también, págs. 41-46. Ya se sabe

que el autor es un ruso no católico, sino cismático.

8 Véase FESTUGIE, O. P., «L’enfant d'Agrigente», pág. 134, colec. «Chrètienté», ed.

du Cerf.

9 Vie interieure de Fr. Maríe-Raphaël Meysson, por el P. Pie BERNARD, cap. V. Se

encontrarán ecos de quejas parecidas en el volumen Cum clamore valido, publicado

bajo la dirección de los PP. Lebreton y Monier-Vinard. Se trata de confidencias

hechas por N. S. a una religiosa muy probada y muy fiel en su prueba.

10 El cardenal Suhard, en 1944, bendijo una oración para ofrecerse a N. S. para ser

su consolador o consoladora. ¿Cómo? Problema de fidelidad, de fidelidad por amor.

Véase El alma consoladora del Corazón de Jesús, P. NONELL, S. E. I. R. Barcelona



                                           




El triunfo del Cardenal Rampolla: el Anticristo Pablo 666 y sus secuaces han fabricado una nueva "iglesia"

 



El triunfo del cardenal Rampolla: 150 años de infiltración han producido el espectáculo masivo del funeral de Bergoglio-Francisco. REALMENTE SE HAN APODERADO Y REALMENTE HAN PRODUCIDO UNA NUEVA IGLESIA. Lo lograron robando todo lo externo de la Santa Madre Iglesia.




Mientras me encontraba aplastado contra una barrera metálica frente a la Plaza de San Pedro, buscando inicialmente una salida, pero luego siguiendo a un grupo de jóvenes italianos que, de alguna manera, se abrían paso hacia el centro de la Plaza de San Pedro para el funeral de Jorge Mario Bergoglio, conocido mundialmente como Francisco 1, comprendí que había llegado un momento crítico en la historia de la Iglesia, del mundo e incluso de la humanidad. Habíamos llegado al momento en que los sueños del cardenal Mariano Rampolla, el masónico secretario de Estado de S.S. León XIII y líder de una logia masónica vaticana, habían triunfado. Había cientos de miles de personas presionando, muchos jóvenes, "religiosos" de todas partes y casi todo el liderazgo del mundo, aclamando y honrando como a un Papa triunfante, a un hombre que en cualquier otra época católica, cualquier Padre de la Iglesia, cualquier santo anterior a los "canonizados" por Francisco, cualquier teólogo escolástico de épocas anteriores, seguramente habría considerado un apóstata, un hombre que había rechazado incluso los fundamentos de la doctrina católica --- de hecho, que se burló incluso de la idea de la doctrina --- y que está siendo ensalzado por el mundo entero en mitad de Roma. Tal como Rampolla lo deseaba hace 150 años, pero fue detenido, o mejor dicho, retrasado por el emperador Francisco José de Austria, quien vetó su elección al trono papal en 1903, y por S.S. el Papa San Pío X, quien lo degradó e intentó desvirtuar su influencia durante su pontificado, ahora tenemos a un hombre que está siendo ensalzado como un gran sucesor de San Pedro, que rechazó los intentos de convertir a la gente a la Iglesia Católica, que dijo que Dios quiere las muchas religiones del mundo, que negó explícitamente el Mandato Apostólico de ir y convertir a todas las naciones, y que ahora ha logrado convertir a la Iglesia Católica, al menos a la organización institucional, en una organización humanitaria universal que encaja plenamente con los objetivos de quienes quieren crear una nueva humanidad postcristiana. Vilipendió a quienes defendían todo aquello por lo que los católicos eran universalmente reconocidos: doctrinas y códigos morales establecidos e inmutables, una tradición litúrgica que se remonta a los apóstoles y la preocupación por mantener inalterada la herencia transmitida por los apóstoles, los Padres y los Papas anteriores al falso profeta Roncalli-Juan 23. Acabo de ver con mis propios ojos a Jorge Bergoglio entrar en el último edificio que pisará hasta la Resurrección de los Muertos. El edificio, frente a la Iglesia de Santa María la Mayor, estaba adornado con la pancarta «Grazie Papa Francesco».




Creo que el agradecimiento al «Papa Francesco» proviene de una nueva iglesia que se siente a gusto con la idea de no tener una doctrina fija, ni un comportamiento fijo, ni una ley moral fija. Solo se necesita una apariencia humanitaria general. Lo que antes se consideraba anticatólico ahora es todo lo que significa ser católico.




La izquierda italiana era una gran defensora de Bergoglio-Francisco, por la sencilla razón de que el bruto argentino era uno de ellos. A los jóvenes les gusta la doctrina de la Nueva Iglesia de convivencia sin matrimonio y no exigen creer en doctrinas específicas, especialmente la del Infierno. Francisco culminó el Concilio Vaticano 2 creando una "iglesia" sin líneas definidas, tanto en moralidad y doctrina como en comportamiento cotidiano. Es imposible distinguir a los "peregrinos" de, por ejemplo, la Basílica de San Pablo Extramuros, en su vestimenta o comportamiento de cualquier otro joven que uno se encuentre típicamente en el metro romano. Un amigo los llamó "blasfemos" y se rio de la idea de que fueran a la iglesia. Señaló que el "sacerdote" local les dice a los jóvenes que, a la luz de las enseñanzas de Francisco, está bien convivir antes del matrimonio. Esto es algo que aprecian mucho. Al parecer, por lo que dicen, esto es universal en Europa, con la única excepción de Polonia. Los peregrinos polacos están por toda Roma; diría incluso que ahora oigo hablar polaco en las calles, solo superado por el italiano.




Mis amigos que he conocido aquí me han dicho que muchos de los asistentes a este evento de Francisco son simplemente curiosos. De todas formas, están aquí por la temporada alta de turismo en Roma y por las "peregrinaciones" del Año Jubilar, lideradas por un "sacerdote" negro del Novus Ordo y por lo que seguramente son todas las "monjas" que quedan sobre la faz de la tierra. La iglesia bergogliana es una iglesia sin límites racionales, morales ni doctrinales. Lo incluye todo —excepto la Tradición Católica— y, sin embargo, nada al mismo tiempo. El hombre, como animal racional, está hecho para trazar límites. Así es como piensa, distinguiendo una cosa de otra. Pero esa no es la bestia que Roncalli y Montini crearon y a la que Bergoglio le dio un dominio absoluto sobre toda criatura del orbe hoy.


Tomado y adaptado levemente de https://radtradthomist.chojnowski.me/2025/04/cardinal-rampollas-triumph-150-years-of.html




Un velatorio sin lágrimas: último adiós del mundo al heresiarca Bergoglio

 



Un velatorio sin lágrimas: último adiós del mundo al heresiarca Bergoglio



“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia.” Jn. 15:19




Las multitudes, que parecían cientos de miles de personas, que "hicieron fila" anoche para pasar ante el ataúd abierto de Jorge Bergoglio, eran rostros sin lágrimas. Ya lo he comprobado. ¿Hubo una sola persona en ese océano de gente que intentaba entrar a la Ciudad del Vaticano, que diera la más mínima apariencia de sentir tristeza en su corazón por el fallecimiento del hombre a quien el mundo conoció como el "Papa Francisco"? ¿Tal vez el duelo sea algo que ha desaparecido de nuestra conciencia colectiva? Pero no lo creo. Siempre hay lágrimas, a veces torrentes de ellas, cuando una persona muere, especialmente cuando una persona muere "antes de tiempo". También hay, o debería haber, un espíritu de gravedad mientras amigos y familiares afrontan colectivamente las duras realidades de la vida y la muerte, la ausencia y el agujero que se abre en el alma cuando de repente falta una "presencia". Lo que sucede en lo más profundo del corazón de los hombres es desconocido, sin embargo, no hubo absolutamente ninguna manifestación de dolor o de falta o incluso de serena dignidad y reflexión entre la multitud a la que me acerqué en el impulso universal de presentarme en un evento histórico verdaderamente único. Era una multitud expectante y exuberante que serpenteaba alrededor de los muros de San Pedro, enviada en diferentes direcciones por las largas filas de chaquetas verde amarillentas de los equipos de seguridad que ahora ocupan los principales lugares católicos en Roma. Nos alineamos a ambos lados de la nave mientras nos dirigíamos a ver al hombre que había hecho más que casi cualquier otra cosa para borrar todas las líneas que distinguían al "católico" del "no católico". Quizás éste era su triunfo, el hombre que yacía tan aterradoramente en su ataúd. No se podía distinguir si alguien era católico o no. Cuando nos acercamos al cuerpo, los guardias insistieron en que debíamos guardar todas las cámaras. Esto estaba a unos 20 pies del ataúd. A medida que la gente se acercaba, y se les permitía solo unos segundos para "pararse frente al cuerpo", en realidad no había nadie de pie, sino que se movían; nadie de los que vi hizo la señal de la cruz. Nadie intentó detener una lágrima. Seguí observando a la gente y no había ni una sola. Simplemente pasaban y pasaban por la iglesia, tal como lo harían ustedes al pasar por cualquiera de las grandes iglesias de Roma, en un estado de curiosidad y observación. Nadie lloraba ni parecía estar triste cuando bajamos las escaleras de San Pedro. El poder de la idea del papado obviamente atrajo a la gente hasta cierto punto. Algo atrajo a todas estas personas. Podría ser que se dieran cuenta de que se estaba desarrollando un acontecimiento histórico del que debían ser parte. Pero no hubo lágrimas.




Para mi sorpresa, Bergoglio tenía un aspecto horrible. Anteriormente sólo lo había visto una vez desde la distancia. Mientras yacía allí, vestido con la más sencilla y minimalista de las vestiduras episcopales. Parecía de un color verde macabro, para mí parecía un verde lima sólido. Sus rasgos estaban distorsionados de forma distendida y exagerada. Toda su apariencia era la de una gruesa máscara de cera. Su expresión era como la de alguien que acaba de ser interrumpido tras cometer un error. Pero Bergoglio realmente había tenido éxito. Había creado una "Iglesia" sin dolor o incluso sin la profunda sobriedad que caracterizaba la Fe Católica. Si estas multitudes finalmente se hubieran fusionado en la Noosfera, se hubieran convertido en parte de la masa que ya no necesitaba lágrimas ni vestimentas negras. Bueno, si los ateos y los hipócritas van al cielo, ¡supongo que Jorge Mario Bergoglio está a salvo!

Tomado y adaptado levemente de https://radtradthomist.chojnowski.me/2025/04/a-wake-without-tears-viewing-francis.html




NO HAY NINGÚN LLANTO NI LUTO POR EL HEREJE APÓSTATA DE BERGOGLIO

 


Sin lágrimas. Multitudes sin luto. Una palidez verdosa con un rostro de cera y deformado. Un informe desde el terreno en San Pedro, Roma.


Roma se llena de multitudes en los días previos al funeral de Jorge Bergoglio. Las calles están llenas de gente, falsos religiosos de la secta Novus Ordo, "monjas" y pequeños grupos de "franciscanos", que se pueden ver desfilando por las principales arterias de la ciudad. No hay rastro alguno de luto. Ninguno. Lo que ocurre en los corazones de la gente no se puede saber con solo verlas, pero normalmente las emociones se revelan con actos externos. Con lágrimas. Nada de eso ocurre en Roma el día previo al funeral de un hombre que actualmente está siendo ensalzado por la prensa y al que casi todos dan el visto bueno. El mundo, incluido el mundo "católico", lo trata como a un abuelo anciano que era amable con la gente y se preocupaba por los pobres. No percibo ningún cariño por Francisco entre la gente reunida en Roma. En varias ocasiones, en los últimos días, se ha visto a jóvenes bailando en las calles rapeando, aparentemente sin percatarse de que las banderas de la Segunda República Italiana, la bandera del Estado de la Ciudad del Vaticano y el círculo de estrellas de la UE ondeaban a media asta. Roma, como ciudad turística, especialmente en la semana posterior a la Pascua, se mantuvo inalterada en ritmo, actitud y comportamiento. Todos se divertían y todas las tiendas estaban abiertas. En la iglesia de San Alfonso María de Ligorio, a una cuadra de Santa María la Mayor, había una imagen de Francisco, colocada frente al santuario, frente al Cirio Pascual y rodeada por un mantel morado. Al parecer, ni siquiera se permite el negro alrededor del retrato de un difunto a quien la mayor parte del mundo aceptó como Romano Pontífice. La "misa" china, con cantos constantes y charla informal del "celebrante" frente a la mesa con un libro en medio, que tuvo lugar un par de días después de la muerte de Bergoglio, no mostró el más mínimo toque de tristeza, solemnidad o reflexión. Además, gracias a la práctica prohibición de la misa en latín, era totalmente ininteligible e incomprensible para cualquiera que no entendiera lo que yo entendía por chino mandarín. Pero no lo sé. Tampoco lo hizo la ocasional persona sentada en los bancos. Este fue el fruto de la vida de Jorge Bergoglio.


Tomado y adaptado levemente de https://radtradthomist.chojnowski.me/2025/04/no-tears-crowds-with-no-mourning-green.html