EL CUMPLIMIENTO DE LA DIVINA VOLUNTAD ES LA PERFECCIÓN DE LA CARIDAD CRISTIANA (2) (Mons. Turinaz)

 



La sumisión a la voluntad de Dios se enseña tanto por la razón como por la fe. Es la consecuencia evidente del dominio absoluto de Dios, a quien pertenecemos por completo. Él no solo tiene sobre nosotros los derechos de un artista que modifica la materia preexistente; Él es el creador, nos creó de la nada. Nada en nosotros puede escapar a su soberanía; esta se extiende a cada acto de nuestra vida.


Aún le debemos obediencia, porque Él fue y es el benefactor de quien todo lo hemos recibido. Él es nuestro redentor y nuestro salvador. Nos redimió y nos salvó de la muerte eterna al precio de su sufrimiento, su sangre y su vida. Y cada día todavía se ofrece por nosotros en el sacrificio solemne de nuestros altares.


¿Quién no comprende que esta fidelidad a los mandamientos de Dios es todavía perfección porque es orden, armonía y, en consecuencia, la belleza y el valor de la vida cristiana?


Todo pecado es una rebelión contra la autoridad de Dios; toda rebelión contra esta autoridad, toda violación de la ley divina, es pecado; esta rebelión es desorden, el acto del hombre de alejarse de Dios y de su fin último, para volver a las criaturas. Todo acto del hombre que cumple la ley divina entra en el orden que Dios ha establecido; entra en la armonía de este inmenso concierto de risas que canta la sabiduría, la bondad y la gloria del Creador.


Dios quiso, en todas sus obras, orden y armonía. «El Señor —dice el Espíritu Santo— fundó la tierra con sabiduría y estableció los cielos con prudencia» (1). «Grandes son las obras del Señor —afirma el salmista—, han sido maravillosamente ordenadas según su voluntad» (2). Así, todas las criaturas sin inteligencia obedecen las leyes del Todopoderoso.


«Dios envía la luz, y se va; la llama de vuelta, y obedece con asombro. Llamó a las estrellas, y ellas dijeron: “¡Aquí estamos!”, y brillaron de alegría ante aquel que tenía sus alas» (3). «Puso límites al mar, y le dijo: “Hasta aquí irás y no más allá, y allí romperás tus islotes espumosos”» (4).


El adorable Maestro calmó las olas y la tempestad con una señal, y los testigos de este prodigio dijeron: "¿Cómo podría éste, por causa de los vientos y de los islotes, obedecerle?" (5)


La rebelión contra estas leyes divinas, contra este orden admirable, testimonio resplandeciente del infinito poder y sabiduría de Dios, hundiría la creación material en el desorden y el caos más aterrador. Y solo el hombre inteligente y libre, capaz de conocer y adorar a Dios, de apreciar su sabiduría y bondad, el hombre, rey y sumo sacerdote de la creación, se rebelaría contra esta voluntad todopoderosa.


En la vida de los cristianos que siguen la voluntad de Dios, nada está fuera de lugar, todo se ajusta al orden, la armonía y la grandeza moral. Ni un solo acto, por oscuro u oculto que sea, ni un solo pensamiento que no sea un tributo a la autoridad de Dios y como un canto a su gloria. Arpas sensibles, vivas e inmortales, cuyas cuerdas admirablemente arregladas vibran solo bajo la mano del artista divino y los alientos de lo alto, y cuyos acordes rivalizan con los cánticos de los ángeles y deleitan el corazón de Dios.


El sacrificio que ofrecemos mediante la sumisión perfecta es el más precioso y poderoso; es el holocausto que no deja rastro de la víctima, pues, al entregar nuestra voluntad en caridad, nos entregamos por completo y sin reservas. Es el sacrificio que el Hijo de Dios ofreció a su Padre para realizar la obra de la redención y que reemplazó los sacrificios impotentes de la antigua ley.


Escuchen a San Pablo: «El Hijo de Dios, al venir a este mundo, dijo: “No quisiste sacrificios ni ofrendas, sino un cuerpo que me preparaste. No aceptaste holocaustos por el pecado; entonces dije: “Aquí estoy —está escrito en el libro—, vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad”.”» Es esta voluntad, añade San Pablo, la que nos ha santificado mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, que fue ofrecido una vez para siempre» (6).


Este sacrificio es exigido a todos los que desean seguir el camino del divino Crucificado, a todos los que desean compartir su redención y triunfo. Es el sacrificio que supera a todos los demás y el único que les da valor ante Dios.



Saúl se había resistido a los mandatos de Dios. En vano, había multiplicado las ofrendas y las víctimas. Samuel, enviado por el Señor airado, le dirigió estas terribles palabras: "¿Crees que Dios desea holocaustos y víctimas y no prefiere que obedezcamos su voz? La obediencia es mejor que las víctimas... No someterse a su voluntad es un pecado de idolatría. Porque has rechazado las palabras del Señor, el Señor te ha rechazado a ti, y ya no serás rey" (7).


Las obras del apostolado, las maravillas de un poder sobrenatural, no serán nada, o mejor dicho, serán consideradas obras de iniquidad, si no se hace la voluntad de Dios. Esta es la enseñanza del adorable Maestro: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en el día del juicio: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?”. Entonces les diré: “Nunca los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!”» (8).


En el cielo se realizará el triunfo de la voluntad divina, el reino del orden perfecto en la felicidad perfecta; pero incluso aquí abajo, la sumisión fiel y constante obtiene preciosas recompensas. No solo multiplica los méritos y avanza velozmente por el camino de la perfección, sino que también obtiene, en este recto camino de obediencia, la más completa seguridad. El cumplimiento de la voluntad de Dios no puede extraviar. La obediencia es el gran remedio contra las inquietudes de la conciencia y las tentaciones del desánimo. ¿Cómo podría el alma obediente ser dominada por el miedo? Es Dios quien la guía. Al dejarse guiar de esta manera, realiza, al máximo posible, la obra de su perfección. La obediencia perfecta, que es el sacrificio supremo, el más agradable a Dios, el más poderoso para nuestra salvación, es también el mayor testimonio de la caridad perfecta. "El miedo, dice el apóstol san Juan, no está en la caridad, pero la caridad perfecta destierra el miedo; porque el miedo va acompañado del dolor, y quien teme no es perfecto en la caridad» (9).


La paz y la alegría nacen de la verdadera caridad, la seguridad y el esfuerzo generoso. Esta es la recompensa prometida en esta vida a las almas dóciles: «Si hubieras sido fiel a mis mandamientos —dijo Dios por medio del profeta Isaías—, tu alma habría nadado en un río de paz» (10). «Sométete a Dios —dijo Elifaz a Job— y habitarás en un reino de paz. El Todopoderoso se declarará contra tus enemigos y llenará tu corazón de alegría» (11).


(1) Prov , III, 19.

(2) Psalm. CX, 2.

(3) Baruch, III, 33, 35.

(4) Job, XXXVIII, 10, 11.

(5) Matth., IX, 27.

(6) Hebr., X, 5-7, 9, 10.

(7) I Reg., XV, 22, 23.

(8) Matth., VII, 21-23.

(9) I Joan., IV, 18.

(10) Is., XLVIII, 18.

(11) Job, XXI. 21, 25, 26.


Extraido de La Vie Chrétienne, Monseigneur Turinaz, 1898.




EL CUMPLIMIENTO DE LA DIVINA VOLUNTAD ES LA PERFECCIÓN DE LA CARIDAD CRISTIANA (extracto de Mons. Turinaz)

 



EL CUMPLIMIENTO DE LA DIVINA VOLUNTAD ES LA PERFECCIÓN DE LA CARIDAD CRISTIANA (extracto de Mons. Turinaz)


La perfección de la caridad consiste ante todo en el fiel cumplimiento de la santa y adorable voluntad de Dios. 


La caridad no solo debe ser afectiva, es decir, manifestada por los sentimientos del corazón, sino también efectiva, es decir, manifestada por las obras que inspira y dirige. El verdadero amor no puede ser inactivo ni estéril. ¿Quién no lo entiende? Amar es entregarse, dedicarse, encontrar la propia felicidad en el servicio y la felicidad de quien se ama. Un amor de Dios que no produjera nada, que no actuara y que no tuviera como objetivo esencial y supremo el cumplimiento de la voluntad de Dios no sería más que una mentira atroz y una contradicción criminal. 


La esencia del amor, dice Santo Tomás de Aquino, es que quienes se aman compartan la misma voluntad y la misma reticencia. 


Según San Francisco de Sales, a quien acabamos de citar, el verdadero amor a Dios le entrega y le consagra todas las acciones y toda la vida. 


La caridad no existe sin el fiel cumplimiento de la voluntad de Dios; esta es la enseñanza explícita de nuestra Sagrada Escritura. «El celo por la disciplina —dice el Libro de la Sabiduría— ya es amor, y el amor es el cumplimiento de las leyes, y el cumplimiento de las leyes produce la pureza perfecta, y la pureza perfecta conduce a la unión con Dios» (1). «Quien afirma conocer a Dios y no observa sus mandamientos —afirma San Juanes un mentiroso y no tiene la verdad en sí mismo; al contrario, la caridad es perfecta en el corazón de quien guarda la palabra de Dios» (2). Y además: «La caridad de Dios consiste en esto: en que cumplamos los mandamientos» (3).


Esta fidelidad a la observación de la voluntad de Dios tiene las promesas más consoladoras; obtiene la amistad de Dios y la vida eterna; es, por tanto, la verdadera perfección: «Adhiere a Dios», dice el Espíritu Santo, «y ten paciencia, y verás en el último día cuánto habrá crecido tu vida» (4).





El amoroso Maestro dijo: «Sé que el mandamiento de mi Padre es la vida eterna» (5). "Si me amáis, guardad mis mandamientos; el que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; pero el que me ama será amado por mi Padre y por mí; yo lo amaré y me revelaré a él» (6).


También el adorable Salvador, perfección sustancial e infinita, modelo que debemos imitar, vino a este mundo para hacer la voluntad de su Padre y tuvo esta regla de toda su vida: «He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (7); — «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (8).


La misma doctrina surge evidentemente de la unión completa que esta docilidad establece entre nuestra voluntad imperfecta, voluble y tan fácilmente llevada al mal, y la voluntad de Dios.


La voluntad, iluminada por la inteligencia, es la potencia que dirige todas nuestras acciones y les otorga su valor moral, su mérito o demérito. Todo lo que eleva y perfecciona nuestra voluntad eleva y perfecciona nuestra vida. En Dios, la voluntad no puede tener defecto, ni falla, ni la más mínima imperfección. Es, como su esencia, infinitamente perfecta, justa y santa. Nuestra voluntad, al someterse completamente a esta voluntad divina, se une e identifica con ella; ya no deseamos nada más que lo que Dios quiere, lo justo y santo; su voluntad infinitamente perfecta dirige nuestros pensamientos, nuestros deseos, todas nuestras acciones, nuestra vida entera, y les comunica su soberana y suprema perfección.


En esta íntima unión, y bajo la influencia de los méritos que aquí crecen y se multiplican, la caridad se convierte en una llama ardiente. Como la llama que genera vapor y, por él, agita e impulsa inmensos transportes, calienta e inflama los corazones; da, mediante el poder de la voluntad que penetra, transforma y santifica, un verdadero impulso al progreso de todas las virtudes, y con ellas a la ascensión hacia las cumbres más altas de la vida cristiana.


El mundo se maravilla ante las transfiguraciones operadas en almas que antes estaban cautivas de los placeres y vanidades de esta tierra. Las ve entregarse a Dios y a los pobres, realizar las tareas más humildes y aceptar con alegría los sacrificios más dolorosos. Esto se debe a que, en estas almas, la voluntad ha sido, por así decirlo, trasladada de la tierra al cielo, unida a la perfección divina misma, y ​​posee todo el sublime y santo fervor de la caridad.


Continuará...


(I) Sap., VI. 49, 20.

(2) I Joann., II. 4, 5.

(3) Ibid., 3.

(4) Eccli., II, 3.

(5) Joann., XII, 50.

(6) Ibid., XIV, 15, 21.

(7) Joann., VI, 38.

(8) Ibid., IV. 34.





ENSAYO SOBRE LOS DOS TESTIGOS DEL APOCALIPSIS (anticipo)

 



ENSAYO SOBRE LOS DOS TESTIGOS DEL APOCALIPSIS (anticipo)



"Si (tu hermano) no te escucha toma todavía contigo un hombre o dos, para que por boca de dos testigos o tres conste toda palabra.

Si a ellos no escucha, dilo a la Iglesia. Y si no escucha tampoco a la Iglesia, sea para ti como un pagano y como un publicano". (Mateo 18,16-17).





















               



*Nota: Además de los contenidos citados arriba, este autor incluirá también una extensa reflexión acerca de la predestinación de los Santos y del pequeño número de los elegidos por Dios Uno y Trino para ser salvos, apoyándose en el testimonio irrefutable de la Sagrada Escritura.




LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (25 de diciembre)

 



25 de diciembre

LA NATIVIDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO




María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en la posada.
(Lucas, 2, 7).




Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así sin saberlo el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de Dios y a los humildes en la persona de los pastores, que acudieron a la gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!



                                             




MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS


I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿cómo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).




II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.




III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios, Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil. (San Paulino).



                       




ORACIÓN

Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.





CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (11 y última)

 



* Testigo 90º: Mons. Audino Rodriguez y Olmos, Arzobispo de San Juan

"La Revista Bíblica... constituye un síntoma revelador. Ello significa que estamos volviendo de lleno a las fuentes de espiritualidad que habíamos descuidado, y retornamos al camino que ha de conducirnos a la vida, con renovada comprensión y perfecta conciencia". [Carta al Director de la Revista Bíblica, 12 Oct. 1939]




* Testigo 91º: Paul Claudel

"Creo que todo el mundo estará de acuerdo conmigo para otorgar a la Biblia el título del más grande Libro de la Humanidad. Es el libro por excelencia; en él toda nuestra civilización cristiana ha aprendido a leer; de él nosotros, pueblos de Occidente, hemos extraído todas nuestras ideas morales, artísticas y literarias; de él desbordó, como de un río gigantesco de aguas fecundas un tesoro inagotable de santidad y de genio, desde las catedrales románicas hasta el “Mesías” de Haendel, pasando por la Capilla Sixtina. El gran beneficio que nuestros hijos obtendrían de un conocimiento siquiera fuese superficial de la Sagrada Escritura, siempre tan viviente y tan actual, reside en que ella establece entre el mundo físico en que vivimos y el mundo interior de donde extraemos nuestras razones de vivir, una relación sustancial llena de hallazgos e inestimables satisfacciones para espíritus ingenuos y sanos. Y a la par que nos interesa y nos deleita, alimenta a nuestra alma. Ese libro prodigioso ha quedado a nuestra disposición, y resulta muy triste comprobar que hoy sea objeto de olvido, incomprensión y desconocimiento tan generales".




* Testigo 92º: Mons. Carmelo Ballester Nieto, Obispo de León

"A las Sagradas Escrituras, más particularmente al Nuevo Testamento, y más específicamente aún a los Santos Evangelios, debe recurrir el Sacerdote para ser un ministro verdadero; en él debe mirarse como en un espejo para saber cómo debe vivir; en él debe leer para aprender lo que tiene que enseñar al pueblo; en él debe meditar el contraste de consuelo y de horror que ofrece a todos los ministros de Dios la conducta santa de Sacerdotes y de personajes como Zacarías, el Precursor, el Príncipe de los Apóstoles, el Discípulo predilecto, y la conducta tan triste de los Sumos Sacerdotes Anás, Caifás, Ananías y del Apóstol traidor, Judas. El Sacerdote, en el Evangelio encuentra también a Jesús, el Sacerdote por excelencia. ¡Qué encantadora resulta para todo Sacerdote la Persona de Jesús! ¡Cuán fácilmente se le ve modelo de vida interior, siempre unido a su Padre, a su Santísima Voluntad, recurriendo con frecuencia a la oración! ¡Cuán fácilmente se le ve también modelo de esa vida apostólica serena, pura de intención, y siempre activa, que debe ser la vida de todo sacerdote!" [Prólogo del Nuevo Testamento]



                                             




* Testigo 93º: Mons. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo

"Su obra, por todos estos motivos, es altamente meritoria, y contribuirá sin duda a una mayor inteligencia del texto sagrado cuyo estudio se hace cada día más necesario. Le felicito, pues, de corazón por su trabajo, esperando que pueda completarlo con los volúmenes que han de seguir a este primero, y asegurando una larga difusión a esta edición". [Carta al Director de la Revista Bíblica (25 Marzo 1943)]




* Testigo 94º: Cardenal Santiago Luis Copello, de Buenos Aires

"En esas sagradas páginas el cristiano encuentra siempre el alimento espiritual que su alma necesita. Ahí el cristiano humilde templa su fe, aumenta su caridad y fortalece su esperanza, asegurando su eterna salvación con todas y cada una de las acciones de su vida realizadas conforme a esas hermosas enseñanzas evangélicas". [Prefacio de la edición argentina de los Santos Evangelios del Cardenal Gomá]



"La mayor desgracia de la humanidad ha sido y es, el haberse apartado de la lectura y la práctica de la Doctrina predicada por Jesús Nuestro Señor, y contenida en los Santos Evangelios. Volver a la lectura y a la meditación constante del Santo Evangelio, para luego, por medio de las obras, poner en práctica esa Doctrina, será el único remedio para tantos males que afligen a la humanidad".



"Volvamos al Evangelio, para que el Evangelio vuelva a la Sociedad, a las familias, a las conciencias, y sea estudiado, comprendido, vivido y difundido".



"Bendecimos la formación de los Grupos del Santo Evangelio que proyecta esa Federación (de Maestros Católicos) con todas las garantías establecidas por la Santa Iglesia y concedemos 200 días de indulgencia a cuantos asistan a sus reuniones".




* Testigo 95º: Mons. Juan P. Chimento, Arzobispo de la Plata

"Sin desconocer los méritos de las obras ascéticas, cuyos quilates están definitivamente consagrados por los más prestigiosos maestros de la vida sobrenatural, es evidente que nunca pueden ser puestas en parangón con el mensaje celestial que hallamos en las Sagradas Escrituras. Entre éste y aquellas media la distancia infinita que va de la palabra humana a la palabra divina". [Carta-prólogo al Nuevo Testamento ed. Guadalupe]



                                  



* Testigo 96º: Resoluciones del Primer Congreso Argentino del Evangelio (10-13 Oct. de 1942)

Entre otras: El Primer Congreso del Santo Evangelio resuelve: Hacer revivir especialmente las recomendaciones de S.S. León XIII en su Encíclica del 18 de Noviembre 1893. El Soberano Pontífice recomienda cuatro medios para restituir el Evangelio a su debido lugar en el mundo:

1) Que todas las familias cristianas posean el libro del Santo Evangelio; que se lea un pasaje a lo menos a la noche después de la oración hecha en común. Que esta lectura se haga algo más provechosamente en las largas noches de invierno.

2) Que se lo lea y se lo estudie en todas las escuelas católicas, primarias, secundarias y superiores. Es necesario, en la enseñanza católica, dar ante todo el primer puesto al Santo Evangelio. Es necesario estudiarlo más que la Aritmética y la Gramática.

3) Que en las Parroquias se haga una corta lectura del Santo Evangelio en todas las reuniones de los fieles, asociaciones, cofradías, etc., además del Evangelio dominical.

4) Que en cada Parroquia o asociación católica haya un pequeño grupo de hombres o de fieles, de distintas categorías, más profundamente instruidos en el Evangelio. Podrán reunirse todas las semanas o a lo menos todos los meses para estudiar el Evangelio con un sacerdote. Serán para las Parroquias y las asociaciones lo que los Apóstoles de N.S.J. después de haber sido evangelizados por Él, han sido para el mundo entero.




* Testigo 97º: Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast)

"La Eucaristía que es el Cuerpo real de Cristo, y la Biblia, que es la verdadera palabra de Dios, son los alimentos por excelencia del alma católica".



"No hay lectura ni más substancial ni más adecuada para los tiempos que corren; siempre que sea hecha con reverencia y atención al sentido que le da la Iglesia, su exégeta infalible, o que le dan los Santos Padres, en los muchos puntos en que no hay interpretación fijada por ésta". [Rev. Bíblica, num. 6, pag. 15]




* Testigo 98º: P. B. Pujol, Superior General de los Operarios Diocesanos

"Los autores de tales libros nos estimulan a que estudiemos también nosotros directamente bajo tal aspecto la Sagrada Escritura. Quien así la estudie, hasta sin nombrarla, será capaz de darla constantemente a conocer y de hacerla amar intensamente; y ese estudio e interés del educador le convertirán, por decirlo así, en un compendio del Evangelio. Si escribió Tertuliano esta bella frase: “Christianus, compendium Evangelii”, ¿cuánto más aplicable deberá ser a todo formador del clero? Dios, en su infinita bondad, dé a la Santa Iglesia en el mundo entero abundancia –legión- de tan cabales educadores". [Revista Bíblica 1942, pag. 139]


                                               



* Testigo 99º: Mons. Edwin V. O’Hara, Obispo de Kansas City

"Que la Iglesia vea en la Biblia un libro popular se sigue del hecho de que ella antes de la invención de la imprenta pintara todas las escenas y lecciones bíblicas en las paredes y vidrieras de sus catedrales, y que ella, después de llegada la imprenta, haya multiplicado con infinita solicitud las ediciones del Sagrado Texto en todas las lenguas, concediendo de su tesoro espiritual indulgencias a todos los que procuren leerla con espíritu de piedad y docilidad". [Véase Plassmann: “The Book called Holy”, Prefacio]




* Testigo 100º: S.S. Pío XII, Papa

"El Evangelio es principio, fuerza y fin de todo Apostolado". [Carta al Cardenal Gomá, 3 de Mayo de 1936]


"No permitáis, pues, se debilite vuestra constancia y virtud; sacad de las inagotables fuentes de los Sagrados Libros, diariamente, en cuanto posible sea, el espíritu de Jesucristo y de los Apóstoles, el cual resplandezca siempre en vuestras almas, palabras y obras". [Alocución a los Seminaristas, 24 Junio 1939]


"Vosotros debéis siempre llevar adelante vuestra campaña para propagar el Evangelio con discreción y hacer que las gentes comprendan la aplicación de los principios eternos a las necesidades y condiciones de los tiempos actuales". [Alocución a los jóvenes, 10 Nov. 1940].


     


FIN


CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (1)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (2)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (3)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (4)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (5)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2025/11/cien-testigos-del-poder-de-la-sagrada.html
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (6)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (7)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (8)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2025/11/cien-testigos-del-poder-de-la-sagrada_28.html
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (9)
https://prodeoetpontifice.blogspot.com/2025/12/cien-testigos-del-poder-de-la-sagrada.html

CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (10)
CIEN TESTIGOS DEL PODER DE LA SAGRADA ESCRITURA (Mons. Straubinger) (11)



ANÁLISIS DE TODOS LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO 2. (Parte 24). LA MALA PASTORAL EN LAS DIRECTRICES IMPARTIDAS PARA EL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

 




17. LA MALA PASTORAL EN LAS DIRECTRICES IMPARTIDAS PARA EL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES



17.0 También a las «asociaciones apostólicas seglares» ha de impartirse «una formación y una experiencia acomodadas y apropiadas» para el «uso recto» de los instrumentos de comunicación social (Inter Mirifica § 16, cit. ; v. supra § 15, 8).



17.1 Los fieles laicos deben contribuir «al progreso universal en la libertad cristiana y humana» (Lumen Gentium § 36 cit. ; para el mito laicista del progreso, abrazado por el Concilio, y su exaltación de la “libertad”, v. supra § 6.2).



17.2 «La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extienden poco a poco al universo entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismos y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales [¿Cuáles? La mención es genérica; n. de la r.], de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad, con el auxilio necesario de la divina gracia» (Gaudium et Spes § 30). Así, el concilio invoca la ayuda de la gracia divina en un artículo consagrado a la «superación de la ética individualista» –sin especificar más– y a la exaltación de una visión “social” de la ética, que recuerdan las falsas doctrinas del socialismo y del comunismo (!).



                                                   




17.3 «Las victorias de la humanidad son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (GS § 34).

¿Y cuáles serían dichas “victorias de la humanidad”? ¿La construcción del canal de Suez? ¿La conquista de la jornada laboral de ocho horas? ¿El sufragio universal? ¿El descubrimiento de la penicilina? La propaganda comunista de aquel entonces hablaba con gusto de las “victorias de la humanidad en marcha”, etc.



17.4 «La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste, con su acción, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí propio. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y trasciende» (GS § 35).

Pero ¿no debería ordenarse a Dios “la actividad humana”, al menos indirectamente, visto que todo lo que hacemos se relaciona siempre con la gloria de Dios y con la consecución final del Bien sumo?



17.5 «Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales, haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios» (GS § 43). Al realizar dicha síntesis, “los laicos” actuarán «individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo» y «colaborarán gustosos quienes buscan idénticos fines» (ivi).



17.6 «Todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda también, según el plan divino, a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas» (GS § 44).

La inversión de la misión de la Iglesia alcanza así su acmé en el elogio del mundo, que convierte a la Iglesia a sus valores.



                                                                     




17.7 «Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo, y esfuércense en penetrar su manera de pensar y sentir, cuya expresión es la cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más recientes descubrimientos con las costumbres y enseñanzas cristianas, para que la práctica de la religión y la rectitud de espíritu corran parejas en ellos con el conocimiento de las ciencias y de los progresos diarios en la técnica; así lograrán examinar e interpretar todo con íntegro criterio cristiano» (GS § 62).


He aquí una pastoral que procede en sentido exactamente contrario a la pastoral de San Pablo (non altera sapientes: Rom 12, 16).


Frente a este “sumario” de la pastoral “conciliar” para los seglares, no resta más que decir ¡mysterium iniquitatis!, y hacer la señal de la cruz.



17.8 Los jóvenes tienen hoy un peso mayor en la sociedad; eso «exige de ellos una actividad apostólica semejante, pero su misma índole natural los dispone a ella […] Procuren los adultos entablar diálogo amigable con los jóvenes, que permita a unos y a otros conocerse mutuamente y comunicarse entre sí lo bueno que cada uno tiene, no considerando la distancia de la edad» (Apostolicam Actuositatem § 12).


La interpretación de la “índole natural” de la juventud está ayuna de cualquier relación con la realidad, igual que el tipo de “diálogo”, sentimental y acaramelado como de costumbre, que se propone aquí entre adultos y jóvenes.



17.9 «Procuren los católicos cooperar con todos los hombres de buena voluntad en promover cuánto hay de verdadero, de justo […] Hablen con ellos, superándoles en prudencia y humildad, e investiguen acerca de las instituciones sociales y públicas [?], para perfeccionarlas según el espíritu del Evangelio» (AA § 14). Se dice en Gaudium et Spes § 78: «… se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que […] se unan con los hombres realmente pacíficos [hominibus vere pacificis] para implorar y establecer la paz» (en el texto en vernáculo se usa la expresión “amantes de la paz”, característica de la propaganda comunista en aquella época).


     



17.10 La colaboración de los fieles católicos con los llamados “hermanos separados” la exige «el común patrimonio evangélico» y el consiguiente «deber común del testimonio cristiano» (¡con los herejes y cismáticos!). Además, «también los comunes valores humanos exigen no rara vez una cooperación semejante de los cristianos que persiguen fines apostólicos con quienes no llevan el nombre de cristianos, pero reconocen esos valores» (AA § 27). De suerte que «con esta cooperación dinámica y prudente […] los seglares rinden testimonio a Cristo […] y a la unidad de la familia humana» (ivi).


A los valores cristianos auténticos, católicos, se les convierte así en función de los valores humanos, que, en consecuencia, les son superiores; en efecto, son los valores humanos los que hacen posible la unidad de la “familia humana”, que tanto importa al concilio (v. supra, sec. 12ª).



17.11 «Para cultivar las relaciones humanas es necesario que se acrecienten los valores verdaderamente humanos, sobre todo el arte de la convivencia fraterna, de la cooperación y del diálogo» (AA §29).


Continuará...



    



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