DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 por el Abbé Georges de Nantes (parte 4)

 



DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 por el Abbé Georges de Nantes (parte 4)


Mas prosigamos con el análisis del abbé de Nantes…


¡Atención! He aquí “el primer veneno intelectual introducido en la dogmática conciliar”, advierte el abbé de Nantes:


“Esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, debe ser profundizada y presentada de manera que responda a las exigencias de nuestro tiempo (!)».



Estas palabras anuncian que ahora podremos emanciparnos de viejas fórmulas dogmáticas. En un nuevo giro, "uno ... otro", reside toda la hipocresía y las mentiras de cuatro años de reforma conciliar y cuarenta años (*¡60 años ya!) de desorden posconciliar:



“En efecto, uno es el depósito de la fe misma, es decir, las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina, y otro es la forma en que estas verdades se expresan, conservando, sin embargo, el mismo significado y el mismo alcance…»



                                 




REFORMA EN EL EJERCICIO DEL MAGISTERIO


Juan 23 muestra un optimismo preocupante y delirante:

“En la sucesión de los tiempos, vemos que las opiniones inciertas de los hombres se excluyen unas a otras, y muy a menudo los errores apenas nacidos desaparecen como la niebla ante el sol». ¡¿Así de fácil desaparecen los errores?!, ¿¿y todos los errores además?? Y añade: “La Iglesia nunca ha dejado de oponerse a estos errores. Incluso los condenó a menudo y con mucha dureza. Pero hoy [¡cuidado con el cambio radical!], la Esposa de Cristo prefiere recurrir al remedio de la misericordia, antes que blandir las armas de la severidad. Ella cree que, en lugar de condenar, responde mejor a las necesidades de nuestro tiempo resaltando aún más las riquezas de su doctrina».



Los errores "se oponen tan manifiestamente a los principios de la honestidad y dan frutos tan amargos que hoy los hombres parecen empezar a condenarlos por sí mismos...". ¿¡Por eso la Iglesia no tiene ya necesidad de ejercitar el discernimiento, ni de emitir juicio alguno!? ¿No es así, señor Roncalli?



“La Iglesia católica, al blandir a través de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa en medio de esta situación, quiere ser para todos una madre muy amorosa, buena, paciente, llena de bondad y misericordia para con sus hijos separados de Ella». Inclinada sobre ellos, ¿qué ve? Nada más que la utopía de Sangnier y Maritain: “Los hombres están cada vez más convencidos de que la dignidad y la perfección de la persona humana son valores muy importantes que exigen grandes esfuerzos». El papel de la Iglesia consistiría únicamente en hacerles crecer en el sentimiento de esta dignidad, bajo el influjo divino de la Revelación cristiana y de la caridad de sus hijos, tal y como esboza el filántropo “visionario” de Roncalli.


                                            



“Ciertamente, la Iglesia no ofrece a los hombres de nuestro tiempo riquezas perecederas, no les promete felicidad en la tierra, pero les comunica los bienes de la gracia que elevan al hombre a la dignidad de hijo de Dios (esto es, de hecho, una afirmación sobrenatural), y, por lo tanto, son de gran ayuda para hacer sus vidas más humanas, al mismo tiempo que son la sólida garantía de tal vida (pero la dialéctica roncalliana-montiniana rápidamente resbala, y lo sobrenatural comienza a rebajarse al nivel de los medios para conseguir la felicidad terrenal, en lugar de seguir siendo su regulador y fin último). Abre las fuentes de su rica doctrina, gracias a la cual los hombres, iluminados por la luz de Cristo (¿convirtiéndose, bautizándose y practicando la vida de los sacramentos católicos?), pueden tomar plena conciencia de lo que son verdaderamente, de su dignidad y del fin que deben perseguir. Y finalmente, a través de sus hijos, extiende por todas partes la inmensidad de la caridad cristiana, que es el mejor y más eficaz medio para eliminar los gérmenes de la discordia, para suscitar la concordia, la paz justa y la unidad fraterna para todos». Nos rebajamos así automáticamente de la fe católica al humanismo masónico, con esta retórica tramposa y falsificada hábilmente por el Anticristo y sus secuaces.



Para lograr la “unidad del género humano”, los cristianos deben primero alcanzar la unidad entre ellos, propuesta por Juan 23 como objetivo principal del "Concilio":


“Desgraciadamente, toda la familia cristiana aún no ha alcanzado plena y completamente esta unidad visible en la verdad. Sin embargo, la Iglesia Católica considera su deber hacer todos los esfuerzos para que se cumpla el gran misterio de esta unidad que Jesucristo, acercándose a su sacrificio, pidió a su Padre en ardiente oración; y siente una dulce paz al saberse unida a estas oraciones de Cristo».



“La Iglesia es una, santa, católica y apostólica”, recuerda el abbé de Nantes. Entonces, orar para que se permanezca en esta unidad y para que todos los hombres de buena voluntad se unan (etimológicamente: entren en este rebaño), esa es una buena oración. Pero orar para que la unidad de la Iglesia con otras llamadas “iglesias” y comunidades, llamadas “cristianas”, pero formalmente heréticas y cismáticas, sea finalmente redescubierta gracias a nuestra oración, es, según la Iglesia de Cristo, una oración detestable con tintes de herejía».



La conclusión de este discurso inicial es espléndida, luminosa, pero el abbé de Nantes desenmascara la naturaleza falaz de esta luz engañosa:


“BAJO EL SOL DE SATANÁS”.

“Aquí estamos reunidos en esta basílica vaticana, fundamental en la historia de la Iglesia, y donde ahora el cielo y la tierra están estrechamente unidos cerca de la tumba de San Pedro y de tantos de Nuestros santos Predecesores, cuyas cenizas, en esta hora solemne, parecen animadas por un misterioso estremecimiento de alegría». ¡Blasfema arrogancia de este desgraciado de Roncalli que se atreve a profanar impíamente el sepulcro del bendito San Pedro y de tantos otros santos Pontífices!



¿El cuerpo de San Pío X, intacto, y las demás reliquias de los santos Papas de todos los tiempos, estremeciéndose de santa alegría ante tales palabras, impregnadas del olor de las herejías que ellos condenaron tantas veces?






“El Concilio que acaba de iniciarse es como una aurora resplandeciente que se eleva sobre la Iglesia, y ya los primeros rayos del sol naciente llenan de dulzura nuestros corazones. Todo aquí respira santidad y trae alegría. Vemos estrellas realzando con su brillo la majestuosidad de este templo, y estas estrellas, como nos da testimonio el apóstol Juan (Apocalipsis 1:20), ¡sois vosotros!»



Sería escandaloso, y hasta ridículo, si no hubiera un burdo barniz bíblico, evangélico, roncalliano, para esta enorme adulación, que la disculpe e incluso comience a darle alguna realidad o verdad en la fe.



Pero a fuerza de sentirnos cómodos con la fe, acabamos cayendo en la mortífera credulidad...

“Con vosotros (¡las estrellas!), vemos resplandecer en torno al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles los áureos candelabros de las Iglesias que os están confiadas [en alusión a los primeros capítulos del Apocalipsis de San Juan]. También vemos a altos dignatarios que vinieron a Roma desde todos los continentes para representar a sus países. Todos están aquí en una actitud de respeto y expectación benévola».



Siguiendo a San Juan en su Apocalipsis, estos jefes de Estado, príncipes y otros dignatarios, preferirían evocar a los demonios y a las bestias feroces que logran ser desatados y soltados por el mundo para hacer la guerra contra el Hijo Varón de la Mujer y toda su descendencia... ¡La poesía halagadora del “buen papa Juan” cae inmediatamente en la tragedia! ¡Sobre todo porque la cola del Dragón, escribe San Juan, “…arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arroja a la tierra” (Ap 12,4)! (…)



La lectura del documento convenció pronto al abbé de Nantes, sacerdote de Villemaur, Pâlis y Planty, de que un nuevo espíritu anticristiano se alzaba en medio de una formidable tormenta sobre la Iglesia.



Dos años más tarde, en la apertura de la tercera sesión del conciliábulo, pudo escribir en su Carta n° 184:

“La roca se desprendió de la montaña. Ahora rueda con un ruido como de trueno. Nadie sabe, en verdad, en qué abismos caerá [...]. La procesión de todos los obispos del mundo fue admirable a la vista el 11 de octubre de 1962 cuando subió a San Pedro. Entró en una batidora terrible. Los dos mil conservadores de buena voluntad que componían esta multitud mitrada, en lugar de ser dirigidos por Juan 23 hacia los doctores de la fe, ¡y los había! iban a ser entregados sin tregua a la predicación y presión del cada vez más arrogante clan progresista».



De hecho, no esperaremos mucho para ver a la mafia atacar la ciudadela...

                              


A continuación...

Las ocho herejías de Juan 23 en el discurso de apertura del conciliábulo Vaticano 2 detectadas por el abbé Georges de Nantes



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DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 por el Abbé Georges de Nantes (parte 3)

 



El discurso de apertura del conciliábulo Vaticano 2


Sigamos leyendo al abbé de Nantes. Como de costumbre, las comillas y notas extra son mías:



El 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Santísima Virgen, se inauguró el "Concilio" Vaticano 2. Se había desatado una violenta tormenta en Roma y las ceremonias comenzaron con una solemne y grandiosa procesión de casi 2.500 padres conciliares, que cruzaron la Plaza de San Pedro bajo una lluvia persistente antes de entrar a la basílica. La misa fue cantada por la Sixtina. Al final de la ceremonia, Juan 23 pronunció su discurso de apertura, la carta del Concilio. Define todo su espíritu, abre las puertas de San Pedro del Vaticano a la novedad.




“Gaudet Mater Ecclesia ... Nuestra Santa Madre Iglesia está alegre. Por un favor especial de la divina Providencia, ha llegado el día tan esperado en el que, bajo la protección de la Santa Madre de Dios cuya Maternidad celebramos hoy, se abre solemnemente cerca de la tumba de San Pedro, el Segundo Concilio ecuménico del Vaticano».




Después de recordar los concilios anteriores, el “Papa” explica el motivo de la alegría actual: “Para que sea más completa la santa alegría que en esta hora solemne llena nuestros corazones, permítanos decir ante esta gran asamblea que este Concilio Ecuménico se abre en circunstancias particularmente favorables».



                          




COMERCIANTE DE FELICIDAD

De repente, el “Santo Padre” lanza una acusación enérgica contra "los profetas de calamidades". En pocas palabras, la “reacción” está silenciada de antemano. Ha llegado la hora de la revolución.



“Sucede muchas veces que, en el ejercicio cotidiano de Nuestro ministerio apostólico, Nuestros oídos se ofenden al oír lo que dicen algunos que, aunque inflamados de celo religioso, carecen de exactitud en los razonamientos y de equilibrio en su modo de ver las cosas...



“En la situación actual de la sociedad, sólo ven ruinas [Juan 23 blasfema aquí contra el tercer Secreto de Fátima con pleno conocimiento de los hechos] y calamidades; acostumbran a decir que nuestra era ha empeorado profundamente respecto a los siglos pasados; se comportan como si la historia, que es maestra de la vida, no tuviera nada que enseñarles... "



Una mentira evidente, porque los profetas de calamidades extraen su experiencia y sabiduría de las lecciones del pasado, mientras que los “profetas de la felicidad” proyectan sus utopías, desconocidas para el pasado, en un futuro que organizan para satisfacer el placer de su locura.



“...y como si en los tiempos de los Concilios de antaño todo fuera perfecto en cuanto a la doctrina cristiana, a la moral y a la justa libertad de la Iglesia. Nos parece necesario expresar Nuestro completo desacuerdo con estos profetas de calamidades, que siempre anuncian catástrofes, como si el mundo estuviera cerca de su fin».



                        



Tres sabias observaciones del abbé de Nantes:


“En primer lugar, Jesús fue, en la línea de su Precursor el Bautista, un profeta de desgracias... que sucedieron, pero no todas. Todavía quedan algunas desgracias más en el Evangelio que están esperando su momento, lo que da a todos los profetas de calamidades una oportunidad... hasta el final. Entre las desgracias y maldiciones de Jesús, elijo estas divinas palabras: “¡Ay de vosotros cuando todos digan cosas buenas de vosotros! Así trataban vuestros padres a los falsos profetas”. (Lucas 6:26)



“Toda la vida de Juan 23 está encerrada en esta frase.



“Después escribiría un gran cuaderno lleno de acusaciones inspiradas, extraídas de las Sagradas Escrituras o de las obras de los Santos, de los Padres de la Iglesia, de los Pontífices, de los enviados de Dios y los hacedores de milagros, sin olvidar a su Santísima Madre y maestra de la Sabiduría de todos sus hijos adoptivos, la Virgen María en todas sus apariciones... hasta La Salette y Fátima: veremos que todos denuncian a los profetas de la felicidad como impostores, inspirados por el diablo, y corruptores de su pueblo, maldecidos por Dios. ¡Todos sin excepción!




“Por último, es un crimen imperdonable difamar a los profetas de calamidades. Porque, en primer lugar, es un camino difícil, una prueba, aceptar tal papel, tan ingrata misión de Dios, y esto ya aboga por su sinceridad, e incluso por la verdad de sus oráculos. Luego, porque las profecías de calamidades y desgracias son incitaciones a la penitencia, a la conversión de las costumbres, al retorno a la verdadera fe en Cristo y a la verdadera obediencia a la Iglesia.




“Si bien los anuncios de felicidad son seductores y embriagadores, no hacen ningún bien, y muy probablemente no provienen de Dios. A menos que sean, como siempre en las Sagradas Escrituras, el anuncio de una liberación después de un duro castigo (Isaías, 40 - 55), o el anuncio de un diluvio de gracias a petición de la Santísima Virgen sobre un pueblo dócil a sus peticiones. (Fátima, 13 de julio de 1917).»



                                           




“Nadie puede negar”, continúa Roncalli, “que las nuevas condiciones de vida tienen al menos la ventaja de haber eliminado innumerables obstáculos con los que anteriormente los hijos del siglo obstaculizaban la libertad de acción de la Iglesia». La “libertad de acción” del "Concilio" Vaticano 2, elogiada por Juan 23, estaba de hecho bajo estrecha vigilancia por parte de Moscú, en la persona de sus dos enviados. Juan 23 menciona, de paso, "la Iglesia del silencio", pero rápidamente vuelve a su quimera: "Sin embargo, con esperanza y gran consuelo constatamos: hoy la Iglesia, finalmente liberada de todos los obstáculos profanos del pasado (!) puede, desde esta basílica vaticana, como desde un segundo Cenáculo (!!), hacer oír a través de vosotros su voz llena de majestad y gravedad».



¿“Como un segundo Cenáculo”? El primer Cenáculo, el de Jerusalén, es el que vio nacer a la Iglesia, con la institución de la Eucaristía y del Orden, el descenso del Espíritu Santo el día de Pentecostés y la reunión del primero de los Concilios en Jerusalén. La comparación es extraordinariamente halagadora, ¡pero demasiado es demasiado! Después del “nuevo Pentecostés”, aquí está el “segundo Cenáculo”, ¿y qué más? No sólo olvidamos los Concilios anteriores, sino que llegamos a suponer, por el uso de la palabra “segundo”, que no habrá otros después.



Pero aquí es más grave: el “Papa” llega al principio mismo de la reforma a emprender.



LA INVASIÓN DE UN ESPÍRITU NUEVO

“Es necesario, sobre todo, que la Iglesia no aparte nunca la mirada de la sagrada herencia de la verdad que recibió de los antiguos. Pero también debe mirar a los tiempos actuales, que traen nuevas situaciones, nuevas formas de vida y abren nuevos caminos al apostolado católico».



Partiendo de una promesa de conservación del antiguo orden, Juan 23 entra, mediante un sutil “sí, pero”, en una brumosa serie de novedades en todos los ámbitos. ¡Qué inteligente! Esto no se refiere sólo al apostolado, sino también a la doctrina:



“Transmitir en su integridad, sin debilitarla ni alterarla, la doctrina católica... que se ha convertido en patrimonio común de los hombres (!?), ofrecido a todos los hombres de buena voluntad... Sin embargo, este precioso tesoro, no solo debemos mantenerlo como si sólo nos preocupara el pasado (?), pero debemos ponernos con alegría, sin miedo, al trabajo que exigen nuestros tiempos, continuando el camino que la Iglesia viene caminando desde hace casi veinte siglos».



En este punto, hago una observación que me parece muy importante, pues cuando Roncalli afirma que la Doctrina Católica es patrimonio común de todos los hombres, está falsificando la realidad y miente, ya que la Fe Católica es patrimonio de los hijos de Dios únicamente, es decir, de los fieles Católicos que han nacido de lo alto mediante la iluminación de la razón por la Fe, obra sobrenatural que sólo el Espíritu Santo Paráclito puede realizar en quienes dan su asentimiento a las verdades divinas reveladas por la Sagrada Escritura y la Tradición, pasando a formar parte de la Santa Iglesia Católica, el Cuerpo Místico de N.S.J.C. Por tanto, no es cierto que nuestra sagrada Doctrina sea patrimonio común de todos, ya que hay hombres que están muy alejados de ella, de hecho, algunos incluso la odian e impiden que se dilate el reino de Dios en la tierra por medio de la Iglesia, persiguiendo a la Esposa de Cristo e impidiendo obrar a su Jerarquía y Clero. La visión exageradamente optimista y endulzada del falso profeta Juan 23 no se sostiene por ningún lado.



Mas prosigamos con el estupendo análisis del abbé de Nantes…







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DIARIO DEL APÓSTATA Y HERÉTICO CONCILIÁBULO VATICANO 2 por el Abbé Georges de Nantes (parte 2)

 




PREOCUPANTE IRENISMO RONCALLIANO


Para Juan 23, de hecho, el momento ya no era para el combate contra las herejías y errores, sino para la “benevolencia”, para la apertura entendida. Declaró el 3 de diciembre de 1960, dos años antes de la apertura del Concilio: “Inicialmente, y también después, los Concilios pretendían aclarar uno o más puntos de la doctrina católica que eran objeto de discusión o interpretación errónea. Hoy la situación es diferente [¡sic!]. El alma se siente invadida por una alegría sobrenatural ante una verdadera Epifanía (¿?), una Revelación que no se limita a tal o cual tema, sino que abarca todo, cada beneficio dado al cristianismo: las enseñanzas de Nuestro Señor, de Pedro, de los Apóstoles, de los Padres, toda la doctrina católica con sus dos mil años de victorias sobre los errores, con la paz de Cristo, triunfando sobre las muchas luchas libradas contra Cristo».



A principios de los años sesenta, la euforia de la prosperidad, fruto de la expansión económica, industrial y financiera, lanzó a Occidente a una embriaguez de novedad, de libertad, de placer que no fue alterada en nada por la expansión del mundo comunista. Roncalli se hizo eco de este optimismo: “Podemos decir con razón que todos hemos entrado en una nueva era que, manteniendo en su integridad la herencia sagrada transmitida por nuestros padres, anuncia un progreso espiritual maravilloso». (Exhortación apostólica del 23 de enero de 1962)



En tal estado de ánimo ilusorio e irreal, entendemos que, al leer el tercer Secreto de Fátima, Juan 23 declarara: “Esto no concierne a mi pontificado» (…)



                         




LA CIUDAD SANTA, CONVERTIDA EN CIUDAD ABIERTA

Observemos, en efecto, que este secreto debería haber sido divulgado a partir del año 1960, pues en lo alto de la refriega, la Virgen María, victoriosa sobre todas las herejías, no había dicho su última palabra. Ella había pedido que su Secreto fuera revelado “a más tardar en 1960”.



De hecho, a partir de esta fecha se verá claramente, después de la traición al cristianismo en Argelia, que no podría haberse perpetrado sin la complicidad activa de la Iglesia roncalliana en Roma y en París, que la negativa a celebrar teniendo en cuenta las advertencias de Nuestra Señora contra los "errores de Rusia" iba a llevar al Vaticano a una nueva traición, consumada por acuerdos secretos con Moscú: a cambio de la autorización de acudir al Concilio, concedida generosamente por el Kremlin a los obispos y observadores de los países del Este, Roma se comprometerá a no condenar el comunismo.



Juan 23, calurosamente felicitado por Nikita Khrushchev, estaba convencido de que la Iglesia ya no tenía enemigos, que la convivencia pacífica era posible y que había llegado la hora de la gran reconciliación universal. No sólo con los comunistas, sino con los judíos, los musulmanes, los hindúes, los budistas, los sintoístas... ¡a cuyos representantes recibió en audiencias privadas, que nunca antes habían sido vistas en 2000 años de Vicarios de Cristo desde el bendito San Pedro hasta S.S. Pío XII!



      



LA IGLESIA BATIDA POR LAS OLAS

Durante este tiempo de preparación, el mundo estaba convulsionado y todos se dedicaban a su proyecto de “reforma”,   “actualización” y “crítica”, aunque Roncalli no había expresado claramente sus intenciones y los trabajos preparatorios se desarrollaban en el mayor secreto.


Así, el joven sacerdote Hans Küng, teólogo de Tubinga, publicó en 1960 su libro “El Concilio y el retorno a la unidad”, donde denunciaba escandalosamente a la Iglesia del Antiguo Régimen y a su Bastilla: ¡el Santo Oficio tenía que ser destruido! El dominico francés Yves Congar, en una conferencia organizada en 1961, sobre el tema “Un Concilio para nuestros tiempos”, concluyó: “Hay que hacer nacer la aurora, creyendo en ella (¡sic!)».


Se habla en muchos sectores de organizar unos “estados generales” en la Iglesia...


El abbé de Nantes denunció proféticamente esta agitación febril y publicitada en su Carta nº 120, del 11 de octubre de 1962, día de la apertura del Concilio:


“Gracias al ministerio de esta prensa insaciable, que interrogaba a todos, escudriñaba el pasado y el futuro, imaginaba, sospechaba, exigía mil extravagancias, el Concilio dejó muy pronto de ser un hecho divino al que nos preparamos en el silencio de la oración, en el ardor de la penitencia, para tomar la forma muy humana de una noticia monstruosa, una especie de gran congreso de un partido radical.



“El Concilio debe haber sido a los ojos de la fe un misterio sorprendente, una esperanza grandiosa, ya que el Espíritu Santo mismo iba a venir en ayuda de su Iglesia y darle clara y visiblemente un nuevo impulso. (!?) Se ha convertido, en los discursos, artículos y encuestas llamadas a superar las expectativas para lograr abarcar más, en una sensación completamente humana. ¡Formidable acontecimiento! ¡El primer Concilio donde habrá negros, amarillos, rojos y blancos! En cuanto a las predicciones, ¡qué derroche de imaginación: una especie de caja de Pandora de la que podrían surgir las decisiones más inesperadas!



“Es angustioso. Y muchos se dejan engañar, se deleitan en esta atmósfera. Se piensa ingenuamente que ello demuestra el interés que el mundo tiene por los asuntos de nuestra Iglesia (esa obsesión por lo que piensa el “Mundo”) mientras este ruido de prensa lo traga y lo degrada todo [...]. Después de haber imaginado algo, se nos sugiere que en cualquier caso la novedad irá seguramente en el sentido de una ampliación, una simplificación, una adaptación.



“A nuevos tiempos, nueva Iglesia”, otra fórmula de la que extraemos los errores más mortales. Los Padres del Concilio ya no parecen estar escuchando a Dios y sus Voluntades de perfección y verdad, sino más bien a los diputados del pueblo encargados de sus “Cuadernos Generales” y sin tener otra delegación que el pueblo, para hacer aceptar sus agravios por el gobierno central. Las aspiraciones de las masas y las exigencias del mundo moderno son las autoridades soberanas del Concilio, al menos como aparece al final de la campaña informativa preparatoria».



En su Carta n° 118, del 24 de septiembre de 1962, después de recordar que los Concilios siempre han tenido como objetivo 1° devolver a los cristianos a la disciplina y a la virtud comprometidas, 2° poner fin a las graves disputas sobre la fe, y 3° responder a amenazas acuciantes de los enemigos del cristianismo, el abbé de Nantes escribe:


“El Concilio que se inaugurará dentro de unos días en el Vaticano es aparentemente una excepción a esta regla tan general. Nunca se ha convocado un Concilio con tan pocos motivos explícitos, al punto que el pueblo cristiano y los miembros de la jerarquía que asisten quedan reducidos a hacer simples suposiciones sobre su contenido. Parece que se haya convocado esta inmensa asamblea para nada. O para los “detalles” tales como la reforma del breviario, la revisión del texto latino de la Vulgata, ideas vagas y confusas sobre la colegialidad del episcopado, la promoción de los laicos... nada que preocupe, nada que entusiasme a la opinión pública. En cuanto a la idea de unir las diversas “confesiones cristianas” en la Iglesia, se descarta inmediatamente el único trabajo preparatorio que puede hacerla avanzar: la controversia doctrinal y la búsqueda de “fórmulas de unión”.



“Queda por imaginar nuevas adaptaciones de la Iglesia al mundo moderno, como se suele decir, una ampliación de sus preceptos y de su disciplina. Deslizarse por esta pendiente es peligroso, dejar rienda suelta a los caprichos de la opinión pública lo es aún más. Todos corren el riesgo de sufrir una terrible decepción en este juego, algunos por falta de concesiones importantes ligeramente esperadas, otros por ver las cosas como están, agravadas por una nueva desesperación, porque si la Iglesia y el Espíritu no muestran al mundo el camino de la salvación, ¡ya no hay salvación!»



                                                             



UNA TORMENTA FIGURATIVA

El 13 de julio de 1962, fueron enviados a los Padres del Concilio siete diagramas preparatorios, cuatro de ellos procedentes de la Comisión Teológica. Muchas respuestas favorables, pero también algunas duras críticas por parte de los progresistas. Suenens (Bruselas) y Léger (Montreal) asedian a Juan 23 para que pueda liderar un movimiento de reforma en profundidad. Roncalli les dará un eco favorable en su mensaje radiofónico del 11 de septiembre.



224 peritos fueron nombrados el 28 de septiembre con la aprobación de Juan 23, quien los eximió de prestar el juramento antimodernista. (!?) “Es un crimen”, escribió uno de ellos, monseñor Fenton, de la Universidad Católica de Washington, principal aliado de Mons. Ottaviani en los Estados Unidos, que no oculta su preocupación: “Siempre pensé que este Concilio era peligroso. Se llevó a cabo sin motivos suficientes. Se habló demasiado sobre lo que se suponía que debía lograr. Ahora me temo que tenemos problemas reales».



                                       


A continuación...

El discurso de apertura del conciliábulo Vaticano 2 realizado por Juan 23 y analizado por el abbé de Nantes



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