DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 (parte 1)

 



14. Innumerables irregularidades, injusticias y escándalos en el día a día del conciliábulo, poniendo de manifiesto la intención deshonesta y torcida que tenían quienes convocaron semejante abominación de la desolación en el templo santo. Análisis de las 8 herejías del discurso de apertura del Vaticano 2 pronunciado por el falso profeta Juan 23 y redactado por el Anticristo Montini. El desarrollo del conciliábulo resumido magistralmente por un valiente sacerdote francés que advirtió proféticamente acerca de la hecatombe espiritual que amenazaba con demoler los cimientos de la Iglesia Católica.





Realizaremos ahora un resumen del desarrollo tormentoso y oscuro del funesto conciliábulo Vaticano 2, que servirá para evidenciar las malas artes de las mentes criminales que estaban detrás de este engendro diabólico que acabó con la apostasía masiva del cuerpo episcopal el fatídico día del 8 de diciembre de 1965, tras la firma de los heréticos documentos producidos por el Anticristo Montini, el falso profeta Roncalli y sus compinches alemanes y franceses, principalmente; unos documentos repletos de graves errores y vergonzosas herejías ya condenadas por el Magisterio de los Vicarios de Cristo, así como una mortífera declaración de flagrante apostasía maliciosamente insertada en la pestilente Lumen Gentium nº 16, cuya ratificación mediante la firma de los eternamente desgraciados Obispos que dieron su aprobación a semejante blasfemia satánica supuso su caída fulgurante en la apostasía de la Santa Fe Católica, Apostólica y Romana por la aplicación automática del Canon 188.4 y la Bula Cum ex apostolatus officio, de S.S. Pablo IV, acerca del gravísimo peligro de las autoridades heréticas y la invalidez de todos sus actos.



                            



CANON 188 - “Todos los cargos quedarán vacantes ipso facto por renuncia tácita:

4) Si un clérigo se ha apartado públicamente de la fe católica ".



Comentario del Canon 188.4

La deserción de la fe católica, si es pública, priva a uno de todos los cargos eclesiásticos que pueda tener; no, sin embargo, el simple cisma, si no está relacionado con la herejía.



Lo cual sucedió con el monstruoso acto de apostasía masiva certificada por la firma de todo el cuerpo episcopal que tuvo lugar al final del Vaticano 2, quedando todos los cargos de esos infelices insensatos vacantes ipso facto al haber renunciado tácitamente a la Fe Católica que recibieron en su bautismo, y que la astucia y perversidad del falso profeta Juan 23 y del Anticristo Pablo 6 les robó y arrancó para siempre.



                            




En la elaboración de este capítulo hemos recurrido a Piers Compton, Romano Amerio, Ralph Wiltgen, Giuseppe Alberigo, Randy Engel, Franco Bellegrandi, y también hemos tenido muy en cuenta las valiosas observaciones del abbé Georges de Nantes, testigo fiel de la masacre espiritual que supuso el conciliábulo. Las citas están intercaladas, como es habitual en este extenso dossier.




El 25 de enero de 1959, en San Pablo Extramuros, el antipapa Juan 23, tres meses después de su “elección” (28 de octubre de 1958), anunció ante un consistorio de cardenales su intención de celebrar un concilio ecuménico. "Las almas de los presentes", dijo en su discurso del 11 de octubre de 1962, "fueron inmediatamente impactadas como por un destello de luz celestial, los ojos y los rostros de todos reflejaron la dulce emoción que sentían". Juan 23 hablará entonces de una “idea” que le llega “inesperadamente”, de una “iluminación imprevista”. Sabemos por varios testimonios que no fue así. La idea había ido ganando terreno desde el cónclave.



                            




La verdad es que los Cardenales no se conmovieron. En el pensamiento de Juan 23, no sería un concilio de combate o de oposición al mundo moderno como el de Trento (1545-1563) y el Vaticano I (1869-1870). (…) Juan 23 resolvió iniciar una consulta general con los obispos y los institutos religiosos. Este procedimiento ya marcó una “ruptura” con el seguido por S.S. Pío IX, quien primero había recibido el consejo de cuarenta y tres obispos antes de convocar el Concilio Vaticano I. Como le fueron favorables, hizo que sus servicios prepararan durante cinco años los trabajos del futuro Concilio. Para el Vaticano 2, nada de eso. Todos estaban invitados a dar su opinión... ¿sobre qué tema? Nada preciso, salvo la vaga idea de “aggiornamento”, de “actualización”, cercana a la de “reforma” e incluso de “autocrítica”, no de los hombres de Iglesia, sino de la Iglesia misma...



De hecho, Roncalli no indicó ningún peligro, ninguna crisis importante para la cual el Concilio tendría que proporcionar un remedio extraordinario, a diferencia de todos sus predecesores. Sin embargo, no faltaron motivos de preocupación. (…)



Los obispos y los institutos religiosos consultados respondieron, durante el invierno de 1959 y la primavera de 1960, en un sentido mayoritariamente tradicional. (…) Los países latinos parecen muy reaccionarios. La Universidad de Salamanca, por ejemplo, pide un “nuevo plan de estudios de errores bíblicos, dogmáticos y morales que proliferan”. Seiscientos obispos y superiores generales pidieron un texto especial sobre la Santísima Virgen, y el ochenta por ciento de ellos una definición de su mediación universal de todas las gracias. Los demás países de Europa están más imbuidos de ideas modernas y progresistas, como señala G. Alberigo.




LA IGLESIA DESARMADA


Después del recuento y síntesis de estos “votas”, los trabajos preparatorios del Concilio comenzaron el 14 de noviembre de 1960. Se prolongaron hasta el 23 de junio de 1962. Se encargaron de ello diez comisiones, que corresponden aproximadamente a los dicasterios romanos; la más importante fue la Comisión Teológica, encargada de las cuestiones doctrinales, y encabezada por el cardenal Alfredo Ottaviani. Estas diez comisiones fueron supervisadas por una “Comisión Central” presidida por el “Papa”. Decidió flanquearlo también con tres secretarías, las dos primeras, bastante insignificantes, se encargaban de los medios de comunicación, de las cuestiones económicas y técnicas, pero la tercera era muy popular. Presidido por el jesuita Augustin Bea, creado “cardenal” en enero de 1960, este Secretariado para la unidad de los cristianos desempeñará el papel de contra-Santo Oficio, tanto en la preparación como en la realización misma del Concilio. (¡!)



                                               



Si una organización debía asegurar la “continuidad”, era la Comisión Teológica, porque su dominio era el de la fe, cosa inmutable “por la perfección divina”. Para ello redactó una profesión solemne de fe, que los Padres debían recitar al abrir el Concilio. Todos los grandes Concilios de la historia habían procedido de esta manera para afirmar una fe libre de toda herejía y ... para excluir a los herejes o espíritus malignos “tendientes a la herejía”.




La fórmula prevista era vincular al Credo de los Apóstoles la profesión de fe tridentina, el juramento antimodernista, así como las últimas realizaciones del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, criticada por la Comisión Central y por el Secretariado para la Unidad como demasiado “negativa” y “antiecuménica”, esta fórmula será arrojada al cesto de la basura. Primer crimen…




En veinte meses de intenso trabajo, la Comisión Teológica elaboró nada menos que ocho textos: además de esta profesión de fe, siete constituciones, dedicadas a las Fuentes de la Revelación, a la defensa del depósito de la fe, a la Iglesia, a la Santísima Virgen María, al estado de castidad y virginidad, al matrimonio y la familia, a la comunidad de las naciones y al orden social. Pero estos textos correrán la misma suerte que la profesión de fe. (¡!)




La composición de las Comisiones marcaba una cierta “apertura”: así los heterodoxos [*nota: ¡en realidad heréticos!] Padres de Lubac, jesuita, y Congar, dominico, eran consultores de la Comisión Teológica.



                        




Sin embargo, en el seno de la Comisión Central se produjeron enfrentamientos violentos, desconocidos para la opinión pública, que opusieron a Ottaviani, apoyado por su secretario, el jesuita Sébastien Tromp, a los representantes del Secretariado para la Unidad, sobre el tema de la Virgen María, ¡signo eterno de contradicción! pero también sobre los asuntos de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, sobre la relación entre Iglesia y Estado, sobre la tolerancia y la libertad religiosa. Las grandes controversias que estaban por venir ya iban surgiendo. Excediendo sus atribuciones, la Secretaría del Cardenal Bea había preparado textos sobre estos temas candentes que intentó oponer a los de la Comisión Teológica.




El cardenal Ottaviani, así como sus auxiliares Ruffini, Parente y Piolanti, esperaban levantarse contra esta ofensiva aún poco representada, pero que reivindicaba las intenciones de Juan 23 declaradas o secretas, una especie de “baluarte”, según el título de una colección de discursos y sermones de Ottaviani publicados en Roma en 1963, “para la defensa de la Iglesia y de la ciudad”. Los teólogos romanos estaban construyendo un muro... ¡que resultaría ser más bien una línea Maginot! De hecho, pronto verían su defensa eludida por la misma actitud de Juan 23. Para él trabajaron, preparándole material para ejercer su autoridad magisterial, sin haber comprendido aún que Roncalli ya no pretendía condenar el error ni siquiera imponer la verdad de la fe. (¡!)



                                      



Continuará...



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ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 25 y final). LA MALA PASTORAL REFERENTE A LA EDUCACIÓN EN LAS ESCUELAS Y EN LOS SEMINARIOS

 



18. LA PUESTA AL DÍA PASTORAL EN PUNTO A EDUCACIÓN


18.0 «Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto partícipes de la dignidad de la persona, tienen derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz» (Gravissimum Educationis § 1).


El ideal educativo que aquí se propone, además de no tener ni un pelo de católico, resulta también utópico y contradictorio al mismo tiempo. En efecto, ¿qué hay que hacer si las síngulas “tradiciones” y “culturas” estimulan a obrar en sentido contrario a “las relaciones fraternas con otros pueblos”?




18.1 A los muchachos (pueri) y a los jóvenes «hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual» (GE § 1).


Sin comentarios. La educación sexual pública, inserta en el sistema escolar, la condenó explícitamente S.S. Pío XI, por inmoral y corruptora, en la encíclica Divini illius Magistri (1929; Denzinger §§ 2214 y 3697), y también S.S. Pío XII en su discurso a los padres de familia el 18 de septiembre de 1951: los Papas exigían que se dejase a la prudente apreciación privada de educadores y progenitores.



                            



18.2 «La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo, y al mismo tiempo ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo» (GE § 3).

La ayuda que la Iglesia ofrece a todos los pueblos no consiste, pues, en hacer que se penetren del “espíritu de Cristo”. (!!??)




18.3 «Además, la Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias» (GE § 7).

¿No es éste un modo elegante de difundir el indiferentismo religioso y moral?



18.4 En las facultades de teología, “promuévase”, entre otras cosas, «el diálogo con los hermanos separados y con los acristianos y respóndase a los problemas suscitados por el progreso de las ciencias» (GE § 11).



18.5 «Hay que procurar con todo empeño que se fomente entre las escuelas católicas una conveniente coordinación y se provea entre éstas y las demás escuelas [no católicas] la colaboración que exige el bien de todo el género humano [siempre en el primer lugar en la mente del concilio]» (GE § 12; v. supra “Errores en el discurso de inauguración”, en la introducción de la presente sinopsis).



                                  




CONCLUSIÓN: RETORNAR A LA DOCTRINA VERDADERA O PERECER


1. Quizás se juzgue temerario el que hayamos acusado a un concilio ecuménico de la Iglesia Católica de tantos y tan graves errores doctrinales. Más aún: acaso parezca que nos hemos mancillado con un pecado grave, puede que hasta acreedor a la nota de herejía. La herejía, empero, según se recordó (supra 2.0), es «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC de 1983, canon 751). Ahora bien, el Vaticano 2 no condenó ningún error, ni definió ninguna “verdad” de fe “divina y católica”, ningún dogma de fe. No quiso hacerlo y se declaró concilio pastoral tan sólo, con lo que degradó su magisterio extraordinario a un magisterio indefinible desde el punto de vista canónico, meramente “auténtico” al fin y a la postre, aunque puede que ni siquiera eso, vistos los errores que enseñó (v. supra, Introducción).



También el magisterio auténtico merece el asentimiento del creyente, mas no al mismo título que los dogmas de fe, cuya negación hasta el fin de la vida entraña la muerte en los propios pecados. Al concilio se le debe, pues, por lo que tiene de “nuevo”, el asentimiento que merece una “pastoral”, el cual se puede denegar legítimamente si la pastoral da la casualidad que no es buena. Se trata, en efecto, de un asenso fundado en las reglas de la prudencia, en la que confluyen el entendimiento sano y el sensus fidei del creyente.



La prudencia, que crece sólo en el entendimiento sano, nos dice que escuchemos la voz del sensus fidei, que nos incita a su vez a rehusar el asentimiento a las resoluciones de un concilio ambiguo e inficionado de errores como el Vaticano 2.



Esta prudencia del creyente deriva de la preocupación constante de no ofender a Dios y salvar el alma, en la cual se refleja el temor de Dios, al paso que constituye uno de los modos en que la gracia obra en nosotros. De ahí que la negación de las doctrinas ambiguas propaladas por el Vaticano 2 sea, no sólo lícita y legítima a tenor de las disposiciones canónicas y de toda la Tradición, sino, además, una exigencia del deber, que pesa sobre cada uno de nosotros, de defender el depósito de la fe según la capacidad de cada cual. Todos somos, en efecto, milites Christi, y hemos de combatir por la fe.



                               



2. En consecuencia, la negación de las enseñanzas espurias del Vaticano 2 no nos pone fuera de la Iglesia: no somos herejes por rechazarlas, ni formales ni materiales, ni tampoco espiritualmente cismáticos, pues no negamos la autoridad; no rehusamos nuestro asentimiento a las órdenes legítimamente impartidas por la autoridad, ni siquiera pretendemos salir de la Iglesia para construir o seguir otra.



En efecto, juzgamos la pastoral del concilio a la luz de la Tradición, o sea, de lo que la Santa Iglesia enseñó siempre durante diecinueve siglos, a partir de Nuestro Señor Jesucristo y de los Apóstoles. Se desprende del cotejo, sin la menor sombra de duda, que la “puesta al día”, querida por Juan 23 e impuesta por el Concilio, introdujo novedades incompatibles con lo que enseñó siempre la Iglesia y, por ende, inconciliables con el depósito de la fe.



Hemos tenido que asistir al múltiple y abigarrado torcimiento de la noción misma de Iglesia Católica, de las de cuerpo místico, santa misa, liturgia, sacerdocio, colegialidad, matrimonio católico, reino de Dios, Tradición, encarnación, redención, anunciación y libertad religiosa, así como del concepto católico del hombre, de la relación correcta entre Iglesia y Estado, de la interpretación exacta de lo que son objetivamente los herejes, los cismáticos y los acristianos.



Hemos tenido que oír, de labios de un Papa, alabanzas al pensamiento moderno, otrora condenado varias veces por sus predecesores: un pensamiento este, el moderno y contemporáneo, intrínsecamente opuesto al pensamiento trascendente y, en particular, al catolicismo, todas cuyas verdades niega, pero al cual se confió la tarea de enunciar la doctrina perenne de la Iglesia porque se quiso someter a ésta a una “reforma continua”, a una adaptación cada vez más marcada a los falsos valores del mundo. El concilio habría debido condenar el pensamiento de marra en aras de la salvación de las almas, mas, por el contrario, se hizo su cómplice. La corrupción de los conceptos verdaderamente católicos, y aun del mero sentido común, ha sido vasta, minuciosa y sistemática. Los textos del Vaticano 2 constituyen un documento impresionante de la decadencia intelectual (y no sólo intelectual) de la jerarquía católica, contra la cual lucharon en vano los Papas hasta S.S. Pío XII, así como la parte sana de la jerarquía durante el concilio. ¿Quién está entonces dentro de la Iglesia: quien acepta las doctrinas falsas del Vaticano 2 y pretende ponerlas por obra, o quien las rechaza abiertamente para seguir siendo fiel a lo que el magisterio enseñó durante diecinueve siglos, asistido por el Espíritu Santo?



Quien acepte de buena fe estas doctrinas falsas sigue estando dentro de la Iglesia, ciertamente, pero vive en ella engañado, constreñido objetivamente a la infidelidad, sin darse cuenta de que se halla casi sin defensa contra el peligro de perder o contaminar su fe. «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida», dijo el Señor resucitado (Apocalipsis 2, 10).



Por eso resulta imposible que acepte el Vaticano 2 quien se dé cuenta de su diabólica entretejedura de contradicciones, ambigüedades y errores, apenas velada por homenajes a la Tradición (homenajes nada más que formales, o carentes en cualquier caso de influencia respecto de las novedades introducidas), supuesto que desee mantenerse fiel a la Iglesia, es decir, puesto caso que quiera seguir militando en la Iglesia Católica, que no es la iglesia concebida por el concilio, la cual, por lo demás, se autodefine como iglesia “de Cristo”, o “ecuménica”, o “conciliar”, reduciendo al mínimo el uso del adjetivo «católica”. Tamaña iglesia se ha superpuesto a la Iglesia verdadera como la cizaña al grano. Nosotros no nos avergonzamos de afirmar la verdad, esto es, que la aceptación del Vaticano 2 nos alejaría de la Tradición y, por ende, de la doctrina recta, con grave peligro para la salvación de nuestra alma, pues, de hecho, sin la doctrina recta es harto difícil observar la moral enseñada por Nuestro Señor y conservar la fe.


                               



3. A los desastres que se han sucedido en la Iglesia y en las naciones católicas tras el Vaticano 2, que se resumen en la locución coordinativa “corrupción de la fe y de las costumbres”, no se les aprehende en su causa y naturaleza efectivas. En caso contrario, no habría exponentes acreditados de la jerarquía que siguieran afirmando que el tratamiento para las degeneraciones del postconcilio se halla en el descubrimiento y la puesta por obra del “verdadero” Vaticano 2. A cuarenta años de su comienzo, ¿andamos aún en busca del “auténtico significado” de aquel Asís? ¿Sigue sin ser comprendido, cuarenta años después?



Este manido estribillo se funda en el prejuicio que considera fue el Vaticano 2 un superconcilio que representó para la Iglesia un nuevo rumbo, del cual es imposible de todo punto apartarse, como si la doctrina anterior a él (la verdadera doctrina católica) no hubiera existido jamás. Se trata del estribillo de quien comulga en realidad con la revolución que se desencadenó en la Iglesia con el concilio, y que se preocupa tan sólo de corregir sus “abusos”, probablemente para adormecer las reacciones.



Lo cierto es que la crisis actual de la Iglesia se enraíza en el concilio, no en las degeneraciones del postconcilio: la presente sinopsis lo demuestra. A la jerarquía actual no le corre otro deber que el de restablecer la auténtica doctrina católica. Para hacerlo deberá invalidar el concilio un día, o bien corregirlo o reinterpretarlo (si fuere posible) a la luz de la Tradición.



No nos toca a nosotros determinar el modo en que el Papa habrá de intervenir respecto del Vaticano 2, ni aún menos proponerle una fecha. Pero nos permitimos recordar a la jerarquía y a sus jefes actuales que, en las visiones comunicadas a los videntes de Fátima, Dios todopoderoso se dignó mostrarnos, en su infinita misericordia, el castigo terrenal que su justicia infligirá un día a toda la Iglesia militante, a todos nosotros, a causa de las graves, horrendas y repetidas ofensas e infidelidades perpetradas, en primer lugar, por aquellos a quienes incumbe la obligación de “conservar la doctrina de la fe”, caso de que aquéllas se prolongaran.



Si nadie tuviere el coraje de cambiar de rumbo finalmente, Dios renovará a la Iglesia con el «testimonio de la sangre» (Heb 12, 4): con la sangre de los mártires y del gran número de los asesinados. Si, en fin, no se tuviese el valor de mudar de rumbo a causa del miedo a priori a la posible reacción violenta del mundo, que cree ya tener bajo sus pies a la Iglesia Católica con todo lo que representa; si no tuviera la valentía de rectificar el rumbo a causa de la convicción de que precisamente el retorno al dogma de la fe desencadenaría la persecución anticipada en la visión de Fátima, pues bien, en ese caso, invóquese la ayuda del Espíritu Santo, nos permitimos sugerir, a fin de que nos dé la fuerza de vencer nuestros miedos humanos en obsequio a la gloria de Dios y la salvación de las almas: «No temáis a los que matan el cuerpo y después de esto no tienen ya más que hacer […] temed al que, después de haber dado la muerte, tiene poder para echar en la gehenna» (Lc 12, 4-5).


Canonicus



                            



A continuación: Análisis exhaustivo del desarrollo diario del conciliábulo Vaticano 2 con sus múltiples errores, ambigüedades y herejías por parte del visionario Abbé Georges de Nantes.



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EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (6 de enero)

 


6 de enero

EPIFANÍA DE
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



Hallaron al Niño con María, su Madre,
y prosternándose lo adoraron; y abiertos sus cofres
le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra.
(Mateo, 2, 11).



Unos magos de Oriente reciben aviso del nacimiento del Hijo de Dios por medio de la aparición de una estrella milagrosa. Dejan su reino y van a Jerusalén a buscar a ese Dios. Túrbase Herodes ante la noticia; disimula sin embargo su pavor, y ruega a los magos que regresen a Jerusalén después que hayan adorado al recién nacido, en Belén. Pero éstos, advertidos en sueños de que no vuelvan a Herodes, retornan a su país por otro camino.




MEDITACIÓN SOBRE LOS PRESENTES DE LOS MAGOS

I. Los Magos ofrendaron mirra a Nuestro Señor, para honrar su humanidad. Jesús es Hombre, y lo es por amor nuestro, porque por amor nuestro tomó un cuerpo semejante al nuestro. Amémoslo, pues, y ofrendémosle nuestro cuerpo. Este cuerpo es vuestro, ¡oh Jesús mío!, disponed de él como os plazca, sano o enfermo, vivo o muerto. ¡Qué feliz sería si pudiese sufrir con Vos, para reinar un día también con Vos! Me habéis rescatado todo entero, a fin de poseerme todo entero. (San Agustín).




II. Jesús es hombre, mas también es Rey. Por eso se le ofrenda oro. Es el dueño de nuestros bienes, Él nos los dio; debemos servirnos de ellos para honrarlo, para engalanar sus altares, para socorrer a los pobres. Ve a Jesús en sus pobres, con la fe de los Magos que, contemplando en el pesebre a un niño pobre y abandonado, lo reconocieron como a su Rey y a su Dios. Si eres pobre, ofrece a Jesús tu pobreza; esta ofrenda le será más agradable que todos los tesoros de la tierra.




III. Los Magos ofrecieron incienso a Jesús, y reconocieron así su Divinidad. El incienso que tú le debes presentar, es la oración que eleva a tu alma hasta Dios. Humíllate ante este Soberano, ofrécele todas las potencias de tu alma, adóralo, témelo. Acuérdate sobre todo que los Magos volvieron por otro camino; cambia de vida a ejemplo suyo, y después de haberte dado a Jesucristo, no te des más al mundo. Por el cambio de ruta, entendemos el cambio de vida. (Eusebio).




ORACIÓN

Oh Dios que en este día hicisteis que los gentiles conocieran a vuestro Unigénito, dándoles una estrella por guía, haced que, conociéndoos ya por la fe, nos elevemos a la contemplación de vuestra gloria. Por J. C. N. S. Amén.