CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (3)

 



* Testigo 15º: SAN CIRILO DE JERUSALÉN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+386)


"¡Recrea tu alma con la lectura de los Santos Libros, ante todo en este tiempo de Cuaresma!" [Catech. I]


"Los Salmos ahuyentan a los demonios, llaman en socorro a los Ángeles, suministran armas contra los temores nocturnos. En ellos consiste el descanso después de las labores cotidianas, la seguridad de los niños, el adorno de los jóvenes, el consuelo de los ancianos, la gala más conveniente de las mujeres. Ellos dan vida a la soledad, sabiduría al foro. A los principiantes son principio; a los adelantados incremento; firmeza a los perfectos. Son la voz de la Iglesia, llenan de alegría los días festivos, crean aquella tristeza que es de Dios". [Ench. Ascet. 246]


                                               ***


* Testigo 16º: SAN GREGORIO NAZIANCENO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+389)

"Con tu mente y tu lengua, ocúpate siempre de las Letras Divinas". [Carm. Lib. I, n. 1, carm. 12]


"Adquiere los grandes tesoros de ambos Testamentos de los cuales uno se llama el Antiguo, el otro el Nuevo… Emplea toda aplicación y celo en leerlos; porque en ellos podrás aprender cómo formarte en las mejores costumbres y servir al único y verdadero Dios con ánimo devoto".


                                               ***



* Testigo 17º: SAN AMBROSIO DE MILÁN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+397)

"No deje nuestra alma de dedicarse a la lectura de las Letras Sagradas, a la meditación y a la oración, para que la Palabra de Aquel que está presente, sea siempre eficaz en nosotros". [De Abraham lib. 2, c.5]


"Si eres tentado por la concupiscencia y los apetitos, lee el Evangelio; dígate Jesucristo: No se perturbe tu corazón. Si te agobia algún temor, dígate Cristo: No se perturbe tu corazón ni se amedrente. Si el perseguidor te inflige tormentos, lee el Evangelio; dígate Jesús: No se turbe tu corazón ni se amedrente. Lee al Apóstol que dice: Los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con la gloria venidera. Si navegas y contra ti se levantan grandes oleadas y se desencadena una oscura tormenta, dígate Jesús: Soy Yo, no temas. Y si te sobreviene una grande y grave prueba, di antes: Resuelto estoy, y nada me arredra, a cumplir tus preceptos". [Encha. Ascet. núm. 417]



                          




* Testigo 18º: SAN JUAN CRISÓSTOMO, PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+407)

"Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrará el antídoto adecuado, que ahuyenta todo pesar. Así, pues, es necesario no sólo oír las lecturas en la Iglesia, sino leerla también en casa y hacer que la lectura sea provechosa". [Hom. 29 in cap. 9 Genes.]


"No os contentéis con mirar esas palabras adorables. Es menester alimentarse de ellas, asimilarlas: la verdadera causa de nuestros males es la ignorancia de la Palabra de Dios". [Hom. 9 in cap. 2 ad Col.]


"La Santa Escritura es semejante a un tesoro precioso. Porque si es verdad que puede adquirirse una riqueza considerable con sólo una pequeña parte de un tesoro, ello puede decirse con mayor razón de las Escrituras Santas. Una sola de las sentencias, por breve que sea, encierra plenitud de pensamiento y una riqueza inefable. Es también la Escritura divina semejante a una fuente de abundante e inagotable caudal. Nuestros antepasados bebieron de sus aguas, según sus fuerzas; los venideros beberán también, sin que agoten la fuente, antes al contrario, manará más copiosa y serán más abundantes sus aguas". [In Gen. Hom. 3]


"Es absolutamente necesario que nos armemos continuamente con las Escrituras y saquemos de ellas los remedios eficaces para tantos males". [Homilía sobre Lázaro]


"La lectura de las Sagradas Escrituras refresca y alivia y consuela el corazón afligido y atormentado por angustias mortales, atenuando la intensidad y el aguijón del dolor y ofreciendo un sosiego más dulce y apacible que el de la sombra de aquella enramada". [Hom. 4 de poenit. et orat.]


"Un prado es agradable, y es agradable un jardín; pero es más agradable todavía el estudio de la Sagrada Escritura. Porque sus flores se marchitan, pero las palabras de la Escritura tienen un vigor de vida perdurable. El céfiro sopla allí, pero aquí la inspiración del Espíritu Santo… Un jardín está sujeto al cambio de las estaciones; mas la Sagrada Escritura, aún en invierno, está cubierta de hojas, y en todo tiempo de frutos". [Hom. de capt. Eutrop. 1]


"Aunque no entendáis los secretos de la Escritura, con todo, la simple lectura de ella causa en nosotros una cierta santidad; porque no puede ser que dejéis de entender algo de lo que leáis. Porque, a la verdad, por esto dispuso la gracia del Espíritu Santo que estas Escrituras fuesen compuestas por publicanos, pescadores, artífices de tiendas de campaña, pastores, cabreros, torpes e ignorantes para que ningún iletrado puede alegar por excusa la dificultad de comprenderlas, y a fin de que todos entiendan fácilmente lo que en ellas se contiene". [Hom. 3 de Lázaro]



                         



* Testigo 19º: SAN JERÓNIMO, EL DOCTOR MÁXIMO (+420)

"Sé muy asidua en la lectura y estudia lo más posible. Que el sueño te encuentre con el Libro en la mano, y que sobre la página sagrada caiga tu cabeza agobiada por el cansancio". [Carta a santa Eustoquia: Ep. 22, 17]


"Libremos nuestro cuerpo del pecado y se abrirá nuestra alma a la sabiduría; cultivemos nuestra inteligencia mediante la lectura de los Libros Santos: que nuestra alma encuentre allí su alimento de cada día". [In Tit. 3, 9]


"¿Cómo podríamos vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo que es la vida de los fieles?" [In Is. Prol.]


"Ignorar las Escrituras es ignorar al mismo Cristo". [In Is. Prol.]


"Debemos, pues, con el mayor ardor leer las Escrituras y meditar día y noche la ley del Señor; así podremos distinguir, como ejercitados cambistas, las monedas buenas de las falsas". [In Eph. 4, 31]


A la matrona romana Leta le da sobre la educación de su hija, entre otros consejos, el siguiente: “Cerciórate de que estudie cada día algún pasaje de la Escritura…; que en vez de las alhajas y sederías se aficione a los Libros divinos… Tendrá que aprender antes el Salterio, distraerse con sus cantos, y extraer de los Proverbios de Salomón una regla de vida. El Eclesiastés le enseñará a hollar los bienes del mundo; Job le brindará un modelo de fortaleza y de paciencia. Pasará enseguida a los Evangelios, que deberá tener siempre entre las manos. Asimilará ávidamente los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas. Después de haber recogido esos tesoros en el místico cofre de su alma, estudiará a los profetas, el Heptateuco, los libros de los Reyes y de los Paralipómenos, para terminar comprendiendo el Cantar de los Cantares”. [Ep. 107, 9, 12]


"Mientras estés en tu patria, haz de tu celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre la Biblia en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra el Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos". [Ad Rusticum. Ep. 125, 7, 3; 11, 1]


"Una vez que conozcas bien las Divinas Escrituras, y te hayas armado con sus leyes y testimonios, que son los vínculos de la verdad, marcharás sobre tus enemigos, los enlazarás, los encadenarás y los traerás cautivos; y luego de estos adversarios y cautivos de ayer harás hijos libres de Dios". [Ad Fabiolam. Ep. 78, 30]


"Relee con frecuencia las Divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la santa doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen". [Ad Nepot. Ep. 52, 7, 1]


"Si hay alguna cosa, oh Paula y Eustoquia, que pueda sujetarnos aquí abajo a la sabiduría y que en medio de las tribulaciones y torbellinos del mundo conserve el equilibrio de nuestra alma, yo creo que es ante todo la meditación y la ciencia de las Escrituras". [In Eph. Prol.]


"Nos alimentamos con la Carne de Cristo y bebemos su Sangre no solamente en el Misterio (de la Misa), sino también leyendo las Escrituras".



                                            


Continuará...


CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (1)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (2)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (3)


FIESTA DE CRISTO REY (último domingo de octubre)

 



Fiesta de Cristo Rey


"Que todos los reyes lo adoren y todas las naciones lo sirvan. Su poder es eterno y no le será arrebatado: y su reino es un reino que no se deshará".



Cristo es Rey por el doble título de Creador y Redentor de todos los hombres, por lo cual le deben entera sumisión no solamente los individuos, sino igualmente las familias, sociedades y naciones. Instituida en 1925 por S.S. Pío XI, esta fiesta inflama el corazón de los fieles contra los errores opuestos a los derechos divinos de Nuestro Señor Jesucristo, tan conculcados ya en aquel momento.



En su encíclica del 11 de diciembre de 1925, S.S. el Papa Pío XI denunció la gran herejía moderna del secularismo, el cual se niega a reconocer los derechos de Dios y su Cristo sobre las personas y sobre la sociedad misma, como si Dios no existiera.



                              



El Santo Padre instituyó la fiesta de Cristo Rey para que fuera una declaración pública, social y oficial de los derechos reales de Jesús, como Dios el Creador, como el Verbo Encarnado y como Redentor. Esta fiesta da a conocer y reconoce estos derechos de la manera más adecuada para el hombre y la sociedad mediante el acto de religión más sublime, la Santa Misa. De hecho, el fin del Santo Sacrificio es el reconocimiento del completo dominio de Dios sobre nosotros, y nuestra total y completa dependencia de Él.



El Santo Padre manifestó su deseo de que esta fiesta se celebrara hacia finales del año litúrgico, en el último domingo de octubre, como la consumación de todos los misterios mediante los cuales Jesús ha establecido sus poderes reales, y casi en la víspera de la fiesta de Todos los Santos, donde Él es “la corona de todos los santos”; "hasta que sea la corona de todos a los que en la tierra salva por la aplicación de los méritos de su Pasión en la Misa" (Secreta).



Dice el Catecismo del Concilio de Trento que “el fin de la Eucaristía es formar un solo cuerpo místico con todos los fieles,” y así, atraerlos a la adoración que Cristo, rey-adorador, como sacerdote y víctima, ejecutó de forma cruenta en la cruz y sigue haciéndolo, de forma incruenta, en el ara del altar de nuestras iglesias y en el altar dorado en el cielo, a Cristo, rey-adorado, como el Hijo de Dios, y a su Padre a quien ofrece estas almas.


Fuente: Dom Gaspar Lefebvre, OSB





ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 9) ERRORES CONCERNIENTES AL REINO DE DIOS

 



6. ERRORES CONCERNIENTES AL REINO DE DIOS



6.0 Alteración de la noción tradicional de la “dilatación” o “incremento” del reino de Dios en la tierra por obra de la Iglesia visible.

En efecto, tal “dilatación” o “extensión” se confía al «pueblo de Dios, que es la Iglesia», la cual «al introducir [inducens] este reino, no arrebata a ningún pueblo bien temporal alguno [bonum temporale], sino al contrario, favorece y asume [fovet et assumit], en lo que tienen de bueno, todas las riquezas, recursos y costumbres de los pueblos [facultates et copias moresque populorum]; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva» (Lumen Gentium § 13).



Se introduce aquí un elemento bastardo, representado por el “bien temporal de los pueblos”, como parte constitutiva del “pueblo de Dios” (elevada y purificada) y, por ende, del reino de Dios que se realiza en la tierra; se trata de una noción ambigua e inaceptable, porque dicho “bien temporal” lo integran, no sólo las “costumbres”, sino, además, las “riquezas” y los “recursos”, es decir, los bienes materiales de un pueblo. En otras palabras, también los bienes materiales, elevados y purificados (?), entran a formar parte del reino de Dios: concepto absurdo, que evidencia una visión naturalista del reino, contraria al depósito de la fe.




6.1 La correlativa e inconcebible interpretación colectivista del reino mismo.

En efecto, de LG § 13 se sigue que la individualidad colectiva de cada pueblo, con su ambiguo “bien temporal”, entra a formar parte en cuanto tal, como un valor en sí, del “pueblo de Dios” (de la Iglesia), de manera que puede ser “introducida” en el reino que se realiza en este mundo.



                        



6.2 La mal comprendida contribución de los fieles seglares a la “dilatación” del reino de Dios en la tierra.

Esa contribución habrá de hacerse «de suerte que el mundo quede imbuido [imbuatur] del espíritu de Cristo» (LG § 36) (nótese el vago “imbuirse”, harto alejado de la idea de convertir). Dicha contribución se entiende, de hecho, inevitable y erróneamente, como contribución a un progreso sobre todo material, bajo la bandera de la cultura laica o “civil”, que debe hacer avanzar, a su vez, la libertad humana y cristiana por todo el mundo: «Procuren, pues, seriamente (los seglares), que por su competencia… los bienes creados [bona creata] se desarrollen al servicio de todos y de cada uno de los hombres y se distribuyan mejor entre ellos… mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil [humano labore, arte technica, civilique cultura]; y que a su manera estos seglares conduzcan a los hombres al progreso universal en la libertad cristiana y humana» (LG § 36).


En este texto se añade un elemento ulterior y espurio al naturalismo evocado en 6.0: el mito laicista del progreso, con su exaltación característica del trabajo, de la técnica, de la cultura “civil”, del igualitarismo, de la libertad (“humana y cristiana”, sea cual fuere el significado de tal expresión).




6.3 La afirmación increíble según la cual Cristo resucitado «obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también, con ese deseo [sed eo ipso], aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin» (Gaudium et Spes § 38).


El texto parece significar que, por el hecho en sí de inspirarle al hombre el anhelo del siglo futuro, el Espíritu Santo le inspira también deseos de felicidad terrena, expresados mediante el giro “hacer más llevadera su propia vida” (!).



                                   




6.4 La afirmación incomprensible según la cual «el misterio pascual perfecciona la actividad humana».

En efecto, se define a la santísima eucaristía como «aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre [naturae elementa, ab hominibus esculta], se convierten [convertuntur] en el cuerpo y sangre gloriosos, en un banquete [coena] de comunión fraterna que es pregustación del banquete celestial» (GS § 38 cit.).



Según su estilo, el Vaticano 2 no nombra la transubstanciación, e insinúa una concepción protestante de la santa misa. Pero ¿de qué manera, al decir del texto conciliar, el “misterio pascual” perfecciona a la actividad humana? Pues en virtud del hecho de que los que se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos son “elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre” (!). Al cultivar la tierra, la actividad del hombre produce el pan y el vino, que se “convierten” después en el cuerpo y la sangre, etc. ¡Una contribución de este tipo no puede por menos de volver perfecta la actividad del hombre!



Hay motivos más que de sobra para quedarse estupefactos ante un razonamiento semejante, que parece hasta ridículo. ¿Cuándo ha enseñado el magisterio nada semejante? ¿Cuándo demonios ha buscado conexiones tan disparatadas y falaciosas? No obstante, tales disparates apuntan a un fin preciso: insinuar la falsa idea de que la actividad del hombre participa de algún modo en la conversio (más exactamente: transubstantiatio) del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo (conversión que, en realidad, es obra de solo el sacerdote).



Tal idea se encuentra también en la “liturgia eucarística” de la misa del Novus Ordo: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida».



                        




6.5 El famoso art. 39 de la Gaudium et Spes, que, como conclusión del capítulo IIIº, dedicado precisamente a la «actividad humana en el mundo» (GS §§ 33-39), propone, en apariencia, la visión final tradicional sobre la “tierra nueva” y “los cielos nuevos”, pero que nos brinda, en realidad, la perversión final de la concepción del reino de Dios enseñada por la Iglesia.



En efecto, se delinea allí la idea de una salvación colectiva de la humanidad y hasta de «todas las criaturas (cf. Rom 8, 19-21) que Dios creó pensando en el hombre» (GS ivi), con lo que se tergiversa el versículo Rom 8, 21 al hacerle decir, gracias a una adición, que conseguirán también la salvación eterna “todas las criaturas” que Dios creó propter hominem, para servir al hombre. Así se insinúa la idea anormal –nunca enseñada antes, como es obvio– según la cual todas las criaturas, sin distinción, entrarán en el reino, incluso las destinadas al servicio y a la utilidad del hombre, como los animales (!). El artículo 39 asegura, a renglón seguido, que la “tierra nueva” está ya, en figura, en “nuestra tierra”, porque en esta última «crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo» (GS ivi).



Nótese al respecto que la prefiguración del reino no la constituye la Iglesia militante, como enseña la ortodoxia católica, sino el “crecimiento” del “cuerpo de la familia humana”: la constituye la humanidad, que crece gracias al progreso universal, a la libertad “humana y cristiana”, etc. (LG §§13 y 36; GS §§ 30, 34 y 38 cit.). El reino de Dios, que se realiza parcialmente en este mundo, no está constituido ya por la Iglesia, sino por la humanidad (!). La humanidad (“nueva”) es el sujeto que realiza el reino y que un día entrará en él en globo. Y de hecho, según concluye el art. 39 de la GS, volveremos a encontrar en el reino en cuestión, aunque «limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados», los “bienes” y los “frutos” que «hayamos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo a su mandato»; unos bienes profanos hasta la médula (como «la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad»), y además «todos los frutos excelentes de la naturaleza».



Se echa de ver que se trata de una visión naturalista, milenarista (que recuerda la religión de la Humanidad), extraña por completo al catolicismo, en neta antítesis con la realidad exclusivamente sobrenatural del reino de Dios y de su consumación al fin de los tiempos (que Nuestro Señor nos reveló y la Iglesia mantuvo siempre).



*Nota: GS § 39 no vacila en afirmar que «el progreso temporal […] interesa en gran medida al reino de Dios», y remite en una nota a pie de página a la encíclica Quadragesimo anno de S.S. Pío XI (AAS 23 [1931] § 207), como si el presunto valor salvífico del “progreso temporal” lo hubiese proclamado dicho Papa; pero ni en la pág. 207 citada, ni en ninguna otra parte de la encíclica se constata la existencia de una afirmación de tal género.



                                    


Continuará...


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ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 8) ERRORES CONCERNIENTES A LA ENCARNACION, LA REDENCION, EL CONCEPTO DEL HOMBRE.

 



5. ERRORES CONCERNIENTES A LA ENCARNACION, LA REDENCION, EL CONCEPTO DEL HOMBRE.


5.0 Un concepto erróneo de la encarnación.

Se afirma, en efecto, que «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre [cum omni homine quodammodo se univit]» (Gaudium et Spes § 22), como si la segunda persona de la Santísima Trinidad, al encarnarse en un hombre concreto, en un individuo que gozó de existencia histórica, se hubiera unido por eso mismo a todos los demás hombres, y como si todo hombre, por el mero hecho de serlo, por haber nacido, se hallara unido a Cristo sin saberlo.


Se malentiende así la naturaleza de la santa Iglesia, que no es ya el “Cuerpo místico de Cristo” ni, por ende, el de los creyentes en Cristo, el de los bautizados; por manera que el “pueblo de Dios”, al cual se identifica con la Iglesia (“de Cristo”), tiende a coincidir, sic et simpliciter, con la humanidad.




5.1 Un concepto erróneo de la redención.

En efecto, se escribe que «el Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana, redimió al hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Gal 6, 15; II Cor 5, 17), superando la muerte con su muerte y resurrección» (Lumen Gentium § 7).



A la redención no se la presenta aquí correctamente, es decir, como una posibilidad brindada a todo hombre por la encarnación y el sacrificio en la cruz de Nuestro Señor, posibilidad que se pierde para siempre si no se hace uno cristiano de verdad (o no quiere hacerse tal), fuera de los casos de ignorancia invencible, cuyo número sólo Dios conoce, en que la gracia obra mediante el bautismo de deseo implícito. Se pretende aquí, en cambio, que la redención se verificó ya para todo hombre, visto que el hombre se transformó “en una nueva criatura” (no porque se hiciera cristiano con la ayuda del Espíritu Santo, bajo la moción de la gracia actual, sino por el hecho mismo de haberse verificado la encarnación del Verbo, así como por la “muerte y resurrección” de Cristo). Se trata de la conocidísima teoría de los cristianos anónimos, antaño enseñada por Blondel, desarrollada más tarde por de Lubac y, sobre todo, por Karl Rahner (v. supra, discurso de Juan 23 y párrafo 2.3 de la sinopsis presente). Constituye un error doctrinal gravísimo, porque se proclama que la justificación personal, subjetiva, de cada uno se verificó en el pasado, sin participación alguna de la voluntad del justificado, de su libre arbitrio y, por ende, sin necesidad de conversión, sin necesidad de la fe, ni del bautismo, ni de las obras. Una redención garantizada a todos, como si la gracia santificante estuviera presente ontológicamente en cada hombre en cuanto tal. ¡Ni siquiera Lutero había llegado a tanto!



Esta doctrina falsa niega de hecho el pecado original, porque el dogma de la fe nos enseña que los hombres no poseen la gracia al nacer (por haber heredado el pecado original, con el que vienen al mundo).



                  



5.2 La consiguiente e indebida exaltación del hombre en cuanto tal, incompatible con la fe católica.

En efecto, se afirma que Cristo, al encarnarse, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación», elevando la “naturaleza humana” a una “dignidad sin igual” (GS § 22), como si Nuestro Señor no hubiese venido a salvarnos del pecado y de la condenación eterna, sino a «manifestarnos plenamente la “dignidad sin igual” que, según parece, es inherente al hombre por naturaleza.



El planteamiento conciliar contradice abiertamente a la enseñanza constante de la Iglesia, según la cual Jesús vino al mundo para salvar al hombre, no ciertamente para exaltarlo, sino para “manifestarle plenamente” un hecho: que es un pecador, abocado por su soberbia a la condenación eterna si no se arrepiente y no se convierte a Él. ¡Todo lo contrario de una “dignidad sublime” por redescubrir!



                      



5.3 El consiguiente y manifiesto error teológico contenido en el artículo 24 de la Gaudium et Spes. Así es; se dice allí que el hombre es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma [hominem, qui in terris sola creatura est quam Deus propter seipsam voluerit]», como si el hombre poseyera un valor tal como para haber inducido a Dios a crearlo (Romano Amerio, Iota Unum, Salamanca, 1994).



Palpamos aquí el viraje antropocéntrico del Vaticano 2. Se trata de una aserción patentemente absurda e incompatible con la noción misma de creación divina de la nada, que constituye el dogma de fe. Dios, justicia infinita, creó todas las cosas, incluido el hombre, “para sí mismo”, según se ha enseñado siempre, es decir, para su propia gloria, y no a causa de un valor que poseyeran intrínsecamente y, por ende, independientemente de Dios, que las hizo. Tamaña desviación doctrinal altera también el significado exacto que se deba atribuir a la creación. Altera, además, el significado verdadero que ha de atribuirse a los mandamientos cristianos de amar al prójimo como a nosotros mismos y de considerarnos todos hermanos, porque dichos mandamientos no se justifican ya con el amor a Dios, quien quiere de nosotros esta caridad para con el prójimo (dado que todos somos pecadores), ni con la descendencia común de Él, Dios Padre, sino con la proclamación de una dignidad superior del hombre en cuanto hombre.



La Iglesia no ha negado nunca la dignidad superior del hombre respecto de las criaturas inferiores a él, la cual deriva de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Pero dicha dignidad perdió su primitivo carácter “sin par”, derivado de la “semejanza” originaria con Dios, a causa del pecado original, que despojó al hombre de dicha semejanza, es decir, de la gracia santificante, que lo hace capaz de conocer y amar sobrenaturalmente a Dios y, por ende, de gozar de la visión beatífica. Desde la óptica católica, la dignidad del hombre no puede considerarse una característica ontológica tal, que obligue a respetar cualquier decisión de aquél (ésta es la concepción laicista), porque dicha dignidad depende de la voluntad recta, orientada hacia el Bien, y constituye, en consecuencia, un valor “relativo”, no absoluto.



                   




5.4 Un concepto erróneo de la igualdad entre los hombres.

Se funda en la concepción errónea de la redención que estudiamos supra (cf. 5.1): al haber sido todos los hombres redimidos por Cristo, gozan de la misma vocación y del mismo destino divinos; es necesario, por ello, reconocer cada vez más la igualdad fundamental de todos (fundamentalis aequalitas inter omnes magis magisque agnoscenda est) (GS § 29).



La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre que los hombres son todos iguales frente a Dios, sí, ¡pero no ciertamente porque haya creído alguna vez que todos los hombres estén ya objetivamente redimidos, que estén ya salvados por la Encarnación!



Esa igualdad concebida de manera tan poco ortodoxa se puso luego como fundamento de la “dignidad de la persona”, en cuyo nombre el concilio propugnó una libertad religiosa de tipo protestante (porque se funda en la libertad de conciencia, es decir, en la opinión individual en materia de fe, en lugar de hacerlo en el principio católico de autoridad; v. infra, sección 11).




5.5 La desvalorización y oscurecimiento de la noción de pecado original.

En efecto, la Gaudium et Spes afirma, en el art. 22 cit., que Cristo «ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado [a primo peccato deformatam]». Pero tal no es la doctrina católica, que ha enseñado siempre, por el contrario, que la semejanza de marras se perdió para Adán y su descendencia de resultas del pecado original.



¡No se trató de mera deformación! Declarar que se conservó, bien que de manera imperfecta, significa abrirle el camino a la concepción heterodoxa de la encarnación recién recordada (J. Dormann, Declaratio Dominus Iesus und die Religionem, in Theoligisches Katholische Menateschrift, nov-dic. del 2000, párrafos 445-460).



                                                                



Continuará...


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