ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 13) LA DESCRIPCION ERRONEA Y DESAVIANTE DE LAS RELIGIONES ACRISTIANAS

 




LA DESCRIPCION ERRONEA Y DESAVIANTE DE LAS RELIGIONES ACRISTIANAS



9.0 La atribución falsa a todas las religiones acristianas de una fe en el Dios creador, semejante a la nuestra: «La criatura sin el Creador se esfuma. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión [cuiuscumque sint religionis], escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación» (Gaudium et Spes § 36).




9.1 La atribución paralela e inconcebible de una patente de verdad y de santidad a todas las religiones acristianas, a pesar de carecer de la verdad revelada y de ser un parto de la mente humana, por lo que NO pueden en cuanto tales, ni redimir ni salvar a nadie: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero [vera et sancta]. Considera con sincero respeto los modos de obrar y vivir, los preceptos y doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces refleja un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra Aetate § 2).



Adviértase la contradicción que anida en esta frase de tenor abiertamente deísta: si esas religiones “discrepan en mucho” de las enseñanza de la Iglesia católica, ¿cómo es que reflejan “no pocas veces” y, por ende, con bastante frecuencia, “un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”?. Eso significa que, para el concilio, la “Verdad que ilumina a todos los hombres” puede reflejarse en doctrinas y preceptos que “discrepan en mucho” de la enseñanza de la Iglesia (!). (¿Cómo pudo sugerir un concepto semejante un "concilio ecuménico auténtico" de la Iglesia católica?) 

[*Nota: las comillas son mías, pues el Vaticano 2 NO fue un concilio verdadero, sino un infame conciliábulo, una trampa satánica]



                         




9.2 La afirmación infundada según la cual las religiones paganas, pasadas y presentes, están incluidas de algún modo en la economía de la salvación (en contra de la tradición y de las Escrituras: Salmo 96 (Vulgata 95): «Pues todos los dioses de las gentes son demonios»; I Cor 10, 20). El art. 18 del decreto Ad Gentes, sobre la actividad misionera, exhorta, en efecto, a los “institutos religiosos” en los países de misión a que, además de esforzarse por adaptar las «riquezas místicas de que están totalmente llenos» al «carácter y la idiosincrasia de cada pueblo», «consideren atentamente el modo de aplicar a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas cuya semilla [semina] había esparcido Dios con frecuencia en las antiguas culturas [en general y, por consiguiente, también en sus religiones] antes de la proclamación del Evangelio». A las “antiguas culturas”, cuyos dioses eran “demonios”, y cuyos sacrificios se ofrecían «a los demonios y no a Dios» (I Cor 10, 20), el concilio, en cambio, las revaloriza ahora indebidamente, pues pretende reconocer en ellas una presencia irregular de las semina Verbi, de las «semillas de la verdad revelada». Pero eso viola una verdad considerada siempre como perteneciente al depósito de la fe. (El mismo concepto de repite en Lumen Gentium § 17 y Ad Gentes § 11, pero aplicado a todos los pueblos acristianos contemporáneos, los paganos incluidos: los misioneros deben descubrir, «con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ellas se contienen»; “en ellas”, es decir, en las «tradiciones nacionales y religiosas» de los países de misión cuya evangelización se les confía).



                           



9.3 La descripción falsa del hinduismo, porque se escribe que en él «los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición, ya sea mediante las modalidades de la vida ascética, ya sea a través de profunda meditación, ya sea buscando refugio en Dios con amor y confianza» (Nostra Aetate § 2 cit.).



Descripción falsa, porque induce al católico a considerar válida la mitología y la filosofía hindúes, como si ellas “investigaran” efectivamente “el misterio divino”, y como si la ascética y la meditación hindúes realizaran algo semejante a la ascética cristiana. Sabemos, por el contrario, que la mezcla de mitología, magia y especulación que caracteriza a la espiritualidad india desde la época de los Vedas (siglos XVI-X a J.C) es responsable de una concepción de la divinidad y del mundo completamente monista y panteísta, porque, al concebir a Dios como una fuerza cósmica impersonal ignora el concepto de creación y, en consecuencia, no distingue entre realidad sensible y realidad sobrenatural, realidad material y realidad espiritual, entre el todo y los seres particulares, resolviendo toda existencia individual en la indistinción del Uno cósmico, del que todo emana y al que todo retorna sin cesar, mientras que el yo individual sería pura apariencia en sí mismo. A esta filosofía, que el texto conciliar califica de “penetrante”, le falta por fuerza el concepto de alma individual (harto conocido de los griegos, en cambio) y de lo que llamamos voluntad y libre arbitrio.



A esto se añade luego la doctrina de la reencarnación, concepción particularmente perversa (condenada explícitamente en el esquema de constitución dogmática De deposito fidei pure custodiendo, aparejado en la fase preparatoria del concilio, pero al que Juan 23 y los progresistas hicieron naufragar por su carácter poco “ecuménico”) y, el hecho de que la denominada “ascesis” hindú no es más que una forma de epicureísmo para los brahmines, una búsqueda refinada y egoísta de una superior indiferencia espiritual para con todo deseo, aunque sea bueno, y para con toda responsabilidad; indiferencia que se justifica considerando que todo sufrimiento es expiación de culpas contraídas en una vida anterior, etc., etc. ¿Qué pueden aprender los católicos de bueno de tamaña concepción del mundo? Nos gustaría mucho saberlo.



                               




                                                      




9.4 La descripción falsa del budismo, variante autónoma del hinduismo, más pura en parte. En efecto, escribe el concilio que «en el budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de esta mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con un espíritu devoto y confiado, pueden adquirir, ya sea el estado de perfecta liberación, ya sea la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos o apoyados en un auxilio superior» (Nostra Aetate § 2 cit.).



Se delinea aquí la imagen de un budismo a la del hereje de Lubac, revisado y corregido para que pueda gozar del aprecio de los católicos ignaros, quienes no saben que “la insuficiencia radical de este mundo” la encuadran los budistas en una auténtica “metafísica de la nada”, según la cual el mundo y el yo son existencias ilusorias y aparentes (y no meramente caducas y transeúntes, pero harto reales, como para el cristiano). Para el budista, todo “se compone y se descompone” al mismo tiempo, la vida es un flujo continuo atravesado de parte a parte por el dolor universal, para cuya superación es menester convencerse de que todo es vano, liberarse de todo deseo y entregarse a una iniciación intelectual, una gnosis semejante a la de los hindúes (hasta el punto de permitirse el uso de la denominada “magia sexual” en el budismo tántrico), que hace conseguir la indiferencia completa a todo, el nirvana (“desaparición”, “extinción”): una condición final de privación absoluta, en la cual no hay otra cosa sino la nada, el vacío, en el cual el yo se extingue totalmente para disolverse de manera anónima en el Todo y en el Uno (como se prefiera). ¡Éste es el “estado de perfecta liberación” o de “suprema iluminación” que el Vaticano 2 osó proponer a la atención y al respeto de los católicos!



                                



Continuará...



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CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (5)

 



TESTIGOS DE LA SAGRADA ESCRITURA EN LA EDAD MEDIA


* Testigo 25º: San Beda el Venerable, Doctor de la Iglesia (+ 735)

"Te ruego encarecidamente que te dediques en primer lugar a la lectura de los Libros Sagrados, en los cuales creemos encontrar la vida eterna". [De arte metr. ad Wigbert]




* Testigo 26º: Santa Lioba, abadesa y colaboradora de San Bonifacio (+ 782)

Narra el monje Rodolfo de Fulda, que escribió la Vida de la Santa, que ésta fortalecía siempre su espíritu por la lección continua de las Letras Sagradas. Cuando trabajaba, no dejaba de reflexionar sobre alguna palabra de la Escritura; y cuando no estaba trabajando, se hallaba en su mano el libro sagrado. Y en tanto grado sabía de memoria la Biblia que, vieja ya, se despertaba en seguida cuando la lectora que estaba junto a su cama se equivocaba en la pronunciación de una palabra.




* Testigo 27º: Rabanus Maurus (+ 856)

"Ella (la Biblia) es la luz imperecedera que ilumina todo el mundo. Si existe alguna ciencia que para sí pueda pretender el atributo de ‘sabiduría’, nace de esta fuente".



                                                



* Testigo 28º: Nicolás I, Papa (858-867)

"Exhorta a los fieles al descanso dominical, para que el cristiano pueda dedicarse a la oración y ocuparse de la Sagrada Escritura". [Responsum ad consulta Bulg.]




* Testigo 29º: Juan VIII, Papa (872-882)

"¡Qué sabiduría más oculta bajo el velo de palabras pasajeras, pero qué verdad más perdurable y qué descanso para el corazón puro que disfruta de la lectura (de la Sagrada Escritura)! Quien al leer la Sagrada Escritura no experimenta esta alegría, se queda en la superficie y no obtiene frutos interiores. Así como un poco de vino no solamente sirve para la salud del cuerpo sino que también produce mucho deleite en el espíritu, de la misma manera la Palabra Divina ha de alegrar tanto a los oyentes como a los lectores... La Sagrada Escritura, si bien es sencilla y deleitable al que la lee, sin embargo más gusto y placer nace de la esperanza de la vida prometida en ella". [Altercatio Synagogae, cap. 7]




* Testigo 30º: San Pedro Damián, Cardenal y Doctor de la Iglesia (+1072)

"Siempre dedícate a la lectura de la Sagrada Escritura. A esto entrégate enteramente, persevera y vive en ella". [Epist. 29 ad Steph.]


"La Sagrada Escritura no por otro motivo ha sido copiada tantas veces sino para aprovechamiento de los hombres; porque todo lo que ella manda o prohíbe, es sin duda útil para la salud de nuestra alma". [Epist. 12 ad quendam thesaur.]



                                                 



* Testigo 31º: San Anselmo de Canterbory, Arzobispo y Doctor de la Iglesia (+1109)

"Nuestro sermón resulta sin provecho para salud de las almas, si no tiene su fuente y su orientación en la Sagrada Escritura".




* Testigo 32º: San Bruno de Asti, Obispo de Segni (+1123)

"Así como las hierbas aromáticas despiden más intensa fragancia cuando se trituran, así es más vivo el sabor de la Escritura cuando con detención se la rumia". [Vease Mons. Gomá, La Biblia y la Predicación pag. 235]




* Testigo 33º: San Bernardo, Doctor de la Iglesia (+1153)

"Tenemos necesidad de leer la Sagrada Escritura, puesto que por ella aprendemos lo que debemos hacer, lo que hay que dejar y lo que es de apetecer. Por lo cual dice el Salmo 118: ‘Tu palabra es antorcha para mis pies y luz para mis sendas’. Mediante la lectura de la Sagrada Escritura se forman los conceptos y se ejercita el entendimiento. La lectura nos enseña a orar y trabajar... Sé tú, pues, constante en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura; camina siempre en la ley de Dios; muestra celo por leer la Escritura, y nunca has de dejar de hacerlo". [De modo bene vivendi, cap. 50]


"La Sagrada Escritura es amabilísima, sobremanera atrayente y tan aleccionadora su lectura, que resulta un gozo investigar lo que tiene de oscuro al para que su dulce contenido evita todas las dificultades del cansancio". [Serm. 1 super Cant.]


"Todos los sexos y todos los estados, cuando se empeñan en buscar, pueden encontrar en la Sagrada Escritura lo que necesitan para la salvación". [De Epist. S. Pauli]


"Aunque estés muerto en el pecado, si oyeres la voz del Hijo de Dios, vivirás; porque la palabra que pronuncia es vida y espíritu. Si tu corazón está endurecido, enviará su palabra y lo derretirá... Si estás tibio, te inflamará; porque su habla es muy ardiente. Si lloras por hallarte en tinieblas, la Palabra del Señor será antorcha para tus pies, y lumbre para tus sendas... Si te combaten ejércitos enemigos, toma la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios, y con ella fácilmente alcanzarás la victoria". [Serm. XXIV]


"La Palabra de Dios es viva y eficaz, así que entra en el alma, la saca de su marasmo, mueve, ablanda y hiere el corazón, ese corazón endurecido, ese corazón de piedra y siempre enfermo. Empieza también a arrancar y a destruir, a edificar y a plantar, a regar lo que era árido, a iluminar lo que estaba en las tinieblas, a abrir lo cerrado, a abrasar lo helado, a enderezar lo torcido, y a allanar los caminos tortuosos; de tal manera que entonces el alma bendice al Señor, y todas sus facultades alaban su santo nombre". [Serm. LXXIV]


Continuará...



                            



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EL HEREJE NEOMODERNISTA CONGAR, TEÓLOGO "ESTRELLA" DEL CONCILIÁBULO VATICANO 2, SE JACTABA DE HABER ORINADO 2 VECES!!! EN EL EDIFICIO DEL SANTO OFICIO EN TIEMPOS DE S.S. PÍO XII

 




¡Yves Congar, destacado teólogo francés del conciliábulo Vaticano 2 se jactó de haber orinado en el edificio del Santo Oficio, no una, sino dos veces!




El absoluto desprecio de Yves Congar por la ortodoxia católica llegó hasta el extremo vergonzante de hacerle orinar hasta 2 veces en el edificio del Santo Oficio.


Resulta que el padre Congar no solo confirmó haber orinado contra la pared del Palacio del Santo Oficio, sino que prácticamente se jactó de ello en uno de sus diarios. (Agradecemos al profesor Roberto de Mattei por señalar la fuente). Y sucedió dos veces, no solo una.


El libro en cuestión es Yves Congar: Diario de un teólogo (1946-1956), editado por Étienne Fouilloux. La versión original en francés se publicó en 2005, mientras que la edición en inglés apareció diez años después.


El primer incidente tuvo lugar el 17 de mayo de 1946, cuando Congar viajó a Roma con su amigo, el padre Henri-Marie Féret (1904-1992). Congar relata:

Después de la misa y la acción de gracias del padre Féret, fuimos a desayunar. Nos encontramos con el Santo Oficio. Un edificio enorme y hermoso. Me estremecí al pensar que un edificio tan bello, capaz de albergar a tantas familias, se utilizara para el propósito que conocemos. «Odio a la Gestapo dondequiera que se encuentre». [143] Y presenté mis respetos. [144]

(Étienne Fouilloux, ed., Yves Congar: Diario de un teólogo (1946-1956), trad. de Denis Minns [Adelaida: ATF Theology, 2015], p. 116; subrayado añadido.)



Sí, esta cita es bastante oscura, pero el editor del libro proporciona información adicional en las notas a pie de página:

143. Desconocemos el motivo de las comillas en esta frase (¿una cita suya de la época de la guerra?). Que la comparación con el nazismo es excesiva, por supuesto, quedará patente.

144. Un eufemismo que indica que orinó contra el muro de la Suprema Congregación (Santo Oficio), cuyo palacio se encontraba muy cerca de la Plaza de San Pedro, a la derecha al salir…

(p. 116)



Sí, Congar llamó «Gestapo» a la oficina doctrinal del Vaticano, encargada de salvaguardar la ortodoxia católica, nombre que también tenía la policía secreta de Hitler en la Alemania nazi.



Y sí, Congar orinó en el edificio del Santo Oficio para expresar su desdén por la importante labor de esta sacratísima congregación, cuyo prefecto, no debemos olvidar, era S.S. el papa Pío XII (r. 1939-1958) y cuyo secretario era, en aquel entonces, el cardenal Francesco Marchetti Selvaggiani (1871-1951).



                               



Congar detestaba el Santo Oficio por su mano dura al tratar con agitadores teológicos como él. Aunque aún no se le había prohibido enseñar ni escribir en ese momento, ya sabía que los vigilantes guardianes de la fe de Roma estaban cuestionando uno de sus libros:


En 1939, el maestro general de la orden dominica convocó a París a los padres Marie-Dominique Chenu y Congar, advirtiéndoles de las serias dificultades que habían surgido a raíz de sus escritos teológicos. El libro de Congar, «La cristiandad dividida», había suscitado inquietud en el Santo Oficio, aunque no se le aclaró cuál era el problema con precisión.

(Robert Nugent, El silencio habla: Teilhard de Chardin, Yves Congar, John Courtney Murray y Thomas Merton [Nueva York, NY: Paulist Press, 2011], p. 38)



Las novedosas ideas teológicas de Congar fueron acogidas con entusiasmo en el conciliábulo Vaticano 2, donde influyeron significativamente, entre otras cosas, en las enseñanzas conciliares sobre el ecumenismo y la Iglesia como «Pueblo de Dios». Sesenta años después, podemos comprender aún mejor por qué el Santo Oficio se opuso tan firmemente a las ideas de Congar y sus colegas teólogos.




El segundo incidente tuvo lugar el 27 de noviembre de 1954. Para entonces, el secretario del Santo Oficio era el cardenal Alfredo Ottaviani (1890-1979), quien servía bajo el pontificado de Pío XII. Congar lo relata con franqueza:


"Justo cuando llegué al frente del Santo Oficio, pasó el Papa en coche, precedido por motociclistas. El padre Paul Philippe no estaba allí. Un lugar extraño: en medio del austero patio interior, en la portería rodeada de buzones con los nombres del cardenal Ottaviani, el reverendísimo primer asesor, etc., vi a una niña y a un niño jugando. Quise acariciarlos y jugar con ellos un instante, para honrar en ellos la vida, la alegría, la verdad de la vida y la alegría humana. No me atreví porque me observaban y porque, como la niña ya era alta, «ellos» malinterpretarían mi gesto. Al menos repetí el gesto de 1946 [es decir, oriné en la entrada]. Luego hice mi visita al Príncipe de los Apóstoles, ¡quien sin duda había sido mucho más íntegro, mucho más evangélico!"

(Diario de un teólogo, págs. 377-378; subrayado añadido).


                                                 



Para que quede claro: ¡el comentario explicativo vulgar entre corchetes aparece impreso así en el libro! No es un comentario añadido por Novus Ordo Watch, sino una adición del propio Congar.


En la Introducción General, el editor explica que utilizó corchetes para añadir las interpolaciones manuscritas de Congar: «La mayoría de las veces escribía directamente, pero a veces, tras repensarlo, hacía inserciones entre líneas, en el margen, incluso en una hoja añadida: las hemos incluido en su lugar, pero entre corchetes, salvo que se indique lo contrario» (p. 25).


Este segundo incidente, por tanto, confirma también el primero.


Los vulgares actos urinarios de Congar pasarán a la historia como un buen ejemplo de lo que su dañina teología herética le ha hecho a la pureza de la fe católica romana.


                                





ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 12) ERRORES CONCERNIENTES A LOS SECTARIOS HERÉTICOS Y CISMÁTICOS (cont.)

 



8.5 El nuevo cometido pastoral confiado a la Iglesia de ofrecer «al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal [en lugar de convertirlo a Cristo]» (GS § 3), y la consiguiente exhortación hecha a los católicos (en realidad, es la intimación de una orden) para que colaboren con los herejes y cismáticos (los “hermanos separados”) a fin de elaborar traducciones comunes de la Escritura Sagrada (DV § 22); para que colaboren en la obra del apostolado cristiano, en nombre del «patrimonio evangélico común», que entraña, según parece, «el común deber [officium] del testimonio cristiano» (Apostolicam Actuositatem § 27; UR § 24); para que «reconozcan y aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados» (UR § 4), y para que se unan en la oración con ellos en ciertas circunstancias especiales (UR § 8).



Se trata de una pastoral nueva de pies a cabeza, porque enseña exactamente lo contrario de cuanto los Apóstoles ordenaron tocante a la conducta que debía observarse con los herejes: «Al sectario, después de una y otra amonestación, evítalo, considerando que está pervertido; peca, y por su pecado se condena» (Tito 3, 10-11); «Si alguno viene a vosotros y no lleva esta doctrina, no lo recibáis en casa ni lo saludéis, pues el que lo saluda comunica en sus malas obras» (II Jn 10-11).



El error doctrinal en que se inspira la “nueva” pastoral es evidente: no existe ni puede existir un “patrimonio evangélico común” con los herejes y cismáticos, así como tampoco “valores” comunes:



Los protestantes niegan la tradición en tanto que fuente del dogma, al igual que niegan la verdad de fe según la cual atañe al magisterio de la Iglesia, asistido por el Espíritu Santo, «juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas» (Denz. §§ 786 y 1507), las cuales ellos retuercen de mil modos por confiar en el libre examen individual, al que osan someter la aceptación de esta o aquella verdad revelada.



El heresiarca Lutero destruyó todo lo que pudo del dogma y la moral: negó el sacerdocio; corrompió la Escritura; echó por tierra la noción misma de la Iglesia; redujo los sacramentos de siete a dos, y éstos, bastardeados; negó la transubstanciación y el significado propiciatorio del santo sacrificio; negó el purgatorio, la virginidad de María santísima después del parto; escarneció el principio de la santidad, la virginidad y la castidad; admitió el divorcio; negó el libre arbitrio y el valor meritorio de las obras; fomentó el odio entre los cristianos, incitándolos, por añadidura, a la rebeldía contra el principio de autoridad. Los anglicanos conservaron su episcopado, pero es como si no lo tuvieran, porque sus consagraciones y ordenaciones son nulas de punta a cabo: nulas por defecto de forma y de intención (lo declaró S.S. León XIII en 1896 con sentencia dogmática: Denz. §§ 1963, 3315 ss; § 3317 a-b). Constituyen una secta sometida al poder político, una “religión civil” con una fachada cristiana.



Además, se difunde hoy entre los protestantes la presencia de las “sacerdotisas”, forma de neopaganismo en la que han caído herejes en virtud de la penetración del feminismo y que, al parecer, se quiere instaurar también en la Iglesia católica, (*eclipsada hoy por la Ramera) que se ha vuelto “ecuménica” (sobre los “ortodoxos”, cf. infra 8.6).



                 



8.6 La terminología ambigua «iglesias o comunidades eclesiales», o bien «iglesias y comunidades separadas», aplicada a las denominaciones acatólicas: «en sus propias iglesias o comunidades eclesiales...» (LG § 15); «… las iglesias y comunidades separadas…» (UR § 3).



Tamaña terminología atribuye la calificación de “Iglesia” a las sectas de herejes y cismáticos, con evidente error teológico, visto que sólo la Iglesia católica es la Iglesia fundada por Cristo. Las comunidades separadas de esta Iglesia única, cimentada por Cristo sobre la roca de Pedro, no tienen derecho, ni todas juntas ni cada una por separado, a proclamarse aquella Iglesia única y católica que Jesucristo instituyó; ni tampoco pueden echárselas de miembros o partes de ella por haberse separado visiblemente de la unidad católica (idéntica es la condición de los orientales cismáticos, según confirmaron, contra las pretensiones del ecumenismo acatólico, todos los romanos Pontífices desde S.S. Pío IX a S.S. Pío XII).



8.7 La exhortación a los teólogos católicos a que, «al confrontar sus doctrinas» (católicas) con las de los «hermanos separados, no olviden que hay un orden o jerarquía de las verdades en la doctrina católica [veritatum doctrinae], por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (UR § 11). Esta exhortación contiene la idea errónea, condenada expresamente por S.S. Pío XI en la Mortalium animos (1929: Denz. §§ 2199 y 1683), de que existen unas verdades reveladas, unos dogmas, que importa más aceptar que otros; constituye una sentencia errónea porque la autoridad de Dios que se revela es la que nos mueve a aceptar por igual, con el mismo grado de obligatoriedad, todas las verdades contenidas en la revelación divina, dado que «repugna a la razón que no se crea a Dios cuando habla, aunque sólo sea en un punto» (S.S. León XIII, Satis Cognitum).



La exhortación lleva a la conclusión absurda de que, en el “diálogo ecuménico”, se pueden discutir con los herejes las “verdades doctrinales” que ocupen una posición menos importante en la presunta “jerarquía”, y desemboca además en el principio erróneo contenido en el final del art. 11 (principio que examinaremos en el apartado siguiente).



                     




8.8 El principio según el cual, “al confrontar” las doctrinas de la Iglesia con las de los “hermanos separados”, teniendo presente la existencia de la (inexistente) “jerarquía” de las verdades doctrinales, «se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las incalculables riquezas de Cristo (cf. Ef 3, 8)» (UR § 11 cit.). Principio inaudito, que bordea la herejía, porque confía a la investigación teológica en común con los herejes la tarea de alcanzar un “conocimiento más profundo” y una “exposición más clara” de las riquezas incalculables de Cristo; como si no le correspondiera al magisterio infalible transmitir con fidelidad la verdad revelada y definirla con claridad, y como si la verdad católica y el error de los sectarios y cismáticos pudieran ir del brazo y competir en “fraterna emulación” para hacernos conocer mejor las riquezas incalculables de nuestro Señor (!). Nos testimonia san Pablo en Ef. 3, 8 (citado con alevosía por el concilio) que a él le «fue otorgada la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo», y de anunciarla con la predicación de la «sana doctrina» (II Tim 4, 2-3), no mediante el “diálogo” con los herejes y los cismáticos, expresamente prohibido por él y por san Juan (y por todos los Papas) (véase supra 8, 5).



8.9 El oscurecimiento, la deminutio, para dar gusto a los protestantes, del dogma definido por el concilio de Trento, según el cual incumbe sólo a la santa Iglesia «juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas» (Denz. §§ 786 y 507). El oscurecimiento se da en la frase siguiente: «según la fe católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial [peculiarem locum] con vistas a la exposición y predicación de la palabra de Dios escrita» (UR § 21).



¿Tan solo corresponde un “lugar especial” en la “exposición” y “predicación” de la “palabra de Dios escrita”?. Le compete mucho más que eso, visto que el Magisterio goza de fundamento y asistencia sobrenaturales; es el único juez del “verdadero sentido e interpretación de las Escrituras”.




8.10 La afirmación desaviante según la cual los protestantes «quieren seguir la palabra de Cristo lo mismo que nosotros, como fuente de virtud cristiana, etc». (UR § 23)

La afirmación es desaviante porque los protestantes quieren seguir la “palabra de Cristo” no como los católicos, es decir, no como la enseña la Iglesia católica, sino según el principio falso del “libre examen”, que les permite «confesar confiadamente lo que [les] parezca verdad» (confidenter confidenti quidquid verum videtur); o dicho de otro modo, según un principio condenado formalmente como herético por S.S. León X en 1520, en la bula Exsurge Domine, que proscribió las herejías de Lutero (Denz. §§ 769 y 1479).



                              


Continuará...


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Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (2 de noviembre)

 



Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos



"No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (1 Tes. 4, 13). Este era el deseo del Apóstol al escribir a los primeros cristianos; la Iglesia comparte este mismo deseo.


En efecto, la verdad sobre los difuntos no pone solo en admirable luz el acuerdo de la justicia y de la bondad en Dios: los corazones más duros no resisten a la misericordia caritativa que esa verdad infunde, a la vez que procura los más dulces consuelos al luto de los que lloran.


Si nos enseña la fe que hay un purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos, también es de fe que podemos ayudarlos, y es teológicamente cierto que su liberación más o menos pronta está en nuestras manos. Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.



                                       



El fundamento teológico de las indulgencias


Todo pecado causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo. El pecado venial causa simplemente un desplacer a Dios y su expiación solo dura algún tiempo; mas el pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia.



Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir, como sucede comúnmente en el bautismo o en el martirio, que un desbordamiento extraordinario de la gracia sobre el hijo pródigo logre hacer desaparecer en el abismo del olvido divino hasta el último vestigio y las más diminutas reliquias del pecado, lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia divina satisfacción por cualquier falta.



Todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia y satisface por la pena debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que según Dios corresponde al trabajo, a la privación, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario de uno de los miembros de su Hijo carísimo.



Ahora bien, como el mérito no se cede y es algo personal de quien lo adquiere, así, por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro, sea el receptor de este mundo o del otro, con la sola condición de que pertenezca por la gracia al cuerpo místico del Señor que es uno en la caridad. Es la consecuencia del misterio de la Comunión de los Santos, que en estos días se nos manifiesta.



                                          



La práctica de la Iglesia


Sabido es cómo secunda la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias, pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de los Mártires, y también con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo.


Casi siempre ve bien y permite que la remisión de la pena, que ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción. Quiere esto decir que cada uno de los fieles puede ofrecer por otro a Dios, que lo acepta, el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones, del modo que acabamos de ver. La indulgencia que se cede a los difuntos no pierde nada de la certeza o del valor que tendría para nosotros los que pertenecemos todavía a la Iglesia militante. Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen en mil formas y en mil ocasiones.


Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el purgatorio. ¿Puede existir miseria más digna de compasión que la suya? Tan punzante es, que no hay desgracia en esta vida que se la pueda comparar. Y la sufren tan noblemente, que ninguna queja turba el silencio de "aquel río de fuego que en su curso imperceptible las arrastra poco a poco al océano del paraíso".


Para ellas, el cielo es inalcanzable; porque ya no pueden obtenerlo con sus méritos. Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederlas su liberación si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo de prueba. Es posible que esa deuda la contrajesen por nuestra culpa o con nuestra cooperación; y por eso se vuelven a nosotros, que continuamos soñando en placeres mientras ellas se abrasan, cuando tan fácil nos es abreviar sus tormentos.



Como si el purgatorio viese rebosar más que nunca sus cárceles con la afluencia de multitudes que allí lanza todos los días la mundanalidad del siglo presente y acaso debido también a la proximidad de la cuenta corriente final y universal que dará término al tiempo, al Espíritu Santo ya no le basta sostener el celo de las cofradías antiguas consagradas en la Iglesia al servicio de los difuntos; suscita la Iglesia nuevas asociaciones y hasta familias religiosas, cuyo fin exclusivo es promover por todos los medios la liberación o el alivio de las almas del purgatorio.*(ver Nota)



                                                                      



Las Misas del 2 de noviembre (celebradas el día 3 si el 2 de noviembre cae en Domingo)


Si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas! La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos.



Al seguir la Iglesia desde un principio el mismo proceso respecto a la memoria de los bienaventurados y la de las almas del purgatorio, era de prever que la institución de la fiesta de Todos los Santos reclamaría muy pronto la actual Conmemoración de los fieles difuntos.



Según nos dice la Crónica de Sigeberto de Gemblaux, el abad de Cluny, San Odilón, la instituía en 998 en todos los monasterios que de él dependían, para celebrarla perpetuamente al día siguiente de Todos los Santos. El mundo aplaudió el decreto de San Odilón. Roma le hizo suyo y se convirtió en ley de toda la Iglesia latina.


Fuente: Dom Guéranger, L’année liturgique



                               



*Nota: Hoy -y desde el 8 de diciembre de 1965, fatídica fecha de clausura del siniestro conciliábulo Vaticano 2, que fue la gran apostasía bíblica profetizada- la Iglesia Católica está eclipsada de la faz de la tierra, ocupando sus estructuras externas una abominable secta herética y apóstata, la Ramera del Apocalipsis profetizada por el bendito San Juan Evangelista, que ha usurpado el lugar de la santa Esposa de Cristo para desgracia eterna de quienes caigan en sus redes.



Esta angustiosa situación se prevé que durará hasta la consumación de este mundo, esto es, hasta el terrible día del Juicio Final y la gloriosa Parusía de N.S.J.C. Por tanto, a los últimos fieles Católicos que sobreviven hoy sobre la faz de la tierra NO les es lícito participar en las ceremonias pseudo religiosas de la Ramera ni asociarse de ninguna manera con las múltiples sectas a las que da cobijo, bajo pena de "communicatio in sacris" con herejes acatólicos y el consiguiente castigo de excomunión.



Los fieles pueden y deben, sin embargo, rezar por las pobres ánimas del Purgatorio y ofrecer sacrificios, novenas, comuniones espirituales, etc. por ellas, para que el Buen Dios se compadezca y permita que salgan pronto de su duro cautiverio.



En un esperadísimo ensayo sobre los Dos Testigos del Apocalipsis intentaremos dar respuesta a los muchos interrogantes y miedos que embargan a no pocos fieles que han logrado salir, Dios Uno y Trino mediante, de las garras de la Ramera y se encuentran en el desierto de la sola Fe sobrenatural, alimentados por el Espíritu Santo Paráclito para no desfallecer espiritualmente y mantener viva la llama de la Fe hasta la segunda venida de Cristo.